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más allá de bagdad


[Richard G. Lugar] En Iraq, no hay que perder de vista los ‘intereses vitales' de Estados Unidos.
Desde que el presidente Bush anunciara que enviaría más tropas norteamericanas a Iraq, el debate sobre la estrategia en Iraq ha alcanzado nuevos niveles de estridencia. Los opositores a la guerra se han unido contra lo que consideran una nueva e injustificada escalada, mientras que el gobierno ha rechazado las críticas de la oposición, calificándolas de derrotismo. El vice presidente Cheney llegó incluso a decir que la retirada demostraría que los norteamericanos "no tienen estómago para pelear".
Sin embargo, las acciones militares en Iraq ponen en jaque nociones ortodoxas sobre victoria y derrota. No estamos en Iraq defendiendo territorio ni incluso destruyendo a un enemigo. Más bien, estamos involucrados en la amorfa tarea de librarnos del pueblo iraquí y de las decisiones políticas de su gobierno que resultarán en una sociedad democrática y pluralista que redunde en una mayor estabilidad regional.
Mientras la emergencia de un gobierno y sociedad semejantes todavía son ideales que vale la pena alcanzar, debemos reconocer que es un objetivo máximo. No debería ser el punto central de nuestra política exterior en Oriente Medio ni la única medida de éxito en Iraq.
Necesitamos redefinir los puntos de referencia geo-estratégicos de nuestra estrategia en Iraq. Algunos comentaristas han comparado el plan de Bush con un pase ‘Hail Mar' en el fútbol -una desesperada y profunda entrada que hace un equipo perdedor al final de juego.
El plan del presidente es el primer episodio de una readaptación general en Oriente Medio, que empezó con nuestra invasión de Iraq y que puede durar años. Las naciones de Oriente Medio están tratando de encontrar el equilibrio a medida que los balances regionales de poder se modifican de modos imprevisibles.
En el centro de esta readaptación se encuentra Irán, que es percibido como el gran vencedor, gracias a nuestra intervención en Iraq. Allanamos el camino para un gobierno chií en Iraq, que es mucho más amistoso hacia Irán que Saddam Hussein. Respaldado por sus enormes ingresos por el petróleo, Irán se ha metido en Iraq, persiguiendo rígidamente su política de armamento nuclear y financiando a Hezbollah y Hamas.
Pero el péndulo de la política exterior en Oriente Medio puede estar oscilando de nuevo contra la voluntad iraní. Arabia Saudí, Egipto, Jordania, los países del Golfo y otros, están cada vez más alarmados por la conducta de Irán y por las crecientes divisiones religiosas regionales. Debido a esta dinámica, el poder de negociación de Estados Unidos en Oriente Medio está creciendo. Los estados árabes moderados comprenden que Estados Unidos es un contrapeso indispensable para Irán.
Esto abre oportunidades para consolidar nuestros objetivos estratégicos más amplios y ofrece una segunda opción para Iraq. Incluso mientras se implementa la estrategia del presidente en Bagdad, necesitamos un plan para un radical redespliegue de las fuerzas norteamericanas en la región para defender los recursos petroleros, atacar los enclaves terroristas, disuadir el aventurismo de Irán y proporcionar un amortiguador para el conflicto religioso regional. En el mejor de los casos, podríamos reforzar las bases en Oriente Medio con tropas estacionadas fuera de las zonas urbanas de Iraq. Este redespliegue nos permitiría seguir adiestrando a soldados iraquíes y proporcionando ayuda económica, sin obligarnos a colocarnos entre grupos religiosos iraquíes en conflicto.
El reciente viaje de la ministro de relaciones exteriores a Oriente Medio y el despacho de un portaviones adicional al Golfo Pérsico, mostró que el gobierno entiende la gravedad de lo que está pasando en la región. Estados Unidos debería dejar claro a nuestros amigos árabes, que tienen un papel que jugar a la hora de promover la reconciliación en Iraq, impedir alzas pronunciadas en el precio del petróleo, separar a Siria de Irán y demostrando un frente más unido contra el terrorismo.
El gobierno debe evitar convertirse en quijotesco en su intento por alcanzar un resultado óptimo en Iraq si fracasa en cuanto a adaptarse a los cambios en la región o a las realidades políticas dentro de Iraq. Aunque todo gobierno estaría reticente a hablar sobre un plan B cuando su plan principal está todavía siendo implementado, el presidente y el congreso deben alcanzar un consenso sobre cómo proteger nuestros intereses estratégicos más amplios independientemente de lo que ocurra en esos barrios bagdadíes o en el hemiciclo del senado. De otro modo, la fatiga y la frustración con nuestra estrategia en Iraq que es evidente en las resoluciones de rechazo en el senado, podría conducir no solamente al rechazo del plan de Bush, sino también al abandono de las herramientas y relaciones que necesitamos para defender nuestros intereses vitales en Oriente Medio.

El escritor es un republicano de Indiana y miembro del Comité de Relaciones Exteriores del Senado.

29 de enero de 2007
©washington post
©traducción mQh
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hombre herido


