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qué hacer con los agresores sexuales


[Jason Grotto] Los delincuentes sexuales no están recibiendo el tratamiento que se había prometido. Y vuelven a delinquir.
El día que Douglas Gray debía salir de la cárcel, las autoridades le pusieron grilletes y lo enviaron a un centro de tratamientos seguro en un desolado rincón de Florida -donde se recluye a los peores delincuentes sexuales del estado después de que cumplen sus sentencias de prisión.
Detrás de las altas vallas y alambre de púa del Centro de Reclusión Involuntaria [Civil Commitment Center] de Florida, se suponía que el violador de niños de 40 años aprendería a refrenar sus impulsos enfermizos. Se suponía que debía aceptar la responsabilidad de sus crímenes. Se suponía que debía sentir empatía por sus víctimas.
Pero no ocurrió nada de eso.
No hubo pruebas de polígrafo para medir su honestidad. No hubo exámenes para medir sus patrones de excitación.
En lugar de eso, pasó un año comiendo, durmiendo, y esperando -hasta que fue liberado en junio de 2002 sin una sola hora de terapia que lo ayudara a domar los impulsos que lo convirtieron en un monstruo sexual.
Libre y de nuevo a la caza, Gray no duró mucho tiempo en la calle.
Quince meses después de su puesta en libertad, sedujo en un chatroom a una niña de 14, del condado de Broward, tuvo sexo con ella y cuando ella le dijo que no quería volverlo a ver, la golpeó y la obligó a realizar sexo oral con él.
"Deberían haberlo dejado encerrado para someterlo a tratamiento", dijo la madre de la niña a Miami Herald. "Si los dejas libre, volverán a hacer lo mismo. Mi hija ya no es la misma".
Gray es uno de los cientos de delincuentes sexuales que caen entre las grietas de un oscuro programa del estado creado en 1998 para proteger a la sociedad de hombres que se ensañan con los débiles y los vulnerables.
Todos los años psicólogos del estados revisan a miles de delincuentes sexuales antes de que sean liberados de la cárcel para detectar signos de trastornos mentales que hagan probable que vuelvan a cometer delitos sexuales.
Antes que dejarlos en libertad, la ley permite una medida drástica para asegurarse de que no vuelvan a cruzar la línea: Mantenerlos encerrados en un centro de tratamiento hasta que se sumerjan en las profundidades de sus mentes y superan sus enfermedades.
Les permiten salir sólo si los psicólogos dicen que ya no representan una amenaza para la sociedad y el tribunal lo acepta.
Los legisladores la llamaron la Ley Jimmy Ryce, en memoria del niño de nueve años del condado de Miami-Dade, que fue atacado sexualmente, asesinado y enterrado en de varias macetas por un manitas en 1995.
Pero siete años después de su aprobación, el programa de Florida para seleccionar, recluir y tratar a los delincuentes sexuales que representan las mayores amenazas para mujeres y niños se encuentra en un punto muerto, según revela una investigación de seis meses del Miami Herald.
Con una espantosa carencia de fondos y apenas reglamentada, la Ley Jimmy Ryce es un ejemplo de la rapidez con que reaccionan los legisladores ante crímenes horribles como el asesinato de Ryce, y lo a menudo que fracasan en mantener el curso una vez que las historias desaparecen de la atención pública.
Desde 1998, Florida ha gastado 150 millones de dólares recluyendo a 825 hombres en un centro de tratamientos en Arcadia.
Pero un análisis de ordenador del Miami Herald de más de 100 mil delitos sexuales -junto con una revisión de miles de páginas de casos judiciales, archivos del estado y documentos del centro de tratamiento de Florida y decenas de entrevistas, constató que:

-Mientras el estado ha gastado millones en recluir a 825 hombres en el centro, al menos 600 delicuentes que fueron pasados por alto en el proceso de detección fueron detenidos más tarde por nuevos crímenes sexuales -muchos de ellos contra niños.
-Incluso cuando los delincuentes están en el centro, más del 60 por ciento todavía no reciben tratamiento, porque la Legislatura no ha financiado completamente el programa y porque una laguna jurídica permite que los reos rechacen la terapia.
-El centro de tratamientos -el corazón del programa del estado- está plagado de problemas, incluyendo pedófilos que reciben pornografía infantil por correo, violadores que se emborrachan con alcohol casero y peleas entre los recluidos.
-Entretanto, cientos de delincuentes han sido liberados del centro sin que hayan completando un programa de tratamientos comprehensivos -incluyendo a casi 100 que, como Gray, no tuvieron ni una sola hora de terapia.
-Una vez que salen no hay supervisión especializada o programas de seguimiento para asegurarse de que los depredadores controlen su lascivia y sus impulsos violentos. No hay casas de transición, ni centros de externos, ni tobilleras electrónicas con tecnología satelital. En casi 50 casos, el estado ni siquiera sabe dónde están viviendo los delincuentes.

La triste verdad es que estas leyes son aprobadas de modo que los políticos se puedan jactar de las duras medidas que han tomado y ser elegidos. Es una triste manera de engañar a la opinión pública", dijo Ted Shaw, un psicólogo de Gainesville que ha pasado 25 años evaluando y tratando a delincuentes sexuales.

Atención Nacional, Acción en la Legislatura, y Luego Fallas
Las fallas en la estrategia de Florida a la hora de encargarse de los delincuentes más peligrosos es el último revés en una larga lucha para prevenir los delitos sexuales.
Casos como el de Jimmy Ryce en los años noventa y más recientemente el asalto sexual y asesinato de Jessica Lunsford en febrero pasado han llegado a la primera plana en todo el país.
Cada vez, la indignación espoloneó la acción -castigos más duros, registros de internet, reclusión involuntaria.
Meses después del asesinato de Lunsford, la diputada Debbie Wasserman Schultz propuso una ley federal que destinaría diez millones de dólares al año para ayudar a otros estados a pagar por programas similares al de la Ley Jimmy Ryce. Después de su aprobación en la Cámara se espera que el proyecto de ley sea aprobado por el Senado.
"Creo que esta ley ayudará a muchos padres a dormir más tranquilos", aseguró a sus electores la demócrata de Weston, proclamando a Florida como modelo para el resto del país.
Pero la ley de Florida tropieza en cada fase: desde el proceso de detección que envía a los delincuentes al centro de tratamiento, hasta el nivel de terapia y asesoría proporcionada, y cómo se devuelve a esos acusados de vuelta a la sociedad.
Wasserman Schultz dijo que podría ser necesario incluir algunas garantías en la legislación federal para asegurarse de que los problemas de Florida no se repitan en otros estados.
Así es cómo se supone que debe funcionar la ley de Florida:

-Antes de que los delincuentes sexuales sean liberados de la prisión, psicólogos del estado deben determinar si sufren o no trastornos psico-sexuales llamados paraphilias, que crean poderosos impulsos que son difíciles de controlar sin tratamiento.
-Si es así, esos delincuentes son recluidos más allá del término de sus sentencias de prisión en el centro de tratamiento del estado.
-En los juicios, los fiscales y abogados de la defensa libran batallas legales que determinan si esos delincuentes serán o no recluidos indefinidamente.
-Una vez que son asignados, los delincuentes continúan en terapia hasta que puedan demostrar que ya no representan una amenaza para la sociedad.

El senador Alex Villalobos, un republicano de Miami y co-patrocinador de la Ley Jimmy Ryce dijo que la verdadera intención de la ley era mantener fuera de la calle a los delincuentes, llamándola un medida de "tapar huecos".
"Los delincuentes sexuales no estaban recibiendo sentencias de prisión prolongadas, y eso era lo que teníamos que reparar", dijo, agregando que el programa cumple con sus objetivos.

Problemas de Dinero Desde el Principio
Pero las fallas del programa empezaron desde el primer día -cuando la Legislatura se negó a financiar adecuadamente la ley que había aprobado con discursos y juramentos de "nunca jamás".
En el primer año del programa, el Departamento de Niños y Familias solicitó 27 millones de dólares para iniciar el programa. Recibió 17.
Mientras el número de delincuentes en el centro se ha más que cuadruplicado -de 125 en 2000 a más de 500 hoy-, la finanzas continuaron quedándose atrás.
El programa está tan limitado por la falta de fondos que el contrato del estado con Liberty Behavioral Health, una compañía privada que gestiona el Centro de Reclusión Involuntaria de Florida, sólo proporciona dinero suficiente para el tratamiento de 150 delincuentes -menos de un tercio de los hombres recluidos ahí.
"Nos hemos remangado las mangas y hacemos lo que podemos con los recursos disponibles", dijo Adam Deming, director clínico del centro de tratamiento.
De los 16 estados con leyes de reclusión involuntaria, sólo Carolina del Sur y Kansas gastan menos en tratamiento por delincuente -y ambos tienen menos de 100 reclusos.
"Ahora mismo, el programa de Florida no está haciendo lo que tiene que hacer", dijo Shaw, el psicólogo de Gainesville.
Con más delincuentes enviados al centro cada mes, Liberty dijo al estado en septiembre que sólo proveería de terapia a los que hayan sido enviados por los tribunales.
Pero esos procedimientos -conocidos como juicios de reclusión involuntaria- son tan largos y tediosos que más del 60 por ciento de los delincuentes en el centro aún no los tienen.
Se supone que deben ir a juicio dentro de 30 días, pero el promedio del tiempo de espera es ahora de dos años y medio.
El problema es que los legisladores aprobaron la Ley Jimmy Ryce sin un plan claro sobre cómo deben funcionar los juicios y pocas directivas a seguir, de acuerdo a juristas.
Por ejemplo, ¿qué es admisible como prueba? ¿Cómo deben tratarse los complejos testimonios de los expertos?
El resultado: Decenas de pleitos presentados impugnando las reglas, que cuestan millones de dólares a los contribuyentes y dejan a cientos de delincuentes en el limbo.
Dos cortes de apelaciones han instado a la Corte Suprema de Florida a acelerar y crear reglas para aclarar la confusión. Pero eso no ha ocurrido.
Entretanto, los delincuentes en el centro han gastado colectivamente más de 900 años esperando su día en tribunales.

