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literatura

misterio del escritor chapero jt leroy


[Kim Curtis] Uno de los misterios más bizarros del mundo editorial ha sido finalmente resuelto. El chapero LeRoy es una asistente social en la cuarentena.
San Francisco, California, Estados Unidos. El escritor que firmaba sus novelas como ‘JT LeRoy’, aparentemente un ex gigoló y drogadicto de 25 años, ha sido desenmascarado como una mujer de cuarenta que utilizó el disfraz pretendidamente para que su trabajo fuera reconocido.
LeRoy no existió nunca. La autora de los libros es Laura Albert, de acuerdo a un abogado de su ex pareja, Geoffrey Knoop.
Knoop, 39, que pidió excusas por participar en el engaño, dijo que la tensión que le provocaba el mantener el secreto se había convertido en insoportable. La pareja se separó en diciembre, después de 16 años y estaban tratando de llegar a un acuerdo sobre la tutoría de su hijo.
"Quiere limpiar su nombre y dejar que el asunto se olvide", dijo el abogado de Knoop, Eric Feig, el lunes noche. "Quiere volver al buen camino".
También ha firmado un contrato para vender su versión de la historia, dijo Feig.
El desenmascaramiento de LeRoy se produce cuando el mundo literario cuestiona el trabajo y la identidad de otros autores con historias con pasados difíciles. Se cree ahora que Nasdijj, un galardonado escritor navajo, es el escritor blanco llamado Timothy Patrick Barrus. James Frey reconoció haber inventado o exagerado partes de su memoria, ‘A Million Little Pieces’. La editorial St. Martin publicó hace poco un reclamo de exención de responsabilidad por el libro de próxima aparición de Augusten Burroughs, otro escritor de memorias que ha sido puesto en entredicho.
El misterio de LeRoy empezó a desenmarañarse con un artículo en el New York Magazine en otoño pasado, que apuntaba hacia Albert, que reclamaba haber sacado a LeRoy de la calle y lo había animado a iniciar una carrera literaria. Luego, el mes pasado, un artículo en New York Times identificaba a la persona que aparece a menudo en público como LeRoy como la hermanastra de Knoop, Savannah Knoop, 25.
En una entrevista reciente con la Associated Press AP, una persona que reclama ser LeRoy insistió en que Albert no era la escritora, pero se negó a encontrarlo en persona.
"No soy Laura. Laura no soy yo", dijo la persona en una conferencia telefónica con su abogado.
Albert y Knoop, que viven en San Francisco, no devolvieron llamados de la AP el mes pasado. El abogado de LeRoy, Peter Cane, no hizo comentarios este lunes.
Las obras de LeRoy incluyen, entre otros libros, ‘Sarah’ y ‘El corazón es mentiroso’ [The The Heart is Deceitful Above All Things], una compilación de cuentos que se supone serán llevados al cine esta primavera. Ninguno fue un éxito de ventas, pero LeRoy ganó seguidores fieles, entre los que se incluyen celebridades como Winona Ryder, Courtney Love, Carrie Fischer y Madonna.
Sin embargo, con la revelación de Knoop, la leyenda de LeRoy parece terminar donde empezó hace una década: con Albert.
Según la historia que ha sido contada decenas de veces en entrevistas por una persona que dice que es LeRoy, Albert era una asistente social que sacó al pícaro adolescente de las calles del barrio Tenderloin de San Francisco hacia 1993. Lo encaminó hacia el doctor Terrence Owens, un psicólogo especializado en el tratamiento de adolescentes.
Owens lo animó a escribir y LeRoy empezó a hacerlo -brillantemente, según algunos. Según se dice, Owens pasó un temprano manuscrito a su vecino editor y en 2000 había nacido un nuevo icono literario.
Owens dijo que la privacidad del paciente le impedía confirmar si LeRoy era uno de sus pacientes. Feig dijo que Owens hablaba con LeRoy por teléfono y conoció a un doble -el joven gigoló que Albert y Knoop rescataron de la calle- sólo a fines de los años noventa.
Pero varias personas, incluyendo el antiguo amigo cercano y cineasta Gus Van Sant, dijo que LeRoy los hacía participar en conferencias telefónicas con Owens, confirmaron la historia de LeRoy.
Se suponía que las osadas novelas de LeRoy se basaban en sus propias experiencias -drogadicción, prostitución y una vida en la calle. Su último libro, ‘Harold’s End’, incluye una introducción del escritor Dave Eggers.
"Entre sus amigos ya había quince escritores conocidos", explicó Van Sant, que ha gastado cientos de horas hablando con él por teléfono en los últimos seis años. "Hubo un año corrido en que hablé con él todos los días durante al menos una hora, a veces hasta cinco horas. Nunca se nos agotaba los temas".
Sin charlas ni presentaciones ni entrevistas personales, empezaron a proliferar las especulaciones sobre la verdadera identidad de LeRoy. Algunos dijeron que era Van Sant, otros que era el escritor Dennis Cooper.
Knoop dijo que la travesura empezó en 1996, cuando Albert conoció a Cooper. Temerosa de que él no estuviera interesado en hablar con una mujer de más de 30, decidió acercarse a él haciéndose pasar por un adolescente.
Cooper y otros dijeron que se sienten traicionados por el engaño.
"Para mí lo más asombroso es la cantidad de tiempo y esfuerzo que invirtió Albert en esto", dijo Cooper hace poco en una entrevista telefónica desde París donde está trabajando en una pieza de teatro. "Fue una actuación increíble".
En 2001 una persona que decía ser LeRoy empezó a aparecerse en público, usualmente con peluca, gafas de sol y sombrero. Esa persona empezó a codearse con celebridades, pero nunca sin Albert, que se encargaba de gran parte de las charlas.
En conversaciones con la AP, la persona que decía ser LeRoy no negó el mes pasado que Savannah Knoop fuera su doble. Savannah Knoop no devolvió las llamadas ni abrió la puerta cuando un periodista trató de entrevistarla.
El último proyecto que estaba escribiendo LeRoy era un episodio para la temporada en curso del programa ‘Deadwood’, de la HBO.
Una portavoz del canal dijo que "no se han tomado decisiones sobre cuándo será entregado o producido el manuscrito".