[Damien Cave] Cuando las balas lo alteran todo.
Bagdad, Iraq. El sargento Héctor Leija recorrió la cocina con la vista, buscando armas. Al otro lado de la pared, en el apartamento vecino, una aterrorizada familia chií se acurrucaba en torno a una estufa, acunando a un bebé.
Ya habían pasado las nueve de la mañana ese miércoles, en la Calle Haifa en el centro de Bagdad, y el crack-crack de las ametralladoras había estado sonando desde el amanecer. Más de mil soldados norteamericanos e iraquíes habían llegado a ese laberinto de altos edificios y casuchas para desalojar al creciente nido de combatientes sunníes y chiíes que pelean por el control de la zona.
La operación militar conjunta ha sido llamada el primer paso hacia la recuperación de la seguridad iraquí. Pero esta mañana, en los dos oscuros apartamentos del tercer piso en la Calle Haifa, esa promesa parecía lejana. Lo que estaba cerca, y dolorosamente cerca, eran los costes de la escalante guerra callejera que ha atrapado a soldados norteamericanos y transeúntes iraquíes entre dos grupos en guerra.
Y como la mayoría de los días aquí, una bala lo cambió todo.
Empezó a las nueve y cuarto.
"¡Ayuda!", gritó alguien. "¡Hombre herido!"
"El sargento Leija está herido en la cabeza!", chilló el especialista Evan Woollis, su voz penetrando el apartamento de la familia iraquí. Los soldados de la sección del sargento, parte del Equipo de Combate de la Brigada de Asalto, corrían de un apartamento a otro.
En la pequeña cocina, se podía ver un único agujero de la bala en la ventana de cristales ahumados que daba al norte.
El jefe de la sección, el sargento primero Marc Biletski, ordenó a sus hombres que se agacharan y se alejaran de las ventanas, y sacó al sargento Leija de la cocina y lo empujó al salón.
"Okey, todo el mundo, vamos a relajarnos", dijo el sargento Biletski. Pero estaba temblando de pies a cabeza.
Relajarse simplemente no era posible. Había quince pies de suelo y una puerta de metal de tres pulgadas de grosor entre el lugar donde cayó el sargento Leija y el salón, fuera de la línea de fuego. Los tiros pasaban en ráfagas, su origen oscurecido por los ecos en los edificios de cemento.
"No me fastidies, Doc", gritó el sargento Biletski al médico de la sección, el soldado raso Aaron Barnum, que estaba tirando frenéticamente del chaleco del sargento Leija para quitarle peso del pecho. "No me fastidies".
Dos minutos más tarde, tres soldados corrieron a ayudar, arrastrando al sargento desde la cocina. Un equipo de evacuación médica llegó a toda prisa y lo trasladó a un vehículo blindado Stryker, a eso de las nueve y veinte. Se quejaba cuando lo bajaron por las escaleras, en una camilla.
Los hombres de la sección siguieron en el salón, paralizados. Tenían un problema. El casco, el chaleco, los pertrechos y el arma, así como las cosas de al menos otro soldado, todavía estaban en el área expuesta de la cocina. Tenían que recuperarlas. Pero ¿cómo?
"No sabemos si tenemos amigos en ese edificio", dijo el sargento Richard Coleman, refiriéndose al complejo de cemento a unos metros de donde el sargento Leija había quedado herido. El sargento Biletski, 39, decidió esperar. Pidió otra unidad para allanar y limpiar el edificio de al lado.
La unidad extra necesitaba tiempo, y se perdieron. Los hombres guardaban silencio. El sargento B, como lo llaman sus soldados, estaba cerca de la pared más alejada de la cocina, fuera del campo de visión de la amplia ventana sombreada. El sargento Woollis, el soldado raso Barnum, el sargento Coleman y el especialista Terry Wilsom se sentaron a su alrededor.
Juntos, solos, atrapados en la oscura habitación con la sangre de su camarada en el suelo, trataron de entender que había pasado. Quizás el francotirador vio la silueta del sargento Leija reflejada en la ventana y disparó. O quizás el disparo había sido accidental, dijeron, hecho desde abajo por soldados del ejército iraquí que estaban moviéndose entre los edificios.
El sargento Woollis citó la evidencia disponible: una herida de entrada justo debajo del casco, con la salida arriba. Dijo que el tiro debía provenir del suelo.
No se suponía que los iraquíes hubieran llegado. El plan era que el pelotón del sargento Leija trabajara todo el día con una unidad del ejército iraquí. Pero después de llegar tarde al primer edifico, los iraquíes siguieron avanzando, abandonando a los norteamericanos y dirigiéndose hacia el norte, sin revisar decenas de apartamentos en el área.
Los soldados iraquíes debajo de la ventana de la cocina habían nuevamente saltado hacia delante. Un oficial norteamericano dijo más tarde que los iraquíes mostraban su valentía al avanzar hacia las áreas de fuego más intenso.
Pero el pelotón del sargento Leija no tenía comunicación con sus contrapartes iraquíes, y debido a que era una operación iraquí -como enfatizaron repetidas veces altos oficiales-, los norteamericanos no podían ordenar a los iraquíes a retroceder en orden. No había nada que pudieran hacer.

9:40 a.m.
Un soldado iraquí entra corriendo y se detiene, aparentemente sorprendido por los norteamericanos sentados a su alrededor. Estaban en el centro de un salón ensombrecido, a pulgadas de los ensangrentados vendajes en la alfombra.
"¡Aléjate de la ventana!"
Los soldados gritaron a su intérprete, un iraquí enmascarado al que llamaban Santana. Entre sus gritos y su urgente árabe, el soldado iraquí entendió. Se alejó lentamente.
Pocos minutos después volvió a ocurrir. Esta vez, el iraquí desapareció.
"¿Qué parte de ‘francotirador' no entiendes?", gritó el sargento Boletski. Los otros soldados maldijeron y llamaron idiotas a los iraquíes. Todavía no estaban seguros de si un soldado iraquí había sido culpable de la herida del sargento Leija, pero dijeron que lo último que querían era tener otro herido. En un momento de emoción, el soldado Barnum dijo: "Si lo hieren, no lo trataré".
Cuando el segundo iraquí también se marchó, retornó un agobiante silencio. La oscuridad deja a la gente sola para llorar. "¿Estás bien?", preguntó el sargento B a cada uno de los soldados. Algunos asintieron. Algunos dijeron sí.
El soldaro Barnum se levantó, mirando hacia la cocina, ansioso por recuperar los pertrechos. Con un pie atrás, y el otro hacia adelante, parecía un esprínter. "Yo puedo alcanzarlo, sargento", dijo. "Yo puedo".
El edificio de al lado no había sido allanado todavía por los norteamericanos. La respuesta fue no.
"No puedo perder a otro hombre", dijo el sargento B. "Si lo hiciera, yo fracasaría. Ya fracasé una vez, y no volveré a fracasar".
El silencio invadió la habitación. Algunos volvieron las caras. "Usted no falló, señor", dijo uno de los hombres, su voz distorsionada por el sonido del esfuerzo por contener las lágrimas. "Usted no falló".

9:55 a.m.
El penetrante llanto de un niño era fácilmente identificable, incluso si se intensificaba el tiroteo allá fuera. Provenía del apartamento de al lado. El ejército iraquí también había estado allí. En una entrevista antes de que el sargento Leija fuera herido, los tres jóvenes iraquíes dijeron que su padre había sido llevado por los soldados.
"Alguien de por allá" -apuntaron en otro sentido que la Calle Haifa, hacia las hileras de chozas de adobe - "les dijo que teníamos armas", dijo un joven, que parecía tener unos dieciocho años.
Estaba sentado en un sillón. A su derecha, su hermana mayor llevaba un niño en una manta; su hermana menor, de unos dieciséis, estaba sentada al otro lado.
El joven dijo que la familia era chií. Dijo que los soplones eran sunníes que querían hacerse con su apartamento.
Era imposible verificar la veracidad de sus protestas, pero estaba lejos del único dato desconcertante del día. Esa mañana temprano, un niño iraquí de unos ocho años, se había acercado al sargento Leija. Quería contar a los norteamericanos sobre unos terroristas que se ocultaban en las barriadas detrás de los edificios de apartamentos en el lado oriente de la Calle Haifa.
El sargento Leija, un afable hombre de 27 años, de Raymondville, Tejas, lo ignoró. Él y otros soldados dijeron que era imposible saber si el niño estaba diciendo la verdad o si los estaba conduciendo hacia una emboscada.
Eso es la inteligencia en Iraq, en resumen, dijeron: existe siempre la amenaza de ser emboscado, de ser atacado.
De acuerdo a la familia, el ejército iraquí no parecía preocuparse por esas perspectivas. Los tres jóvenes iraquíes dijeron que estaban felices con la llegada de los norteamericanos. Quizás les podían ayudar a encontrar a su padre.

10:50 a.m.