La Falta de Criterios de Selección y Directivas Complican Proceso
Incluso antes de que los hombres fueran recluidos para su tratamiento en el centro, el programa de reclusión involuntaria de Florida estaba plagado de problemas en torno a la decisión de quién recibe tratamiento -y quién no.
Desde que empezara el programa, más de 18 mil delincuentes sexuales han sido evaluados por el Departamento de Niños y Familias DCF. De estos, 600 fueron pasados por alto y liberados, sólo para ser arrestados más tarde por nuevos delitos sexuales -muchos contra niños.
Es un porcentaje pequeño, pero cuando se compara a esos 600 con el número de delincuentes actualmente en el programa, surgen preguntas sobre la efectividad del proceso de selección.
Por ejemplo, de cada diez hombres enviados al centro, siete fueron liberados de la cárcel -y más tarde arrestados, una tendencia observada por auditores del estado en 2000 y nuevamente en 2004. En ambos informes, los auditores instaron al DCF a estudiar el proceso de selección.
Hasta el día de hoy, no ha ocurrido nada.
Parte del problema es que la ley ofrece pocas guías para determinar qué delincuentes deberían ser evaluados para el programa.
A diferencia de Florida, otros estados tienen reglas firmes para asegurarse de seleccionar a los depredadores más peligrosos.
Por ejemplo, la ley de California, que los expertos señalan como una de las mejores del país, exige que el delincuente tenga múltiples víctimas antes de que pueda ser considerado por el programa.
Eso habría colocado a Timothy Conley, 35, arriba en la lista. Pasó cuatro años en la cárcel por secuestrar y violar a dos niñas adolescentes en el condado de Citrus en la costa oeste de Florida en 1993. Pero en diciembre de 1999, el DCF determinó que no era "probable" que cometiera un nuevo delito sexual -y fue excarcelado.
Ocho meses más tarde, sacó a una niña adolescente de su coche y la violó dos veces. Desde entonces se encuentra nuevamente en prisión.
Los archivos muestran que casi el 70 por ciento de los hombres enviados al centro de reclusión involuntaria tenían una víctima, incluso aunque los expertos dicen que los que representan las mayores amenazas para mujeres y niños son a menudo los que han tenido víctimas múltiples -como Conley.
"El mejor elemento para predecir el futuro es la conducta del pasado", dijo Fred Berlin, profesor de psiquiatría de la Universidad Johns Hopkins en Baltimore, y uno de los principales investigadores de los delincuentes sexuales del país. "Así está claro que los que tienen delitos múltiples son los más peligrosos".
En el estado de Washington sólo aquellos que representan los mayores riesgos -delincuentes violentos- pueden ser incorporados al programa de reclusión involuntaria. No es el caso en Florida: 40 por ciento de los delincuentes considerados para el programa no estaban condenados por crímenes violentos, según muestran los archivos.
John Ganey Jr. y Darrell Mikler estaban los dos condenados por delitos sexuales en casos separados, pero ninguno de los dos fue enviado al centro de tratamiento de Florida.
Ganey, 43, salió de la cárcel en diciembre de 2000, después de pasar tres años allí por agresión sexual.
Menos de un año después engatusó a una niña de nueve años de Tallahassee, la llevó al bosque cerca de su casa y la violó tres veces. La niña contó al padre lo que había pasado. Al descubrir que sangraba profusamente, la llevó a toda prisa a un hospital, donde fue operada.
Mikler, 40, estuvo ocho años, de una sentencia de 20, en la cárcel por intentar violar a una niña de 12 años en el condado de Miami-Dade en 1989.
Un mes después de su liberación, atrajo a una niña de 11 en Fort Lauderdale hacia su apartamento y la empujó dentro. Cuando la niña le suplicó que la dejara ir, la violó cuatro veces.
"Después de eso dejó de ser niña", dijo la tía de la niña al fiscal del estado, Broward. Desde entonces la niña dejó la escuela secundaria y ha estado usando drogas, dijo. "Dios mío, rezo para que ese hombre no salga nunca más y le vuelva a hacer lo mismo a otra niña".
Ganey y Milker están nuevamente en la cárcel -sentenciados los dos a cadena perpetua.

Proceso de Selección Es Subjetivo
Otro problema: el estado sólo cuenta con seis personas para el proceso de selección de más de dos casos al año.
Eso significa revisar los antecedentes policiales de cada delincuente, las actas judiciales, los archivos médicos y de salud mental, las declaraciones de las víctimas, los informes de policía y otros documentos.
Utilizando esos documentos, los especialistas -el primer filtro del proceso de selección- deben tomar decisiones altamente subjetivas sobre qué hombres es "probable" que vuelvan a cometer delitos sexuales.
"No tenemos una fórmula mágica que enchufemos para meter la información" y obtener respuestas, dijo Greg Venz, que fue director del programa del estado hasta que se convirtió en asesor especial del DCF.
Psicólogos privados contratados por el estado realizaron entonces evaluaciones cara a cara de esos delincuentes y enviaron recomendaciones al DCF para una decisión final.
Han surgido preguntas sobre la calificación de los que conducen esas entrevistas cara a cara con los hombres.
A diferencia de los programas de Washington, Massachusetts, y otros estado, Florida no exige una licencia especial de los evaluadores. De hecho, hasta 2001 no había ninguna exigencia.
El DCF estableció algunos criterios después de que una auditoría del estado señalara el problema en 2000 -pero expertos nacionales dicen que las instrucciones son inadecuadas.
"Mi opinión es que debe haber algún tipo de requisitos para sacar una licencia y más adiestramiento especializado. Lo que tiene Florida ahora está por debajo del umbral necesitado para este campo altamente especializado", dijo Natalie Brown, una ex evaluadora de Florida que ahora selecciona a los delincuentes para los programas en Washington y Missouri.

No Seleccionado, Volvió A Delinquir
En 2000, psicólogos del estado dijeron que David Stotler, 30, no era suficientemente peligroso como para incluirlo en el programa, a pesar de dos delitos sexuales contra niños.
Su primera detención fue en Palm Beach Gardens en 1994 después de que toqueteara a una niñita mientras la cuidaba. La niña contó a la policía que Stotler la besó y metió sus manos debajo de sus ropas mientras ella jugaba Nintendo. También la molestó cuando estaban en una piscina del condominio.
Stotler debía haber pasado en prisión 22 meses de acuerdo a las directivas de sentencia del estado, pero evitó la cárcel declarándose culpable de agresión sexual a cambio de ocho años de libertad vigilada y seis meses de arresto domiciliario.
Tres años más tarde, violó su régimen de libertad vigilada cuando trató de obligar a un niño del condado de Palm Beach a que le hiciera sexo oral.
En noviembre de 1998 fue condenado a dos años de cárcel.
Aunque tenía dos delitos sexuales en sus antecedentes, el estado determinó dos meses antes de que saliera de la cárcel en septiembre de 2000 que Stotler no reunía los requisitos para el programa de tratamiento.
Un mes más tarde, mientras cuidaba a un niño de cinco años, se metió al dormitorio donde dormía el niño, retiró las mantas, desabotonó el pijama del niño y realizó sexo oral en él -un acto que Stotler repetiría muchas veces con el niño en el curso del año siguiente.
Pero Stotler no se paró en esa víctima.
Dos niños más menores de 12 sufrieron la misma tortura -despertar para descubrir que el depredador estaba abusando de ellos.
Los delitos de Stotler, que eventualmente le significaron la cadena perpetua, fueron descubiertos sólo después de que el niño de cinco empezara a orinarse y defecar en sus calzoncillos, para evitar los abusos.
Para entonces, las cicatrices del niño eran profundas: insomnio, sollozos incontrolados y preocupación por el dolor, el desmembramiento, la sangre y el derramamiento de sangre, de acuerdo a las actas judiciales.
Con lágrimas en el rostro, la voz del niño tembló y se quebró cuando contó sobre los abusos que había sufrido durante casi un año, muestran las actas judiciales.
"David me tocó", le dijo a su madre. "Mami, no dejes que lo vuelva a hacer".

jgrotto@MiamiHerald.com

29 de enero de 2006

©miami herald
©traducción mQh

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baile individual delata a falsificadores


[H.G. Reza] Fue un baile individual de tres horas y una stripteasera con olfato para el dinero lo que condujo finalmente a la ruina de los falsificadores.
California/México/Estados Unidos. Quince personas fueron acusadas en la investigación en curso. Y agentes del Servicio Secreto han descubierto que las pandillas callejeras de California del Sur colaboraban con una banda de falsificadores mexicanos y un cartel de drogas para introducir en Estados Unidos billetes falsos de cien dólares -7.5 millones de dólares sólo desde febrero del año pasado.
Los billetes fueron descargados en los condados de Los Angeles y Orange, así como con pandillas de Spokane, Washington y Nueva Orleans.
Tony Chapa, antiguo director de la división de falsificaciones del Servicio Secreto en la capital nacional, dijo que la falsificación -considerada antiguamente como un delito relativamente pacífico- está atrayendo a delincuentes violentos. Dijo que las bandas de falsificadores colombianos, considerados como los más productivos, trabajan a menudo en colaboración con los carteles de droga de ese país.
"Ambos grupos utilizan a los mismos camellos. Un camello puede transportar un mes drogas a Los Angeles o Miami, y al siguiente trae billetes falsos", dijo Chapa, que encabeza ahora el despacho de la agencia en Los Angeles.
Dijo que este último caso era sólo el segundo en sus 20 años de carrera en el que había visto billetes norteamericanos falsos provenientes de México.
La poderosa pandilla de tráfico de drogas de Joaquín ‘Chapo’ Guzmán, que controla la distribución de narcóticos a lo largo de gran parte de la Costa Pacífico de México, ayudaba a la banda de falsificadores a introducir los billetes en Estados Unidos a través de sus rutas de contrabando, de manera similar a los colombianos, dijo Chapa.
La calidad de los billetes falsos es alta, dijo Chapa. Los billetes fueron impresos en una imprenta offset en Guadalajara, con el mismo proceso que usa la Oficina de Grabado e Impresión de Estados Unidos.
"Se necesita un montón de conocimiento para producir un billete en una prensa offset", dijo. "La mayoría de los billetes falsos son producidos digitalmente y son fáciles de detectar".
Las autoridades dijeron el cabecilla de la banda de California del Sur, José Carlos González-Moreno, vivía en una modesta casa en Santa Ana. Se cree que Guzmán y González-Moreno, que fue acusado por un jurado federal en Santa Ana de falsificación, están escondidos en algún lugar en México.
Los billetes falsos aparecieron por primera vez en México, donde los bancos los detectaron y devolvieron a los comerciantes que los habían aceptado, dijo James Kollar, director del Servicio Secreto en Santa Ana. La banda movió sus operaciones a California del Sur, donde comerciantes y bancos del condado de Orange empezaron a informar sobre los billetes falsos a principio de 2002.
Los agentes tuvieron su primer éxito ese septiembre. Basándose en informaciones de soplones, agentes encubiertos recuperaron más de 300 mil dólares en billetes falsos de 100 dólares en un coche que pertenecía a Alfonso Ávila Macías, 30, de Santa Ana. No fue acusado sino tres años después, ya que los detectives esperaban que los llevara a los jefes de la banda.
En lugar de eso, él y otros personajes sospechosos intuyeron lo que querían los agentes y la investigación se estancó durante dos años -hasta que Luis Gabriel Cisneros visitó el Teatro Sahara en Anaheim, en diciembre de 2004.
Después de su baile individual de tres horas, pagó a la stripteasera de 20 con cuatro billetes de cien dólares. Tenía 11 más metidos en su calcetín derecho, dijeron los agentes. Los billetes parecían genuinos, pero olían a vinagre. La stripteasera se lo dijo a un empleado del club, que llamó a la policía.
Agentes del Servicio Secreto dijeron que creían que los billetes fueron empapados en vinagre para engañar a los perros que olfatean el contrabando en la frontera. Ninguno de los contrabandistas de billetes fueron capturados por la Patrulla Fronteriza, dijo Kollar. Los camellos son casi siempre mujeres, dijeron los agentes más tarde, que cruzan la frontera en San Ysidro con hasta 200 mil dólares en billetes falsos ocultos en su ropa interior.
Tras la detención de Cisneros, agentes del Servicio Secreto tuvieron en sus manos una pista para trazar a la banda de falsificadores. "Fue como un regalo de Navidad", dijo Kollar.
El año pasado Cisneros, 23, se declaró culpable de posesión de dinero falso y de haberlo usado para pagar cuentas. Puede ser condenado hasta 20 años de prisión cuando se dicte sentencia en marzo.
Funcionarios del Servicio Secreto permitieron que dos agentes encubiertos hablaran con el Times a condición de que no fuesen identificados. Los agentes dijeron que las bandas que habían infiltrado también comerciaban en drogas y armas. En un caso, dijeron, los agentes trazaron a un miembro de la pandilla de Santa Ana que había ido a Spokane con billetes falsos que vendió a pandilleros allá. El hombre volvió al condado de Orange en un Cadillac Escalade que compró con dinero falso.
González-Moreno, que recibió los billetes directamente de los falsificadores mexicanos, vendió los billetes falsos a un 18 por ciento de su valor declarado, dijeron agentes. Los distribuidores, que eran a menudo miembros de la banda, revendían los billetes a un 25 y hasta 40 por ciento de su valor declarado.
Los distribuidores hacían pedidos a través de González-Moreno, y los pagos eran girados a los falsificadores en México a través de Western Union, dijeron agentes. "Podíamos pedir 100 mil dólares a través de un informante y lo recibíamos al día siguiente; tres millones tomaban un par de semanas’, dijo un agente.
Kollar dijo que los pandilleros y sus socios también pagaban con billetes falsos en los centros comerciales, donde hacían compras y devolvían luego la mercadería para obtener billetes legítimos.
Uno de sus amigos trató de blanquear los billetes en un Macy’s en Santa Ana, donde estaba trabajando. Empleados de la tienda llamaron al Servicio Secreto después de que notaran un aumento de los billetes falsos. Resultó, dijo Kollar, que una noche el hombre cambió tres mil dólares en billetes falsos.
Hacia mediados de 2005, varias personas habían sido arrestadas por sospechas de distribuir los billetes, y miembros de la banda se dieron cuenta de que el Servicio Secreto estaba tras sus pasos, dijo Kollar.
El despacho de la agencia en Santa Ana está a cuadras del vecindario donde tomó lugar el caso. Los miembros de la banda observaban el edificio y seguían a los agentes cuando salían del garaje, dijo.
En un caso, ocho de diez pandilleros rodearon y apedrearon una furgoneta aparcada con dos agentes dentro que estaban espiando a un sospechoso, dijo un agente. No está claro para los detectives si los gángsteres sabían que eran agentes del Servicio Secreto o si querían hacer saber a un vehículo desconocido que este era su territorio.
Infiltrar pandillas callejeras no es algo que hagan normalmente los agentes del Servicio Secreto, dijo Kollar. Pero la pesquisa de tres años de sus agentes fue memorable por otra razón.
"Se necesita un granuja entendido para hacer este tipo de falsificaciones", dijo, "que es lo que hace excitante una investigación como esta".

