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las novias de bare hill


[Vincent M. Mallozzi] Casadas con hombres en la cárcel.
El bus nocturno del viernes estaba retrasado. Pero las conversaciones del viernes noche ya habían empezado. "Recuerdo nuestro día de bodas", dijo Chantel Lewis Campbell, 32, de Brownsville, Brooklyn, a varias amigas en una apretada parada la semana pasada. "Yo llevaba un velo y un vestido largo. Él llevaba una camisa blanca y corbata, y esos feos pantalones verdes".
Victoria Deltorro, 46, South Bronx, asintió. "Nosotros también nos casamos ahí", dijo.

Las dos mujeres pasaron sus noches nupciales en el mismo motel -el Sunset Inn en Malone, Nueva Jersey, sin sus maridos. Fueron devueltos a sus celdas poco después de que llegaran por el patio del pabellón.
Campbell y Deltorro han llegado a ser conocidas en su agridulce rincón del mundo -la calle 34 con la Octava Avenida en Manhattan, donde esperan el bus- como las novias de Bare Hill, una referencia a la Penitenciaría de Bare Hill, la prisión en el norte del estado donde se casaron y donde sus maridos cumplen penas de prisión.
Las novias de Bare Hill son dos solitarias caras de un dedicado grupo de viaje de fin de semana con billetes de ida y vuelta hacia una perpetua pena amorosa. Los viernes y sábados, de 10 a 11 de la noche, cientos de mujeres y un puñado de hombres y niños, todos ansiosos por visitar a sus familiares en prisión, abordan buses contratados hacia las varias prisiones en los más remotos rincones del estado de Nueva York.
La mayoría de los pasajeros, algunos en cuna, otros con bolsas con comida y ropa, o fotos que cuentan historias de familias disueltas, esperan impacientes su bus en la posición habitual, con sus espaldas contra la pared.
"No es fácil criar a mis hijos solamente con mi salario", dijo Campbell, madre de cuatro que trabaja como conserje en el proyecto habitacional Surfside Gardens en Coney Island. Su marido, Gregory Campbell, ha estado tras las rejas durante los últimos seis años, por posesión de drogas. "Se supone que viene a casa el próximo mes", dijo. "Hay mucho que hacer en casa".
Parados debajo de un letrero de la lotería, la muchedumbre del fin de semana mira los números de otra manera: ¿Cuántos años más estará en prisión su novio? ¿Cuántos días faltan para que un marido vuelva a casa? ¿Cuántas horas para que el recién nacido conozca a su padre?
"Los que venimos aquí, nos entendemos", dijo Campbell, evitando mirar a los ojos a un flujo de curiosos de fuera de la ciudad y colegas neoyorquinos, muchos de ellos tomados de la mano y con los billetes en la mano en dirección a la Estación Pensilvania. "Estamos todos en el mismo bote, en la misma situación. Sabemos qué dolor sentimos".
Mientras hablaba Campbell, Kim White empezó a checar la asistencia. Con la lista en la mano, White empezó a llamar los nombres de todos los que habían hecho una reserva en los buses por llegar. Los adultos pagan 50 dólares, los niños la mitad, por una viaje de ida y vuelta a cárceles como la de Attica, a 50 kilómetros al este de Buffalo; Clinton, en Dannemora; y Bare Hill, metida en Adirondacks.
Dependiendo del destino, los trayectos pueden tomar ocho a diez horas de ida. Los visitantes salen temprano en la mañana, para tener tiempo para la lenta procesión de puestos de control en cada cárcel. Los visitantes pasan una buena parte del tiempo de una tarde del fin de semana con amigos y familiares, sentados a mesas de madera cubiertas de chicles, poniéndose al día sobre las duras vidas a cada lado de la maciza muralla. Al final de la tarde, los visitantes vuelven en bus a Manhattan, donde llegan a veces pasada la medianoche.
White, que vive en Jamaica, Queens, y hace sondeos telefónicos para una compañía de telemárketing de Long Island City, conoce muy bien el sistema. Casi todos los fines de semana durante los últimos 9 años, con lluvia, sol o demasiada nieve como para querer salir de la cama, se ha subido a uno de esos buses alquilados para visitar a su marido Lance, 35.
