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muerte de un librero


[Anthony Shadid] Murió a destiempo.
Era un día del verano de 2003, cuando en Iraq todavía bullían las verdades a medias de la ocupación y la liberación, antes de su nihilista caída en la carnicería. Mohammed Hayawi, un hombre calvo y grande, estaba en su tienda, la Librería Renacimiento, en la legendaria calle de Mutanabi de Bagdad.
En las ocho hileras de estanterías había libros de poetas comunistas y clérigos mártires, traducciones de Shakespeare, predicciones de astrólogos libaneses, un libro en 44 tomos de un venerado ayatollah y un tratado del austero pensador medieval Ibn Tamiyyah. Polvorientas pilas se desparramaban por el suelo de azulejos de color crema, barridos pero manchados por el tiempo. En esos apretados cuartos, Hayawi trataba de refrescarse con un abanico, mientras el sudor escurría por su papada y empapaba su camisa azul.
Nos habíamos conocido antes de la invasión norteamericana, y casi un año después me reconoció casi de inmediato.
"Abu Laila", dijo, usando el apodo árabe tomado del nombre del hijo de otra persona.
Entonces me dijo algo que repetiría casi siempre toda vez que nos volvimos a ver durante los siguientes dos años. "Reto a cualquiera, Abu Laila, a que me explique lo que ha ocurrido, lo que está ocurriendo y lo que ocurrirá en el futuro". Y, bebiendo una delgada taza de té, hirviendo incluso en este caluroso día, sacudía su cabeza.
La semana pasada estalló un coche bomba en la calle de Mutanabi, dejando atrás una escena que se ha hecho familiar en Bagdad, un collage de imágenes caóticas, perturbadoras en su brutalidad, grotescas en su repetición. Murieron al menos 26 personas. Hayawi, el vendedor de libros, era una de ellas.
A diferencia de los soldados norteamericanos que mueren en esta guerra, los nombres de la mayoría de las víctimas iraquíes no serán publicados nunca, consignados al anonimato que impone la muerte en la capital iraquí en estos días. Hayawi no era ni político ni señor de la guerra. Más allá de la calle de Mutanabi, pocos conocían su nombre. Sin embargo, su sosegada vida merece más que una nota al pie de página, aunque no fuese más que por recordar a un hombre que amaba lo que era Bagdad y trataba de encontrar el sentido de un país que ya no tiene sentido. Con él se van pequeños momentos de la vida, afable simplemente en virtud de ser corriente, ahora perdido entre los escombros desparramados a lo largo de una calle que no volverá nunca a ser la misma.
Después de su muerte, recordé nuestra conservación de ese día de verano. Como hacía a menudo, Hayawi hacía una pausa después de algún punto especialmente vigoroso y chupaba su cigarrillo. Se pasó entonces la mano por sus sudorosas mejillas. "¿Te parece que tengo la cara de alguien de 39 años?", preguntó, sonriendo. Entonces frunció las cejas, volviéndose más sombrío. "No queremos oír explosiones, no queremos saber nada de atentados, queremos estar en paz", me dijo. Tenía siempre negras bolsones debajo de sus límpidos ojos, hubiese dormido o no. "Un iraquí quiere poner su cabeza sobre una almohada y sentirse relajado".

Un Pensador Independiente
Hayawi había trabajado en la librería toda su vida. Su padre, Abdel-Rahman, la abrió en 1954, y tras su muerte en 1993 sus cinco hijos heredaron el negocio, manteniendo un retrato del patriarca en un sombrero de invierno de tipo ruso, colgando de una pared con paneles de madera. Con los años, Hayawi y sus hermanos mayores empezarían a trabajar por cuenta propia. Poseían otras tiendas en la calle de Mutanabi -la Librería Jurídica y la Librería Nibras más abajo en la calle-, y un negocio que vendía libros del Corán al otro lado de la ciudad.
Su familia era musulmana sunní, pero Hayawi minimizaba su importancia en cuanto a su identidad, y vivía con su mujer e hijo, Ahmed Akram, en un barrio predominantemente chií. Se enorgullecía de su independencia, en ser alguien conocido en las zonas grises, un reflejo de lo mejor de lo que la bodega intelectual de la calle de Mutanabi se suponía que representaba.
Nos conocimos cuando yo entré a su tienda poco antes de la invasión, cuando Saddam Hussein estaba todavía en el poder en 2002. Como habitualmente, no se había afeitado e incluso entonces aprovechó la oportunidad de hablar. "La invasión iraquí de Kuwait fue un error", me dijo abiertamente -lo que en la época era una blasfemia.
Pero años más tarde, no podía entender la obsesión norteamericana con Iraq y con Saddam. ¿Por qué crisis tras crisis?, se preguntaba. ¿Por las armas de destrucción masiva? No tenemos. Si las hubiésemos tenido, declaró, las habríamos disparado contra Israel. ¿Una guerra simplemente para capturar a Saddam?
Después de la invasión y de la caída del gobierno, Hayawi se describió a sí mismo como muchos otros iraquíes en ese primer e incierto año de la guerra: ni por Saddam ni felices con los norteamericanos. Estaba enfadado, por supuesto -por el caos, la inseguridad, la falta de electricidad.
"Las promesas norteamericanas a Iraq son como tratar de coger agua con la mano", me dijo en una conversación. "Se escurren entre los dedos".
Pero no fue nunca estridente; era meditativo y reflexivo de una manera que en estos días sobrevivir en Iraq no lo permite.
Hayawi resentía la ocupación, pero votó en las elecciones respaldadas por Estados Unidos. Era un devoto musulmán, pero temía la irrupción de la religión en la política. En su librería, libros de clérigos sunníes que habían sido prohibidos en el pasado, importados de Irán, competían con libros de clérigos sunníes radicales, entre ellos Muhammad Abdel-Wahab, el padrino del siglo dieciocho de la rama saudí del islam. El ánimo de ganancias puede haber inspirado esta ecléctica mezcla, pero Hayawi también estaba adoptando una postura: la calle de Mutanabi, su Bagdad y su Iraq, respetaban la diversidad.
Fue siempre un hombre orgulloso. De vez en vez, Hayawi repetiría esta historia: Conducía hacia Siria, en un viaje de negocios, su Caprice amarillo y fue parado en un puesto de control norteamericano, donde había dos todoterrenos, en las afueras de Ramadi, la ciudad junto al río Eúfrates, al oeste de Iraq. A través de un intérprete, uno de los agentes norteamericanos, vestido de camuflaje y cubierto por el polvo del desierto, empezó a hacerle las preguntas de rigor.
"¿Qué está haciendo aquí?", preguntó el soldado.
"Le dije: ‘¿Qué está usted haciendo aquí? Usted es mi invitado. ¿Qué está haciendo en Iraq?'"
"Se rió y me dio una palmadita en la espalda", recordó Hayawi.

