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ocaso de un supermercado


[Jenn Abelson] Las deudas y la competencia sellaron destino de exitosa cadena de supermercados de inmigrante cubano.
Hasta el mes pasado, André Medina fue protagonista de una historia de éxitos: era un inmigrante que construyó un improbable imperio de supermercados, abriendo tiendas en vecindarios de Boston que otras empresas evitaban, y contratando a ex presidiarios que nadie quería tener cerca.
En 13 años, la empresa Americas’ Food Basket llegó a contar con tres tiendas que atendían a vecinos de bajos ingresos y a inmigrantes, vendiéndoles de todo, desde mandioca y orejas de cerdos a precios bajos. En el proceso, convirtió a Medina, 43, en el empresario latino más grande de la ciudad y en la estrella de un comercial de Liberty Mutual. La cadena de negocios del empresario cubano era tan codiciada -sus tiendas revitalizaron los vecindarios- que las ciudades de Brockton y Lowell lo cortejaron para iniciar operaciones en ellas.
"Me abrió puertas que nadie más hubiera abierto", dijo Félix Fresneda, un inmigrante cubano que pasó 15 años en la cárcel por delitos de tráfico de drogas y vivía en una casa de transición cuando Medina lo contrató como pintor. Fresneda llegó a convertirse en supervisor de la tienda y compró una casa con el estímulo de Medina.
"Es como mi hermano, mi padre. Es la única persona en el país que confía en mí", dijo Fresneda. "Lo es todo para mí".
Pero a pesar de las buenas intenciones de Medina, a pesar de la inversión de la Ciudad de Boston -en total, 1.5 millones de dólares- y a pesar de los elogios recibidos por la cadena de supermercados, una decisión errónea condujo a otra y aparentemente destruyó el negocio de un día para otro.
El final llegó en vísperas de Navidad. Medina debía 3.8 millones de dólares a vendedores y acreedores las ventas disminuyeron. No pudo pagar el alquiler y pronto se dio cuenta de que no podría pagar la nómina. Esa noche Medina cerró para siempre las tres tiendas. No informó a sus 120 empleados sino dos días después. No quería arruinarles la Navidad.
"Me avergüenza que haya pasado esto", dijo Medina. "Hemos perjudicado a mucha gente".
El fracaso no es solamente culpa de Medina. El panorama de las tiendas de abarrotes cambió dramáticamente desde la época en que abriera su primera tienda en Uphams Corner, en Dorchester, en 1992. El poder de compra de Americas’ Food Basket de marcas como Kraft y Nabisco, se redujo a medida que crecieron cadenas como Stop & Shop. Su control de un nicho del mercado se debilitó cuando el supermercado Super 88 se expandió y tiendas convencionales empezaron a ofrecer productos étnicos.
Lo que finalmente llevó a la ruina a su negocio, dicen Medina y sus inversores, fue su tienda Fields Corner, en Dorchester, que abrió hace un año con un intenso apoyo de la comunidad. Incluso cuando el supermercado se desangraba, el ayuntamiento y otros grupos consiguieron en agosto 370 mil dólares en préstamos para mantenerlo a flote.
"Teníamos todas las razones para confiar en él. André va a lugares a los que no va nadie", dijo Jeanne DuBois, presidente de la Dorchester Bay Economic Development Corp., que le prestó en el verano pasado la suma de 120 mil dólares. "Retrospectivamente, me habría gustado no haber ayudado a mantener abierta esa tienda".
No se suponía que era lo que tenía que pasar. Nacido en Cuba, Medina estaba destinado para el negocio de los abarrotes. Su padre poseía una pequeña tienda de alimentación en la ciudad rural de San Antonio de Cabezas. Su madre, Omaida Medina, dijo que cuando André empezaba a caminar, pasaba el tiempo en la tienda, tratando de acarrear las mercaderías y conversar con los clientes.
"André quería estar siempre en la tienda con su padre", dijo.
Omaida Medina no quería que su único hijo creciera en un régimen comunista, de modo que la familia hizo planes para salir de Cuba. Cuando el gobierno aprobó la partida de los Medina, la familia, sin sus pertenencias, se fue en 1971 a vivir con parientes en España. Cuatro años después, los Medina se asentaron en Watertown, cerca de otros familiares. Cuando era adolescente, su madre y su padre trabajaban en una tienda de abarrotes étnica en Roxbury, llamada Tropical Foods.
Después de estudiar arquitectura en el Wentworth Institute of Technology en Boston y de dedicarse a trabajos variados, vendiendo coches y paneles solares, Medina, el primero de su familia en estudiar en la universidad, empezó a trabajar como vendedor mayorista de alimentos, donde se le pegaron las ganas de abrir un supermercado propio. En 1992, un año después del nacimiento de su primer hijo, André, Medina, entonces de 30, vio un anuncio en un diario local de una tienda de alimentación de 930 metros cuadrados en Uphams Corner. Lo quiso comprar, desesperadamente.
Medina sabía que el área estaba mal atendida. Su plan de negocio era: abrir en vecindarios que otros evitaban, atender a bajos precios a residentes de bajos recursos y a inmigrantes caribeños e hispanos y vender alimentos básicos como leche, huevos y pan junto a alimentos étnicos que no podían comprar en otra parte.
Pero conseguir el financiamiento era casi imposible. Medina dice que lo solicitó a tres bancos, pero ninguno de ellos le prestaría el dinero a menos que participara el ayuntamiento de Boston. Fue el inicio de una larga relación con el ayuntamiento, que avaló un préstamo de 250 mil dólares del banco State Street.
Amigos y familiares estaban aprehensivos. Después de que Medina firmara el contrato de arrendamiento, un hombre de 25 fue asesinado en el restaurante Tasty Chicken cercano en lo que se convirtió en un infame símbolo de la violencia en la ciudad: fue golpeado en la cabeza con una radio, apuñalado en la espalda y cuello, y pateado repetidas veces por un grupo de jóvenes cuando esperaba su pedido.
"Daba miedo pensar que él se movería en ese ambiente, siete días a la semana, 14 horas al día", dijo la esposa de Medina, María. "Definitivamente era un riesgo, pero él estaba dispuesto a correrlo".
Medina trabajó durante meses para convertir el lúgubre sitio en un reluciente supermercado con un toldo de franjas rojas y blancas y estanterías rebosantes de salsas de las Indias Occidentales, frutas frescas como papayas, y pan portugués. La tienda era menos de la mitad del tamaño de un supermercado normal, pero todavía le quedó espacio para que su madre se encargara de una ‘botánica’, una tienda de candelas y hierbas religiosas, entre otras cosas.
Antes de abrir, dijo Medina, los vecinos se asomaban por las ventanas y le agradecían por venir, y le ofrecían café y leche. El alcalde de Boston de entonces, Raymond L. Flynn, asistió a la inauguración y en algunos años Americas’ Food Basket alcanzó una cifra de ventas de 9.4 millones de dólares, superando sus propias proyecciones anuales.
Durante muchos años el enfoque comercial de Medina funcionó: vecinos de bajos ingresos, sin coche, empezaron a depender de Americas’ Food Basket.
"Hay un montón de gente con niños y sin transporte propio que dependían de esta tienda", dijo Cookie Sheers, una madre de Dorchester que utiliza cupones de alimentos, que dijo que ahorraba hasta 10 dólares a la semana en las carnes que compraba en Americas’ Food Basket.
En 1997, su casero en Uphams Corner, dijo Medina, le hizo una oferta "que no podía rechazar": la posibilidad de abrir una segunda tienda que echaría anclas en una plaza de Hyde Park. A pesar de ofertas de otras ciudades, Medina aceptó lanzar esa segunda tienda, que era dos veces más grande que la primera.
Durante los primeros años, errores de contabilidad y una política de precios demasiados competitivos, sin embargo, provocaron importantes pérdidas en la tienda de Hyde Park. Medina no pudo pagar sus préstamos y su banco, el FleetBoston, lo amenazó con retirar el financiamiento. Así que recurrió nuevamente al ayuntamiento, que prestó a Americas’ Food Basket 837 mil dólares para ayudarle a pagar al banco y a los abastecedores.
Poco después Medina contrató a un agente financiero con experiencia y adquirió nuevos programas de software de contabilidad, y la tienda de Hyde Park empezó a rendir beneficios.
Funcionarios del ayuntamiento y residentes dicen que la presencia de Americas’ Food Basket redujo la delincuencia y ayudó a engendrar unos 70 negocios en el deprimido Uphams Corner. Comerciantes locales como Luis Talmor, propietario de la tienda de ropas Style al otro lado de la calle de la tienda de Uphams Corner, se benefiaba del tráfico de clientes que generaba el supermercado.
"Nos ayudó a hacer negocios", dijo Talmor.
Americas’ Food Basket llamó la atención fuera de Boston, convirtiéndose en 2002 en un tema de un estudio nacional sobre tenderos urbanos exitosos realizado por Initiative for a Competitive Inner City, un laboratorio ideológico sobre asuntos urbanos fundado por Michael E. Porter, profesor de la Escuela de Economía de Harvard y gurú del desarrollo económico. Un año antes, la iniciativa nominó a Medina para ser presentado en un comercial para el asegurador Liberty Mutual, de Boston, que apoya al grupo.
"Andrés se introdujo en un mercado poco atendido y contrató a gente de la comunidad", dijo Dorothy Terrell, presidente de Initiative for a Competitive Inner City.
Medina y su familia también cosecharon los frutos del éxito. Se mudaron de casa de sus padres en Watertown y compraron una en Waltham. Él se subscribió a las temporadas de New England Patriots, a las que llevaba por turnos a sus hijos André, Nicolás, y Michael.
En 2004, Americas’ Food Basket empezó a buscar una segunda locación en Dorchester, esperando evitar la creciente competencia de cadenas como Shaw’s y Stop & Shop, que estaban intensificando su presencia en la ciudad. Mientras negociaba por un sitio, el distribuidor de la nueva tienda de Medina, White Rose Food, le propuso abrir una tienda de 1860 metros cuadrados en Fields Corner, donde el mayorista había surtido previamente a Midland Foods, un supermercado con un récord de infracciones sanitarias e higiénicas.
Medina dijo que el negocio de Fields Corner le fue presentado en "una bandeja de plata". White Rose estaba dispuesto a prestarle el dinero para abrir la tienda y el ayuntamiento financiaría los nuevos equipos. Entretanto, organizaciones locales como ACORN, un grupo comunitario para familias de bajos ingresos, estaban pidiendo un nuevo supermercado para remplazar a Midland Foods. El trato tenía que hacerse dentro de 31 días, debido a restricciones en el arrendamiento.
"Nos llamaron gente del vecindario", dijo Medina. "Teníamos que tomar la decisión muy rápidamente".
White Rose calculaba que la locación podría reportar 220 mil dólares a la semana en ventas, y Medina proyectó moderadamente beneficios de 180 dólares a la semana, lo que convertiría a la tienda en su principal fuente de ingresos.
Pero la tienda tuvo dificultades desde el principio. La locación de Fields Corner nunca alcanzó los cálculos de ventas -y al final estaba sacando unos 125 mil dólares a la semana. Todavía peor, la tienda de Uphams Corner estaba perdiendo clientes a la tienda de Fields Corner y otros supermercados del área. En junio, Medina empezó a reducir el personal y la publicidad, para ahorrar costes.
Después de recibir una infusión de dinero del ayuntamiento y otros grupos loales este verano, Medina trabajó en un plan de reorganización que le hubiera permitido vender la tienda de Fields Corner y mantener al mismo tiempo abiertas las otras dos. Durante meses, dijo Medina, trató sin éxito de obtener la aprobación de White Rose y de su casero.
Empleados de White Rose no devolvieron las llamadas para dar comentarios. El casero de Medina, Demetrios Haseotes, dijo que Medina propuso primero un aplazamiento de cuatro meses y luego empezó a negociar la venta de la tienda de Fields Corner a otra cadena de supermercados.
"La oferta no era satisfactoria", dijo Haseotes. "No pensábamos que el plan de reestructuración fuera suficiente".
En diciembre, Medina sabía que sus tiendas tenían que cerrar. Sufrió tantas tensiones que el 23 de diciembre debió ser llevado al servicio de urgencia con presión alta. Después de cerrar las tres tiendas en vísperas de Navidad, Medina dijo que pasó Navidad como un zombie, físicamente con su familia, pero mentalmente extraviado.
Medina solicitó el 4 de enero la aplicación del Capítulo 7 de la ley de quiebras de Estados Unidos el 4 de enero, lo que significa que ha renunciado a su negocio y debe liquidar sus capitales restantes para pagar a sus acreedores.
"Si pudiera hacer retroceder el tiempo, no abriría esa tienda de Fields Store", dice Medina. "Fue una mala decisión".
En estos días Medina rebota entre reuniones con abogados. Llevó durante tres semanas la cinta blanca del hospital en su muñeca para recordar que debía guardar la calma. En algún momento pronto, empezará su siguiente fase: encontrar trabajo.
"André era un empleador importante en los tres vecindarios, y pensamos definitivamente que la inversión valía la pena", dijo Charlotte Golar Richie, directora del Departamento de Desarrollo Vecinal de Boston, la principal agencia de la ciudad que prestó dinero a Americas’ Food Basket. Medina todavía debe al ayuntamiento 750 mil dólares.
"Es triste que no lo haya logrado", agregó Richie. "Era un ejemplo para otros negocios".
En una reunión esta semana con vecinos y líderes empresariales de Dorchester, André Porter, director de la Oficina de Desarrollo Comercial, de Boston, dijo que será difícil que otros empresarios se acerquen al vecindario y tengan éxito, a menos que tengan los bolsillos muy llenos. Sin embargo, las comunidades atendidas por las antiguas tiendas de Medina todavía necesitan supermercados, y el ayuntamiento tratará de entusiasmar a nuevos supermercados, dijo Porter.
Pero Medina no ha abandonado enteramente su sueño. Hace dos semanas, pasó horas con varios de los antiguos empleados, incluyendo al antiguo manager de la tienda, Orlando Revollo, animándolos a hacer una oferta por el supermercado de Uphams Corner. A Revollo, que contaría con algún capital inicial, le dio una lectura de dos horas sobre cómo llevar una tienda.
"André dijo que golpeara siempre a puertas diferentes. Si una se cierra, vete a la siguiente", dijo Revollo. "Me dijo que no me desanimara, que siguiera tratando hasta que lo consiguiera".

