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disminuye violencia en bagdad


[Robert H. Reid] Pero nadie sabe cuánto durará.
Bagdad, Iraq. Los ataques con proyectiles y morteros han descendido a su nivel más bajo en casi dos años. Las bajas civiles se han reducido drásticamente desde el verano. Los bagdadíes están volviendo a salir a la calle, incluso en los barrios más peligrosos de Bagdad.
La capital iraquí no es de ningún modo segura. Pero la tendencia hacia una mejor situación de seguridad es innegable.
En breve, los traumatizados vecinos de esta enorme ciudad están viviendo su primera situación de normalidad después de años de atentados con bomba, secuestros y carnicería generalizada. Funcionarios iraquíes se muestran optimistas en cuanto a la reapertura de las calles y a levantar gradualmente el toque de queda nocturno para estimular la confianza del público.
"El sonido de una explosión se ha convertido en algo raro y extraordinario. Antes era normal", dijo Mohammed Mghamish, 41, padres de seis hijos en el bastión chií de Ciudad Sáder. "Ya no me preocupo como antes".
Las interrogantes ahora son: ¿Qué ha causado la reducción de la violencia? ¿Y cuánto durará?
Un elemento que preocupa es que el mejoramiento en la situación de seguridad no se ha derivado de ningún acuerdo político entre chiíes y sunníes. Los jefes militares norteamericanos todavía se muestran reticentes a proclamar la victoria contra los extremistas sunníes y chiíes en la ciudad, y grupos armados como al-Qaeda en Iraq, aunque debilitados, no han sido destruidos todavía.
Mucha gente en Bagdad todavía teme aventurarse más allá de sus propios vecindarios. Otros temen la influencia de partidos religiosos conservadores que se han hecho con más poder.
"Las cosas están mejorando, pero para las mujeres la situación es la misma", dijo Hiba Hussein, 30, una abogada sunní al norte de Bagdad. "Me vi obligada a llevar un pañuelo de cabeza debido a las actitudes islámicas en la calle. Las mujeres hemos perdido nuestra libertad".
Todo esto define el panorama emergente en Iraq: un país que es menos violento que hace un año, pero que está todavía lejos del ideal democrático que había diseñado Estados Unidos.
Sin embargo, la calma de hoy -y el enorme mejoramiento- está lejos del terror que asoló esta ciudad de seis millones de habitantes hace un año, cuando el país cayó en una guerra civil sin cuartel.
Entonces, grupos armados de pistoleros chiíes y sunníes recorrían las calles, capturando a personas en puestos de control ilegales y arrojando sus cuerpos a las calles por decenas.
El sonido de los coches-bomba, el fuego de proyectiles y morteros resonaban en las calles. Los iraquíes, encerrados en sus casas, se volvieron hacia los extremistas sunníes y chiíes en busca de protección. Cientos de miles huyeron después de limpiezas étnicas.
El 2 de diciembre pasado murieron de forma violenta 2.172 iraquíes, de acuerdo a cifras reunidas por la Associated Press, la mayoría en Bagdad. Pero después de un remonte en junio, en Bagdad la violencia comenzó a amainar. En agosto, las bajas civiles a nivel nacional fueron 1.791, de acuerdo a cifras de la AP, y cayeron a 878 en septiembre y 750 en octubre.
Hasta el domingo, en noviembre habían muerto 189 civiles.
Las bajas militares norteamericanas también están descendiendo, aunque 2007 ha sido para las fuerzas armadas norteamericanas el año más mortífero de la guerra. Después de tempranos aumentos, las bajas han caído firmemente de 101 en junio a 65 en septiembre y 39 en octubre. Hasta este lunes, este mes menos han muerto al menos dieciséis militares norteamericanos.
Además, las fuerzas armadas norteamericanas dicen que los ataques con proyectiles y morteros a nivel nacional han caído a su nivel más bajo desde febrero de 2006. En Bagdad, esos ataques se elevaron a 139 en enero a 224 en junio, y cayeron a 53 el mes pasado.
"Creo que hemos dado vuelta una página", dijo el lunes a la AP el general Richard Cody, del estado mayor. "Estas cosas toman tiempo... Tenemos que armarnos de paciencia... Ciertamente el enemigo tiene paciencia. Tenemos que tener paciencia".
Las razones que explican esta reducción de la violencia no están tan claras.
Los comandantes norteamericanos mencionan el refuerzo de casi treinta mil tropas enviadas por el presidente Bush antes este año. También mencionan un cambio de táctica, la movilización de más tropas hacia los barrios para impedir que regresen los extremistas.
"El refuerzo nos dio poder de fuego para salir a atacar al enemigo", dijo el general Rick Lynch, comandante de las tropas norteamericanas en el borde sur de Bagdad. "Hemos negado a los enemigos esos refugios, y no podríamos haberlo hecho sin los refuerzos".
Pero el éxito del refuerzo se debió también a una revuelta contra al-Qaeda de parte de algunos árabes sunníes -primero en la provincia de Anbar y luego en Bagdad. Temiendo las brutales tácticas de al-Qaeda, muchos combatientes de grupos insurgentes rivales, tales como el Ejército Islámico, empezaron a cooperar con las fuerzas norteamericanas para expulsar a los extremistas de sus barrios y pueblos.
Además, muchos sunníes llegaron a creer que, a largo plazo, los partidos religiosos chiíes representaban un mayor peligro para los intereses sunníes que las fuerzas norteamericanas. En parte, ese cálculo lo imponían los hechos: el año pasado, las milicias chiíes expulsaron a miles de sunníes de sus casas, a menudo con el apoyo tácito de fuerzas gubernamentales chiíes.
Al mismo tiempo, los chiíes empezaron a cambiar de opinión con respecto al Ejército Mahdi. Esos hombres armados comenzaron a ser vistos menos como protectores que como matones cuyas actividades criminales atraían ataques norteamericanos. Eso llevó al jefe de la milicia más importante, Muqtada al-Sáder a ordenar en agosto una retirada de seis meses.
Los jefes militares norteamericanos se apresuraron a utilizar los cambios, organizando a unos setenta mil combatientes sunníes en grupos vigilantes en los barrios y luego trabajando para integrarlos en las filas de las fuerzas oficiales.
"Ahora los ex insurgentes se encargan de la seguridad", dijo Amir Mohammed, 47, un comerciante sunní al oeste de Bagdad, en el barrio de Amariyah. "Las tiendas abren hasta tarde en la noche. Las condiciones de vida de la gente en ese área han mejorado".
Sin embargo, el gobierno chií se muestra receloso a la hora de incorporar a sus antiguos enemigos en la policía y el ejército, por temor a que los sunníes se vuelvan nuevamente contra él una vez se hayan marchado las tropas norteamericanas.
La desconfianza entre sunníes y chiíes es profunda, y superarla tomará años, si acaso.
Ahmed Kamil, 40, un maestro de Azamiyah, antiguamente un bastión insurgente sunní, define esos temores persistentes.
"La gente de Azamiyah fue considerada responsable de los asesinatos sectarios cometidos por los pistoleros en su área", dijo Kamil. "Eso por eso que no me siento seguro al salir de mi área, simplemente porque vengo de Azamiyah".

Bushra Juhi contribuyó a este reportaje.

18 de noviembre de 2007
©fwdailynews

©traducción mQh
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mortífera rivalidad entre rebeldes