El Refugio de la Librería
De cierto modo, la puerta de la Librería Renacimiento era una frontera. Afuera estaban las sirenas de las ambulancias y de los coches de policía. Era habitual oír tiroteos. Las bocinas resonaban en las dos vías de tráfico, una más de las que podía soportar la calle de Mutanabi. Dentro, Hayawi se dedicaba a su negocio como había hecho siempre desde que heredara la tienda de su padre.
La última vez lo vi, en 2005, estaba sentado detrás de su escritorio, sorbiendo una taza de té que costaba diez centavos. Había una cajetilla de Gauloises en el escritorio.
Como hacía todas las mañanas, hora tras hora, Hajji Sadig, el cambista, pasaba por la librería.
"¿A cómo está la tasa?", gritó Hayawi.
"No te lo diré, a menos que quieras comprar", respondió Hajji Sadiq.
Hayawi saludaba a los amigos que pasaban por la calle fuera. Una anciana se paró en la puerta, pidiendo limosna. Los vendedores entraban ofreciendo de todo, desde libros hasta toallas playeras.
El día pasó, en un ritmo de vida que ya no existe. Dos vendedores de libros kurdos entraron a la tienda, trayendo un regalo de miel de Sulaimaniya, en el norte. Saludaron a Hayawi en kurdo, luego la conversación prosiguió en árabe. Hajji Sadiq volvió, mencionando una tasa de cambio que apenas había cambiado. La electricidad se fue, pero nadie pareció darse cuenta. Los clientes de Balad en el norte contaron sobre la situación allá, como hicieron los visitantes de Basra, en el sur.
En la tarde, la electricidad volvió y apareció una pipa de agua. El suave aroma a manzana del tabaco llenó la tienda.
"La vida continúa", me dijo Hayawi ese día. "Estamos en medio de una guerra, y todavía fumamos la pipa de agua".

Pérdida Literaria
La calle de Mutanabi contaba siempre una historia de Iraq.
Su laberinto de librerías y de artículos de papelería, alojadas en elegantes edificios otomanos, fue llamada así en homenaje a uno de los más grandes poetas del mundo árabe, un sabio del siglo diez cuya arrogancia sólo era correspondida por su genio. La calle la empezaba el Café Shahbandar, donde las antiguas pipas de agua estaban apiladas en hileras. En las paredes dentro había imágenes de la historia de Iraq: retratos del equipo de lucha de 1936, los atletas con el tórax desnudo; la corte del Rey Faisal después de la Primera Guerra Mundial; y el funeral del Rey Ghazi en 1939.
En sus días de gloria, esta calle personificaba el dicho de una generación: El Cairo escribe, Beirut publica, Bagdad lee. Pero con las sanciones de Naciones Unidas después de la invasión iraquí de Kuwait en 1990, aislándola del mundo, sus tiendas se forraron de revistas de veinte años de antigüedad, libros de texto obsoletos, obras religiosas cubiertas de polvo que parecían estar ahí más como exposición que a la venta. Se convirtió en un aburrido mercado de pulgas de libros usados, a medida que los vendedores vendían sus colecciones privadas en un intento por mantenerse en pie, y Hayawi y sus hermanos se ganaban la vida vendiendo libros religiosos, obras de historia para currículos universitarios, y libros en inglés, lo que él llamaba pasaportes.
En los meses que siguieron a la invasión, la calle de Mutanabi revivió en una batalla campal intelectual. Había títulos de Mohammed Baqir al-Sáder, un brillante teólogo asesinado, según dice la historia, cuando los verdugos de Saddam le metieron clavos en la frente. En todas partes se exhibía iconografía chií -de ayatollahs vivos y de santos del siglo siete marchando hacia sus muertes. Cerca había nuevos números de FHM y Maxim, con sus cubiertas adornadas por mujeres ligeras de ropa. En los desvencijados puestos había discos compactos con los mensajes de Osama bin Laden, a unos cincuenta centavos de dólar. Más abajo en la calle había panfletos del venerable Partido Comunista. Como dijo uno de los vendedores: citando un verso de Mutanabi: "Con tanto ruido, necesitas diez dedos para taparte los oídos".
Hoy, la calle de Mutanabi cuenta otra historia.
Cuando los mongoles saquearon Bagdad en 1258, se decía que el río Tigris era rojo un día, y negro el otro. El rojo venía de la sangre de las anónimas víctimas masacradas por los feroces guerreros. El negro venía de la tinta de los numerosos libros de las bibliotecas y universidades. El lunes pasado, la bomba en la calle de Mutanabi estalló a las 11:40 de la mañana. El pavimento quedó manchado de sangre. Los incendios que siguieron enviaron al cielo negras columnas de humo, alimentadas por una plétora de papel.
Un colega me dijo que cerca de la tienda de Hayawi, cerca del ahora destripado Café Shahbandar, cuelga hoy una pancarta negra. En elegantes y amarillos caracteres árabes, lamenta la pérdida de Hayawi y su sobrino, "que fueron asesinados por el cobarde atentado".

16 de marzo de 2007
12 de marzo de 2007
©washington post
©traducción mQh
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nueva táctica de intimidación