29 de enero de 2006

©los angeles times
©traducción mQh

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una semana como camarero


[Frank Bruni] Son las 7:45 de la tarde, y el East Coast Grill está funcionando a toda máquina y estoy dispuesto a estrangular a uno de los seis clientes de la mesa M-8.
Quiere que describa el rape especial. Por cuarta vez respondo, carraspeando, pero cuando vuelvo otra vez a cantarle las virtudes de la mostaza rubia con albaricoques, que ocurre justo antes de mi oda retórica al puré de ñame con pecana y arce, su atención flaquea y empieza a hablar con un amigo.
¿Me confunde con un mensaje grabado, puesto en pausa y que hay que echar a andar apretando un botón? ¿No sabe que tengo que atender otras mesas?
Tengo que alejarme y tranquilizar los ánimos de la mesa R-5, donde uno de los comensales tiene un pocillo de caldo sospechosamente poco profundo en su bullabesa, debido quizás a que derramé algo cerca de la M-2.
Y necesito redimirme a mí mismo con los dos clientes de la X-9, que me interrogaron sobre qué cañas tenía el restaurante y recibieron como respuesta una mirada en blanco. ¿Se supone que debo memorizar las cervezas? ¿Esto es, junto a recordar todo sobre el rape, raras referencias culinarias cifradas, más de diez vinos, al vaso, y el origen de las ostras de la casa?
No tenía ni idea.
Normalmente yo paso mis noches al otro lado de la mesa, no solamente haciendo las preguntas y haciendo los pedidos sino también, lo admito, criticando, y tomando mordaces apuntes mentales. La última vez que trabajé de camarero fue hace 20 años, y lo hice por sólo seis meses.
Pero la semana pasada cambié de lugar e intercambié perspectivas, como crítico que se une a los criticados, para saber qué tienen que soportar los camareros y en qué aprietos les ponemos, cómo nos ven y cómo nos sobreviven. Mi aliado era Chris Schlesinger, un conocido cocinero y escritor, dueño del East Coast Grill, en Cambridge, Massachusetts, y que no tiene intereses comerciales en Nueva Yorl. Para que mi presencia en el restaurante no fuera de conocimiento público, me presentó a su personal como un escritor independiente llamado Gavin, que estaba escribiendo un artículo desde dentro, que sería publicado en un diario importante.
De cierto modo, este restaurante, que abrió en 1985 y se especializa en mariscos frescos y parrilladas, era una tarea fácil. Su ética del servicio es casual, así que no tuve que trabajar muy duro. Su comida es espléndida, y los clientes no se quejan demasiado.
Pero su ritmo puede ser frenético, y los camareros tienen poco espacio para maniobrar entre las cerca de cien sillas estrechamente ordenadas.
Trabajé en el turno de la cena de lunes a sábado, apareciéndome a las 3:30 y quedándome normalmente hasta las 11. Al principio sólo me encargué de algunos comensales, y de muchos más a medida que pasaba la semana.
Y aprendí que para los camareros en un restaurante tan concurrido como el East Coast Grill, atender mesas no es un trabajo. Es un ataque de dolor de espalda, confusión mental y desafío de la cordura.
 
Lunes Concurso de Preguntas Pop y Cortar y Cortar
Todos los días a las cuatro de la tarde, los camareros hacen concurso de preguntas y respuestas. Esta tarde las preguntas son, entre otras, dónde compra el restaurante sus ostras y el color, textura y sabor del mahi-mahi.
Antes y después del quiz, se ocupan de mover los muebles, acarrear cubas de hielo desde el sótano, doblar las servilletas. Yo ayudo cortando las limas en cuatro y los limones, en ocho. Y corto y corto. Mi dedos quedan ligeramente entumecidos.
Las edades de los camareros van desde los veinte hasta algunos bien entrados en los cuarenta. Algunos estudian y otros tienen otros trabajos. A muchos les gustaría un trabajo físicamente menos exigente. A todos les gustaría ganar algo más dinero.
Si trabajan a jornada completa los cuatro mejores turnos de la semana, pueden ganar unos 45 mil dólares al año antes de las deducciones. Casi todo proviene de las propinas. Se preguntan si acaso los clientes lo saben.
Bryan, un joven camarero con el que estoy en aprendizaje, me pone al tanto rápidamente sobre las cosas locas que hacen los clientes. Dejan que sus niños corran como locos por el local, un peligro tanto para los niños como para los camareros. Siempre asumen que la primera mesa que se les ofrece es indeseable e insisten en otra, incluso si es demostrativamente menos atractiva. Rechazan leer lo que tienen enfrente y quieren oír todas opciones. Los camareros llaman a esto, despectivamente, el "tour del menú".
Adquiero un nuevo vocabulario. "Verbalizar al gracioso" es comunicar a la cocina algún pedido especial. "Campistas" son los que se rezagan eternamente en las mesas. "Clientes verbales", la gente que ofrece elogios extravagantes en lugar del 20 por ciento.
Las puertas se abren a las 5:30 y pronto hay dos mujeres sentadas en la L-3. Interrogan exhaustivamente a Bryan sobre el rape, que, en recetas variadas, será el plato especial de toda la semana. Bryan entrega una exégesis del rape; parecen extasiadas.
Piden un mahi-mahi y el pez espada.
"Es sorprendente", me dice Bryan, "lo poco aventurera que es la gente".
Y también lo poco previsibles. Más tarde, Bryan tiene a un hombre y una mujer en la L-3, y dos hombres en la L-4. Las mesas son adyacentes y los clientes reciben el mismo grado de atención. Los hombres de la L-4 dejan un cheque de 85 dólares para una cuenta de 72 -una propina de cerca del 18 por ciento.
El cheque de la L-3 es de 58 dólares, y Bryan ve al hombre colocar una taco de billetes en la mesa. Pero mientras el hombre se levanta, la mujer sacude la cabeza y retira cinco dólares. Lo que queda de propina es cuatro dólares, más o menos un siete por ciento.
 
Martes La Señora del Hielo
Estoy observando a Tina, que ha trabajado durante décadas en el East Coast Grill y lo ha visto todo. Se está ocupando de la misma sección que Bryan. Esboza el perfil psicológico de la mujer sentada sola en la L-3, que declaró que la tarta de chocolate era demasiado empalagosa y anunció, pero sólo después de vaciar su margarita, que tenía esta demasiado hielo.
"Alguna gente se interesa en vivir la experiencia de sentirse decepcionada", dice Tina.
Alguna gente es todavía peor. Arthur, un joven camarero que es bastante nuevo en el restaurante, recuerda a un hombre que entró y anunció que tenía una reserva, una afirmación de la que Arthur desconfió. El East Coast Grill no toma reservas.
Arthur trató la situación con finura, diciendo que no sabía nada de la reserva, y que no había trabajado en los tres días anteriores.
"¿No has trabajado en los últimos tres días?", dijo el hombre, según los recuerdos de Arthur. "¡Vas a llegar lejos en la vida!"
A eso de las 9:30, media hora antes de que la cocina deje de aceptar pedidos, tomo mi primera mesa, dos mujeres y un hombre. Les pregunto si quieren alguno de los seis platos especiales.
"Queremos saber todo", dice el hombre.
La declaración es como un toque de defunción. Menciono el rape, pero olvido decir que viene con una salsa dulce de gambas y mango. Menciono las vieiras fritas, y se supone que debo decir que son de New Bedford, Massachusetts. Pero se me escapa el detalle, y tartamudeo: "Eh, no tienen demasiado pan ni nada por el estilo". Parecen intrigados por mi imprecisión y se preparan para oír más. Pero no tengo nada que decir.
Lo que más me enerva es tratar de calibrar su ánimo. A veces sonríen cuando vuelvo a hacer una inspección. A veces miran.
Además de la destreza, desenvoltura y buena memoria, un camarero aparentemente tiene que ser capaz de leer el pensamiento.
 