El sargento Coleman trató de usar una fregona para recuperar los pertrechos, y fracasó. Estaba demasiado lejos. Desde el ataque, había pasado más de una hora, y después de que no hubieran señales de disparos desde la ventana de la cocina, el sargento B autorizó al soldado Barnum a lanzarse en una loca carrera para recuperar los equipos.
El soldado Barnum esperó durante varios minutos en la puerta, escudriñando la esquina, espiando. Luego avanzó, apretándose contra la pared cerca de la ventana para bajar el ángulo, parar, y luego volver a toda velocidad al equipo de camuflaje.
Crack -un solo disparo. El soldado Barnum miró hacia atrás, hacia la ventana de cocina, sus ojos estrujados de miedo. Su ritmo se aceleró. Limpió las recámaras de las armas y las arrojó al salón. Luego lanzó los chalecos y la cizalla.
Recogió el casco del sargento, lo acunó en sus brazos, y entonces hizo el último y peligroso trayecto de vuelta al salón, su uniforme indeleblemente manchado con la sangre de su amigo. No hubo vítores para él cuando llegó. Fue un acto de valentía que nació del horror, y los hombres parecían ansiosos por marcharse.
Cuando el soldado Barnum envolvió cautelosamente el casco en una toalla, se inclinó y se derramó la sangre.

11:15 a.m.

El sargento B estaba sentado en una silla frente a los dos apartamentos y utilizaba el radio para saber si deberían volver a la base o seguir avanzando. Le dijeron que aguantara hasta después de bombardeo de un edificio a quinientos metros de ahí.
La sección, buscando cobertura, volvió al apartamento del iraquí, donde encontraron a la familia, como antes -en el sillón, en la oscuridad, en torno a la estufa.
El especialista Wilson continuó la conversación que había empezado antes de la balacera, dos horas antes. Entonces el joven iraquí dijo nuevamente que el ejército iraquí se había llevado a su padre. "¿Volverás para ayudarme?", preguntó.
"No lo llevamos nosotros", dijo el especialista Wilson. "Se lo llevaron los iraquíes. Si no ha hecho nada malo, ya debería estar volviendo".
La familia iraquí asintió, como hubiesen oído antes la misma historia.
Hablando juntos -ninguno de ellos dio su nombre-, dijeron que habían vivido en el apartamento durante dieciséis años. Hace diez días, antes de que llegaran los norteamericanos, los sunníes les dijeron que matarían a todos los chiíes del edificio si no se marchaban inmediatamente. Así que tuvieron que refugiarse en un vecindario en el sur de Bagdad, donde algunos chiíes habían empezado a reunirse en casas abandonadas. Pero nuevamente surgió otra amenaza: marcharse o morir. Así que hace menos de una semana, la familia volvió a la Calle Haifa.
Y ahora, se preparaba otro bombardeo.
El sargento B dijo a la familia que volvieran al cuarto trasero, por su propia seguridad. Preguntó si querían llevarse la estufa con ellos (no quisieron) y recordó a todos a mantener la boca abierta para proteger su oído interno de las
ondas de choque del bombardeo.
Una bomba, luego otras siete explosiones incluso más ruidosas, sacudieron el polvo de las paredes. Una de las explosiones provino de un proyectil de mortero que impactó en el edificio, dijo el soldado. La familia se quedó, pero para los norteamericanos tenían que marcharse.

12:30 p.m.

Durante las siguientes horas, la sección combinó carreras por entre los callejones abiertos con períodos de tranquilidad en casas vacías. Bajo lo que sonaba como una balacera permanente, los soldados avanzaron detrás de los soldados iraquíes, siguiéndoles de cerca.
En un momento, los iraquíes detuvieron a un hombre que, dijeron, tenía videos de sí mismo matando a soldados norteamericanos. Los soldados iraquíes le golpearon en la cabeza cuando pasaron junto a él.
Una hora más tarde, un francotirador hirió a dos soldados iraquíes que estaban revisando un apartamento ocupado ilegalmente, como dos adolescentes. El soldado Barnum vendó sus heridas con vendas norteamericanas. Él y el resto de la sección estaban dentro, donde se habían refugiado.
"Aléjense de las ventanas", repetía una y otra vez el sargento B. El punto era claro: que no vuelva a ocurrir. No lo estropees.

4 p.m.
Abajo en el vestíbulo de un edificio semi abandonado en la Calle Haifa, el sargento y sus hombres se sentaron en el suelo, exhaustos. Estaban esperando que volviera su Stryker, para poder marcharse a la base. En catorce horas, habían recorrido un tramo de ocho edificios en la Calle Haifa. Se suponía que tenían que allanar dieciocho.
Arriba, soldados iraquíes revisaban las habitaciones y se acomodaban en los apartamentos vacíos. Muchos eran amplios, incluso lujosos, con ascensores que abrían a amplios corredores y grandiosos salones salpicados por el sol de la tarde.
Durante el régimen de Saddam Hussein, la Calle Haifa había sido favorecida por funcionarios del Partido Baaz y extranjeros adinerados. Los actuales residentes parecían haber desalojado recién el apartamento, pues un tubo lleno de crema de afeitar se encontraba todavía en el cuarto de baño. En el salón del apartamento, se había acomodado una banda de soldados iraquíes, descansando en sillones con tapiz azul y escuchando un partido de fútbol en una radio que habían encontrado en un armario.
Parecían a gusto, como si estuvieran esperando que los llamaran a cenar.
Entretanto, el sargento B y el especialista Woollis hablaron sobre lo que comerían cuando volvieran a casa en California. Se pusieron de acuerdo en perritos calientes picantes, y hamburguesas.
El sargento B dijo que extrañaba a su hijo de trece, que estaba creciendo sin él, jugando fútbol, aprendiendo a ser hombre con un padre ausente. Tras diecisiete años en el ejército, dijo, estaba pensando que quizás su familia ya había soportado lo suficiente.
"No sé cómo se puede hacer esto", dijo, "y no sufrir algún daño".
Unas horas más tarde, llegó la noticia: el sargento Leija había muerto.

29 de enero de 2007
©new york times
©traducción mQh
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denuncian decapitación en iraq