[Damien Cave] En una nueva táctica, militantes sunníes queman casas en Iraq.
Bagdad, Iraq. El sábado y domingo militantes sunníes incendiaron casas en esta ciudad mixta al nordeste de Bagdad, obligando a decenas de familias a huir y levantaron el espectro de una nueva táctica de intimidación en la guerra civil en Iraq, dijeron oficiales y testigos iraquíes.
El domingo los militantes también continuaron su campaña contra los peregrinos chiíes, atacándolos cuando volvían a casa desde la sureña ciudad de Karbala después de los rituales allá por el festivo de Arbaeen en Bagdad durante el fin de semana. En el peor ataque, un coche bomba mató al menos a diecinueve personas en Bagdad al estallar cuando estas se dirigían a casa desde el sur en un camión.
Los atacantes quemaron casas sunníes y chiíes en un barrio de Muqdadiya, una ciudad de unos 200 mil habitantes en la provincia de Diyala, a unos cien kilómetros de Bagdad. Hubo diferentes informes sobre cuántas casas se vieron afectadas. Un oficial de seguridad de Diyala dijo que al menos treinta casas fueron completamente quemadas, incluyendo edificios ocupados y abandonados, mientras que un agente de policía árabe sunní de la zona dijo que sólo se destruyeron seis casas. Algunos testigos dijeron que fueron incendiadas unas cien casas.
Víctimas de ambos grupos religiosos culparon al Estado Islámico de Iraq, una organización paraguas de extremistas sunníes que ha ocupado varias otras ciudades en la zona. Algunos vecinos dijeron que el grupo viene exigiendo desde hace poco dinero, armas y juramentos de apoyo de la población local.
Dijeron que los incendios tenían por intención atemorizar a la gente para que contribuyeran o huyeran. Decenas de familias huyeron de la ciudad, sea porque quedaron sin casa después de los ataques, sea por temor de que podrían ser los siguientes.
"Abandoné todo porque no quería contribuir a causar más daño a otros iraquíes", dijo Abu Muhammad Khailani, un sunní, que dijo que huyó hacia un pueblo chií buscando protección.
"Sé por qué quieren dinero y armas", dijo. "Quieren matar a gente inocente y harán cualquier cosa para conseguir sus objetivos".
Los ataques volvieron a despertar temores de que Iraq esté siendo ahuecado por campañas en algunas zonas para expulsar a los que no apoyan el programa del grupo extremista. Muchos vecindarios mixtos de Bagdad ya han sido convertidos en enclaves homogéneos, con chiíes y sunníes amenazando de muerte a la secta en minoría y incluso a los que se casan violando las fronteras étnico-religiosas o que tienen amistades al otro lado de la división.
El domingo, otras dos explosiones en la provincia de Diyala, las dos cerca de Baquba, mataron al menos a cinco personas e hirieron a trece.
Incluso antes del incendio de casas el fin de semana, Diyala se había convertido en una caldera de violencia cotidiana, con fuerzas norteamericanas e iraquíes luchando contra la creciente amenaza sunní que a menudo ha abrumado a los líderes chiíes de la provincia. Los vecinos informan que en algunas aldeas la organización Estado Islámico de Iraq despliega desafiantemente banderas que juran lealtad a Abu Omar Al-Baghdadi, el cabecilla del grupo, en lo que parece ser tanto una advertencia como una mofa de los rivales del grupo.
Oficiales norteamericanos han dicho que están cada vez más preocupados sobre el deslizamiento de la zona hacia el caos. El comandante para el norte de Iraq, el general Benjamin R. Mixon, dijo esta semana que ya había enviado tropas adicionales a la provincia y pedido refuerzos extras.
El jueves, el general David H. Petraeus, el comandante de las fuerzas americanas en Iraq, dijo que Diyala "muy probablemente" recibiría más tropas como parte del incremento concentrado en Bagdad.
La policía bagdadí declaró que diecinueve peregrinos chiíes fueron asesinados el domingo en la zona predominantemente sunní de Karada cuando explotó un coche bomba cerca de su camión. Iban de camino a Karbala, donde observan el Arbaeen, que marca el fin del período de luto de cuarenta días para conmemorar el asesinato del imán Hussein, nieto del profeta Mahoma.
Testigos dijeron que un sedán Hyundai plateado que estaba aparcado junto a la carretera explotó en momentos en que pasaba el camión. Mustafa Mahdi Sahed, el chofer del camión, que sobrevivió sin lesiones serias, dijo que la explosión destrozó a sus pasajeros, cuando sus utensilios de cocina se convirtieron en metralla, ensangrentando las pancartas que llevaban en honor del mártir Hussein. Sentado en el bordillo de la acera junto a su vehículo destrozado horas después de la explosión, dijo que había llevado a los peregrinos a casa desde Karbala sin cobrarles. En contraste, dijo que había oído que los terroristas suicidas o sus familias son pagados por sus crímenes.
"¿Vale la pena vender la vida de iraquíes a doscientos o trescientos dólares?", dijo.
El domingo en el mismo barrio, una bomba improvisada mató a una persona. Y justo al oeste de Ciudad Sáder, el extenso barrio chií al nordeste de Bagdad, un terrorista suicida en un minibús hizo detonar sus explosivos cerca de un restaurante, matando al menos a diez personas e hiriendo a ocho, dijo un funcionario del ministerio del Interior.
En Adhamiya, un barrio sunní cercano, un avión de reconocimiento norteamericano no tripulado se estrelló y fue recuperado intacto posteriormente, dijo un portavoz de las fuerzas armadas norteamericanas. No dijo si el aeroplano había sido derribado.
Un agente de policía iraquí dijo que el artefacto había sido llevado a una comisaría en el barrio chií de Shaab, al este de Adhamiya, donde fue retirado por tropas norteamericanas.
Los militares norteamericanos también dijeron en declaraciones que el domingo murieron tres soldados norteamericanos. Una bomba en la berma del camino en Bagdad mató a un soldado, e hirió a otros dos. Otro soldado murió en una explosión en la provincia de Salahuddin. En el norte de Iraq, un soldado murió en un incidente no relacionado con el conflicto que está siendo investigado por las autoridades.
Las bombas del domingo en zonas chiíes dieron fin a una semana especialmente sangrienta para los peregrinos chiíes. El jueves, al menos 150 peregrinos, muchos de ellos viajando a pie, fueron matados por insurgentes en una serie de ataques cuando se dirigían hacia Karbala. En los ataques más mortíferos, más de cien personas murieron en un ataque suicida en Hilla, donde los terroristas atrajeron a los peregrinos ofreciéndoles pasteles.
El domingo, la policía de Hilla declaró que habían arrestado a cuatro hombres sospechosos de haber planificado los ataques de la semana pasada. Oficiales dijeron que los hombres eran del vecindario donde habían ocurrido los atentados, y que uno de ellos fue detenido cuando conducía un Oldsmobile blanco que había sido visto transportando a los dos terroristas suicidas.
En Mosul, el sábado, estalló una bomba en el vestíbulo del Partido Islámico Iraquí, un importante partido político sunní, matando a tres personas, dijo la policía.
Una portavoz del ministerio alemán de Relaciones Exteriores, dijo el domingo que el gobierno alemán estaba investigando las informaciones sobre el secuestro de dos alemanes en Iraq. Dijo que un grupo especializado dedicado a investigar las amenazas contra ciudadanos alemanes en el extranjero estaba estudiando un video subido a internet el sábado, que mostraba a una mujer suplicando ayuda en alemán bajo la mirada de un joven al que identifica como su hijo.
"Estoy aquí y esta gente me ha amenazado de que matarán a mi hijo frente a mis ojos, y que luego me matarán a mí si las tropas alemanas no se retiran de Afganistán", dice la mujer, de acuerdo a la traducción de una agencia de prensa. No se pudo verificar independientemente la autenticidad del video.
También el domingo, oficiales iraníes, iraquíes y norteamericanos elogiaron cautelosamente el encuentro sobre seguridad regional el domingo en Bagdad.
En Teherán, Mohammad Ali Hosseini, portavoz del ministro iraní de Asuntos Exteriores, dijo que su país estaba dispuesto a continuar el diálogo y que "apoyamos todos los esfuerzos que puedan sacar a Iraq de sus actuales problemas", informó la Associated Press.
El ministro de Relaciones Exteriores de Iraq, Hoshyar Zebari, dijo a la CNN que los funcionarios de Teherán tenían que "respaldar con hechos sus declaraciones en apoyo del gobierno iraquí".
El presidente Bush, de gira en América del Sur el domingo noche, apoyó esa idea. Hablando de Irán y Siria, dijo: "Si realmente quieren ayudar a estabilizar Iraq, hay cosas que pueden hacer, como terminar con el flujo de armas y el flujo de terroristas suicidas hacia Iraq".
Continuó: "Hay un montón de maneras de medir si son serios con lo que dicen. Nosotros, por supuesto, agradecemos esas palabras".

Khalid al-Ansary, Hosham Hussein, Ali Adeeb y Khalid W. Hassan de Baghdad, un empleado iraquí del The New York Times en la provincia de Diyala, y Jim Rutenberg de Bogotá, Colombia, contribuyeron a este reportaje.

12 de marzo de 2007
11 de marzo de 2007
©new york times
©traducción mQh
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niñas desarraigadas de bagdad