7 de febrero de 2006

©miami herald
©traducción mQh

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una anarquista fugitiva


[Michiko Kakutani] Con un inconfesable pasado revolucionario, y determinada a escapar de él.
La posibilidad de hacer tabla rasa con uno mismo ha sido siempre uno de los mitos fundacionales de Estados Unidos. Se trate de los primeros colonos que abandonaban Europa para empezar nuevas vidas en el Nuevo Mundo o el Gatsby de F. Scott Fitzgerald tratando de encarnarse en su propia concepción platónica de sí mismo, los estadounidenses han acogido siempre la posibilidad de rehacer sus vidas: trasladándose con la frontera hacia el Oeste para empezar de nuevo o hacia el Este, a la gran ciudad, para borrar los orígenes provinciales; despojándose de legados familiares y cambiando sus nombres, sus aspectos, sus historias.
En su impresionante nueva novela, Dana Spiotta mete el diente a este eterno tema con ingenio, inventividad y élan. Su heroína es una extremista de la era del Vietnam que ha entrado en la clandestinidad después de un intento de colocar una bomba que salió torcido -piénsese en una ficticia Kathy Boudin, o Cathy Wilkerson. Es alguien que ha tratado, literalmente, de desechar el pasado y forjarse una nueva identidad: la ex Mary Whittaker se convierte en Caroline Sherman, que eventualmente deviene Louise Barrot -una personalidad inventada con el nombre de una bebita muerta, una mujer que quiere creer que su aspecto "crónicamente desdeñable" y silenciosas maneras la hacen invisible.
Después de años de fuga, trata de desaparecer en las anónimas extensiones de los suburbios, donde cría a su hijo adolescente, pero se encuentra abrumada por una terminal sensación de soledad -una desesperación que proviene de haber vivido una sucesión de mentiras, "de no ser conocida verdaderamente por nadie". Empieza la contemplar la posibilidad de entregarse.
Yendo y viniendo entre la historia de Mary y las historias de su hijo, Jason; su antiguo amor y colega fugitivo, Bobby; y el mejor amigo de Bobbt, Henry, Spiotta ha construido un reluciente collage de libro -un libro que posee el feroz staccato de un ensayo de Joan Didion y la resonancia histórica y el lenguaje ofuscado de una novela de DonLillo. Aunque algunas de las historias de su gente son menos interesantes que otras -las alucinaciones de Henry sobre el Agente Naranja y el napalm, en particular, son forzadas y artificiales-, juntas entregan un retrato sinfónico de tres décadas de vida americana, un era marcada por el radicalismo del Weather Underground y las protestas anarquistas del milenio, por los manifiestos izquierdistas de los años sesenta y la malintencionada comercialización de la contracultura.
Como lo demostró en su impresionante novela debut de 2001 (‘Lightning Field’), Spiotta tiene un fino oído y una mirada todavía más fina de los absurdos y disyunciones de la vida americana, y su novela exhibe esas dotes a paladas. Demuestra tener aptitudes para canalizar las perezosas meditaciones de Jason sobre los Beach Boys, las grabaciones pirateadas, y los consuelos de la nostalgia cuando describe las meditaciones hastiadas, ligeramente irónicas sobre la ética de la protesta política.
Captura la confusa mezcla de idealismo y auto-dramatización que animó al movimiento anti-bélico de los años setenta y la miríada de modos en que la política, la música, la tecnología y el lenguaje de esa época dirigieron la cultura más cínica de los años noventa. Examina cómo las ideas gemelas de libertad y rebelión se han abierto paso en la historia reciente de Estados Unidos, y en cómo han conducido a la liberación, sí, pero también al desarraigo y la desconexión.
Las dos tramas más convincentes en ‘Eat the Document’ (el título viene de un documental sobre Bob Dylan, que relata su transformación de cantante de folclore acústico en músico roquero) giran sobre los intentos de Mary de empezar una nueva vida como Caroline, o Louise, y el intento de Jason de descubrir la verdad sobre la misteriosa vida de su madre.
La primera es una historia sobre enterrar el pasado: Mary se traslada de Oregon al norte de Nueva York y a California, haciendo nuevos amigos y luego terminando con ellos cuando se ponen suspicaces, inventando historias sobre la muerte de sus padres y tratando en vano de apagar su amor por Bobby.
"Estaba segura de que podías cambiar el pasado, cambiar los hechos, solamente con tu voluntad", escribe Spiotta. "Sólo la memoria lo hace real. Así que hay que eliminar el recuerdo. Y si era también verdad que había ocasiones en que no podía controlar la dirección de su mente -un sueño, un sudor frío en un momento inesperado, un olor que podría delatarla repentinamente-, el tiempo lo mejoraría. El tiempo reduce todo -las cosas buenas que quieres recordar desesperadamente, y las cosas terribles que necesitas olvidar".
La segunda es una historia sobre el descubrimiento del pasado que empieza cuando Jason se pregunta sobre la curiosa indiferencia de su madre, su reluctancia a hablar sobre la familia y su infancia, su modo de ser "tan espeluznantemente reservado y críptico de modos raros y alegres". Su revelación de que ella una vez conoció a uno de los Beach Boys y su aparición en una oscura película underground espolonearán sus sospechas y le conducirán más cerca al secreto que ha mantenido durante 25 años.
Con estas dos entrelazadas historias, Spiotta levanta una historia elíptica llena de motivos musicales e imágenes chamuscadas y estroboscópicas de la vida contemporánea-, una narrativa que nos sumerge de cabeza en el caos y las incongruencias de la cultura americana mientras nos aguijonea hacia la contemplación melancólica de la inclinación del país a desechar el pasado.

Libro reseñado:
Eat the Document.
Dana Spiotta
291 pp.
Scribner
$24

3 de febrero de 2006

©new york times
©traducción mQh

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fantasma de hamlet


[Javier García] Antipoeta chileno Nicanor Parra nuevamente postulado al Nobel.
Tiene la astucia de un joven de 91 años. Sus ‘Obras completas’, por el sello Galaxia Gutenberg, ya debieran haberse publicado, y su editor, Ignacio Echevarría, pese a estar con los pelos de punta, adelanta que el volumen tendría una edición de lujo y otra popular como exige el vate. Mientras, Don Nica rescribe y recita a ‘Hamlet’, su "proyecto mayor", como dice desde su casa de Las Cruces. En septiembre se lanzará ‘Discursos de sobremesa’ y dos universidades lo postulan al Nobel, sin importar que otras doce lanzan a Gonzalo Rojas al galardón.
Lleva una década instalado en el balneario de Las Cruces. Su casa alba y oscura está al lado del incendiado Castillo Negro. A los pies de la puerta está echado ‘Parrita’, el quiltro que vacila en ladrar y prefiere mirar feo. La puerta está rayada con spray: Antipoesía.
Nicanor Parra tiene 91 años y un Volkswagen escarabajo desde hace siete. Saca desde la guantera sus antiparras y maneja mientras el ruido del motor parece indicar que el viaje es un despegue. Es el anfitrión de la jornada y el restaurante Entre Poetas queda camino a Cartagena, donde fotografías de Vicente Huidobro y Pablo Neruda cuelgan de una pared. "Aquí hay dos, falta el primero", afirma soltando una carcajada y cerrando un ojo.
En 1994, en su cumpleaños 80, le regalaron una plaza portátil con letreros y grandes esculturas. Los periodistas le preguntaron: –¿Qué lo inspiró a escribir? –Nada. Mi poesía es anti-inspiración. Es para afuera, no para adentro. Es espiración. Algo tendrá que ver la respuesta de Parra con la afonía que padeció durante cuatro años, mientras trabajaba en el libro que revolucionó la poesía hispanoamericana del siglo XX, ‘Poemas y antipoemas’ (1954).
Pero Don Nica está en otra. Embalado con sus nietos, "la Lina Paya, el otro día me dijo: ‘La decadencia de la poesía comenzó con Homero’", exclama abriendo los ojos y sacando la lengua y retoma la conversa: "Quizás, sin Pablo de Rokha no me hubiese atrevido a publicar, porque Neruda quería abarcarlo todo. Mientras De Rokha era de extrema izquierda, Neruda era de extrema derecha".
Parra tenía 23 años cuando publicó su primer libro, ‘Cancionero sin nombre’, ganándose el Premio Municipal de Poesía. Luego, se dedicó a descifrar operaciones de matemáticas y física al mismo tiempo que anotaba versos en pequeños cuadernos. Después de estudiar en Inglaterra fue profesor –por 51 años– y director de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile, donde impartía la clase de mecánica racional, hecha a base de filosofía, matemática y poesía.
Lo que viene después es una gran ovación para un asmático que se crió en el campo y cuyos padres aspiraban a que su hijo fuese secretario de la única notaría que había en Chillán. Pero el hermano de Violeta Parra, ya en 1960 estaba siendo editado en inglés y traducido por Lawrence Ferlinghetti y Allen Ginsberg.Atrasos y Suspenso
Este será el año de Parra, ya que en septiembre Ediciones Universidad Diego Portales publicará ‘Discursos de sobremesa’. Ya en el 2004, la misma editorial publicó ‘Lear, rey & mendigo’, libro que Parra trabajó por más de 25 años.
Pero su gran proyecto literario es la reescritura de otro libro de Shakespeare, ‘Hamlet’. "Ya tengo unos bosquejos, incluso diálogos completos terminados; ese es un proyecto mayor", dice, y agrega tapándose la cara: "Soy el fantasma de Hamlet".
Parra mira el mar junto al interminable horizonte y detiene las carcajadas. En septiembre del año pasado se anunciaba la aparición del primer tomo, de más de mil páginas, de sus ‘Obras completas’ por el sello español Galaxia Gutenberg.
El antipoeta pensó para el prólogo en el escritor Ricardo Piglia. Pero los prologuistas del primer tomo serán Nial Binns y Federico Schopf, ambos estudiosos de la antipoesía. Parra, al parecer, no quedó conforme con el trabajo de Binns, quien escribe: "Nicanor Parra es la figura más importante en la historia de la poesía hispanoamericana contemporánea. Esto no es, aunque lo parezca, un simple juicio de valor, ni es una más de esas hipérboles que decoran los prólogos y contraportadas al uso".
En estos últimos meses se han presentado otros problemas. Ya en diciembre, el crítico español y encargado de las ‘Obras completas’, Ignacio Echevarría, señalaba desde Barcelona que "los trabajos de edición se han ‘ralentizado’ mucho y todavía no he podido mandar a Nicanor el juego con las pruebas definitivas. En ellas quedan incorporadas muchas novedades. De otro modo, queda sometido a cambios que no está en mis manos prever ni evitar, dado que Nicanor es el dueño absoluto del resultado final y hay muchas cosas que hemos hablado, pero que él no ha visto todavía".
El pasado jueves, Echevarría confirmó que dentro de las próximas semanas le enviaría a Parra las últimas correcciones de prueba. Por otro lado, la editorial prefiere que las noticias relativas al lanzamiento no se adelanten demasiado. Aunque Echevarría asegura que tendremos el primer tomo en otoño de este año.
Parra, además, desea que se hagan dos versiones de las ‘Obras completas’: una canónica y otra popular. Asunto que Galaxia Gutenberg no contempla, ya que sus ediciones se caracterizan por sus tapas duras, hojas papel biblia y su alto valor. Pero Echevarría confirmó que "en Chile saldrá simultáneamente la edición costosa y otra hecha en bolsillo, más económica".La Razón de la Espera
A fines de 2004, Echevarría viajó a Chile y se quedó una semana en Las Cruces, donde definió junto a Parra el criterio de selección de las obras. Entonces, ¿por qué se retrasó la publicación de las ‘Obras completas’?
Según el catedrático César Cuadra, autor de ‘Nicanor Parra, en serio & en broma’, "lo que pasa es que los españoles no entienden nada lo que es el proyecto de la antipoesía. ¿Cómo se les ocurre publicar en un libro los trabajos visuales? Parra hace un ejercicio de época que nos permite mirar el modernismo. La antipoesía es un discurso que está por verse", reclama Cuadra, quien fue contactado por Echevarría para encargarse del segundo tomo. Pero hasta hoy aún no llegan a acuerdo.Corazón con Patas
Parra ha lanzado durante años varias frases para el bronce vinculadas a su postulación al Premio Nobel de Literatura: "Es más fácil ganarse el Kino que el Nobel". "El Premio Nobel está barato, pero no regalado". "Al paso que vamos me lo darán por razones humanitarias".
Se han hecho grandes fiestas, homenajes, exposiciones, páginas en Internet y entregas de reconocimientos para apoyar la designación de Parra al Nobel, quien fue postulado por primera vez en 1970 por los alumnos de la Universidad de Columbia en Estados Unidos.
Empresa que no se repetiría hasta 1994, cuando la Universidad de Concepción, junto a 17 universidades norteamericanas, lo postulan. Un año después, 360 profesores de Literatura de diversas universidades de Estados Unidos lo vuelven a solicitar para el Nobel en el Instituto Cervantes de Nueva York.
En 1997 es presentado otra vez por la U. de Concepción. Lo respaldan 300 personalidades del mundo cultural, entre ellos los críticos Federico Schopf, Ignacio Valente y los escritores Mario Benedetti y Raúl Zurita.
El 2000, debido a su nueva postulación, Parra sentenció: "Voy a aceptar el Nobel a condición de que no me lo den nunca más". El 2001, la U. de Chile lo repostula y es traducido al checo y definitivamente al sueco en el 2003 con la antología ‘Manchas en la pared’.
A la fecha, ya se había alejado el fantasma de la atormentada relación que tuvo con la sueca Sun Axelsson, quien dijo alguna vez: "Parra nunca recibirá el Nobel". Este año, Don Nica ha sido nuevamente postulado por la Universidad de Chile y la Diego Portales. Pero no hay que olvidar que este año también doce universidades chilenas oficializaron su respaldo a la postulación al Nobel del poeta Gonzalo Rojas. El antipoeta le guiña un ojo a la Academia Sueca y con el otro observa paso a paso la construcción del Antimuseo en Isla Negra, que está entremedio de un bosque, opuesto a la Casa Museo Pablo Neruda.
En 1984, al cumplir 70 años, Parra estaba en Nueva York y mandó el siguiente recado: "No se extrañen/ si me ven simultáneamente/ en dos ciudades distintas/ oyendo misa en una capilla del Kremlin/ o comiéndome un hot-dog/ en un aeropuerto de Nueva York/ en ambos casos soy exactamente el mismo/ aunque parezca absurdo soy el mismo".