[Joshua Partlow y Muhanned Saif Aldin] Decapitan a hermanastro de Saddam Hussein.
Bagdad, Iraq. Para cuando los cuerpos del hermanastro de Saddam Hussein y otro alto funcionario, colgados al alba del lunes, llegaron al pueblo de Auja para ser sepultados, ya se había extendido el rumor entre los deudos de que al hermano de Hussein lo habían decapitado.
Muchas de las personas que se habían reunido consideraron la decapitación de Barzan Ibrahim como un insulto premeditado, otro acto con el que el gobierno chií del primer ministro Nouri al-Maliki pretende humillar a los partidarios del ex preside ejecutado y a los árabes sunníes. Un médico examinó los restos para evaluar la explicación del gobierno de que el lazo inadvertidamente arrancó la cabeza del condenado después de que Ibrahim cayera por la trampilla del patíbulo.
"Sabíamos que lo ejecutarían y que se uniría a otros héroes, pero Maliki, ¿por qué lo hiciste decapitar?", preguntó Salam al-Tikrit, 41, pariente de Ibrahim. "¿Por qué profanar su cuerpo? ¿Tienes miedo de él, incluso después de muerto? Os cortaremos la cabeza del mismo modo que estáis decapitando a los héroes de Iraq".
En muchos lugares de Iraq, las ejecuciones fueron seguidas de oleadas de ira y celebración según líneas religiosas, aunque el gobierno de Maliki ha hecho grandes esfuerzos para impedir los caóticos espectáculos que siguieron al ahorcamiento de Hussein hace dos semanas, cuando testigos chiíes en la cámara de ejecución se mofaron de Hussein.
Los chiíes celebraron las nuevas ejecuciones, mientras que los políticos sunníes las condenaron. Alaa Makki, un diputado sunní, dijo que se había hecho justicia, pero que el modo de la ejecución era inquietante. "Todos sabemos que cuando cuelgas a la gente, rara vez se cercenará la cabeza del cuerpo", dijo, criticando lo que llamó "venganza sobre el cuerpo".
"Denota que la gente esta reaccionando y son extremistas, y lo que quieren es vengarse", dijo.
Hussein al-Falluji, otro diputado sunní, calificó las ejecuciones de "ilegítimas e ilegales".
Los ahorcamientos también fueron criticados en el extranjero. La Asociación Marroquí de Derechos Humanos declaró que se trataba de "asesinatos políticos orquestados por el imperialismo norteamericano".
Un portavoz de Naciones Unidas expresó su pesar de que la petición del secretario general Ban Ki Moon de perdonar la vida de los dos hombres no fuera honorada. José Manuel Barroso, presidente de la Comisión Europea, el brazo ejecutivo de la Unión Europea, dijo después de las ejecuciones que respaldaría una iniciativa italiana para un moratoria a nivel mundial de la pena capital, bajo auspicios de Naciones Unidas.
La ministro de Relaciones Exteriores, Condoleezza Rice, de visita en Egipto, dijo que creía que el ahorcamiento de Hussein y los otros dos había sido mal manejado y que los condenados deberían haber sido ejecutados con "más dignidad".
Ibrahim, que dirigía el servicio de inteligencia de Hussein, o Mukhabarat, y Awad Haman Bander, presidente del Tribunal Revolucionario de Hussein, fueron ejecutados a las tres de la mañana del lunes, declaró el portavoz del gobierno, Ali Dabbagh. Habían sido condenados a muerte por su participación en el asesinato de 148 hombres y niños del pueblo chií de Dujail tras un intento de asesinato contra Hussein en 1982.
Funcionarios iraquíes negaron que la decapitación fuera intencional, y dijeron que el cuello de Ibrahim no había podido absorber la fuerza del lazo. Dabbagh lo describió como un "incidente extraño" en un ahorcamiento, y dijo que el procedimiento estuvo marcado por el profesionalismo y una moderación no mostrada durante la ejecución de Hussein.
Para los ahorcamientos del lunes, el gobierno iraquí restringió la cantidad de testigos a un juez, un fiscal, un médico, el alcaide de la prisión, y representantes del ministerio del Interior y del despacho del primer ministro, dijo Dabbagh. Los asistentes debieron firmar un documento en el que juraban comportarse, agregó Dabbagh.
"Todos obedecieron las instrucciones del gobierno; no hubo nada de insultos, gritos, lemas o expresiones que pudieran perjudicar la ejecución", dijo.
Funcionarios iraquíes mostraron a los periodistas cortos de video sin sonido de los ahorcamientos durante una rueda de prensa, pero no entregaron el metraje para ser publicado.
De acuerdo a una descripción del corto por la Associated Press, los dos acusados aparecen lado al lado en el patíbulo con los monos rojos de la cárcel. Eran rodeados por cinco hombres enmascarados, que les colocaron capuchas negras en la cabeza. Después de que se abrieran las trampillas, Bander quedó colgando de la soga, pero el golpe puso tirante la cuerda y cercenó la cabeza del cuerpo de Ibrahim, cayendo ambos al suelo, informó la agencia de prensa.
Hacia las seis de la tarde los cuerpos habían llegado a Auja, a unos 160 kilómetros al norte de Bagdad, y fueron recibidos por más de mil personas. La multitud llevó los cuerpos, envueltos en banderas iraquíes, en sus espaldas hacia un vestíbulo mientras gritaban "Allahy akbar" -"Dios es grande"- y disparaban armas al aire.
Los cuerpos fueron lavados y envueltos en sudarios blancos antes de ser sepultados en un sitio junto al panteón que alberga la tumba de Hussein. La multitud rodeó los cuerpos, y el sonido de los llantos se mezcló con los cánticos religiosos.
"Estamos orgullosos de que Bander haya muerto como mártir, defendiendo sus creencias", dijo Abdulla al-Sadoon, 55, pariente de Bander, de Basra. "Es un orgullo morir de esa manera".
Altos funcionarios de la provincia de Salahuddin asistieron a los entierros y se espera que los funerales de Bander e Ibrahim duren al menos tres días.
Los ahorcamientos se realizaron el mismo día que dos importantes funcionarios norteamericanos salientes en Iraq, el general George W. Casey Jr. y el embajador estadounidense Zalmay Khalilzad, dijeran a periodistas que tenían optimismo sobre el nuevo plan para controlar Bagdad, diciendo que habían observado un mayor compromiso del gobierno iraquí en cuanto a combatir a los extremistas sunníes y chiíes que estaban luchando por el control de la capital.
Las fuerzas de seguridad chiíes del gobierno han sido ampliamente acusadas de operar los escuadrones de la muerte que atacan a civiles sunníes, mientras permite que las milicias chiíes se muevan libremente en la ciudad. Pero Casey agregó que no esperaba mejoramientos importantes en la seguridad de Bagdad sino hasta el verano u otoño.
"Hay un fuerte compromiso político de parte del gobierno de Iraq con el plan, incluyendo la voluntad de actuar e incluyendo la voluntad de no imponer restricciones a la coalición y fuerzas de seguridad iraquíes", dijo Casey, agregando que "como con cualquier plan, no hay garantías de éxito y no va a ocurrir de la noche a la mañana. Pero con un apoyo político sostenido y los esfuerzos concentrados de todos los involucrados, creo que este plan puede resultar".
El presidente Bush ha anunciado el envío de 21,500 soldados adicionales a Iraq para mantener una presencia más visible en los asediados barrios de Bagdad, y proporcionar más apoyo a las tropas iraquíes. Los primeros refuerzos ya habían llegado, dijo Casey.
"Sí, todavía hay problemas con las fuerzas de seguridad iraquíes; eso ha sido todo un reto", dijo. "El creciente despliegue de fuerzas de la coalición nos permitirá aumentar el nivel de apoyo que estamos proporcionando a esas fuerzas, y fortalecerlas un poco a medida que avanzamos con el plan".

Aldin informó desde Auja. Naseer Nouri y Saad al-Izzi en Bagdad contribuyeron a este reportaje.

