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más tropas a bagdad


[Daniela Deane] En un intento de poner fin a la violencia religiosa en la capital.
El presidente Bush dijo hoy que los militares estadounidenses desplazarán tropas hacia Bagdad, desde otras partes de Iraq, en un intento por sofocar la creciente violencia religiosa en la capital iraquí.
"La violencia en Bagdad es todavía terrible y por eso se necesitan allá más tropas", dijo Bush en una rueda de prensa en la Casa Blanca con el primer ministro iraquí Nouri al-Maliki, que realiza su primera visita a Estados Unidos desde que se convirtiera en primer ministro.
Bush dijo que un número desconocido de tropas serán desplegadas en "las próximas semanas". Dijo que Maliki había recomendado agregar más tropas estadounidenses junto a las tropas iraquíes en la capital iraquí asolada por la violencia y "eso es lo que vamos a hacer".
Bush y Maliki se reunieron en privado antes de la rueda de prensa para revisar los planes de seguridad y otros temas, incluyendo la situación en el Líbano. Bush dijo que Maliki expresó preocupación sobre el compromiso de Estados Unidos con Iraq, porque había oído "todo tipo de historias aquí en Estados Unidos".
"Le aseguré que este gobierno apoya al pueblo iraquí", dijo Bush. "Queremos ayudarle".
Bush dijo que la policía militar norteamericana se incrustará en las unidades iraquíes para proteger barrios específicos en la capital y luego, poco a poco, expandirá su presencia a medida "que los ciudadanos iraquíes les ayuden a erradicar a los que instigan la violencia".
Bush dijo que el despliegue de tropas adicionales en Bagdad "reflejará mejor las condiciones actuales en el terreno en Iraq".
El actual nivel de violencia ha mostrado pocos signos de disminuir y ha erosionado el apoyo a la guerra tanto en Estados Unidos como en Iraq. Dos hombres fueron asesinados dentro de su coche hoy en Bagdad, informaron agencias de prensa, y se encontraron en diferentes barrios de la capital los cuerpos de seis personas matadas a tiros.
Se calcula que en Bagdad mueren al día unas cien personas en incidentes violentos. Los crímenes se atribuyen en gran parte a escuadrones de la muerte de grupos religiosos y permanecen sin resolver.
"Se necesitan más fuerzas dentro de Bagdad que estén dispuestas a exigir responsabilidades a la gente", dijo Bush. Dijo que si alguien era secuestrado y asesinado, ellos debían saber que eso no sería tolerado. "Si cometes un asesinato, eres responsable de tus acciones", dijo Bush. "Creo que el pueblo iraquí apreciará ese tipo de actitud".
Maliki también tiene en su programa reuniones con miembros del gabinete de Bush y asesores de seguridad nacional. También se dirigirá al Congreso estadounidense.
Bush dijo que Maliki también pidió más pertrechos para sus tropas.
"Las condiciones cambian en un país", dijo Bush a los periodistas congregados. "La cuestión es si será o no fácil actuar en ellas, si seremos suficientemente flexibles". Dijo que la respuesta era "sí, lo haremos".
Bush, bajo presión para enviar algunas tropas estadounidenses a casa, no respondió a la pregunta de su algunas tropas serían retiradas de Iraq para fines de año, una posibilidad que ha sido sugerida por el gobierno.
"El primer ministro Maliki fue muy claro esta mañana", dijo Bush. "Él no quiere que las tropas americanas dejen su país hasta que su gobierno pueda proteger al pueblo iraquí. Y yo le aseguré que Estados Unidos no abandonará al pueblo iraquí".
A Maliki le preguntaron por qué pensaba que el nuevo plan de seguridad funcionaría cuando varios otros toques de queda y restricciones no habían logrado poner fin a la violencia diaria allá. Dijo que su plan contaba con el apoyo de todos los segmentos de la población iraquí representados en su gobierno de unidad nacional.

26 de julio de 2006
©washington post
©traducción mQh
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¿tiene sentido seguir en iraq?


[Peter W. Galbraith] El único motivo para la presencia de Estados Unidos en Iraq ahora es impedir que se convierta en una base de Al Qaeda.
¿Cuál es la misión de militares de Estados Unidos en Iraq ahora que la resistencia se ha convertido en una guerra civil declarada? De acuerdo al gobierno de Bush, es apoyar al gobierno de unidad nacional que incluye a las principales comunidades iraquíes: los chiíes, árabes sunníes y kurdos. Vale, pero eso plantea otra pregunta: ¿Sobre quiénes gobierna el gobierno iraquí?
En la mitad sur de Iraq, los partidos religiosos y clérigos chiíes han creado teocracias controladas por milicias compuestas por más de cien mil hombres. En Basra, tres partidos religiosos controlan -y veces se pelean- los miles de barriles de petróleo desviados cada día de la exportación legal hacia el contrabando. Si el gobierno central tiene alguna autoridad en el sur, es porque algunos de los mismos partidos chiíes que dominan el gobierno también controlan el sur.
Kurdistán al norte es efectivamente independiente. El ejército iraquí está excluido de la región, la bandera iraquí está prohibida, y los ministerios del gobierno central no están presentes. Los kurdos votaron casi unánimemente por la independencia en un referéndum informal en enero de 2005.
Y en el centro sunní del país y en Bagdad, el gobierno prácticamente no tiene control más allá de la Zona Verde protegida por los americanos. El Ejército Mahdi, una milicia radical chií, controla los barrios chiíes de la capital, mientras que retoños de Al Qaeda y antiguos baazistas controlan cada vez más los barrios sunníes.
Aunque el gobierno de Bush proclama su respaldo de la unidad iraquí, no tiene ninguna intención de emprender ningún esfuerzo para volver a unificar el país. Durante la ocupación formal de Iraq en 2003 y 2004, la coalición americana permitió que se multiplicaran las milicias y clérigos chiíes para imponer el gobierno islámico en el sur, en algunos lugares con una severidad que hace recordar a los talibanes de Afganistán.
Desarmar a las milicias y desmantelar los gobiernos locales no democráticos ahora pondría a Estados Unidos en directo conflicto con los chiíes de Iraq, que son casi tres veces más numerosos que los árabes sunníes y poseen milicias y fuerzas militares inmensamente poderosas.
No hay tropas significativas de la coalición en Kurdistán, que es seguro y cada vez más próspero. Los árabes iraquíes han aceptado en gran parte la separación de facto de Kurdistán, y también lo ha aceptado el gobierno de Bush.
En el centro sunní, nuestra estrategia actual implica traspasar las tareas de combate al ejército iraquí. En general, son los batallones chiíes los que pelean en las zonas árabes sunníes, ya que las unidades sunníes no son de fiar. Así que lo que el gobierno de Bush describe como fuerzas de seguridad ‘iraquíes' son vistas por la población local sunní como fuerzas hostiles leales al gobierno chií en Bagdad, instalado por los invasores norteamericanos y estrechamente vinculado con el tradicional enemigo del país, Irán. Mientras más ‘iraquizamos' la lucha en el centro sunní, más fortalecemos a los rebeldes.
Debido a que es la ciudad más mezclada de Iraq, Bagdad es el frente de la guerra civil chií-sunní de Iraq. Es una tragedia para su gente, la mayoría de los cuales no comparten el odio religioso que hay detrás de los asesinatos. Las fuerzas iraquíes no pueden poner fin a la guerra civil porque muchas de ellas se identifican con un lado, y ninguna cuenta con la confianza de las dos comunidades.
Para Estados Unidos, para contener la guerra civil deberíamos desplegar más tropas y aceptar una tasa de bajas muchas veces mayor que el nivel actual a medida que nuestras fuerzas cambian su misión de un papel de apoyo a intensas tareas de policía. El pueblo americano no apoyará una misión tan dilatada, y el gobierno de Bush no tiene ningún deseo de emprenderla.
El gobierno, entonces, debe adaptar sus metas en Iraq a los recursos que está preparado para desplegar. Ya que no puede unificar Iraq ni detener la guerra civil, debería colaborar con las regiones que han emergido. Donde una continuada presencia militar no sirva ningún propósito -en el sur chií y en Bagdad-, Estados Unidos y sus aliados deberían retirarse.
Como una alternativa a la intervención de tropas chiíes y americanas para combatir la resistencia en el centro sunní de Iraq, el gobierno debería estimular la formación de varias provincias en una región árabe sunní con su propio ejército, tal como lo permite la Constitución iraquí. Entonces el Pentágono podría retirar sus tropas de este territorio sunní y permitir que nuevos líderes establezcan su autoridad sin ser vistos como colaboracionistas.
Constatando que no podemos mantener la paz en Iraq, no tenemos más que un motivo primordial: impedir que Al Qaeda cree una base desde la cual pueda tramar ataques contra Estados Unidos. Así, necesitamos tener tropas en las cercanías, preparadas para intervenir en caso de que los árabes sunníes sean incapaces de velar por su propia seguridad contra los yihadistas extranjeros.
Esto se podría lograr estacionado una pequeña fuerza ‘en el horizonte' en Kurdistán. El Kurdistán iraquí está entre una de las sociedades más pro-americanas del mundo y su gobierno acogería nuestra presencia militar, porque entre otras cosas protegería a los kurdos de los árabes iraquíes que resienten su estrecha colaboración con Estados Unidos durante la guerra de 2003. Los soldados americanos en el terreno también podrían atenuar la tensión entre los kurdos iraquíes y Turquía, que está amenazando con enviar sus tropas al otro lado de la frontera para capturar a terroristas kurdos turcos que utilizan a Iraq como refugio.
Desde el Kurdistán, los militares estadounidenses podrían volver rápidamente a cualquier área árabe sunní donde Al Qaeda o sus aliados establecieran alguna presencia. Los peshmerga kurdos, la única fuerza militar nativa fiable de Iraq, asistirían alegremente a sus aliados americanos con inteligencia y en el combate. Y moviendo tropas hacia lo que todavía es nominalmente territorio iraquí, el gobierno de Bush podría afirmar que no ha huido y evitaría también las complicaciones políticas -en Estados Unidos y en Iraq- que surgirían si se retirara completamente y luego volviera a enviar tropas a Iraq.
Sí, una retirada de Estados Unidos de las regiones chiíes y árabes sunníes de Iraq dejaría allá una guerra religiosa y un gobierno militar. Pero mantener allá las tropas actuales y la misión produciría el mismo resultado. Continuar una estrategia militar donde los fines exceden a los medios es una fórmula segura para una guerra interminable.