Miércoles ¿Quién Necesita Realmente un Trago?
Ahora estoy bajo el alero de Jess. Es joven, divertida y generosa en sus estímulos. Esta última cualidad resulta ser crucial, porque después de saludar a los cuatro clientes de la M-7, se me informa que uno de ellos está asociado al Instituto Culinario de Estados Unidos.
Cuando me acerco hacia ellos con un cuenco de escabeches de la casa, que en el East Coast Grill es el equivalente de la cesta de pan, mis manos tiemblan y varios escabeches ruedan debajo de la mesa. No sé si se dan cuenta.
Pero huelo que no se fían de mí. Sueno tentativo cuando recito los platos especiales y le pregunto a uno de ellos si quiere otra Diet Coke. Está bebiendo cerveza. Me miran todos como si fuera subnormal.
Jess me dice que el entusiasmo es más importante que el conocimiento definitivo, que muchos clientes sólo quieren un camarero que les ayude a entusiasmarse con algo.
"Tendrás que simularlo, hasta que aprendas", dice.
Tomo muy en serio sus palabras de ánimo. Despacho a tres hombres de la M-6, uno de los cuales pregunta: "¿Si tuvieras que elegir entre la bandeja de cerdo asado y las costillas de cerdo, qué elegirías?"
Le digo que cambiaría el pedido y sugiero las chuletas de cerdo.
"¿Están bien?", pregunta.
"Están maravillosas", digo. No lo había probado todavía, pero sí visto. Se ven grande,s y él es grande.
Me dice más tarde: "Tío, estaban muy buenas esas chuletas".
Sirvo a cuatro mujeres jóvenes en la M-9. Piden, entre otros platos, las "alas de destrucción masiva". Obedeciendo las instrucciones del restaurante, trato de prevenirlas, diciendo que son demasiado picantes. Pero ellas insisten, y sobreviven.
Una de ellas se pregunta más tarde, en voz alta, si acaso tenemos el super picante "martini del infierno", hecho con Absolut y pimienta. Es por ella que me entero que lo tenemos en el menú.
"¿Para qué?", digo. "Con esas alas trepó usted el Everest. El martini es como una colinita".
Lo pide y lo bebe y ella y sus amigas dejan una propina de 22 por ciento (que, como todas las propinas que recibo, entrego a los otros camareros). Los tres hombres de la M-6 dejan el 20 por ciento.
¿Me he convertido en un dios del servicio?
 
Jueves Soy Realmente Alérgico A las Propinas
La divinidad tendrá que esperar.
Es esta la noche en que derramo la bullabesa, me enfrento a mi limitado conocimiento de las cervezas y maldigo en silencio al Señor Rape de la M-8. Ahora trabajo toda la tarde con un total de ocho mesas, 20 clientes; el miércoles atendí cinco mesas y 17 comensales.
Experimento de primeras una cosa fastidiosa sobre la que me advirtieron los otros camareros: el cliente que dice que es alérgico y que no lo es. Una mujer de la X-10, que es una mesa para dos, me envía repetidas veces a la cocina a por más información sobre el contenido de azúcar de los varios tropezones, condimentos y salsas.
Pero cuando le pregunto si su alergia es al azúcar refinado o también al azúcar natural, titubea, carraspea y termina degradando su enfermedad a una preocupación por el azúcar en su sangre, que aparentemente no se extiende al vino espumante que está bebiendo.
Pide pinchos de solomillo, insistiendo en que sus aderezos marginalmente dulce sean servidos en un plato aparte, lejos de la carne, pero cerca de su amigo. Él pone los ojos en blanco.
Rebotando de mesa en mesa, olvido repetidas veces preguntar a los clientes si quieren su bonito poco hecho o punto medio o si sus margaritas deben ser con o sin hielo. Ocasionalmente olvido especificar en mis boletas de pedidos toda la información relevante: precio, pedidos especiales, hora del pedido.
Al menos todos, incluyendo a la mesa M-8, incluyendo al Señor Rape, parecen contentos. Mientras atiendo a una de las mujeres en el grupo, otro camarero deja caer ruidosamente una bandeja para una mesa vecina. Un filete de costilla especial se desliza hasta los pies de la mujer.
"¿Ese es el vaquero?", dice, utilizando el nombre publicitado del especial. "¡Se ve bastante bien!"
Una hora más tarde, los ánimos de la M-8 no están muy altos. Me están llamando con gestos, y son gestos que dan miedo. Las dos tarjetas de crédito que les devolví, no son las que me dieron.
Una de mis últimas mesas es una pareja en la X-1. Adoptan un tono mandón conmigo, así que cuando la mujer me pregunta si es posible pedir las gambas al coco junto con un plato a la carta, automáticamente me disculpo y digo que no.
Resulta que hice bien. (Como me sentía culpable, me cercioré minutos más tarde). También me entero que los camareros toman todo el tiempo esas decisiones y proclamaciones con tanta independencia, basándose en el modo en que han sido tratados por los clientes.
 
Viernes Como un Tiburón
Aparentemente, hasta el momento todo ha sido un juego de niños. Esta noche habrá el doble de gente. La gente hace tres hileras en la barra, cerrando las vías de tránsito entre la cocina y algunas de las mesas.
"Como un tiburón", nos dice Chris Schlesinger. "Tienes que moverte como tiburón, o morir".
Mi carabina es Christa, que tiene los pies en la tierra y es tan comprensiva como Jess. Se supone que tiene que vigilarme y acudir inevitablemente a mi rescate cuando trate de servir a toda una sección de cinco mesas, cada una de las cuales tendrá al menos dos clientes, o ‘turnos’.
Hacia las 7:30, todas estas mesas están ocupadas, y todas tienen necesidades diferentes al mismo tiempo. Un hombre quiere saber qué tipos de tequila tenemos. Recién esa tarde me había aprendido las cervezas.
Otro quiere direcciones de clubes de jazz. Todavía otro quiere que instruya a la cocina que tomen el atún de un plato y lo preparen como el mahi-mahi de otro. Ese es un pedido gracioso que tendré que verbalizar, usando segundos que no tengo.
Me ha dado tos. Amenaza con estallar cuando atiendo a tres clientes de la mesa M-6. Gran problema. Obviamente, no puedo toser en mi mano, con la que llevo los platos, pero tampoco puedo toser en el aire. Aprieto los labios mientras mi pecho sube y baja. Creo que me estoy asfixiando.
Los viernes y sábados, la cocina acepta pedidos al menos hasta las 10:30. Yo estoy sirviendo pedidos hasta las 11. Para entonces he estado de pie más de seis horas.
En el curso de la noche he cedido a Christa sólo dos mesas y seis clientes. He atendido 11 mesas y 32 clientes. Excepto que no enteramente solo. Cuando mis mesas necesitaban más agua, Christa se ocupaba de ello. Cuando necesitaban vajilla nueva, ella se ocupaba, porque yo ni siquiera me daba cuenta.
La verdad sea dicha, tampoco son muy bueno a la hora de remplazar las servilletas.
 
Sábado Alimentando A las Hordas
Mi última oportunidad. Mi última prueba. El viernes noche el restaurante atendió a 267 clientes. Esta noche serán 346.
Entre las 5:30 y las 5:50, atiendo a cinco mesas, cada una de las cuales necesita agua, escabeches, un recitado de los platos especiales y cualquier mimo que pueda dominar.
Una pareja en una mesa quiere un tour de menú prolongado. Estoy tostado.
Una vez más trato de encargarme de toda una sección, siete mesas en total. Dave es mi guardaespaldas. Me dice que deje claro a los clientes que tendrán que ser pacientes.
"Si no controlas tú la dinámica, la controlarán ellos", dice.
Yo no controlo la dinámica. A eso de las 6:30, le pido que se ocupe de una mesa que empezó conmigo. A medida que los clientes se marchan y otros nuevos ocupan su lugar, le pido que se encargue de todavía más mesas.
Sirvo un segundo vodka con hielo con un toque de Kahlúa a una mujer en la L-9. Antes de que empiece, me ladra: "¡Lleva demasiado Kahlua!" Qué gustazo conocerla, señora.
Algunas cosas las hago bien. A una pareja de la L-6 le recomiendo un taco de bonito, porque lo he probado y es fantástico. Les gusta y me dicen que me adoran, una propina verbal complementada con un 17 por ciento. La siguiente pareja de la L-6 apenas si me hablan, piden y reciben muchos menos atención, y dejan una propina de más del 50 por ciento. Sepa Dios.
Hay muchas cosas que hago mal. No limpio las migas. No escribo la hora en los pedidos. Apunto M-12 en lugar de L-12, creando una mesa que no existe.
A eso de las 8:45, mi camisa está mojada de sudor. Me oculto durante cinco minutos en un pasillo, donde me sumerjo en el alijo de barras de chocolate del personal. Luego chupo un trozo de limón, un truco que aprendí de Bryan, para refrescar el aliento.
Hacia el final de la noche he servido en total 15 mesas, con 38 personas. Algunas fueron encantadoras, y la mayoría me dio buenas propinas, haciendo un promedio semanal -para una carga comparativamente ligera de mesas- de 18 por ciento.
Algunas no fueron tan buenas. Daban fundamento a una observación que hizo Dave sobre que los restaurantes eran un poco halagador prisma de la conducta humana.
"La gente tiene hambre, y luego beben", observó. "Dos de los peores estados en que se pueden encontrar".
Recuerdo a una mujer joven que daba brincos en su silla mientras decía, con un estridente tonillo: "¿Dónde está nuestra sangría? ¿Dónde está nuestra sangría?" Su sangría venía en camino, aunque no parecía que la necesitara, y los brincos no iban a conseguir que llegara más rápido.
A eso de las 11:30 todos los camareros son invitados a un trago de tequila. Me bebí la mía de un trago. Estoy exhausto. Dos días más tarde todavía me siento cansado, cuando charlo brevemente por teléfono con Jess, Christa y Dave, que para entonces saben toda la verdad sobre mí.
"Creo que tienes buen juicio", dice Dave.
También lo creo yo, si acaso se refiere a eso de tratar de ser fluido en el menú y la comida, de mantener la calma en medio del caos, de ser paciente en presencia de rudezas, disponible cuando los clientes me necesitan, invisible cuando no.
Es un montón, y lo recordaré. Pero todavía me gustaría que me cambiaran el agua más frecuentemente. Y un martini del infierno. Seco.

25 de enero de 2006

©new york times
©traducción mQh

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peleas de perros contra pecaríes


[Roberto Santiago] Cinco detenidos en pelea de perros contra cerdos salvajes. Los cinco hombres han sido acusado de montar peleas entre perros y pecaríes en una reserva seminole.
La mayoría de la gente ha oído hablar de peleas de gallos, peleas de perros y corridas de toros.
Y ahora una nueva entrada al ilegal mundo de los deportes sangrientos se ha abierto aparentemente en el sur de Florida: las peleas de perros contra pecaríes.
Se trata de pit bulls o dulldogs contra cerdos salvajes.
Y cuando se trata de una carnicería de dientes contra colmillos, los cerdos derrotan a los perros sólo en raras ocasiones.
Pero eso no amilanó a varios hombres emprendedores de organizar una tarde de perros contra jabalíes en una reserva india seminole cerca de Okeechobee.
Tomó 14 meses, pero el jueves, el largo brazo de la ley finalmente les dio alcance, enviando a los cinco a la cana -todos ellos jefes de grupos nacionales de peleas de perros contra jabalíes.
"Es un deporte sangriento muy poco conocido, que empezó hace unos 25 años, especialmente en Carolina del Sur, Mississippi, Alabama, Georgia, Texas y Florida", según John Goodwin, director del área de peleas animales de la Sociedad Protectora de Animales de Estados Unidos.
 