"Lo adoro a muerte", dijo. "Tengo que saber si está bien". Cuando le pregunté por qué delito estaba su marido en la cárcel, White dijo rotunda: "No fue homicidio, pero fue suficiente".
Como veterana del mundo de las visitas a prisión, White a menudo es llamada por Alfred D'Acosta, el dueño de Flamboyant Bus Company, que proporciona los buses, para que ayude a organizar el recorrido y los asientos de los 4 o 5 buses que llegan todos los viernes y sábados noche. Los buses son relativamente nuevos, tienen capacidad para 49 a 57 pasajeros, y están equipados con asientos reclinables, pantallas para películas y un retrete.
D'Acosta, 55, que vive en la sección Wakefield en el Bronx, dijo que había estado organizando buses hacia las prisiones en la Calle 34 desde 1986. Su negocio no es el primero de su tipo en la Ciudad de Nueva York. Desde 1975 hay un servicio de transporte de las cárceles que recoge a pasajeros en la Rotonda de Colón, llamado Operation Prison Gap.
Sin embargo, dijo D'Acosta, con las poblaciones carcelarias en aumento en el estado de Nueva York, sus servicios son usados por gente que quiere visitar sin gastar demasiado a sus familiares.
"Estamos siempre llenos, hasta en invierno", dijo.
D'Acosta dijo que durante años condujo muchos de los buses que ahora alquila. Lo dejó de lado por un montón de motivos. Uno de ellos, dijo, eran las horas que pasaba mirando en el espejo retrovisor las atormentadas caras de la gente detrás de él.
"Eran caras siempre con mucho dolor y pena", dijo D'Acosta dando pitadas a un cigarrillo, esperando al primer bus. "Ver a toda esa gente así, especialmente los niños que no dejan de llorar porque se van a casa sin sus padres, lo hacía muy difícil".
Los primeros buses de D'Acosta empezaron a llegar. "Este va a Buffalo, a la Penitenciería de Collins", anunció.
Ahora la conversación nocturna del viernes había incorporado a Shawntay Snell, 32, de Brownsville. Iba a visitar a su novio, Tony Davis, que está cumpliendo una condena de cinco años en Bare Hill, por robo.
Snell, que tiene cinco hijos, llegó no sólo con comida enlatada y calcetines nuevos, sino también con un anuncio: Dentro de poco, ella también se convertiría en una novia de Bare Hill. "Me caso en junio", dijo, tratando de mostrar una sonrisa firme, pero sin lograrlo completamente. "Hay un montón de cosas por planear".
Las novias de Bare Hill ofrecieron felicitaciones y pronto las tres hablaban sobre qué debería llevar Snell en su boda. Campbell bromeó sobre que había "demasiados huéspedes no invitados" en el salón de visitas donde se celebra el matrimonio y luego sus risas se ahogaron entre los chirriantes sonidos de otro bus entrando por la curva.
Finalmente había llegado el bus de Bare Hill, y las tres mujeres lo abordaron, desapareciendo detrás de ventanas opacas. Otro grupo del semanal rito de devoción se alejó en la oscuridad. La conversación del viernes noche había empezado.

20 de septiembre de 2005
20 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh


el fantasma de emmet till


[Richard Rubin] Mientras el jurado les declaraba inocentes, contaban su espantoso crimen a un periodista.
Parece que hemos conocido esta historia toda la vida. Quizás es porque es una historia tan dura y potente que ha adquirido un aire de eternidad, algo casi místico: Emmett Till, un niño negro de 14 nacido y criado en Chicago se marchó en agosto de 1955 a visitar a unos familiares en el villorrio de Money, Mississippi. Un día entró a una tienda, al Supermercado y Carnicería Bryant, y, en un impulso, dijo algo atrevido a la mujer blanca detrás del mostrador -Carolyn Bryant, 21, esposa del propietario- o le pidió una cita, o quizás le silbó. Noches después, su marido, Roy Briant, y su hermanastro, J.W. Milam, sacaron a Till a tirones de la cama y se lo llevaron al oscuro Delta, donde le golpearon, torturaron y finalmente mataron de un balazo a la cabeza y lo arrojaron al río Tallahatchie. Su cuerpo, aunque amarrado con alambre de púas a un pesado ventilador de una despepitadora de algodón, salió a la superficie unos días después, luego de lo cual Bryant y Milan fueron arrestados y acusados de homicidio.