15 de enero de 2007
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hussein en su lugar


[Anne Applebaum] El régimen del dictador, y su equivocada interpretación por Occidente.
Hitler se mató a sí mismo antes que ser capturado, Stalin fue enterrado con honores de estado y Pol Pot murió en arresto domiciliario. Justo la semana pasada, el brutal presidente de Turkmenistán, Saparmurad Niyazov, murió de causa naturales. De hecho, cuando la cuerda se apretó alrededor de su cuello el sábado por la mañana, Saddam Hussein se convirtió en uno más del sorprendentemente reducido número de dictadores ejecutados por sus propios pueblos: Benito Mussolini, Nicolai Ceausescu -y ahora el hombre que una vez se llamó a sí mismo el presidente vitalicio de Iraq. De estos tres, Hussein es el único que tuvo algo parecido a un juicio.
Aparte esto, no hay ninguna razón para ver a Hussein como un heredero excepcional o inusual de las tradiciones totalitarias del siglo 20. Ciertamente se veía a sí mismo como parte del panteón de los dictadores modernos. Se dice que presumía de su admiración personal por José Stalin ante los agentes de la KGB estacionados en Bagdad. Y siguió sus consejos: Historiadores que han trabajado con documentos iraquíes requisados durante la Guerra del Golfo Pérsico me han contado que la policía secreta de Hussein estaba claramente organizada según el modelo soviético.
Más al punto, Saddam Hussein mantuvo a su pueblo en un estado de terror permanente, como hicieron Hitler y Stalin en la cúspide de su poder. El escritor iraquí Kanan Makiya, cuyo libro ‘Republic of Fear' sigue siendo un relato definitivo sobre el Iraq de Hussein, calcula que en 1980 un quinto de la fuerza de trabajo iraquí económicamente activa eran miembros del ejército, las milicias políticas, la policía o la policía secreta: En otras palabras, una de cada cinco personas estaba empleada para implementar la violencia institucional. El resultado fue un país en el que las familias de las víctimas políticas recibían partes de sus cuerpos por correo; en el que decenas de miles de kurdos podían ser masacrados con armas químicas; y en el que, como demuestra el truncado juicio de Hussein, el dictador podía firmar un documento condenando a 148 personas a muerte al azar -entre ellos un niño de once años-, y no sentir ni remordimiento ni pesar. Como alegó su equipo de abogados, creía que era su prerrogativa como jefe de estado.
Sin embargo, si la vida y muerte de Hussein prueban algo, es que en los noventa años que han pasado desde que emergiera por primera vez en Europa el totalitarismo moderno, ni Estados Unidos ni nadie ha logrado entender esos regímenes ni incluso reconocerlos por lo que son. Cuando emergió Hitler, el mundo exterior trató, instintivamente, de apaciguarlo. Cuando emergió Stalin, los norteamericanos y europeos admiraron su planificación económica. Cuando emergió Hussein, nuestra primera reacción fue ignorarlo, y luego, debido a que parecía un contrapeso útil para el Irán el ayatollah Khomeini, apoyarlo. Durante su horrorosa e innecesaria guerra con Irán murieron millones de iraquíes e iraníes, y Estados Unidos, que consideraban a Irán la amenaza más seria, respaldó a Hussein con armas e inteligencia. Alemania, Francia, Rusia y otros también vieron a Hussein como un interlocutor útil y, más tarde, como una fuente de ganancias mal habidas.
Hitler fue considerado una amenaza para el resto de Europa sólo después de su invasión de Polonia; y fue sólo después de su ocupación de Europa Central que se empezó a tomar en serio el terror interno de Stalin. La historia del siglo veinte ha demostrado una y otra vez, y otra vez, que las ambiciones de los líderes revolucionarios y totalitarios raramente se confinan a sus propios países. Sin embargo, Hussein, que era desde hacía tiempo una amenaza para su propio pueblo, empezó a ser percibido como algo más que un incordio local sólo después de que invadiera Kuwait.
Fue tardíamente que lo identificamos como un dictador totalitario, pero entonces fue demasiado tarde como para que nuestro descubrimiento tuviera algún efecto, en Iraq y en el resto del mundo. En el mundo árabe, la mayoría asumió que la atrasada crítica norteamericana representaba apenas otro cálculo político de parte de los oportunistas norteamericanos, cuya memoria no podía ser tan corta como pretendían.
Incluso ahora, tras su ejecución, nuestros instintos nos hacen debatir sobre lo que Hussein significó para nosotros, no lo que significó para los iraquíes. Su muerte está siendo analizada en términos de su impacto en la guerra civil iraquí y por tanto su impacto para nuestras tropas. El caos de su juicio y ejecución son otra excusa para atacar a la Casa Blanca. Si escribes que Hussein era realmente un hombre malo, se te considerará un apólogo de George W. Bush. Si escribes que su régimen se parecía al de Stalin, te dirán que eres un ideólogo de extrema derecha.
Quizás algún día, cuando haya terminado la guerra civil en Iraq, y cuando los iraquíes hayan alcanzado algún grado de seguridad personal -una exigencia aún más elemental que la libertad política-, será posible para los iraquíes, al fin, pensar objetivamente en los daños físicos y psicológicos que causó el régimen de Hussein a su país y sobre cómo esos daños ayudaron a encender la resistencia. El archivo acumulado por el tribunal iraquí de derechos humanos será de gran ayuda, especialmente si los jueces iraquíes continúan los procesos de los otros acusados.
Quizás algún día los europeos y norteamericanos encontrarán un modo de interpretar a Hussein como otra cosa que un peón en sus propios tableros, o como un personaje de sus propios debates políticos. Pero lo dudo.
applebaumanne@yahoo.com

1 de enero de 2007
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oscuro retrato de iraq