El Jefe
Una de las detenciones claves fue la de Art Parker, de Fort Lawn, Carolina del Sur, presidente de Asociación Internacional de Presa, que se jacta de poseer su propio sitio en la red: dixiewardogs.com.
"La policía lo viene persiguiendo desde hace un tiempo", dijo Goodwin, que espera que su detención ponga fin a la organización.
Otros detenidos son Don Matthews, de Fort Pierce; Jorge y Ariel Díaz, de Homestead; y Rick Kresley, de Alburtis, Pensilvania.
Las órdenes de detención en conexión con el evento fueron realizadas en Carolina del Sur y Pensilvania, a cargo del fiscal del condado de Glades, dijo la policía de Seminole.
La pelea de perros contra jabalíes tomó lugar el 9 de octubre de 2004, en el patio de una casa de propiedad de un indio seminole en la reserva, dijeron las autoridades.
Las peleas perro-jabalí involucran normalmente a un pit bull terrier o bulldog contra un jabalí en un rectángulo de 7.5 por 7.5 metros con un círculo exterior, sujeto por estacas de madera, en rondas de 60 segundos.
El objetivo es ver qué rápido puede el perro capturar al jabalí cuando este corre por su vida. Normalmente el perro atrapa al cerdo en cuestión de segundos.
El perro para al cerdo aferrándose con sus mandíbulas a su morro, orejas o testículos. Los animales son entonces separados con una barra de metal. Si el cerdo sobrevive, se lo devuelve al cuadrilátero para otra pelea. Si colapsa, se lo deja morir.
Los tres perros con los mejores tiempos son declarados ganadores, y sus dueños -en este caso- se reparten un botín de unos diez mil dólares.
Las peleas de perros contra jabalíes constituyen una violación de las leyes contra la crueldad contra los animales y es ilegal en Estados Unidos.
En Florida, en un delito de tercer grado punible por hasta cinco años de cárcel y una multa de cinco mil dólares. Ser un espectador de deportes ilegales es una falta, punible con hasta un año de prisión y una multa.
"Recibimos el dato de que se estaba organizando una pelea", dijo el detective Steve López, del Departamento de Policía de Seminole, cuyo departamento contactó a las autoridades del ministerio de Agricultura.
 
Agentes Encubiertos
Agentes encubiertos grabaron las peleas, a los participantes y espectadores. Veintidós perros, sus dueños y al menos 14 jabalíes, dijo López.
"Los perros son adiestrados por sus dueños para pelear y atacar", explicó Goodwin, "y los jabalíes son capturados en estados como Florida y Carolina del Sur".
López dijo que había tomado más de un año identificar a los cinco participantes que fueron arrestados. López dijo que están pendientes al menos tres detenciones más, incluyendo una más en Florida.

rsantiago@MiamiHerald.com

27 de enero de 2006©miami herald
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traducción mQh

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nueva clase de recluidos en japón 3


[Maggie Jones] Los chicos se recluyen en sus cuartos, y pueden estar ahí durante varios meses, o años. [Última entrega]
Una húmeda tarde de sábado en Tokio, unas 30 madres y padres daban vueltas en el vestíbulo de un centro comunitario en un suburbio de Tokio. Muchos eran jubilados, y en circunstancias diferentes podrían haber estado en clases de golf o matriculados en las clases de baile del centro. En lugar de eso, cuando en realidad esperaban que sus hijos e hijas se casaran y tuvieran hijos, pasaban una tarde de fin de semana, una vez al mes, en un grupo de apoyo de jóvenes hikikomori. "Tengo 69 y debería jubilarme, pero el hikikomori es caro", dijo Kouhei Nishizuka, un padre con el pelo plateado pulcramente peinado y la espalda encorvada como alguien que pasa mucho tiempo en el escritorio.
Ha estado apoyando a su hija de 28, entre la minoría de mujeres hikikomori, en los últimos ocho años. "He estado en hospitales; he leído libros", dice, sentado en el vestíbulo sosteniendo una carpeta llena de boletines de noticias e informes del grupo de apoyo. "Mi esposa y yo la llevamos en el hospital, pero los doctores no pueden hacer nada por ella. ¿Así, qué hacemos? No sé cuál fue la causa de esto. Ella quería ser animadora, pero era muy difícil encontrar un trabajo". Empezó a perder peso. "Me preocupé por ella". Así que le pidió que se mudara a casa. "Entonces ella empezó a preocuparse de que la gente del vecindario la pudiera ver, y ahí fue cuando empezó todo. No le gusta salir, porque no quiere que la comparen con los vecinos. Estoy tratando de que vuelva a tener energías para hacer algo".
Para cuando los padres buscan ayuda, a menudo su hijo ha estado encerrado durante un año o más. "Cuando llaman", dijo el doctor Saito, "les ofrezco tres opciones: 1) venga a verme; 2) eche a su hijo de casa; 3) acepte el estado de su hijo y prepárese a cuidarlo por el resto de su vida. Ellos optan por la primera opción". También ofrece consejos patéticamente simples, como no dejar la comida a la puerta del dormitorio del hijo. "Haz de comer y llama a tu hijo a la mesa, y si no sale, deja de que se preocupe él de su alimento". Además de las comidas, a menudo los padres dan dinero a sus hijos adultos y en algunos casos raros, si el hijo se convierte en verbal o físicamente agresivo, los padres abandonan la casa, dejándola a su hijo recluido.
"Hacen todo por sus hijos", dijo un terapeuta. "Cuando damos un paso adelante, los padres se asustan. No quieren turbulencias".
Pero algunos padres temen genuinamente que sus hijos no sobrevivan sin ellos. "Quizás deberíamos haberlo echado", me dijo Mieko, la madre de Hiroshi. "Pero al principio no podíamos. Y ahora es demasiado tarde. No sé cómo podría él cuidar de sí mismo. No es capaz de hacerlo. Igual terminaríamos manteniéndolo". Entretanto, su hija se quiere casar, y Mieko se preocupa de que su hijo hikikomori arruine sus posibilidades. "La gente chequea los antecedentes familiares", dice. La reputación lo es todo.
Lo que quiere decir que se necesita algo de coraje para coger el teléfono y llamar a Nuevo Comienzo o a Saito o a Sadatsugu Kudo, que dirige una organización llamada Centro de Apoyo Juvenil, que procesa unas 1500 llamadas al año de familias que buscan ayuda. "Tienes que entender la relación entre los padres y el hijo en Japón", dice. "Es algo único. La mayoría de los padres creen que los hikikomori son la muestra de su propio fracaso. Y consultar con alguien es lavarte las manos como padre; es como deshacerte de tu hijo".
Volví a visitar a Takeshi, el aficionado de Radiohead en la cena de Nuevo Comienzo, semanas más tarde después de mi primera visita. Takeshi estaba trabajando en la cafetería del programa y se ofreció a mostrarme su dormitorio, a algunas calles en un bajo edificio de cemento con piso de linóleo. El cuarto era de 2.5 por 2.5 metros y estaba decorado con poco más que un futón de una plaza, cedés y una guitarra. El cuarto de al lado era un espacio común, y al otro lado había una puerta cerrada con un pequeño rayo de luz debajo. Takeshi la apuntó y dijo: "Es un poco raro. Hablamos rara vez. Compra su propia comida y come siempre en su dormitorio".
Después de que Takeshi pasara cuatro años en su dormitorio de infancia, finalmente se motivó para salir, dijo, por la frustración que sentía sobre sí mismo y por las letras de las canciones de Radiohead: "Ese fue mi último arrebato, mi último dolor de tripa". Luego dijo: "No es muy esperanzador, pero aprendí que el mundo no es un lugar tan bueno, y que lo queramos o no sigue adelante. Eso me convenció". Se volvió a matricular en la escuela secundaria, y ese primer día estaba pálido debido al tiempo que estuvo recluido; no se afeitaba ni lavaba los dientes; sus pantalones y camiseta blanca estaban sucias. "Había olvidado las reglas básicas". Ninguno de los estudiantes habló con él, algo que continuaría siendo así durante los siguientes dos años. No fue sino hasta que terminó sus estudios y encontró un trabajo limpiando oficinas donde sus colegas eran hombres de 50 y 60 -"eran adultos y no tenía prejuicios sobre mis antecedentes"-, que volvió a conversar con alguien. Sin embargo, cuando no estaba trabajando, estaba en casa, donde su madre se preocupaba tanto que finalmente llamó a Nuevo Comienzo. Y tras conocer a una hermana de alquiler, se inscribió en el programa.
La noche de mi visita, Takeshi me llevó a la cena del miércoles, que ya había empezado. La habitación bullía con unas 20 personas y varias conversaciones que se hacían al mismo tiempo. Una pareja de tipos estaban sentados solos, y parecían mucho más jóvenes de lo que eran, como si hubieran dejado de crecer el día que se recluyeron en sus cuartos. Pero en general este grupo incluía a los clientes más exitosos de Nuevo Comienzo; otro 40 por ciento no asistía en absoluto a las cenas colectivas. Y luego están los hikikomori que nunca cruzan la puerta de Nuevo Comienzo o lugares semejantes. El director de un grupo de apoyo de padres recibe cartas de su hikikomori, su hijo de más de 40 años, que se retiró a su cuarto hace unos diez años. "Les hablo de los programas intermedios", dijo, "pero nunca asisten".
Eran las 9 de la noche y la cena se estaba apagando. Antes de que Takeshi volviera a su dormitorio, le pregunté qué quería hacer cuando terminara su período en Nuevo Comienzo. Me miró durante unos segundos, sopesando, creo, si podía confiar en mí o no. "Lo vas a encontrar estúpido, pero me gustaría hacer algo en un espectáculo de variedades para la televisión", dijo. "Me gustaría escribir guiones". También quiere inscribirse en una universidad. "Pero tengo sueños idealistas", dijo, "y está la realidad". Le dije que no me parecían planes rebuscados. "¿Lo crees?", dijo. "No sé. Quizás es demasiado tarde para mí". Tiene 23 años.

15 de enero de 2006

©new york times
©traducción mQh

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nueva clase de recluidos en japón 2


[Maggie Jones] Los chicos se recluyen en sus cuartos, y pueden estar ahí durante varios meses, o años.