15 de enero de 2006

Se puede escribir a la autora a abelson@globe.com

©boston globe
©traducción mQh

retorno de judío de shanghai


[Adam Minter] Después de décadas tratando de olvidar las miserias de infancia como niño refugiado durante la Segunda Guerra Mundial, un hombre de California del Sur planea volver a China a abrazar a la gente que le salvó la vida.
En el mercado, la Avenida de Gaiyang se amplía y tuerce hacia un conjunto de los nuevos rascacielos de Shanghai. Abajo, a sus sombras, hay un destartalado edificio gris de dos pisos que alberga en la planta baja una tabaquería, un salón de belleza y un restaurante de fideos. La parte de arriba es residencial, y sobresale sobre el primer piso, creando una callejuela cubierta con ropa tendida. Justo al sur del edificio, Jerry Moses, un hombre de negocios retirado de California del Sur, desvía la vista y mira hacia arriba, con las manos a la espalda. "No sé, no sé", dice, con largas vocales enfatizadas por su acento alemán. "No es esto". Aspira profundamente y camina lentamente hacia la callejuela, el ceño fruncido. "Todo esto es nuevo. No lo reconozco".
La última vez que Moses caminó por la Avenida de Gaoyang fue en 1947. Entonces se llamaba la Avenida de Chaoufoong, y era el hogar de muchos de los 18 mil refugiados judíos europeos que habían buscado refugio de la Alemania nazi en el distrito Hongkew de Shanghai (hoy conocido como Hongkou) durante los días previos a la Segunda Guerra Mundial. Mira hacia la avenida, su ceño se relaja y asiente. "Esto es, esto es", dice, suavemente. "Sé que es aquí". En la primera semana de su primera visita a Shanghai en casi sesenta años, Moses ha encontrado su tercera casa en un exilio que duró de 1941 a 1947.
Entra a la callejuela dando zancadas, sus maneras ahora mucho más cercanas a las del niño de 12 que se fue que a las del hombre de 70 que ha vuelto. "Yo andaba en bicicleta por aquí", dice, señalando hacia los desgastados ladrillos. Un puerta de color rojo da color a la fachada del edificio. Moses pasa la mano por la madera y se sienta en uno de sus escalones. "Tengo que pensar", suspira. "Dame un segundo". Apenas ha pasado ese segundo que empieza a cantar un débil melodía. "Es una canción china que conocía de niño", dice. "No recuerdo la letra. Me acabo de acordar". Sin embargo, una palabra es muy clara: ZuGaNin, la palabra para ‘local’ en el dialecto de Shangai.
Moses se levanta y pasa una mano a lo largo de los ladrillos. De 1945 a 1947 vivió ahí dentro con su madre, padre, hermana mayor y hermano menor. Camina hacia el final del callejón de donde emerge repentinamente un hombre de edad mediana empujando una bicicleta. "¡Nong ho!", dice, tocándose el pecho con un dedo. Luego, indicando el edificio: "¡Ala YouTanNin!" Somos chinos. Somos judíos.
El hombre de la bicicleta está sorprendido: ¿Un extranjero blanco en este callejón, y que habla el dialecto, aunque con notoria dificultad? Mira a Moses, luego a mí -un hombre blanco en su treintena- y finalmente a una mujer japonesa, una fotógrafa con una enorme cámara. "¿YouTaNin?"
Moses asiente excitado. "Judío.  ¡YouTaNin. Ala YouTaNin! Shangai, ¡YouTaNin!"
Los hombres se zambullen en un ruidosa intercambio mezcla de mandarín, dialecto de Shanghai e inglés, interrumpido por risas y apretones de mano. En realidad no se entienden, pero después de unos minutos (y con la ayuda de una traducción), el hombre de Shanghai, cuyo nombre de pila es Yide, comprende que Moses es uno de los célebres judíos de Shanghai, y que había vivido en su edificio. Yide invita a Jerry a su casa.
La baja puerta conduce a un húmedo cuarto. "Aquí es donde vivíamos", dice Moses, señalando a los arroquianos agachados sobre humeantes cuencos de fideos. "Era un cuarto solamente, y tenía un suelo japonés elevado", agrega. "¡Ahora es un restaurante!" Junto al restaurante hay una escalera en un ángulo de ochenta grados. Con ayuda de Yide, Moses trepa a un obscuro apartamento ocupado por dos camas y una pequeña mesa. Una guapa china de edad mediana llamada Xiaomei toma a Moses del brazo y lo escolta hacia la silla más cómoda. Cuando habla en dialecto, ella mira a Yide y se ríe tontamente. Pronto los tres están riendo y hablando como viejos amigos que se reencuentran y se ponen al día después de sesenta años.
"¡YouTaNin, Ho!", declara Yide. Los judíos son muy buenos.
"¡ZongGoNin, Ho!", replica Moses. Los chinos son muy buenos.
Ríen y Moses dice: "Ven acá". Yide se acerca y se abrazan. "Diles que estoy muy agradecido. Que los chinos fueron muy buenos con nosotros", dice, pidiéndome que lo traduzca. "Diles que si no hubiese sido por ellos, yo estaría muerto". Desvía la mirada y se dice suavemente, a sí mismo: "Shanghai". Los hombres se zambullen en un ruidosa intercambio mezcla de mandarín, dialecto de Shanghai e inglés, interrumpido por risas y apretones de mano. En realidad no se entienden, pero después de unos minutos (y con la ayuda de una traducción), el hombre de Shanghai, cuyo nombre de pila es Yide, comprende que Moses es uno de los célebres judíos de Shanghai, y que había vivido en su edificio. Yide invita a Jerry a su casa.La baja puerta conduce a un húmedo cuarto. "Aquí es donde vivíamos", dice Moses, señalando a los arroquianos agachados sobre humeantes cuencos de fideos. "Era un cuarto solamente, y tenía un suelo japonés elevado", agrega. "¡Ahora es un restaurante!" Junto al restaurante hay una escalera en un ángulo de ochenta grados. Con ayuda de Yide, Moses trepa a un obscuro apartamento ocupado por dos camas y una pequeña mesa. Una guapa china de edad mediana llamada Xiaomei toma a Moses del brazo y lo escolta hacia la silla más cómoda. Cuando habla en dialecto, ella mira a Yide y se ríe tontamente. Pronto los tres están riendo y hablando como viejos amigos que se reencuentran y se ponen al día después de sesenta años."", declara Yide. "Un despejado día de otoño, Moses se agacha por encima del enrejado del Puente de Waibaidu de Shanghai y mira el futurista horizonte al otro lado del Río Huangpu. "Cuando era niño, aquí no había nada", recuerda, mientras camina hacia el norte cruzando el Estero de Suzhou, hacia el animado distrito de Hongkou. Más allá hay un destartalado barrio obrero con casas de dos y tres pisos. Las puertas abiertas dejan ver a ancianos fumando y jugando a las cartas en torno a mesas de madera: las mujeres trabajan en las escalinatas, lavando ropa y zanahorias en cubos de plástico rojo; hombres fuerte y musculares van al trabajo con palas colgadas de sus espaldas. "Así es como vivíamos cuando estábamos aquí", dice. "Esta es mi Shanghai". Se inclina sobre un hombre que vende cangrejos vivos en una caja de cartón y anuncia: "Ala ZongGoNin", olvidando "YouTaNin en el camino. Cuando se aleja el hombre sacude la cabeza y sonríe maliciosamente. No, usted no lo es. En julio de 1947, Moses y su familia salieron de Shanghai en un barco con destino a San Francisco, en ruta hacia su hogar de posguerra en Chile. "Recuerdo que el agua del río pasaba de marrón en azul a medida que entrábamos al océano", dice. "Y ahí es realmente cuando empezó mi vida".
Hasta este viaje de tres semanas en el otoño pasado, no había vuelto nunca a su refugio de tiempos de guerra, a pesar de su naturaleza inquieta que lo mantuvo moviéndose entre California del Sur y Alemania durante toda su vida adulta. Incluso ahora, con matrimonio, divorcio, crianza de hijos y una carrera llevando su propia tienda de ropa en el distrito Fairfax detrás de él, no puede estar demasiado tiempo en un lugar. "No estoy seguro qué es lo que me impedía volver", dice. "Supongo que no me gusta darle vueltas al pasado". Se encoge de hombros. "No quería ser una víctima. Quiero decir, sobreviví y la mayoría de los judíos alemanes, no".
Se para en mitad de la calle y eleva su voz, enfatizando. "Pero en este punto de mi vida, sabes, ¿por qué no volver? El viaje en avión no es demasiado largo". Dicho eso, vuelve a retomar su recorrido por el viejo Hongkou. Las calles están atiborradas de jóvenes, pero Moses se siente atraído por grupos de viejos que se agrupan en las aceras. "Algunos de ellos pueden haber estado aquí cuando yo era un niño", dice. Así que los saluda y da apretones de mano. Agradecer a los que han hecho posible una vida llena de éxitos es un impulso natural, que se siente a menudo tarde en la vida. Pero Moses era un refugiado, y expresa su gratitud a desconocidos que, a su manera, representan la cultura que lo acogió en el momento en que era más vulnerable. "Adoro a esta gente", dice. "Me siento como volviendo a casa". El encanto de Shanghai a ojos de hombres de negocios y refugiados se remonta a tratados de mediados del siglo 19 que otorgaban a las potencias coloniales el derecho a gobernar áreas designadas, o concesiones, en algunas ciudades chinas. Los visados para entrar a las concesiones eran normalmente innecesarios o superficiales. Viajar a Shanghai era el reto más grande.
Como la mayoría de los judíos que huyeron hacia el este de China en los años 30 y principio de los 40, la familia de Moses era judío-alemana, con la mitad alemana tan importante como la mitad judía. Originalmente de Breslau, pertenecían a una comunidad de 20 mil judíos que influía fuertemente en la vida cultural de la ciudad. El padre de Jerry, Max Moses, trabajaba como comprador de telas para una cadena de grandes almacenes de propietarios judíos. Conoció a Frida Koritofsky durante una fiesta de vacaciones de los empleados. Se casaron en1932. Jerry, nacido en 1934, era el segundo de tres hermanos.
Sus recuerdos de infancia son vagas e impresionistas, hasta la infame Kristallnacht de noviembre de 1938. Dos días de disturbios organizados por los nazis destruyeron cientos de negocios, casas y sinagogas judías. Max era uno de los más de 25 mil judíos apresados. De acuerdo a Moses, su padre habría muerto en un campo de concentración si no hubiese sido por la determinación de Frida de liberarlo, y la determinación de la Alemania nazi de expulsar a los judíos. "Como un montón de esposas, quería sacar de la cárcel a su marido. Y le dijeron que si mi padre dejaba Alemania en, digamos, 48 horas, lo dejarían partir". Pero pocos países aceptaban a los judíos que huían. "De algún modo, mi madre descubrió que el único lugar al que podía viajar sin un visado, era Shangai".
Cerca del muelle, Moses se detiene frente a un edificio blanco de dos pisos que alberga a un salón de masajes. Lo había descubierto dos días antes, basándose solamente en el instinto. "Creo que es aquí donde vivió mi padre cuando llegó en 1939", dice. "Y luego vivimos aquí con él cuando llegamos en 1941". Se sienta en un terraplén de cemento al otro lado de la calle y cruza los brazos. "Recuerdo que había un doctor en el primer piso que guardaba un feto humano en un frasco en la ventana. Vivíamos en uno de los dos apartamentos". Se detiene. "Pero no estoy seguro de que sea aquí". El disgusto le hace apretar los labios. "Estoy un poco escandalizado de que ahora sea un salón de masajes".
Cruza la calle, camina a grandes zancadas por un estrecho callejón de ladrillos y llega a un vecindario de casas de cemento achaparradas. Sentada sola en un taburete de madera, una pequeña vieja de pelo canoso mira con curiosidad a los extranjeros. "Ala Shangai YouTaNIn", dice Moses, acercándose. Ella asiente con una sonrisa cómplice y acepta su mano. Moses abre su billetera y saca una foto de pasaporte en blanco y negro tomada en 1947. "¡Ala!", declara, mostrando al delicado chico de 12 de orejas sobresalientes, con círculos obscuros debajo de sus ojos y una débil sonrisa. Luego estira esa decepcionada semi sonrisa y coloca la foto junto a sus llamativos ojos azules. "¡Ala!"
La mujer coge la fotografía y sonríe amable. Su nombre es Jiaodi. De sus 92 años, ha vivido aquí 60, pero no recuerda a ningún judío. Moses le da una palmadita en su mano. "Hay algo en esta mujer", dice suavemente, "que me recuerda a nuestra criada amma. Cocinaba y limpiaba para nosotros cuando vivíamos en este edificio. Más tarde, cuando tuvimos que marcharnos a una casa de refugiados heime, vino a visitarnos y nos trajo caramelos". Levanta las cejas. "No es ella, pero se parece mucho".
Mira atentamente a Jiaodi durante varios minutos, sosteniendo su mano, hasta que aparece una mujer, atraída por la conversación. Pronto se ha reunido un grupo de curiosos. Se pasan la foto unos a otros y repiten las palabras Shangai YouTaNin. "Recuerdo a los judíos que vivían aquí", dice una anciana alta con un abrigo morado. "Vivían dos niños que estaban siempre corriendo atrás. Y había uno que era todavía un bebé", agrega, antes de retirarse. Los ojos de Moses se iluminan. "Debemos haber sido mi hermana y yo. Mi hermano era un bebé", susurra. "Éramos nosotros". Abraza a todos los viejos que lo rodean.A principios de 1941, Frida Moses y sus hijos vivían todavía en Alemania, esperando poder unirse a Max en Shanghai. Los nazis estaban a punto de convertir el exterminio -y no la emigración- en la solución a su llamado problema judío. Era casi imposible conseguir permisos de salida, y la guerra había cerrado las rutas marítimas hacia Shanghai, ruta que usaba la mayoría de los refugiados europeos. "Mi madre es una heroína", dice Moses. "Sin ella, estaríamos todos muertos". Frida optó por un enfoque directo: Se fue al cuartel general de la Gestapo en Breslau y exigió un permiso de salida, o la muerte. De acuerdo a su hijo, que oyó a menudo la historia, el oficial a cargo le dijo: "Tienes coraje para ser judía".
Si no hubiese existido ese pacto de no agresión entre Rusia y Alemania, la familia no habría abordado nunca el tren con destino a Vladivostok, en Siberia. "¿Te imaginas?", pregunta Moses. "Esa flaca y pequeña mujer alemana, que no había salido nunca del país, viajando hacia China con tres niños?" En un puerto siberiano fueron transferidos a un barco japonés que los llevó a Shanghai.
"Absolutamente, desembarcamos allá", dice Moses, indicando el Río Huangpu. Todavía está detrás del salón de masajes y rodeado por vecinos curiosos. Se acerca a dos ventanas que dan al callejón y pasa sus manos por los barrotes de hierro. "Lo primero que recuerdo de Shanghai son unos vagabundos que asomaban sus manos por ahí", dice. "No sabíamos qué querían. No entendíamos nada".
Tras la conquista japonesa de las secciones chinas de la ciudad, la gente se estaba muriendo de hambre por decenas de miles. "Veías los cadáveres en las calles, en las aceras", recuerda Moses. "Pero, sabes, si teníamos sed, los chinos nos daban agua. Si teníamos hambre, nos daban tartas de arroz". Frunce los labios antes de seguir. "Por mal que la pasáramos, ellos la pasaban peor. Y sentían compasión por nosotros".
Da la vuelta hacia el frontis del salón de masaje y golpea en la puerta de cristal. Dentro, dos chicas adolescentes en pantalones apretados y blusas escotadas sonríen nerviosamente a los dos hombres blancos y la mujer japonesa con la cámara gigantesca. Detrás de ellas, se abre bruscamente una cortina roja, que revela a un hombre demacrado de un metro ochenta de alto con los dientes manchados por el tabaco y un cigarrillo apagado entre sus huesudos dedos."Ala Shangai YouTaNin", dice Moses.
El hombre vuelve la cabeza hacia la izquierda, curioso. "¿Shangai YouTaNin?"
Moses asiente y, a través del intérprete, explica que su familia vivía antes aquí en el piso de arriba. El hombre alto asiente y sin dudarlo nos lleva hacia arriba por las escaleras que dan un corredor con varias puertas. "Han cambiado el plano", dice Moses con una risa ahogada. El hombre alto abre la última puerta. Hay un sillón de cuero artificial contra una pared. La alfombra azul está húmeda. Hay barrotes en las ventanas. "Mi cumpleaños es el 8 de diciembre", dice Moses. "Y recuerdo que mis padres ponían una mesa de cumpleaños para mí con regalos cerca de la ventana".

