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literatura

manuscritos rechazados


[Lawrence van Gelder] Editores vuelven a hacer el ridículo, rechazando manuscritos publicados.
Ofrecidos a 20 editores y agentes literarios, se asumía que los manuscritos tipeados de los capítulos iniciales de dos libros eran el trabajo de dos novelistas primerizos. De 21 respuestas, todas excepto una eran rechazos. Enviados por el Sunday Times de Londres, los manuscritos eran los capítulos iniciales de novelas que ganaron el Booker Prize en los años setenta. Una era ‘Holiday’, de Stanley Middleton; la otra, ‘In a Free State’, del Sir V.S. Naipaul, ganador del Premio Nobel de Literatura de 2001. Middleton no estaba sorprendido. "Hoy en día la gente no sabe lo que es una buena novela", dijo. Naipaul dijo: "Ver algo bien escrito, y escrito extraordinariamente bien, requiere un montón de talento, y hay poco de eso en estos días. Con todas las formas de entretención que hay hoy, poca gente en el mundo sabe lo que es un buen párrafo".

4 de enero de 2006

©new york times
©traducción mQh

peligro en la cocina


[Gabrielle Hamilton] ¿Puede un ciego trabajar de cocinero?
Hace algunos años coloqué un anuncio buscando un cocinero de línea. Y se presentó un tío que, de acuerdo a su currículum, debería haber caído plantado en mi callejón. Trabajaba como parrillero en un visitado restaurante marítimo frente a la playa; había estudiado filosofía y ciencias políticas; y tenía cuatro años de experiencia en la industria. Tenía ganas de conocer al tipo, con el que hubiera sido posible conversar bebiendo cerveza después del trabajo y que tenía justo los años suficientes como para aprender todavía algo, pero no tan poco que hubiera que enseñarle todo desde cero. Lo llamé y tuvimos una agradable conversación por teléfono. Me gustó su voz, sus maneras; era inteligente y elocuente. Lo invité para una entrevista al día siguiente.
Lo primero de que me di cuenta cuando llegó era que era ciego. Sus ojos navegaban en sus cuencos como peces tropicales en el acuario del vestíbulo de un hotel barato.
Nos dimos la mano y sentamos a la barra y le pregunté sobre sus responsabilidades en el ajetreado restaurante marítimo, y me respondió razonablemente. Entendía el lenguaje que usaba y lo usó para responderme: esa especie de taquigrafía que utiliza la gente que trabaja en las cocinas.
Le dije: "¿Cuántos cubiertos para el almuerzo?"
Y él dijo: ‘De 85 a 110".
Dije": "¿Qué tipo de mis" -preparación- "se usa en una freiduría de pescado?"
Rió y dijo: "Bueno, trozos de limón y salsa tártara".
Hablamos un rato sobre su formación en filosofía: era un fan de Hegel. Finalmente, le mostré nuestro menú. Lo acercó a su cara como si fuera a inhalar sus contenidos escritos, descubrir aspirando lo que estaba escrito en nítidas letras. Me sentí más segura que nunca cuando vi que era ciego, pero naturalmente dudé de mí misma porque obviamente el tío había trabajado en restaurantes, algo que -aunque podamos hacer bromas- realmente no podría ni debería hacer. Y a pesar de la cercanía de su cara al menú, pensé que quizás yo estaba sacando conclusiones despreciables sobre los ‘incapacitados visuales' y necesitaba actualizar mis posiciones políticas. Así que lo contraté para un trail, el equivalente de audición en la industria.
Bajé rápidamente y desclavé el horario de la pizarra de corcho y lo apunté en la parrilla para la noche siguiente. Escribió su nuevo número de teléfono arriba de su currículum en grandes e irregulares caracteres e incluso logró, más o menos, localizar y tachar el viejo número. Lo miré directamente a los ojos, pensando que quizás debía preguntar lo que parecía obvio, pero en lugar de eso dije: "Bueno, creo que tienes una talla normal -tenemos pantalones y chaquetas para todas las tallas humanas, así que no necesitas traer tu uniforme. Sólo necesitarás un cuchillo de chef, uno de uso general y uno para vegetales. No es necesario que traigas mañana tu caja de 20 kilos". Asintió sin devolver mi mirada.
"¿Hay otra cosa que tengamos que tratar?", pregunté esperanzadamente. Solamente dijo que le gustaría quedarse con el menú, si no me incomodaba, para estudiarlo un rato antes de su prueba. Trato hecho. Volvimos a darnos la mano, milagrosamente.
Durante el resto del día pensé que quizás no era ciego, y que nada más que porque sus ojos giraran en sus cuencos no significaba que no distinguiera las formas o colores. Pero luego pensé: ¿Cómo va a cortar una cebolla blanca en una tabla de cocina blanca? Pensé que quizás yo era una idiota que no se daba cuenta de lo lejos que había llegado la ceguera. Quizás él había desarrollado algún tipo de estrategia para compensar. Hice un inventario mental de ciegos realizados y famosos. ¿Pero, tocar el piano se puede parecer a asar pescados a la parrilla a fuego abierto, en medio de la caliente grasa de las freidoras, afilados cuchillos, cocineros machistas y suelos resbaladizos? ¿De todos modos, cómo es que se llama a los ciegos en estos días?
Para la mañana de su prueba me había convencido a mí misma de que aunque era ciego, obviamente estaba dotado de algún otro modo. Estaba segura de que yo me arrastraba detrás de los tiempos por pensar que nada más que porque alguien fuera ciego no podría trabajar como cocinero de línea en un restaurante concurrido. O ser incluso el jefe de almuerzos en uno, como se leía en su currículum. Vagamente, sabía que cuando una persona pierde un sentido, los otros se ajustan perfectamente para compensarlo. Me tranquilicé diciéndome que él había inventado un sistema con el que él podía oír la comida, u oler qué plato se usaba para qué parte del menú. De hecho, me convencí de que él había se había transformado en una especie superior de cocineros de línea y que con él sabríamos lo que era la grandeza. Tanto me dejé llevar por la idea de los cocineros que creía que yo tenía claramente razón cuando mis cocineros me preguntaron incrédulos y ligeramente desconcertados por qué le había dado una prueba a un tipo ciego. Yo prácticamente me indigné. "¿Qué? ¿Crees que porque el tío es un ‘discapacitado visual' no puede trabajar en un restaurante?"