A mediados de los años ochenta empezaron a aparecerse por el despacho del doctor Tamaki Saito jóvenes que eran letárgicos y poco comunicativos y que pasaban la mayor parte del día en sus cuartos. "No sabía cómo llamarlos", me dijo Saito un viernes tarde en el Hospital Sofukai Sasaki, en las afueras de Tokio, donde es el director médico. Saito tiene una voz suave, ojos somnolientos y grueso pelo negro que se quita de la frente cuando habla. Durante la última década ha sido el experto reinante sobre los hikikomori de Japón, y los libreros de su oficina están llenos de libros que ha escrito sobre la materia, incluyendo ‘How to Rescue Your Child From Hikikomori’[Cómo rescatar a tu hijo del hikikomori.
"Inicialmente lo diagnostiqué como un tipo de depresión o trastorno de la personalidad, o esquizofrenia", dijo Saito. Pero a medida que fue tratando un número creciente de pacientes con síntomas similares, terminó usando el término hikikomori para designar el problema. Poco después, los medios de comunicación se atacaron al fenómeno, apodando a los recluidos, "la generación perdida", "el millón perdido" y "el último parasitismo social", y convirtiendo el hikikomori en el tema de docenas de libros, artículos de revistas y películas -incluyendo el documental ‘Home’, en el que un cineasta siguió la vida de su hermano recluido. Al mismo tiempo, los hikikomori estaban en las primeras planas debido a crímenes sensacionales, como el secuestro de una niña de nueve, que un recluido retuvo en su cuarto por casi una década.
Sin embargo, en realidad la mayoría de los hikikomori están demasiado atrapados por la inercia como para salir de sus casas, mucho menos como para cometer crímenes violentos. En lugar de eso, es más probable que sufran de depresión o de trastorno obsesivos-compulsivos. En algunos casos estos problemas psicológicos conducen al hikikomori. Pero a menudo son síntomas -una consecuencia de pasar meses enjaulados en sus cuartos y dentro de sus cabezas. Un hikikomori se daba varias duchas al día y llevaba guantes tan gruesos como los de los astronautas para protegerse de los gérmenes (finalmente se unió a un programa, desechó los guantes y consiguió un trabajo), mientras otro restregaba los azulejos en la ducha de la casa durante horas cada vez. "Nuestra cuenta del agua era diez veces más alta de lo normal", me dijo su hermana. "Es como si estuviera tratando de sacar la suciedad de su cabeza y de su alma".
Saito, que ha tratado a más de mil pacientes de hikikomori, considera el problema en gran parte como una enfermedad familiar y social, causada en parte por la interdependencia de padres e hijos japoneses y la presión que hay sobre los niños, los mayores en particular, para sobresalir en los estudios y en el mundo laboral. Los hikikomori describen a menudo años de clases rutinarias seguidas de tardes y noches de escuelas de estudios intensivos atiborradas a fin de prepararse para los exámenes de admisión en la escuela secundaria o en la universidad. Los padres de hoy son más exigentes, debido a que la tasa de nacimientos de Japón está disminuyendo, lo que significa que tienen menos hijos en los que depositar sus esperanzas, dice Mariko Fujiwara, director de investigación en el Instituto Hakuhodo de Vida y Supervivencia de Tokio.
Si un niño no sigue la ruta hacia una universidad de elite o una empresa de alto nivel, muchos padres -y por extensión, sus hijos- lo consideran un fracaso. "Después de la Segunda Guerra Mundial", me dijo Fujiwara, "los japoneses sólo conocieron un cierto tipo de futuro como asalariados, y ahora carecen de la imaginación y creatividad para pensar en el mundo de una manera novedosa".
Esos asalariados de después de la Segunda Guerra Mundial que trabajaban tan incansablemente eran al menos recompensados con la seguridad de un empleo de por vida. "En mi juventud era simple: ibas a la secundaria, y luego a la Universidad de Tokio", dice Noki Futigami, de Nuevo Comienzo, refiriéndose a la universidad más prestigiosa del país. "Y luego tenías un empleo en una empresa importante. Ahí es donde crecías. La empresa se encargaba de ti durante el resto de tu vida". Ahora su lugar lo ocupa una economía global más magra que exige un tipo de habilidades -pensar independientemente, comunicación, espíritu empresarial- que muchos padres y escuelas no enseñan. Los niños pasan sus vidas de jóvenes en un sistema educativo que los prepara para un sistema laboral que está marchito, dejando a muchos con sentimientos de ser inadaptados y paralizados.
Muchos hikikomori también dicen haber pasado años miserables en escuelas donde no querían o no podían adaptarse a las normas. Eran intimidados por ser demasiado gordos o demasiado tímidos o incluso por ser mejor que los demás en deportes o música. Como dice el dicho japonés: "A los clavos que sobresalen, se los vuelve a clavetear". Un hikikomori fue víctima de intimidaciones en su quinto año porque se destacó en el béisbol sin haber jugado tanto tiempo como el resto de sus compañeros de equipo. Su padre admitió que no hacía nada para ayudarlo. "Le dijimos que era asunto suyo. Pensábamos que era más fuerte de lo que era". Fujiwara dice que los padres urbanos japoneses llevan vidas cada vez más aisladas -alejados de sus familias extendidas y de las estrechas comunidades de generaciones anteriores- y simplemente no saben cómo enseñar a sus hijos a comunicarse y negociar relaciones con sus compañeros.
En otras sociedades, la respuesta de muchos jóvenes sería diferente. Si no se adaptan a la mayoría, podrían ser miembros de una pandilla o convertirse en góticos o ser parte de alguna subcultura. Pero en Japón, donde la uniformidad es todavía elogiada y la reputación y la apariencia exterior son todavía lo más importante, la rebelión adopta formas sordas, como el hikikomori. Todo impulso que pueda tener un hikikomori para aventurarse en el mundo exterior y tener una relación romántica o sexual, por ejemplo, es anulada por su auto-aversión y la necesidad de cerrar la puerta, de modo que sus fracasos, reales o percibidos, queden ocultos al mundo. "La juventud japonesa es considerada la más segura del mundo debido a lo bajo de la tasa de criminalidad", dijo Saito. "Pero creo que se relaciona con el estado emocional de la gente. En todos los países, la gente joven tiene problemas de adaptación. En la cultura occidental, hay gente sin techo o drogadictos. En Japón, son problemas de apatía, como el hikikomori.
Un viernes por la tarde no hace mucho, Yoshimi Kawakami estuvo esperando en una puerta cerca de Tokio. Ha ocurrido en la nieve en Tokio y en el calor de las tardes de los veranos de Tokio. Ha estado esperando durante dos horas o más, con la esperanza de esta vez de que responderán.
Es parte de ser una "hermana de alquiler", como se conoce a las terapeutas de Nuevo Comienzo. Las hermanas de alquiler son a menudo el primer punto de contacto de los hikikomori y su ruta de regreso al mundo exterior. (También hay unos pocos hermanos de alquiler, pero "las mujeres son más suaves, y los hikikomori responden mejor con ellas", me dijo una terapeuta).
La relación empieza usualmente después de que un padre llama por teléfono a Nuevo Comienzo y fija consultas y visitas de rutina de la hermana de alquiler, que cuesta unos ocho mil dólares al año. La hermana de alquiler escribe entonces un carta al hikikomori presentándose a sí misma y al programa. "Nunca la lei; lo tiré a la basura", dijo Y.S., el joven de 28 de la sonrisa tímida al que encontré en la comida informal en Nuevo Comienzo. Cuando Kawakami llegó a su casa en Chiba cerca de Tokio por primera vez, Y.S. abrió la puerta de su dormitorio lo suficiente para decirle: "Por favor, márchese".
Es el típico primer encuentro. "Solamente hablamos a través de la puerta", dijo Kumi Hashizume, terapeuta de Nuevo Comienzo. "Y les cuento de nuestros intereses y pasatiempos. Responden muy rara vez. Y si hablan, lo hacen muy estresados". Pasan meses antes de que un hikikomori abra su puerta y meses más antes de que se aventure fuera con una hermana de alquiler, al parque o a ver una película. El objetivo es finalmente que se inscriba en Nuevo Comienzo y viva en las residencias del programa y participe en sus programas de adiestramiento laboral en una guardería, una cafetería y un restaurante.
Y.S. no sería uno de los casos más fáciles de Kawakami. En su segunda visita, Y.S. se volvió negar a abrir la puerta. "Le dije que estaba nevando y que tendría que pasar la noche fuera, a menos que saliera a hablar conmigo", recuerda. Kawakami, que tiene 31 años y lleva una minifalda de niña, plataformas blancas y sombra de ojos verde mar, exhibe maneras juguetonas, cariñosas, con pacientes hikikomori, como si fuera la hermana mayor pinchando a un hermanito testarudo. "Ese día salió y se sentó en la salita, tieso, durante dos horas mientras yo y otra persona de Nuevo Comienzo le hablábamos durante dos horas sobre nosotros y el programa", me dijo, a través de un intérprete. A la quinta visita, Y.S. todavía no le hablaba. Así que Kawakami le pidió que escribiera una carta sobre sí mismo. Y.S. ya no recuerda qué escribió, pero sí Kawakami: le habló de su cumpleaños y de que le gustaban los modelos de coches. Escribió: "No creo que la situación sea buena, pero no sé cómo resolverla. Esta puede ser la ocasión de cambiarla. Pero no sé si puedo". Cuando Kawakami le pidió que creara un coche para unos niños de una guardería, se lo entregó dos semanas más tarde meticulosamente detallado y pintado. "Parecía tan complacido", dijo ella. "Era como si nadie le hubiera pedido nunca que hiciera algo por alguien. Estaba todo el día sentado en su cuarto, donde nadie esperaba que hiciera nada, y no hacía nada para demostrar lo que valía". Sus visitas continuaron todas las semanas de por medio durante seis meses y estimuló a Y.S. a plantearse el objetivo de salir de su casa antes de su próximo cumpleaños. Un día antes de cumplir 28, puso dos cajas en el coche de Kawakami, e hicieron el viaje de dos horas hacia Nuevo Comienzo.
Ahora, cuatro meses después, Kawakami estaba frente a la casa de un nuevo cliente, un ex estudiante de ingeniería de 26 años llamado Hiroshi, el que por razones poco claras para sus padres y Kawakami había dejado de ir a la universidad hace dos años. Sale ocasionalmente -nadie sabe dónde-, especialmente, parece, cuando debe venir Kawakami.
Aunque el estereotipo de un hikikomori es el de un hombre que nunca sale de su cuarto, muchos recluidos se aventuran una vez al día o a la semana a un konbini, como se conoce a las tiendas que abren las 24 horas en Japón. Allá, un hikikomori puede encontrar un platos preparados para el desayuno, almuerzo y cena, lo que significa que no tiene que depender de su madre para cocinar, y no tiene que sufrir la idea de comer en público. Y para un hikikomori, que tienden a vivir con el día invertido, despertando al mediodía y yéndose a dormir en las primeras horas de la mañana, el konbini es una opción nocturna segura y anónima: el cajero no habla, y los trabajadores en sus trajes y los escolares con sus uniformes -recordatorios de la vida que el hikikomori no está viviendo- están durmiendo en casa.
Konbini es sólo una de las cosas que facilitan la vida de un hikikomori. No son la causa de ellos, del mismo modo que no lo son la televisión y los ordenadores y los videojuegos de los que dependen para llenar las horas de tedio. Pero si los objetos pueden ser ‘habilitadores’, para usar un término del lingo de la recuperación, entonces la tecnología moderna sería uno de ellos, como son los konbini, donde los hikikomori, como animales nocturnos, cogen lo que necesitan para alimentarse en sus vidas reclusas y volver rápidamente a casa antes de que las luces del alba se enciendan y reaparezca el mundo del trabajo.
De vuelta en casa de Hiroshi, nadie sabía si estaba en una tienda o en algún otro lugar ni cuándo volvería. "Le dije que vendrías esta semana, y ha estado saliendo todos los días", dijo Mieko, su madre, al saludar a Kawakami en la puerta. Mieko y su marido, Kazuo, son padres de cuatro hijos mayores, y están todavía tratando de saber cómo sacar al mayor de casa. Hiroshi habla rara vez con ellos, y aunque su dormitorio está a cinco metros de la cocina, en los últimos dos años ha cenado con ellos sólo en dos ocasiones. A Mieko le encantaría cocinar tres veces al día para él, si él las comiera. "Es muy difícil para una madre", dijo. De vez en cuando encuentra cajas de habas de soja fermentadas en el cubo de la basura: un indicio de que está comiendo.
Esa tarde, en la mesita de comedor, Mieko y Kazuo presentaron unas teorías sobre la reclusión de Hiroshi. Él se avergonzaba de una presentación oral en la facultad; sentía que lo había hecho muy mal. Ella y su marido esperaban un montón de él -"quizás demasiado", dijo Mieko. Hiroshi era inteligente, pero ellos no lo celebraban ni expresaban afecto. Y lo obligaron a asistir a una escuela secundaria que no le gustaba. "Lo obligamos a estudiar mucho", dijo Mieko. "Y después de eso nuestra relación no fue nunca buena".
Mientras hablaba, se cerró la puerta de entrada y Hiroshi pasó furtivamente por el comedor y desapareció en su dormitorio. Mieko levantó las cejas y miró a Kawakami, que suspiró hondo y lo siguió.
"¡Sabía que vendría y te fuiste!", lo provocó, mientras se sentaba en una estera de tatami frente a él. Hiroshi es alto y flaco, se viste con pantalones de tela burda y zapatos de lona y una camisa de botones, con las mangas enrolladas sobre los codos. Se agachó en el piso y parecía distraído, como si llegase de algún lugar importante y tuviera igualmente una cita importante dentro de poco.
Para normas japonesas, su cuarto era enorme, con una padre de delicadas pantallas de shoji que daban a un jardín con rocas. Pero era difícil imaginar qué hacía allí todo el día. No habían pilas de mangas, los populares cómics japoneses, ni DVDés, ni juegos de ordenador, cosas que se encuentran en la mayoría de los hikikomori. La televisión estaba rota, y su ordenador no tenía disco duro. Había algunos papeles en su escritorio, incluyendo un boletín de Nuevo Comienzo que había llevado Kawakami en su última visita. De otro modo, la única evidencia que había de que era un hikikomori eran hoyos en la pared -todos del tamaño de su puño. Los recluidos a menudo golpean las paredes en accesos de ira o de frustración con sus padres o sus vidas. Es un acto que parece un intento de infundir sentimientos en una vida letárgica.
"¿Te quedas en el cuarto todo el día? ¿Qué haces?", picó Kawakami a Hiroshi.
Hiroshi desvió la mirada y dobló las piernas por debajo.
"No sé lo que hago. Nada importante. ¿Es muy malo quedarse en el cuarto?"
Le dijo que quería que visitara el Nuevo Comienzo. ¿La próxima semana?, propuso ella. ¿O la semana después? Él no dijo que no, pero tampoco aceptó. En lugar de eso, se restregó los ojos, desenrolló las mangas de la camisa, volvió a cruzar las piernas. Miró por la ventana, luego el techo, volvió a mirar a Kawakami antes de volver a desviar la mirada. Era como un pájaro atrapado, pero curioso sobre ella, y también, parecía, asustado y ansioso por echarse a volar.
Sin embargo, Hiroshi se relacionó con ella y estaba interesado. El intercambio entre ellos fue muy diferente del que vi el día anterior entre Hajime Kitazawa, un hermano de alquiler, y un cliente llamado Eisuke, al que había visitado todas las semanas durante cinco meses. Eisuke había estado recluido durante cuatro años y rara vez respondía con más de una o dos palabras. El gran paso adelante se produjo un día cuando Eisuke encendió su PlayStation 2 y puso un joystick -una invitación a jugar. Pero Kitazawa perdió terreno cuando le preguntó sobre sus planes para el futuro. Eisuke no habló ni hizo contacto de ojo con él durante más de 30 minutos. "Dejé caer el tema", dijo Kitazaqa. "Volvimos a jugar y entonces empezó a reaccionar otra vez".
De vuelta en el cuarto de Hiroshi, la misma pregunta no parecía demasiado arriesgada. "No sé qué es lo que me gustaría hacer", dijo. "Es por eso que tengo problemas. Perdí la oportunidad. Estaba en la facultad mientras todo el mundo estaba trabajando. Si hubiera ido a trabajar, habría estado bien".
Hiroshi no dijo por qué habría sido mejor si trabajara o por qué a los 26 era demasiado tarde como para comenzar una carrera. Sólo dijo que no saldría de casa "sino hasta que sepa qué quiero hacer exactamente". Es típico del modo de pensar de los recluidos: mejor quedarte en tu cuarto que correr el riesgo de aventurarse en el mundo y fracasar.
Cuando volvía a la estación de trenes esa noche, sin embargo, Kawakami dijo que pensaba que Hiroshi visitaría el Nuevo Comienzo dentro de poco, aunque un 30 por ciento de los clientes de las hermanas de alquiler no salen de sus cuartos y otro 10 por ciento de los que se inscriben en un programa eventualmente vuelven a sus vidas de reclusos. "Normalmente limitamos nuestras visitas a un año, pero si vemos progresos, seguimos volviendo", dijo una terapeuta. Una hermana de alquiler visitó a un chico de 17 durante más de 18 meses antes de que él finalmente se inscribiera en el programa. Y en uno de los casos más extremos, Takeshi Watanabe, de la Academia de Salud Mental de Tokio, asesoró a un hikikomori durante 10 años -500 visitas- hasta que lo persuadió de que saliera de su casa. Desde entonces terminó sus estudios en la universidad, trabaja media jornada y el verano pasado pasó las vacaciones en España.