[Eugene Robinson] ¿Para qué se permitió la filmación de su muerte?
Como la historia la escriben los vencedores, los anales del gobierno iraquí respaldado por Estados Unidos dicen que el depuesto dictador Saddam Hussein tuvo un juicio justo, que fue sentenciado a muerte por el asesinato masivo de civiles chiíes inocentes y debidamente ejecutado en la horca el 30 de diciembre de 2006, en conformidad con las leyes iraquíes. De acuerdo a la historia oficial, así se puso fin a una trágica era, y se abrió el camino para un mañana más brillante.
Pero el siniestro, despiadado y audaz video celular de la ejecución, que se expandió rápidamente en internet, cuenta otra historia, que no es ni ordenada ni esperanzadora, y demuestra, no sólo por su contenido sino por su mera existencia, que otras fuerzas, aparte del sitiado gobierno actual, quieren escribir la historia final de Iraq. Y es porque tienen la intención de encargarse de ello.
Aparentemente la borrosa película fue filmada a hurtadillas por alguien cuyo punto de vista estuvo cerca de los pilares del patíbulo. Cualquiera que tenga la intención de mirarlo debe de saber que la cámara no se aparta del inevitable y fatídico momento en que se abre la trampilla y acaba con la vida de Saddam Hussein. Es historia como una película snuff.
El momento más revelador ocurre cuando el condenado tirano -a rostro descubierto, erguido, todavía comportándose como si esperara la deferencia debida a un jefe de estado legítimo, especialmente a uno que gobierna con el terror- entrega una exhortación religiosa. Responde una voz pronunciando un nombre que es una burla: "Moqtada, Moqtada, Moqtada".
Se refiere al clérigo chií Moqtada al-Sáder, que dirige la que se considera generalmente una de las milicias más grandes, mejor equipadas y poderosas de las muchas que hay en Iraq, y cuyo padre, un clérigo ampliamente respetado, fue matado por orden de Hussein. El mensaje está claro: Te llegó tu hora, perro sunní. Ahora Iraq es un país chií, y la venganza es dulce.
Hussein no puede creer la impertinencia. "¿Moqtada?", pregunta, como tratando de coger el hilo de una historia que ya no tiene sentido.
En las maldiciones del dictador contra "los norteamericanos" y "los persas", es imposible no oír los ecos de la época en que Hussein era quien escribía la historia de Iraq. Durante años, el gobierno de Reagan le dio apoyo militar y de inteligencia para impedir que los odiados persas derrotaran a sus superadas fuerzas en la guerra de Irán-Iraq. En 1983, Donald Rumsfeld fue enviado a visitarlo en Bagdad como enviado especial; sonreía ampliamente mientras daba la mano al tirano.
Naturalmente, este no es un episodio de la historia reciente de Iraq que el gobierno actual quiera explicar. Tampoco es probable que la historia oficial de la ejecución del tirano defendida por el régimen iraquí considere el hecho de que fueron los norteamericanos quienes, en primer lugar, lo capturaron. Y como al gobierno no le agrada reconocer lo poco que controla el país y lo poco fiable que son sus fuerzas de seguridad, no se le prestará demasiado énfasis al hecho de que fueron los norteamericanos quienes durante todo este tiempo mantuvieron en custodia al tirano para impedir que fuera linchado o que escapara, entregándolo finalmente apenas horas antes de que fuera asesinado legalmente.
Me pregunto quién será el hombre que gritó "Moqtada, Moqtada, Moqtada". Me pregunto si los futuros historiadores del poder chií olvidarán tan fácilmente el ‘empujón' que dieron los norteamericanos a la guerra de Hussein, o la despreocupada aceptación de que el régimen sunní de Hussein oprimiera, persiguiera y masacrara a la mayoría chií durante todos esos años, o el modo en que los norteamericanos alentaron a los chiíes a alzarse en armas contra Hussein después de la Guerra del Golfo Pérsico y luego los abandonaron y se dedicaron a mirar como Hussein los masacraba bombardeándolos con helicópteros de combate.
Y me pregunto sobre el hombre -asumo que era un hombre- que filmó la ejecución de Hussein con su teléfono celular y la mostró al mundo. Me pregunto cómo pudo eludir lo que debió haber sido una seguridad extraordinariamente reforzada, y me pregunto qué motivos habrá tenido.
¿Es posible que haya estado trabajando para el gobierno, que quiere enviar un mensaje de solidaridad a Moqtada al-Sáder, que necesita ser apaciguado para que gobierno actual pueda sobrevivir? ¿Es este espeluznante, frenético y compulsivo video una promesa a los chiíes militantes de que serán ellos los que seguirán mandando? ¿O es esto demasiado rebsucado incluso para el nido de víboras que es el Iraq de hoy?
Una alternativa es que el anónimo videógrafo quiere mostrar a los insurgentes sunníes -y el resto del mundo musulmán, donde los sunníes superan de lejos a los chiíes- lo mucho que se juega con la guerra civil, y por qué los sunníes ven la resistencia como un asunto de supervivencia. Su mensaje puede haber sido este: Si ellos pueden matar al temible Saddam Hussein como a un perro, también lo pueden hacer con cualquiera de nosotros.

2 de enero de 2007
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comisión insta a retirarse de iraq


[Paul Richter]De Iraq, en 2007. La retirada involucraría inicialmente a 60 mil soldados.
Washington, Estados Unidos. El jueves, una comisión bipartidista llamó a una retirada gradual de las tropas norteamericanas de Iraq, aumentando la presión sobre el presidente Bush para que corrija su estrategia de guerra.
Aunque el informe no menciona un calendario específico, el Grupo de Estudio de Iraq recomendará en su informe final la próxima semana, que las fuerzas norteamericanas empiecen su retirada el año entrante, de acuerdo a gente cercana a la comisión.
El informe propone que las fuerzas norteamericanas de unos 140 mil soldados pueden reducirse substancialmente en el curso de varios años a medida que pasan de un rol de combate a uno de asesoría y logística, dijeron las fuentes, que hablaron a condición de conservar el anonimato debido a que el informe no ha sido todavía formalmente publicado.
Algunos analistas dicen que el informe podría ser particularmente importante a la hora de alentar a más funcionarios republicanos elegidos a pedir la retirada, ejerciendo presión sobre un presidente que debe prestar atención a su propio partido. El proyecto de reducción de tropas del informe, aunque vago, parece apropiado a las necesidades políticas de los candidatos republicanos, los que quieren superar el tema de Iraq antes de las elecciones de 2008, dijeron analistas.
El primer ministro iraquí Nouri al-Maliki dijo en una entrevista el jueves que las fuerzas iraquíes estarían listas para asumir el control de la seguridad para junio, permitiendo que las tropas norteamericanas empiecen a marcharse. Pero Bush trató de restar validez a las propuestas del grupo en una rueda de prensa con al-Maliki en Jordania.
"Sé que se dice por ahí que estos informes significan en Washington que habría alguna suerte de salida elegante de Iraq", dijo Bush, sacudiendo su cabeza. "Pero nosotros nos quedaremos en Iraq para terminar el trabajo, y nos quedaremos allá hasta que el gobierno decida otra cosa".
En Washington, las opiniones variaron en cuanto a si Bush continuará resistiéndose tan firmemente al plan de retirada.
"Bush no cederá. No se retirará de Iraq", dice Reuel Marc Gerecht, un ex funcionario de inteligencia de la CIA asociado al American Enterprise Institute.
El senador Christopher Dodd, demócrata de Connecticut, dijo que Bush podría cambiar rápidamente de opinión, a pesar de sus palabras.
"Les recuerdo que unos tres días antes de las elecciones del 7 de noviembre, el presidente dijo que iba a conservar al ministro de Defensa, Don Rumsfeld. Pero el día siguiente, ya se había marchado. No abandonen las esperanzas de que el presidente cambie de opinión", dijo Dodd.
Con la aprobación del ex ministro de Relaciones Exteriores, James A. Baker III, el ex representante Lee H. Hamilton, demócrata de Indiana, el documento podría tener un efecto duradero sobre el tema, dijeron expertos y líderes parlamentarios.
"Creo que la historia lo verá como la consolidación del debate nacional sobre la búsqueda de una estrategia de salida", dijo Larry Diamond, un politólogo de la Universidad de Stanford, que fue asesor de los norteamericanos en Iraq y es asesor de la comisión.
Otro asesor, que se mostró crítico con respecto al informe, dijo sin embargo que creía que podría tener una significativa influencia porque Baker, un estrecho asociado del padre del presidente, "es un personaje muy influyente".
"La gente dirá: ‘Eso es lo que dicen los adultos sobre la situación'", dijo el asesor, que se negó a ser identificado porque el informe no ha sido dado a conocer formalmente. "No lo arrojarán a la basura".
De acuerdo a una fuente cercana al grupo de estudio, los miembros de la comisión han considerado la idea de viajar por el país para discutir el informe luego de su publicación, tal como hizo Hamilton cuando era co-presidente de la comisión que investigó los atentados del 11 de septiembre de 2001.
Aunque la proposición del informe de retirar las tropas llamó la atención esta semana, los diez miembros de la comisión consideran la recomendación de una ofensiva diplomática, incluyendo conversaciones con Irán y Siria, como la más importante.
La recomendación de retirar las tropas representa un compromiso entre los demócratas, que querían retirar 60 mil soldados en el curso de un año, y los republicanos, que querían evitar las presiones para que el presidente Bush abandone Iraq.
Algunos involucrados en el trabajo de la comisión piensan que el compromiso, como otros, fue demasiado lejos, y produjo una pésima recomendación.
"De algún modo, hará que las cosas se tornen peores", dijo uno de los asesores que favorece una campaña militar más agresiva. Dijo que los compromisos produjeron "un documento de consenso con el cual todos están de acuerdo, pero que no dice mucho".
La propuesta de reducción de tropas es similar a la propuesta presentada por los senadores demócratas Jack Reed, de Rhode Island, y Carl Levin, de Michigan, que han estado llamando a reducir las tropas a partir de cuatro o seis meses. Reed y Levin, que es el próximo presidente del Comité de las Fuerzas Armadas del Senado, creen que no debe fijarse un calendario de retirada y que las fuerzas norteamericanas deberían asumir un rol de asesoría.
Reed, en una entrevista, observó que los contornos del plan del Grupo de Estudio de Iraq y el plan de Reed-Lavin "siguen rutas muy parecidas"
"Mientras más tiempo estemos allá, menos probable es que los iraquíes digan: ‘Podemos hacerlo nosotros'", dijo.
James Dobbins, ex enviado del gobierno británico y asesor del grupo de estudio, dijo que esperaba que el informe goce de respaldo "tanto en el frente diplomático como en el militar".
"Puede haber un creciente apoyo bipartidista en este país para lo que han propuesto Jim Baker, Lee Hamilton y los otros miembros de la comisión", dijo Dobbins, agregando que esperaba que Bush respondiera "no solamente a las presiones políticas, sino, sobre todo, a la presión de los acontecimientos".