©nación rss

balsero se hace libretista

[Laura Wides Muñoz] Cumplió su sueño.
Un hombre joven huye de Cuba y consigue empleo en una fábrica, pero sueña llegar a ser escritor. Por impulso envía un trabajo a un concurso de libretos para televisión y gana a lo grande.
Es una historia que Erick Hernández Mora pudo haber inventado fácilmente durante los diez años en los que trabajó en la fábrica de cemento Supermix para mantener a su familia después de emigrar a Estados Unidos.
Pero para el cubano de 32 años que abandonó sus estudios, de ojos penetrantes y cabello rizado, es la historia que no tuvo necesidad de inventar. Ganó el primer premio el mes pasado en un concurso de libretos para telenovelas de Telemundo, consiguió un trabajo en la emisora y acordó un contrato con la editorial Simon & Schuster para escribir un libro.
Hernández dice que prefiere concentrarse en su ficción que en su propia historia.
"Aun sin quererlo, cuando escribo invento cosas, de modo que es mejor escribir ficción porque de otro modo la gente la compara con tu vida real", dijo.
Los ejecutivos de Telemundo y Simon & Schuster coincidieron en que la narrativa franca de Hernández y su atención por los detalles les llamaron la atención. Pero por otra parte no deja de convenir que su historia personal equivalga a un libreto igualmente interesante.
"El representa la historia del inmigrante que llega a este país con un sueño, y en cierta medida es un sueño que se le ha hecho realidad", observó Johanna Castillo, editora ejecutiva de Atria Books, de Simon & Schuster.
Castillo dijo que no sabía sobre la vida de Hernández cuando éste ganó el contrato para escribir un libro basado en una telenovela de Telemundo para la nueva línea editorial Latino, de la compañía.
Este mes Hernández hizo una edición propia de su primera novela sobre la vida en Cuba, y Castillo dijo que le pidió un ejemplar.
Hernández se crió en el pueblo costero de Guanabo, a unos 40 kilómetros al este de La Habana, y de niño se la pasaba devorando las novelas de Sherlock Holmes y Agatha Christie. Absorbió pronto la biblioteca de su padre con libros de Hemingway y escritores latinoamericanos como Gabriel García Márquez.
Hijo de un ingeniero en telecomunicaciones, se suponía que iba a ir a la universidad y a ganarse la vida sosegadamente. Pero el autocalificado de ‘oveja negra’ se irritaba por la vida en Cuba, se negó a inscribirse en el Partido Comunista y dejó la universidad cuando las autoridades no le dejaron elegir la carrera que quería.
Después de un período obligatorio en el ejército, donde estuvo preso dos semanas por almorzar junto con los prisioneros, Hernández halló empleo como camarero y, para ganar dinero extra, trabajó como vendedor de camisetas y medias.
En 1994 el presidente Fidel Castro intensificó su represión de los opositores, estallaron motines y más de 30 mil cubanos huyeron a Estados Unidos en botes y balsas improvisadas.
Hernández y su novia --hoy su esposa y madre de sus dos hijitas-- se sumaron al éxodo. Los dos salieron en un bote pesquero de 6 metros junto con otras 18 personas en la mañana del 20 de agosto. A medianoche llegaron a Miami.
Todavía recuerda algunas balsas vacías que vio flotando solas en el mar mientras su embarcación enfilaba a las costas de Estados Unidos, pero no se desalentó.
"Siempre miré hacia adelante", afirmó. "No me gusta mirar atrás".
Hernández halló un empleo de limpieza en la fábrica de cemento y pronto fue promovido a operador de las computadoras que controlan las mezcladoras de concreto, pero después de unos años aspiraba a más. Volvió a leer, y luego se puso a escribir.
Pocos tomaron seriamente sus esfuerzos.
"Era su pasión", recordó Orlando Pérez, camionero de Supermix, que disfrutaba la lectura de la novela en la que Hernández trabajaba en sus momentos libres. "Pero le dije que estaba loco. ‘Tú trabajas con el concreto’, le dije’’.
Pérez dejó de reírse cuando Hernández se inscribió por la internet en un concurso de España en el 2002 y ganó un segundo premio con un cuento.
Dos años después, Hernández vio un aviso de un nuevo programa para entrenar escritores de telenovelas en español, copatrocinado por Telemundo y el Community College de Miami-Dade.
El y otros 14 concursantes fueron seleccionados entre más de 4,000 solicitantes en todo el mundo. Mimi Belt, vicepresidenta de desarrollo artístico de Telemundo, dijo que parte del éxito de Hernández se debe a su disposición a aprender.
Recordó haberle enviado de vuelta un libreto pidiéndole cambios significativos. Como no oyó nada sobre él durante varios días supuso que estaba contrariado. Pero cuando ella finalmente lo llamó, "me dijo no, no; he pasado todos estos días estudiando por qué me pedía estos cambios para poder hacerlo mejor la próxima vez".
Hernández dijo que disfruta escribir las sencillas historias de amor que son el núcleo de la mayoría de las telenovelas y la reacción inmediata que reciben cuando salen al aire. Pero su obra literaria es más mordaz, llena de la jerga y los detalles descarnados de la vida en Cuba.
Hasta ahora, prefiere la pluma y el papel a las computadoras.
"Cuando uno escribe la mano fluye naturalmente", explicó. "No es lo mismo que la máquina, que hace ta-ca-ta-ca... Si cometo un error de ortografía tengo que parar. En la pantalla no puedo ver qué mal luce".
Ahora tiene demasiado que escribir como para hacerlo todo a mano. Tiene un trabajo de tiempo completo con Telemundo y está terminando el libro para Atria.
La familia está construyendo un estudio a fin de brindarle un lugar para trabajar en el que no se vea interrumpido por sus hijitas y sus juegos.
"Ahora es diferente porque ya no escribo como pasatiempo. No puedo detenerme cuando vienen las amistades o ir a ver un partido", dijo con nostalgia.
Pero todavía se sigue admirando cuando piensa cómo empezó.
"Nunca pensé que sucedería esto. Creí que iba a ser camarero", dijo Hernández. "Eso es todo lo que sabía hacer".

