más allá de bagdad
[Richard G. Lugar] En Iraq, no hay que perder de vista los ‘intereses vitales' de Estados Unidos.
Desde que el presidente Bush anunciara que enviaría más tropas norteamericanas a Iraq, el debate sobre la estrategia en Iraq ha alcanzado nuevos niveles de estridencia. Los opositores a la guerra se han unido contra lo que consideran una nueva e injustificada escalada, mientras que el gobierno ha rechazado las críticas de la oposición, calificándolas de derrotismo. El vice presidente Cheney llegó incluso a decir que la retirada demostraría que los norteamericanos "no tienen estómago para pelear".
Sin embargo, las acciones militares en Iraq ponen en jaque nociones ortodoxas sobre victoria y derrota. No estamos en Iraq defendiendo territorio ni incluso destruyendo a un enemigo. Más bien, estamos involucrados en la amorfa tarea de librarnos del pueblo iraquí y de las decisiones políticas de su gobierno que resultarán en una sociedad democrática y pluralista que redunde en una mayor estabilidad regional.
Mientras la emergencia de un gobierno y sociedad semejantes todavía son ideales que vale la pena alcanzar, debemos reconocer que es un objetivo máximo. No debería ser el punto central de nuestra política exterior en Oriente Medio ni la única medida de éxito en Iraq.
Necesitamos redefinir los puntos de referencia geo-estratégicos de nuestra estrategia en Iraq. Algunos comentaristas han comparado el plan de Bush con un pase ‘Hail Mar' en el fútbol -una desesperada y profunda entrada que hace un equipo perdedor al final de juego.
El plan del presidente es el primer episodio de una readaptación general en Oriente Medio, que empezó con nuestra invasión de Iraq y que puede durar años. Las naciones de Oriente Medio están tratando de encontrar el equilibrio a medida que los balances regionales de poder se modifican de modos imprevisibles.
En el centro de esta readaptación se encuentra Irán, que es percibido como el gran vencedor, gracias a nuestra intervención en Iraq. Allanamos el camino para un gobierno chií en Iraq, que es mucho más amistoso hacia Irán que Saddam Hussein. Respaldado por sus enormes ingresos por el petróleo, Irán se ha metido en Iraq, persiguiendo rígidamente su política de armamento nuclear y financiando a Hezbollah y Hamas.
Pero el péndulo de la política exterior en Oriente Medio puede estar oscilando de nuevo contra la voluntad iraní. Arabia Saudí, Egipto, Jordania, los países del Golfo y otros, están cada vez más alarmados por la conducta de Irán y por las crecientes divisiones religiosas regionales. Debido a esta dinámica, el poder de negociación de Estados Unidos en Oriente Medio está creciendo. Los estados árabes moderados comprenden que Estados Unidos es un contrapeso indispensable para Irán.
Esto abre oportunidades para consolidar nuestros objetivos estratégicos más amplios y ofrece una segunda opción para Iraq. Incluso mientras se implementa la estrategia del presidente en Bagdad, necesitamos un plan para un radical redespliegue de las fuerzas norteamericanas en la región para defender los recursos petroleros, atacar los enclaves terroristas, disuadir el aventurismo de Irán y proporcionar un amortiguador para el conflicto religioso regional. En el mejor de los casos, podríamos reforzar las bases en Oriente Medio con tropas estacionadas fuera de las zonas urbanas de Iraq. Este redespliegue nos permitiría seguir adiestrando a soldados iraquíes y proporcionando ayuda económica, sin obligarnos a colocarnos entre grupos religiosos iraquíes en conflicto.
El reciente viaje de la ministro de relaciones exteriores a Oriente Medio y el despacho de un portaviones adicional al Golfo Pérsico, mostró que el gobierno entiende la gravedad de lo que está pasando en la región. Estados Unidos debería dejar claro a nuestros amigos árabes, que tienen un papel que jugar a la hora de promover la reconciliación en Iraq, impedir alzas pronunciadas en el precio del petróleo, separar a Siria de Irán y demostrando un frente más unido contra el terrorismo.
El gobierno debe evitar convertirse en quijotesco en su intento por alcanzar un resultado óptimo en Iraq si fracasa en cuanto a adaptarse a los cambios en la región o a las realidades políticas dentro de Iraq. Aunque todo gobierno estaría reticente a hablar sobre un plan B cuando su plan principal está todavía siendo implementado, el presidente y el congreso deben alcanzar un consenso sobre cómo proteger nuestros intereses estratégicos más amplios independientemente de lo que ocurra en esos barrios bagdadíes o en el hemiciclo del senado. De otro modo, la fatiga y la frustración con nuestra estrategia en Iraq que es evidente en las resoluciones de rechazo en el senado, podría conducir no solamente al rechazo del plan de Bush, sino también al abandono de las herramientas y relaciones que necesitamos para defender nuestros intereses vitales en Oriente Medio.