15 de enero de 2006

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nueva clase de recluidos en japón 1


[Maggie Jones] Los chicos se recluyen en sus cuartos, y pueden estar ahí durante varios meses, o años.
Una mañana, cuando tenía 15 años, Takeshi cerró la puerta de su dormitorio y no volvió a salir en los siguientes cuatro años. No fue a la escuela. No buscó trabajo. No tenía amigos.Mes tras mes pasó 23 horas al día en un cuarto no más grande que un colchón grande, donde comía bolas de masa, arroz y otros restos de lo que había cocinado su madre, miraba programas de juegos en la televisión y escuchaba Radiohead y Nirvana. Dijo: "Todo lo que fuera oscuro y sonara desesperado".
No hace mucho me reuní con Takeshi en las afueras de Tokio, poco después de que finalmente dejara la casa de sus padres para incorporarse a un programa llamado Nuevo Comienzo. Estaba demacrado, su cara de aspecto enfermizo, despeinado, el pelo teñido de castaño rojizo, y con la intensidad de un estudiante universitario novato. "No te rías, pero los músicos me ayudaron realmente, especialmente Radiohead", me dijo, a través de un intérprete, antes de garabatear unas letras de canciones en inglés en mi cuaderno de notas. "Eso me alentó a salir de mi cuarto".
La noche que conocí a Takeshi, estábamos en una de las cenas informales, tres veces a la semana, de Nuevo Comienzo, un centro comunitario donde el ambiente es como el de una residencia universitaria -una diana clavada a la pared sobre una enorme mesa de comedor, un desgastado sillón y sillas rellenadas abundantemente frente a un televisor a todo volumen transmitiendo un partido de fútbol. Hay unas dos docenas de jóvenes sentados en las sillas o en esteras tatami, comiendo tallarines y sopa ruidosamente y hablando de películas y música. La mayoría de ellos eran veinteañeros. Y muchos tenían pasados muy similares al de Takeshi.
Junto a nosotros estaba Shuichi, el que, como Takeshi, pidió que sólo usara su nombre de pila para proteger su privacidad. Tenía 20, llevaba vaqueros de talle bajo en su delgado cuerpo y el pelo corto, como Rod Stewart de los años setenta, y soñaba con convertirse en guitarrista. Hace tres años abandonó la escuela secundaria y se convirtió en un recluso durante un miserable año hasta que un terapeuta lo persuadió de incorporarse al Nuevo Comienzo. Detrás de él un joven estaba sentado en el sillón, con pequeñas gafas de marco de metal y una sonrisa tímida. Agachaba la cabeza al hablar, y su voz era tan tenue que me tenía que inclinar para poder oírlo. Después de años de ser intimidado en la escuela y de no tener amigos, Y.S., como pidió ser identificado, se retiró en su cuarto a los 14 y empezó a mirar televisión, a navegar por internet y a armar modelos de coches durante 13 años. Cuando finalmente salió de su cuarto una tarde de abril del año pasado, había pasado recluido la mitad de su vida. Como Takeshi y Shuichi, Y.S. sufría de un problema conocido en Japón como hikikomori, que se traduce como ‘reclusión’ y se refiere a una persona secuestrada en su cuarto durante seis o más meses sin más vida social que la de su casa. (La palabra es un substantivo que describe tanto el problema como a la persona que lo sufre y es también un adjetivo, como ‘alcohólico’). Algunos hikikomori salen ocasionalmente de sus cuartos para comer con sus padres, o salen tarde por la noche a las tiendas nocturnas o, como en el caso de Takeshi, una vez al mes a comprar discos compactos. Y aunque también existen las hikikomori femeninas, y pueden estar sub-representadas, los expertos calculan que un 80 por ciento de los hikikomori son varones, algunos de apenas 13 o 14 y que pueden vivir en sus cuartos durante quince o más años.
Corea del Sur y Taiwán han informado sobre un aumento de los hikikomori, y en Japón haber existido toda la vida. Pero sólo en la última década y sólo en Japón el hikikomori se ha convertido en un fenómenos social. Como la anorexia, que se limita en gran parte a las culturas occidentales, el hikikomori es un trastorno cultural que emerge en el país en particular en momentos específicos de su historia.
A medida que el problema se ha extendido en Japón, ha surgido también una industria en su entorno. Hay grupos de apoyos para familiares, psicólogos que se especializan en el tema (incluyendo a uno que aconseja a los reclusos a través de internet) y varios otros tratamientos a medio camino, como el Nuevo Comienzo, que ofrecen residencias y formación laboral. Sin embargo, a pesar de toda la atención que recibe, el hikikomori sigue siendo confuso. La opinión pública japonesa responsabiliza a todo de su emergencia, desde las madres agobiantes hasta los padres recargados de trabajo y ausentes, desde los matones en las escuelas hasta una economía mediocre, desde las presiones académicas hasta los videojuegos. "A veces me pregunto si acaso entiendo este problema", me confesó una tarde Shinako Tsuchiya, miembro del Parlamento, en su oficina en Tokio. Tiene un grupo de estudio sobre el hikikomori, pero la mayoría de sus colegas muestran poco interés, y el gobierno todavía no destina fondos para su estudio. "No comprenden lo grave que es".
Puede deberse parcialmente a que la dimensión del problema es frustrantemente elusivo. Un importante psiquiatra dice que hay un millón de japoneses que sufren de hikikomori, lo que, si es verdad, quiere decir que se trata del uno por ciento de la población japonesa. Incluso otras estimaciones más conservadoras, de entre 100 mil a 320 mil pacientes, son alarmantes, dadas las graves consecuencias que tiene. A medida que un paciente envejece, las posibilidades de que vuelva a entrar al mundo son menores. En realidad, algunos expertos predicen que la mayoría de los hikikomori que se recluyen durante un año o más no se recuperan nunca. Eso significa que incluso si salen de sus cuartos, no obtendrán un trabajo de tiempo completo o no tendrán una relación de largo plazo. Y algunos no saldrán nunca de casa. En muchos casos, sus padres se acercan a la jubilación y una vez que mueran, el destino de los recluidos -cuyas habilidades sociales y laborales, si las tuvieron alguna vez, se habrán atrofiado- es un interrogante.
No es solamente un problema para los hikikomori y sus familias sino también para un país que ha venido luchando contra una economía decaída, una tasa de nacimientos que cae en picado y lo que se ha dado en llamar crisis juvenil. Desde 1990, la tasa de ‘rechazo a la escuela’ (chicos que no asisten a la escuela durante un mes o más en el año, que a veces precede el hikikomori) se ha duplicado. Y junto a los pacientes de hikikomori, cientos de miles de hombres y mujeres jóvenes no están trabajando ni estudiando. Después de 15 años de lento crecimiento, los trabajos de jornada completa de la generación anterior han desaparecido y su lugar es a menudo ocupado por trabajos de medio tiempo y la sensación de desesperanza sobre el futuro entre muchos japoneses.
Además de la economía, la cultura japonesa y los roles de sexo juegan un importante papel en el fenómeno hikikomori. "Los hombres empiezan a sentir la presión en la escuela secundaria, y su éxito se define en gran parte en un par de años", dice James Roberson, antropólogo cultural en el Instituto Jogakkan de Tokio, y editor del libro ‘Men and Masculinities in Contemporary Japan’ [Los hombres y la masculinidad en Japón contemporáneo]. "El hikikomori es una resistencia contra esa presión. Algunos de ellos dicen: ‘A la mierda con todo eso. No me gusta y no me sirve’". Además, esta es una sociedad en la que los chicos pueden descolgarse. En Japón, los niños viven comúnmente con sus padres hasta la veintena, y a pesar de la depresión económica, hay muchos padres que pueden permitirse mantener a sus hijos indefinidamente, y lo hacen. Como dijo un experto en el fenómeno: "Los padres japoneses piden a sus hijos que vuelen, al mismo tiempo que los sujetan firmemente de los tobillos".
Uno de los resultados es el surgimiento de una nueva clase marginal de jóvenes que no pueden o no quieren vivir en un mundo con trabajos de jornadas completas y que conforman un fuerte contrapunto de la persistente imagen de Japón como un país que rebosa de asalariados industriosos. "Antes creíamos que todos éramos iguales", dice Noki Futagami, fundador de Nuevo Comienzo. "Pero la brecha se está agrandando. Sospecho que habrá una bipolarización de esta sociedad. Habrá un grupo de gente que puede sobrevivir en el mundo global. Y habría otros, como los recluidos, los que no pueden vivir en ese mundo".