[Joshua Partlow] Para las niñas desarraigadas de Bagdad, la escuela ofrece un difícil refugio. Las familias huyen de la violencia religiosa.
Bagdad, Iraq. Los libros de texto en su nueva escuela pueden referirse a sus aprietos como ‘desplazamientos internos forzados', pero las niñas iraquíes que pasan por esta situación la describen con otros términos.
Safwan Abbas tiene miedo de fracasar en matemáticas. Fatima Hamza recorre los pasillos extrañando a sus amigas. Para alcanzar a sus compañeras de curso, Hadil Muhanned tiene que extender sus horas de lecturas nocturnas y usar gafas de montura metálica.
Según Naciones Unidas, solamente en Bagdad, 38.766 personas han abandonado sus casas para escapar de los diarios asesinatos religiosos, y los ecos de esta masiva emigración resuenan todos los días en la Escuela Secundaria de Niñas Amil, en Bagdad. Ubicada en la zona chií relativamente segura de Kadhimiyah, en la ribera occidental del río Tigris, el local escolar de blancas paredes de cemento se ha convertido en un refugio para alumnas chiíes musulmanas que huyen con sus familias de la segregación religiosa que ahora está desgarrando muchos de los barrios bagdadíes.
En los últimos tres meses, la Escuela Secundaria Amil ha aceptado a 135 nuevas alumnas, haciendo subir su población escolar a más de mil, y más familias se aparecen cada día. El ministerio iraquí de Derechos Humanos ha enviado funcionarios a distribuir faldas, mochilas y zapatos a las nuevas pupilas.
Las maestras que antes enseñaban en aulas de cuarenta estudiantes deben enseñar ahora en aulas atiborradas con más de setenta niñas, a veces tres por pupitre. La directora de la escuela, Suad Kokaz, ha iniciado clases especiales después del horario escolar para las nuevas alumnas, muchas de las cuales sólo han asistido esporádicamente a sus antiguas escuelas debido al miedo a la violencia. La orientadora escolar, Shulair Abdullah, tiene una lista, de hasta dieciséis nombres, que alumnas que han perdido a familiares en incidentes violentos en los últimos meses.
"Me la paso gritando todos los días, es un trabajo muy duro", dice Kokaz. "Nunca presencié tantos cambios".
Como incontables otras en Bagdad, la vida Safwan Abbas como niña de catorce años cambió con una carta. Hasta octubre había vivido con sus padres y dos hermanos en el barrio predominantemente sunní de Ghazalihya al oeste de Bagdad. Pero el mensaje que se leía en la octavilla que deslizaron en su patio era tajante: "Sois infieles. Tenéis 72 horas para marcharos", recordó.
"Tenía tanto miedo... Pensaba que llegarían a matarnos en cualquier momento", dice.
Cuando llegaron a Kadhimiyah, Safwan, una niña de cara redonda, suave voz y ojos negros, se matriculó en la Amil con mucho miedo. Recorría los pasillos de azulejos moteados, donde zumbaban los gritos de las alumnas de primaria que comparten el edificio, y miraba las desnudas paredes blancas de las aulas, sintiéndose desorientada.
"La primera vez que vine, me sentí como una extraña. Sentía que tenía que volver a mi viejo barrio", dice. "Adaptarse ha sido muy difícil. No se trata solamente de hacerse con nuevas amigas. Me siento desesperada. Es tan frustrante. No me puedo adaptar. Echo de menos a mis amigas y mi casa".
Dijo que lloró tres semanas seguidas. Recuerda sus llamadas telefónicas nocturnas para intercambiar chismes, conversaciones que duraban a veces más de tres horas, con su mejor amiga, Tahani Talib. Todavía tiene su celular, pero sus padres han decidido que no seguirán pagando sus llamadas ahora que tienen que pagar 385 dólares de alquiler al mes -una considerable suma en Bagdad, y casi el doble de lo que una familia iraquí pagaba por un apartamento en ese barrio antes de la guerra. Safwan pasa a menudo las noches y los viernes estudiando, pero no puede entender las clases de matemáticas en Amil.
"Este es el primer año que repito matemáticas", dijo. "Es difícil ver que mis amigas aprueban los exámenes, mientras yo repito. Hago lo que puedo, pero es muy difícil".
Después de las cuatro horas de clases de las mañanas, Hadil Muhanned, 17, dice que pasa hasta siete horas estudiando para poder cumplir con las exigencias curriculares de Amil. Había que leer mucho -geografía, física, inglés, historia, química, matemáticas-, así que tuvo que usar gafas. Pero cada día que pasa se siente más aliviada, dice.
Antes de que su familia se mudara del barrio predominantemente sunní de Adel, Hadil era una de las pocas alumnas chiíes que asistía a la Escuela Secundaria al-Khuroud. Rara vez asistió más de dos veces a la semana, debido a los enfrentamientos en el barrio. Una alumna y su padre habían sido secuestrados, dice. Hombres armados mataron al guardia de la escuela. Las niñas leían las pintadas garabateadas en las murallas de concreto del barrio: "No se admiten chiíes".
El 28 de enero, después de que Hadil se hubiera retirado, un proyectil de mortero impactó en al-Khuroud, matando al menos a cinco niñas e hiriendo a más de veinte, dejando los ventanales hechos trizas y la sangre salpicada en los peldaños de piedra de la escuela.
"Vivíamos con una constante ansiedad", dice. "Aquí nos sentimos al menos cómodas. Estamos viviendo todas juntas".
Según Naciones Unidas, el año pasado las amenazas de violencia han desplazado de sus casas a más de 470 mil personas en Iraq. A menudo huyen de barrios mixtos para vivir bajo la relativa protección de su propia secta.
En Bagdad, las milicias y los rebeldes han tratado sistemáticamente de uniformar los barrios mixtos. Muchos vecindarios en el lado oeste de la capital se han convertido en barrios predominante sunníes, mientras que los chiíes tienden a concentrarse al este del Tigris. Cerca de la Secundaria Amil, los refugiados internos han empezado a vivir en locales escolares abandonados, una muestra de la crisis humanitaria que ha agotado los recursos del gobierno, según Abdul-Samad Sultan, el ministro de Inmigración.
"Realmente necesitamos ayuda internacional, porque podríamos usar todo el presupuesto del país y no sería suficiente. Como la gente perdió todo, necesitan combustible, electricidad, hay que mejorar la situación sanitaria, la educación, los trabajos", dijo. "Muchas de estas familias viven, por supuesto, bastante por debajo de la línea de la pobreza".
Desde noviembre, al estudiante de primer año, Fatima Hamza, 15, sus padres, cuatro hermanos y dos hermanas han compartido un apartamento de un dormitorio en Kadhimiyah después de huir también del barrio de Adel. Sentada en la oficina de Kokaz, la directora, con un pañuelo negro bordado de flores que cubre su pelo negro, Fatima se muerde las uñas y explica en voz baja su inquietud.
"Antes de esto, en nuestras escuelas allá, teníamos amigas y nuestra casa y nuestro hogar, pero aquí es diferente", dijo. "Es difícil, psicológicamente, dejar todo eso detrás".
"Me está yendo bien en las clases, pero tengo problemas relacionándome con la gente", agregó, para bajar la voz y convertirla en un susurro, fuera del alcance de la directora: "No todas están felices de tenernos aquí".
La llegada de nuevas alumnas de barrios sunníes también ha puesto a prueba a maestros y administradores. Kokaz, que dijo que muchas alumnas tienen atrasos curriculares de meses, pidió a sus maestras que permitan que las estudiantes pospongan los exámenes si no se sienten preparadas.
"Se comportan como salvajes en la escuela", dice Majda Chechan, directora de la escuela primaria que comparte el edificio con Amil. "Rompieron la escalera".
La orientadora, Abdullah, realiza sesiones de terapia con algunas de las alumnas nuevas para tratar sus problemas emocionales y sus dificultades de adaptación al nuevo entorno. Varias alumnas se niegan a aceptar que las nuevas circunstancias sean permanentes.
"¿Cambiará la situación?", pregunta Fatima en la oficina de la directora. "La mayoría de mis amigas también son desplazadas. No queremos que esta situación dure toda la vida".

Naseer Mehdawi contribuyó a este reportaje.