Peter W. Galbraith, ex embajador de Estados Unidos en Croacia, es el autor de ‘The End of Iraq: How American Incompetence Created a War Without End'.

25 de julio de 2006
©new york times
©traducción mQh
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parias del cuarto de infantería


[Thomas E. Ricks] Desde sus primeros días en Iraq en abril de 2003, la Cuarta División de Infantería del ejército causó impresión entre soldados de otras unidades. Pero era la impresión equivocada.
"Pasamos lentamente frente a los tipos del Cuarto de Infantería... y se veían violentos y malencarados", recordó la sargento Kayla Williams, entonces una especialista en inteligencia militar en la Aerotransportada 101. "Estaban arriba de sus camiones, apuntando con sus armas directamente a los civiles... ¿Qué podrían haber hecho esos civiles? ¿Era necesaria esta intimidación? Nadie decía nada, pero se veían violentos y malencarados".
Hoy, el Cuarto de Infantería y su comandante el general de división Raymond T. Odierno, son recordados por haber capturado al ex presidente iraquí Saddam Hussein, uno de los máximos logros de la ocupación estadounidense. Pero a fines del verano de 2003, cuando comandantes americanos trataban de contener la creciente insurgencia con indiscriminadas operaciones de acordonamiento-y-barrida, el Cuarto de Infantería era conocido por sus tácticas agresivas que pueden haber hecho creer que pacificaron el norteño Triángulo Sunní en el corto plazo, pero que, de acuerdo a numerosos informes internos del ejército y entrevistas con comandantes militares, se enajenaron el apoyo de gran parte de la población.
La unidad, una división de blindados pesados a pesar de su nombre, era conocida por "aprehender pueblos enteros porque los soldados eran incapaces de determinar quién era de valor y quién no", de acuerdo a una investigación ulterior de las operaciones de detención de la Cuarta División de Infantería por la oficina del inspector general del ejército. Sus detenciones indiscriminadas de iraquíes colmaron la cárcel de Abu Ghraib, inundaron el sistema de interrogatorios norteamericano y abrumaron a los soldados estadounidenses encargados de la custodia de las prisiones.
El teniente coronel David Poirier, que comandaba el batallón de policía militar asignado a la Cuarta División de Infantería y estuvo estacionado en Tikrit de junio de 2003 hasta marzo de 2004, dijo que los métodos de la división eran indiscriminados. "Para los comandantes de la brigada y del batallón se convirtió en una filosofía: ‘Aprehended a todos los hombres en edad de portar armas, porque no sabemos quiénes son buenos o malos'". El coronel Alan King, un oficial de asuntos civiles que trabajaba en la Autoridad Provisional de la Coalición, se hizo una impresión similar de los métodos del Cuarto de Infantería. El Cuarto de Infantería detenía a "todos los hombres entre 16 y 60 años" a los que podía poner mano, dijo. "Y cuando recobraban su libertad, se habían convertido en partidarios de la resistencia".
Las tácticas de la unidad no eran un accidente, dado los comandantes que tenía, dicen sus críticos. "Odierno golpeaba a todo el mundo", dijo Joseph K. Kellogg Jr., un general en retiro del ejército que formaba parte de la Autoridad Provisional de la Coalición, la agencia de la ocupación norteamericana.
Pero esa crítica no ha dañado la carrera ulterior de Odierno. Cuando volvió a Estados Unidos a mediados de 2004, Odierno fue ascendido para ser el secretario militar del jefe del Estado Mayor Conjunto. Hace poco se hizo cargo del Cuerpo III en Fort Hood, Tejas, y para fines de año deberá volver a Iraq para convertirse en el segundo comandante norteamericano allá, a cargo de la supervisión de las operaciones corrientes de las fuerzas estadounidenses.
En una entrevista, Odierno montó una intensa defensa del desempeño de su división, y dijo que cualquiera implicación de que "todo lo que hicimos fue matar gente al azar y torturar a prisioneros -en mi opinión, eso es totalmente falso".
Odierno dijo que él había convertido las operaciones de detención en una importante prioridad de su comando después de que quedara claro en el verano de 2003 que la división tendría que encargarse de los prisioneros. "Eso es lo que me preocupa sobre esta discusión" del papel del Cuarto de Infantería. "He gastado mucho tiempo en esto. Lo que hicimos fue correcto".
Hace dos años en una reunión de la Asociación del Ejército estadounidense, Odierno explicó que sus tácticas agresivas habían surgido de la experiencia. "Nosotros salíamos, allanábamos una casa, y no revisábamos a toda la familia y cuando estábamos marchándonos, sacaban armas de debajo de la ropa y las entregaban a sus hombres, los que nos disparaban".
Así, dijo, "sí, al principio probablemente cometimos algunos errores". Pero, continuó, "nos adaptamos rápidamente".

Primer Combate en Décadas
A diferencia de la mayoría de las divisiones del ejército, el Cuarto de Infantería no había sido desplegado durante décadas, y no intervino ni en Panamá, la Guerra del Golfo Pérsico de 1991, Somalia, Bosnia, Kosovo ni Afganistán. En su cuartel en Fort Hood, Tejas, era a veces ridiculizado como el segundo equipo, ocupando siempre el asiento de atrás de su vecino, la Primera División de Caballería.
Inicialmente la unidad debía invadir Iraq desde el norte en la primavera de 2003, pero su misión cambió después de que el gobierno turco se rehusara a permitir movimientos de tropas estadounidenses en su territorio. Los equipos del Cuarto de Infantería fueron enviados a Kuwait, y entraron a Iraq después de que hubiera terminado la invasión.
A mediados de abril, la división recibió la misión de relevar a los marines que habían ocupado brevemente la ciudad natal de Hussein, Tikrit. En un inusual lenguaje para un documento oficial, la historia de la operación presentada por la Primera División de Marines expresa desaprobación, incluso desdén, por lo que califica de "muy agresiva" postura de la Cuarta División de Infantería cuando la unidad llegó a Iraq.
La historia observaba lacónicamente que los marines, "a pesar de alguna desazón", entregaron el área a la Cuarta División de Infantería y se marcharon el 21 de abril. "Las tiendas que habían vuelto a abrir, volvieron a cerrar rápidamente cuando la gente desapareció de las calles, porque se estaban adaptando a las nuevas tácticas de seguridad", se leía en el borrador final de la historia. "Una atmósfera de cooperación en ciernes entre los ciudadanos y las fuerzas americanas se apagó rápidamente. La nueva relación de hostilidad se convertiría en una importante fuente de problemas en los meses venideros".
En julio, un miembro del equipo de operaciones psicológicas asignado a la cuarta brigada de artillería, que era conocida como el Destacamento Artillero de Hierro [Iron Gunner], presentó una queja formal por la manera en que los soldados trataban a los iraquíes.
"Pocos de los allanamientos y detenciones llevadas a cabo por el Destacamento Artillero de Hierro han conducido a la captura de enemigos de la coalición o a la incautación de armas", escribió el soldado, cuyo nombre fue borrado de los documentos dados a conocer por el ejército.
El soldado culpó al comandante de la unidad de artillería, el coronel Kevin Stramara. "Este equipo ha presenciado cómo el coronel iniciaba esos sucesos". Dijo que las prácticas de detención eran caprichosas, y se basaban a veces en el capricho del comandante o porque se habían encontrado más de cien dinares iraquíes en posesión de alguien.
Un día en junio, dijo el soldado, un vehículo de combate Bradley había abierto el fuego contra una causa, provocando que esta estallara en llamas. En otro incidente separado, el padre de un niño de 12 que había sido matado por error por las fuerzas estadounidenses fue obligado a cavar la tumba para su hijo.
En una declaración jurada posterior, el soldado reconoció que algunas de sus acusaciones se basaban en cosas que había oído, pero se mantuvo firme en lo esencial. "Mi impresión general del tratamiento de la población civil es negativa. Yo visito a la comunidad civil unas tres veces a la semana para comunicarme con la población iraquí y hacerme una idea general de cómo nos perciben. A través de intérpretes, la gente iraquí me pregunta por qué somos tan injustos con ellos".
La investigación del ejército encontró explicaciones verosímiles para la mayoría de los cargos. La casa que fue atacada, concluyó la investigación, estalló en llamas porque en su tejado tenía una carbonera que se constató que almacenaba morteros y proyectiles de artillería. El niño muerto fue enterrado porque no había lugar dónde mantener su cuerpo, y fue exhumado sin ayuda de los norteamericanos porque la familia pidió que no interviniesen tropas estadounidenses.
Pero la pregunta fundamental de si las tácticas de la brigada eran erróneas, no fue tratada por la investigación.
Otra instancia de abusos cometidos por el Cuarto de Infantería no ofrecía ambigüedades.
El 11 de septiembre de 2003, un soldado mató a un detenido iraquí esposado, Obeed Radad, en una celda de castigo en un centro de detención en Camp Packhorse [Campamento Caballo de Carga] cerca de Tikrit, presuntamente cuando el iraquí intentó cruzar una valla de alambres de púa. Radad se había entregado él mismo nueve días antes, tras enterarse de que las fuerzas norteamericanas lo estaban buscando. La bala atravesó su antebrazo y se incrustó en su estómago.
Dieciocho horas más tarde, un investigador del ejército empezó a estudiar el incidente, según un sumario interno del ejército. El mayor Frank Rangel Jr., el oficial ejecutivo de un batallón de la policía militar asignado al Cuarto de Infantería, fue encargado de la investigación. No creía en la versión del soldado de que Radad había tratado de escapar.
"Pensaba que el sujeto podía haber cometido un homicidio negligente" y otros delitos menores, dijo Rangel más tarde. El teniente coronel Poirier, el oficial superior de Rangel, pensaba que el soldado debía ser sometido a la corte marcial. "Este soldado cometió un asesinato", dijo Poirier.
Pero Odierno revocó esa recomendación y finalmente el soldado fue licenciado del ejército para bien de las fuerzas armadas. "Tomé la decisión del licenciamiento deshonroso debido a las circunstancias atenuantes", dijo Odierno en una entrevista. "Él era un cocinero, no había tenido un adiestramiento adecuado y ese detenido era un tipo malo y agresivo".
El 21 de septiembre de 2003, Odierno envió un memorándum sobre el tratamiento de los detenidos a todos los miembros de su división. "Los soldados deben tratar a todos los detenidos con dignidad y respeto y, como mínimo, respetarán las normas de tratamiento humanitario formulado en el derecho internacional", ordenó. "Aunque los detenidos bajo custodia de Estados Unidos pueden ser interrogados para propósitos de inteligencia, el uso de apremios físicos o mentales, o coerción para obligar a un individuo a proporcionar información queda estrictamente prohibido... Ni la estrés del combate, ni fuertes provocaciones justifican los tratos inhumanos".