Cuando llegó para su trabajo, le hice un recorrido de introducción del área de preparación y el walk-in y la línea directa. En cada mesón, se agachaba y ponía su frente casi tocando cada cosa que yo le mostraba. Al principio me dejó fascinada -y más tarde, conmovedor- observar el ángulo desde el que escudriñaba cada artículo en la nevera.
"Aquí", dije, "es donde mantenemos las proteínas. Aquí el pescado. Aquí la carne. La cocida sobre la cruda. Siempre. ¿Ok?" Y en lugar de coger la cazuela de panceta, colocarla debajo de su nariz y mirarla oblicuamente hacia abajo, levantaba cada cosa hasta su frente, por encima de sus cejas, y las miraba implorante.
Lo pusimos en el área de preparación del sótano, con una tabla de cocina y una tarea menor en la que no importaría si lo estropeaba: picar perejil. Esto le tomó la mayor parte de la tarde, y era doloroso verlo doblado en dos, rompiéndose la espalda para mantener sus agotados ojos cerca de la tabla de cocina.
La prueba es simplemente un período para olisquear al tipo, para ver cómo se para, cómo coge los cuchillos, cuánto habla o no y qué dice. ¿Arrasa todo con tenazas o trabaja con fineza el tenedor y la cuchara? ¿Se sienta a la barra al final de su período? ¿Trajo bolígrafo y bloc? ¿Agradeció a la gente que lo ayudó? No me preocupaba que se suponía que él debía encargarse de la parrilla. Y me daba pepino el perejil. Pero a los 25 minutos de la prueba me di cuenta que no tenía ningún sistema de compensación, que no se había convertido en un tipo super sensible y que, enfáticamente, no había mutado en una máquina de cocinar superior. Lamentablemente, el tío era simplemente ciego. Y yo todavía tenía en mis manos 4 horas y 35 minutos de prueba.
La noche empezó lenta, con apenas un par de parejas que pidieron al mismo tiempo. Me doblé en el asiento de atrás del bus, por decirlo así, justo detrás del tipo ciego en la parrilla y dejé que mi sous chef se ocupara de la conducción: gritar los pedidos y orden, ayudando a procesar bandejas y camiones. Cada vez que llegaba un pedido a nuestro mesón, le explicaba tranquilamente al aprendiz lo que tenía que hacer, y miraba, boquiabierta, cómo sacaba con gran esfuerzo un trozo de carne del congelador, lo acercaba a su frente, lo colocaba sobre un plato y luego procedía a sazonar cuidadosamente el mesón con una pizca de sal. Cuando se gritaba "fuego" -empezar a cocinar-, retrocedí y lo dejé colocar la carne en la parrilla -que manejaba él-, pero lo tuve que retirar unas pulgadas de las llamas para que no se chamuscara el flequillo.
Finalmente encontramos una especie de espontánea, poco agradable rutina de vaudeville en la que lo seguí, sin que lo supiera, y sazoné la carne que él no sazonó, di la vuelta al pescado que él olvidó, coloqué el plato debajo de su espátula para recibir el cerdo. No me preocupaba que retrasara la línea, porque nunca esperamos que un aprendiz realice alguna función vital. Pero realmente empecé a sentirme mal cuando lo vi sacar toda una cesta de patatas fritas ardientes del aceite con su mano derecha y echarlas, para secarlas, no en la pila de filtros de café gigantes que tenía para ello en su mano izquierda, sino directamente en el aire adyacente, desparramándolas en las sucias esteras de goma y sus zuecos.
Esto no escapó a la atención de los otros cocineros. Toda la alegría de una buena noche en la línea se esfumó en segundos. Las bromas entre la ensalada y el sofrito desaparecieron sonoramente. Se dejó de lado la parte divertida de llegar al fin de la noche -rebuznos, llamar ‘señoritas' a los cocineros, como en "¡Prisa, señoritas!". El estricto pero afectuoso ladrido del sous chef hacia abajo perdió su toque de juego y fue reducido a las frases más superficiales y amablemente articuladas, como "Por favor fuego en siete". Cuando la cesta de patatas fritas cayeron al suelo, todos nos dimos cuenta de que el tío estaba en peligro físico.
En silencio, rastrillé en el suelo las patatas, las eché a la basura y coloque otra boleta en el estante. Le pedí, amablemente, que retrocediera a la pared y mirara un rato, explicándole que el ritmo subiría y que yo quería que la línea siguiera moviéndose. Esta es -incluso cuando no has perdido la cabeza- la parte más humillante de una prueba: cuando el chef te saca de la línea en medio de tu tarea. Se mueren mil muertes. Para un tipo ciego con algo que decir, quizás dos mil.
Hasta ese momento yo había de algún modo participado en algún extraño ejercicio que estaba haciendo este tipo. Había suspendido mi sentido de la realidad, como hacemos de vez en vez cuando vamos al teatro o al cine. Sé que no es real, pero creeré en ello durante dos horas seguidas. Pero algo al darme cuenta del peligro con el que estaba coqueteando en pro de su proyecto, cualquiera fuese, repentinamente me puso furiosa. Me apoderé de la parrilla y empecé a arrojar la comida en los platos, describiéndole mis acciones en tonos apenas suprimidos de sarcasmo. "Esto", prácticamente siseé, "es el orden de las gambas. Tres en una pila, con mantequilla de anchoas. ¿Quiere escribirlo?"
Me agoté con una virulencia pasiva agresiva. "En la rejilla del cordero, debe haber una temperatura de 52. Simplemente lea el temómetro. ¿Ok?"
Llamó la atención de mi sous chef, que se acercó tranquilo y le preguntó al tipo si no quería ocuparse de la garde-manger (el mesón frío) por un rato para ver cómo se hacían las cosas allá. Me sentí aliviada de que el tipo se alejara del fuego y de la grasa hacia el oasis relativamente inofensivo de las frondosas y frías ensaladas y cremosas y frías salsas. Y me sentí agradecida de que rescataran de mi peor yo. El tipo pasó el resto de su período con la espalda contra la pared en todos los mesones, con los ojos dando vueltas en su cabeza, pretendiendo enterarse de cómo funcionaba cada mesón. Yo pasé el resto de su prueba luchando contra la carne y los desagradables sentimientos desencadenados por este poco sano apuro en que nos encontrábamos.
Nunca descubrí qué estaba haciendo. Le permití terminar la noche, y cuando se mudó de ropa, le dije que se sentara a la barra y comiera algo, que hizo. Y cuando se marchaba le dije que lo llamaría al día siguiente, lo que también hice. Le dije que buscaba a alguien con más empuje, más como un fornido bateador, pero que lo tendría en mente en caso de que se hiciera disponible una posición más acorde con sus habilidades.
Esto, curiosamente, le pareció posible.