Periodistas de todo el país -y también del extranjero- se reunieron en el pequeño tribunal de Sumner, Mississippi, para presenciar el juicio. La fiscalía preparó un excelente caso y persiguió a los acusados con sorprendente vigor; el juez fue eminentemente justo, negándose a permitir que la raza se convirtiera en un tema en los procedimientos, al menos hacia fuera. Sin embargo, el jurado, 12 hombres blancos, absolvió a los acusados después de deliberar apenas 67 minutos -y fue de esa duración, dijo uno de ellos después, porque hicieron una pausa para beber refrescos y estirarlo "para que no se viera mal". Poco después, los asesinos, inmunes ante las acusaciones, se reunieron con, y confesaron orgullosamente todo a William Bradford Huie, un periodista que publicó la historia en la revista Look.
Sí, conocemos muy bien esta historia -quizás demasiado bien. Ha sido como un zumbido en nuestra conciencia nacional en los últimos 50 años. Rebrota de vez en vez, inspirando estallidos conmemorativos de pesar, indignación e ira, las que corren rápidamente a su fin y mueren. Pero el último estallido, encendido por un par de documentales recientes, ‘El Asesinato de Emmett Till' [The Murder of Emmett Till] y 'La Historia No Revelada de Emmett Louis Till' [The Untold Story of Emmett Louis Till], se ha extendido al gobierno federal: el año pasado, el ministerio de Justicia anunció que estaba abriendo una nueva investigación del caso. Esta primavera, se exhumó el cuerpo de Till para hacerle la autopsia por primera vez. Se dijo que los funcionarios podrían estar listos para presentar un resumen de sus hallazgos -un "informe exhaustivo", como lo describió uno- al fiscal de distrito local en Mississippi a fines de este año. La única persona en el ministerio de Justicia que comentó sobre algún aspecto de la investigación fue Jim Greenlee, fiscal del Distrito de Mississippi del Norte, que dijo solamente que su objetivo era "saber la verdad sobre qué pasó exactamente y quién es culpable".
He pasado un buen rato tratando de hacer lo mismo, incluso aunque es difícil ver qué podría tener que ver con la historia de Emmett Till. Soy un hombre blanco del Nordeste, no soy abogado ni detective ni activista; lo que es más, todo esto pasó una docena de años antes de mi nacimiento. Pero como le ocurrió también a mucha otra gente, la historia me fascinó desde el principio, cuando la oí como estudiante universitario de primer año en 1987, y nunca me dejó. Me empujó, tras obtener la licenciatura, a aceptar un trabajo en The Greenwood Commonwealth, un diario de Greenwood, Mississippi, a sólo 15 kilómetros de Money. Allá, me vi rodeado de gente que estaba realmente relacionada con el caso, de uno u otro modo: jurados, abogados de la defensa, testigos, el hombre que poseía la despepitadora. Mi patrón, un hombre decente que era relativamente progresista cuando se trataba de asuntos de raza, me prohibió sin embargo entrevistarlos -incluso preguntar algo casualmente a algunos de ellos- durante el año que trabajé para él.
En 1995, cuando volví al Delta a realizar entrevistas y seguir una pista que se convertiría eventualmente en un libro sobre Mississippi, aproveché la oportunidad para tratar de hablar con la gente que no pude entrevistar cuando vivía allá. Desafortunadamente, muchos de ellos habían muerto, incluyendo a Roy Briant (J.W. Milam murió en 1980). Después de algo de trabajo de detective, logré localizar a Carolyn Bryant, sólo para que un hombre que se presentó como su hijo me dijera que me mataría si trataba de contactar a su madre. Me reí ruidosamente en el teléfono, más por sorpresa que por lo divertido. "No estoy bromeando", dijo, y sonaba sorprendido de sí mismo. "En serio, ¡no estoy bromeando!"