22 de enero de 2006

©miami herald

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zombis por teléfono


[David L. Ulin] En la última novela de Stephen King, una señal convierte a los usuarios de celulares en zombis homicidas.
Siempre he imaginado a Stephen King como el Steven Spielberg de la literatura. Como Spielberg, King empezó a principios de los años setenta y se convirtió rápidamente en su propia industria de clásicos, a menudo pasado por alto o reprendido por el establishment de la crítica literaria. Aun más, los dos comparten lo que se puede llamar una visión de base, un instinto por las escenas insignificantes, los pequeños detalles, de los que surgen pequeños trozos de drama. En la obra de Spielberg, los momentos más conmovedores son los más apacibles: unos niños insultándose en torno a una mesa suburbana, un niño gritando por su perro perdido apenas segundos antes del explosivo cataclismo de un ataque de tiburones. King, también, es un maestro de esta suerte de matiz, desarrollando sus historias de horror desde las circunstancias y personajes más normales -un choque de coches en un camino nevado, un conserje en un viejo hotel, un escritor sin inspiración llorando la muerte de su esposa en la soledad de un refugio a orillas de un lago de Maine.
La nueva novela de King, ‘Cell’, opera a partir de esa estética, tejiendo una fantasía apocalíptica a partir de eventos cotidianos. Empezando con una simple, y sin embargo terrorífica suposición -¿ué pasaría si todos los celulares emitieran de pronto una señal que convirtiera a sus usuarios en zombis homicidas?-, el libro propone un paisaje de pesadilla hecho más horrible por la proximidad al mundo que conocemos. Para Clay, el protagonista sin teléfono de la novela, las cosas se desencadenan en un instante: en un momento está en las afueras de Boston Common, esperando comprar un helado Mister Softee, y al segundo siguiente está huyendo para salvar su vida por Boylston Street, después de haber visto a una chica adolescente usar sus propios dientes para desgarrar la garganta de una mujer.
"Tuve tiempo de pensar si acaso se había vuelto loca", escribe King, "y si no me estaba imaginando todo esto en un manicomio en algún lugar. En Juniper Hill, en Augusta, quizás, entre inyecciones de Thorazine". Sin embargo, no mucho después, Clay comprende que esa realidad es el manicomio, y que "esto es lo que hacemos. Esto es lo que ocurre cuando el fondo se seca. Cuando no hay cámaras que giren, no hay edificios en llamas, no hay un Anderson Cooper diciendo: ‘Y ahora, de vuelta a los estudios de la CNN en Atlanta’. Esto es lo que ocurre cuando la Seguridad Nacional ha sido suspendida debido a la falta de cordura".
La idea de que un impulso electrónico maligno ("el Pulso", lo llama King) podría en esencia erradicar todo, es la definición misma del concepto: Casi pide que lo filmen. Sin embargo, como es a menudo el caso con King, aquí hay mucho más que una limitada glosa de la cultura popular. Entre los epígrafes de ‘Cell’ hay uno de Konrad Lorenz -"La agresión humana es instintiva. Los humanos no han creado ningún tipo de agresión ritualizada ni mecanismo inhibidor para asegurar la supervivencia de la especie. Por esta razón el hombre es considerado un animal muy peligroso"- y en todo el libro, King retorna a la pregunta de qué ocurre cuando se raspa el barniz de la civilización. "En el fondo", le dice a Clay un antiguo director de la escuela básica a mitad de la novela, "no somos Homo sapiens de ninguna manera. Nuestra esencia es la locura. El impulso principal es el asesinato. Lo que Darwin fue demasiado amable como para decir, mis amigos, es que nosotros llegamos a dominar la tierra no porque seamos los más inteligentes, o incluso los más malos, sino porque hemos sido siempre los más locos, las [criaturas] más homicidas de la selva. Y eso es lo que dejó ver el Pulso hace cinco días".
Es difícilmente una idea nueva en King; sus narrativas más efectivas tratan menos con horrores sobrenaturales que con la lobreguez del alma. ‘Cell’, entonces, es apenas una entrega más en la larga carrera del autor en su pesquisa del lado oscuro de la humanidad, la violencia y el vicio que, tanto como todo lo demás, nos hace ser lo que somos.
El problema con ‘Cell’, sin embargo, es que aunque King trate de explorar estos instintos traicioneros y fundamentales, no logra crear un mundo en el que podamos asentarnos, o personajes que realmente nos interesen. Es un problema desde las primeras páginas de la novela, que nos hacen zambullir directamente en la historia, sin ofrecer ninguna posibilidad de que descubramos quiénes somos. A diferencia de ‘La milla verde’ o ‘Misery’ -cada una de las cuales se desenvuelve a un ritmo más mesurado, permitiendo la reflexión, la introspección-, ‘Cell’ no entrega suficiente acceso a los pensamientos íntimos de Clay, a sus meditaciones, a las operaciones de su mente. Incluso su deseo de encontrar a Johnny, su hijo de 12, en casa en Maine cuando ataca el Pulso, parece frío, menos un asunto de intensidad orgánica que una convención de la forma.
Clay hace ruido acerca de lo mucho que quiere al niño. Y expresa emociones similares hacia sus amigos Tom, Alice y Jordan, supervivientes como él con los que viaja de noche, cuando los que llaman se reúnen en un extraño estado alfa colectivo, al norte de una devastada Massachusetts. Sin embargo, debido a que las cosas pasan tan rápido (todo el libro no dura más de un par de semanas), sus sentimientos no se hacen nunca carne, dejando a ‘Cell’ como un trabajo apresurado, lejos de estar completamente terminado.
Para crédito de King, deja la novela con un final abierto, no revelando nunca, por ejemplo, la fuente del Pulso, si se trata de la obra de humanos o de alguna fuerza sobrenatural. "Si lo analizas tranquilamente, verás que tengo razón", le dice Tom a Clay. "Este fue ciertamente una especie de acto terrorista, ¿no crees?" Sin embargo, mientras King hacer flotar esta idea en todo el libro, hay demasiados fenómenos inexplicables -la telepatía de grupo de los que hacen las llamadas, su capacidad de levitar- como para que la tesis del terrorismo tenga algún sentido. Y el fin de mundo tampoco parece tan terrible (aunque suene raro decirlo) una vez que empieza y se convierte en rutina.
Quizás el problema es que King está escribiendo demasiado, o demasiado rápidamente, que su jactanciosa productividad finalmente le ha pedido cuentas. Aunque ha disminuido la velocidad estos últimos tiempos, desde 1974 ha publicado más de 50 libros. Pero más al punto, creo que ‘Cell’ tropieza porque sus intenciones son poco claras. ¿Es una novela de horror? ¿Una historia ejemplar? Cuando le preguntaron de qué trataba ‘Parque jurásico’, King dijo: "De dinosaurios cazando niños", pero ‘Cell’ no gira sobre nada.