26 de septiembre de 2005
©new york times
©traducción mQh


lolita, 50 años después


[Charles McGrath] Todavía inquieta.
‘Lolita', de Vladimir Nabokov, esa inquietante historia sobre un amable émigré europeo de pelo plateado que seduce a una niña americana de 12, fue publicada este mes hace 50 años, y Vintage lo está celebrando con una edición de aniversario especial. ‘Lolita' es diferente a la mayoría de los libros polémicos que, con el tiempo, pierden su filo. Mientras que ‘Ulises' y ‘El amante de Lady Chatterley', digamos, ahora nos parecen familiares e inofensivas, casi pintorescas, la obra maestra de Nabokov es, si acaso, más inquietante todavía que antes.
Quizás los escrúpulos debieron haber sugerido esperar todavía algunos años antes de conmemorarlo, ya que el libro no se publicó en Estados Unidos sino en 1958. Nabokov lo terminó en diciembre de 1953, y de acuerdo la biografía de Brian Boyd, lo envió a cinco editoriales americanas: Viking; Simon & Schuster; New Directions; Farrar, Strauss; y Doubleday. Nadie quería tocarlo; tampoco el New Yorker, revista con la que Nabokov tenía un acuerdo de primera lectura. Katharine White, la redactora de la revista para Nabokov y amiga, le dijo que ‘Lolita' la había sentirse "completamente desdichada". Pascal Covici, su editor en Viking, dijo que cualquiera que la publicara correría el riesgo de ser multado o encarcelado.
Así que el aniversario que en realidad estamos celebrando es el de la edición de París, un libro de sobrecubiertas verdes que salió de las sucias prensas de Olympia Press, que se había hecho con un lucrativo nicho publicando libros que tenían problemas con la censura en otros lugares, incluyendo títulos de Henry Miller y Jean Genet. Ellos le dieron a la editorial un cierto cachet literario, aunque la mayoría de los títulos eran del tipo ‘Until She Screams' [Hasta Que Ella Grite] y ‘There's a Whip in My Valise' [Hay un Látigo en Mi Maleta].
Inicialmente Nabokov pensaba publicar ‘Lolita' con seudónimo, aunque dejaba una huella digital que lo decía todo: la mención de un personaje llamado Vivian Darkbloom, un anagrama de Vladirmir Nabokov. Pero James Laughlin, el editor de New Directions, dijo que el estilo del libro era tan característico que no engañaría a nadie, y cuando Maurice Girodias, el editor de Olympia, instó al autor a usar su propio nombre, Nabokov consintió.
Humbert Humbert, el narrador de ‘Lolita', decía que había escrito el manuscrito en 56 días y el libro se lee de esa manera -los torrentes impetuosos, urgentes, a veces líricos, de un hombre al que se le escapaba simultáneamente una confesión y una justificación. La tarea le tomó a Nabokov mucho más tiempo, y en 1950, "agobiado con dificultades técnicas y dudas", incluso empezó a quemar el manuscrito en un incinerador en el patio, de donde fue rescatado por su esposa Vera.
El "primer pequeño pálpito" de inspiración para ‘Lolita', escribió Nabokov más tarde, lo tuvo en París a fines de 1939 o principios de 1940, y escribió un cuento, nunca publicado, sobre un hombre que se casa con una mujer que está muriendo para poder acercarse a su joven hija, a la que trata de seducir en el cuarto de un hotel antes de arrojarse debajo de un tren.
La revolucionaria idea de convertir la historia de la tercera a la primera persona ocurrió a mediados de los años cuarenta, y le dio a la novela su rasgo más distintivo, la apasionada voz de Humbert: "Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas, mi pecado, mi alma. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta".
Nabokov escribió gran parte del libro en circunstancias no muy diferentes a las que vivieron Humbert y Lolita durante su año de viajes más o menos al azar por todos los 48 estados continentales: durante las vacaciones de verano a principios de los años cincuenta, esto es, cuando él, Vera y su hijo Dmitri, se amontonaron en el viejo Oldsmobile de la familia y se dirigieron hacia el oeste para que Nabokov pudiera dedicarse a su otra gran pasión: coleccionar mariposas.
La familia alojaba, como Hum y Lo, en clubes de automovilistas y cabañas de turistas con paredes tan delgadas que podían oír la cisterna del retrete del vecino o las labores de las parejas en luna de miel. En las noches tranquilas Nabokov a menudo se retiraba al asiento de atrás del Olds, donde escribía ‘Lolita' en fichas. La novela, entre otras cosas, es una desvergonzada carta de amor a Estados Unidos, el país adoptivo de Nabokov, y como escribiría más tarde, un archivo de su agridulce aventura amorosa con la lengua americana. Mientras escribía el libro, leía revistas de cine, garabateaba los títulos de canciones de las máquinas de discos y se subía a buses para escuchar a hurtadillas fragmentos de conversaciones entre adolescentes.
‘Lolita', como otros muchos libros controvertidos, demostró que nada ayuda más a las ventas que un olorcillo de escándalo. La novela recibió un inesperado empujón cuando Graham Greene, escribiendo en el Sunday Times de Londres, lo mencionó como uno de los tres mejores libros de 1955, y John Gordon, el editor del Sunday Express, respondió con una diatriba, diciendo: "Sin duda alguna, es el libro más obsceno que he leído en mi vida".
Después de que el libro se publicara finalmente en Estados Unidos, por Walter Minton, un joven editor en G.P. Putnam's Sons, que aparentemente había oído de él a través de una amiga, una bailarina del Barrio Latino, lo pusiera entre los primeros de la lista de éxitos de venta, donde se quedó junto a ‘Doctor Zhivago', de Pasternak, durante seis meses. Las ventas de ‘Lolita' fueron espoloneadas sin ninguna duda por lectores jadeantes que se decepcionaron al descubrir que las partes picantes se confinaban principalmente a las primeras 140 páginas.
Pero ‘Lolita' es más que un libro verde; es un libro perturbador. Y nos incomoda más que nunca debido a que la pedofilia se ha escapado del tenebroso y poco visitado sótano de nuestra consciencia colectiva a la vanguardia de nuestra conciencia moral. Ahora sabemos que ocurre más a menudo de lo que imaginábamos, y con consecuencias mucho peores.
Y también conocemos ahora la dinámica que convierte incluso el sexo consentido en un crimen. Es verdad que es Lolita la que hace el primer avance, pero nadie en sus cabales podría escribir ahora, como hizo Robertson Davies cuando defendió ‘Lolita' en 1959, que el tema del libro "no es la perversión de una niña inocente por un adulto zorro, sino la explotación de un adulto débil por una niña perversa".
Nabokov no pretendió nunca que Humbert fuera otra cosa que un monstruo. Ante un entrevistador de Paris Review que sugirió que lo que pasó entre Humbert y Lolita no era muy diferente a, digamos, las relaciones entre magnates del cine de edad mediana y jóvenes aspirantes a estrellas, Nabokov respondió enfáticamente: "A Humbert le gustaban las ‘niñitas' -no simplemente las ‘niñas'. Las lolas son niñas, no aspirantes a estrellas ni ‘gatitas sexuales'".
Sin embargo, Humbert es también un monstruo brillante, conmovedor, a veces inclusive amoroso. Como escribió Lionel Trilling: "Humbert está perfectamente dispuesto a decir que es un monstruo; somos nosotros los estamos cada vez menos ansiosos a estar de acuerdo con él". Esa es parte de la estrategia de Humbert: quiere conmovernos.
Y al final es un monstruo moral. En la última gran escena de la novela, recuerda haber mirado desde la cima de una montaña y escuchado el ruido de los niños jugando abajo. Se da cuenta de que "lo terrible no era la ausencia de Lolita, sino la ausencia de su voz". Su gran crimen, comprende ahora, no es tanto haber pervertido a Lolita como haberla privado de su infancia, su lugar en esa plácida concordia.
Tenemos que recordar, sin embargo, que le tomó toda la novela llegar a ese punto, y en otro lugar, especialmente en el animado principio, con su cariñosa y precisa evocación de la encantadora Lo, su olor, su pelo castaño, su suave espalda y sus hombros como la miel, su cicatriz de la vacuna en forma de ocho... Humbert nos tiene en su poder.
Peor, nos lleva con él. Puede no ser enteramente verdad, como dijo Trilling, que "hemos llegado prácticamente a condonar la violación", pero seguimos leyendo, como hechizados. ‘Lolita' es un estudio de muchas seducciones, y entre ellas la del arte, que es la que no tiene nada de moral.