[Ned Parker] En Samarra, el Ejército Islámico inicia una batalla sin cuartel con un grupo de al-Qaeda en Iraq.
Bagdad, Iraq. El ofrecimiento era simple. El Ejército Islámico debía entregar sus armas a un grupo insurgente sunní rival dirigido por al-Qaeda en Iraq. Tenía una semana para rendirse.
La fecha límite llegó y entonces empezó la guerra en Samarra.
Abu Ibrahim, miembro del Ejército Islámico, recuerda el fatídico encuentro en noviembre, y las recriminaciones entre su grupo y el grupo paraguas Estado Islámico de Iraq, que puso fin a años de colaboración en una ciudad que los norteamericanos han sido incapaces de domeñar.
"Después de esa semana, nos dijeron que nos matarían porque, como dicen ellos, o estás con ellos, o contra ellos", dijo Abu Ibrahim el sábado.
Desde entonces han muerto decenas de hombres en los enfrentamientos entre sunníes en Samarra, la ciudad a 120 kilómetros al norte de Bagdad donde hace casi dos años insurgentes sunníes hicieron volar un venerado santuario chií, intensificando la guerra civil.
El viernes, dijo Abu Ibrahim, los dos lados sostuvieron su más cruenta batalla hasta el momento en un distrito a dieciséis kilómetros al sudeste de Samarra. La batalla de tres horas terminó con dieciocho combatientes de al-Qaeda muertos, incluyendo a su líder local, dijo.
Abu Ibrahim dijo que su grupo capturó a dieciséis combatientes y los trasladó a cárceles secretas del Ejército Islámico. En la refriega perdió a cinco de sus hombres, dijo.
La guerra entre los dos grupos sunníes, ambos dedicados al asesinato de norteamericanos, se inscribe en una tendencia más amplia de una revuelta sunní contra grupos asociados a al-Qaeda en Iraq.
Pero el conflicto en Samarra tiene menos que ver con la guerra norteamericana que con los feudos y luchas por el poder entre sunníes. También muestra que a medida que los grupos rompen con al-Qaeda en Iraq, los civiles siguen estando a merced de pistoleros.
Desde ese encuentro en septiembre, el conflicto entre facciones ha empeorado la pesadilla en Samarra. También hay una tercera parte en el batido: la controvertida policía nacional iraquí, un cuerpo que ha sido acusado frecuentemente de exceso de violencia. Su rama de Samarra está bajo el mando de Rashid Flaih Mohammed, un general chií que fue removido de una posición similar en Bagdad en el otoño de 2006 en medio de acusaciones de que sus tropas habían participado en ataques sectarios.
Una serie de asesinatos y secuestros cometidos por los dos grupos insurgentes ha convertido a Samarra en un campo minado.
"Siempre es triste ver a los hijos de nuestra ciudad luchar entre ellos ", dijo Iyad Awad, 28, maquinista. "El asesino y la víctima son de la ciudad".
Después de la invasión de 2003, algunos sunníes de la región de Samarra, muchos de ellos jóvenes desempleados, se unieron a al-Qaeda en Iraq, mientras la vieja guardia de veteranos de seguridad y de las fuerzas armadas optaron por el Ejército Islámico.
Al principio al-Qaeda en Iraq fue capaz de reclutar combatientes debido a que tenía dinero para contratar a fabricantes de bombas, pistoleros y matones. Pero ya en 2004 la gente se había desilusionado con el grupo debido a su política de asesinar a iraquíes acusados de colaborar con los norteamericanos. La violencia destrozó a las tribus e introdujo la discordia en las familias.
El Ejército Islámico reclama como sus bastiones el centro de Samarra y la comuna de Mutasim Nahia, a unos 25 kilómetros al sur, que recuperó de la facción rival a fines del mes pasado. Los combatientes asociados a al-Qaeda en Iraq están todavía atrincherados en los márgenes orientales de la ciudad, pero el Ejército Islámico ha estado atacando su territorio.
Algunas ramas del Ejército Islámico en otras áreas ha cerrado acuerdos para combatir contra sus rivales en unidades paramilitares financiadas por Estados Unidos -en las llamadas unidades de ciudadanos preocupados-, pero los combatientes de Samarra todavía no han llegado a ese punto.
"Nuestro objetivo es atacar a los invasores y sacarlos del país", dijo Abu Ibrahim. Sin embargo, el Ejército Islámico, preocupado por sus rivales sunníes, prácticamente ha parado esos ataques.
Entretanto, la ciudad sigue estando bajo toque de queda después de la puesta del sol y está acordonada, a excepción de su entrada por el sur.
"Después de todo lo que está pasando en la ciudad, queremos preguntar a las fuerzas norteamericanas, a las fuerzas iraquíes y a los hombres armados, ¿cuáles son sus objetivos? ¿Por qué le están haciendo esto a la ciudad?", dijo el maestro Hamid Abdul. Dijo que los grupos armados usan las casas para disparar contra blancos del gobierno y luego escapan, exponiendo a los vecinos cuando la policía retorna el fuego.
La fuerza policial nacional ha indicado que seguirá con su campaña contra todos los grupos sunníes armados, independientemente de si han renunciado o no a al-Qaeda en Iraq.
"No hacemos diferencias entre el Ejército Islámico y al-Qaeda. Para nosotros, todos ellos son delincuentes", dijo un agente.
Al este de Bagdad, una bomba colocada junto a un minibús en un barrio chií mató a dos personas y dejó a otras siete heridas. También en la capital, un chií que conducía su vehículo por el barrio sunní de Adil fue mortalmente herido, dijo la policía.
Un soldado norteamericano murió y tres resultaron heridos el viernes en un atentado con bomba en la norteña provincia de Diyala, informaron los militares el sábado. Desde que empezó la guerra en 2003, han muerto al menos 3.860 militares norteamericanos, según cifras de icasualties.org
Una explosión dañó un oleoducto cerca de Kirkuk, la ciudad al norte del país, donde se han reanudado los envíos a Turquía, dijo un funcionario de seguridad. Dijo que el atentado no impediría el flujo de petróleo.

ned.parker@latimes.com

Saif Rashid, Said Rifai y Raheem Salman contribuyeron a este informe.

14 de noviembre de 2007
11 de noviembre de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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refugiados internos iraquíes

[Doug Smith y Ned Parker] Dos millones 300 mil iraquíes desplazados. Cifras de Medialuna Roja pueden no reflejar cambios actuales.
Bagdad, Iraq. La población desplazada de Iraq ha aumentado a 2.3 millones de personas, declaró el lunes la Sociedad de la Medialuna Roja tras un aviso de otra organización de ayuda humanitaria de que las tensiones fronterizas están exacerbando las penurias de aquellos que huyeron hacia el norte para escapar de la violencia sectaria.
El informe de la Medialuna Roja dice que 67 mil familias más abandonaron sus hogares en septiembre, continuando un esquema que ha más que quintuplicado el número de personas desplazadas este año.
Casi dos tercios del total son menores de doce años, dijo la Medialuna Roja.
En un informe relacionado, la Organización Internacional para las Migraciones dijo que el bombardeo contra los separatistas kurdos en el norte de Iraq y en la frontera iraní había empujado a los refugiados hacia ciudades cercanas, haciendo subir los alquileres y provocando desalojos y un aumento en la prostitución forzada, dice el informe. La organización de la migración con sede en Suiza distribuyó el lunes el informe después de una sesión informativa sobre este en Suiza la semana pasada.
Unas mil familias, la mayoría de ellas cristianas y musulmanes sunníes, huyeron de la frontera con Irán como consecuencia de los bombardeos que terminaron el mes pasado, dijo Dana Graber Ladek, especialista en la problemática de los refugiados internos de Iraq. Ha vuelto casi la mitad, dijo Graber Ladek said.
Un pequeño número ha huido de la frontera con Turquía, pero una amenaza de ofensiva turca al otro lado de la frontera contra el Partido de los Trabajadores del Kurdistán, o PKK, podría provocar que otras dos mil a diez mil familias deban dejar la región, declaró la organización para las migraciones.
Menos del uno por ciento de los desplazados ocupan campamentos de tiendas, dice el grupo. Cerca del 58 por ciento viven en casas alquiladas, dieciocho por ciento con familiares y 24 por ciento en viviendas sociales, informó la organización para las migraciones.
Los desplazados causan un severo drenaje de los recursos públicos y hacen frente a tiempos difíciles, como el desempleo, pobres cuidados médicos y educación inadecuada. Esta semana el parlamento iraquí votó un proyecto para entregar a cada familia desplazada un estipendio de 120 dólares.
Abdul-Samad Rahman Sultan, el ministro iraquí de desplazamientos y migraciones, puso en cuestión las cifras de la Medialuna Roja, diciendo que las cifras utilizaban las inscripciones de canastas de alimentos como indicador. No todas las familias que cambian la dirección de sus canastas son desplazados, dijo.
Sin embargo, las cifras de la Medialuna Roja coinciden con una estimación publicada la semana pasada por la Organización Internacional para las Migraciones, que fija la cifra en 2.25 millones. Se cree que otros dos millones más han abandonado el país.
Pese a la tendencia al alza, las cifras de septiembre pueden ocultar el inicio de una reversión, dijeron observadores de la emigración. La gente desplazada sólo es agregada al total cuando se los identifica, pero muchos pueden haber sido desplazados hace mucho, dijo Graber Ladek.
También, con la reducción de la violencia atribuida en parte al refuerzo de tropas norteamericanas, algunas familias están volviendo a sus casas. El ministerio informó el sábado que en los últimos tres meses tres mil familias que habían abandonado sus casas en la capital debido a la violencia, han retornado.
El primer ministro iraquí Nuri Maliki hizo un sorpresivo paseo por la costanera el lunes, desordenando los cabellos de jóvenes que jugaban fútbol y asegurando que la violencia sectaria que ha desgarrado al país durante más de un año, había terminado.
Maliki había hecho comentarios similares el sábado noche en un discurso televisado por cadena nacional.
Pese a su optimista mensaje, el lunes se conocieron informes de más violencia en la capital. Un miembro del Ayuntamiento fue matado a tiros, y el vice-primer ministro informó el asesinato de uno de sus guardaespaldas.
Hamad Abdul Latif, 63, concejal de la comuna de Karada en el centro de Bagdad, fue asesinado por varios hombres armados que emboscaron su coche, dijo la policía.
La oficina de prensa del vice-primer ministro Salam Zikam Ali Zubaie informó que el guardia de seguridad fue secuestrado el jueves pasado en el barrio predominantemente chií de Bayaa al sudoeste de Bagdad, y fue encontrado muerto en el Hospital Yarmouk dos días después. Había sido torturado y recibió diez impactos de bala, dice la declaración.
Al este de Bagdad, un grupo de hombres armados mataron a Afi Ali Sultan, director general del ayuntamiento en el barrio de Ghadeer, y una bomba improvisada mató a un persona y dejó heridas a otras cuatro en el barrio de Baladiyat, dijo la policía de la comuna de Rusafa.
Dos agentes de policía fueron asesinados y siete resultaron heridos cuando una bomba improvisada impactó una patrulla conjunta de la policía y ejército iraquíes en el barrio de Zafaraniya, al sur de Bagdad.
Los cuerpos de tres hombres no identificados asesinados a balazos fueron encontrados en la capital el lunes, informó la policía.

doug.smith@latimes.com
ned.parker@latimes.com

Wail Alhafith, Saif Hameed, Saif Rasheed y Usama Redha contribuyeron a este reportaje.