24 de enero de 2006

©los angeles times
©traducción mQh

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embaucador por la buena causa


[Stephen J. Dubner y Steven D. Levitt] Kennedy, el autor que infiltró al Ku Klux Klan en los años cuarenta, parece no haberlo infiltrado nunca.
Nuestro libro ‘Freakonomics’ incluye un capítulo titulado ‘¿En qué se parece el Ku Klux Klan a los agentes inmobiliarios?’ Ese capítulo era nuestro intento de insuflar vida al concepto conocido en economía como asimetría de la información, una situación en la que una de las partes de una transacción tiene mejor información que la otra. Es probablemente obvio que los agentes de propiedad inmobiliaria tienen mejores informaciones que sus clientes. La historia del Ku Klux Klan es quizás menos obvia. Dijimos que la clandestinidad del Klan -sus rituales, su lenguaje cifrado, las contraseñas- conformaban una asimetría de la información que reforzaba su objetivo de aterrorizar a los negros y otros.
Pero el Klan no era el personaje de nuestra historia. El personaje era un hombre llamado Stetson Kennedy, un blanco de Florida de una vieja familia aristocrática que la embistió desde sus años mozos contra las injusticias raciales y sociales. De todas sus cruzadas -el sindicalismo, el derecho a voto y numerosas otras causas-, Kennedy es mejor conocido por denunciar al Klan en los años cuarenta. En su libro ‘The Klan Unmasked’ (publicado originalmente en 1954 bajo el título de ‘I Rode With the Ku Klux Klan’ [Ku Klux Klan. La persecución racial en los Estados Unidos), Kennedy describe cómo adoptó una identidad falsa para integrarse al principal capítulo del Klan en Atlanta, fue elegido ‘klavalier’ (jefe militar del Klan) y se encontró repetidas veces en el centro de asombrosos acontecimientos, al tiempo que corría grandes peligros.
¿Qué hizo Kennedy con toda esa información secreta que reunió sobre el Klan? La difundió como loco: a fiscales del estado, a grupos de derechos humanos e incluso a presentadores de radio, como Drew Pearson, y a los productores del programa radial ‘Superman’, que sacaron al aire las operaciones hasta entonces secretas del Klan. Kennedy tomó una asimetría de información y la puso de cabeza. Y al hacer así, escribimos, jugó un papel importante en la represión del renacimiento del Klan en Estados Unidos después de la guerra.
Kennedy ha sido justificadamente alabado por su compromiso: su amigo Woody Guthrie escribió una canción sobre él, y recientemente se declaró en el condado de St. John, en Florida, el Día de Stetson Kennedy, donde Kennedy, 89, todavía vive. Es allá donde le entrevistamos hace casi dos años; nuestro informe de su asombrosa historia se basó en esas entrevistas, ‘The Klan Unmasked’ y una montaña de libros de historia y artículos de diarios.
Pero ¿es la asombrosa historia de Kennedy igualmente verídica?
Esa era una de las inquietantes preguntas que empezaron a atormentar a otro escritor de Florida, Ben Green, que empezó en 1992 a escribir un libro sobre Harry T. Moore, un defensor negro de los derechos civiles que fue asesinado en 1951. Durante un tiempo, Stetson Kennedy colaboró con el libro. Aunque Green estaba sólo tangencialmente interesado en la infiltración del Klan por Kennedy -no era central para la historia de Moore-, eventualmente consultó los voluminosos archivos de Kennedy, en las bibliotecas de Nueva York y Atlanta.
Esos documentos contaban la crónica de la vida extraordinariamente pintoresca de un hombre que había sido, entre otras cosas, poeta, folclorista, un demoledor periodista y sindicalista. Pero Green se consternó al descubrir que la historia contada por los propios documentos de Kennedy era muy diferente de lo que Kennedy escribió en ‘The Klan Unmasked’.
En ‘The Klan Unmasked’, Kennedy se hacía pasar por un vendedor de enciclopedias llamado John S. Perkins, el que, en una de sus primeras maniobras encubiertas, visita al ex gobernador de Georgia -un reputado simpatizante del Klan- y se congracia con él ofreciéndole distribuir propaganda del Klan. Sin embargo, un documento en los archivos de Kennedy sugiere que es verdad que Kennedy se reunió con el ex gobernador, pero no como escritor encubierto. Más bien, lo entrevistó para un libro que estaba escribiendo -y en ese documento no se menciona nada sobre la propaganda del Klan.
Un examen más minucioso de los archivos de Kennedy revela un tema recurrente: las entrevistas legítimas que realizaría a jefes y simpatizantes del Klan reaparecerían en ‘The Klan Unmasked’, pero en contextos diferentes y con hechos diferentes. En una vena similar, los archivos contienen evidencias de que Kennedy asistió a eventos públicos del Klan como periodista, pero luego los remodeló en su libro como proezas encubiertas. Kennedy había acumulado también una gran cantidad de literatura sobre el Klan y otros grupos de odio de los que se hizo miembro, pero sus propios archivos sugieren que se unió a esos grupos en su mayor parte a través del correo.
Así que, ¿infiltró Kennedy personalmente al Klan en Atlanta, como afirma en ‘The Klan Unmasked’?
En sus archivos hay una serie de memoranda que fueron entregados a la Liga contra la Difamación ADL, uno de los varios grupos de derechos civiles a los que informó Kennedy. Algunos de los memos fueron escritos por él; otros fueron escritos por un hombre identificado como John Brown, sindicalista y ex oficial del Klan que había cambiado de opinión y se ofreció para infiltrar al Klan. "Este trabajador está infiltrando el Klan conmigo", escribió Kennedy en un memorándum a principios de 1946. "Estoy seguro de que es un hombre fiable".
En los memos posteriores de Kennedy -en realidad, en cientos de páginas de las varias correspondencias de Kennedy de esa época- atribuye flemáticamente algunas de sus informaciones más reveladoras sobre el Klan a John Brown: uno de sus memos era "un informe de mi informante en el Klan sobre la reunión del Klan No. 1 de Atlanta el 12 de agosto y el Klan No. 297 de Atlanta el 15 de agosto". John Brown le entregaba información desde dentro a Kennedy, y Kennedy la pasaba entonces a grupos como la ADL, así como a fiscales y periodistas. No fue sino hasta que escribió ‘The Klan Unmasked’, varios años más tarde, que Kennedy se colocó a sí mismo, como Zelig, en el centro de la acción.
Ben Green, a pesar de haber inmerso durante meses en los archivos de Kennedy, no pudo identificar al hombre conocido como John Brown. Green logró entrevistar a Dan Duke, ex fiscal del estado que, como se lee en ‘The Klan Unmasked’, colaboró estrechamente con Kennedy. Duke dijo que Kennedy "se introdujo en algunas reuniones del Klan", pero puso abiertamente en duda el dramático relato de Kennedy sobre su relación. "No pasó nada de eso", le dijo a Green. En 1999, cuando Green finalmente publicó su libro sobre Harry T. Moore, ‘Before His Time’, contenía una nota al pie de página calificando a ‘The Klan Unmasked’, "una dramatización literaria".
Green no es la única persona que ha concluido que Kennedy torció la verdad. Jim Clark, que enseña historia en la Universidad de Central Florida, dice que Kennedy "construyó una reputación nacional sobre muchas cosas que nunca ocurrieron". Meredith Babb, directora de la editorial de la Universidad de Florida [University Press of Florida], que ha publicado cuatro libros de Kennedy, llama ahora a Kennedy "un folclorista emprendedor". Pero excepto por la nota de Green, todos guardaron silencio hasta que el relato sobre las hazañas de Kennedy en ‘Freakonomics’ provocaron una nueva ronda de atención. ¿Por qué? "Sería como matar a Santa Claus", dice Green. "Para mí, lo más triste de esta historia es que lo que hizo no era suficiente para él, y se sintió obligado a inventar, a embellecer la historia y a reclamar crédito por cosas que no hizo".
Cuando se le presentaron documentos de sus propios archivos y se le preguntó derechamente, hace algunas semanas durante un almuerzo en su casa en Florida, si ‘The Klan Unmasked’ fue "de algún modo compuesto o dramatizado", Kennedy dijo que no. "Quizás haya algunos diálogos que no ocurrieron exactamente como yo los recordaba", respondió. "Pero más allá de eso, no". Cuando se le presionó, Kennedy admitió que "en algunos casos usé los informes y actividades del otro tipo y los incorporé en mi propio relato". Esa admisión ya la había hecho Kennedy una vez antes. Peggy Bulger, directora del American Folklife Center en la Biblioteca del Congreso, escribió en 1992 una disertación titulada ‘Stetson Kennedy: Applied Folklore and Cultural Advocacy’, basándose en parte en extensas entrevistas con su sujeto. En una nota final, Bulger escribe que "Kennedy combina sus experiencias personales como escritor encubierto con los relatos que le proporcionó John Brown al escribir ‘I Rode With the Ku Klux Klan’ en 1954".
Por supuesto, no nos gustó saber que una historia que habíamos incluido en ‘Freakoconomics’ tenía fundamentos tan endebles -especialmente porque el libro está dedicado a poner cabeza arriba el sentido común, y en lo que concierne a Stetson Kennedy el sentido común era su reputación como infiltrado del Klan.
También está el hecho de que en nuestro libro hicimos un punto de depender menos de anécdotas y privilegiar los datos, con la idea de que las cifras tienden a mentir menos descaradamente que la gente. Pero la historia de Stetson Kennedy fue una larga serie de anécdotas -las que no importa cuántas veces se las cuente a través de las décadas, fueron casi todas generadas por la misma fuente interesada.
Quizás la larga vida de lucha de Kennedy por las buenas causas es todo lo que importa. Quizás, para tomar de prestado la fraseología de Peggy Bulger, el objetivo de la "defensa de la cultura" justifica el uso del "folclore aplicado" antes que el tipo de franqueza que sería más típico en la historia del periodismo. Una cosa sigue siendo verdad, y es que Kennedy fue ciertamente un maestro de la asimetría de la información. Esto es, hasta que los datos le pasaron la cuenta.