A las cuatro de la mañana del 8 de diciembre de 1941, explosiones hicieron estremecer el muelle de Shanghai cuando los soldados japoneses atacaron un barco inglés anclado en el Río Huangpu. "Recuerdo que el cielo se puso rojo y ¡bum, bum, bum!", recuerda Moses. "Nadie podía imaginar lo que estaba pasando". En Hawai era todavía el 7 de diciembre, y Pearl Harbor estaba siendo atacado. "Miré y vi el cielo volverse rojo. Lo recuerdo. Era rojo".

Pocos días después Moses está disfrutando de un sandwich de dos pisos en una cafetería de estilo occidental en la antigua concesión francesa de Shanghai. "Los niños son tontos", dice, entre mordisco y mordisco. "Se adaptan. No lo ven como algo terrible". Durante diez minutos ha estado pensando en los tres años que pasó su familia en una casa de refugiados en Hongkou. "No eran tiempos felices, pero comparativamente..., lo que podía habernos pasado, lo que podría haber pasado..." Se detiene. "No quiero ir diciendo por ahí que lo pasé mal en Shanghai".
En las semanas tras el ataque de Pearl Harbor, los japoneses obligaron a la familia de Moses a salir de su ubicación estratégica en la ribera. Sin recursos para alquilar o comprar algo, se instalaron en Chaoufoong Heim, una de las cinco casas de refugiados -o heime- fundadas por organizaciones judías de servicios sociales para refugiados. La familia de Moses compartía una habitación con dos parejas austriacas. Las cocinas colectivas servían a los cientos de refugiados que vivían fuera y dentro del heime, una o dos magras comidas al día -raciones más abundantes para los niños. "El hambre", suspira. "Siempre teníamos hambre". Comía sopa de fécula tan a menudo que hoy no soporta los fideos. Recuerda a su padre cortando delgadas rebanadas de pan y encontrando gusanos dentro.
De 1937 a fines de 1942 las fuerzas de ocupación en general no molestaron a los refugiados judíos de Shangai. Pero en 1943, bajo la presión de sus aliados nazis, los japoneses definieron un ‘área designada’ para los refugiados judíos apátridas bajo el control de un oficial llamado Ghoya que, notoriamente, se llamaba a sí mismo "Rey de los Judíos". Judíos y chinos necesitaban un permiso, emitido sólo por Ghoya, para entrar o salir del área. "Recuerdo verlo venir al campo con su violín y exigir que todos lo escucháramos tocar", recuerda Moses. "Y si no lo hacías, te daba una paliza". Los chinos la pasaron mucho peor. "Recuerdo a un culi que le pidió a un soldado japonés que le pagara después de un viaje en un taxi-bicicleta", dice. "Y miré cómo el soldado mató al culi a golpes. Ellos no hacían eso con nosotros".