9 de noviembre de 2007
6 de noviembre de 2007
©los angeles times
©traducción mQh

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menos muertes en iraq


[Ned Parker] Estados Unidos lo atribuye al aumento de tropas, pero vecinos y observadores dicen que la homogeneización ha traído una calma relativa.
Bagdad, Iraq. En octubre el número de bajas en Iraq fue menos de la mitad que en su punto álgido en enero, reflejando tanto los éxitos tácticos del refuerzo de tropas norteamericanas este año y el duradero impacto de olas de asesinatos sectarios cometidos por escuadrones de la muerte, atentados con coches bomba y purgas en los barrios.
Octubre también marcó las menores bajas en tropas norteamericanas -36 bajas mortales- desde marzo de 2006, cuando murieron 31 soldados, de acuerdo a icasualties.org.
Los jefes militares norteamericanos atribuyen al refuerzo de tropas, que se completó en junio, la reducción de la violencia sectaria.
Dicen que la decisión de enviar 28.500 tropas más a Iraq ha hecho una diferencia, permitiéndoles enviar soldados a vivir en las fronteras de barrios árabes sunníes y chiíes en Bagdad, y a realizar extensas ofensivas en las provincias al este y sur de la capital contra bastiones de las milicias chiíes y los militantes sunníes asociados a insurgentes extranjeros.
Pero otros dicen que el panorama es más complicado que eso porque los que quieren purgar sus barrios de sectas religiosas rivales lo han logrado en gran parte. El número de bajas civiles a nivel nacional cayó en picado en los últimos dos meses; el número de bajas fue de 2.076 en enero, pero 884 en septiembre y 758 en octubre, de acuerdo al ministerio iraquí de la Salud.
"Todos en el barrio somos sunníes, incluso los pájaros", dijo Mohammed Azzawi, residente de la comuna de Ghazaliya, antes mixta.
Hace uño su calle era un campo de batalla entre militantes chiíes y sunníes. Ahora está dividida entre un lado norte chií y un lado sur sunní.
Además, las fuerzas norteamericanas han creído necesario cerrar acuerdos tácitos con grupos que han participado en limpiezas étnicas, y muchos bagdadíes han huido. El número de gente desplazada internamente en Iraq ha subido a 2.25 millones, y otros dos millones más han abandonado el país.
"Ciertamente, la presencia de soldados norteamericanos en barrios pocos seguros de Bagdad ha estabilizado a los barrios, lo que ha resultado en menos violencia y menos personas huyendo de sus casas", dijo Dana Graber Ladek, el agente de enlace iraquí para la Organización Internacional para las Migraciones. "Además, a medida que los barrios se homogeneizan, es probable que se reduzca la violencia y menos gente tenga que huir de esas zonas".
Los jefes militares norteamericanos dicen que Iraq y su capital, donde ocurre gran parte de la violencia sectaria, son mucho más seguros que durante el punto álgido de la guerra chií-sunní del año pasado -aunque incluso con su nivel reducido, la violencia causa cerca de viente bajas a la semana.
"Lo que pasó esta vez es que nos quedamos... así que ahora la gente dice: ‘Hey, os estáis quedando', y cuando ven que nos estamos quedando, que los iraquíes y la policía y el ejército iraquíes siguen con nosotros y están mejorando y tratando a la gente con dignidad y respeto, han empezado a acercarse con datos útiles", dijo el general de brigada John Campbell, subcomandante del ejército para Bagdad.
Al mismo tiempo, las autoridades estadounidense reconocen que con un gobierno iraquí que sigue fracturado por la lucha sectaria, el futuro es incierto.
El embajador Ryan Crocker sugirió la semana pasada que los líderes nacionales iraquíes podrían considerar seguir el ejemplo de los líderes locales. Reconoció que los iraquíes no han superado la crisis de la guerra sectaria que estalló a toda escala en febrero de 2006 cuando militantes sunníes hicieron volar un santuario chií en Samarra.
"La gente todavía no tiene la confianza de que esto está definitivamente superado. Y creo que pasará un rato antes de que se den cuenta", dijo Crocker a periodistas. "Si yo fuera uno de ellos, pensaría lo mismo".
Las estrategias estadounidenses incluyen empujar al gobierno iraquí a mejorar los servicios básicos y a crear empleo.
Pese a su profesado optimismo, Campbell admite que ha luchado por refrenar una agenda sectaria durante el refuerzo de tropas estadounidenses. Antes Campbell peleó para impedir que funcionarios de gobierno chiíes pudieran dar órdenes directas de detención de blancos sunníes.
Hasta hace unos seis o siete meses, Campbell recibía listas [de personas que debían ser detenidas] compiladas por funcionarios de la seguridad iraquí que sólo contenían nombres sunníes. En reacción, se retiró abruptamente de algunas de las reuniones.
"Me enferma y estoy cansado de recibir solamente sujetos sunníes", dijo. "A la semana siguiente había sunníes y chiíes. Desde entonces todas las semanas han sido una suerte de equilibrio entre sunníes y chiíes".
Campbell dijo que desde que los norteamericanos presionaron a los iraquíes, los comandantes iraquíes de seguridad empezaron a patrullar por propia cuenta. Incluso, una unidad de la policía nacional, activa en la comuna mixta de Sadiya, en el estratégico borde sudeste de Bagdad, fue removida hace poco después de repetidas acusaciones de montar ataques contra la población sunní de Sadiya.
La relativa calma es producto en parte de la disposición de las fuerzas armadas norteamericanas a trabajar con antiguos insurgentes sunníes para combatir a los extremistas extranjeros así como trabajar tácitamente con elementos moderados de la milicia Ejército Mahdi del clérigo radical Moqtada Sáder para estabilizar los barrios.
La comuna de Rashid, por ejemplo, fue una vez una zona con una mayoría sunní. Tras años de violencia, el setenta por ciento de su población actual es chií.
Controlar el área ha significado un entendimiento con la misma milicia que es responsable de la expulsión de los sunníes, reconocen oficiales norteamericanos.
"Es la realidad del oeste de Rashid", dijo el teniente coronel del ejército Patrick Frank, cuyo batallón es responsable del área. "Toda la gente con la que tratamos" son miembros del Ejército Mahdi, dijo.
Frank ha tratado de llegar a un acuerdo con lo que considera el ala moderada del movimiento y elogió lo que ve como su rol positivo en la protección de los mercados al aire libre y supervisando la recolección de basura. Al mismo tiempo, dijo, ha continuado atacando a los elementos radicales.
Su acercamiento al Ejército Mahdi a través de sus intermediarios ayudó a concretar el mes pasado un acuerdo de reconciliación entre sunníes y chiíes del barrio de Jihad, de Rashid. Un pequeño número de familias de las dos sectas han empezado a volver poco a poco a sus casas, dijo el doctor Anas Zaidi, que asistió a algunas de las negociaciones pero que ya no vive en Jihad.
Muchos chiíes de todo Bagdad todavía ven a la milicia, no al gobierno, como su protector legítimo.
En Nueva Bagdad, Mohammed Ashraf, 28, describió las limpiezas sectarias como el alto precio de la seguridad. "Es un barrio chií popular y por eso es sólo natural que lo dominen. Trabajan en coordinación tanto con la policía como con el ejército iraquí", dijo Ashraf. "Claro que algunos aspectos negativos, pero los positivos los superan, tales como proporcionar servicios básicos y la protección de la gente".
El Ejército Mahdi ha convertido el barrio de Hurriya, en el oeste de Bagdad, en un refugio para chiíes expulsados de zonas sunníes aledañas, como Adil, durante las limpiezas sectarias del año pasado. La milicia local también expulsó a su propia población sunní. Ahora el Ejército Mahdi control la zona en cooperación con la junta de vecinos respaldada por Estados Unidos.
"¿Ha oído hablar de robos de gas de cocina, depósitos, coches o motos en zonas chiíes? No existen. Nunca ocurre. Es muy raro. Y es gracias al Ejército Mahdi", dijo un vecino, Hazim Muhsin.
Y en el enclave de Ghazaliya, predominantemente sunní, los vecinos dicen que la protección que reciben de las tropas norteamericanas ha hecho una enorme diferencia. Donde los chiíes fueran obligados violentamente a marcharse, ahora hombres sunníes ocupan las calles hasta las diez u once de la noche. Las luces de una barbería iluminan la acera. Una noche, una hilera de coches viene de una boda; sus conductores tocan el claxon.
"Espero vivir en Ghazaliya por el resto de mi vida. Esta es nuestra casa", dijo Azzawi. "Ahora es solamente sunní. Es mejor para nosotros.
"Ahora los norteamericanos se han aliado con los sunníes contra los chiíes", dijo.
El peligro de ceder el poder a grupos armados también ha quedado claro en Amiriya, un barrio sunní, donde los norteamericanos forjaron en junio una colaboración con los vecinos y ex insurgentes conocidos como los Revolucionarios de Amiriya, que luchan contra los grupos insurgentes extranjeros, como al-Qaeda en Iraq. Lo que oficiales norteamericanos han anunciado como éxito -y como modelo que se ha extendido a otros barrios- ha dejado preocupados a algunos sunníes de que estén a merced de matones disfrazados de combatientes por la libertad.
"Los que tratan directamente con el pueblo son los Revolucionarios. Tenemos confianza en ellos, aunque no cien por cien debido a que no sabemos qué es lo que piensan ni qué harán mañana", dijo un vecino, que tuvo miedo de darnos su nombre. "Algunos Revolucionarios han ocupado las casas abandonadas por los chiíes que se marcharon".
Incluso Campbell expresó algunas dudas sobre lo que podría ocurrir con el cabecilla de los Revolucionarios, Abu Abed, antiguo miembro del grupo subversivo Ejército Islámico.
Abed ha hecho de sheriff en Amiriya. Si hay un problema, por ejemplo si un inquilino se niega a pagar el alquiler, Abed lo resolverá. Pero mientras los norteamericanos trazan planes para incorporar 12.600 agentes de policía más en Bagdad, muchos de ellos de Amiriya, no está claro cuáles son las intenciones de Abed. ¿Se unirá al sistema oficial o se quedarán fuera?
"He hablado con Abu Abed. Decimos..., este es el acuerdo... Tienes que hacer algo como parte del gobierno. No puedes ser un mercenario. Abed lo entiende. Pero todavía no sé qué es lo que quiere", dijo Campbell.
Algunos que han emergido relativamente ilesos de la violencia se muestran pesimistas.
Ahmed Shakir, un estudiante de la secundaria de dieciocho años en el barrio de Yarmouk al oeste de Bagdad, ha sacado ventaja del refuerzo norteamericano. El joven sunní juega baloncesto en las noches, fuera de casa. Ha visitado mercados tan lejanos como los de la comuna de Adhamiya, al este de Bagdad.
Pero no tiene fe en el futuro. Predice que el país se dividirá en dos sectores, ‘chiistán' y ‘sunnistán'.
Este verano, las familias de sus tres mejores amigos se marcharon a Siria.
"No puedo marcharme de Iraq", dijo. "La mayoría de mis amigos han oído historias sobre los iraquíes que se marcharon del país y ahora viven en humillación. ¿Qué puedo hacer?"