Advertencias Tempranas
Sin embargo, los abusos continuaron. Pocos meses después, otro soldado del Cuarto de Infantería, el sargento de segunda clase que dirigía la sección de interrogatorios de la principal unidad de detención en Tikrit, fue reprendido después de que un iraquí fuera golpeado con un bastón mientras era interrogado.
"Esos actos podrían... desacreditar enormemente al ejército estadounidense", le advirtió en una carta del 6 de noviembre el teniente coronel Conrad Christman, comandante del Batallón de Inteligencia Militar 104. Los incidentes de maltratos a los detenidos, agregaba en su carta, "mostraban una falta de juicio de su parte".
El sargento, cuyo nombre fue modificado en los documentos oficiales antes de ser dados a conocer, lanzó esas conclusiones a su cadena de comando.
"Con la excepción de mí mismo, todos los interrogadores de la TF IH ICE [[Task Force Iron Horse Interrogation Control Element] eran, y lo siguen siendo, inexpertos en cuanto a interrogatorios", escribió el sargento. Las campañas de inteligencia de la división eran generalmente "superficiales", agregó, debido a la "falta de personal, tiempo y recursos".
El ejército tampoco había preparado al sargento y sus soldados para el trabajo para el que fueron asignados. "Nuestra unidad nunca recibió adiestramiento para administrar centros de detención, porque a nuestra unidad no se le asignó esa misión... Mis soldados fueron asignados a misiones para las que no fueron preparados, no fueron equipados..., no fueron aprovisionados... y que no pudieron cumplir efectivamente".
Lo que es más, escribió, el ejército institucional ni siquiera había tomado las medidas adecuadas para prepararse para este tipo de guerra. "Por lo que yo sé, no hay un manual de campaña que cubra las operaciones de interrogatorio de insurgentes".
Pero lo más asombroso fue una larga denuncia de la confusión estratégica de los que dirigen al ejército en Iraq. "Creo firmemente que [el nombre del soldado subordinados borrado del documento] hizo lo que hizo en parte debido a su percepción del clima de comando de la división como un todo". Observó, por ejemplo, que los líderes de la división habían hecho comentarios tales como: "Son terroristas, y los trataremos como tales".
Como estaba ocurriendo en otras partes en Iraq, el sargento informó sobre indicios de que las fuerzas estadounidenses estaban practicando una forma de toma de rehenes, deteniendo a miembros de las familias de sospechosos para obligarlos a entregarse.
"El personal del ICE ve regularmente a detenidos que, en lo esencial, son rehenes", acusó. "Normalmente son arrestados por las fuerzas de la coalición debido a que son familiares de individuos que están siendo buscados por una brigada en base a delaciones que pueden ser verdad o no, para ser dejados en libertad cuando y si los individuos buscados se entregan a las fuerzas de la coalición".
De hecho, dijo, los militares estadounidenses tendían a no respetar su palabra, porque el sistema de detenciones operaba muy mal: "En realidad, esos detenidos eran transferidos a la cárcel de Abu Ghraib, y se perdían en la estructura de detención de la coalición independientemente de si el individuo buscado se entregaba o no".
Esta aprehensión coercitiva de prisioneros contaba al menos con la "aprobación tácita" de jefes de alto rango de la división, acusó, porque había sido discutida frente a ellos en reuniones informativas.
El comandante de la inteligencia militar, Christman, impresionado por los argumentos del sargento de segunda clase, concluyó que sería erróneo acusarlo de falta de juicio y decidió no incorporar la reprimenda escrita a la hoja de servicio del sargento.
Una revisión posterior de la oficina del inspector general del ejército dijo que los interrogadores informaban"sobre detenidos que llegaban a la celda malamente golpeados. Muchas golpizas ocurrían después de que los detenidos fueran entregados a algunas unidades del Cuarto de Infantería".
Cuando se le preguntó sobre el informe, Odierno dijo que no lo había leído ni había sido informado sobre los cargos.

Venganza en el Río Tigris
El ejemplo más asombroso de maltratos en la Cuarta División de Infantería ocurrió poco después del 2 de enero de 2004, cuando el capitán Eric Paliwoda, comandante de una compañía de ingenieros de la Tercera Brigada de la división, murió en su puesto de comando tras un ataque con morteros.
El teniente coronel Nathan Sassaman, comandante del batallón del que la compañía de Paliwoda formaba parte, sostuvo al oficial mortalmente herido antes de subirlo a un helicóptero de evacuación médica. "Cuando murió el capitán Paliwoda, se me arruinó el resto de la guerra", dijo más tarde Sassaman en una declaración jurada.
La muerte de Paliwoda dejó a la unidad con ánimos de venganza -y sabían exactamente cómo hacerlo. Esa fría noche de enero, los soldados de la unidad salieron con el propósito de matar a iraquíes específicos. A las 9:30 una patrulla de la Compañía Alfa empezó a detener a los conductores en las afueras de Samarra que violaban el toque de queda. La patrulla era dirigida por el teniente Jack Saville.
El primero coche que pararon los hombres de Saville llevaba a una familia que volvía del hospital donde la madre acababa de dar a luz. Les dijeron que se marcharan a casa. El segundo era miembro del ayuntamiento. El tercero era una camión blanco.
Sus dos ocupantes fueron esposados, conducidos al río Tigris y empujados desde la cornisa de una estación de bombeo hacia el río, un salto de unos dos metros. Uno de los hombres, Zaidoun Fadel Hassoun, 19, se ahogó, de acuerdo al otro, Marwan Fadel Hassoun, 23, su primo.
Al principio los soldados insistieron ante los investigadores del ejército que ellos habían dejado en libertad a los hombres -sin mencionar que los habían ‘dejado en libertad' en el río. Pero presionados, dijeron luego que habían visto nadar y llegar a la playa a los dos hombres.
Eso era mentira, declaró Saville más tarde. De hecho, él había salido esa noche con una orden del comandante de su compañía, el capitán Matthew Cunningham. "Entendí que me estaba ordenando a mí y a mis subordinados que matara a unos iraquíes que estábamos buscando esa noche, de los que se sospechaba del asesinato del comandante de nuestra unidad", declaró.
Tampoco debía hacer prisioneros.
Unas horas después, al final de una serie de allanamientos en casas de sospechosos en Balad, otro soldado de la misma compañía, el sargento de segunda clase Shane Werst llevaba a un iraquí a su casa, supuestamente le golpeó una diez veces y luego le disparó al menos seis veces con su carabina M-4.
"No puedo sentir otra cosa que fui miembro de un pelotón de ejecución", declaró más tarde el otro soldado que estaba alla, el soldado raso Nathan Stewart. Los hechos no son discutidos. Werst sacó entonces una pistola, disparó contra una muralla y ordenó a Stewart tomar con eso las huellas digitales del muerto.
Acusado meses después de homicidio, Werst declaró que había actuado en defensa personal. Werst dijo que había colocado la pistola sobre el cuerpo del muerto porque "tenía dudas". Fue absuelto por un jurado militar.
Un abogado del ejército recomendó que Cunningham fuera acusado de incitación al homicidio, homicidio involuntario y otros delitos. Pero tras la absolución de Werst, el ejército decidió procesarlo, y Cunningham dejó el ejército en junio de 2005.
Saville dijo que había tenido discusiones con Sassaman sobre cómo engañar a los investigadores del ejército. Pero Sassaman sólo recibió una amonestación escrita de Odierno.
Sassaman siguió al mando durante meses, un resultado que tenía consternado a Poirier, su colega comandante. "Tienes un comandante de batallón que ordena a sus hombres fabricar una historia para encubrir un asesinato, y todavía sigue al mando?", dijo Poirier en abril de 2005, poco después de que se retirara del ejército. "Eso es incorrecto".
Sassaman dejó el ejército casi al mismo tiempo que Poirier. Se marchó desafiantemente, atacando a Odierno, cuya división estaba acuartelada en uno de los antiguos palacios de Hussein en Tikrit.
"Si tuviera que hacerlo de nuevo, haría exactamente lo mismo, y he pensado esto durante mucho tiempo", dijo Sassaman. "En el ejército me enseñaron a ganar, y yo estaba tratando de ganar, y estaba en desacuerdo -en profundo desacuerdo- con mis superiores sobre las acciones que debieron haber emprendido con esos individuos [los acusados en el caso del río Tigris]. Y tienes que entender, la comunidad legal, mis comandantes superiores no estaban luchando en las calles de Samarra. Estaban viviendo en un palacio en Tikrit".

Este es el segundo artículo adaptado del libro ‘Fiasco: The American Military Adventure in Iraq', de Thomas E. Ricks. The Penguin Press, Nueva York © 2006.