24 de septiembre de 2005
©new york times
©traducción mQh

los piratas de brando


[Joe Queenan] Novela mediocre, anticuada y divertida.
La deliciosa palabra francesa insolite se refiere a algo tan completamente inesperado que hace que el observador de un paso hacia atrás y se maraville. Un ejemplo es la Torre Eiffel, todavía vista por algunos parisinos como un edificio que simplemente desentona. Otro ejemplo es la novela policial de 1992 de Marilyn Quayle, ‘Embrace the Serpent'. Escrita a base de botellones, esta saga sobre la desaventurada Habana después de Castro, no es ‘Gorky Park', pero mantiene la curiosidad cultural precisamente porque viene directamente del campo izquierdo, el último lugar donde uno esperaría encontrar a la sufrida esposa de Dan Quayle. Otros ejemplos son las novelas de Ethan Hawke, el misterio de Martina Navratilova en ‘Breaking Point' y ‘Star', el largo tiempo esperado homenaje a ‘En busca del tiempo perdido', de Pamela Anderson.
Ninguno de estos libros son especialmente buenos, pero debido a que son malos de un modo que se distinguen de la literatura amateur, caen en la misma categoría que la película biográfica de Bobby Darin, de Kevin Spacey, ‘Beyond the Sea'; las grabaciones de jazz de Jack Kevorkian, ‘A Very Still Life'; y las pinturas pague-dos-llévese-una de Phyllis Diller. Finalmente, la cuestión de si estas rarezas están a la altura de las circunstancias se hace irrelevante. Lo único que vale la pena preguntar es: "¡Vaya! ¿Quién tuvo la culpa?"
‘Fan-Tan' (el título hace referencia a un juego de azar chino) es un emocionante ejemplo de este género. Escrita hace más de 25 años como una adaptación al cine por Marlon Brando y Donald Cammell, el misterioso escocés que dirigió el clásico cult ‘Performance' en 1970, y luego básicamente desapareció de la faz de la tierra, ‘Fan-Tan' es el tipo de extravagancia en alta mar que ya nadie escribe porque todo el mundo está demasiado ocupado escribiendo libros sobre asesinos en serie por países, ocultando quizás la Lanza de Longinus debajo del Sudario de Turín en la guantera de un Dodge Neon que perteneció alguna vez al desafortunado descendiente de María Magdalena, Rhiannon Schwartz. Excepto unas pocas escenas obscenas -una donde la heroína defeca en el pecho del héroe y otra en la que el héroe hace el amor con su amante usando un puñado de perlas robadas como ayudas sexuales-, este es el tipo de novela que se podría regalar fácilmente para el cumpleaños de un niño adolescente. Con cargamentos de osadía sobre piratas sedientos de sangre, señores de la guerra inescrupulosos, putas picarescas, incorruptibles guardias de seguridad sikhs y minerales afrodisiacos, ‘Fan-Tan' no es más que un cuento desgarrador.
Cuando parte la novela en 1927, un corpulento y disoluto capitán de marina escocés-americano con el improbable nombre de Annie Doultry, está cumpliendo una condena de seis meses por tráfico de armas en una desolada cárcel de Hong Kong. Para matar el tiempo, se divierte organizando carreras de cucarachas, balanceando una taza de té en "las grandes y peludas pampas de su pecho" y rumiando sobre el subtexto cultural y los efectos psicológicos a largo plazo del azote público. (Duele, es racista y no le gusta a nadie). Obviamente, Annie fue engañado por un rival que tiene un triste final; obviamente, anda de capa caída en una especie de ‘Tesoro de la Sierra de Shanghai'. Su problema, que empezó con un "grano rebelde en su mente", se ha inflado y convertido en "una bullente cocción del trasero del alma".
Con la intención de dar un gran golpe antes de empacar para siempre -la trama de unos 75.000 largometrajes- Annie conoce a una misterioso bucanera llamada Madame Lai Choi San, que es al mismo tiempo una loba de los mares y una tigresa en la cama. Madame Lau (también la Señora Riqueza) convence al capitán para que acepte un trabajo como un operador inalámbrico en el crucero Chow Fa, cargado de preciosa plata, permitiendo así que sus subordinados de capa y espada se apoderen del buque. Aunque esto lo convertirá en cómplice de la muerte de varios marinos inocentes, no será estigmatizado debido a que la falsedad era normal en esos tiempos en los mares del sur de China, y nadie lo hubiera tomado personalmente.
En secreto, Annie está menos interesado en el gran cheque de pago que en encamarse con su tórrida empleadora, una ambición que, sorprendentemente, sobrevive el interludio fecal, que para muchos marineros de agua dulce habría sido motivo de rompimiento. En resumen, ‘Fan-Tan' es una anticuada y mediocre pieza con algo para todo el mundo: sexo perverso, explosivos tiroteos, altas apuestas en carreras de insectos, traición, movimientos de tripas enteramente inesperados con románticos y poco convencionales telones de fondo y hombres peligrosos que están "terriblemente embarazados de quimeras". Ciertamente ahora ya no se escribe así.
‘Fan-Tan' hace un montón de más sentido después de hojear el breve pero altamente informativo epílogo del distinguido crítico de cine David Thompson, que editó el libro y compuso su capítulo final. Aparentemente, Marlon Brando no se perdonó nunca a sí mismo por dejar pasar la oportunidad de hacer del enigmático gángster Chas, junto a Mick Jagger, en ‘Performance', aunque él y Cammel rompieron cuando el escocés empezó a salir con la hija de Anita Loo, la antigua pasión de Brando. (Las cosas se arreglaron cuando Cammel se casó con ella). Brando y su co-autor concibieron ‘Fan-Tan' como un guión, pero las cosas no salieron bien. Así que el libro ha sido publicado ahora es una adaptación cinematográfica recuperada y cariñosamente maquillada bajo forma de novela. ‘Fan-Tan' no estuvo nunca cerca de llegar a ser película, en parte porque Brando no se la quiso mostrar a nadie. Por supuesto, en ese momento de su carrera Brando mismo estaba embarazado de quimeras.
Honestamente, esta es simplemente una novela mediocre. Lo que la hace interesante, aparte de su inusual origen, es la escritura robusta, colorida, anacrónica, a veces ridícula y políticamente incorrecta. ‘Fan-Tan' es el opuesto mismo de una novela como ‘El código Da Vinci', una novela policial absorbente pero fundamentalmente imbécil escrita por un licenciado de Amherst que de algún modo se las ingenia para escribir como estudiante universitario que ha abandonado sus estudios. En contraste, Brando y Cammel a menudo se encuentran en situación precaria, pero es una situación en la que sólo se puede estar si ya sabes cómo escribir (pero a veces retrocedes a la época en que no lo sabías). He aquí Madame Lai, directamente sacada de su aparición en la ‘House of Over-the-Top Flying Daggers', discutiendo su modo operandi:
"Yo me encargaré de Chow Fa. Colocaré cien hombres con puñales desenvainados entre sus guapos oficiales y esperaré detrás de una isla y saltaré encima de ellos como el Tigre del Mar de Hierro y dispararé mis cañones en sus entrañas. Tengo unos altilleros muy, muy buenos, ya verás. Mataré a los guardias. Mataré a los pasajeros y colgaré las tripas del capitán en el tope del mástil encima de ti".
Obviamente, esto no es buena escritura -al menos, no en el sentido estrecho, técnico de la palabra-, pero es ciertamente un juego de palabras diestro, lleno de deleite y elegancia, un poco como el diálogo de ‘Coraza negra' [The Black Shield of Falworth] o ‘Los tres amigos' [The Three Amigos]. Es el tipo de prosa nervuda, irónica, que siempre te recuerda que los escritores están haciendo horas extras para ensamblar frases que llamen tu atención, incluso si significa describir a hombres como "embarazados de quimeras" o informar que ciertas cucarachas prefieren mascar los callos de los pies humanos del mismo modo que "un rabí epicúreo masca arenques ahumados". En resumen, es el tipo de libro para el que tienes que hacer lugar y alejar a mujeres y niños.
En su honor debe decirse que ‘Fan-Tan' no suena nunca literaria ni producida para las masas; nunca presenta esa fatigada cualidad de llamada de programa de televisión al estilo de Tom Clancy y Stephen King. En lugar de eso, suena como si los chicos la pasaron terriblemente bien escribiendo esta intrigante novela, tomándose un par de cientos de martinis. Se puede decir un montón de cosas a favor de este método; si no puedes escribir una gran novela, escribe al menos una novela especial, y diviértete en el camino.
Es una pena que Brando no haya dedicado más tiempo a la literatura. Como él, ‘Fan-Tan' es grosera, perversa, idiosincrásica, impenitentemente anticuada. La oportunidad de leerla es un ofrecimiento que no se puede rechazar.