ned.parker@latimes.com

Usama Redha, Saif Hameed, Said Rifai, Wail Alhafith, Raheem Salman y Salar Jaff contribuyeron a este reportaje.

5 de noviembre de 2007
1 de noviembre de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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vuelve el alcohol a bagdad


[Christian Berthelsen y Said Rifai] Aunque muy discretamente, el alcohol ha vuelto a Bagdad, a medida que la situación de seguridad mejorada atrae a los asustados clientes.
Bagdad, Iraq. Es jueves noche, el fin de la semana laboral iraquí, y Fami Ameen está rebuscando en su atiborrada licorería en la Puerta de los Asesinos, y los clientes claman por cualquier cosa desde cerveza a whisky a ouzo y arak, el popular licor local.
Ameen es un sorprendido beneficiario de la campaña de seguridad.
Durante décadas Iraq gozó de la reputación de ser una sociedad moderna y laica que gustaba de beber y sabía como festejar, desde salvajes discotecas de hoteles hasta distinguidos clubes sociales privados. Pero después de la caída del presidente Saddam Hussein, los extremistas desataron marejadas de atentados incendiarios contra tiendas de licor, incluso matando a sus dueños, porque la ley islámica prohíbe el alcohol.
Hace un año, la predilección iraquí por el alcohol, y los negocios que la satisfacían, fueron descontados como bajas del nuevo orden musulmán del país.
Pero la violencia en Bagdad ha recrudecido en los últimos meses durante la campaña de seguridad de los militares norteamericanos. Y aunque muchas tiendas están todavía cerradas, sus desteñidos toldos de Carlsberg endurecidos por el polvo, el negocio del trago se ha recuperado mientras los iraquíes que negocian la brecha entre su fe y sus proclividades logran un delicado equilibrio, viajando discretamente por toda la ciudad, e incluso a otras provincias, visitando las licorerías que quedan.
"Durante los últimos meses la gente se mostraba reluctante a hacer este viaje, pero ahora se sienten estimulados por las mejoras en la situación de seguridad", dijo Ameen. "Me gustaría que esa tendencia continuara, y que podamos volver a los niveles de distribución de preguerra, quizás incluso más".
Con nuevas tiendas como la inauguración de Ameen en áreas seguras cerca de los puestos militares occidentales fortificados, algunos tenderos dicen incluso que sus ventas han decaído debido a la competencia. En una dudosa medida de progreso, dicen que el mayor peligro ya no son las milicias que los atacaban por razones religiosas, sino los criminales que los secuestran para arrebatarles su renacidas fortunas.
Ameen, 27, un hombre fornido con un enorme bigote, recuerda haber llegado a su vieja tienda de licores al este de Bagdad una noche hace tres años, sólo para descubrir que ya no existía. "La explosión la había convertido en pedazos, tal como te digo", dijo.
Tenía una segunda tienda en la comuna de Karada, predominantemente chií, pero la cerró por miedo a que sufriera el mismo destino. Entonces trasladó su negocio a la Puerta de los Asesinos, un ornado arco de arenisca justo frente a la entrada a la Zona Verde. Hace dos meses, se hizo con un local más grande al otro lado de la calle.
Ahmed Abud, 35, vive en el distrito chií de Ciudad Sáder, donde han cerrado todas las tiendas de licores. Pero como camionero, tiene buenos motivos para recorrer la ciudad y aprovechó la oportunidad para parar donde Ameen para comprar dos torres de Heineken, que cuestan algo más de un dólar cada uno. (El whiskey está a unos 21 dólares la botella).
"Soy de Ciudad Sáder y no puedo comprar alcohol allá como antes de la guerra, por eso tengo que hacer viajes como este", dijo Abud. "Sería simpático si pudiéramos comprar más cerca de casa".
Las restricciones sobre el consumo de alcohol empezaron en los años noventa, cuando, en un intento por obtener el apoyo de los conservadores religiosos, Hussein prohibió beber en público, incluyendo restaurantes, clubes, bares y hoteles.
La medida también tenía un aliciente económico, porque impedía el consumo conspicuo del caro alcohol occidental por parte de una clase alta cada vez más chica, limitando el resentimiento entre una creciente clase de iraquíes de ingresos bajos y moderados picados por las sanciones de Naciones Unidas de la época que ya no podían permitirse esos lujos.
Los clubes y bares que eran legendarios por su hedonismo de toda la noche, desaparecieron.
Sólo se permitió las tiendas de licor de propiedad de no-musulmanes, y el jolgorio iraquí fue relegado a sus hogares. Pero incluso eso se hizo difícil después de la invasión norteamericana de 2003, cuando las tiendas de licores en todo Iraq, especialmente en el sur chií, cerraron en medio de protestas y violencia.
Mehdi Hindi, un cristiano de 19 cuya familia ha estado largo tiempo en el negocio del alcohol, abrió una tienda en la Puerta de los Asesinos después de recibir una llamada hace cuatro años en la que sus vecinos de su tienda de Karada le dijeron que esta había sido destruida por una bomba. Entonces se mudó a un nuevo local hace cuatro meses para evitar que le subieran el alquiler.
"Este lugar ha sido siempre seguro debido a su proximidad a la Zona Verde y a las oficinas del gobierno", dijo. "Los negocios han estado remontando últimamente, especialmente durante los últimos tres meses. Creo que esto tiene que ver con la mejor situación de seguridad. La gente viene de todo Bagdad a este lugar a comprar su alcohol, debido a que las tiendas en sus barrios han cerrado".
Pero aunque los iraquíes estén volviendo a las tiendas de licores, todavía procuran no llamar la atención. Un día hace poco frente a una tienda de licores de la Calle de Saadoun, dos hombres con una caja de Johnnie Walker en su coche estaban sacando las botellas de la brillante caja para colocarlas debajo de sus asientos y en otros escondites.
Los dueños de tiendas se están moviendo con cautela. Ninguna de las nuevas tiendas tiene letreros que las identifiquen como tiendas de licores, y la mayoría de las antiguas licorerías han retirado sus anuncios y letreros. Universalmente las tiendas guardan toda su mercadería detrás de la barra. En muchas áreas, los bordillos son bloqueados con alambre concertina para protegerse de atentados con coches bomba, y pasan frecuentemente convoyes de seguridad.
Nawar Sabah, 33, empleado de gobierno, paró en la tienda Hindi hace unos días para comprar algunas Heineken. Luego, aparentemente calculando cómo reducir sus visitas a la tienda, pidió cinco. Y luego diez.
"Desde la invasión, las cosas no han sido las mismas", dijo. "La gente tiene que cruzar toda la ciudad para comprar sus bebidas, y todos sabemos que mientras más tiempo estés en la calle, más probabilidades habrá de que te conviertas en víctima de algún incidente, si acaso no te conviertes en un blanco".
Algunos bebedores están especialmente felices de que haya terminado la sequía.
Un obrero de la construcción y habitante de Ciudad Sáder, de 47 años, que accedió a ser entrevistado a condición de guardarse su identidad, dijo que el año pasado había sido golpeado por el Ejército Mahdi, la milicia leal al clérigo chií Moqtada Sáder, después de que su hermano se quejara ante milicianos sobre su hábito.
Ahora que el ejército iraquí ha tomado el lugar de los milicianos de Mahdi, dijo, ya no tiene que ocultar su licor debajo de su asiento cuando conduce por su barrio.
"Ahora la situación está mejor que antes -llevo el alcohol en una bolsa de plástico negra y a nadie le interesa saber qué tengo ahí", dijo. "Yo siempre bebo, incluso en mi trabajo, en casa en la noche, e incluso en la mañana. No dejaré de beber sino el Día del Juicio Final".