Chaoufoong Heim fue demolido hace años, y en su lugar hay ahora un mercado. Una tarde, Moses esquivó a los repartidores y se escurrió por su principal portal. "¿Por qué vengo aquí? No tengo idea". Sonríe a los vendedores ambulantes que lo miran, sorprendidos, mientras trabajan con cuchillos unos mariscos que se retuercen. Las voces rebotan por el espacio, golpeando una pared que Moses cree que estaba ahí hace sesenta años. "Debe ser esta", dice, encogiéndose de hombros. "Pero aquí no hay nada. No significa nada para mí".
Los recuerdos están dispersos, desconectados con caras u objetos, pero vívidamente armonizados con los sentidos. Habla del frío y húmedo invierno de Shanghai. Y recuerda los veranos, cuando las temperaturas rondan los 37 grados Celsius. "Morían judíos todos los veranos", suspira. "Uno de mis malos recuerdos es que sudabas todo el tiempo y la gente se enfermaba y no había medicinas".
Pero Moses se niega a ponerse sensiblero o trágico. "Para nosotros, niños, eran normal crecer aquí", insiste. "Si colocas a los niños en un ambiente, para ellos se convierte en algo normal". Pensando en el pasado, lo primero que recuerda son las "penurias" de la infancia: "Mis padres y otra gente vieja estaban siempre corriendo a nuestro alrededor, diciéndonos que nos comportáramos". Las hostilidades de la guerra escaparon a su atención: "Yo jugaba con niños japoneses cerca de aquí", dice mientras pretende dibujar una rayuela frente al mercado. "Espera", dice, mientras salta en una pierna y canta una canción infantil en perfecto japonés.
En 1945, Moses fue a la escuela por primera vez, a pesar de los contantes bombardeos estadounidenses de Shanghai. "Recuerdo que jugábamos fútbol, y veíamos caer motas negras de los aviones en el cielo", dice. "Después de un rato te acostumbrabas". Pero pronto la guerra terminó y los japoneses desaparecieron. La familia de Moses se mudó al apartamento que es ahora un restaurante de fideos.
Durante los siguientes dos años, Max Moses trabajó duro para encontrar una nueva casa, escribiendo a embajadas, consulados, oficinas de inmigración y parientes lejanos que podrían ayudar a la familia apátrida. Mientras buscaban y esperaban, la familia fue a menudo visitado por su amma, años después de que ella hubiese trabajado para ellos.
En el curso de tres semanas en Shanghai, el recuerdo de esa amma -y Jiaodi, la anciana que se parece a ella- persigue a Moses. "Creo que es por ella que adoro a esta gente", dice. "La razón porqué volví". Y así, a menos de 24 horas de su partida, lleva un ramo de claveles a la callejuela detrás del salón de masajes y llama a la puerta de la casa de cemento tamaño infantil. Jiaodi lo reconoce con una sonrisa y lo invita a entrar. "No sé por qué me siento atraído por esta mujer", dice Moses nuevamente. "Pero me atrae".
La agradece por la amabilidad de los chinos durante la guerra. "Ustedes me salvaron la vida", dice. Posan juntos para unas fotos, y luego ella sonríe y dice adiós con la mano cuando él se aleja por el callejón. "Nuestra amma", dice. "Cuando nos embarcamos para Chile, ella estaba en el muelle, llorando".
Fue un viaje que hicieron con alguna reluctancia. De acuerdo a Moses, su familia quería ir a Estados Unidos en el otoño de 1947, pero la espera era demasiado larga. "Mis padres estaban preocupados de que no sobreviviémos otro verano en Shanghai", explica. De todos modos, Moses encontraría una manera de llegar a Estados Unidos. "Emigré solo en 1962", dice.
Frente al salón de masaje Moses hace parar un taxi que corre por la Avenida Changzhi. Xiaomei y Yide le han invitado a un té. Hace sesenta años el boulevard era el centro de una próspera comunidad judía conocida como ‘Pequeña Viena’. Hoy, los chinos ocupan el área y muchos de los bloques son sitios eriazos llenos de escombros de demoliciones recientes de edificios con detalles arquitectónicos distintivamente europeos. "Está bien que lo hagan", dice Moses. "Esos edificios no valían la pena. Vivir en ellos era espantoso". El taxi vira por la Avenida Gaoyang, pasa frente al antiguo sitio de Chaoufoong Heim, y frena frente al edificio donde vivió la familia Moses de 1945 a 1947. En el bordillo lo espera Xiaomei.
Desciende del taxi y la abraza. Ella sonríe radiante, tomándole las dos manos. Lo conduce por el callejón y por las escaleras hacia el pequeño apartamento donde lo espera Yide. En la mesa hay cuencos con frutas, nueces y raíces de loto rellenas con un pegajoso arroz. "No sabemos qué te gusta", dice Xiaomei. "Así que preparamos cosas dulces". Pero primero le ofrecen a Moses unos regalos, incluyendo chocolate y otras tapas. "Y aquí", dice Xiaomei, "ropa interior de invierno, para que no pases frío".
Moses sonríe y ríe mientras desenvuelve los regalos, sus intensos ojos azules brillando con las lágrimas que no quiere dejar fluir. Yide le muestra fotografías de la familia, incluyendo una de la madre de Xiaomei, que acaba de cumplir 90 años. Xiaomei lo invita a quedarse con ellos cuando vuelva a Shanghai. Explica que su apartamento -el antiguo apartamento de Moses- puede ser demolido el próximo año. Abrumado, se levanta y los abraza. "Traté de olvidar durante 60 años", dice. "No quería volver. No quería ser una víctima", dice. En su práctica manera de Shanghai, Xiaomei y Yide lo acomodan a la mesa y lo animan a comer. Coge los palillos y, con una bien practicada precisión, recoge una tajada de raíz de loto y lo deposita en el cuenco. "No es suficiente", dice Xiaomei mientras usa sus propios palillos para agregar otra tajada al cuenco.
"Cuando era niño en Hongkew, estaba siempre con hambre", dice Moses, con la boca llena del pegajoso arroz. "Y los chinos me alimentaron, aunque ellos tenían menos que yo". Sacude la cabeza. "Ahora vuelvo aquí y me dan de comer". Mira a Xiaomei a través de sus ojos brillantes.
"Bienvenido a casa", dice ella. "Sírvase".

15 de enero de 2006

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bush contra salim hamdan 5


[Ionathan Mahler] Los enemigos combatientes extranjeros como Salim Hamdan serán juzgados por tribunales militares especiales, nombrados por Bush fuera del sistema jurídico estadounidense y con jueves designados por él.
En una ordenanza militar de tres páginas emitida el 13 de noviembre de 2001, el presidente Bush ordenó juzgar a Salim Hamdan y otros combatientes enemigos no-estadounidenses en tribunales especiales. Los juicios se realizarán en Guantánamo, ante comisiones formadas por tres a siete oficiales militares elegidos por un funcionario nombrado por el gobierno. Para condenas inferiores a la pena de muerte, se requerirá una mayoría de dos tercios. (Una sentencia de muerte deberá ser unánime). Estos son tribunales de crímenes de guerra, aunque a diferencia de los tribunales internacionales en Ruanda y la antigua Yugoslavia, la lista de delitos está compuesta por actos de terrorismo, antes que de genocidio.
El gobierno optó por estos tribunales especiales por encima de los tribunales penales de Estados Unidos por varias razones prácticas. En general, no se otorgarán ciertos derechos que serían considerados fundamentales en un tribunal civil. Si los acusados son sospechosos de terrorismo, por ejemplo, no se les permitirá consultar las pruebas contra ellos, porque algunas de las evidencias pueden, sin lugar a dudas, ser consideradas secretas por razones de seguridad nacional. Dejando las consideraciones prácticas de lado, la creación de los primeros tribunales de guerra del país desde la Primera Guerra Mundial envió un mensaje simbólico, colocando a los extremistas islámicos en la misma clase que los nazis alemanes. Además, los tribunales se ajustan a una estrategia más amplia del gobierno de Bush para reafirmar y expandir la autoridad del presidente después del 11 de septiembre de 2001. El poder ejecutivo tendrá el control absoluto. El Congreso -el órgano encargado por la Constitución de convocar a los tribunales militares- fue no solamente dejado de lado para el establecimiento de esos tribunales, sino que tampoco fue consultado sobre cómo funcionarían. En lugar de eso, los abogados del gobierno escribieron todas las reglas, desde la composición de las comisiones hasta las normas que definen las evidencias admisibles y la definición misma de qué constituye un crimen de guerra. El poder judicial también fue dejado fuera del proceso: los veredictos disputados serán revisados, no por una corte federal de apelaciones, sino por una comisión de tres miembros nombrada por el ministro de Defensa, Donald H. Rumsfeld.
La primer tanda de acusados en los tribunales, Hamdan y otros tres, fueron escogidos cuidadosamente y luego investigados repetidas veces en su paso por la cadena de mando. Sumarios de los casos fueron entregados por los abogados militares nombrados, al equipo de fiscales y al asesor de tribunales del Pentágono, y a Paul D. Wolfowitz, entonces subsecretario de Defensa, y al presidente Bush. Originalmente Hamdan fue designado para ser el primer árabe procesado.
Aunque el gobierno no ha acusado a Hamdan por ser miembro de Al Qaeda, lo acusa de haber recogido y distribuido armas para ser usadas por miembros de Al Qaeda, haber seguido cursos de adiestramiento en un campo de Al Qaeda y servido como guardaespaldas y chofer de bin Laden. La acusación formal contra él es de conspiración, que el gobierno define como haberse "unido a una empresa de personas con un propósito criminal compartido". En cierto sentido, el cargo de conspiración es lógico para procesar a los miembros de organizaciones como Al Qaeda, que dividen sus tareas deliberadamente e informan a muy poca gente de sus operaciones. "Para entender la naturaleza de algunas operaciones, para revelar la estructura de lo que los hace efectivos, tienes que concentrarte en los diferentes tipos de contribuciones, desde el que vigila los objetivos hasta el transportista de las armas y el financista", dice Ruth Wedgwood, profesor de leyes en la Universidad John Hopkins, que ayudó al Pentágono a revisar algunas de las reglas de los tribunales.
En los tribunales penales norteamericanos, la conspiración es especialmente popular entre fiscales que persiguen a bandas del crimen organizado; les da la posibilidad de influir en los peones para que testifiquen contra sus superiores. En el contexto de los tribunales por crímenes de guerra, sin embargo, el cargo de conspiración se complica. Debido a que no puede ser aplicado a los acusados de cualquier nivel, puede crear una equivalencia moral entre participantes de bajo nivel y jefes. Este mismo problema se observó en Nuremberg, cuando un fiscal general del gobierno de Roosevelt atacó una propuesta del Pentágono para acusar por conspiración a soldados alemanes, porque podría, a ojos del mundo, debilitar el impacto de las acusaciones contra los líderes nazis. (La propuesta no fue adoptada nunca). Lo que es más, debido a que la conspiración es un cargo tan amplio y flexible, es fácil para que los fiscales pueden apoyarse cuando sus pruebas de culpabilidad son escasas. El sistema de tribunales penales estadounidenses tiene numerosas garantías contra esto -juicios de jurado, jueces que son aislados de la política, acceso a cortes de apelaciones independientes-, la mayoría de las cuales están ausentes en esos tribunales. "En el sistema penal estadounidense, podemos tener una doctrina de la conspiración porque tenemos este conjunto único de fuertes garantías", dice Neal Katyal, un profesor de leyes de la Universidad de Georgetown, el arquitecto de la demanda de Hamdan contra el gobierno estadounidense y paladín del cargo de conspiración en el contexto criminal. "Pero cuando se trata de juicios por crímenes de guerra, el consenso internacional es que la conspiración es inadmisible. Cuando el Congreso estadounidense definió los crímenes de guerra en dos estatutos de 1996 y 1997, no incluyó el delito de conspiración".