El libro más reciente de Joe Queenan es ‘Queenan Country: A Reluctant Anglophile's Pilgrimage to the Mother Country'.

17 de septiembre de 2005
©new york times
©traducción mQh


amor bajo sitio


[Ron Charles] La nueva novela de Rushdie mira por el prisma del terror de Cachemira las profundidades del corazón.
Salman Rushdie empezó su carrera escribiendo anuncios, pero su vida ha sido un mortífero test del viejo adagio de que "toda publicidad es buena". Una media docena de éxitos de venta internacionales, un premio Booker y la seria atención de todas las revistas literarias del mundo pueden no llegar a eclipsar nunca la reseña negativa más infame del siglo 20: la sentencia de muerte pronunciada contra él por el ayatollah Khomeini en 1989.
Con una recompensa de 5 millones de dólares sobre su cabeza, el autor de ‘Los versos satánicos' entró en la era del terror antes que el resto de nosotros -y debió preocuparse de la posibilidad de ser asesinado en su casa, o rematado a balazos en la calle, o hecho volar en el metro. Hace 16 años parecía raro que un hombre viviera bajo la amenaza de los terroristas islámicos al otro lado del mundo, pero ahora todos vivimos así, y Rushdie nos saluda con una deslumbrante novela sobre las raíces del extremismo, la frágil belleza de la armonía religiosa y las torcidas hebras de los motivos personales y políticos. A diferencia de su anterior novela -la acerba ‘Furia', que, por una espeluznante coincidencia, fue lanzado al mercado el 11 de septiembre de 2001-, ‘Shalimar el Payaso' [Shalimar the Clown] parece haber otorgado a Rushdie el tiempo y el espacio para sublimar sus terrores con una historia de profunda humanidad e inquietante inteligencia.
Este verano en el Festival Literario Internacional de Paraty en Brasil, dijo a la revista Christian Science Monitor que los acontecimientos del 11 de septiembre "me mostraron que las historias del mundo están desesperadamente entrelazadas unas con otras". ‘Shalimar el Payaso' ejemplifica ese entrelazamiento con su enorme alcance geográfico, moviéndose entre Cachemira y Francia y Estados Unidos, y entre el presente y las viejas épocas. Una expresión más sutil de la condición integrada del planeta, sin embargo, es la destreza literaria de Rushdie, su habilidad para modelar capítulos de su novela en diferentes géneros. La novela policial moderna, la épica ramayana, el drama de tribunales, la comedia, la aventura en tiempos de guerra, la sátira política, la leyenda del campo -todos los géneros se funden aquí magníficamente.
La historia empieza con el espantoso asesinato de una celebridad internacional llamada Maximilian Ophuls, un hombre entrado en años que combina la gravedad política de Henry Kissinger con el atractivo sexual de Ricardo Montalbán. Está parado frente al apartamento de su hija en Los Angeles cuando su chofer, Shalimar, le rebana la garganta y escapa. Los detectives concluyen inicialmente que se trata de un asesinato político: Justo el día antes, Max, embajador norteamericano en India, jubilado, había emergido de un largo período de silencio público para leer una diatriba sobre la destrucción de Cachemira. Shalimar, se descubre pronto, es un terrorista internacional, nacido y adiestrado en Cachemir. Pero la hija de Max descubre que el motivo por el que fue asesinado su padre es mucho más personal y aterrador de lo que parecía a primera vista.
En este momento, la novela retrocede al pequeño pueblo cachemir de Pachigam, donde Shalimar, a los 14, se enamora profundamente de Boonyi, una niña hindú. Nacieron los dos en 1947, el mismo año en que Pakistán e India surgieron del raj británico, y Cachemira -"un sabroso bocado verde entre los dientes de un gigante"- empezara su trágica transformación de lo que Rushdie describe como un paraíso ecuménico en un infierno sectario. La familia de Shalimar tiene un grupo de artistas itinerantes, y Boonyi es una de las bailarinas más guapas. "Las palabras hindú y musulmán no tiene cabida en su historia", piensa Shalimar en un enamorado arrebato. "En el valle esas palabras no eran más que descripciones, no divisiones. Las fronteras entre las palabras, sus afilados bordes, se habían manchado y emborronado. Así es como debían ser las cosas. Eso era Cachemira". Sin embargo, cuando se descubre su relación, es una prueba para la tolerancia de los aldeanos. Severas voces a los dos lados condenan las impuras relaciones de los adolescentes, pero los padres acceden a una ceremonia de matrimonio que incluye tanto costumbres hindúes como musulmanas. "Ser un cachemir", escribe Rushdie en su propio arrebato, "era haber recibido un don divino incomparable, era apreciar lo compartido mucho más que lo dividido". Y así la unión de estos dos jóvenes se convierte en un símbolo del verdadero espíritu cachemir, el que Rusdhie pule y convierte en un objetivo obsesivamente bello -y, según parece, cada vez más elusivo- para el resto del mundo.