8 de marzo de 2007
17 de febrero de 2007
©washington post
©traducción mQh
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control de armas en barrios chiíes


[Tina Susman] Campaña de seguridad se extenderá a barrios chiíes. Soldados norteamericanos e iraquíes buscan armas puerta a puerta. En Ciudad Sáder.
Bagdad, Iraq. Justo después de las ocho de la mañana del domingo, tropas norteamericanas e iraquíes llamaron a la puerta de Saif Mirwan en el bastión musulmán chií de Ciudad Sáder y dijeron cortésmente que allanarían su casa. Revisaron todas las habitaciones, preguntaron cómo estaba su familia, revisaron las palomas que cría en su tejado y cuando se marcharon le dieron la mano y las gracias.
Con eso, Ciudad Sáder, cuya temible reputación e influencia política la ha dejado en gran parte fuera del alcance de las tropas regulares norteamericanas e iraquíes durante casi tres años, se convirtió en parte de la última campaña de seguridad norteamericana-iraquí.
En los primeros allanamientos en busca de armas con los primeros rayos de sol del día desde que empezara la campaña, no hubo nada del derramamiento de sangre que recibió a las tropas norteamericanas la última vez que trataron de patrullar en el barrio en la primavera de 2004.
Pero la limitada redada, en la sección de Jamila de la enorme barriada, también planteó interrogantes sobre cuánto tiempo durará la tranquilidad, dada la oposición del clérigo chií antinorteamericano Muqtada Sáder a las tropas extranjeras. La milicia al Mahdi del clérigo se apoderó de las calles de Ciudad Sáder después de la invasión norteamericana de Iraq en 2003.
Más de 600 soldados norteamericanos y 550 tropas iraquíes, respaldados por una columna de vehículos blindados, participaron en la operación del domingo, descrita como un primer paso hacia el establecimiento de un estación de seguridad permanente en Ciudad Sáder.
Oficiales militares dicen que estas estaciones fomentarán la confianza entre los vecinos y los soldados y formarán la espina dorsal del plan de seguridad, que es visto como el último esfuerzo para sofocar la guerra religiosa entre árabes sunníes y chiíes, provocada en gran parte por los asesinatos y ejecuciones atribuidas a las milicias chiíes que incluyen a las fuerzas de al Mahdi.
Al menos quince estaciones han sido instaladas en otros barrios en Bagdad, de acuerdo a militares norteamericanos, y se planean varias más. Las de los barrios sunníes deben controlar la resistencia sunní, que ha recurrido a atentados con bomba, bombas en las calles y fuego de francotiradores para matar a soldados norteamericanos y propagar el terror entre la mayoría chií.
Instalarse en Ciudad Sáder, llamado así en honor de su difunto padre, un venerado clérigo, es una maniobra arriesgada, debido a que Sáder es un personaje muy influyente políticamente entre sus camaradas chiíes, entre ellos el primer ministro iraquí Nouri Maliki.
Las tropas que llegaron el domingo participaron en lo que llamaron una operación ‘suave', claramente conscientes de que una movida equivocada podría provocar la ira de los partidarios de Sáder. Las tropas evitaron aporrear las puertas y, de acuerdo a la gente cuyas casas fueron allanadas, fueron infaliblemente corteses y observaron las sensibilidades musulmanas.
"Nos agradecieron con respeto y una sonrisa", dijo Shihab Ahmed, maestro, observando que los norteamericanos lo habían saludado en árabe y demandado su permiso antes de entrar a su casa con un perro detector de bombas. "Estoy contento de esta campaña en mi barrio. No me molesta, porque se trata de limpiar la zona de armas".
Mirwan dijo que las tropas llegaron a su casa sólo después de asegurarse de que su madre y hermana no serían molestadas.
"Uno de los norteamericanos preguntó a mi hermano sobre sus clases y cómo le iba en la escuela, y también preguntaron si mi padre estaba bien y cómo estaba de salud", dijo Mirwan. "No oí ningún disparo, ni oí nada sobre ningún enfrentamiento".

En unas horas la operación de ese día había terminado. Se desmanteló un puesto de control, permitiendo que el tráfico circulara normalmente. El convoy se marchó, y los tenderos volvieron a sus negocios como de costumbre.
Todavía no está claro qué ocurrirá cuando las tropas vuelvan para instalar una presencia permanente, y cuánto tiempo controlará Sáder a su milicia, que combatió contra las fuerzas norteamericanas en 2004.
El clérigo retiró a sus milicianos de las calles como un favor a Maliki cuando se lanzó oficialmente la campaña de seguridad el 13 de febrero. Pero la impaciencia de Sáder con el plan ha aumentado a medida que los ataques de los rebeles sunníes contra chiíes se han incrementado en los últimos días. El sábado, Sáder emitió una declaración a través de sus asociados rechazando las declaraciones hechas la semana pasada por Estados Unidos y funcionarios del gobierno iraquí de que las negociaciones habían allanado el camino para instalar una comisaría del gobierno de Ciudad Sáder.
Algunos analistas creen que Sáder mantendrá sus tropas a raya, al menos de momento.
"Está más que claro que la política de Sáder es absorber el golpe inicial de la campaña, para no dar a los norteamericanos una excusa para centrarse en los chiíes", dijo Vali Náser, experto sobre Iraq y sobre el conflicto sunní-chií de la Escuela Naval de Posgrado de Monterrey, California.
Pero a medida que las tropas norteamericanas continúen traspasando funciones de seguridad a fuerzas iraquíes en los próximos meses, dijo Náser, Sáder estará en una buena posición para revivir su milicia al Mahdi, que la mayoría de los chiíes considera mucho más capaz que las fuerzas iraquíes a la hora de protegerlos. Maliki tendrá que apoyarlo a cambio de su cooperación con la campaña de seguridad, y sus partidarios tendrán que saludar el retorno de sus agresivos pero efectivos milicianos, predice Náser.
"No sacrificará su ejército Mahdi. Simplemente lo pondrá en alcanfor', dijo.

La violencia continuó en otros lugares en Bagdad. La policía declaró que desde el sábado han encontrado más de veinte cuerpos de hombres que se supone fueron víctimas de escuadrones de la muerte chiíes. Al menos tres civiles iraquíes murieron en atentados con bomba.
Un coche bomba explotó cerca de una patrulla policial en Dora, una conflictiva zona sunní al sur de Bagdad, y causó la muerte de un civil. Otro iraquí murió cuando detonó una bomba en el barrio chií de Karada, y un tercero murió en una explosión en un banco en el centro de la ciudad.
Al sur de la ciudad, tres mujeres y un niño murieron cuando estalló una bomba, destinada a un convoy militar norteamericano. Las víctimas viajaban en un minibús que recibió todo el impacto de la explosión.
El domingo un grupo vinculado a al Qaeda dio a conocer un video que muestra supuestamente la ejecución de dieciocho agentes de policía en la provincia de Diyala que el grupo declaró haber secuestrado y ejecutado el viernes.
La autenticidad del video, que muestra a dieciocho hombres vendados cuando son ejecutados, no pudo ser confirmada. El grupo, que se llama a sí mismo el Estado Islámico de Iraq, declaró que secuestró a los agentes en venganza por la supuesta violación de una mujer sunní a manos de otros agentes chiíes en otro lugar en Iraq el mes pasado.
En la sureña ciudad de Basra, fuerzas británicas e iraquíes allanaron un centro de detención gubernamental, provocando una airada respuesta del gobierno nacional en Bagdad. Un portavoz militar británico, el mayor David Gell, dijo que las tropas encontraron "evidencias de torturas" en el centro, pero no entregaron más detalles.
Pero el domingo noche Maliki ordenó una investigación de la operación, a la que calificó de "irresponsable e ilegítima".
Es la segunda vez desde diciembre que fuerzas británicas e iraquíes irrumpen en un centro de detención en Basra. En Navidad, destruyeron un centro policial donde los detenidos eran torturados.
Gell dijo que fuerzas iraquíes dirigieron el allanamiento del domingo utilizando datos de gente detenida en operaciones previas.
Estos allanamientos causan embarazo a Maliki y refuerzan las denuncias de los sunníes de que las fuerzas de seguridad chiíes son refugios de milicianos y matones.

susman@latimes.com

Raheem Salman y Saif Rasheed y corresponsales especiales en Bagdad contribuyeron a este reportaje.