Stephen J. Dubner y Steven D. Levitt son los autores de ‘Freakonomics: A Rogue Economist Explores the Hidden Side of Everything’.

www.freakonomics.com

8 de enero de 2006

©new york times
©traducción mQh

lealtades divididas


[Jonathan Yardley] Un artista de Moscú en la época del comunismo.
a extraordinaria novela primeriza de Olga Grushin es tan inteligente y madura que es tentador sospechar que la biografía del autor es una broma. ‘The dream life of Sukhanov’ es sofisticada, irónica e ingeniosa, de múltiples niveles, profundamente informada, y elegantemente escrita: uno pensaría que es la obra de alguien que ha estado escribiendo y publicando novelas durante años, no de alguien que lo hace por primera vez, y en otra lengua que la materna.
Pero no, Grushin es de verdad. Apenas en su treintena, Grushin ya ha vivido en muchos lugares -en su Moscú natal, Praga, Atlanta y ahora en Washington- y hecho un montón de cosas. Estudió historia del arte y periodismo en Moscú, fue la primera ciudadana rusa en sacar un doctorado estadounidense (summa cum laude, Universidad de Emory, 1993), domina el inglés, trabajó de intérprete (para Jimmy Carter) y traductora (para el Banco Mundial) y, mientras hacía todas esas cosas, publicaba cuentos en renombradas revistas estadounidenses.
Ahora ha publicado ‘The dream life of Sukhanov’. Ambientada en el Moscú de hace dos décadas, en una época que posteriormente se revelaría como las últimas horas de la desacreditada Unión Soviética, es la historia de Anatoly Pavlovich Sukhanov, 56, jefe de redacción de la "más importante revista de arte del país, Art of the World", en cuya capacidad encarga y a veces escribe artículos que proclaman la línea del partido, "revisando los textos de otros escritores como si se tratase de ropa sucia, borrando toda referencia evitable a Dios y escribiendo con minúscula las inevitables, borrando los nombres de los artistas en la lista negra, colocando donde podía citas de Lenin". A mediados de los años cincuenta, cuando era joven, era un prometedor artista que, en compañía de otros como él, escuchaba jazz con avidez, "distribuyendo entusiásticamente reproducciones de pintores occidentales" y que creía que la liberación de las agobiantes exigencias de la burocracia artística soviética eran no solamente posibles sino además inevitables.
Luego, pocos años después, él y sus amigos se quedaron pasmados y destrozados cuando la burocracia se echó sobre ellos. Algunos, como Lev Belkin, amigo de Sukhanov, decidieron seguir solos, más o menos clandestinos, pobres pero fieles a sus convicciones artísticas. Sukhanov pensaba de otra manera. Para entonces estaba casado con Nina, "mi propia bella versión de la perfección", hija de Pyotr Alekseevich Malinin, el más famoso e influyente de todos esos artistas que habían cedido a la ortodoxia comunista y disfrutado de sus ventajas. Nina cree en el arte de su marido y no quiere que lo abandone, pero su padre le presenta un amargo dilema: "Continúa con ese... arte prohibido" y paga las consecuencias, o matricúlate en el partido y disfruta de los beneficios -por él, por Nina, por los niños que todavía no nacen.
Años más tarde, Sukhanov medita sobre cómo "las opciones a veces emboscan tan injustamente al hombre, sin aviso previo, y forcejeando con sus reacciones instintivas, cambian su vida en el espacio de un minuto". Este es un dilema semejante, y el instinto de Sukhanov lo hace optar por la supervivencia, la seguridad, el modo fácil. Acepta la propuesta de su suegro y empieza un firme ascenso hacia la redacción de la más prestigiosa revista de arte de la Unión Soviética. Ahora vive en un "mundo familiar y delicioso", en un enorme y elegante apartamento "en el corazón del viejo Moscú". Una criada se aparece todos los días; la cena es siempre maravillosa. Es feliz: "Un expansión aparentemente sin fin de habitaciones se extendía a su espalda, su confortable crespúsculo centelleando con el suave lustre del piso de parquet, los tapices de pared de Damasco, los dorados lomos de los libros, las arañas de cristal abriéndose como flores en el alto cielo raso, los candelabros de plata y muchos brazos, y otras innumerables y valiosas posesiones que la tenue luz insinuaba seductoramente, espléndidamente, mientras se filtraba a través de las pesadas cortinas de terciopelo. En algún lugar entre los huecos de su casa, sus dos hijos se estaban quedando dormidos, uno un futuro diplomático, el otro un futuro periodista, los dos igualmente talentosos; y junto a él, encerrada en el intenso círculo de luz, estaba Nina, pálida, despeinada, y tan bella, sus labios apenas marcados por una brillante línea chocolate. Este era su mundo, y era seguro".
Sin embargo, poco a poco, se hace evidente que no es seguro. Empiezan a ocurrir cosas extrañas, misteriosas, inquietantes, y "terroríficos sueños" lo empiezan a asaltar, sin previo aviso. Cuando "lo asalta su pasado", comienza a sentirse "claustrofóbico e impotente". Lev Belkin, al que no ha visto por años, se materializa una noche en la oscuridad; en un momento de excitación, despide abruptamente a su ama de llaves por algo que no ha hecho; lo visita un primo al que no recuerda y no quiere recibir, que se apodera de su cama y lo atormenta con chácharas sobre el "arte verdadero"; su hijo Vasily se demuestra capaz "de hacer cosas para congraciarse con los burócratas del partido que Sukhanov mismo consideraría inmorales"; su hija, Ksenya, revela "un ardiente desprecio por su propio mundo, un mundo del pasado, un mundo de aquiescencia y acomodo por la supervivencia"; Nina deja el apartamento de Moscú y se instala a vivir en su casa de vacaciones fuera de la ciudad donde, le deja en claro, quiere vivir sola; entretanto un hombre cuyo nombre se insinúa pero no es nunca mencionado -Mikhail Gorbachev- asume el cargo y da los primeros pasos para terminar con el sistema al que Sukhanov se ha adaptado tan cómodamente.
Entre todos estos misteriosos desarrollos, Sukhanov es empujado todavía más profundamente hacia un pasado cuyas partes más difíciles sólo quiere olvidar. Recuerda que, a los 8 años, le mostraron una reproducción de ‘El nacimiento de Venus’, de Boticelli, y despertó a la mañana siguiente "con una sonrisa de absoluta felicidad en mis labios, sabiendo que ante mí comenzaba una vida nueva y diferente". Recuerda "un hombre modesto llamado Oleg Romanov", un maestro que volvió a despertar en él el amor por el arte que había inspirado Boticelli, que le mostró que el arte "no era una vergüenza privada ni un perverso encantamiento extranjero", sino algo de una belleza superior sobre la que se podía construir una vida. Recuerda a su amado padre, que después de volver de una ausencia de muchos años, se lanza a la muerte por la ventana de un apartamento, dejando un enigmático apunte: "No dejes que nadie te corte las alas". Recuerda las mágicas pinturas de Marc Chagall, ridiculizado y prohibido por los gurús del realismo socialista que él adoraba, cuando era joven.
Mientras Grushin cuenta todo esto, su historia se mueve hacia adelante y hacia atrás, siempre libremente, entre el pasado y el presente, entre los recuerdos y los sueños, lo conocido y lo misterioso. A veces el narrador es omnisciente; a veces es Sukhanov mismo. El lector no sabe siempre si los acontecimientos son "verídicos" o "imaginados", pero eso simplemente intensifica el placer de la novela, llevando al lector a lo que es al mismo tiempo un Moscú palpablemente fiel a los hechos históricos y un lugar completamente dentro de la mente y alma de Sukhanov. Grushin conoce bien los dos lugares. De niña fue alejada de Moscú por su padre, un disidente enemistado con el Kremlin, pero volvió cuando tenía diez años y estudió allá por casi una década. En una breve pero excepcionalmente informativa entrevista con el Library Journal, dice:
"Sukhanov no se basa en nadie que yo haya conocido, pero, por supuesto, nació de muchos modos de mis primeras experiencias. Yo crecí rodeada de los amigos de mis padres -gente de la generación de Sukhanov, muchos de ellos artistas, filósofos, escritores, que tuvieron que tomar decisiones difíciles para poder sobrevivir. Algunos de ellos, como mi padre y el artista Ernest Neizvestny (un amigo de la familia) hicieron cosas en las que creían y gozaron de algunos privilegios, pero siempre pagando un precio. Las preguntas sobre el coraje y la debilidad, la perseverancia y la traición, la comodidad cotidiana y la inmoralidad artística fueron preocupaciones muy reales durante mis primeros años.
Supongo que Sukhanov es producto del hecho de que durante un tiempo viví con esas preguntas".
Una de las muchas huellas de la sabiduría y madurez de Grushin es que Sukhanov, al que sería tan fácil representar como un hombre de paja, es un personaje profundamente complejo, infinitamente interesante y profundamente simpático. Nadie en ‘The dream life of Sukhanov’ está hecho de cartón. Todos los personajes evolucionan con el libro, convirtiéndose en personajes que el lector no hubiese esperado. Algunos cambian de modos que los lectores encontrarán gratificantes, mientras otros delatarán sus propios defectos, pero todos son retratados con compasión, como seres humanos falibles atrapados por circunstancias que no conducen ni a la verdadera nobleza de alma ni a la villanía auténtica. Inclusive algunos de los burócratas del partido muestran un grado de humanidad, aunque sea sobre todo bajo la forma de la propensión humana al oportunismo y la cobardía.
Moscú mismo es uno de los personajes más vívidos y convincentes de la novela. Los lectores estadounidenses conocerán la Plaza Roja y los disidentes y la elite del partido, pero como tendemos a pensar Moscú durante la era comunista como irremediablemente deprimente, el lujoso y cómodo mundo de Sukhanov nos parecerá sorprendente -un mundo que aumenta nuestra conocimiento de los agudos contrastes y felpudas hipocresías del estado del pueblo. Hay una escena extraordinaria en la que el joven Sukhanov es llevado por Nina a las entrañas de uno de los grandes museos de Moscú, donde le muestra en salas que no están abiertas al público, ejemplos del gran arte que los comunistas habían reprimido -otro lado de Moscú, y de Rusia, que pocos extranjeros pueden conocer.
En cuanto a la prosa de Grushin, los pasajes citados aquí deberían ser suficiente prueba de su elegancia y poder descriptivo. Dijo a Library Journal que se había inspirado en "el (inalcanzable) ejemplo de Nabokov" y tiene razón en insertar un descargo entre paréntesis, pero su dominio del inglés es mucho más seguro que el de la mayoría de los que lo tienen como lengua materna o, en todo caso, de la mayoría de los que escriben y publican en él. Ciertamente, a veces se deja llevar y algunas de las intensas conversaciones sobre arte son un pelín largas, pero no nos equivoquemos: ‘The dream life of Sukhanov’ es la obra de una verdadera artista, una novela que muchos escritores mucho más viejos que Grushin y mucho más famosos estarían felices, dichosos de reclamar como propia.
Grushin es ahora una estadounidense naturalizada y ‘The dream life of Sukhanov’ está influida claramente por sus años en este país, pero en su amplitud, su rechazo a permanecer en diminuto espacio del yo, se remonta a los grandes maestros rusos. Al hacer así, insufla vida nueva a la narrativa estadounidense, que lleva un tiempo en urgente necesidad justamente de una infusión como esta.