Los problemas se deslizan en este "cielo dentro de un cielo" por todos lados. Los musulmanes radicales, personificado por un ulema hecho literalmente de hierro, predican una doctrina de estricta separación que se convierte rápidamente en actos de terror, no solamente contra los residentes hindúes sino contra los musulmanes que tratan de vivir en paz con ellos. Al otro lado está un coronel indio que justifica las medidas cada vez más brutales de control civil con un lenguaje burocrático que Rushdie satiriza al extremo: "La posición legal era que la presencia militar india en Cachemira contaba con el apoyo de la población y decir otra cosa era violar la ley". Evocando el tema ‘Pájaros Sin Alas', de Louis de Bernières, Rushdie implica que la gente es enteramente capaz de entenderse si, incluso en medio de fuertes conflictos étnicos y religiosos, se los deja solos. Pero una vez que ideólogos y fanáticos de fuera se mezclan en la refriega, interrumpen fatalmente ese delicado proceso. En algunos de los pasajes más emotivos de la novela, Rushdie capta esta tragedia con fluídos y rítmicos párrafos que son lo más cerca que se puede acercar la prosa al lamento.
Pero incluso antes de que los rebeldes musulmanes y los soldados indios -"los dos demonios que atormentan al valle"- hayan convertido en polvo el pueblo de Pachigam, Boonyi traiciona a su amado Shalimar ofreciéndose a sí misma a Max durante la visita del embajador a Cachemira. Es un despiadado intento de salir de su aburrida vida, y coloca a Shalimar en un trágico sendero. "Jadeando de placer" la había advertido la primera noche que hicieron el amor: "No me dejes nunca, porque no te lo perdonaría nunca, y me vengaría y te mataré, y si has tenido hijos con otro hombre, también los mataré". Pero Boonyi sólo entendió la voz de su devoción: "Qué romántico eres", replicó despreocupada. "Dices las cosas más dulces". Es brillante cómo Rushdie hace la coreografía de la tragedia que se derrama del desenfrenado amor de Shalimar, atando una pequeña y triste historia de infidelidad a los enfrentamientos que desgarran la historia contemporánea. Toda política, se nos recuerda otra vez, es local. Aquí todo el mundo surge a la vida en historias con sus propias melodías. Un capítulo sobre el trabajo de Max en la resistencia francesa se lee como un desgarrador cuento de espionaje; las infancias de Shalimar y Boonyi son narradas mediante una leyenda pueblerina con pinceladas de comedia y realismo mágico; leemos sobre la hija californiana de Max en agudos capítulos rebosantes de ironía y salpicado de referencias a la cultura pop.
El terrorista es motivado por una doctrina de odio incomprensible que emerge sólo como una cara borrosa en el telediario de la noche, se convierte en estas páginas en nuestro dulce Shalimar, atormentado por la traición de una mujer y la explotación de un imán en algo monstruoso e inalcanzable. No por este telón de fondo es menos espantoso, pero es mucho más complejo.
Este retrato comprensivo no es lo que estábamos esperando de Rushdie, dada su angustiante experiencia con asesinos islámicos o sus encendidas declaraciones públicas tras los atentados en el metro de Londres. En Gran Bretaña y Estados Unidos ha publicado un ensayo condenando a los "islamo-fascistas literales" que no han logrado desarraigar los "estrechos dogmatismos que plagan el pensamiento musulmán hoy en día". Pero a pesar de las aterradoras miradas de imanes asesinos y atrocidades cometidas por los muyahedines, ‘Shalimar el Payaso' no es una acusación contra la patología extremista musulmana, como es la reciente ‘Mapas para amantes perdidos' de Nadeem Aslam. Tampoco se ajusta al creciente cuerpo de historias sobre el 11 de septiembre de 2001, como ‘Sábado', de Ian McEwan, ‘Extremadamente bajo e increíblemente cerca', de Jonathan Safran Foer, e ‘Incendiario', de Chris Cleave, que están enmarcados en un terrible momento histórico. Sí, Rushdie ha escrito una intensa novela política, imbuida de acontecimientos recientes, pero con un alcance emocional que va más allá de nuestra crisis actual y su visión de los caprichos del corazón es tan perceptiva que sólo se puede imaginar que ‘Shalimar el Payaso' seguirá siendo leída mucho después de que esta era de terror santo se haya desvanecido en la historia.