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reclutamiento de policías iraquíes


[Michael R. Gordon] A pesar de renovadas campañas de reclutamiento, sigue siendo muy difícil dotar de personal a los nuevos cuerpos de policía.
Hit, Iraq. Faisal Mahmoud Mutayeb tiene un vívido recuerdo de lo peligroso que puede ser trabajar como agente de policía en Hit.
El ex agente todavía tiene las cicatrices de las balas que le atravesaron el brazo cuando un grupo de rebeldes ocuparon su comisaría el año pasado, en uno de los muchos ataques en la región. Pero atraído por un salario de 360 dólares al mes y la oportunidad de trabajar, se presentó a la oficina de reclutamiento aquí a principios de julio.
También es una segunda oportunidad para los militares norteamericanos. Fue la falta de suficientes tropas americanas en este tramo de la violenta provincia de Anbar, al oeste de Iraq, que permitió que los insurgentes atacaran la comisaría de policía en primer lugar.
Reclutar una nueva fuerza de policía para combatir a los rebeldes se ha convertido en un elemento central del plan de Estados Unidos para una eventual reducción de las fuerzas estadounidenses. Es una misión compleja que exige que los comandantes americanos cuenten con un mínimo de cooperación de una población recelosa y desconfiada, y participen en una violenta campaña de los rebeldes que incluye el asesinato y la intimidación de los miembros de los nacientes servicios de seguridad de Iraq.
"Para nosotros, formular una estrategia de retirada exige un cuerpo de policía, y ellos lo necesitan para controlar la ciudad", dijo el capitán Avery Jeffers, oficial de la marina a cargo del equipo de adiestramiento de la policía aquí. "Necesitamos que sus hermanos e hijos se conviertan en agentes de policía. Sólo de ese modo empezarán a vernos menos".
En marzo, el gobierno de Bush anunció una nueva estrategia de victoria en Iraq: "despejar, consolidar y construir". Las ciudades en disputa deberán ser limpiadas de insurgentes y conservadas por las nuevas fuerzas de seguridad iraquíes, mientras Estados Unidos trabaja en la consolidación de los avances, ayudando a poner en orden la infraestructura y construyendo instituciones civiles.
La historia militar en esta región, sin embargo, es compleja. Las fuerzas estadounidenses se han estirado enormemente en esta vasta provincia. Para reunir suficientes tropas para asaltar Faluya en 2004, los comandantes estadounidenses se vieron obligados a reducir las tropas en otros lugares.
Como resultado, los rebeldes aprovecharon la limitación de los contingentes americanos, en el largo tramo a lo largo del río Eúfrates que va desde Rawa hasta Hit, para atacar a la policía. Las comisarías de policía fueron atacadas y destruidas. En Haditha, los "I.P.", como llaman los soldados americanos a los policías iraquíes, fueron formados y ejecutados en la cancha de fútbol de la ciudad.
El ministerio del Interior "vio lo que estaba ocurriendo, y básicamente despidieron por su propia seguridad a todos los agentes en la provincia de Anbar", dijo Joseph D'Amico, un ex policía del estado de Alaska que es el agente de policía de implementación del Destacamento de Combate Nº7 del Regimiento de la Marina, que es el principal comando de este área de Iraq. "Les dijeron: ‘Marchaos a casa, ya no sois policías', porque los I.P. estaban siendo asesinados a una tasa bastante alarmante".
El teniente coronel Glen G. Butler, de la marina, apuntó en un artículo en la Marine Corps Gazette en julio, que "la falta de personal suficiente a lo largo del corredor del río Eúfrates desde mediados de 2004 hasta principio de 2005" permitió que los rebeldes tomaran varias ciudades, incluyendo Haditha, Haqlaniya y Rawa. Eso "condujo a un repetido ciclo de ‘despejar, despejar, despejar' (sin fuerzas para conservar o construir)", escribió. "Finalmente, esta situación tuvo como resultado una población resentida y frustrada".
La corrupción entre los oficiales de policía iraquíes complicó el problema. Después de que fuera atacada en Hit la comisaría de policía de Mutayeb, le permitieron vivir, para su propia protección, en una base americana. Se marchó un día a cobrar su salario atrasado. Debido a que las autoridades policiales de Ramadi, la provincial capital, y en Hit, han sido acusadas de corrupción, los funcionarios iraquíes en Bagdad dejaron de pagarle, lo que lo había dejado no solamente vulnerable sino, además, en la miseria.
La reconstrucción de la fuerza de policía es claramente una empresa mayor. Los nuevos reclutas siguen un curso de diez semanas en Bagdad o Jordania; ex agentes de policía pueden seguir un curso abreviado. Impedir la infiltración del enemigo es crucial. Hay que construir nuevas comisarías. Después de muchos meses, los agentes de policía que continuaron trabajando empezaron a recibir sus salarios atrasados, dijeron oficiales americanos.
En la provincia de Anbar, dominada por los sunníes, un reto importante es encontrar reclutas dispuestos a servir. De acuerdo a cifras recabadas a fines de junio por el comando de la marina que supervisa la provincia, había unos 5.200 agentes de policía para una zona que es más o menos del tamaño de Louisiana.
La gran mayoría se encontraba en las áreas de Ramadi y Faluya. A fines de junio no había ningún policía en Rutba, ni en Ana ni en Haditha, donde la última campaña de reclutamiento fue un completo fracaso. Había sólo unas docenas en Rawa, donde los rebeldes capturaron a un teniente de policía, lo decapitaron y exhibieron su cabeza cercenada en una cesta de frutas frente a una mezquita de la localidad.
Había unos 250 agentes de policía a 50 kilómetros de Hit y en los alrededores de la ciudad de Baghdadi, y casi 700 en Qaim, donde los marines montaron a fines del año pasado una operación para liberar de insurgentes la región y continuaron con una campaña de reclutamiento de policías.
Incluso en zonas donde existe una importante fuerza policial, sin embargo, la campaña de los insurgentes continúa tan determinada como siempre. Hay unos 1.700 agentes de policía en la zona de Faluya, pero el jefe policial interino de la ciudad fue asesinado hace algunas semanas. Muchos de los agentes en los puestos de control en las afueras de Faluya llevan máscaras para ocultar su identidad.
Los comandantes americanos, que han llamado este año el ‘año de la policía iraquí', dicen que están decididos a duplicar la fuerza en Anbar hasta 11 mil hombres. Observaron que los reclutas aquí provienen generalmente de comunidades sunníes de la región, lo que quiere decir que conocen bien el terreno y pueden identificar rápidamente a los extraños. Una abrumadora mayoría de las tropas del ejército iraquí en Anbar, en contraste, es chií, que fueron reclutados en el sur de Iraq o en Bagdad.
Aquí en Hit, una ciudad de 40 mil habitantes sin agentes de policía, las constantes rotaciones de tropas -otro reflejo del estiramiento de la fuerza militar americana- han dificultado a los americanos a la hora de establecer lazos con líderes locales. Hace unos meses, una unidad de artillería de la Guardia Nacional de Mississippi remplazó a una unidad expedicionaria de la marina, que a su vez remplazó a otra unidad expedicionaria de la marina.
Pero en febrero, el Destacamento 1-36 del ejército llegó para un período de despliegue de un año. Su comandante, el teniente coronel Thomas C. Graves, dijo que el restablecimiento de una fuerza de policía y el adiestramiento del ejército iraquí eran importantes prioridades.
"Tienes que pensar que no vas a detener los ataques con alguna especie de guerra de agotamiento", dijo el coronel Graves, que completó un período de despliegue previo en Ramadi. "He comprometido a todo mi batallón en la construcción de estas instituciones".
Poco después de llegar, el coronel dio su primer paso para ganar apoyo para una campaña de reclutamiento policial, reuniéndose con líderes locales en el Centro Cultural Islámico.
"Les dije que queríamos lo mismo", dijo el coronel Graves. "Quiero volver a casa a mi familia. Vosotros queréis que me marche a casa". Mostró fotografías de sus hijos para enfatizar su argumento.
"Pero", les dijo, "no podemos marcharnos sin seguridad".
Al principio, los líderes de la ciudad dijeron que nadie de Hit se uniría a la fuerza de policía y que si el coronel quería tener agentes, tendría que traerlos de fuera. Pero con el tiempo se ablandaron. Los estadounidenses, dijeron, podían seguir adelante y tratar de reclutar a agentes en la localidad.
Se preparó una importante campaña de reclutamiento para principios de julio. Las calles de la ciudad fueron bloqueadas para prevenir atentados suicidas con coches bomba -desde que llegara el destacamento, han habido dos atentados con coches bomba- y otros ataques rebeldes.
En las primeras dos horas se aparecieron por el lugar varios cientos de candidatos. Los solicitantes deben aprobar un examen de alfabetización (se requiere el séptimo), uno de condición física y un chequeo de seguridad que exige tomar las huellas digitales y un escáner de la retina. El fondo inicial se redujo a 165 reclutas, que fueron trasladados en un convoy a una extensa base de la marina en Asad, a una hora de camino, y finalmente a un centro de adiestramiento en Jordania.
Pero sólo cuatro eran de Hit. Prácticamente todo el resto eran de la cercana región de Phurat, al otro lado del río Eúfrates. Ese área es distinta a Hit y está bajo el control de la tribu Nimor, que ha estado colaborando estrechamente con las Fuerzas Especiales americanas estacionadas allá.
Los líderes de Hit todavía deben nombrar al jefe de policía. La campaña de reclutamiento también ha tenido un coste. Varios miembros de un equipo de adiestramiento de la policía resultaron heridos y fueron evacuados a Al Asad después de que su vehículo pisara una bomba.
El adiestramiento policial está siendo realizado paralelamente con otras campañas para formar aquí una compañía del ejército iraquí. En realidad, difundir la campaña de la policía y animar a los habitantes de la ciudad a seguir el ejemplo de sus vecinos de Phurat, es una de las tareas de los soldados iraquíes que realizan patrullas conjuntas con las fuerzas americanas en la ciudad.
Durante una patrulla reciente bajo un tórrido sol, un teniente iraquí conversaba con un tendero local, que emitió un precavido veredicto. La creación de una nueva fuerza de policía, dijo el tendero, era una buena idea, pero la gente de la ciudad todavía tenía demasiado miedo como para incorporarse a ella.