8 de enero de 2006

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bush contra salim hamdan 4


[Ionathan Mahler] Salim Hamdan se consume en Guantánamo, pero nadie en su familia tiene conciencia cabal de su situación. Estados Unidos no aceptaría que otro país trate a prisioneros estadounidenses como trata el gobierno de Bush a prisioneros extranjeros..
Los abogados de los detenidos calculan que actualmente hay en Guantánamo unos cien presos yemeníes. Si fuesen estadounidenses los yemeníes encarcelados en un país extranjero durante cuatro años, la inmensa mayoría sin cargos, habría un escándalo nacional. Sin embargo, en Yemen, la mayoría de las familias de los detenidos están en la más completa ignorancia. La mitad de la población del país es analfabeta. Los que pueden leer encuentran pocas historias sobre Guantánamo. Muchos de los diarios son controlados por el estado y el resto están bajo intensa presión del gobierno. El presidente Saleh sabe que llamar la atención sobre los detenidos no haría más que enardecer los sentimientos anti-norteamericanos, y se crearía todavía más problemas.
Un grupo de derechos humanos llamado HOOD tiene un lista aproximada de yemeníes detenidos en Guantánamo y ha tomado contacto con sus familiares, pero las familias no tienen ninguna comunicación con nadie del gobierno de Estados Unidos. Los abogados de los detenidos viajan periódicamente a Yemen a reunirse con las familias que les han autorizado a representar a sus familiares, aunque en algunos casos los detenidos mismos dudan de las buenas intenciones de sus abogados estadounidenses. Cuando estaba en Yemen, gasté varios días visitando a las familias de los detenidos, con David H. Remes, un abogado del bufete de Washington, Covington & Burling, que representa a 17 de los yemeníes en Guantánamo. Remes introdujo varios de sus encuentros diciendo a las familias que sus hijos, hermanos o maridos se enfadarían mucho si se enteraban que él estaba de visita.
También Hamdan envió a través de sus abogados el mensaje de que no quería que yo me contactara con su familia, pero logré reunirme con el hermano de su esposa, Muhammad al-Qala, a través de HOOD. Al-Qala, un sargento de segunda clase del ejército yemení, me invitó a su casa para conocer a su hermana, la esposa de Hamdan, Um Fatima. Desde la detención de su marido, ella y sus dos hijas habían estado viviendo con su hermano, su familia y su madre, en una hacinada casa de dos pisos en el centro de Sana. Los abogados vinieron a Yemen hace un año ymedio para visitarla, y el intérprete del abogado tiene contactos bastante regulares con al-Qala, pero nadie aquí de la familia de Hamdan parece saber cabalmente la gravedad de su situación o del significado de su caso: ¿Qué podría hacer una superpotencia como Estados Unidos hacer con Salim?
Sentada perfectamente erguida en los brillantes cojines azules estampados de flores colocados en la pequeña salita del segundo piso de la casa de su hermano, Um Fatima habló, a través del intérprete, durante tres horas sobre su marido. Al-Qala, un hombre rechoncho con un mostacho negro y ojos vidriosos e inexpresivos, estaba junto a ella fumando Malboros, uno tras otro, y masticando una enorme bola de khat. Um Fatima y las dos hijas de Hamdan, de 6 y 4 años, entraban y salían en sus camisetas y chandales. La túnica de Um Fatima la cubría completamente, revelando sólo sus ojos, pero la dificultad de hablar sobre su marido era evidente: varias veces se emocionó tanto que tuvo que excusarse y salir del cuarto.
Um Fatima y Hamdan se casaron en Sana en 1999. No lo conoció sino el día de su boda, pero era sin embargo una novia feliz. Vivieron en Sana durante unos meses antes de volver a Afganistán. Um Fatima no tenía ganas de ir, y al llegar le impresionaron malamente las condiciones. Su casa de adobe tenía pisos de tierra y no había ni agua ni electricidad. También era un lugar remoto: la Granja de Tarnak, el complejo amurallado de Al Qaeda, donde vivían, estaba metido en una enorme expansión de desierto, sin árboles pero sí con matorrales, a unos treinta minutos de Kandahar. Um Fatima pasaba los días sola en su casa con su bebé. Hamdan, me dijo, volvía temprano en la noche, a menudo con la ropa manchada de grasa debido a su trabajo reparando los varios camiones y coches usados en la granja. Um Fatima dijo que a veces ella se quejaba ante él de su vida allá. "Salim me decía siempre que fuera paciente, que algún día volveríamos a Yemen", dijo.
En su relato, Um Fatima estaba soportando una vida dura por algunos años de modo que su marido pudiera ganar dinero trabajando para un jeque del que no había oído hablar nunca. Todavía hoy, años más tarde, el hecho de que ha vivido con su marido trabajando para el terrorista más infame de nuestra época no parece haber penetrado en su versión de la realidad.
La última vez que Um Fatima vio a su marido fue el 24 de noviembre de 2001. Estaba embarazada de ocho meses. En esa época las fuerzas norteamericanas estaban acercándose a Kandahar, el último bastión de los talibanes en Afganistán. Hamdan, que había estado en otro lugar durante unos meses trabajando para bin Laden, había vuelto recientemente para llevar a Um Fatima y su hija a Pakistán. En un coche prestado, con los B-52 americanos sobrevolando los cielos, lograron cruzar a las montañas de Maruf, encaminándose hacia la frontera. Hamdan decidió que Um Fatima cruzara sola la frontera de Pakistán; había un fuerte control e incluso si los guardias fronterizos no sabían que trabajaba para bin Laden, ser un yemení tratando de salir del país era motivo suficiente para levantar sospechas. Le dijo que buscaría otra manera de entrar y que se reuniría con ella en unos días.
En el curso de las semanas siguientes, mientras Um Fatima se internaba más profundamente en Pakistán en la parte de atrás de un camión con un grupo de refugiados afganos, perdió poco a poco la esperanza de volver a ver a su marido. Al entrar en el noveno mes de su embarazo, se puso tan histérica, me dijo, que algunos desconocidos compasivos en Karachi le compraron un billete de avión para que volviera a casa. En el aeropuerto de Sana fue interrogada durante cinco horas sobre el escondite de su marido. Um Fatima dijo que asumió que había muerto.
Dos meses y medio más tarde, recibió una carta de él por medio del Comité Internacional de la Cruz Roja. "Mi amor, que Dios te bendiga", empezaba. "No he muerto. Alá me ha reservado para una nueva vida. Ahora soy prisionero de los americanos".
Um Fatima me mostró todas las cartas que ha recibido de Hamdan desde entonces. Más tarde esa noche, el intérprete, que leyó algo así como una docena de ellas, me dijo lo extrañas que eran. Los hombres yemeníes tienden a ser dominantes y fríos con sus esposas. Las cartas de Hamdan eran sensibles, como las de un niño enamorado. En las cartas hay dibujos de su puñal ("por favor ocúpate de mi jambiya"), simplones poemas ("el pájaro bailó y el pájaro cantó...") y la promesa de "vernos, si Dios quiere, muy, muy, muy, muy, muy pronto".

8 de enero de 2006

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bush contra salim hamdan 3


[Ionathan Mahler] Al-Bahri, ex guardaespaldas de bin Laden, renuncia al terrorismo, pero no por razones ideológicas.
Durante la mayor parte del tiempo que pasé en Yemen, al-Bahri se negó a recibirme. Pero la noche anterior a la fecha de mi regreso a casa, accedió a reunirse conmigo a la noche siguiente en la casa de unos parientes en Sana. Un hombre alto y delgado, con entradas y una barba pulcramente recortada, al-Bahri se ve mayor que sus 33 años. Estaba sentado en un cojín, y sus largas piernas emergían del fondo de su impecable túnica blanca. Antes en nuestra conversación, que duró más de cinco horas, se había producido un apagón. Durante el resto de la velada, la estrecha habitación fue iluminada por dos velas. Al-Bahri se excusó repetidas veces para salir a orinar, explicando que era diabético.
De acuerdo a al-Bahri, su decisión de renunciar a Al Aqeda y al terrorismo no tenía nada que ver con el programa de diálogos del juez al-Hitar, del que duda que haga cambiar de parecer a alguien. Más bien, dijo que durante los dos años que estuvo en prisión en Yemén, casi la mitad de los cuales en confinamiento solitario, tuvo la oportunidad de leer y pensar un montón. Continúa creyendo que Estados Unidos oprime y explota a los musulmanes, pero ya no acepta que el asesinato arbitrario de gente inocente sea una expresión legítima de la yihad, la que, dijo, "tiene su hora y lugar, como las oraciones". También era un asunto de madurez. "Cuando llegamos a los 30, empezamos a lamentar lo que hicimos cuando teníamos 20", me dijo flemáticamente, como un ex radical universitario meditando sobre un acto menor de desobediencia civil en su pasado distante.
Al-Bahri no tenía demasiado interés en hablar sobre Hamdan; debido a que se siente responsable por el destino de su cuñado, dijo que hablar sobre él era demasiado deprimente. Como es lógico, lo que dijo distanció a Hamdan de las operaciones militares de Al Qaeda. Al-Bahri describió a Hamdan casi como un niño, un hombre simple y alegre. De acuerdo a al-Bahri, al principio Hamdan estaba excitado con la guerra santa, pero carecía tanto del celo de un combatiente de la yihad como de la formación religiosa o inclinación para entender la ideología del movimiento. Según cuenta al-Bahri, Hamdan fue a Tayikistán para participar en la yihad, pero se quedó en Afganistán debido a que trabajar como chofer y mecánico en el grupo de mecánicos de bin Laden era mejor que conducir una dabab en Sana.
Al-Bahri fue rápido a la hora de exonerar a Hamdan, pero no mostró ninguna duda al hablar de sí mismo como un cuadro superior de la que debe ser la más infame organización terrorista del mundo. Al-Bahri no sonó nostálgico ni expresó remordimiento sobre sus años como jefe de la guardia de bin Laden; hablando sobre ese período parecía un ejecutivo jubilado discutiendo desapasionadamente sus años en la firma. Sin embargo fue, en cierto sentido, cauto: aunque estaba dispuesto a responder cualquier pregunta que le hiciera, se distanció explícitamente de todo atentado específico de los que ocurrieron durante su tiempo con bin Laden.
El futuro de al-Bahri se veía venir ya cuando era adolescente en Jidda, cuando cayó por primera vez bajo la influencia de un clérigo radical saudí. "Pensé que mi deber era tomar las armas y defender a los musulmanes donde quiera que estuvieran", me dijo. "Esa era una tarea sagrada que me llevaría al paraíso". Habiendo crecido en Arabia Saudí, el país más sagrado del islam, respondió personalmente cuando oyó a bin Laden describir a su país como un agente de Estados Unidos y juró expulsar a Estados Unidos de la Península Arábica. Lo que es más, al-Bahri dejó Arabia Saudí y viajó a Bosnia a principio de los años noventa y había estado sin guía religioso desde entonces. En bin Laden, dijo al-Bahri, había encontrado a "un nuevo padre espiritual".
Al-Bahri avanzó rápidamente en la organización de Al Qaeda. Con el alias de Abu Jandal, ayudó a montar nuevos campos de adiestramiento que se parecían poco al tipo de campo a los que había asistido como joven en Bosnia, donde los yihadistas aprendían habilidades convencionales, tales como armar y desarmar y disparar armas y leer mapas. Ahora se trataba de combatir en ciudades y de prepararse para operaciones suicidas, lo que significaba aprender a fundirse con las poblaciones locales y atacar objetivos civiles. Bin Laden era claro sobre los objetivos. "Repetía una y otra vez que debíamos realizar ataques dolorosos contra Estados Unidos, para que se excitara como toro", recordó al-Bahri, "y si el toro llega a nuestra región, no sabrá nada sobre el país, y nosotros sí". A fines de los años noventa, al-Bahri peleó junto a los talibanes contra la Alianza del Norte y sirvió como uno de los guardaespaldas personales de bin Laden durante sus frecuentes viajes a campos de adiestramiento de Al Qaeda en Afganistán.
Tras los atentados contra las embajadas estadounidenses en el este de África en el verano de 1998, dijo al-Bahri, bin Laden lo puso a cargo de las casas de huéspedes de la organización en Kabul y Kandahar, donde debía ayudar a inspirar y adiestrar a nuevos reclutas para realizar operaciones terroristas contra Estados Unidos. Fue en ese momento, dice al-Bahri, que empezó a tener dudas sobre Al Qaeda, no porque cuestionara su misión, sino porque no estaba convencido de que los reclutas estuvieran preparados para llevarlas a cabo.
La yihad, pensó al-Bahri, era una misión religiosa genuina y se había convertido en un llamado para cualquier musulmán. Todavía años después, aunque había renunciado al terrorismo, se irritaba con lo que llamó las deficiencias en la dirección de Al Qaeda. "Estábamos recibiendo a jóvenes que no estaban comprometidos con la yihad, gente muy joven de 15 o 16 años", me dijo. "¿Qué podíamos hacer con ellos? Yo dije que sólo debíamos aceptar a gente joven que fuera religiosa. Pero nadie me llevo de apunte". Al-Bahri me dijo que bin Laden sabía que se estaba decepcionando y fue por eso que los animó, a él y a Hamdan, a casarse con unas hermanas en 1999; según la interpretación de al-Bahri, uniéndolo a Hamdan, que tenía menos opciones y era por tanto menos probable que abandonara la causa, bin Laden tendría más posibilidades de conservar a al-Bahri en el redil.
Durante el verano de 2000, Hamdan y al-Bahri volvieron a Sana para las bodas de un cuñado. A las pocas semanas, en un pequeño bote cargado de explosivos, varios operativos de Al Qaeda embistieron el destructor U.S.S. Cole, que había atracado en Yemen para reabastecerse. Poco después del atentado, agentes de la inteligencia yemení empezaron a detener a extremistas sospechosos. Al-Bahri trató de escapar, pero fue aprehendido en el aeropuerto cuando intentaba volver a Afganistán. Hamdan ya había llevado a su esposa y sus padres de peregrinación a la Meca y se enteró rápidamente en Arabia Saudí de que si volvía a Yemen, también sería detenido. En lugar de eso, volvió donde bin Laden, llevando a su esposa con él.
Tras el 11 de septiembre, me dijo al-Bahri, tres agentes del FBI llegaron a la cárcel donde estaba detenido en Yemen para interrogarlo. Las transcripciones de esos interrogatorios son confidenciales, pero al-Bahri dice que ellos estaban sobre todo interesados en la estructura e ideología de Al Qaeda. Le preguntaron si bin Laden tenía acceso a armas químicas o nucleares, y al-Bahri les respondió que bin Laden tenía algo mucho más poderoso: hombres determinados a cumplir su compromiso con Dios y morir como mártires en operaciones contra Estados Unidos.