8 de marzo de 2007
5 de marzo de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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reprimen a funcionarios terroristas


[Qassim Abdul-Zahra] Iraq incluirá en campaña de seguridad a funcionarios con vínculos con milicianos terroristas.
Bagdad, Iraq. El primer ministro iraquí dice que las autoridades norteamericanas e iraquíes están trabajando juntas para detener y procesar a políticos y altos funcionarios iraquíes de quienes se sospecha que tienen vínculos con grupos extremistas armados.
"Desde principios de año existe una coordinación entre nosotros y las fuerzas multinacionales norteamericanas... para determinar quiénes deberían ser detenidos y las razones de su detención", dijo en una entrevista el sábado el primer ministro Nouri al-Maliki.
Sus comentarios eran una respuesta a una pregunta sobre si se habían elaborado listas de altos funcionarios, políticos y legisladores iraquíes para proceder a su detención.
Maliki dijo que las autoridades iraquíes empezarían a preparar sus acusaciones contra funcionarios no identificados y que serían referidos a jueces instructores, que en el sistema jurídico iraquí pueden iniciar acusaciones formales, como los grandes jurados estadounidenses.
El primer ministro no dio detalles adicionales, tales como cuántas personas serían investigadas ni proporcionó nombres específicos. Tampoco especificó cuándo se transferirían los casos a los jueces instructores.
Funcionarios norteamericanos se negaron a comentar sobre las supuestas listas ni a confirmar si existían del todo, mencionando una medida que les impide comentar operaciones de inteligencia.
"No comentamos actividades de inteligencia actuales, supuestas o potenciales para proteger la seguridad de las operaciones", dijo el teniente coronel Christopher Garver, un portavoz militar. "Obviamente, una lista de ese tipo cae dentro de este tipo de operaciones".
Garver observó que la coalición tiene la autoridad para tomar "todas las medidas necesarias" para mantener la seguridad, pero dijo que no arrestarían a gente por razones políticas.
Cinco funcionarios iraquíes -dos de ellos generales y los otros miembros de partidos sunníes y chiíes- dijeron que oficiales norteamericanos y agentes de la inteligencia iraquí estaban preparando esas listas de altos funcionarios y políticos que deberán ser detenidos como parte del plan de seguridad de Bagdad.
Los cinco dijeron que sabían de las listas, pero ninguno de ellos quiso hacer comentarios debido a lo delicado del tema.
Un portavoz del ejército iraquí, el general Qassim Moussawi, aludió a las "listas', pero no llegó a confirmar su existencia.
"Este tema tiene algunos aspectos de inteligencia muy delicados", dijo en una rueda de prensa el mes pasado, sin agregar más detalles.
Uno de los funcionarios iraquíes que habló con la Associated Press, dijo que Maliki había pedido a los norteamericanos que se encargaran de las detenciones para proporcionar a su gobierno una cobertura política.
"Hay una lista de legisladores, subsecretarios de varios ministerios y políticos que están implicados en actividades terroristas", dijo el funcionario. "Los legisladores no gozan de inmunidad... El primer ministro está resuelto a investigar este asunto".
Una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas otorga a la coalición norteamericana autoridad para detener a todo sospechoso de representar un riesgo de seguridad para las fuerzas multinacionales. Un general iraquí dijo que algunas personas en la lista proporcionaban ayuda económica a los extremistas.
El vice-ministro de Salud Hakim al-Zamili, fue detenido el 9 de febrero por soldados norteamericanos e iraquíes por desviar millones de dólares de su ministerio a milicias chiíes.
Funcionarios iraquíes entregaron varias estimaciones sobre la cantidad de gente en la lista, que van de cincuenta a más de cien.

7 de marzo de 2007
5 de marzo de 2007
©associated press
©traducción mQh
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el regreso de los desplazados


[Alexandra Zavis] Los desplazados de Iraq vuelven poco a poco a casa. La promesa de Maliki de revertir la marea de ‘limpieza étnica' en Bagdad puesta a prueba.
Bagdad, Iraq. En una era de épicos desplazamientos, Fuad Khamis ha hecho algo extraordinario: Ha vuelto a casa.
"Cuando llegué, me sentía abrumado y aterrorizado al mismo tiempo", dice Khamis, un taxista árabe sunní del barrio mixto de Sadiya, en Bagdad.
Su casa era una ruina y no quedaba ni un solo mueble. Pero el padre de cinco hijos dice que sus vecinos chiíes lo recibieron con besos y abrazos.
Alentado por la masiva campaña de seguridad que empezó el 13 de febrero y las garantías de sus vecinos chiíes, Khamis es uno de los primeros en poner a prueba la reciente promesa del primer ministro Nouri Maliki de revertir la marea de ‘limpiezas' religiosas que azotan a Bagdad y trasladar a decenas de miles de personas de regreso a sus casas.
Lanzada años después de incontroladas violencias entre árabes sunníes y chiíes, el programa debe salvar incontables obstáculos, incluyendo la falta de confianza de muchos de los habitantes de la ciudad en la capacidad del gobierno a la hora de proteger sus barrios.
"Creo en milagros y en cuentos de hadas, pero no en las intenciones ni en la capacidad del gobierno de llevar a los desplazados de vuelta a sus casas", dice Hussein Azaidi, un musulmán chií con años de pobreza grabados en su cara que ha encontrado refugio en una escuela abandonada en la agitada zona de Ciudad Sáder en Bagdad.
Incluso si el gobierno puede convencer a las familias de que sus antiguos barrios son seguros, no hay ninguna garantía de que puedan recuperar sus casas. Muchas residencias han sido saqueadas o incendiadas, otras son controladas por hombres armados o se encuentran ocupadas por familias que han huido de la violencia de otros lugares.

Reservas Norteamericanas
Maliki ha adoptado una postura dura, llamando ‘terroristas' a la gente que vive en casas que fueron ocupadas por la fuerza e informando al parlamento que serían detenidas.

Pero los militares norteamericanos, que deben contribuir con 17.500 tropas para la campaña de Bagdad, dicen que sus tropas no ayudarán al gobierno a expulsar a los okupas. Oficiales norteamericanos creen que es una receta para mayores abusos.
"Esta es una situación abocada al fracaso", dice el coronel Douglass S. Heckman, asesor de la Novena División del Ejército Iraquí al este de Bagdad.
Reconociendo las complicaciones, el jueves el gabinete iraquí dio a los okupas dos semanas adicionales para que abandonen las casas de los desplazados o que obtengan permisos escritos para permanecer ocupándolas.
El gobierno de Maliki no tiene los medios para implementar un programa de reasentamiento. Adbul Samad Sultan, ministro de Inmigración, cree que muchas familias volverán a sus casas por sí solas una vez que vean que la situación es segura. Se les está ofreciendo unos 200 dólares como contribución a los costes de la mudanza. Aparte de ese subsidio, Sultan sólo puede ofrecer chapas que permiten su retorno a zonas disputadas y pedir a sus primeros vecinos que escriben cartas dándoles la bienvenida.
"Creo que los iraquíes son generosos y pueden olvidar el pasado", dice Sultan. "Saben lo que hace la violencia".
Unas mil familias han vuelto poco a poco a zonas como Madaen, Shaab y Mahmoudiya, dice el ministerio de Inmigración. Pero son una muy pequeña parte del número total de desplazados.
En todo Iraq unas 540 mil personas han abandonado sus hogares desde febrero de 2006, cuando un atentado con bomba destruyó el venerado santuario chií de Samarra, desencadenando una oleada de asesinatos sectarios, de acuerdo a un informe reciente del Cuerpo Médico Internacional, de Santa Mónica, Estados Unidos. Casi el ochenta por ciento de los desplazados son del área de Bagdad, dice el grupo.
El plan de reasentamiento del gobierno depende de la capacidad del ejército y policía -siempre respaldados por Estados Unidos- de erradicar a los milicianos sectarios y mantener su presencia en esas zonas para impedir el regreso de los delincuentes, como han hecho en el pasado. Pero muchos vecinos dicen que se sienten más seguros bajo la protección de las milicias de sus sectas que bajo la protección del gobierno.
Azaidi vivió la mayor parte de su vida en Balad Ruz, una ciudad mixta al nordeste de Bagdad. Una tarde que envió a su hijo al mercado, milicianos sunníes capturaron al joven y lo golpearon salvajemente, enviándolo a casa con un mensaje: Tienes tres días para marcharte, o sufrir las consecuencias.
A la mañana siguiente, Azaidi se mudó con su familia a Ciudad Sáder, el bastión del clérigo radical chií Muqtada Sáder y su poderosa milicia Al Mahdi.
Fueron representantes de Sáder los que encontraron a Azaidi un lugar donde quedarse y le ayudaron a recoger su bono de racionamiento mensual.
Pero los sunníes acusan a esa milicia de haberlos expulsado de Ciudad Sáder y de muchos otros barrios que eran mixtos. Esperando evitar un enfrentamiento, milicianos de Sáder han apoyado la campaña de seguridad e invitado a los sunníes a retornar a Ciudad Sáder -una oferta que muy pocos parecen haber aceptado.