25 de julio de 2006
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lecciones olvidadas de vietnam


[Thomas E. Ricks] Errores iniciales dejaron a las tropas estadounidenses mal preparadas para hacer frente a una guerra de guerrillas.
La verdadera guerra en Iraq -la que determinará el futuro del país- empezó el 7 de agosto de 2003, cuando un coche bomba explotó frente a la embajada de Jordania, matando a once e hiriendo a más de cincuenta personas.
Ese atentado ocurrió casi exactamente cuatro meses después de que las fuerzas armadas estadounidenses pensaran que habían prevalecido en Iraq, e inició la resistencia, la violenta y prolongada lucha con los guerrilleros que ha estorbado a Estados Unidos hasta hoy.
Hay algunas evidencias de que el gobierno de Saddam Hussein sabía que no podía ganar una guerra convencional y algunos documentos requisados indican que puede haber organizado una especie de campaña subversiva de retaguardia contra la ocupación. El almacenamiento de armas, la distribución de alijos de armas, las raíces revolucionarias del Partido Baaz y la circulación de dinero y gente hacia Siria, antes y durante la guerra, indican que hubo alguna planificación de la resistencia.
Pero también hay fuertes evidencias, basadas en una revisión de miles de documentos militares y cientos de entrevistas con militares, de que la estrategia estadounidense para pacificar Iraq en los meses después del colapso de Hussein contribuyó a espolonear la resistencia y a hacerla más grande y más fuerte de lo que pudo haber sido.
La misma estructura de la presencia norteamericana en Iraq socavó su misión. La cadena de comando era vaga, sin un individuo a cargo de la intervención americana en Iraq -una estructura que condujo a frecuentes conflictos entre militares y funcionarios civiles.
El 16 de mayo de 2003, L. Paul Bremer III, el jefe de la Autoridad Provisional de la Coalición, la agencia de la ocupación norteamericana, emitió su primer decreto, ‘La desbaazificación de la sociedad iraquí'. El jefe de estación de la CIA en Bagdad había argumentado vehementemente contra esa radical medida, diciendo: "Esta noche, habréis empujado a la clandestinidad a 30 mil o 50 mil baazistas. Y en seis meses, lo lamentaréis".
Así ocurrió, cuando el decreto de Bremer, junto con otro que disolvía las fuerzas armadas y la policía nacional iraquí, creó una nueva clase de líderes privados de derechos y amenazados.
El efecto de esta decisión fue exacerbado por el tipo de relación entre el ejército estadounidense y la población civil. En base a sus experiencias en Bosnia y Kosovo, el ejército pensó que prevalecería a través de su ‘presencia' -esto es, soldados que debían demostrar a los iraquíes que ellos se encontraban en el área, sobre todo patrullando.
"Ese hábito lo adquirimos en los Balcanes", dijo un general del ejército. Entonces, las patrullas se realizaban tan frecuentemente que algunos oficiales empezaron a llamar la misión "DAB", ‘recorriendo Bosnia' [driving around Bosnia].
La jerga de los militares estadounidenses para esto era "tener las botas en el suelo" o, más oficialmente, la misión de presencia. No había una doctrina formal para esto en los manuales o adiestramiento de las fuerzas armadas que prepararan a los militares para sus operaciones, pero la noción se introdujo en el vocabulario de oficiales de alto rango.
Por ejemplo, en una sesión informativa de la brigada de ingenieros de la Primera División Blindada se dijo que sus principales misiones serían las "patrullas de presencia". Y el entonces general de división Ricardo S. Sánchez, entonces comandante de esa división, ordenó a uno de sus comandantes de brigada "inundar su zona, llegar allá y ver qué hacer". En una polvorienta tienda de comando frente a un palacio en la Zona Verde en mayo de 2003, agregó: "Su tarea es asegurarse de que se sienta la presencia de los soldados, que no se trata de soldados que pasan a toda carrera".
La falla de este enfoque, observó más tarde el teniente coronel Christopher Holshek, oficial de asuntos civiles, era que después de que la opinión pública iraquí empezara a volcarse contra los estadounidenses y empezara a verlos como invasores, "la presencia de tropas... se convirtió en contraproducente".
La misión norteamericana en Iraq está compuesta en su gran mayoría de unidades de combate regulares, más que de unidades más pequeñas de bajo perfil de Fuerzas Especiales. Y en 2003 la mayoría de los comandantes convencionales hicieron lo que sabían hacer: enviar grandes cantidades de soldados y vehículos a misiones de combate convencionales.
Pocos soldados parecían entender la importancia del orgullo iraquí y la humillación que sentían los iraquíes de verse controlados por un ejército occidental. Las patrullas pedestres en Bagdad eran acogidas, en esa época, con solemnes saludos por los ancianos y gritos por los niños, pero con torvas miradas de mucho jóvenes iraquíes.
Un factor que complicaba la tarea norteamericana eran las dificultades de los oficiales de más alto rango a la hora de entender qué estaba pasando en Iraq. Al principio, el ministro de Defensa Donald H. Rumsfeld quitó importancia al saqueo que siguió a la llegada norteamericana y luego se negó durante meses a admitir que había estallado una resistencia. Un periodista lo presionó un día ese verano: ¿No está usted enfrentando una guerra de guerrillas?
"Creo que la razón por la que no uso la frase ‘guerra de guerrillas' es que no hay ninguna", dio Rumsfeld.
Algunas semanas más tarde, el general de ejército John P. Abizaid sucedió al general Tommy R. Franks como el principal comandante estadounidense en Oriente Medio. Usó su primera rueda de prensa como comandante para despejar la confusión estratégica sobre lo que estaba ocurriendo en Iraq. Los opositores a la presencia norteamericana estaban realizando "una típica campana de guerra de guerrillas", dijo. "Es una guerra, la describas como la describas".
Ese otoño, las tácticas estadounidenses se hicieron más agresivas. Esto fue natural, incluso razonable, como una respuesta a los crecientes ataques contra las fuerzas estadounidenses y una serie de atentados suicidas. Pero también parece haber minado la estrategia a largo plazo del gobierno norteamericano.
"Cuando tienes que hacer frente a una guerra de resistencia, si tienes la estrategia correcta puede implicar que tienes las tácticas erróneas, que eventualmente tendrás que mejorar", dijo el coronel de ejército en retiro Robert Killebrew, un veterano de las Fuerzas Especiales en la Guerra de Vietnam. "Si tienes la estrategia equivocada y las tácticas correctas al principio, podrás refinar las tácticas toda la vida, y sin embargo igual perderás la guerra. Eso es básicamente lo que pasó en Vietnam".
Durante los primeros veinte o más meses de la ocupación norteamericana de Iraq, fue lo que los militares norteamericanos también hicieron allá.
"Lo que estás viendo aquí en una guerra no convencional librada convencionalmente", observó sombríamente un teniente coronel de las Fuerzas Especiales un día en Bagdad cuando se intensificaba la violencia. Las tácticas que estaba utilizando las tropas regulares, agregó, subvertían a veces los objetivos estadounidenses.

Ideas Draconianas Para Interrogatorios
La mañana del 14 de agosto de 2003, el capitán William Ponce, oficial del ‘Comisión de Coordinación de Efectos de Inteligencia Humana' en el más importante cuartel militar en Iraq, envió un memorándum a comandos subordinados preguntando qué técnicas de interrogatorio les gustaría usar.
"Con respecto a los detenidos nos estamos quitando los guantes", les dijo. Su e-mail, y las respuestas que provocó entre miembros de la comunidad de inteligencia del ejército en todo Iraq, son ilustrativas del estado de ánimo de los militares norteamericanos durante ese período.
"Las bajas están aumentando y necesitamos empezar a reunir información para proteger a nuestros soldados de ataques posteriores", escribió Ponce. Les dijo que para el 17 de agosto de 2003 debían entregar su ‘lista de deseos' con respecto a las técnicas de interrogatorio.
Algunas de las respuestas eran entusiastas: Con clínica precisión, un soldado del Regimiento de Caballería Blindada Nº3, recomendó en un e-mail catorce horas después, que los interrogadores aplicaran "bofetadas con la mano abierta a una distancia de no más de 60 centímetros y golpes con el dorso de la mano en el torso a una distancia de 18 pulgadas". También informó que "el miedo a los perros y serpientes parece funcionar bien".
La operación de inteligencia de la Cuarta División de Infantería respondió tres días después con sugerencias de que los prisioneros fueran golpeados con los puños cerrados y sometidos a "descargas eléctricas de alto voltaje".
Pero no todos eran tan optimistas como esas dos unidades. "Necesitamos aspirar profundo y recordar quiénes somos", advirtió un mayor del Batallón de Inteligencia Militar 501, que apoyaba las operaciones de la Primera División Blindada en Iraq. "Se reduce a normas de lo que es correcto o incorrecto, algo que no podemos poner a un lado cuando lo encontramos inconveniente, como tampoco podríamos declarar que aplicaremos la política de no hacer prisioneros y matar a todos los que se rindan simplemente porque encontramos inconveniente hacer prisioneros".
La entrega de personas al sistema de interrogatorios fue un importante elemento de los comandantes estadounidenses para detener a iraquíes. La clave para una inteligencia operacional era definida por muchos como la ejecución de amplias redadas para detener e interrogar a iraquíes. A veces las unidades actuaban sobre la base de delaciones, pero a veces simplemente detenían a todos los hombres capacitados en edad de combate en zonas conocidas por ser anti-norteamericanas.
Estas medidas eran vistas dentro del ejército como una importante historia con final feliz, y así fueron definidas ante periodistas. El problema era que los militares estadounidenses, tras asumir que estarían operando en un ambiente relativamente favorable, no estaban preparados para un esfuerzo tan masivo, que exigía aprehender, detener e interrogar a iraquíes, analizar la información recabada y luego actuar en virtud de ella.
"Cuando los comandantes, a todos los niveles, buscaban inteligencia operacional, se hizo evidente que la estructura de inteligencia carecía de personal, estaba mal equipada y su organización era inapropiada para operaciones de contrainsurgencia", escribió el teniente general Anthony R. Jones en un informe oficial del ejército un año más tarde.
Oficiales de alto rango de la inteligencia norteamericana en Iraq estimaron más tarde que cerca de un 85 por ciento de las decenas de miles de personas detenidas no tenían valor alguno en términos de inteligencia. Pero cuando fueron entregados a la prisión de Abu Ghraib, saturaron el sistema y debían esperar a menudo durante semanas antes de ser interrogados, tiempo durante el cual podían ser reclutados por rebeldes, los que no estaban aislados de la población carcelaria general.
Al improvisar su respuesta a la resistencia, las fuerzas norteamericanas trabajaron arduamente y lograron algunos éxitos. Sin embargo, frecuentemente eran dirigidos por comandantes mal preparados para su misión por una institución que la única lección que aprendió en Vietnam fue no meterse en una guerra contrainsurgente desordenada. El consejo de los que habían estudiado la experiencia americana fue ignorado.
Ese verano, el coronel de la marina retirado Gary Anderson, experto en guerras pequeñas, fue enviado por el Pentágono a Bagdad para prestar asesoría sobre cómo derrotar a la resistencia emergente. Se reunió con Bremer a principios de julio."Señor embajador, aquí tengo algunos programas que funcionaron en Vietnam", dijo Anderson.
Frente a Bremer no se podía decir eso. "¿Vietnam?", estalló Bremer, según Anderson. "¡Vietnam! No quiero hablar sobre Vietnam. Esto no es Vietnam. ¡Esto es Iraq!"
Esta fue uno de los primeros indicios de que los oficiales norteamericanos se negarían obstinadamente a aprender del pasado en su proyecto de gobernar Iraq.
Uno de los textos fundamentales sobre la contrainsurgencia fue escrito en 1964 por David Galula, un teniente coronel del ejército francés que nació en Túnez, presenció la guerra de guerrillas en tres continentes y murió en 1967.
Cuando Estados Unidos declaró la guerra a Iraq, su libro ‘Guerra de guerrillas: Teoría y práctica' era prácticamente desconocido entre los militares, que es una de las razones por la que es posible abrir el texto de Galula al azar y encontrar principios de la contrainsurgencia que la campaña americana había ignorado.
Galula advertía específicamente contra el tipo de operaciones convencionales de gran escala que Estados Unidos lanzó repetidas veces con brigadas y batallones, incluso si insistieron en el encanto de los beneficios a corto plazo en la inteligencia. Insistía en que el poder de fuego debía ser visto de otra manera en las guerras convencionales.
"En una guerra convencional, un soldado atacado que no responda con todas las armas disponibles sería culpable de abandono de su deber", escribió, agregando que "en la guerra de contrainsurgencia el caso sería lo contrario, pues la regla es aplicar un mínimo de fuego".
Los militares norteamericanos adoptaron un enfoque diferente en Iraq. No eran indiscriminados en el uso del poder de fuego, pero tendían a considerarlo bueno, especialmente durante la gran contraofensiva del otoño de 2003 y en las dos batallas de Faluya al año siguiente.
Una razón de esa estrategia diferente fue la desordenada estrategia de los comandantes norteamericanos en Iraq. Como descubrieron los oficiales de asuntos civiles para su consternación, los jefes del ejército tendían a ver a los iraquíes como el campo de juego en el cual se libraba una contienda contra los rebeldes. En la visión de Galula, la gente es la recompensa.
"En la contrainsurgencia, la población es el objetivo, del mismo modo que lo es para el enemigo", escribió.
De esa observación se deriva una modo completamente diferente de tratar a los civiles atrapados en medio de una guerra de guerrillas. "Ya que ganarse la hostilidad de la población no ayuda en nada, es imperativo que las privaciones y acciones imprudentes de parte de las fuerzas sean reducidas a un mínimo", escribió Galula.
Acumulativamente, la ignorancia estadounidense de principios largamente establecidos en la guerra contrainsurgente dificultó a los militares norteamericanos durante 2003 y parte de 2004. En combinación con una política de personal que retiró todas las tropas con experiencia a principio de 2004 y las remplazó por tropas sin experiencia, no es sorprendente que la campaña norteamericana se pareciese a menudo a la de Sísifo, el rey de la leyenda griega que fue condenado a empujar perpetuamente una roca hasta la cima de una colina, sólo para que esta rodara hacia abajo cuando se acercaba a ella.
Una y otra vez, en 2003, 2004, 2005 y 2006, las fuerzas norteamericanas lanzaron importantes nuevas operaciones para afirmar y reafirmar su control en Faluya, en Ramadi, en Samarra, en Mosul.
"Los estudiosos han llegado a la opinión virtualmente unánime de que las fuerzas convencionales a menudo pierden las guerras no convencionales porque carecen de una comprensión conceptual de la guerra que están librando", comentaría en 2004 el teniente coronel Matthew Moten, jefe de historia militar en West Point.
Cuando el mayor Gregory Peterson siguió algunos meses más tarde un curso de elite que forma estrategas militares en la Escuela de Estudios Militares Avanzados en Fort Leavenworth, descubrió que la experiencia norteamericana en Iraq en 2003-2004 era extraordinariamente similar a la guerra francesa en Argelia en los años cincuenta. Las dos implicaron a potencias occidentales ejerciendo soberanía en países árabes, las dos potencias eran rechazadas por un movimiento de resistencia que impugnaban esa soberanía y las dos guerra fueron polémicas en casa.
Más significativamente para el análisis de Peterson, constató que tanto los militares franceses como los norteamericanos estaban espantosamente mal preparados para la tarea que se habían impuesto. "Actualmente, los militares estadounidenses no tienen una doctrina contrainsurgente viable, comprendida por todos los soldados, o enseñada en las academias militares", concluyó.