30 de noviembre de 2006
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objetivo policial: sobrevivir


[Will Weissert] Para la policía iraquí, seguir vivos es un objetivo.
Faluya, Iraq. El agente de policía de 22 años enrolla una bufanda negra en torno a su cara cuando sale de patrulla. Duerme en la comisaría y se ve a su nueva novia sólo unas horas al mes. Mira cómo matan a sus colegas y cómo vuelan en pedazos y se pregunta si no será él el siguiente.
"Tengo que llevar máscara porque soy de la ciudad. Cuando estoy de servicio, los guerrilleros podrían reconocerme", dice Kalid, que dijo que publicar su apellido pondría en peligro su vida.
"Si descubren quién soy yo, me matarían en menos de una hora. Espero que no lo hagan frente a mi esposa. Espero que no la obliguen a mirar".
Hoy en Iraq casi todas las profesiones son peligrosas. Pero pocas lo son más que la de agente de policía.
Las tropas norteamericanas están adiestrando y equipando al ejército iraquí y a las fuerzas de policía locales en todo el país con la esperanza de que sean algún día capaces de mantener las calles seguras. Pero cientos de agentes han sido matados durante el esfuerzo.
El problema es especialmente agudo aquí en la provincia de Anbar, una región predominantemente árabe sunní de 1.4 millones de personas donde los rebeldes están luchando contra 20 mil marines norteamericanos dispersos ralamente sobre una zona desértica del tamaño de Carolina del Norte.
Faluya está en el centro de Anbar y tiene toda una historia de sanguinarias guerras contra ejércitos enemigos, que se remontan a Alejandro Magno.
La ciudad fue un bastión de los insurgentes hasta noviembre de 2004, cuando las tropas norteamericanas la ocuparon tras la batalla urbana más violenta de la guerra. Pese a los esfuerzos norteamericanos por mantener el orden, la ciudad volvió a levantarse, con balaceras, bombas improvisadas y francotiradores, y matando a decenas de marines.
Los insurgentes que no pueden encargarse de las tropas norteamericanas, a menudo atacan a los policías iraquíes. Los agentes han sido matados mientras rezaban en mezquitas, o arrojándoles grandas en sus casas, torturándoles y arrojándoles a los lechos de los ríos, y eliminados por bombas improvisadas que hicieron jirones sus camiones.
El 18 de octubre, 18 agentes fueron asesinados en Faluya y alrededores. Eso fue menos que en los meses de verano, cuando se asesinó en promedio a un agente de policía por día.
"Yo soy poli en Philly, pero ser poli en Faluya no es lo mismo", dijo el mayor Brian Lippo, un reservista de la marina de Filadelfia, que dirige un equipo de transición policial en la ciudad. "Esos tipos no están ocupándose de informes de accidentes o de llamados por violencia doméstica. Están siendo cazados".
Compuesta casi enteramente por vecinos de la ciudad, la fuerza de Faluya tiene unos 600 agentes que se reportan diariamente al servicio, dijo Lippo. A pesar de los esfuerzos norteamericanos, esa cifra ha aumentado lentamente porque entre un 30 a 40 por ciento de los nuevos graduados de las academias de policía en Jordania y otros lugares desertan durante sus primeros meses en Faluya, dijo.
Los que huyen tan rápidamente han despertado sospechas de que se han incorporado a la fuerza sólo con el objetivo de hacerse con un arma, un uniforme y una tarjeta de identidad de la policía, que pueden ser usados en operaciones de los rebeldes.
Lippo dijo que los militares norteamericanos creen que el grupo terrorista al-Qaida en Iraq compra pistolas de policía por hasta 700 dólares cada una. Eso es un montón de dinero para un agente iraquí promedio, que gana 500 dólares al mes.
Sin embargo, Kalid dice que la resistencia no juega un papel demasiado importante en las deserciones de sus colegas policías, que se dice son atraídos al trabajo porque hay pocos modos de ganarse la vida. Dijo que la mayoría de los que huyen del servicio después de un breve período, es porque no pueden soportar el miedo constante a ser matados.
"Hemos perdido demasiados agentes", dijo Kalid, que se casó hace cinco meses y considera muy peligroso ver a su mujer más de una o dos horas cada vez, dos veces al mes.
"Es difícil imaginar un futuro sin asesinatos", dijo.
Lippo y otros marines asignados para adiestrar y proteger a la policía de Faluya tienen su propio puesto de mando en la comisaría de policía, que está rodeada por vallas antiexplosivos y alambre de púas y tienen sacos de arena apilados lo suficientemente alto como para bloquear la visión desde ventanas de un segundo piso.
Con sus caras cubiertas y los cuerpos envueltos en chalecos antibala y cascos Kevlar, los agentes iraquíes en patrulla se mueven en grupos de al menos tres, para hacérselo más difícil a los secuestradores y asesinos. Temerosos de volver a casa, algunos duermen en angostas literas de metal en el suelo de las comisarías.
"Son los hombres más valientes que he visto", dice Lipp, del Tercer Batallón del Regimiento de Marines 14. "Meterse en esos vehículos blandos todos los días y transitar por caminos donde sabes que hay bombas... es impresionante".
Los que no son matados o abandonan, pasan sus días dirigiendo el tráfico, escoltando ambulancias hacia y desde los hospitales y confiscando armas -prohibidas en Faluya desde la ofensiva norteamericana.
No pueden llevar a cabo labores policiales más sofisticadas. No hay un sistema centralizado de expedientes, y aunque los agentes son a menudo llamados para retirar los cuerpos, apenas si se guarda registro de quién fue asesinado ni por qué, y las investigaciones de los homicidios simplemente no existen.
Hay un calabozo en el primer piso de la comisaría, pero con apenas cuatro celdas. Se hacen pocas detenciones por miedo a los asesinatos en represalia.
El mayor Aziz Faisal Hamad, el jefe de patrullas, dijo que pasarán años antes de que el departamento esté listo para manejar investigaciones importantes.
"La gente tiene que aprender a confiar en la policía. Ese es el primer paso", dice Hamad, que fue miembro de la Guardia Republicana de Sadam Hussein durante dieciocho años. "De momento, nos ven trabajando, y eso es lo importante".
Hamad dijo que él traslada a su familia cada tres días para procurarles seguridad y tiene guardaespaldas que llevan a sus hijos a la escuela. Dijo que la policía de Faluya se derrumbaría sin el apoyo de las tropas norteamericanas.
"Ahora tenemos aquí fuerzas de la coalición y nos han matado a un montón de nuestros agentes", dijo. "Imagine lo que pasaría si se marcharan. ¿Cuántos agentes morirían entonces?"