15 de enero de 2006

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princesa stripteasera en el diván 2


[Keith O’Brien] Lucy Wightman tenía un exitoso consultorio psicológico en South Shore hasta que su pasado se hizo público. Ahora, después de la acusación, la mujer que en el pasado era la más conocida stripteasera de Boston, defiende su segunda vida como terapeuta, y trata de salvar su dignidad.
Joyce Rossi estaba desesperada en el otoño de 2000. Su hija, Marissa, una novata en la Escuela Secundaria Arzobispo Williams en Braintree, se estaba matando de hambre, y sus primeros intentos de encontrar un psicólogo habían fracasado. Un nutricionista le recomendó una psicóloga de Hingham, Lucy Wightman. "Me formé realmente una muy buena opinión de ella", dijo Joyce Rossi. Wigthman era elocuente y encantadora. Parecía saber un montón sobre trastornos alimentarios y dijo que tenía experiencia con niñas anoréxicas. Marissa Rossi, que ahora tiene 19 años y estudia en el Instituto Skidmore, fue a ver por primera vez a Wightman a principios de 2001. E incluso aunque Marissa dice que ella era una "adolescente cabreada" en esa época, su relación con la terapeuta marchó bien. "Simplemente no se parecía en nada a lo que yo creía que era una psicóloga", dice Marissa. Wigthman era informal, agradable, segura de sí misma, y simpática. Era como una amiga, más que una terapeuta, recuerda Marissa.
Algunos padres encontraron un problema. "Decía que no aceptaba asegurados", recuerda una madre de Braintee cuya hija también vio a Wightman por un trastorno alimentario hace seis años. "Le pregunté por qué y me dijo que a ella simplemente no le gustaba la institución de los seguros y toda la burocracia que implicaba. Simplemente quería que la pagaran directamente".
Cuando Al Deluca, 38, empezó a ver a Wightman en el verano de 2003 para hablar sobre sus problemas maritales, dice que Wightman le dijo que no lo declarara en el seguro, porque no tenía licencia. Sin embargo, muchos pacientes creían que sí la tenía. La palabra ‘psicología’ estaba en el nombre de su consultorio, y eso, de acuerdo a Eric Harris, abogado para la Asociación Psicológica de Massachusetts, es suficiente para demostrar que un practicante no autorizado está violando la ley. Su dirección de correo electrónico es "Dr. Wightman". Sus facturas llevan impreso el título "Lucy Wightman, Ph.D."
"Se subentendía", dice Rossi, "que era una psicóloga".
Aunque en Massachusetts una persona puede practicar legalmente la psicoterapia sin contar con una licencia, una ley del estado exige que los psicólogos tengan un diploma en psicología en algún programa doctoral reconocido por el estado, y que cuenten con una licencia otorgada por la División de Licencias Profesionales. Los psicólogos con licencia también deben contar con dos años de preparación supervisada. Deben seguir cursos específicos, aprobar un examen y satisfacer normas de educación continuada mucho después de que hayan claveteado sus diplomas a la pared.
Aunque Wightman emprendió ese camino en el pasado, nunca solicitó ni recibió un permiso para abrir un consultorio como psicóloga en Massachusetts. Con un diploma de bachiller del Instituto Emerson de 1985 en la mano, sacó su maestría en psicoterapia en el Instituto Lesley en 1996. Luego asistió a la Escuela de Psicología Profesional de Massachusetts MSPP.
No cabía duda, dice su amiga y colega Katy Aisenber, un psicóloga de Cambridge, que Wightman tenía talento. "Creo que si Lucy hubiera querido ser psicóloga, lo podría haber sido muy fácilmente", dice. De hecho, Aisenberh creía que Wightman tenía su licencia y dice que ella en los últimos años incluso envió clientes a su colega de South Shore.
Pero Wightman nunca sacó un doctorado de la MSPP ni de ningún otro instituto acreditado. En un e-mail de diciembre pasado, dice que dejó el instituto cuando estaba trabajando en su tesis y después de que una estudiante la denunciara. La estudiante, de acuerdo a Wightman, dijo a personal del instituto que había estado practicando sin tener licencia -algo que Wightman admite que hacía, aunque dice que estaba bajo la supervisión no pagada de un psicólogo licenciado en esa época y psicólogos y consejeros escolares le habían dicho que esa fórmula era ética. La misma estudiante, escribió Wightman, mencionó también su pasado como stripteasera, relacionándola con un funcionario de la prisión donde estaba internada. "Yo había logrado romper con mi pasado remoto y empezar a hacer algo importante", escribió Wightman en un e-mail. El funcionario de la prisión buscó antecedentes sobre Wightman en internet, la confrontó con fotografías, y le dijo que las reclusas conocían su vida anterior.
"Me destrozó", escribió Wightman, agregando que se retiró de la escuela algunas semanas después. Fue una decisión que Wightman lamenta ahora. Pero no pide disculpas por comprar su diploma de doctora al Concordia College & University, de República Dominicana, una institución online que no es reconocida por el estado de Massachusetts y que se jacta en su página en internet de que puede entregar un diploma en cuestión de días. Dice que ella pensaba que eso era legítimo. "Lo vi", escribió, "como el único modo de salvar todos esos años en la escuela".

"Ahora mismo tengo mi agenda completa", escribió Wightman en un e-mail a mediados de noviembre. Se refería a su práctica, todavía funcionando y aparentemente próspera. Había cambiado el nombre. Ahora se llama South Shore Psychology, lo que es legalmente una notable distinción. A la gente que va a verla no le interesa cómo se llame ella a sí misma. "Creo que cometió un error el usar la palabra ‘psicología’ en el nombre de su consulta. Pero no creo que lo que hizo merezca toda la atención y todas las acusaciones que se han hecho contra ella", dice Al Deluca. "Creo que Lucy está siendo manipulada. Si este asunto sobre su pasado como stripteasera no se hubiera conocido nunca, todo este delirio se habría acabado".
Es un argumento popular entre los partidarios de Wightman, y pueden tener razón. La mayoría de las violaciones de licencia en el estado -de acuerdo a George Weber, director suplente de la División de Licencias Profesionales, hay 49 casos pendientes- no llega a primera plana. Pero lo hace interesante la historia de Wightman es lo mismo que la hacía interesante hace 25 años: Va contra lo normal. Del mismo modo que un tipo de clientes no esperaba encontrar una stripteasera tan inteligente o tan ambiciosa como la Princesa Cheyenne en la Combat Zone, tampoco otros esperaban que su terapeuta fuera una psicóloga no reconocida con un pasado poco convencional.
No todos sus clientes se escandalizaron con su pasado. Algunos oyeron fragmentos de Wigthman misma durante sus sesiones. Otros oyeron rumores. Marissa Rossi, por ejemplo, dice que se enteró de que Whightman había sido stripteasera por otra estudiante -también cliente de Wightman- en el instituto.
En esa época, dice Marissa, admiraba a Wightman, y aceptaba como un hecho todo lo que decía. No le importaban los rumores sobre su pasado como stripteasera y todavía no le importan, ahora que sabe que son verídicos. "Todos tenemos un pasado", dice Marissa. Pero sí siente que fue timada, que alguien en quien confiaba incluso le "lavó el cerebro". "Porque mintió sobre sus capacidades y sus credenciales como psicóloga autorizada", dice Marissa. "Que no era".
Laura Murphy, que, como Marissa Rossi, aparece como víctima en la acusación, coincide. Murphy, que vive en Cohasset, llevó a uno de sus hijos a ver a Wightman en 2001 para un examen neuro-psicológico ordenado por el médico de cabecera para determinar si un envenenamiento por plomo había causado daños cerebrales. Aunque este tipo de análisis requiere un adiestramiento especializado, además de una licencia profesional, Wightman siguió adelante con él, dice Murphy, y recomendó clases especiales. Murphy no atendió el consejo, ni lo siguió, una decisión que demostró ser finalmente correcta. Ahora quiere excusas. "Hizo algo en lo que no estaba calificada", dice Murphy, "y tenemos la suerte de que no causara un impacto negativo en nuestro hijo".
La terapia es sobre todo confianza, gira sobre la revelación de nuestros secretos o temores más íntimos en la esperanza de que hablar sobre ellos nos llevará a mejorar nuestras vidas. Algunos clientes creen que Wightman les ayudó a eso. Otros opinan que se violó su confianza, y cuando analizan los hechos, estos clientes ven a una mujer que montó un elaborado espectáculo.
En cierto sentido, no era nada nuevo para Wightman. En el libro de 1995, ‘Ivy League Stripper’, Heidi Mattson describe su trabajo en Foxy Lady, en Providence, documentando cómo ella y otras bailarinas exóticas acostumbraban a manipular a los clientes. Su objetivo: dar a hombres corrientes y solitarios un rayo de esperanza de que ellos podrían volver a casa con unas mujeres guapas que bailarían desnudas ante ellos. Las mujeres cogían el dinero y se marchaban. No había sentimientos de culpa. No había vínculos. Era simplemente un negocio.
Todas lo hacían, dice Mattson, ahora una madre de tiempo completo que vive en California del Sur. Todas jugaban el juego. Pero nadie, me dice Mattson, era mejor en manipular a la gente que su colega la Princesa Cheyenne, la stripteasera más inteligente que conoció en su vida.

22 de enero de 2006

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