Casey Implementa una Nueva Táctica
A mediados de 2004, el general George W. Casey Jr. sucedió a Sánchez como el principal comandante americano en Iraq. Uno de los asesores de Casey, Kalev Sepp, observó irónicamente en un estudio que ese otoñó la campaña norteamericana en Iraq estaba violando uno de los principales principios de la contrainsurgencia, que es poner el énfasis en matar a los rebeldes en lugar de ganarse a la población.
Un año más tarde, frustrado por la incapacidad del ejército de cambiar su enfoque para el adiestramiento en Iraq, Casey inició su propia academia en Taji, Iraq, para enseñar contrainsurgencia a oficiales estadounidenses a medida que llegaban al país. Convirtió la asistencia es esos cursos en un pre-requisito para dirigir una unidad en Iraq.
"Finalmente vamos a empezar a hacer lo correcto?", observó el teniente coronel reservista del ejército Joe Rice un día en Iraq a principios de 2006. "Pero ¿es muy poco y demasiado tarde?"
Uno de los pocos comandantes que fueron exitosos en Iraq en ese primer año de la ocupación, el teniente general David Petraeus, convirtió el estudio de contrainsurgencia en un requisito de la Escuela del Comando del Ejército y del Estado Mayor General en Fort Leavenworth.
Para el año académico que terminó el mes pasado, 31 de las 78 monografías de los estudiantes en la Escuela de Estudios Militares Avanzados giraron sobre la contrainsurgencia, en comparación con sólo un par hace dos años.
Y el pequeño y práctico libro de Galula, ‘Guerra de guerrillas: Teoría y práctica', se había convertido en un éxito de ventas en la librería de Leavenworth.

24 de julio de 2006
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verano violento en iraq


[Andy Mosher] El verano más sangriento de la guerra de Iraq.
Bagdad, Iraq. Desde el amanecer hasta el mediodía, la policía iraquí peinó las calles de la capital buscando cadáveres y encontrando decenas de ellos. Residentes de una ciudad norteña que celebraban con una bola de helado el fin de un caluroso día fueron arrasados por un coche bomba. Y la autoridad religiosa más destacada del país dijo que los iraquíes debían resolver sus problemas sólo "con amor y un diálogo pacífico".
El jueves fue uno de los días más tranquilos en una de las semanas más mortíferas, aunque ninguno de los ataques reportados en Iraq reclamó más de 13 vidas. Sin embargo, la violencia religiosa que ha asolado al país desde fines de febrero -y que ha alcanzado nuevas alturas en los últimos dos meses- continuó ardiendo en muchas zonas diferentes, adoptando muchas formas diferentes.
Una vez más la violencia se concentró en Bagdad, donde en la mañana un coche bomba mató a seis personas, incluyendo a tres agentes de policía, en el barrio de Baladiyat; otra bomba al mediodía en el centro de la ciudad, se cobró la vida de tres agentes de policías más y tres civiles; y un tercer estallido en la tarde mató a otros tres agentes y tres civiles más en el barrio chií de Shula al norte de la ciudad, de acuerdo al coronel Sami Hassan, del ministerio del Interior.
Una bomba improvisada en el lado oriente de la ciudad mató a dos personas, dijo. Hassan también dijo que patrullas policiales registraron diferentes zonas de Bagdad buscando cadáveres, que se suele encontrar en las mañanas en las calles de la ciudad. Trabajando desde la salida del sol hasta la una de la tarde, en un calor que excedió los 43 grados Celsius durante la mayor parte del día, encontraron 38 cuerpos. La mayoría de ellos presentaba impactos de bala en la cabeza y pecho, de acuerdo a Hassan.
Entretanto, las fuerzas armadas estadounidenses reconocieron que una campaña conjunta estadounidense-iraquí de reducir la violencia en la capital, no había alcanzado los resultados que se tenía en vista después de algo más de un mes.
Durante los primeros 30 días de la Operación Juntos Hacia Adelante -que destinó 7.200 soldados americanos y 42.500 tropas de seguridad iraquíes para realizar allanamientos, aumentar los puestos de control y otras operaciones-, la cantidad de atentados en Bagdad alcanzó un promedio de 23.7 al día, de acuerdo a cifras dadas a conocer el jueves por los militares. En comparación, el promedio diario de los tres meses anteriores fue de 23.8.
Sin embargo, del 14 hasta el 18 de julio, los cinco días después de que la operación llegara al primer mes, el promedio de ataques aumentó a 34.4.
"De hecho, hubo una pequeña reducción en el nivel de violencia" durante el primer mes, dijo el portavoz militar estadounidense, el general de división William B. Caldwell, en Bagdad, durante una rueda de prensa.
"Hubo de hecho una ligera reducción", dijo Caldwell, "y se estaba haciendo progresos a medida que proseguíamos la operación".
Pero los siguientes cinco días "han sido difíciles", dijo. "No hemos presenciado la reducción en violencia que habíamos esperado en un mundo perfecto, pero hemos tenido algunos éxitos".
Caldwelll señaló que los ataques se han concentrado en cinco zonas de la capital. "Esto contrasta con zonas de Bagdad que están viviendo en relativa paz. Cientos de miles de bagdadíes llevan vidas normales todos los días, sin los ataques violentos contra civiles que se observan en la mayoría de las áreas problemáticas", dijo.
En Iraq, el número de iraquíes inscritos como refugiados ha aumentado en 30 mil personas desde principios de julio, de acuerdo al ministerio de Migración de Iraq. Se ha registrado un total de 162 mil refugiados en el ministerio desde el 22 de abril, cuando el atentado contra un santuario chií en la norteña ciudad de Samarra desencadenara la actual fase de intensa violencia religiosa.
"Creemos que es un signo peligroso", dijo a la agencia de noticias Reuter el portavoz del ministerio Sattar Nowruz.
El norte de Iraq fue el escenario de dos macabros atentados el jueves.
En Tikrit, a unos 145 kilómetros de Bagdad, se había reunido una muchedumbre en torno a un coche que contenía un cadáver cuando estalló una bomba, matando a 13 personas, entre ellos a tres agentes de policía, de acuerdo al capitán de policía Ahmed al-Qaisi.
Y en Kirkuk, a 260 kilómetros al norte de la capital, un coche bomba explotó cuando pasaba una patrulla policial frente a Ishtar, una de las heladerías más reputadas de la ciudad. La explosión, que mató a siete personas e hirió a 18, ocurrió a las 8:10 horas, dijo el coronel de policía Taha Salah al-Din. La mayoría de las bajas fueron civiles que disfrutaban de un helado al final de un tórrido día.
La implacable violencia ha provocado llamados a la paz esta semana desde una amplia gama de líderes iraquíes, estadounidenses e internacionales. El jueves, el gran ayatollah Ali Sistani, el clérigo chií que convoca al grupo más grande seguidores de Iraq, llamó a los iraquíes a "tomar conciencia del peligro que amenaza al futuro del país para luchar hombro a hombro para evitarlo".
En una declaración emitida por su oficina en la ciudad santa de Nayaf, el retirado Sistani dijo que el derramamiento de sangre podía terminar sólo "abandonando el odio y la violencia y reemplazándolos con amor y un diálogo pacífico para resolver todos los problemas y diferencias".