Libro reseñado:
Shalimar the Clown
Salman Rushdie
Random House
398 pp.
$25.95

16 de septiembre de 2005
11 de septiembre de 2005
©washington post
©traducción mQh


cenizas de hunter thompson


[Robert Weller] Disparan cenizas de fundador del nuevo periodismo.
Woody Creek, Colorado, Estados Unidos. Al iconoclasta periodista Hunter S. Thompson le habría gustado la torre de 46 metros construida para disparar sus cenizas en el cielo, dijo uno de sus muchos amigos y admiradores que se reunieron para la solemne despedida.
"Es una estructura bonita. Por supuesto, no resistiría nada si le hiciéramos un agujero", dijo Michael Cleverly, refiriéndose a la pasión de su antiguo vecino por las armas de fuego. "Pero pesa varias toneladas, de modo que sí podría aguantar algunos".
El autor de la contracultura se suicidó hace 6 meses en su casa cerca de Aspen. Sus cenizas, mezcladas con fuegos artificiales, debían ser disparadas desde la torre el sábado frente a una multitud de estrellas en su terreno en Owl Farm.
"Le encantaban las explosiones", explicó Anita Thompson, su esposa, durante la planificación de los fuegos artificiales.
La torre -construida a propósito un poco más alta que la Estatua de la Libertad- fue erigida en un terreno entre la casa de Thompson y una pared del cañón cubierta de árboles. Estuvo envuelta en lona durante días, pero su viuda, Anita, dijo que fue modelado de acuerdo al logo del Gonzo Thompson: un puño, hecho simétrico con dos pulgares, saliendo del mango de un puñal.
La ceremonia debe ser una fiesta, con abundante alcohol, recuerdos, lecturas de las obras de Thompson y actuaciones de Lyle Lovett y de la Nitty Gritty Dirt Band.
Fueron invitadas unas 250 personas, incluyendo al dibujante de Thompson de toda la vida, Ralph Steadman, y los actores Sean Penn y Johnny Depp, amigos cercanos del escritor. Depp hizo de Thompson en la versión cinematográfica de 1998, ‘Miedo y asco en Las Vegas: Una Jornada Salvaje en el corazón del sueño americano', quizás el trabajo más conocido del autor.
Anita Thompsoon dijo que Depp financió gran parte de la celebración.
"Hemos hablado un par de veces sobre sus últimos deseos de ser disparado en el cañón", dijo Depp a la Associated Press el mes pasado. "Todo lo que estoy tratando de hacer es asegurarme de que se cumpla su último deseos. Quiero despedir a mi amigo como él quería".
Thompson fue reconocido, con Tom Wolfe y Gay talese, como uno de los pioneros del Nuevo Periodismo -él llamó a su versión, el "periodismo gonzo"- en el que el escritor era una parte fundamental de la historia.
Thompson se retrataba a menudo como salvajemente borracho mientras informaba sobre personajes como Jimmy Carter y Bill Clinton. En la cúspide de la era de Watergate, dijo que Richard Nixon representaba "ese lado oscuro, venial e incurablemente violento del carácter americano".
Además del clásico de 1972 sobre la visita de Thompson a Las Vegas, también escribió un relato sobre los Hell's Angels y ‘Miedo y odio: En plena campaña electoral 1972" en el que el personaje principal era un observador cascarrabias, drogadicto y borracho, y participante.
El escritor nacido en Kentucky fue también el modelo para el calvo Garry Trudeau en ‘Uncle Duke' en la tira cómica ‘Doonesbury'.
En esta comunidad balneario ahora elegante, disparaba orgullosamente sus armas toda vez que quería, dejaba sueltos a los pavos reales y fue candidato a sheriff en 1970 bajo la bandera del Freak Power Party.
Thompson se mató en su cocina el 20 de febrero, aparentemente incapaz de soportar su resquebrajada salud. Un amigo cercano sugirió que Thompson no quería morir de viejo. Anita Thompson dijo que Hunter no dejó una carta de despedida.

23 de agosto de 2005
©miami herald
©traducción mQh


brando sobre piratas


En septiembre aparece en Estados Unidos el libro de aventuras ‘Fan-Tan'. Enamorado de la Polinesia, donde compró una isla, el actor de ‘El Salvaje' trabajó con un cineasta en la historia de un aventurero en Hong Kong, en 1927. El libro quedó inconcluso, pero su viuda encargó que lo terminaran.
En la isla de Tetiaroa, en la Polinesia francesa, el mar tiene ese color turquesa de ensueño. Las arenas blancas y la naturaleza -siempre verde- se mantienen intactas. En 1962 Marlon Brando filmó allí ‘Motín a Bordo'. Se enamoró del lugar y de su coprotagonista, Tarita Teriipaia, y compró 400 hectáreas de terreno. Y allí tuvo un sueño: hacer un filme sobre piratas del mar chino.
Era 1979 y le propuso la idea a su amigo Donald Cammell, cineasta escocés. Trabajaron en el guión y, finalmente, lo convirtieron en una novela. Pero ambos murieron sin terminarla: Cammell en 1996, Brando el año pasado.
Sin embargo, la viuda del actor decidió revivir el proyecto y la novela será publicada en septiembre en Estados Unidos con el título ‘Fan-Tan'. El relato, que fue concluido por el historiador de cine David Thomson, se ambienta en Hong Kong en 1927 y narra la historia del aventurero Anatole Doultry. Este se encuentra en prisión y, por intermedio de un convicto chino, conoce a la guapísima Madame de Loi, quien le ofrece unirse a su banda de piratas. Una oferta que resulta irresistible para el protagonista.
Según la revista Publishers Weekly, la historia nació con Brando inventado escenas y Cammell llevándolas al papel. La idea de hacer un filme fue abortada por el propio actor, que acabó odiando a Hollywood.
Así, el guión cambió de género y en 1982 la dupla recibió un adelanto de 100 mil dólares del sello Pan Books. Pero Brando se aburrió y, sin su apoyo, Cammell también.
A la muerte del actor, la viuda llevó el manuscrito de 238 páginas al sello Knopf, que le encargó a Thomson la tarea de ordenar el material y darle un fin. De acuerdo con Publishers Weekly, el protagonista es Brando: un tipo obeso enamorado de la Polinesia y las mujeres asiáticas. "Brando quería ser Annie Doultry, un hombre con un pie en el mundo de R.L. Stevenson y otro en el de Beckett", dice Thomson. "Uno casi puede oír la voz de Brando en el relato", agrega Kathy Zuckermann, del sello Knopf.