Se puede escribir a Jonathan Yardley a su correo electrónico ardleyj@washpost.com

Reseña de

The dream life of Sukhanov
Olga Grushin
Putnam. 354 pp.
$24.95

1 de mayo de 2006

©washington post
©traducción mQh

el mundo de kadhim


[Alissa J. Rubin] El trabajo de Adil Kadhim, en el pasado intervenido por los censores de Hussein, aboga por una sociedad más abierta y un puente cultural con Occidente.
Bagdad, Iraq. Cuando Saddam Hussein estaba en el poder, Adil Kadhim se levantaba a las seis de la mañana en su apretado apartamento, ponía una tetera al fuego, y empezaba a escribir.
Su trabajo, como el de todo otro autor, tenía que pasar por la censura. Una de sus series de televisión era una alegoría sobre el poder, y su llegada a la pantalla se debió a que estaba ambientada en el Bagdad de los años cincuenta, y no en la posterior era baazista. Una película de televisión cantaba las glorias del ejército iraquí, y otro guión usaba a Julio César, en lugar de Hussein, para describir la vida de un dictador. Esos espectáculos inocuos y populares transformaron a Kadhim en uno de los más conocidos dramaturgos de Iraq.
Pero el trabajo que más apreciaba lo guardaba en la gaveta. Gran parte de sus obras giraba sobre personajes de Oriente y Occidente, un motivo que el régimen miraba con sospecha. En una pieza representó el juicio de varios personajes infames, incluyendo a Adolfo Hitler y Osama bin Laden, los que en nombre de la purificación de la humanidad cometían actos atroces. En otra, una mujer iraquí que había asesinado a su marido compartía la celda de la prisión con dos heroínas de una tragedia griega, Electra y Antígona, y las tres hablaban sobre los hombres que habían causado sus ruinas.
De vez en vez un director extranjero visitaba Iraq para leer un manuscrito y sacarlo fuera del país para su representación. Pero Kadhim era lo suficientemente cauto como para no buscar la atención exterior. En el Iraq de Hussein, llamar la atención era peligroso. Había pasado un tiempo en la cárcel cuando era joven, y su hermano fue secuestrado por la policía secreta de Hussein y nunca lo volvió a ver. Para Kadhim, que tenía esposa y dos hijas, la supervivencia engañaba con arte.
Ahora que Hussein mismo está en prisión, Kadhim, 64, ya no necesita sacar del país de contrabando sus obras. En los últimos dos años ha escrito extensas piezas que tocan temas previamente prohibidos, incluyendo la guerra de Irán-Iraq y la represión de las mujeres en la sociedad árabe rural, así como sucesos recientes, como la invasión estadounidense y la continuada presencia militar.
Aunque las piezas deben todavía encontrar un teatro en la desgarrada Bagdad, la misión artística de Kadhim ofrece la esperanza de una sociedad iraquí más abierta. En sus escritos busca confrontar los capítulos más desdichados del pasado de Iraq. También vincula a los iraquíes con una época en que la elite era versada tanto con la filosofía iraquí como occidental -amenazada por ninguna, sintiendo curiosidad por ambas. La creencia de Kadhim de que la literatura y el mito apelan a todos en todas las culturas podría mostrar el camino para que los iraquíes puedan nuevamente acercarse al mundo.
Fue ese carácter cosmopolita lo que más me sorprendió durante mi primer encuentro con Kadhim.
Su pequeña salita estaba repleta de libros, la mayoría de ellos clásicos árabes y persas, pero también libros de Bertold Brecht, Oscar Wilde y George Bernard Shaw, todos los cuales utilizaron el teatro para criticar a sus sociedades. Empezamos a hablar sobre su trabajo como propagandista, pero los temas se fueron ampliando. Cayó la noche y quedarme era peligroso para mí, así que reuní mis cosas, prometiendo que volvería.
Cuando estaba en la puerta, me preguntó si la próxima vez le podía llevar una copia de las obras de un autor estadounidense, una de cuyas obras había leído en una traducción árabe. Recordaba que su título como ‘El fin de un vendedor viajero’. Yo estaba desconcertada; luego agregó: "Sabes, el dramaturgo que estuvo casado con Marylin Monroe". En mi visita siguiente, le llevé a Kadhim las obras selectas de Arthur Miller -incluyendo ‘El fin de un vendedor viajero’, mejor conocida como ‘La muerte de un viajante’.