christian.berthelsen@ latimes.com

Usama Redha contribuyó a este reportaje.

3 de noviembre de 2007
los angeles times
©traducción mQh
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heladeros durante la guerra


[Stephen Farrell] Cosas de la vida en Iraq.
Bagdad, Iraq. Todos los días antes de que el sol del verano se eleve lo suficiente como para hacer hervir la sangre en el asfalto, las clases pobres hacen cola frente a dickensianas fábricas de helado.
Mientras la electricidad llega a la mayoría de los hogares solamente un par de horas al día, los pobres entregan sus sucios dinares marrones por lo que se ha convertido en un símbolo del firme descenso de Iraq en una era más primitiva y el pacto roto con sus jefes, nacionales y extranjeros.
En una capital que fue una vez la sede del Califato Musulmán y un centro del cosmopolitismo árabe, ahora el hielo es el último recurso de los pobres, sujetos a los horrores sectarios y a las reglas impuestas por bandas de delincuentes.
En Topchi, de mayoría chií, los fabricantes de helados dicen que el Ejército Mahdi de Moqtada al-Sáder emitió, el primer día de verano, un decreto ordenando a los vendedores a fijar un precio máximo de cuatro mil dinares (tres dólares) por un bloque de hielo de 25 kilos, treinta por ciento menos que lo que cobran fuera de las zonas controladas por el Ejército Mahdi.
Todo el mundo acató, entregando un subsidio instantáneo a las mujeres con velo y a los trabajadores pobres que son el electorado natural del clérigo radical chií. El mismo precio se ha impuesto en otras bases de apoyo, como Ciudad Sáder.
Algunos abastecedores están horrorizados. "Están tratando de mejorar su imagen y hacerse con favores", murmuró un comerciante, mientras un colega armado de una hoz cortaba por la mitad los cristalinos bloques huecos para que mujeres envueltas en túnicas negras las metieran en bolsas de la compra. "Pero no lo lograrán. Todos sabemos quiénes son los del Ejército Mahdi".
Hastiados de cuatro años de caos, otros apoyan la medida para imponer orden, cualquier tipo de orden.
"No hay nada mejor que la ley y el orden", dijo Omar Suleiman, otro gerente de fábrica. "En los días de Saddam Hussein, el gobierno controlaba el precio del hielo. Ahora no hay control, excepto donde lo imponen las milicias".
Los chiíes no son los únicos en manipular la oferta para favorecer sus propios programas sectarios.
En una planta, ubicada debajo de un paso elevado de la autopista en Topchi, los cuatro choferes de los camiones de reparto renunciaron el año pasado después de amenazas de las bandas religiosas de que los matarían si continuaban cruzando las invisibles pero reales líneas fronterizas que separan en Bagdad los barrios chiíes de los sunníes.
Los clientes de un suburbio les advirtieron que los takfiris -fanáticos sunníes- declararon que su producto congelado no era musulmán.
"En Ghazaliya está prohibido vender hielo porque los takfiris dijeron que el "profeta Mahoma no tenía hielo en su época", dijo Khatan Kareem, el gerente de la fábrica donde trabajaban los obreros, moviendo la cabeza atónito.

Muchas de las fábricas de helados de Bagdad son piezas de museo. En una, la compresora industrial fue fabricada en India en 1960. Otra fue construida por L. Sterne & Co. en Glasgow hace más de cien años.
Hussam Muhammad, cuya familia posee las maquinarias de la empresa donde trabaja Kareem, nunca imaginó que la derruida fábrica, construida en 1952 cuando Iraq todavía era una monarquía, sobreviviría hasta después de Saddam Hussein.
"En 2003 pensé que la empresa de helados se acabaría porque una vez que llegaran los norteamericanos todo el mundo tendría electricidad y neveras", dijo Muhammad mientras corría dando pasitos desde el ventilador hasta las tuberías cubiertas de hielo tratando de mantener la planta para ir tirando. "Los pescaderos y carniceros que eran nuestros clientes, se han marchado, cerrado por la situación de seguridad. Ahora es la gente pobre la que viene porque ellos no tienen dinero para adquirir generadores que les permitirían conservar en frío sus alimentos y bebidas".
La compartimentalización sectaria del hielo en Bagdad es tan rígida para los clientes como para los heladeros.
Tanto es el miedo a los pistoleros que en la fábrica debajo del paso elevado, sólo los vecinos más inmediatos pueden llegar en seguridad a sus mugrientas puertas.
"La gente venía desde las zonas sunníes, Taji, Amiriya y Jamiya, a comprar helado porque ellos no tenían fábricas de helado", dijo Kareem. "Pero ahora los sunníes no pueden llegar hasta acá, y yo estoy en las mismas. Soy chií y no puedo ir a Yarmouk".
La idea es particularmente irritante para Kareem porque hasta hace tres meses él vivía en Yarmouk, un barrio sunní, y disfrutaba de un trabajo seguro en la administración hasta que en un allanamiento del ejército iraquí descubrieron un icono chií en una pared.
"Me pegaron, quemaron mi casa y me echaron de la zona", dijo, acuclillado en medio del nauseabundo olor a aluminio que impregna todas las fábricas de hielo. "Ahora vivo en la cocina de mis parientes. Y trabajo aquí".
Su depresión refleja la frustración de la clase media iraquí, que se enorgullecía de ser una de las más educadas del mundo árabe, y que ahora se ve a sí misma cayendo más abajo todavía que sus rivales regionales y de vuelta a la tecnología de sus abuelos.
En los barrios más ricos los bienes de consumo se apilan hasta arriba en las estanterías, para la gente con dinero que se puede permitir comprar electricidad en el mercado negro a dueños de generadores privados.
Pero millones de gente sin dinero no se puede permitir este lujo y muchos de esos dueños de generadores han sido asesinados o expulsados por las milicias empecinadas en hacerse con sus rentables negocios.
El hielo, ostensiblemente la menos política de las mercaderías, sólo requiere agua, electricidad y algunos agentes químicos.
Pero en el estado actual de polarizada violencia en Bagdad, ninguna empresa es una isla. Las materias primas deben ser aprobadas por puestos de control y hombres armados, con sus reglas arbitrarias y castigos inmediatos, lo mismo que los clientes, abastecedores, personal y producto terminado.
Las fábricas de hielo -vacas lecheras en el punto álgido de la estación veraniega- no han escapado a la curiosidad de los pistoleros.

En el enclave sunní de Adhamiya, recientemente amurallado para protegerse de sus vecinos chiíes y evitar masacres entre las comunidades, Taha Khaleel se quejó de que sus choferes y mecánicos estaban a merced de un puesto de control del ejército iraquí chií que controla la entrada.
"Depende de su estado de ánimo", dijo. "Esto nos causa problemas para la continuidad del abastecimiento de combustible. Los choferes ya no quieren venir debido a eso, y por los insultos que tienen que soportar".
Un dueño de una fábrica secuestrado en Taji fue liberado sólo después de que entregara su coche. En la Fábrica de Hielo Qutub, en Bagdad, el dueño huyó de Iraq después de recibir una amenaza de muerte, y los empleados dicen que la mayoría de sus clientes de clase media se han igualmente marchado.
No tan afortunados son los pobres compradores de un mercado callejero en el barrio de Salaam, donde en los últimos meses han surgido puestos de madera, pese al alcantarillado adyacente y a las pilas de basura pudriéndose.
Alarmados por historias de enfermedades, ahora muchos compradores echan pastillas de esterilización a los bloques congelados. Si tienen suerte, las tiendas tendrán hielo de Sulaimaniya o de Erbil, ciudades kurdas donde los hacen con agua de montaña. Si no, deben sobrevivir con el impuro producto bagdadí, con sus distintivo brillo amarillento.
"Durante el régimen de Saddam no compré nunca helados, porque los hacía en mi nevera. Pero hoy tengo que hacerlo porque no hay electricidad, y necesitamos agua fría", dijo Muhammad Abbadi, 52, dueño de una tienda de ropa. "El hielo es la única fuente, aunque esté sucia. Hace dos semanas mis hijas enfermaron de tifus".