Sin embargo, había otros que estaban dispuestos a hablar, se mostraban incluso solícitos sobre el asunto, lo que me sorprendió, porque eran hombres que rara vez habían sido interrogados sobre el caso. Es que yo no estaba interesado en hablar con los primos de Till y otros miembros de la comunidad negra local, la gente que había estado con él en la tienda, que habían presenciado u oído sobre su secuestro y temían que pudieran ser los próximos. Esa gente ha sido entrevistada varias veces; yo sabía lo que ellos tenían que decir, los comprendía, sentía empatía con ellos. La gente a la que quería entrevistar era la que me era antipática, la que yo no entendía. Quería sentarme a hablar con los hombres que fueron cómplices en lo que considero el segundo homicidio de Emmett Kill -los abogados que defendieron a sus asesinos en tribunales y el jurado que los absolvió. Yo quería preguntar: ¿Cómo pudieron hacerlo? ¿Y cómo han vivido con ellos durante los últimos 40 años?

El Chico
Ray Tribble es fácil de distinguir en las fotografías e imágenes de películas del juicio: los 11 jurados son hombres de edad mediana o mayores, Tribble es un hirsuto veinteañero. Más tarde se convirtió en un hombre rico, en un latifundista, presidente del Consejo de Supervisores del Condado de Leflore. Toda vez que se mencionaba su nombre -que ocurría a menudo, al menos mientras vivió en Greenwood-, se lo hacía con gran respeto. Viví en la ciudad durante seis meses antes de enterarme de que había sido uno de los jurados de Emmett Till.
Seis años después, llamé a Tribble para preguntarle si hablaría conmigo sobre el juicio. No quería, dijo, pero igual me recibiría si lo visitaba en su casa. Podría aceptar hablar sobre el tema, tanto como que no, pero de cualquier modo, no se sentía cómodo con que llevara una grabadora o incluso un cuaderno de apuntes.
Tribble vivía en el campo, a unos 8 kilómetros del desmoronado edificio que fue una vez el Supermercado Bryant. Me recibió en el jardín y me condujo dentro, donde hablamos un buen rato sobre todo, parecía, excepto del motivo que me había llevado allí. Luego, recuerdo, le dijo repentinamente: "¿Quieres saber más sobre ese asunto, no?" Claro que quería.
Sospechó primero que no sería simplemente un juicio más, dijo, cuando empezaron a aparecer los periodistas; luego los camiones de los equipos de televisión atascaron la plaza, y el jurado se aisló en los altos de un hotel de la localidad. Recordó que un miembro logró introducir una radio, de modo que pudieran escuchar la transmisión de una pelea de boxeo profesional. Y luego, sin ningún énfasis, agregó: "Uno de ellos quería colgar al jurado". Un jurado, dijo -no él, sino otro hombre- había votado dos veces a favor de una condena, antes de rendirse y unirse a la mayoría.
Me asombró. Había oído siempre, y creído, que la breve deliberación del jurado había sido una mera formalidad. Esta noticia me obligó a reconocer tardíamente una epifanía básica: el jurado de Emmet Till no era una máquina, un instrumento del racismo y la segregación, una fuerza de la historia. Era como cualquier otro jurado: un cuerpo compuesto por 12 individuos. Aparentemente, uno de ellos se había mostrado reluctante a cometer un acto que la historia ha juzgado, desde entonces, inevitable.
Tribble me dijo que no podía recordar qué jurado era, pero lo dijo de un modo que me hizo preguntarme si realmente no recordaba o no quería decírmelo. Le mencioné algunos nombres, pero no quiso ni confirmarlos ni negarlos, y temiendo que así la conversación llegara pronto a su fin, cambié de tema y le pregunté lo que había querido preguntarle hace seis años: ¿Por qué votó la absolución?