Desde que el presidente Bush anunciara que enviaría más tropas norteamericanas a Iraq, el debate sobre la estrategia en Iraq ha alcanzado nuevos niveles de estridencia. Los opositores a la guerra se han unido contra lo que consideran una nueva e injustificada escalada, mientras que el gobierno ha rechazado las críticas de la oposición, calificándolas de derrotismo. El vice presidente Cheney llegó incluso a decir que la retirada demostraría que los norteamericanos "no tienen estómago para pelear".Sin embargo, las acciones militares en Iraq ponen en jaque nociones ortodoxas sobre victoria y derrota. No estamos en Iraq defendiendo territorio ni incluso destruyendo a un enemigo. Más bien, estamos involucrados en la amorfa tarea de librarnos del pueblo iraquí y de las decisiones políticas de su gobierno que resultarán en una sociedad democrática y pluralista que redunde en una mayor estabilidad regional.
Mientras la emergencia de un gobierno y sociedad semejantes todavía son ideales que vale la pena alcanzar, debemos reconocer que es un objetivo máximo. No debería ser el punto central de nuestra política exterior en Oriente Medio ni la única medida de éxito en Iraq.
Necesitamos redefinir los puntos de referencia geo-estratégicos de nuestra estrategia en Iraq. Algunos comentaristas han comparado el plan de Bush con un pase ‘Hail Mar' en el fútbol -una desesperada y profunda entrada que hace un equipo perdedor al final de juego.
El plan del presidente es el primer episodio de una readaptación general en Oriente Medio, que empezó con nuestra invasión de Iraq y que puede durar años. Las naciones de Oriente Medio están tratando de encontrar el equilibrio a medida que los balances regionales de poder se modifican de modos imprevisibles.
En el centro de esta readaptación se encuentra Irán, que es percibido como el gran vencedor, gracias a nuestra intervención en Iraq. Allanamos el camino para un gobierno chií en Iraq, que es mucho más amistoso hacia Irán que Saddam Hussein. Respaldado por sus enormes ingresos por el petróleo, Irán se ha metido en Iraq, persiguiendo rígidamente su política de armamento nuclear y financiando a Hezbollah y Hamas.
Pero el péndulo de la política exterior en Oriente Medio puede estar oscilando de nuevo contra la voluntad iraní. Arabia Saudí, Egipto, Jordania, los países del Golfo y otros, están cada vez más alarmados por la conducta de Irán y por las crecientes divisiones religiosas regionales. Debido a esta dinámica, el poder de negociación de Estados Unidos en Oriente Medio está creciendo. Los estados árabes moderados comprenden que Estados Unidos es un contrapeso indispensable para Irán.
Esto abre oportunidades para consolidar nuestros objetivos estratégicos más amplios y ofrece una segunda opción para Iraq. Incluso mientras se implementa la estrategia del presidente en Bagdad, necesitamos un plan para un radical redespliegue de las fuerzas norteamericanas en la región para defender los recursos petroleros, atacar los enclaves terroristas, disuadir el aventurismo de Irán y proporcionar un amortiguador para el conflicto religioso regional. En el mejor de los casos, podríamos reforzar las bases en Oriente Medio con tropas estacionadas fuera de las zonas urbanas de Iraq. Este redespliegue nos permitiría seguir adiestrando a soldados iraquíes y proporcionando ayuda económica, sin obligarnos a colocarnos entre grupos religiosos iraquíes en conflicto.
El reciente viaje de la ministro de relaciones exteriores a Oriente Medio y el despacho de un portaviones adicional al Golfo Pérsico, mostró que el gobierno entiende la gravedad de lo que está pasando en la región. Estados Unidos debería dejar claro a nuestros amigos árabes, que tienen un papel que jugar a la hora de promover la reconciliación en Iraq, impedir alzas pronunciadas en el precio del petróleo, separar a Siria de Irán y demostrando un frente más unido contra el terrorismo.
El gobierno debe evitar convertirse en quijotesco en su intento por alcanzar un resultado óptimo en Iraq si fracasa en cuanto a adaptarse a los cambios en la región o a las realidades políticas dentro de Iraq. Aunque todo gobierno estaría reticente a hablar sobre un plan B cuando su plan principal está todavía siendo implementado, el presidente y el congreso deben alcanzar un consenso sobre cómo proteger nuestros intereses estratégicos más amplios independientemente de lo que ocurra en esos barrios bagdadíes o en el hemiciclo del senado. De otro modo, la fatiga y la frustración con nuestra estrategia en Iraq que es evidente en las resoluciones de rechazo en el senado, podría conducir no solamente al rechazo del plan de Bush, sino también al abandono de las herramientas y relaciones que necesitamos para defender nuestros intereses vitales en Oriente Medio.
El escritor es un republicano de Indiana y miembro del Comité de Relaciones Exteriores del Senado.
29 de enero de 2007
©washington post
©traducción mQh
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