Contribuyeron al reportaje Khalid W. Hassan, Ahmad Fadam, Wisam A. Habeeb, Karim Hilmi y Mudhafer Al-Husaini. Mr. Hassan fue asesinado el 13 de julio.

31 de octubre de 2007
28 de julio de 2007
©new york times
©traducción mQh
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quién controla a los ejércitos privados


[Karen DeYoung] El Departamento de Estado recurrió a Blackwater en medio de una pelea con el Pentágono sobre el personal de seguridad en Iraq.
En las Navidades pasadas en Bagdad, el embajador norteamericano Zalmay Khalilzad recibió una furiosa llamada telefónica del vicepresidente iraquí Adel Abdul Mahdi. Un norteamericano borracho, armado, deambulando por la Zona Verde después de una fiesta, había matado a balazos, la noche anterior, a uno de sus guardaespaldas personales, dijo Mahdi. Quería ver a Khalilzad de inmediato.
En la casa del vicepresidente, Khalilzad encontró reunida a la familia del guardaespaldas asesinado. Mahdi exigió la identidad del norteamericano y de su empleador. Y quería que el hombre fuera entregado a las autoridades iraquíes.
Después de consultar con el encargado jurídico de la embajada, Khalilzad identificó al norteamericano como Andrew J. Moonen, empleado de Blackwater USA, la compañía que se encarga de la seguridad de los diplomáticos norteamericanos en Bagdad. Pero no podía entregar a Moonen él mismo. Treinta y seis horas después del asesinato, Blackwater y la embajada ya lo habían embarcado fuera del país.
"Como se puede imaginar", dice el encargado de la Seguridad Diplomática de la embajada en un e-mail a su sede en Washington el día de su partida, "esto tiene serias implicaciones".
Pero como en casos previos de asesinatos cometidos por contratistas, el caso fue manejado ofreciendo excusas y el pago de reparaciones. Blackwater despidió a Moonen y le impuso una multa de 14.697 dólares, el total de la paga que se le adeudaba, una gratificación y el valor del billete de avión para volver a casa, de acuerdo a documentos de Blackwater. La suma se aproximaba a los quince mil dólares que la compañía había accedido a pagar a la familia del guardaespaldas iraquí.
Sin embargo, diez meses después -después de que guardias de Blackwater mataran a balazos a diecisiete civiles iraquíes en una rotonda en Bagdad el 16 de septiembre-, el Departamento de Estado ya no puede manejar discretamente las consecuencias de tener un ejército privado en Iraq. El FBI está investigando el incidente, Bagdad ha prometido revocar una ley que protege a los contratistas de la posibilidad de ser juzgados en Iraq y críticos en el Congreso han acusado al Buró de Seguridad Diplomática de no ejercer supervisión sobre Blackwater y otras compañías de seguridad bajo su autoridad.
Los tiroteos también han reabierto enconadas y antiguas disputas entre el Departamento de Estado y el Pentágono, que en los últimos años han peleado por decisiones políticas, incluyendo la decisión de invadir Iraq y el tratamiento otorgado a los detenidos. Esos amplios desacuerdos han girado frecuentemente sobre una pregunta muy delimitada: ¿Quién es responsable de la seguridad de los civiles estadounidenses que sirven en Iraq?
Mientras continúan las investigaciones del Departamento de Estado y del FBI, las fuerzas armadas filtraron su propio informe sobre los tiroteos del 16 de septiembre, constatando que no hay evidencias de que los guardias de Blackwater dispararan en defensa propia, como ha sostenido la compañía. Oficiales norteamericanos han criticado públicamente a los contratistas de seguridad como cowboys descontrolados que se granjean la aversión de los iraquíes que los militares están tratando de aproximar.
El ministro de Defensa, Robert M. Gates, dijo la semana pasada que los contratistas tienen objetivos militares cruzados, y ha sugerido que podrían ser colocados bajo su autoridad. Muchos en el Departamento de Estado ven esta medida como un intento de hacerse con más poder de un ministerio de Defensa que se ha negado durante largo tiempo a proporcionar protección a los diplomáticos. Desde los tiroteos del mes pasado, dijo un diplomático, el Pentágono "no ha ahorrado esfuerzos para erosionar a Blackwater y al Departamento de Estado".
En su sede en un rascacielos Rosslyn, el Buró de Seguridad Diplomática (SD) está en crisis. El servicio ha más que duplicado sus tres docenas de agentes en Bagdad, enviando de momento casi un tercio de la fuerza de elite para operaciones especiales de cien agentes que mantiene para emergencias en todo el mundo. La ministro de Relaciones Exteriores, Condeleezza Rice, ha ordenado que al menos un agente de SD acompañe a todo convoy con guardias de Blackwater que salga de la Zona Verde -un promedio de seis o siete al día- y ha instruido a SD que haga y archive transmisiones de radio y cintas de video de los vehículos de Blackwater para ser utilizadas como evidencias en cualquier futuro incidente.
Todavía se espera la revisión de Rice de un informe sobre las operaciones del contratista privado del Departamento de Estado. Algunos funcionarios especularon que Rice no tiene otra opción que remover de Iraq a los cerca de 900 empleados de seguridad de Blackwater; otros dicen que piensan que la compañía podrá permanecer hasta el término de su actual contrato, en mayo.
Remplazar a Blackwater -de lejos la más grande y visible de las tres compañías privadas de seguridad que operan bajo contrato con el Departamento de Estado en Iraq- será difícil y caro. Funcionarios de SD temen que su buró sea encargado permanentemente de la custodia de cientos de funcionarios civiles norteamericanos que ahora son protegidos por Blackwater en Iraq. El servicio sólo tiene mil cuatrocientos agentes adiestrados en todo el planeta, repartidos entre el edificio del Departamento de Estado en Washington, veinticinco oficinas en Estados Unidos y 285 instalaciones diplomáticas norteamericanas en el extranjero.
A corto plazo, ocuparse de la seguridad en Iraq implicará retirar agentes de otras misiones. Adiestrar nuevos agentes "tomará entre dieciocho meses y dos años, pues hay que identificarlos, controlar sus antecedentes, controlar su riesgo para la seguridad, proporcionarles siete meses de formación básica y un curso de adiestramiento para amenazas graves", dijo hace poco Richard Griffin, subsecretario de estado para Seguridad Diplomática.
Un nuevo contrato de 112 millones de dólares que fue firmado el mes pasado con Blackwater puede igualmente estar en peligro, de acuerdo a un importante funcionario de SD que, así como a otros actuales y antiguos funcionarios de gobierno y oficiales militares entrevistados para este artículo, comentaron el tema de los contratistas a condición de conservar el anonimato. El nuevo contrato -que agrega 241 empleados de Blackwater y aumenta su flota de helicópteros en Iraq de ocho a veinticuatro- proporcionará un componente aéreo de reacción rápida para el transporte de diplomáticos, evacuación y rescate médicos, dijo el alto funcionario, algo a lo que las fuerzas armadas se han negado a asignar recursos.
La necesidad de helicópteros, dijo el funcionario, se destacó todavía más cuando un convoy que trasladaba al embajador polaco en Bagdad fuera emboscado antes este mes. "Nuestro centro técnico en Bagdad oyó la comunicación radial" entre los guardaespaldas del embajador y los militares norteamericanos, dijo el funcionario. Cuando los militares dijeron que el rescate tomaría una hora, SD contactó a Blackwater. Su helicóptero evacuó en siete minutos a los muertos y heridos -incluyendo al embajador, gravemente quemado.
Pero a medida que crecen las críticas contra las operaciones de seguridad del Departamento de Estado, el lado negativo de tener un ejército de guardias privados a su disposición -y bajo su responsabilidad- se ha hecho más evidente, dijo el funcionario. "Deberíamos haberlo visto venir hace cuatro años".