5 de agosto de 2005
©tercera

vida secreta de nazi


[Andrés Gómez Bravo] En la novela ‘Patagonia' el escritor Sergio Gómez rescata la historia del hombre acusado de la muerte de 97 mil judíos. En 1958 desembarcó en Punta Arenas el ciudadano alemán Julius Walther Rauff Bauermeisler. Pronto se destacó en la comunidad como un vecino trabajador y honorable. Pero a fines de 1962 la policía descubrió su verdadero rostro: el de un ex oficial de la SS nazi, creador de los camiones de gas.
Cuando el alcaide de la Cárcel Pública le dio la noticia, Walther Rauff no pudo contener la emoción. La primera declaración que dio a los periodistas apostados en la puerta fue un simple y agradecido "¡Viva Chile!" En un fallo sin precedentes, la primera sala de la Corte Suprema lo libraba de la extradición solicitada por Alemania Federal, aprobada en primera instancia por la Corte de Apelaciones. El hombre acusado de la muerte de 97 mil judíos durante la II Guerra Mundial recuperaba su libertad tras 123 días de presidio. Para la justicia chilena, en 1963 el crimen que se le imputaba había prescrito.
"No tengo resentimiento contra nadie, ni tampoco temor del porvenir", dijo antes de subir al auto de su abogado y perderse para siempre. Desde entonces, Rauff viviría dos décadas a salvo en Chile. Ni las presiones internacionales ni la petición expresa del cazanazis Simon Wiesenthal lo pondrían en riesgo. Tanto para Eduardo Frei Montalva como para Salvador Allende y Augusto Pinochet, lo suyo era cosa juzgada.
Las peticiones de expulsión -emanadas de Israel, Gran Bretaña y el Parlamento Europeo- se acrecentaban cuando súbitamente Rauff murió, el 14 de mayo de 1984 en Santiago. El ex oficial SS recibió un responso en alemán en la iglesia luterana de calle Lota y en el Cementerio General fue despedido por conocidos simpatizantes nazis. Allí estaba, por ejemplo, el escritor Miguel Serrano gritando, con otros 200 viudos, "¡Heil Hitler!, ¡Heil Rauff!"
La historia del criminal que inventó los camiones de gas fue reconstruida por María Soledad de la Cerda en su libro ‘Chile y los Hombres del Tercer Reich'. Basado en éste, el escritor Sergio Gómez resucita el fantasma del nazi que desembarcó en Punta Arenas en 1958 en la novela ‘Patagonia', publicada por el sello Seix Barral.

El Problema Judío
La novela de Sergio Gómez es protagonizada por un periodista con vocación de escritor que publica, sin mucho esfuerzo, un reportaje sobre Rauff. Una vez que el texto aparece, recibe un par de cartas de un tal Abe Barrea, un judío originario de Polonia, instalado en el sur de Chile y que asegura haber conocido a Rauff durante la guerra.
El reportero viaja a conocer a Barrea y escuchar su relato. Pero lo que hace Barrea es entregarle una serie de cuadernos donde ha vertido su historia. En ellos cuenta cómo, gracias a que había aprendido a entrenar perros, los nazis le perdonaron la vida. Es más: lo transformaron en colaborador de la SS. Así llegó a trabajar para Rauff.
Hijo de un empleado bancario, Rauff ingresó a la marina en 1924, con 18 años, y al cabo del primer año conoció Punta Arenas a bordo del crucero Berlín. Su carrera en la Armada terminó en 1934, acusado de adulterio.
Tres años más tarde se inscribió en el Partido Nacional Socialista y poco después ingresaba a las SS. Desde la Oficina General del Reich en Berlín, empezó a analizar el problema del exterminio judío.
Hasta entonces el procedimiento consistía en fusilamientos masivos en fosas cavadas por los prisioneros. De acuerdo con los reportes médicos, los soldados encargados de esa tarea comenzaban a manifestar trastornos, sobre todo cuando debían liquidar a mujeres y niños y, aún más, cuando quedaban sobrevivientes entre los cadáveres y había que rematarlos. "Para Rauff, no solo existía el problema de las secuelas psicológicas sobre los soldados, sino un tema más apasionante y que no dejó de obsesionarlo: ¿cómo aprovechar el tiempo y lograr mayor eficiencia en el extermino?", escribe Gómez.
La respuesta fueron los camiones de la muerte: auténticas cámaras de gas sobre ruedas, herméticamente selladas. En menos de un año, el invento de Rauff acabaría con 97 mil personas.

Ciudadano Ejemplar
Ascendido a comandante en reconocimiento a su labor, Rauff se trasladó a Túnez a fines de 1942. Al mando de la Policía de Seguridad Nazi asoló a la población y, en secreto, negoció la libertad de un grupo de judíos a cambio de 3.000 kilos de oro. Poco antes de la liberación, huyó a Milán con el botín.
En Italia volvió a dar muestras de su crueldad, con nuevas matanzas, y de su capacidad para negociar. Tras el fin de la guerra, huyó gracias a los contactos que había establecido con la jerarquía católica y logró, además, la salida a Sudamérica de cinco mil hombres de las SS y la Gestapo.
Luego de escalas en Siria -donde obtuvo papeles limpios-, Guayaquil y Buenos Aires, recaló en Punta Arenas, su estación definitiva.
"A comienzos de la década del 60, Rauff era un ciudadano ejemplar en Punta Arenas. Un alemán avencidado del que todos hablaban bien". Aplicó su habilidad de negociante en la importadora Goldmann y Janssen: partió como vendedor y terminó como subgerente. Su mujer -una alemana con la que se casó en 1940- murió en 1961 y, un año después, la policía trasladaba a Rauff a los tribunales de Santiago.
Alegó inocencia y, en virtud de resquicios legales, quedó libre. Volvió al sur. Trabajó en una pesquera en Porvenir. Al final de las jornadas se iba a caminar, a mirar los botes y "a destapar cerveza sentado en los muelles hasta emborracharse".
Las presiones por su extradición continuaron y a fines de los 70 Rauff -acusado además de colaborar con la Dina- viajó a Santiago. Ya no se movería de la ciudad ni del país que en 1963 lo había hecho gritar ¡Viva Chile!

3 de agosto de 2005
©24 de julio de 2005
©tercera