Naseer Mehdawi, Naseer Nouri y Saad al-Izzi contribuyeron a este reportaje.

22 de julio de 2006
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matanza entre vecinos


[Joshua Partlow y Naseer Nouri] En todo Bagdad, la violencia provoca la huida de sus habitantes o el encierro en casa.
Bagdad, Iraq. Cuando ya no pudo vivir en su casa, cuando mataron a sus vecinos en la calle, una madre de siete niños dijo adiós a sus hijos adolescentes y se internó a pie en la letal noche bagdadí.
Haciendo caso omiso del toque de queda en la ciudad, la mujer, conocida como Um Mustafá, cogió a sus dos hijos más pequeños y caminó los ocho kilómetros de calles secundarias de barrios bajos urbanos iluminados sólo por la luna, hasta el campo de refugiados que se ha convertido en su nuevo hogar.
En un terreno de tierra endurecida y hierbas rasposas, se encuentran ahora treinta familias viviendo en las verdes tiendas del campamento, sobreviviendo con raciones de arroz y tomates, y observando cómo la violencia se traga gran parte de la ciudad.
"Dejé a mis niños en al-Jihad porque no quisieron salir de su casa. Me dijeron: ‘Nunca dejaremos nuestra casa. Lucharemos por ella'", dijo Um Mustafá, demasiado aterrorizada como para dar su nombre completo, parada frente a su tienda. "Me escapé cuando empezaron los tiroteos. Salimos con la ropa que teníamos puesta".
"Los vecinos se están matando entre sí", dijo. "Ya no confiamos en nadie".
Después de más de una semana de algunos de los incidentes más violentos de la guerra, Bagdad es un esqueleto de ciudad: Muchas de sus tiendas están cerradas con postigos, y las calles desiertas.
La violencia estalló el 9 de julio cuando milicianos chiíes musulmanes irrumpieron en el barrio de al-Jihad y mataron a decenas de árabes sunníes. Para el viernes, el sexto día, el número de bajas en Bagdad llegó a 628 personas, de acuerdo al general de brigada Mahmoud Nima, del ministerio del Interior, citando una cifra que excede de lejos las cifras propuestas previamente por boletines de prensa.
En grandes expansiones de territorio al sur y oeste del río Tigris -en los barrios de Bagdad como al-Jihad, Amiriyah, Ghazaliyah y Dora-, los vecinos que no han huido pasan sus días prácticamente encerrados entre puestos de control militar y los enfrentamientos callejeros entre vecinos y milicianos itinerantes.
Al norte, en la barriada chií de Ciudad Sáder, al menos tres estallidos de bombas han causado el derrumbe de edificios y quemado tiendas y coches.
En los barrios relativamente más seguros de Bagdad central -Karrada y Karadat Maryam-, el tráfico bajó en las calles comerciales y en las aceras los vendedores vendían bolsas de patatas fritas y pilas de sandías. Pero había indicios de que la violencia también ha afectado a esos barrios.
En su tienda de ropa de Karrada, Sarmed Fadhil estaba colgando hileras de trajes, pero había piezas del invierno pasado.
El envío este verano de quinientos trajes europeos y dos mil camisas espera indefinidamente fuera de Iraq, ya pagado pero sin ninguna posibilidad de ser vendido.
"El mercado está totalmente congelado", dice Fadhil, con el sudor goteando sobre sus cejas, en la sala de ventas desierta. "La mayoría de nuestros clientes se han marchado del país".
Incluso en las áreas más seguras de Bagdad, nadie es inmune a ataques esporádicos. La semana pasada dos terroristas suicidas mataron a 16 personas a 200 metros de las entradas de civiles a la Zona Verde fortificada donde está instalado el gobierno estadounidense.
Para los iraquíes más ricos, quizás el terreno más apreciado está dentro del Aeropuerto Internacional de Bagdad, la última parada antes de dejar el país. El fin de semana pasado las aerolíneas han agregado vuelos extras hacia Amán, Jordania, para acoger el éxodo.
Huzaa Khadam Hamdan, 38, y su hermana, que trabaja en la Organización Nacional de Mujeres Iraquíes, decidieron huir cuando, el mes pasado, mataran al director de la organización y quemaran la oficina. Las hermanas dijeron que habían recibido amenazas de muerte de hombres que creen que son miembros de una milicia chií.
"Nos llamaron putas", dijo. "Nos dijeron que hacíamos pecar a los hombres".
La semana pasada se refugiaron en la casa de un miembro del parlamento, pidieron dinero prestado para pagar los billetes de avión y esperaron en el aeropuerto con dos maletas de ropa y raciones de arroz antes de abordar uno hacia Jordania. Por primera vez en sus vidas, las dos mujeres sunníes se pusieron pañuelos de cabeza para hacer el trayecto hasta el aeropuerto, para ocultar su identidad.
"Creedme, estoy en el aeropuerto, y todavía tengo miedo", dice Hamdan. "No volveremos nunca. Si volvemos, nos matarán".
Aunque los insurgentes árabes sunníes han instigado meses de violencia, las milicias chiíes, tales como el poderoso Ejército Mahdi han sido acusadas la semana pasada de orquestar decenas de brutales ataques.
Miembros del Ejército Mahdi, controlado por el clérigo chií Moqtada al-Sáder, han negado repetidas veces haber participado en las matanzas en Bagdad en la última semana, sugiriendo en cambio que se trata de elementos rebeldes de la milicia, que operan sin órdenes oficiales.
Al este del aeropuerto, la comuna de Dora estuvo a la altura de su reputación como uno de los barrios más peligrosos de la ciudad. Al menos 245 personas murieron allá durante la semana pasada, según la policía. Tropas estadounidenses y agentes de la policía iraquí en Dora se enfrentaron el jueves tarde con rebeldes en los alrededores de la mezquita al-Rumi.
Desde dentro de su casa, un vecino chií miraba desde su ventana la desarrapada colección de milicianos amenazando la calle: hombres sin camisa disparando ametralladoras, milicianos en chándal negro acarreando lanzagranadas. Sus hijos lloraban al oír el repiqueteo de las balas, incapaz de dormirse en sus camas. La policía iraquí formó un cordón en torno a su casa, encerrando a su familia dentro y dejando a otros familiares, que querían entrar a casa, fuera.
"Ahora nos escondemos en la casa", dijo el vecino chií, que habló a condición de conservar el anonimato por razones de seguridad. "Para nosotros es difícil salir de compras. Hay un tendero cuyas únicas verduras llegaron hace tres días, y la gente está comprando cualquier cosa".
Sin electricidad en el barrio por ya cinco días y graves cortes en el gas de cocina, algunos vecinos calientan su comida en fogatas de leña. Durante la violencia de la semana pasada, las posesiones materiales perdieron algo de su significado: La gente vendía sus muebles para comprar rifles de asalto AK-47 y municiones, dijo uno de los vecinos, Amar al-Jubouri.
Jubouri, un sunní de 40 años, dijo que la policía está colaborando con las milicias y que hay una recompensa de 1.200 dólares por la cabeza de cualquier sunní con su apellido. Cuando pasó por un puesto de control esta semana, alcanzó a oír a los agentes decir: "Limpia tus pecados y obtén el perdón con la sangre de un sunní".
El conflicto ha convertido a algunos vecinos en asesinos. Rashid al-Jubouri, vecino de Dora, dijo que se unió a la pelea esta semana para defenderse a sí mismo y ayudó a capturar a dos milicianos después de un allanamiento en el que los milicianos ejecutaron a siete jóvenes del barrio.
"Los colgaron de las farolas, había huellas de tortura en sus cuerpos, de torturas con taladros, y estaban quemados con ácido", dijo. "Así que cuando capturamos a esos dos y los interrogamos, también los ejecutamos y los colgamos de las mismas farolas".
Ese espíritu vigilante se ha apoderado de barrios sunníes como Amiriyah y Ghazaliyah. Líderes religiosos visitaron casas la semana pasada para reclutar hombres e integrarlos a grupos de defensa del barrio, mientras las mezquitas dan la voz de alarma toda vez que se aproximan hombres armados.
Amar al-Zobaie, vecino de Ghazaliyah, dijo que los milicianos transmiten sus propias ideas con megáfonos, y gritando cuando pasan por el barrio: "¡Sáder, todos somos vuestros soldados!"
El jueves noches, hombres armados repartieron octavillas en calle, dirigidas a "la escoria de Ghazaliyah", dando a los sunníes 72 horas para abandonar el barrio.
"De otro modo, vuestro destino será la muerte y el destino de todos aquellos que subestimen este aviso, y las balas de los rifles de hombres caballerosos se incrustarán en las cabezas y pechos de aquellos que apoyan al mal y se dan la mano con el demonio", dice la octavilla.
Al día siguiente, grupos sunníes repartieron sus propios avisos. Una octavilla, que colgaba de la pared de la mezquita de al-Abbas en Amiriyah, decía a los niños que no comprasen caramelos o juguetes a los chiíes e instruían a sus padres a acumular armas, dejar los barrios mixtos sunníes-chiíes o salir de Bagdad.
Arriba de la octavilla, arriba de la lista de instrucciones, la octavilla decía: "¿Qué vamos a hacer cuando empiece la guerra civil?"

Ellen Knickmeyer y Saad al-Izzi y Bassam Sebti contribuyeron a este reportaje.