Historia Discreta
Antes de que Iraq y Blackwater lo introdujeran a las audiencias en el Parlamento, SD prefería mantenerse entre las sombras diplomáticas. Sus tareas incluyen investigar fraudes con visados y pasaportes, proporcionar servicios de correo, y encargarse de la seguridad técnica y física de las instalaciones y personal en territorio nacional y en el extranjero del Departamento de Estado. Muy visiblemente, sus agentes proporcionan día y noche protección a la ministro del ministerio de Relaciones Exteriores y a dignatarios extranjeros visitantes.
Las embajadas norteamericanas tienen asignado un agente de SD como agente de seguridad regional. Empleados locales adiestrados se encargan de la protección de los edificios, pero no fue sino hasta 1994 que SD abordó una firma norteamericana para servicios de protección personal, contratando al DynCorp, de Virginia, para acompañar al exiliado presidente Jean-Bertrand Aristide de regreso a Haití después de que las fuerzas armadas norteamericanas lo reinstalaran en el poder.
Más tarde se contrató temporalmente a otros contratistas norteamericanos para proteger a funcionarios norteamericanos en zonas conflictivas, incluyendo Bosnia y los territorios palestinos. Pero en su mayor parte, los diplomáticos norteamericanos que se aventuran fuera de sus embajadas son protegidos mínimamente con guardaespaldas locales o se encargan ellos mismos.
Marc Grossman, embajador norteamericano en Turquía a mediados de los años noventa, dijo a su personal que tomaran sus propias precauciones de seguridad. Después de perder empleados de la embajada en ataques, aconsejó a los empleados adquirir un dado de seis caras en sus guanteras; para estropear emboscadas, debían seguir una ruta distinta a casa cada día -las rutas eran representadas por cada número, dijo, y echar el dado cuando salían de casa en las mañanas.
Las operaciones de SD crecieron después de los atentados de 1998 contra las embajadas norteamericanas en Kenia y Tanzania, pero no fue sino hasta que el gobierno declarara la guerra a los talibanes y a al-Qaeda en Afganistán en el otoño de 2001 que los contratistas de seguridad se convirtieron en un elemento fijo de la planilla de pago del Departamento de Estado.
Blackwater, de Carolina del Norte, fue contratada para proteger a Hamid Karzai, instalado primero como jefe del gobierno de transición en Kabul y más tarde elegido presidente. Karzai se mostraba reluctante a aceptar los guardaespaldas, dijo un diplomático norteamericano estacionado en Afganistán. "Le preocupaba la imagen que se crearía con guardaespaldas rubios o afro-americanos, e incluso mujeres". Karzai pidió guardias italo-americanos, que se pueden fundir más fácilmente.
Nacido en Afganistán, Zalmay Khalilzad, que llegó a Kabul en diciembre de 2001 como enviado especial del presidente Bush, y sirvió más tarde como embajador allá antes de trasladarse a Iraq en 2005, recibió quejas de Karzai sobre los contratistas. Los jefes tribales los insultaban cuando les negaban acceso a él; algunos incluso fueron derribados y aplastados contra el suelo cuando se acercaron demasiado agresivamente, dijo el diplomático norteamericano.
Blackwater también protegía a Khalilzad, cuya gratitud se veía mezclada con el temor de que los veloces convoyes de los guardias pudieran arrollar a un niño afgano que apareciera de improviso por una calle lateral.
Pero Afganistán, en términos de seguridad, era un juego de niños en comparación con lo que les esperaba más adelante en Iraq.

Opción Conveniente
Cuando las fuerzas armadas norteamericanas invadieron y ocuparon Iraq a principios de 2003, no había ninguna duda sobre quién se ocuparía de la seguridad de los funcionarios civiles que llegaban en grandes cantidades para rehacer el país. Con una orden firmada por Bush, la Coalición de la Autoridad Provisional y su jefe L. Paul Bremer informaban directamente al entonces ministro de Defensa, Donald H. Rumsfeld. Pero a medida que las tropas estadounidenses debieron prestar más atención a la creciente resistencia, el Pentágono contrató a Blackwater para proporcionar seguridad a Bremer y otros civiles.
Al año siguiente, mientras Estados Unidos preparaba la devolución de la soberanía a los iraquíes y el Departamento de Estado empezaba a planificar una embajada en Bagdad, Rumsfeld perdió su apuesta de conservar el control sobre la campaña norteamericana, incluyendo billones de dólares en fondos de reconstrucción. Una nueva orden del ejecutivo, firmada en enero de 2004, quitó al Departamento de Estado autoridad sobre operaciones militares. La venganza de Rumsfeld, al menos en opinión de muchos funcionarios del Departamento de Estado, fue retirar toda asistencia, excepto la mínima, a la seguridad diplomática.
"Donald Rumsfeld y el entonces subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, pensaban que esto no era problema de ellos", dijo un ex alto funcionario del Departamento de Estado. Las reuniones para negociar un memorándum oficial sobre el convenio entre el Departamento de Estado y el ministerio de Defensa durante la primavera de 2004 terminó en elocuentes peleas sobre temas como sus niveles respectivos de patriotismo y si las fuerzas armadas se encargarían de los servicios funerales de los diplomáticos caídos.
Pese a la tensión, muchos en el Departamento de Estado reconocieron el alegato del Pentágono de que los soldados no eran adiestrados como protectores personales. Otros temían que rodear a los funcionarios civiles con cascos y todoterrenos socavaría el mensaje de amable democracia que estaban tratando de implantar en Iraq.
"Se trataba de si queríamos llevar uniformes", dijo el funcionario de SD. "¿Deben los militares ocuparse de ese tipo de funciones?"
Estaba claro que la misión estaba más allá de las capacidades de SD, y cuando se aproximaba la apertura de la embajada a mediados de 2004, "teníamos que decidir qué íbamos a hacer", dijo el ex funcionario del Departamento de Estado. "Teníamos que trabajar y para eso necesitábamos protección".
El Departamento de Estado prefirió la solución más expedita: Coger todos los contratos de seguridad personal de Blackwater con el Pentágono y prolongarlos por un año. "Sí, fue un contrato sin licitación" justificado por "razones apremiantes", dijo William Moser, subsecretario de estado para logística en una declaración ante el Congreso hace poco. A mitad de camino del contrato, dijo Moser, una auditoría independiente obligó a Blackwater a bajar la propuesta de 140 a 106 millones de dólares.
El funcionario de SD rechazó las sugerencias en el Parlamento de que los contactos políticos de Blackwater con los republicanos y sus contribuciones a la campaña electoral influyó en su elección. "Voy a defender el contrato contra la opinión de todos los demás", dijo. "Especialmente del ministerio de Defensa". A los funcionarios del Departamento de Estado "no les interesa si Erik Prince [presidente de Blackwater] dio dinero a alguien". Blackwater era el único contratista en Iraq que tenía helicópteros y que contaba con personal e instalaciones en el lugar.
Cuando el contrato expiró en el verano de 2005, el Departamento de Estado pidió propuestas para importantes contratos de "servicios de protección personal en todo el mundo" para colocar todas las operaciones en Iraq, Afganistán y otros lugares bajo un solo paraguas. Blackwater formó un consorcio con las firmas norteamericanas DynCorp y Triple Canopy, y el grupo obtuvo un contrato de varios años por 1.2 billones de dólares.
Con tareas individuales a las que sólo estas tres firmas pueden postular, DynCorp proporciona seguridad personal en el norte de Iraq, y Triple Canopy en el sur. Blackwater cubre Bagdad y Hilla, y se lleva de lejos la cuota más grande de los 520 millones de dólares que gasta anualmente el Departamento de Estado en contratos de seguridad en Iraq.
Tanto Blackwater como el Departamento de Estado dicen que la firma hace bien su trabajo. El costo de enviar al extranjero a un diplomático o agente de la SD norteamericano varía "de unos 400 mil dólares para una misión normal en el mundo hasta un millón de dólares para una posición diplomática en Iraq", dijo al Congreso Moser, el funcionario encargado de logística del Departamento de Estado. "Así que cuando hablamos de usar a contratistas, creo que tenemos que ser muy cuidadosos y considerar cuáles serían los costes de una contratación directa".
SD entrega a los contratistas un listado de normas y procedimientos de mil páginas y afirma que todo el personal de seguridad cumple con estrictas exigencias, incluyendo experiencia militar o policial, y son controlados en términos de seguridad. Los contratistas son bien pagados para sus tareas de seguridad: Blackwater pide al Departamento de Estado 1.221 dólares con 62 centavos por día por un "especialista en seguridad de protección", de acuerdo a una factura de 2005 dada a conocer por el Comité de Control y Reforma del Gobierno de la Cámara.
Pero ese monto incluye todos los costes, dijo hace poco el director de Blackwater, Prince, en una entrevista en el programa ‘Charlie Rose'. "Son bien pagados, pero sólo se les paga eso los días que trabajan en una zona difícil. Tienen que pagar impuestos, federales y estatales. Tienen que contratar sus propios seguros médicos, sus propias hipotecas -todos beneficios que normalmente reciben los soldados".
De cualquier modo, dijo Prince, "yo sé que sería difícil para el Departamento de Estado reclutar a otras personas para que vengan acá y trabajen en la reconstrucción... si algunos de ellos vuelven a casa en ataúdes".
Diplomáticos norteamericanos que han servido en Iraq son unánimes en su defensa de Blackwater y otras firmas de seguridad que se encargan de su protección. Blackwater, dicen, ha perdido a más de treinta de sus propios empleados, y ni un solo diplomático.
Pero del mismo modo que los diplomáticos reciben sólo un adiestramiento rudimentario para protegerse a sí mismos, la SD tenía poca preparación y no tenía instrucciones comprehensivas para gestionar un ejercito privado de miles de personas. En particular, dijo el funcionario de SD, no se pensó demasiado en cómo serían los contratistas legalmente responsables en incidentes como el tiroteo del 16 de septiembre.
El control, reconoció el funcionario, "quizás no estuvo tan bien como debía".