Aviso por Debajo de la Puerta
Cada ola de desplazamientos ha provocado que milicianos de otros barrios expulsen a miembros de grupos rivales
para hacer lugar para sus correligionarios que huyen de otros vecindarios.
Sabah Hassan, un agente de policía sunní, ignoró los primeros avisos de que dejara el barrio mixto de Amal, que había sido deslizado por debajo de su puerta el año pasado, metido en un sobre con una bala. Pero cuando dos de sus hermanos fueron secuestrados, huyó, dejando sus muebles, documentos de identidad y los recuerdos de toda una vida.
Al día siguiente, Hassan envió a su madre a recoger algunas pertenencias. Pero los miembros de una oficina local de Sáder ya habían enviado a vivir ahí a una familia chií desplazada, dijo, y habían pintado un aviso en la pared: "No se alquila ni vende".
En algunos barrios, las familias han pedido a los vecinos que vigilen sus casas, o las han alquilado a miembros de la secta dominante en sus zonas.
Durante meses, Hussain Mansour aguantó mientras sus compañeros sunníes escapaban de las amenazas susurradas, las cartas con amenazas, los milicianos y los cuerpos agujereados de balas que aparecieron de la noche a la mañana en el barrio chií de Kadhimiya.
Hace un año unos milicianos irrumpieron en la casa del devoto hermano de Mansour y le dispararon en la cara en presencia de su familia. El verano pasado, su tío fue asesinado a tiros cuando volvía a casa desde la tienda de abarrotes. Cuando Mansour se encaminó a los milicianos de Al Mahdi a pedir protección, se echaron a reír.
"Se burlaron de mí, diciéndome que me desollarían vivo", dijo. "Nunca antes tuve tanto miedo en mi vida".
Finalmente, un vecino chií se acercó a Mansour con una propuesta. Los familiares del hombre vivían en la parte sunní de Bagdad y habían recibido una carta anónima diciéndoles que se marcharan. ¿Por qué no cambiar las casas?
Mansour, un tendero de expresión triste al que sus amigos llamaban ‘el último de los mohicanos', no lo pensó dos veces. Pero no le gusta el acuerdo.
Su nuevo hogar es más pequeño, los muebles son viejos, y el tejado está roto. Pero no es solamente su casa la que echa de menos. "Son mis recuerdos, mi infancia, es donde crecí", dice. "Nadie quiere sepultar sus buenos recuerdos".
Si el plan de Maliki funciona, él será el primero en volver. Pero no tiene muchas esperanzas.
El plan sólo es válido para los vecinos de Bagdad que fueron obligados a abandonar sus casas después del atentado de Samarra -una pequeña parte del total de desplazados después de décadas de expulsiones que se remontan a los días más oscuros del gobierno de Saddam Hussein.
Unos 1.8 millones de los 26 millones de habitantes de Iraq han sido desplazados dentro del territorio nacional, y unos dos millones han huido a países vecinos, de acuerdo a la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, que califica el éxodo como el mayor movimiento de población en Oriente Medio desde la creación del estado de Israel en 1948.

Muchos Esperan Todavía
El gobierno de Iraq no ha tenido demasiado éxito a la hora de deshacer períodos de desplazamientos previos. Miles de kurdos étnicos viven todavía en precarios campamentos
en los alrededores de la ciudad petrolera de Kirkuk, esperando que las autoridades resuelvan disputas por títulos de propiedad que se remontan a su reasentamiento durante la implementación de la política de ‘arabización' de Hussein, introducida en los años setenta.
En el sur predominantemente chií, los árabes sunníes hacen frente a una creciente presión de grupos paramilitares como la milicia Al Mahdi y sus rivales de la Brigada Báder.
Muchos han huido hacia ciudades dominadas por los sunníes en el centro y norte de Iraq, pero han debido luchar por adaptarse.
Personal de agencias humanitarias sugieren que sería más realista ayudar a las familias desplazadas a encontrar trabajo y casa en sus nuevas comunidades, que tratar de enviarlas de regreso.
Pero, dice Rafiq Tschannen, director para Iraq de la Organización Internacional para las Migraciones, "hoy nadie tiene el coraje de admitir que las expulsiones serán probablemente permanentes".
Khamis, el taxista, mantiene abiertas sus opciones.
"Me dolía el alma", dice, el día que dejó Sadiya después de recibir una carta con amenazas. Ahora tropas norteamericanas e iraquíes patrullan el barrio.
Si se quedan, también se quedará Khamis. De otro modo, dice, se irá de Iraq para siempre.

zavis@latimes.com

Louise Roug en Kirkuk, Suhail Ahmad, Saif Hameed y Zeena Kareem en Baghdad y corresponsales especiales en Bagdad y Basra contribuyeron a este reportaje.

6 de marzo de 2007
2 de marzo de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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terminó la guerra civil en iraq