Escribiendo para la Televisión
Kadhim todavía se gana la vida escribiendo guiones para la televisión, la mayor parte polémicas historias sobre el Iraq islamita y la historia pre-islámica del país. Pero hace poco empezó negociaciones con el canal de televisión Rafidain, de Bagdad, para producir una serie de 30 episodios cuyos guión habría sido impensable en la época de Hussein.
La serie se ambienta en los pantanos del sur del país, después de que Hussein los desecara para castigar a los residentes chiíes que creía que estaban ayudando a Irán durante la guerra Iraq-Irán en los años ochenta. Su heroína es una chica que rechaza la costumbre tribal para convertirse en doctora. Asesinan a su padre, pero ella no busca venganza. En lugar de eso, vuelve a su aldea para construir una escuela.
"Estoy mirando a Iraq como si fuera una mujer vulnerable, embarga por el dolor", dijo. "Las mujeres, sean árabes o kurdos, chiíes o sunníes, han sido todas oprimidas y han sufrido todas -han perdido sus hijos, sus maridos, sus hermanos- y sin embargo son las que están más dispuestas a perdonar", dijo.
Esos cargados tópicos están muy distantes de lo que Kadhim estuvo obligado a hacer durante el régimen de Hussein.
En un caso, fue obligado a transformar uno de cuentos contra la guerra en una glorificación del ejército iraquí.
"En la historia original, hablaba de un niño de 3 o 4 años. Todos los habitantes de su aldea de un valle de las montañas, fueron masacrados durante la guerra Irán-Iraq, pero él sobrevivió y... fue criado por lobos".
"Los dos lados del valle estaban sembrados de minas antipersonales, porque tanto los iraquíes como los iraníes estaban tratando de proteger su territorio. Pero este niño conocía la ubicación de las minas, de modo que las destruyó, lanzándoles piedras de modo que no pudieran matar a los lobos...
"Los helicópteros iraquíes e iraníes estuvieron todo el día gruñendo arriba y abajo en el valle. Y ambos... veían al niño como enemigo porque estaba haciendo detonar las minas que habían plantado para protegerse a sí mismos".
"Quería concentrarme en este simbolismo, que incluso los lobos rechazaban el estado de guerra. Y el valle era la propiedad de los lobos, era su país".
El régimen de Hussein tenía otra cosa en mente. El gobierno quería una película sobre un niño que queda huérfano cuando el ejército iraquí ataca su aldea fronteriza. Sobrevive en compañía de animales salvajes hasta que el ejército iraquí lo encuentra y adopta como mascota.
Kadhim desvió la vista mientras hablaba. "Me obligaron a adaptar mi historia..., a dar motivos humanos al ejército iraquí. El ejército iraquí participó en la producción de la película, y lo filmaron cerca de la frontera iraquí-iraní", dijo, encogiéndose de hombros como para renegar de la historia rescrita. Luego agregó: "Sentí un gran alivio de que no se mostrara en televisión. Sólo tuvo una exhibición privada. Era una tremenda dosis de propaganda".
La versión original de la historia no fue publicada nunca. Pero sigue siendo tan relevante como siempre, cree, porque cruza la división Oriente-Occidente.
Hay versiones de la historia que se remontan hasta el siglo 12 en África del Norte y Persia, dijo, y "en Occidente también tienes esa historia: En la mitología romana, los gemelos Rómulo y Remo son criados por lobos y luego fundan la ciudad de Roma".
 
Estudiando las Similitudes
Kadhim creció en Basra, la segunda ciudad de Iraq, un puerto donde las culturas se han mezclado durante siglos. Su padre era un maestro que también trabajaba como carpintero. Incluso antes de ir a la universidad, Kadhim fue enviado a la prisión, acusado falsamente de ser comunista. La experiencia fue precursora de los duros días que vendrían con Hussein, cuando todo lo que decías era examinado para medir su lealtad.
Dejado en libertad 10 meses después, empezó a estudiar teatro y literatura comparada en la Universidad de Bagdad y le fascinaron las similitudes entre las historias arquetípicas de Oriente y Occidente. "Vi cómo cada religión copiaba a la otra. Los babilónicos que contaban la historia de Gilgamesh estaban contando también la historia del diluvio de Noé", dijo.
Poco después de su graduación empezó a trabajar en el ministerio de la Juventud y a escribir piezas de teatro. Una de sus primeras fue ‘El diluvio’, una adaptación de la historia de Gilgamesh, que es una saga nacional iraquí. También empezó a trabajar en adaptaciones al árabe de la literatura internacional. Durante varios años, su vida fue relativamente tranquila, pero como en otros muchos iraquíes, los años de la guerra con Irán dejaron una cicatriz indeleble.

La Pérdida de un Hermano
Cuando cayeron las primeras bombas en Irán en 1980, su hermano menor, Maher, estaba estudiando teatro en París. La guerra implicó que la familia de Kadhim ya no pudo seguir sosteniéndolo en el extranjero y Maher finalmente volvió. Debido a que todos los hombres sanos debían hacer el servicio militar y tenía miedo de que lo castigaran por volver tarde, el hermano de Kadhim se ocultó en casas de parientes y de amigos, tratando de evitar a la Mukhabarat, la policía secreta iraquí.
Una noche de 1983 sus operativos lo capturaron, llevándoselo detenido.
"Lo buscamos durante años. Fuimos al directorado general de seguridad preguntando por él; no nos dijeron nada", dijo Kadhim.
"Cinco años después de su captura, nos trajeron su certificado de muerte diciendo que había sido juzgado y ejecutado. Yo sentí un gran dolor, pero no podíamos mostrarlo porque los espías de Hussein lo consideraban una traición. Debido a que mi hermano fue ejecutado, no nos dejaron organizar un funeral".
Tras la caída del régimen, Kadhim obtuvo los archivos oficiales que contaban cómo había muerto su hermano: "Le pusieron explosivos en los bolsillos y los hicieron estallar. Tenía 24 años", dijo, con voz queda.
Con su hermano era considerado traidor, el propio trabajo de Kadhim empezó a ser controlado. Una pieza que escribió sobre el Bagdad del siglo 17 llamó la atención porque hacía que los gobernantes otomanos huyeran de la ciudad antes de la plaga bubónica. "Los censores dijeron: ‘¿Qué quieres decir con que los jefes otomanos escaparon?" Los censores permitieron que la pieza siguiera siendo representada, pero Kadhim tuvo menos fortuna con otra pieza, ‘El círculo bagdadí del carbón’.
El vice-presidente de Hussein, Taha Yassin Ramadan, pensó que criticaba al régimen y ordenó su cierre. "Trataba de un rey que vivía en un castillo y llevaba una vida lujosa y no se preocupaba de lo que estaba pasando con la gente a su alrededor", dijo Kadhim con su sonrisa forzado.
"No había nada que se escribiera que no fuera censurado en la época de Hussein, inclusive el trabajo de los poetas, escritores y artistas que lo alababan. Si cometían el más pequeño error, su destino era la muerte", dijo.
"Como escritor tenía la sensación de estar caminando siempre en la cuerda floja de un circo. Si caía, moriría, pero si continuaba, lo haría con el equilibrio perdido. Mi mente me tiraba de un lado, y luego del otro".
A menudo en su pequeño apartamento de un primer piso, buscaba refugio en sus libros. En la literatura occidental leía cada vez más a esos autores que escribían sobre la gente sin voz, los silenciados y los martirizados y sobre los estragos de la guerra. Uno de sus favoritos era Brecht, cuya ‘Vida de Galileo’ describe la persecución de la iglesia católica del famoso astrónomo por su creencia que la tierra daba órbitas en torno al sol. Otro bien ojeado libro era la pieza de Orson Welles, ‘El juicio’ -la historia de Franz Kafka sobre un hombre acusado de un crimen que no se menciona, cuyo alegato de que es inocentes no lo escucha nadie. Otro es la comedia de Shaw, ‘La casa de los corazones rotos’, sobre una familia en los albores de la Primera Guerra Mundial.
Ahora Kadhim ha empezado a inventar sus propios personajes heroicos. La pieza que acaba de escribir, que empezó hace años y guardó en una gaveta, toma una historia clásica y la rescribe para ilustrar el último trauma de Iraq: la invasión americana que resuena en tantos otros en este antiguo país.
 
‘Tragedia de la Guerra’
La pieza adapta la leyenda de Don Juan, reuniéndolo con otros tres personajes de Oriente y Occidente, del pasado y presente: Abu Nuwas, un poeta musulmán de los siglos 8 y 9, conocido por sus escritos románticos; un soldado iraquí de hoy, que un manitas sin educación; y Pigmalión, un personaje mitológico de la Grecia clásica, que se enamora de la estatua que hizo de una bella mujer y deseó que adquiriera vida.
En la pieza de Kadhim, los cuatro hombre se enamoran de la misma mujer. Cada uno la ve como el centro de su vida. En el segundo acto, la guapa mujer está en cinta y a punto de parir.
"Comienza a gemir frente a todos..., todos tratan de ayudarla a parir. Pero ¿qué da a luz? Da luz a cascos de soldados: primero sale el casco con una swástica de un soldado alemán; el segundo casco es británico, con la bandera británica de la época en que gobernaban Iraq; y luego sale el viejo casco del Imperio Romano; y luego otro, con una bandera americana; y finalmente uno con la bandera iraquí", dice Kadhim.
"Da a luz a cascos, que son símbolos de guerra, como si la bella mujer no estuviera ahí a causa del amor, sino para crear guerra.
"En todas mis últimas historias, tanto el atacante como la gente atacada viven la tragedia de la guerra en la que están atrapados. El soldado americano lleva aquí meses; sueña con volver a su casa. Y también el pueblo iraquí quiere que los estadounidenses les dejen solos, de modo que de cierta manera tienen las mismas ilusiones", dijo Kadhim.

Zainab Hussein contribuyó a este reportaje.

28 de diciembre de 2006

©los angeles times
©traducción mQh