25 de octubre de 2007
21 de octubre de 2007
©washington post
©traducción mQh
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combatientes ilegales norteamericanos


[Julian E. Barnes] ¿Tiene Estados Unidos sus propios combatientes ilegales? Algunos expertos piensan que el uso de guardias privados en Iraq podría exponer a Estados Unidos a acusaciones por violar tratados internacionales.
Washington, Estados Unidos. Mientras el gobierno de Bush trata de superar las secuelas de los recientes asesinatos de civiles por guardias de firmas de seguridad privadas en Iraq, algunos funcionarios se preguntan si los contratistas deben ser considerados combatientes ilegales para los tratados internacionales.
La pregunta es una consecuencia de las revisiones federales de los tiroteos, en parte porque Estados Unidos quiere determinar si el gobierno puede ser acusado de violar tratados internacionales, lo que podría provocar indignación internacional.
Pero el tema también tiene implicaciones prácticas y políticas para la guerra del gobierno y la imagen de Estados Unidos en el exterior.
Si los funcionarios norteamericanos concluyen que el uso de guardias es potencialmente una violación, podrían tener que limitar las labores de los guardias en zonas de guerra, que podría significar más trabajo para las ya estiradas fuerzas armadas norteamericanas.
Preguntas sin respuestas provocarán probablemente nuevas críticas a la conducción de la impopular guerra de Bush, especialmente considerando la amplia definición del concepto de combatientes ilegales que el presidente ha usado para justificar sus políticas de detención en Bahía Guantánamo, Cuba.
Los problemas que circundan a los contratistas de seguridad privados están siendo estudiados por abogados en los ministerios de Relaciones Exteriores, Defensa y Justicia. Existen desacuerdos sobre la condición de los contratistas entre las agencias y dentro del Pentágono mismo.
"Creo que es un asunto que debe ser resuelto", dijo un funcionario del ministerio de Defensa que habló a condición de conservar el anonimato debido a que no está autorizado para hablar sobre el asunto. "Pero si ese fuera el caso, ¿qué diablos estamos haciendo?"
El uso de contratistas privados por las fuerzas armadas norteamericanas y gobiernos en todo el planeta empezó mucho antes que las invasiones norteamericanas de Afganistán e Iraq, pero se ha multiplicado rápidamente en los últimos años. Con relativamente pocas controversias, los contratistas han asumido a una cuota más grande de las tareas de apoyo y logística encargadas tradicionalmente a militares uniformados, tales como la protección de diplomáticos en zonas bélicas.
El 16 de septiembre, un equipo de seguridad de Blackwater USA custodiando a diplomáticos estadounidenses participó en un tiroteo que mató a diecisiete iraquíes. Blackwater declaró que sus empleados fueron atacados, pero testigos iraquíes dicen que el equipo empezó a disparar.
Desde entonces se han conocido otros incidentes en los que los guardias privados han actuado agresivamente y fuertemente armados.
Los guardias también operan en condiciones de inmunidad ante la justicia iraquí -a los funcionarios norteamericanos se les otorgó inmunidad en 2004- y con una turbia definición con respecto a las leyes norteamericanas.
La designación de combatientes legales e ilegales fue establecida por las Convenciones de Ginebra. Los combatientes legales son funcionarios no militares que operan en una cadena de comando militar. Otros pueden portar armas en una zona de guerra, pero sin poder usar fuerza ofensiva. Según los acuerdos internacionales, sólo se pueden defender cuando son atacados.
La potencia de fuego que es utilizada por firmas de seguridad como Blackwater en Iraq ha planteado interrogantes.
Estados Unidos ya ha debido soportar críticas internacionales sobre sus métodos de interrogatorio y procedimientos de detención, y dice que esos métodos no están cubiertos por tratados internacionales. Fueron abogados del gobierno implicados en esos asuntos los que primero plantearon preguntas sobre el estatus legal de los contratistas privados de seguridad según las disposiciones de las Convenciones de Ginebra.
Pero existe un debate entre los que estudian el asunto. Los abogados del ministerio de Justicia no creen que los contratistas deban ser considerados combatientes ilegales, pero algunos en los ministerios de Relaciones Exteriores y Defensa creen que los contratistas en Iraq deben responder ante reclamos de que sus acciones los convierten en combatientes ilegales.
Si es así, dicen algunos expertos, Estados Unidos tendría que retirarlos de la zona de guerra.
Expertos legales concuerdan ampliamente en que los contratistas privados pueden usar fuerza para defenderse. Pero el umbral entre la fuerza defensiva y la ofensiva no está bien definido.
"En cuanto a los contratistas privados militares, este es un asunto realmente muy complicado", dijo el funcionario de Defensa. "Es verdad que la gente se defiende a sí misma. Entonces la pregunta se convierte: ¿En qué momento un contratista que provee seguridad defensiva empieza a ir más allá?"
En círculos académicos las interpretaciones pueden variar. El tema ha sido materia de artículos y discusiones.
Para un guardia que sólo puede utilizar fuerza defensiva, matar a civiles es una violación de las leyes de la guerra, dijo Michael N. Schmitt, profesor de derecho internacional en la Academia de Guerra Naval y ex abogado de la Fuerza Aérea. " Matar a civiles ilegalmente en un conflicto armado, es un crimen de guerra", dijo.
Si los contratistas fueran los agresores en un incidente, podría considerarse que están utilizando fuerza ilegalmente, dijo Scott Silliman, abogado jubilado de la Fuerza Aérea y ahora profesor en la Universidad de Duke. Dijo que sólo se podía llamar defensa personal si eran atacados previamente.
"La única fuerza que pueden usar es defensiva", dijo Silliman. "Pero hay algunos casos en los que los contratistas utilizan fuerza ofensiva, que en mi opinión es ilegal".
Algunos abogados del ministerio de Defensa creen que esa interpretación es muy restrictiva. Como los soldados, los guardias de seguridad deberían poder defenderse a sí mismos si detectan "intenciones hostiles", dijo el funcionario de Defensa.
Pero los guardias a menudo participan en operaciones donde es difícil trazar la línea que separa la fuerza defensiva de la ofensiva, tales como escoltar a diplomáticos por un barrio en una zona de guerra, como hacen muchos frecuentemente.
Esas operaciones deberían ser ejecutadas sólo por militares, dicen algunos expertos.
"¿En qué sentido es adecuado que haya gente implicada en la aplicación de fuerza que no pertenezca a la cadena de comando bajo el presidente de Estados Unidos?", preguntó el funcionario.
Toda duda sobre la condición jurídica de los contratistas puede abrir en Estados Unidos la puerta a más críticas de parte de la comunidad internacional.
John Hutson, ex abogado de la Armada, dijo que no consideraba que los contratistas fueran combatientes ilegales.
Pero eso será difícil de defender por los funcionarios norteamericanos, enfatizó.
"Vamos a pasar apuros a la hora de trazar una distinción clara entre los tipos de Blackwater con armas automáticas y los tipos malos colocando bombas a la berma de las calles", dijo Hutson, ahora decano del Centro Jurídico Franklin Pierce, Nueva Hampshire.
Funcionarios norteamericanos han descrito como combatientes ilegales a muchos de los sospechosos de al-Qaeda y talibanes que retienen en Bahía Guantánamo sea por haber participado en hostilidades contra Estados Unidos, sea por apoyar las hostilidades sin pertenecer a las fuerzas armadas del país.
Según eso, algunos de los guardias privados de Iraq y Afganistán también podrían ser considerados combatientes ilegales, especialmente si han emprendido acciones ofensivas contra civiles desarmados, dicen expertos.
"Si contratamos gente y les pedimos que realicen actividades que constituyen una participación directa en las hostilidades, entonces al menos según las normas de Guantánamo, eso es un crimen", dijo Schmitt.
El otorgamiento de inmunidad de 2004 impide que Iraq procese a los guardias privados según leyes iraquíes. Pero algunos juristas especializados en derecho internacional piensan que Iraq podría utilizar tratados internacionales para llevar a juicio a contratistas por el asesinato de civiles.
De momento, esos juicios son considerados improbables, especialmente debido a que el gobierno iraquí no ha detenido a los contratistas.
Muchos de los actuales y ex funcionarios federales piensan que el gobierno tiene la obligación según las Convenciones de Ginebra de aclarar la condición de los contratistas. Algunos se muestran perplejos de que el gobierno de Bush no resolviera estos problemas -o al menos los discutiera más completamente- antes de enviar a los contratistas a un campo de batalla tan complejo.
"Confunde", dijo Silliman. "Y un montón de nosotros nos estamos preguntando por qué el ministerio de Defensa los hace cumplir tareas militares que son vitales".

julian.barnes@latimes.com

22 de octubre de 2007
15 de octubre de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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