Dijo, simplemente, que había aceptado el argumento central del equipo de la defensa: que el cuerpo sacado del río Tallahatchie no era el de Emmett Till -el que, dijeron, estaba vivo y escondiéndose en Chicago o Detroit o en algún lugar en el norte-, sino otra persona, un cuerpo dejado ahí por la NAACP [Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color] con el propósito expreso de provocar un tornado racial que desgarraría Sumner y todo el Mississippi y todo el resto del Sur.
Ray Tribble no era estúpido. Era un hombre agudo y mesurado que había trabajado duro y prosperado para él y su comunidad. ¿Cómo -le pregunté- pudo creer un argumento semejante? ¿No había la madre misma de Emmett Till identificado el cuerpo de su hijo? ¿No llevaba el cuerpo un anillo con las iniciales de LT, Louis Till, el padre muerto del niño?
Tribble me miró seriamente. Ese cuerpo, me dijo, su voz asumiendo un tono didáctico, "tenía pelos en el pecho". Y como sabe todo el mundo, continuó, a los "negros no les crece pelo en el pecho sino a los 30".

Uno de Cinco
En 1955, Joseph Wilson Kellum era abogado en Sumner, Mississippi. En 1995 todavía era abogado en Sumner, y todavía practica en el mismo despacho, al otro lado de la calle frente al tribunal donde Bryant y Milam fueron juzgados y absueltos. J.W. Kellum era su abogado defensor.
En realidad, fue uno de cinco; se dice que los acusados contrataron a todos los abogados de Sumner para que el estado no pudiera nombrar a ninguno de ellos como fiscales especiales del caso. Kellum hizo dos declaraciones finales de la defensa, durante las que dijo a los jurados que eran "los custodios absolutos de la civilización estadounidense" y les imploró: "Quiero deciros que donde brilla el sol de Dios es la tierra de los libres y el hogar de los valientes y si no liberáis a estos chicos vuestros ancestros se revolcarán en sus tumbas"
Kellum era entonces dependiente de supermercado de 28 años, que no había asistido nunca a la universidad cuando, en 1939, rindió el examen de abogacía del estado, lo aprobó y empezó inmediatamente un bufete de abogacía solo. Durante más de 50 años su despacho fue sencillo, una estructura de cemento acolchado rebosante de desordenadas pilas de libros y expedientes y papeles, poco notable excepto por su proximidad al tribunal. Hablamos ahí durante 90 minutos, y nunca se puso a la defensiva ni se negó a responder una pregunta. Al principio, me dijo, había considerado la defensa de Bryant y Milam como "simplemente otro caso". ¿Les preguntó alguna vez si ellos habían asesinado a Emmett Till?
"Sí", dijo, "y ellos negaron que lo hubieran hecho".
Le pregunté si les había creído. "Sí, les creí", replicó, "tal como haría ahora si estuviera interrogando a un cliente. No tengo motivos para pensar que me está mintiendo".
Cité su declaración sobre los ancestros de los jurados revolviéndose en sus tumbas si los acusados eran declarados culpables. ¿Qué quiso decir? "Posiblemente sus ancestros no habrían condenado a ningún blanco por matar a un negro", explicó. Le pregunté a Kellum si tenía algún escrúpulo por apelar a las actitudes raciales de ese modo. "No, no en esa época", replicó.
"¿Usted pensaba lo mismo en esa época?", le pregunté.
"No ahora", dijo. Me habló sobre un niño vietnamita que ayudó en 1975, después de la caída de Saigón. Le volví a preguntar. "Dilo de esta manera", dijo. "No creía que se justificara matara a alguien, independientemente de su color. No pensaba que un individuo blanco tuviera el derecho de matar a un individuo negro como si fuera un perro".
¿Cómo -entonces- pudo haber implorado tan apasionadamente al jurado, en su alegato final, que decidiera de un modo que invalidara esos valores? "Estaba tratando de decir algo que entendiera -en lo que usted estaría de acuerdo conmigo, ve usted. Porque yo estaba contratado para defender a esos tipos. Y los iba a defender como pudiera dentro de la ley. Esas declaraciones no eran -no recibí ninguna amonestación del juez en absoluto".