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matan a cómico iraquí


[Sudarsan Raghavan] Asesinan a cómico iraquí que convertía la frustración en sátira.
Bagdad, Iraq. En los últimos tres años, Walid Hassan tuvo una tarea imposible. Tenía que hacer reír a iraquíes cansados de la guerra. Semana tras semana, el cómico y locutor encontraba inspiración en la confusión y derramamiento de sangre. En su programa de televisión de los fines de semana, ‘Caricatura', se burlaba de la escasa seguridad, las largas colas para la gasolina, los apagones y los políticos inútiles.
En el mundo de Hassan no había nada sagrado. Y muchos iraquíes lo adoraban. En un país agobiado por la frustración, él era su escape. Lo reconocían en la calle y le destapaban sus miserias. Él los escuchaba, y luego transformaba todo en sátira.
El lunes, Hassan, 47, padre de cinco hijos, se convirtió en una víctima de la guerra y el caos de los que derivaba su inspiración. Según informó la policía, Hassan, un musulmán chií, fue hallado en el barrio de mayoría sunní de Yarmouk, al oeste de Bagdad, con múltiples heridas de bala en la espalda y cabeza. Testigos oculares lo vieron por última vez en un coche negro con un chofer y otros dos pasajeros.
"Era una estrella en la galaxia de artes iraquíes", dijo Ali Hanoon, el director del programa. "Ahora es otro sacrificado en el altar de este país masacrado".
Hassan, que también producía un programa político, es la última baja del mundo de los medios iraquí, que ha sufrido pesadamente desde que la invasión norteamericana de 2003 desencadenara una ola de libertad de prensa. De acuerdo a Periodistas Sin Fronteras, un grupo de defensa de los periodistas, en Iraq hasta el momento, han muerto 133 periodistas, camarógrafos y otros profesionales del ámbito de los medios.
Hassan, descrito por sus amigos como un hombre alto con pelo con motas canas y una sonrisa amistosa, era el segundo empleado de la televisión al-Sharkiya, un canal independiente de propiedad de un empresario iraquí de Londres, en ser asesinado este mes. En enero, una presentadora de Sharkiya escapó a un intento de secuestro saltando por la ventana de su apartamento en un segundo piso, después de que hombres armados irrumpieran en su casa.
El lunes, la familia de Hassan y sus amigos más cercanos luchaban por comprender su muerte. En el Bagdad de hoy, asolado por los escuadrones de la muerte y las bandas criminales, podría haber muchas razones. ¿Fue víctima de la lucha entre sectas? ¿O sus programas atravesaban demasiadas líneas rojas?
Lo que está claro es que Hassan estaba preocupado por su vida, dicen sus amigos. Mientras observaba las crecientes bajas, a menudo pensaba cuándo sería su turno, haciéndose eco de los temores de muchos iraquíes, dijo Hanoon.
Así, como la mayoría de los iraquíes, hizo preparativos para el caso de su muerte. El año pasado vendió su coche por cinco mil dólares y usó el dinero para comprar un terreno para su familia.
"Le pregunté: ‘¿Para qué vendiste el coche?'", recuerda Ali Jabbir, uno de los co-actores de Hassan en ‘Caricatura'.
"Me dijo: ‘Si muero mañana, al menos dejaré una casa para mis hijos'. Y esa es la preocupación de todos los iraquíes".
El lunes, Hanoon dijo que había hablado con la mujer de Hassan. Dijo que su marido a menudo le decía que su fama le protegería de la violencia que se desarrollaba fuera.
"Me dijo que él le decía a menudo: ‘Si llega gente y quieren matarme, trataría de razonar con ellos. Y les diría: Por qué queréis matarme? ¿Qué he hecho? Y me dejarían ir, porque soy muy popular'", contó Hanoon.
Tras graduarse en una academia de bellas artes en Bagdad, Hassan trabajó como funcionario en Nasiriyah. Siguió cursos nocturnos de actuación y arte mientras trabajaba como periodista para la televisión estatal iraquí. A principio de los noventa, llegó a Bagdad tras su sueño de convertirse en cómico. Tuvo su oportunidad como director de una programa con la cámara indiscreta llamado ‘Trucos', transmitido por la televisión estatal, recordó Hanoon.
En los meses que siguieron a la invasión norteamericana, cuando en Iraq surgió toda una constelación de canales de televisión, al-Sharkiya contrató a Hassan y a otros cinco actores para ‘Caricatura'. En los episodios de treinta minutos, los actos realizaban sketches que a menudo parecían la versión iraquí de ‘Saturday Night Live'. Los papeles de Hassan iban desde funcionarios corruptos hasta burócratas chupamedias.
Un sketch giraba sobre una familia que se mudaba con todas sus posesiones a un lugar desconocido. Al final del episodio, se los veía con el pelo largo y cano, sus caras arrugadas por la vejez. Es entonces que los espectadores se enteran de que la familia ha estado esperando en una de las largas colas iraquíes para comprar gasolina.
La semana pasada, en su última actuación, Hassan hizo de un hombre que, mediante sus conexiones, se abría camino hasta la cumbre de su compañía, sólo para darse cuenta de que era la persona equivocada para el trabajo. Muchos iraquíes lo interpretaron como un tirón de orejas al gobierno de unidad de Iraq, en el que las lealtades religiosas y tribunal son claramente visibles en muchos ministerios.
Había un tema sensible que ellos nunca tocaban: el conflicto religioso que desgarra a la sociedad iraquí. "Odiábamos este tema", dice Jabbir. "Creemos que los medios no deberían provocar este conflicto. El objetivo es reducir ese conflicto".
Hassan, dijeron sus amigos, no hacía su trabajo por el dinero -ganaba apenas 400 dólares al mes y llegaba difícilmente a fin de mes.
El lunes algunos de sus co-actores en el programa meditaban sobre qué impulsaba a Hassan a seguir en un programa que podría causar la indignación de mucha gente poderosa.
"Era su modo de servir al país y a su pueblo, y esa es la razón por la que Walid y nosotros corríamos ese riesgo", dijo Bushra Ismael, un co-actor en ‘Caricatura'.
Hanoon dijo que no estaba seguro de si el programa continuará siendo emitido.
"El programa es una comedia. La risa vendría mezclada con sangre", dijo Hanoon.

Saad al-Izzi contribuyó a este reportaje.

21 de noviembre de 2006
©washington post
©traducción mQh
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