columna de mérici
Hace mucho tiempo que no escribo ni alimento mis crónicas. Y sobre Iraq creo que no escribo nada desde hace más de un año. O más. Entonces pensé haber dicho todo lo que pensaba y temía, y quedé a la espera. Se venía una espantosa guerra civil, aumentarían los atentados terroristas y las víctimas civiles, se atacaría a las tropas norteamericanas y otras extranjeras, etc., sin ningún otro fin que debilitarse mutuamente. Rebrotaría el fundamentalismo islámico, al Qaeda se introduciría -gracias al presidente Bush- en Iraq y el terrorismo islámico se haría con una nueva base de operaciones desde donde organizar ataques y atentados en todo el planeta. Llevar la crónica de la muerte no tenía mucho sentido.
Pero la situación ha cambiado en Iraq de modo casi imperceptible y creo realmente que se acabó la guerra civil o está a punto de terminar. La cruenta lucha que venían sosteniendo chiíes y sunníes ya no tiene demasiado fundamento. Y esto se debe fundamentalmente a dos hechos: se han vuelto a calcular los depósitos petrolíferos y de gas natural en Iraq y se ha constatado la existencia de importantes reservas en territorio sunní, lo que quita viento a la resistencia sunní que se oponía fervientemente al propósito de fragmentar al país (que era un objetivo compartido por kurdos y chiíes en la creencia de que los sunníes se quedarían desprovistos de recursos). Con los sunníes, pues, se habrá de contar en el futuro, guste o no a kurdos y chiíes.
Y en la misma semana en que se da a conocer esta importantísima constatación, el gabinete iraquí -que incluye a partidos de todas las principales etnias y grupos religiosos del país- se ha puesto finalmente de acuerdo, después de años de discusiones y asesinatos, en una fórmula para distribuir a nivel nacional los ingresos por el petróleo. La fórmula de repartición de los recursos utilizará como criterio principal la demografía de cada región, que es un criterio razonable y aceptable para todos los grupos.
Ahora, no quiere decir esto que las acciones armadas terminarán de un día para otro. La fórmula de repartición debe ser refinada. Hay muchas incertidumbres sobre la demografía de cada provincia, y a pesar de que organismos internacionales calculan, por ejemplo, la población chií en un sesenta por ciento, los partidos sunníes insisten en que ellos son la mayoría de la población. Pero aceptado este principio de distribución de los recursos nacionales, estos debates son o serán de existencia pasajera. Habrá de realizarse un nuevo censo por un organismo que goce de la confianza de todos los grupos iraquíes. Y para realizar ese censo habrán de crearse las condiciones de seguridad que lo permitan. Hecho esto, el debate cesará.
Otro escollo -también de naturaleza pasajera- son los escuadrones de la muerte y las milicias chiíes y sunníes. Estos son grupos de asesinos y delincuentes que no será fácil de erradicar y que, ciertamente, deberán ser llevados a justicia. O a un acuerdo entre los partidos que otorgue impunidad a los criminales de todas las milicias y compensaciones a las familias de sus víctimas. Ya han aparecido en la prensa las primeras escaramuzas de este debate. Los vecinos de Ciudad Sáder, por ejemplo, ya han solicitado impunidad para sus milicias chiíes argumentando que los milicianos les defendieron de las atrocidades de las milicias sunníes durante los períodos más cruentos de la guerra civil.
Es un signo positivo que los partidos iraquíes ya hayan empezado a conversar sobre estos temas.
Ahora Estados Unidos deberá retirarse cuanto antes, si quiere su gobierno evitar más bajas insensatas y fútiles entre sus tropas, porque las milicias chiíes y sunníes se unirán, al menos en la práctica, en sus ataques contra las fuerzas norteamericanas. Alcanzado un acuerdo de principio sobre el petróleo y las milicias, el enemigo se dibuja más claramente en el horizonte, y son las tropas invasoras.
Subsisten dos problemas serios. Primero, los terroristas de al Qaeda. Pero este, aunque se haya introducido el grupo en Iraq, sigue siendo un problema policial que las fuerzas iraquíes podrían resolver una vez que se retiren las tropas norteamericanas. Puede ocurrir que la población sunní se vuelque ahora contra al Qaeda, si los perciben como un grupo extranjerizante que sólo ha llevado desgracia al país.
El segundo problema es el caos general que reina en todo el territorio, lo que incluye la falta de empleo, la precariedad de los servicios públicos y la corrupción oficial. El plan norteamericano, que incluyó el desmantelamiento de las empresas estatales para favorecer las privatizaciones y la empresa privada, ha provocado un enorme desempleo, una crisis social generalizada y un campo de cultivo para el reclutamiento de milicianos terroristas. Ese plan ha de ser mitigado y la intervención del estado en la economía debe ser reactivado de alguna manera. Iraq es un país rico y no hay motivos, ni económicos ni ideológicos, que justifiquen dejar a su población, ni a ninguno de sus grupos constitutivos, en el abandono, la necesidad y la indefensión.
La guerra civil terminó. Es hora de que Estados Unidos ponga también fin a su invasión.

5 de marzo de 2007
viene de mérici
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secuestro y asesinato en iraq


[Tina Susman] Policías iraquíes secuestrados ayer fueron encontrados muertos.
Bagdad, Iraq. Un coche bomba despedazó un puesto de control policial al oeste de Bagdad y mató al menos a cuatro agentes hoy, un día después de que un grupo asociado a Al Qaeda reivindicara haber secuestrado y asesinado a catorce policías.
Otros dos agentes de policía murieron por la detonación de explosivos ocultos al este de Bagdad, una muestra de los peligros a los que hace frente la policía a medida que aumentan su presencia en las calles para implementar el nuevo plan de seguridad. Rebeldes sunníes, que acusan a la policía y fuerzas armadas fundamentalmente chiíes de cometer atrocidades contra los sunníes, han atacado frecuentemente los puestos de control, patrullas y centros de adiestramiento de la policía.
El primer ministro Nouri Maliki dio ayer enfadada respuesta al secuestro masivo y asesinatos del viernes, que ocurrieron en la provincia de Diyala cuando se dirigían a casa con permiso. Los coches en los que viajaban fueron interceptados y sus cuerpos fueron encontrados horas más tarde, después de que un grupo asociado a Al Qaeda reclamara haberlos secuestrado. El grupo declaró que había realizado el ataque para vengar la supuesta violación de una mujer sunní por agentes de policía chiíes el mes pasado.
"Esta masacre refleja la realidad de estas bandas que actúan a nombre del llamado Estado Islámico Iraquí, que no son más simples criminales", dijo, calificando sus actos como el trabajo de "mentes depravadas". El gobierno de Maliki ha rechazado la acusación de violación, diciendo que la acusación no busca más que inflamar las tensiones religiosas.
Signos de esas tensiones se hicieron evidentes hoy en el barrio chií de Ciudad Sáder, donde se esperaba que oficiales norteamericanos y chiíes establecieran un punto de apoyo en cuestión de días como parte del plan de seguridad lanzado el 13 de febrero. Los sunníes han acusado a las fuerzas de seguridad de concentrar su atención injustamente en zonas sunníes, con agresivos allanamientos y patrullas, mientras las zonas chiíes no eran molestadas.
Decenas de líderes civiles de Ciudad Sáder se reunieron para discutir cómo ayudar al éxito del plan. Pero aunque prometieron apoyar a las tropas cuando establezcan una base en Ciudad Sáder, también emitieron una declaración pidiendo la retirada inmediata de las tropas extranjeras de Iraq, o al menos un calendario de su retirada.
Si las tropas permanecen demasiado tiempo, dice la declaración, las tropas norteamericanas y funcionarios del gobierno en el país deberían "convertirse al islam y declarar públicamente su aceptación del islam como su religión".
Un vecino de Ciudad Sáder, Sattar Jabbar Sharhan, se hizo eco de los temores de muchos residentes de que las tropas repriman a la milicia chií que ha estado protegiendo al barrio. Sharhan también dijo que las fuerzas de seguridad controladas por chiíes eran capaces de operar sin los norteamericanos.
"¿Por qué los norteamericanos?", dijo. "Incluso si están de lado de las tropas iraquíes, ¿para qué? Creo que nuestras tropas son capaces de protegernos".
También hoy oficiales norteamericanos dijeron que algunos "terroristas claves" asociados a una célula de Al Qaeda que habían estado atacando helicópteros militares, habían muerto en un ataque aéreo.
El bombardeo tuvo lugar en las afueras de Taji, al norte de Bagdad, donde se encuentra una importante base aérea norteamericana. La zona alrededor de Taji ha sido el escenario de frecuentes ataques contra los helicópteros militares. Desde el comienzo de la guerra se han derribado al menos siete helicópteros norteamericanos, incluyendo uno civil.
La declaración norteamericana dice que la aviación norteamericana detectó a presuntos terroristas en vehículos armados con armas anti-aéreas y les dispararon. No dice cuántos hombres fueron aniquilados.

susman@latimes.com

Raheem Salman, y otros corresponsales en Hilla y Bagdad contribuyeron a este reportaje.

4 de marzo de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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