"¿Así que usted lo veía como parte de su trabajo?"
"Parte de mi día de trabajo", dijo.
¿Creía ahora que Bryant y Milam habían, de hecho, asesinado a Till?
"Tendría que haber visto algo', dijo. "Pero me dijeron que no habían sido ellos. Dijeron a los otros abogados que no habían sido ellos. No vi nada que fuera una admisión de culpabilidad de su parte".
Si esa declaración fuera verdad, lo convertiría posiblemente en el único hombre vivo en la época que no había leído ni oído al menos sobre el artículo de Huie en Look. Pero no lo presioné, no le dije que era un mentiroso. Lo extraño es, en mis recuerdos, que yo había presionado siempre duramente a J.W. Kellum, quizás demasiado severamente; durante 10 años me sentí un poco culpable sobre lo afiladas que habían sido mis difíciles preguntas para un más bien genial octogenario que me había invitado gentilmente a su despacho y ofrecido tanto tiempo como quise. Hoy, sin embargo, cuando leo la transcripción de esa conversación, no puedo dejar de sentir que fui demasiado blando con él. Supongo que todos nos acomodamos con el pasado.

El Aristócrata
No se conoce ampliamente, pero poco después de ser absueltos, Roy Bryant y J.W. Milan sufrieron una serie de reveses. La familia poseía una serie de pequeñas tiendas en el Delta; casi todos sus clientes eran negros, y la mayoría de ellos la boicotearon, por lo que pronto cerraron. Los bancos locales, con una excepción, se negaron a prestar dinero a Milam, que era también granjero, para ayudarle a plantar y cosechar. La excepción fue el pequeño Bank of Webb; Huie especuló que el banco llegó al rescate de Milam debido a que John Wallace Whitten Jr., otro miembro del equipo de la defensa, era miembro del comité de préstamos. De acuerdo a Huie (que más tarde pagó a los hermanos por los derechos cinematográficos de sus historias), fue Whitten quien coordinó la entrevista de Look, que se hizo en el pequeño bufete de Whitten. Cuarenta años después, Whitten se sentó en el mismo despacho a conversar sobre el juicio conmigo.
Whitten fue el improbable salvador de dos hombres como esos. El vástago de una de las familias más viejas y prominentes del área, estudió leyes en la Universidad Estatal de Mississippi. Tras graduarse, se embarcó a Europa, donde ascendió al grado de capitán y fue galardonado con una Medalla de Bronce. Cuando volvió a casa, J.J. Breland, el abogado de la ciudad, le ofreció a Whitten una posición en su bufete. Tal era la estatura del nombre de Whitten que Breland, que era 30 años mayor que Whitten, cambió inmediatamente el nombre de su firma a Breland y Whitten.
Whitten tenía 76 y sufría de Parkinson cuando nos encontramos en 1995 y aunque él todavía ejercía, tenía a menudo problemas para darse a entender. A pesar de eso -y del hecho de que, como me dijo más tarde, su esposa le había "montado un pollo" por acceder a hablar conmigo-, fue un anfitrión cortés y abierto, y como Kellum, nunca se puso a la defensiva ni se negó a responder una pregunta.
Una de sus responsabilidades antes del juicio, me dijo, era viajar a Greenwood y encontrarse con el doctor L.B. Otken, que examinó el cadáver después de que hubiera sido rescatado del río Tallahatchie. Okten, recordó, le había dicho: "Este cuerpo no es el joven que andamos buscando". ¿Lo creyó realmente? "Sí, entonces le creí", dijo Whitten. "Me convenció". ¿Ha cambiado de opinión después? "Oh, sí", dijo. "Creo que es el cuerpo de Till".
Yo aprecié su ingenuidad, e incluso sospeché que era un poco incompleta. O quizás Whitten estaba simplemente escogiendo sus palabras muy cuidadosamente; cuando dijo "Si, entonces le creí", la interpretación natural es, "debo haberle creído, pues de otro modo no habría hecho lo que hice". Pero dudo mucho que un hombre como John Whitten haya creído algo tan dudoso en esa época; creo que él y el resto de la defensa no estaban realmente tratando de convencer a nadie con este argumento, sino que lo presentaban como un medio plausible de negación de responsabilidad en caso de que alguien pusiera en duda su decisión en el futuro. Y ahora, como J.W. Kellum, parecía participar de un cierto revisionismo histórico.