8 de enero de 2006

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califato para todos


[Karl Vick] El islam reunificado: improbable, pero no solamente en la cabeza de fanáticos.
Estambul, Turquía. El plan era raptar un avión y aparecer en televisión nacional en vivo. Era 1998, el país era Turquía, y el avión no despegó, debido al mal tiempo. Las actas judiciales muestran que el extremista musulmán que planeaba raptar el avión en realidad no sabía pilotar. Pero si el osado plan prefiguraba el 11 de septiembre de 2001, también destacaba una causa que, siete años después, el presidente Bush usaría para definir la guerra contra el terrorismo. Lo que el mal preparado conspirador turco dijo que querían hacer, era dar un golpe dramático para revivir el califato musulmán, la institución que había gobernado nominalmente a los musulmanes del mundo durante los casi 1400 años que han pasado desde la muerte del profeta Maoma.
El objetivo de reunificar a los musulmanes bajo una sola bandera sigue estando en el corazón de la ideología islamita radical sobre la que Bush ha advertido repetidas veces en recientes y substanciales discursos sobre el terrorismo. En un lenguaje que hace recordar la Guerra Fría, Bush ha definido el conflicto en Iraq como una batalla fundamental y parte de una contienda mayor entre los defensores de la libertad y los que quieren establecer "un imperio musulmán totalitario que se extendería desde España hasta Indonesia".
No está en discusion el entusiasmo de los extremistas por esa idea. Sin embargo, por improbable que sea su realización, esa ambición puede explicar actos terroristas que a menudo son incomprensibles. Cuando Osama bin Laden calificó los atentados del 11 de septiembre contra el World Trade Center y el Pentágono como "nimiedades en comparación con la humillación y desprecio de más de ochenta años", hacía una referencia a las secuelas de la Primera Guerra Mundial, época en que el último califato dejó de existir cuando las potencias europeas se repartieron Oriente Medio. Al Qaeda llamó a su noticiario en internet, que empezó en septiembre, ‘La voz del califato’.
Sin embargo, el califato es también apreciado por muchos musulmanes corrientes. En general, su renacimiento no es una preocupación urgente. Los sondeos de opinión pública muestran que problemas inmediatos, tales como el conflicto palestino-israelí y la discriminación, son más urgentes. Pero los musulmanes se ven a sí mismos como miembros de la umma, o comunidad de creyentes, que forma el corazón del islam. Y como jefe terrenal de esa comunidad, el califa es adorado tanto como recuerdo como ideal, según indican entrevistas.
Esa reserva de respeto representa un riesgo para el gobierno de Bush a medida que se aboca a un problema que es seguido cuidadosamente por la población musulmana del mundo, calculada en 1.2 billones de personas. Ya muchas encuestas revelan que desde la invasión norteamericana de Afganistán e Iraq, los musulmanes en todas partes han visto la guerra contra el terrorismo como una guerra contra el islam.
"¿Por qué invadís países musulmanes?", pregunta Kerem Acar, un modisto en el centro de Estambul. "Yo no viviré para verlo, y tampoco mis hijos, pero quizás algún día los hijos de mis hijos verán a alguien que se declare a sí mismo califa, como el Papa, y cause impacto".
El problema se observa en agudo relieve en Turquía, que es señalada a menudo como un modelo de democracia para otros países árabes pero donde la simpatía hacia los creyentes es profunda -como le fue recordado a Karen Hughes, asesora presidencial y subsecretaria de estado, en septiembre, cuando indignadas quejas sobre las bajas civiles en Iraq dominaron una de sus apariciones públicas en Ankara, la capital.
Aquí, el último califa, un clérigo urbano, Abdulmecid Efendi, fue destronado en marzo de 1924 por Mustafa Kemal Ataturk, el carismático oficial militar que creó la Turquía moderna como un ejemplo de un sistema que coloca su soberanía en el estado-nación antes que en la fe. Importada desde Francia, la idea de que la religión no tiene nada que ver con la vida pública, Ataturk decretó que las leyes religiosas musulmanas venían en segundo lugar tras el "imperio de la ley" del estado.
El mausoleo de Ataturk, en la cima de una colina donde se habían reunido oficiales turcos para honrar su memoria, fue la zona cero de la conspiración de 1980. Su cabecilla, Metin Kaplan, fue encarcelado en Turquía después de ser extraditado desde Alemania, donde era conocido como el ‘Califa de Colonia’. Muchos turcos no encuentran nada de risible en el grandilocuente título, dijo Husnu Tuna, su abogado.
"La gente me llamaba cuando me ocupé de su caso, y preguntaba: ‘¿Por qué defiendes a una persona que disminuye el valor de la idea musulmana?’", dijo Tuna. "Oí eso tanto de individuos como de funcionarios, incluyendo a agentes de policía y de seguridad".
Califa, de la palabra árabe khalifa, quiere decir sucesor del profeta Maoma. La competencia por el título causó el sisma entre chiíes y sunníes, y los chiíes pronto dejaron de elegir un califa. Pero en la tradición sunní dominante, el oficio personificaba la principal autoridad religiosa y política, que permitió que los sultanes otomanos mantuvieran unido durante más de quinientos años un imperio que se extendía por tres continentes. Ataturk apeló a la solidaridad musulmana en la guerra para expulsar a las potencias europeas de la Península de Anatolia después de la Primera Guerra Mundial y la caída del Imperio Otomano.
Pero mientras los turcos lograron su autonomía, la mayor parte del antiguo califato fue dividido entre las potencias coloniales europeas. Un académico árabe lo llamó "la división de las tierras musulmanas en pedacitos despreciables que se consideran países a sí mismos".
Esto es lo que inspiró al grupo más directamente empeñado en un intento de restablecer un nuevo califato, Hizb ut-Tahrir, o Partido de la Liberación. El grupo, que afirma que opera en 40 países, empezó en 1953 como un retoño de la Hermandad Musulmana. Pero mientras la Hermandad, que también propone un califato, optó por el realismo y se convirtió en una importante fuerza de oposición en Siria y Egipto, Hizb ut-Tahrir adoptó un sendero de la subversión.

Golpes y el Califato
"Durante un largo tiempo, nadie oyó hablar de Hizb ut-Tahrir. Estaban en la clandestinidad", dijo Kian Schmucker, candidato a concejal en la ciudad de Copenhagen mientras distribuía octavillas frente a una rara manifestación pública de Hizb ut-Tahrir. Un nublado domingo de noviembre, unos 800 jóvenes daneses, en su mayoría hijos de inmigrantes musulmanes, se atiborraban en un gimnasio. La primera presentación: imágenes gráficas de niños iraquíes muertos.
"Nadie puede dudar que la guerra declarada contra el terrorismo es una guerra contra el islam", declaró desde el proscenio Fadi Andullatif, un portavoz local de Hizb ut-Tahrir, cuando terminaba el video. "El estado musulmán es la única protección, el único escudo de los musulmanes".
El coro de "¡Allahu akbar!" -Dios es grande- era dirigido por fervientes jóvenes europeos, un puñado de conversos ante una atenta audiencia segregada por sexo: jóvenes elegantemente vestidos a la derecha, mujeres con pañuelos de cabeza a la izquierda.
Durante cuatro horas oyeron la disciplinada e intensamente argumentada creencia de Hizb ut-Tahrir de que el mundo musulmán perdió sus amarras cuando importó desde Occidente no solamente los avances científicos sino también sistemas de creencias tales como el nacionalismo y la democracia, que emergieron al mismo tiempo. En una serie de 22 tomos a la venta junto al podio, y en discusiones semanales, el grupo bosqueja un sistema de gobierno alternativo que cree que está incrustado en el Corán y en las enseñanzas del profeta.
El sistema incluye un califato, que será resucitado después de que los gobiernos nacionales sean derrocados por miembros de Hizb ut-Tharir trabajando al más alto nivel, de acuerdo al plan. Miembros de Hizb ut-Tharir han sido acusados de planificar golpes semejantes en Jordania y Egipto. Zeyno Baran, analista en el Centro Nixon, de Washington, que ha escrito extensamente sobre el grupo, dijo que podría ser "pensado como una cinta transportadora de los terroristas".
El grupo tiene una rígida estructura celular y un libresco conjunto de creencias que describe su visión utopista de un futuro califato. Hizb ut-Tharir insiste en que ha renunciado a la violencia, una política que lo diferencia de grupos como la variopinta pandilla de Kaplan, o las guerrillas chechenas que en 2004 llevaron a cabo el mortífero ataque contra una escuela básica en Beslan, al sur de Rusia -y que quiere fundar un califato en el norte del Caúcaso, de acuerdo a sitios en la red del grupo guerrillero checheno.
Al Qaeda floreció en Afganistán cuando el líder talibán, Mohammad Omar, fue llamado ‘Comandante de los Fieles’, un título califático. En su libro, publicado online poco después del 11 de septiembre de 2001, el delegado de bin Laden, Ayman Zawahiri, declaró que los ataques terroristas no serían "más que acciones desconcertantes, independientemente de su magnitud", a menos que condujeran a la formación de un califato en el "corazón del mundo islámico".
La invasión norteamericana de Iraq proporcionó una oportunidad para hacer justamente eso, escribió Zawahiri, aparentemente el año pasado, a Abu Musab Zarqawi, el jordano que encabeza al grupo rebelde de al Qaeda en Iraq. En la versión de la carta publicada en un sitio en internet del gobierno estadounidense, Zawahiri dice que la presencia de invasores extranjeros ha empujado a "las masas musulmanas" a la acción. Aconsejaba a Zarqawi a utilizar las áreas sunníes de Iraq como la base de "una autoridad musulmana o emirato, y luego desarrollarla y apoyarla hasta que alcance el nivel de un califato".
La carta, que Bush ha parafraseado extensamente, también llama a atacar a Israel, "porque Israel fue fundado solamente para desafiar toda nueva entidad musulmana".
"La idea de restablecer un imperio ideológico es algo típico de nuestra época", dijo Serif Mardin, un importante académico turco sobre el islam político. "Un califa dulce como en tiempos pasados es apabulada por la idea militar moderna. Quiero decir, se supone que el califa es un tipo amable.
"Esta gente simplifica horriblemente al islam", agregó Mardin, "y no estoy seguro de que esta simplificación del islam realmente ‘cope’ todos los niveles sociales".