19 de julio de 2006
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violencia y venganzas en bagdad


[Joshua Partlow y Saad al-Izzi] Decenas de sunníes asesinados en Bagdad. Residentes aparecen con signos de tortura.
Bagdad, Iraq. La mortífera ola de violencia que empezó el domingo por la mañana en un barrio árabe sunní continuó en toda la capital hasta el lunes, incluyendo atentados con coches bomba contra de patrullas policiales y la emboscada de un bus de pasajeros por hombres armados.
Más de cincuenta personas fueron asesinadas el domingo cuando milicianos chiíes atacaron el barrio de al-Jihad poco después de la salida del sol, dijeron los vecinos, instalando puestos de control, exigiendo carnés de identidad e irrumpiendo en casas para secuestrar a vecinos sunníes y matarlos. Los cuerpos, algunos de los cuales fueron torturados, fueron dejados en las calles, dijeron testigos y funcionarios iraquíes.
Decenas de personas más fueron asesinadas el domingo y lunes en una constante corriente de atentados con bomba y ataques armados, provocando que el primer ministro iraquí Nuri al-Maliki suplicara a sus electores que se "unieran como hermanos".
"Nuestro destino es trabajar juntos fraternalmente para derrotar al terrorismo y a la resistencia", dijo Maliki, un chií, al parlamento regional kurdo en el norte de Iraq, de acuerdo a Reuters. "No tenemos otra opción que derrotar a los que quieren que volvamos a los días negros".
Sin embargo, mientras hablaba aumentaba el número de bajas. Once civiles y tres agentes de policía fueron asesinados en tres diferentes atentados con coches bomba en Bagdad, incluyendo dos que detonaron en el mísero barrio chií de Ciudad Sáder, dijo el coronel Sami Jasim, del ministerio del Interior. Cuatro personas fueron matadas a balazos en un bus de cercanías en el barrio de Amriya, de Bagdad, informó Reuters, y otras tres -incluyendo a una mujer- fueron ultimadas cerca de ahí. Tres personas fueron asesinadas y ocho quedaron heridas al estallar un coche bomba frente a las oficinas de partido PUK kurdo en Kirkuk, de acuerdo a la agencia de noticias.
En el barrio étnicamente mixto de Duda al sur de Bagdad, la policía encontró los cuerpos de seis personas no identificadas que fueron matadas de balazos en la cabeza y el pecho. Hombres armados atacaron a los guardaespaldas de un juez en Bagdad, matando a dos e hiriendo a tres, dijo Reuters, y mataron a un miembro del gobierno regional de la provincia de Diyala después de atacar su séquito de automóviles.
La racha de asesinatos empezó el día en que los militares estadounidenses anunciaron cargos contra cinco soldados en el caso de violación y asesinato de una niña y del asesinato de tres miembros de su familia en la ciudad de Mahmudiyah en el sur de Iraq.
Políticos sunníes describieron los ataques como las olas de asesinatos más mortíferas tras la invasión estadounidense de 2003. Dicen que el derramamiento de sangre exacerba gravemente los problemas en Bagdad, donde ocurren asesinatos casi todos los días, y acusan a la policía iraquí de colaborar con los milicianos chiíes en la violencia.
"Este es un nuevo paso. Se ha cruzado una línea roja", dijo Alaa Makky, un miembro sunní del parlamento. "Han matado a gente en la calle; ahora los están matando en sus casas".
Un vecino del barrio, Hazim al-Rawi, dijo que reunió a su familia y huyó del lugar después de ver quince cadáveres frente a su casa.
"Algunos de ellos fueron torturados con taladros", dijo Rawi sobre los cadáveres. "Algunos de ellos fueron colgados de cuerdas".
Horas después de los ataques, los atacantes volvieron a golpear, haciendo detonar dos coches bomba cerca de una mezquita chií. Al menos doce personas resultaron muertas, incluyendo cinco agentes de policía, y 18 resultaron heridas, de acuerdo al teniente coronel Memduh Abdulla, del distrito policial de Rusafa. La Associated Press informó sobre la muerte de 17 personas; 38 resultaron heridas.
"Hemos dicho varias veces que hay gente que quiere provocar una guerra civil", dijo en el canal de televisión al-Jazira el asesor del presidente iraquí Jalal Talabani, Wafiq al-Samarrae. "Hoy, este país está al borde de la guerra civil, no de una guerra religiosa".
Los asesinatos religiosos han escalado agudamente en todo Iraq desde que una bomba destruyera un venerado santuario chií de cúpula dorada en Samarra el 22 de febrero. Ese atentado provocó ataques en venganza contra mezquitas sunníes y empujó todavía más al país hacia una guerra civil declarada.
El domingo la policía recogió 57 cuerpos en el barrio de al-Jihad, de acuerdo a Ali Hussein, un comando del ministerio del Interior que transportó los cadáveres al Hospital Yarmouk, de Bagdad. Dijo que también murieron tres agentes de policía del ministerio del Interior. El general Saad Mohammed al-Tamini, del ministerio del Interior, confirmó la muerte de más de cincuenta personas.
Pero un portavoz de los militares estadounidenses dijo que la policía nacional iraquí y soldados norteamericanos encontraron once iraquíes muertos en tres sitios diferentes en el barrio. Los informes de bajas más altas "no coinciden con nuestros hallazgos", dijo el teniente coronel Jonathan Withington.
Algunos de los cuerpos en las calles yacían esposados, agujereados con impactos de bala, y otros habían sido torturados con pernos y clavos, dijeron testigos.
Funcionarios iraquíes y vecinos de los barrios identificaron a los pistoleros que irrumpieron en los barrios como miembros del Ejército Mahdi, la poderosa milicia controlada por el clérigo radical chií Moqtada al-Sáder. En los últimos tres días, tropas iraquíes con el respaldo de fuerzas de la coalición norteamericana han allanado casas de milicianos y detenido a algunos de sus cabecillas.
Comandantes estadounidenses y diplomáticos dicen que Sáder y su milicia constituyen una de las amenazas más serias a la seguridad de Iraq. Hace dos años, fuerzas estadounidenses lucharon contra milicianos del Ejército Mahdi en Bagdad y en la sureña ciudad de Nayaf. Sáder también ejerce una considerable influencia sobre el sistema político, y tiene lazos con más de treinta miembros del parlamento y varios ministros de gabinete.
El domingo el vice primer ministro de Iraq, Salam al-Zobaie, acusó a los ministerios del Interior y Defensa de trabajar con las milicias para cometer esas matanzas.
"Los ministerios del Interior y de Defensa están infiltrados, y hay funcionarios implicados que dirigen las brigadas", dijo Zobaie en una entrevista en al-Jazira. "Lo que está ocurriendo ahora es una terrible masacre".
Tras los asesinatos, Sáder llamó a la calma pero criticó lo que llamó una "conspiración occidental" que fomenta "la guerra civil y religiosa entre hermanos".
"Iraq atraviesa por un fase crítica y un empeoramiento de la situación de seguridad a pesar de la presencia de un gobierno independiente", dijo Sáder en una declaración. "Llamo a todas las partes, tanto oficiales como populares, a controlarse mejor, y a asumir sus responsabilidades ante Dios y la sociedad".
Otros funcionarios de la organización Sáder condenaron los asesinatos en al-Jihad y negaron que el Ejército Madhi estuviera implicado.
"Lamentamos las declaraciones hechas por algunos sunníes, que dijeron que el Ejército Mahdi había realizado el allanamiento de Jihad y matado a gente inocente allá", dijo Riyadh al-Nouri, un importante ayudante de Sáder y su cuñado. "Si el Ejército Mahdi quisiera entrar en un conflicto, Iraq se convertiría en un baño de sangre".
En al-Jihad, un barrio de predominancia sunní a lo largo de la carretera hacia el Aeropuerto Internacional de Bagdad, policías en camiones blancos patrullaban las calles. Los combatientes se reunían en las calles, con lanzacohetes y cinturones de municiones de ametralladoras mientras los helicópteros sobrevolaban la zona. Un cálido viento barría el barrio, dispersando en el aire nubarrones de humo negro que se elevaban de llantas ardiendo.
Más tarde el gobierno iraquí impuso un toque de queda diurno en el barrio, y altavoces de la mezquita emitía advertencias de que los residentes debían huir o, de otro modo, serían matados.
Hayider Hussein, un vecino, dijo que frente a su casa había milicianos dando vueltas en torno a un minibús en el que se podían ver los cuerpos del chofer y de una docena de pasajeros.
"Los mataron disparándoles a la cabeza", dijo.
Ali Muhsin, 58, un jubilado que vive en el barrio, dijo que vio tres coches con hombres armados cerca de su casa que empezaron a disparar a la gente. Había cuatro cuerpos en el suelo a unos cien metros de su puerta y vio otros cuatro personas muertas ultimadas en un mercado de verduras cercano, dijo.
Muhsin dijo que vio a los pistoleros descender de un sedán, sacar dos cuerpos del maletero "y arrojarlos en la calle".
Vecinos dijeron que los ataques fueron gatillados por un atentado con coche bomba contra la mezquita chií de al-Zahra la noche del sábado, ampliando la persecución puerta a puerta de sunníes por chiíes.
Frente a la morgue del Hospital Yarmouk, una angustiada mujer con un pañuelo rojo buscaba a su hermano extraviado. A las siete de la mañana, dijo, un grupo de pistoleros vestidos de negro irrumpieron en su casa y preguntaron el nombre tribal de la familia. Cuando su hermano respondió "Jubour", uno de los pistoleros dijo: "Entonces sois definitivamente sunníes".
"Juro por Hussein juro por Alí, que todos somos chiíes", suplicó su hermano Muzahim Salman, refiriéndose a los familiares del profeta Mahoma que son venerados por los chiíes.
Los pistoleros encerraron a la mujer, que se negó a proporcionar su nombre completo, y a su madre en un cuarto antes de secuestrar a su hermano. Media hora más tarde, dijo, llamó al celular de su hermano.
"El hombre que respondió me dijo: ‘Somos el Ejército Mahdi. Matamos a su hermano. Vaya a la morgue y recoja su cuerpo'".

Bassam Sebti, K.I. Ibrahim y Naseer Nouri en Bagdad, Saad Sarhan en Nayaf, y Debbi Wilgoren en Washington contribuyeron a este reportaje.

11 de julio de 2006
©washington post
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