Una Sola Voz
La idea de un califato como institución unificadora sobrevive inclusive aquí en la Turquía laica.
"Me gustaría que hubiera nuevamente un califato, porque si hubiera un califato los musulmanes se unirían", dijo Ertugul Orel, de suéter y corbata en la acera de un café que posee en el enorme Hagia Sophia, un edificio de valor simbólico para cristianos y musulmanes, en las afueras de Estambul. "Habría una sola voz. Pero sé que ni los americanos ni los europeos lo permitirán".
Desde la silla de al lado, el dueño de una tienda de regalos, Atacan Cinar, agregó: "Antes, en la época del Imperio Otomano, no había problemas en los países musulmanes".
La visión de Ataturk de una identidad nacional que ocupara el lugar de la religión se ha logrado en apariencia sólo parcialmente. En las escuelas los niños son reunidos todas las mañanas para cantar lemas que concluyen con frases como: "Mi vida debería ser un don para la vida turca. Qué feliz es un hombre que puede decir: ‘Soy turco’". Pero en realidad las primeras palabras que se susurran a los oídos de los recién nacidos son oraciones. Cuando el Pew Global Attitudes Survey preguntó a los turcos la semana pasada qué se consideraban "primero", un 43 por ciento dijo que se sentían musulmanes, un 29 por ciento, turcos.
"La idea del califato está todavía muy viva en la memoria colectiva de la sociedad", dijo Ali Bulac, columnista y autor de varios libros sobre el islam y Turquía. "No hay absolutamente nada que mantenga unida a la sociedad musulmana en estos momentos".
Fatih Alev, imán de una mezquita moderada en Copenhagen, dijo que Hizb ut-Tahrir era "poco inteligente" en decir que los otros grupos musulmanes no apoyaban la idea de un califato. "De momento, el califato es completamente irrelevante. En cuanto a mañana, podría ser relevante. Yo no lo excluiría".
Algunos expertos advierten que semejante reserva de sentimientos ilustra el riesgo de enmarcar la guerra de Iraq como una contienda entre ideologías.
"Si fueras presidente de Estados Unidos, creo que lo más listo que podrías hacer es quitar el carácter musulmán al problema", dijo Kirstine Sinclair, investigador de la Universidad de Dinamarca del Sur, que co-escribió un libro sobre Hizb ut-Tharir. "Habla mejor sobre los riesgos para la seguridad. Cuando hablas de expandir la guerra contra el terrorismo hacia países con una agenda musulmana o inclusive el califato, sólo provocas emociones revueltas y en realidad empiezas tú mismo a crear un choque de civilizaciones".
Numerosos sondeos muestran que las guerras norteamericanas en Afganistán e Iraq han fortalecido la solidaridad entre musulmanes y la antipatía hacia los estadounidenses. "Para decir verdad, yo mismo ya no los veo como seres humanos. Los americanos son cerdos", dijo Orel, un octogenario. La tendencia parece ser más fuerte entre la misma gente a que aspiran movilizar los radicales.
Cuando jóvenes musulmanes educados en ciudades europeas en gran parte sin instrucción religiosa, empezaron a hacer preguntas, los grupos radicales proveyeron prontamente respuestas. Hizb ut-Tharir, que promueve teorías conspirativas y un intenso antisemitismo, se encuentra en el extremo moderado de una gama de grupos que promueven interpretaciones exageradas del islam llamando a un enfrentamiento.
"Una ideología debe perpetuarse a sí misma", dijo Ahmet Arslankaya, miembro de Hizb ut-Tharir en Turquía, donde la organización debe soportar el acoso de los servicios de seguridad. "Nuestro objetivo estratégico final es expandir la filosofía musulmana en el mundo y, por supuesto, llevar la bandera islámica a la Casa Blanca".
Si los miembros han aumentado -y Alev y otros dicen que ven siempre nuevas caras-, los organizadores de Hizb ut-Tharir dicen que es porque los musulmanes ven que los acontecimientos están ocurriendo como ellos habían anticipado.
"Bush está diciendo que ellos quiere fundar un califato desde España hasta Indonesia", dijo Abdullatif, portavoz del grupo en Copenhagen. "El califato será fundado por los que trabajen duro". Dijo que los miembros de Hizb ut-Tharir en Iraq están trabajando para formar un frente unido de grupos rebeldes.
Cuando la reunión de Hizb ut-Tharir se dispersó en Copenhagen para las oraciones de la tarde, Muziz Abdullah, un amable nativo del Líbano, miró el gimnasio. "Hace diez años, cuando empecé, habría sido un absurdo pensar en un califato", dijo. "Pero ahora la gente cree que podría ocurrir en algunos años".

14 de enero de 2006

washington post
©traducción mQh

bush contra salim hamdan 2


[Ionathan Mahler] Los dudosos métodos de Yemen para apaciguar a los fundamentalistas musulmanes.
Justo en las afueras de la Ciudad Vieja de Sana, un laberinto de casas de piedra densamente apiñadas y complejamente decoradas y tiendas centenarias que brotan como recargados castillos entre las estrechas calles de adoquines, se encuentra la moderna Mezquita de los Mártires. Si la Ciudad Viejas de Sana evoca los días prósperos y cosmopolitas de Yemen cuando estaba en el centro del comercio mundial de especias, la Mezquita de los Mártires, un imponente monolito color ceniza, delata su presente como el más pobre y atrasado de los países de la Península Arábica.
La enorme plaza abierta frente a la mezquita es un lugar de reunión de los desposeídos. Gente sin casa vive en cajas de cartón aplastadas entre bidones de gasolina reutilizados como jarras de agua. Mini furgonetas dababs repletas de pasajeros, corren por las atiborradas calles de Sana, maniobrando a la búsqueda de pasajeros. Los conductores luchan por hacerse oír por sobre la música que brota de los altavoces de las bicicletas de tres ruedas, llevadas a pedal por vendedores de casetes. Los olores de la carne asada y mazorcas de maíz se mezclan con los de los aceites aromáticos, orina y sudor.
Aquí no hay mujeres a la vista, sólo hombres jóvenes y niños, un reflejo de la conservadora cultura musulmana de Yemen. Y aunque casi el 40 por ciento de los hombres yemeníes están desempleados, casi todos aquí parecen tener mucha prisa, moviéndose apresurados, a menudo de la mano, siempre con la ropa común yemení: sandalias, túnicas blancas y sacos de estilo occidental con las etiquetas de las marcas por encima de la manga izquierda, justo arriba del puño. De los cinturones cuelgan largos y curvos puñales jambiyas, recordatorios de la resistente cultura tribal del país. Llevan las mejillas abultadas con khat, que levanta el ánimo y sacude la mente en todas direcciones -un apto emblema de la falta de propósito e inquietud que se exhibe.
Hace diez años Salim Hamdan era uno de estos hombres. Nació hacia 1970 (nadie lo sabe con certeza, ni Hamdan mismo), a cientos de kilómetros de Sana en Wadi Hadhramaut, un oasis de 160 kilómetros en el montañoso desierto al sudeste de Yemen. Su padre era granjero y tendero, y la familia vivía modestamente en una pequeña casa de adobe en una aldea en un acantilado, colgando sobre el fértil valle abajo. Era todavía un niño cuando sus padres murieron enfermos, a pocos años uno del otro. Sin otros familiares en los alrededores, Hamdan se marchó a vivir con parientes en Mukalla, una sombría ciudad portuaria de unos 150 mil habitantes en la costa sur de Yemen. Para ese entonces, Hamdan ya había dejado la escuela, lo que no es inusual en Hadhraumat, donde los imperativos de ayudar a tu familia a ganar dinero superan de lejos las virtudes comparativamente abstractas de la educación.
A los pocos años dependía sólo de sí mismo, vivía en las calles de Mukalla y se ganaba la vida haciendo trabajitos. En 1990, Yemen, que había estado por largo tiempo separado en dos países, el norte musulmán y el sur marxista, se reunificó oficialmente. Hamdan, que entonces tenía 20, se incorporó a la masiva migración hacia el norte en busca de trabajo. Existía la extendida sensación de que Sana, la nueva capital del país, sería pronto una ciudad próspera. Pero la verdad fue que las posibilidades de encontrar trabajo no eran promisorias, especialmente para alguien con las limitadas capacidades de Hamdan. Pronto encontró el camino hacia la Mezquita de los Mártires -donde encontró trabajo conduciendo una dabab- y luego, seis años más tarde, se unió a la guerra santa.
Yihad, que significa literalmente ‘lucha’, es un concepto esquivo, que ha sido tema de infinitas interpretaciones, violentas y no violentas por igual, que emana del deber religioso básico de todo musulmán de promover la difusión del islam. En los últimos años, sin embargo, a menudo ha sido interpretado como una violenta cruzada contra Estados Unidos. Los caminos de Hamdan y al-Bahri hacia la guerra santa no podrían haber sido más diferentes, pero de muchos modos cada uno es emblemático de sus respectivos países, que representan los dos contingentes más grandes en Guantánamo. En Arabia Saudí, la yihad resuena con particular fuerza entre los educados, ricos y devotos; en Yemen, ejerce especial atracción entre los pobres del país. Casi la mitad de la población vive por debajo de la línea de la pobreza; a diferencia de sus vecinos en el golfo, Yemen tiene muy poco petróleo y lo que tiene lo acapara el gobierno. "A menos que sean hijos de jeques o de líderes políticos, la gente joven no tiene ninguna oportunidad de utilizar sus energías", me dijo Nabil al-Sofee, ex portavoz de Islah, el partido musulmán de Yemen, hace poco en su despacho en Sana. "La única opción para alguien que quiera hacer algo es la guerra santa".
En Yemen, la yihad tiene un atractivo casi místico. Sus raíces se remontan al siglo7, cuando el profeta Maoma declaró: "Alá, dadme guerreros que me sigan", con su espalda vuelta conspicuamente hacia Yemen. En su encarnación más moderna, la guerra santa puede trazarse a 1967, cuando Yemen estaba todavía dividido y los británicos se retiraron del sur. Finalmente libre de sus ocupantes de larga data, Yemen del Sur anudó rápidamente lazos con la Unión Soviética, Cuba y China y en 1970 se convirtió en el primer estado comunista árabe del mundo.
La nueva identidad de Yemen del sur inició dos décadas de hostilidades con Yemen del Norte, un estado musulmán leal a Arabia Saudí y Egipto. No pasó mucho tiempo antes de que los gobernantes del norte -incluyendo al presidente del Yemen unificado de hoy, Ali Abdullah Saleh- explotaran los trasfondos religiosos del conflicto. Para cuando las tropas soviéticas invadieron Afganistán en 1979, muchos jóvenes de Yemen del Norte ya habían aceptado que era su deber como musulmanes oponerse a los ateos comunistas. Y así, en los años siguientes, cientos de jóvenes yemeníes acataron el llamado de los clérigos a la guerra santa. Los muyahedines de Afganistán recibieron apoyo de muchos países árabes, además del de Estados Unidos, pero los yemeníes gozaban de la reputación de ser los más feroces de los llamados combatientes árabes-afganos. A diferencia de los combatientes de los países más ricos en el Golfo Pérsico, estaban acostumbrados a condiciones de vida difíciles, y el escabroso terreno montañoso de Afganistán era similar al de Yemen.
Cuando las tropas soviéticas se retiraron de Afganistán en 1989, los presidentes de muchos países árabes, comprensiblemente preocupados de la combustible mezcla de fanatismo religioso y experiencia de combate en la que estos hombres se habían empapado, desalentaron su regreso a casa. Yemen del Norte, por su parte, no sólo dio la bienvenida a sus propios combatientes sino además abrió sus fronteras a los yihadistas de otros países árabes. La heroica figura de estos combatientes fue cimentada en 1994, cuando las todavía vivas tensiones entre los islamitas y los marxistas de Yemen estalló en una guerra civil declarada y el presidente Saleh llamó a los ex-yihadistas a ayudarle a derrotar a los comunistas. El norte emergió victorioso, y Saleh recompensó por sus esfuerzos a muchos de esos hombres. Por su ayuda para movilizar las tropas, el jeque Abdul Majid al-Zindani, un ex combatiente árabe-afgano y director espiritual de bin Laden en el pasado, recibió la rectoría de la Universidad de Iman, en Sana, una plataforma desde la que ha dirigido a innumerable jóvenes yemeníes hacia la yihad.
El gobierno yemení hizo poco para restañar el flujo de yihadistas, a pesar de la creciente presión internacional. Un consumado realista, el presidente Saleh otorgó permiso a Estados Unidos para utilizar sus puertos para reabastecimiento en los años noventa, aunque ante el mundo árabe se presentó como un líder que no tenía miedo a enfrentarse a Occidente. Tras el atentado en 2000 contra el destructor U.S.S. Cole en Yemen, Saleh se burló de los rumores de que Estados Unidos estaba planeando intensificar su presencia militar en el país: "Yemen es un cementerio de invasores", dijo a Al Yazira. Sin embargo, después del 11 de septiembre de 2001, el presidente Saleh viajó a Washington para demostrar su apoyo a la guerra contra el terrorismo. Pero después de gastar tantos años alimentando y explotando la cultura yihadista del país, se mostraría cto a la hora de desmantelarla. Extraditar a radicales musulmanes, o poniéndolos tras las rejas por más de unos años, provocaría el resentimiento de los fuertes elementos extremistas del país.
El elemento clave en la solución de Saleh fue nombrar a un juez clérigo respetado, Hamoud al-Hitar, para visitar a los extremistas encarcelados y convencerles de que el islam, de hecho, no aprueba los actos de terrorismo. Cuando visité a al-Hitar en su casa fuertemente custodiada en Sana, una noche del otoño pasado, me explicó cómo funcionaba el llamado Comité para el Diálogo Reflexivo. Lo llamó "cirugía intelectual" y lo describió como un proceso simple: dirige a los extremistas a través de una serie de preguntas acerca de sus creencias, usando el Corán o el hadith, una compilación de las enseñanzas del profeta Maoma, para mostrarles en qué han errado. Al término del programa, los participantes que juran no participar en futuros actos de terrorismo se les otorga un perdón presidencial y dejados en libertad. A la pregunta obvia: ¿Por qué creer que mantendrán su juramento?, el juez al-Hitar da la respuesta obvia: Estas son personas que toman en serio su ideología; no firmarían nunca un juramento renunciando a sus creencias si no lo creyeran. Hace algunos años, el presidente Saleh dejó en libertad a cientos de hombres conectados con Al Qaeda bajo los auspicios del programa de diálogos del juez al-Hitar. Uno de esos hombres era Nasser al-Bahri.

8 de enero de 2006

©new york times
©traducción mQh

juez en rehabilitación


[Kate Zernike] Reconsidera nociones sobre crimen y castigo después de pasar años en la cárcel, en la compañía de gente a la que él mismo había sentenciado.
Golden Valley, Minnesota, Estados Unidos. En su última noche tras las rejas, Roland Amundson estaba sentado en la biblioteca de la cárcel cuando lo cubrió la larga sombra de alguien parado junto a él. Miró hacia arriba y vio al recluso más temido de la cárcel, un ex cabecilla de una pandilla de moteros que había sido condenado por matar a un hombre en una pelea en un bar -un asesinato tan violento que el tribunal dobló la sentencia normal.
El hombre quería hablar.
Amundson había sido un juez de apelaciones que mantuvo la sentencia inusualmente estricta. Ahora era otro recluso más, el preso número 209383. "Me preguntó si me acordaba de él", dijo Amundson en una entrevista en diciembre. "Quería que supiera que no me guardaba rencor".
El encuentro en octubre, dijo Amundson, fue uno más de una docena de ocasiones en los tres años y medio que estuvo en la cárcel, en que fue confrontado por reclusos cuyas sentencias habían sido dictadas por él o mantenidas por él en sus 15 años de trabajo como juez. Esas experiencias y otros asuntos de Amundson en relación con su condena -para su sentencia los fiscales usaron sus propias palabras para justificar una pena más larga- estremecieron la visión del mundo de un hombre que, desde el banquillo, pensaba que sabía todo lo que había que saber sobre crimen y castigo.
Hasta 2001, Amundson, 56, fue un juez muy estimado de la Corte de Apelaciones de Minnesota, el segundo tribunal superior del estado. Había sido mencionado en círculos de jueces como un probable nominado a la Corte Suprema del estado, era un orador popular, miembro de directorios de asociaciones de beneficencia en Minneapolis, y parecía que conocía a todo el mundo. Los colegas lo describían como brillante y encantador.
Luego fue sorprendido robando 400 mil dólares del fondo que gestionaba para una mujer con la capacidad mental de un niño de tres años, dinero que gastó en pisos de mármol y un piano para su casa así como en trenes en miniatura, esculturas y cubiertos de porcelana para 80 comensales, todos en eBay.
Ahora, cumpliendo los últimos meses de su condena en una casa de transición aquí, Amundson está participando en una difícil y humillante ronda de auto-reflexión, analizando la justicia penal desde una rara y doble perspectiva, al mismo tiempo que se ocupa de labores meniales, como retirar nieve y llevar pedidos a la imprenta para una compañía de máquinas de coser a la que representó como abogado años atrás.
"Los jueces pueden decir que ellos no tienen idea de lo que pasa en una cárcel", dijo Amundson en una desgastado sillón en la casa de transición. "Pero si sabes lo que está pasando y sigues siendo severo, que Dios se ampare de ti. Si eres parte del sistema que hace las cosas que hace, que Dios te ampare".
Como Sol Wachtler, el ex presidente de la Corte de Apelaciones de Nueva York, que se declaró culpable en un caso de acoso y pasó 13 meses en una prisión federal a principio de los años noventa, Amundson pertenece a un pequeño grupo de distinguidos jueces desechos por las leyes que habían prometido aplicar, que más tarde pidieron ser redimidos.
En el caso de Amundson, es una transformación que algunos de los que perjudicó encuentran poco convincente. "No creo que piense que ha hecho algo malo", dijo Karen Dove, tutora de la víctima de Amundson.
Los fiscales dicen que son escépticos de que Amundson haya aprendido mucho estando en la cárcel; dicen que continúa creyendo que merece un trato especial. En un momento, trató de incorporarse en un programa para un campo de entrenamiento que habría reducido su sentencia a la mitad; los fiscales rechazaron su petición, argumentando que el programa se había iniciado para reclusos con problemas de drogas o analfabetos.
Hace poco, Amundson hizo arquear las cejas de muchos con una postal de Navidad con un dibujo de una bola y una cadena rota. Incluía citas de Dostoievski y Solzhenitsyn sobre el valor redentor de la cárcel, así como una foto de Amundson con sus cuatro hijos mayores -haciendo recordar a algunos de sus detractores todas las vidas que destruyó.
"Fue otro indicio de que aún no ha visto la luz", dijo Dove.
Pero implacablemente alegre -"Entre en mis aposentos", saludó a un visitante, mostrando con su brazo el pequeño cubículo con un sillón de cuero metido en un rincón en la compañía de máquinas de coser cerca de Eden Prairie -Amundson dijo que quería usar su experiencia para promover la importancia de la rehabilitación en la cárcel.
Después de un boom de la población penitenciaria, ahora hay un número récord de ex convictos que salen todos los años de la cárcel -unos 640 mil al año, un aumento de un 40 por ciento en la última década- y más de la mitad de ellos terminan nuevamente en ella. Los funcionarios están experimentando en todo el país con modos de facilitar la reintegración y prevenir la reincidencia con tratamientos para casos de drogas o formación profesional.
Amundson podría salir 23 meses antes, en abril, por buena conducta. Ha entregado su licencia legal y con pocas perspectivas de un futuro, dice que quiere fundar casas para hombres que salen de la cárcel, dándoles un lugar donde vivir y ayudarlos con otros obstáculos a una reintegración exitosa.
Como juez, Amundson dice que no había pensado nunca más allá de la sentencia; ahora ha visto las consecuencias en sus compañeros en la cárcel.
"Yo sabía que la época de la rehabilitación había pasado, pero no tenía ni idea de que la habíamos reducido a un almacenaje y no creo que muchos jueces lo sepan", dijo.
Amundson recuerda a un hombre al que envió a prisión, que había sido condenado por matar a sus padres después de que ellos abusaran de él. Tenía 18 años y fue condenado a 18 años.
"A los 34 será completamente incapaz de vivir en sociedad", dijo Amundson. "Ha sido criado por funcionarios correccionales".
Amundson, que es abiertamente homosexual, sigue luchando en los tribunales por un caso de tutoría con su ex pareja sobre sus cuatro hijos adoptados en Rusia. En la prisión, le amargaron las restricciones a la comunicación con los hijos. Lo que determina una reintegración exitosa en la sociedad, dijo, es el apoyo de la familia.
"No sé si hay un grupo de hombres con tanta necesidad de padres como los que están en la cárcel", dijo. "Se trata de hombres que necesitan padres y sin embargo estás destruyendo su relación con sus hijos".
Cuando empezó a adoptar niños en 1998, Amundson había estado robando durante tres años. Había montado un trust a principio de los años noventa para la hija retardada de un millonario distribuidor de cerveza al que conocía de los días en que representaba a los mayoristas de cerveza del estado. Cuando el hombre murió, Amundson se convirtió en el único fideicomisario.
Recuerda haber metido la mano en la gaveta de su escritorio y sacar los primeros 85 cheques que falsificó. "Era como si fuera otro el que lo estaba haciendo", dijo.
Dove y otra mujer que trabajaba para la mujer retardada, ahora en la treintena, empezó a sospechar en 2001 cuando pidieron dinero a Amundson para colocar un nuevo tejado en la casa de la mujer y él dijo que el trust estaba vacío. Siete años antes, cuando se había determinado la herencia del padre, tenía un valor de 600 mil dólares.
Retrospectivamente, Amundson dice que quería que lo atraparan.
"Estaba cansado de ser Rolly Amundson, cansado de estar al servicio de todo el mundo, estaba simplemente cansado", dijo. "Este fue mi manera de poner fin a todo eso".
Amy Klobuchar, fiscal del condado de Hennepin, lo ve en términos más simples. "Creo que él era codicioso y quería llevar un estilo de vida que no se podía pagar", dijo en diciembre.
Amundson renunció como juez y accedió a declararse culpable, pero regateó la sentencia, dijo Klobuchar, tratando de evitar una sentencia de cárcel. En 2002 trató de reducir la sentencia argumentando que sufría de un trastorno bipolar, pero los fiscales señalaron que había escrito una opinión rechazando como atenuantes los factores psicológicos. Pidieron una sentencia 12 meses más larga que lo sugerido por la directivas: el juez Amundson mismo, observaron, había escrito opiniones manteniendo sentencias largas en casos en que la víctima era particularmente vulnerable.
El juez sentenció a Amundson a 69 meses, como había pedido la acusación, diciendo que había estado ebrio de poder y que había actuado no movido por la depresión sino por la convicción de que tenía derecho a hacerlo. Amundson llamó a una larga lista de testigos prominentes -su pastor, una antigua Miss America, un ex embajador- para alegar contra la severa sentencia.
Por su parte, Klobuchar tenía lo que llamó sus "ángeles guardianes", dos acusados negros que estaban casualmente en la sala del tribunal después de haber comparecido por cargos de drogas, y estaban sentados en primera fila expresando su indignación por los testimonios de los amigos de Amundson.
"No creo que debiese haber sido tratado de otra manera que los otros que han entrado a su propio tribunal", dijo.

13 de enero de 2006

©new york times
©traducción mQh