Y se aferró a ello, incluso cuando le leí el informe de su argumento final, que fue publicado en el Greenwood Commonwealth el 23 de septiembre de 1955:

"Hay gente en Estados Unidos que quiere destruir el modo de vida de la gente sureña... Hay gente... que cometerá cualquier crimen para ampliar la brecha entre los blancos y la gente de color de Estados Unidos. Ellos han colocado en el río un cuerpo podrido y maloliente con la esperanza de que lo identificáramos como Emmett Till.

Le pregunté si realmente creía en las cosas que dijo entonces. Dijo que sí, y luego me sorprendió, cuando agregó: "Y supongo que todavía lo creo. Yo creo que había personas que podían sacar beneficio de los hechos".
Whitten reveló algo más sobre sí mismo: sus clientes pueden haberlo contratado debido a su viejo nombre en el Delta, pero lo que consiguieron a cambio fue un abogado inteligente que quería ganar y sabía cómo hacerlo. "Ese es uno de los beneficios del alegato cuando la fiscalía sólo tiene una acusación basada en circunstancias", dijo. "Si es solamente circunstancial, puedes alegar tus propias circunstancias, y si te creen, ganas".
Le pregunté si creía que el jurado había dictado un veredicto correcto. "En las circunstancias, no sé si la palabra correcto sería la más apropiada", me dijo. "Pero creo que era defendible". ¿Pero ha llegado desde entonces a creer que los acusados eran inocentes? "Espero que sí". "Si tuviera que decirlo -si tuviera que decir lo que creía, es que ese cuerpo era el de Till y que fue echado al río. Esa gente lo hizo o al menos lo sabía".
Toqué el tema de que él ayudó a Milam a obtener un préstamo -el que, como Whitten, era veterano de la Segunda Guerra Mundial y, además, altamente galardonado- después del juicio. Huie había citado a Whitten diciendo: "Sí, lo ayudé. Era un buen soldado. En un campo minado en la noche, cuando otros hombres estaban huyendo y te dejan para que hagas el trabajo sucio, J.W. William estaba a tu lado. Cuando un hombre como ese se acerca a ti porque sus hijos pasan hambre, tú no le rechazas".
"¿Creía usted realmente que era un hombre bueno?", pregunté.
"Sí, lo creía. Ahora, no voy a decir que él fuera un hombre al que a uno le gustaría ver todos los días, pero creía que era honesto. Yo creía eso -que era alguien en quien se podía confiar en algunas cosas y cuidaba de su familia. Nunca pensé de otra manera".
"Entonces, ¿cómo es posible que haya hecho eso?"
Guardó silencio durante unos instantes. "No sé", dijo.
Le pregunté si no creía que había una contradicción: ¿cómo podía creer al mismo tiempo que Milam fuera un buen hombre y también un asesino? "Bueno, no es sobre esas cosas que se juzga a alguien", dijo. "No sé si eso significa que era un buen hombre o no. No puedo -estoy seguro de que habría decidido otra cosa, pero no lo puedo despreciar en todo porque cometió un error -un feo error, pero todavía están sus hijos- y aunque lo haya cometido tiene derecho a trabajar y a alimentar a sus hijos".
Ahora claramente se sentía incómodo, y yo podía ver que no era solamente con este interrogatorio; su incomodidad, sospeché, reflejaba el modo en que se había sentido hace 40 años, cuando fue llamado para defender a un tipo de hombres con los que no se asociaba, hombres que habían cometido un crimen que pensaba que era escabroso, para decir lo menos. La gente con los orígenes de John Whitten, su clase, no hacía esas cosas, ni apoyaba a los que las hacían. Y sin embargo, al matar a Emmett Till, Milam y Bryant había provocado la ira del mundo exterior, no sólo por ellos y sus crímenes, sino por su estado y su región y nada menos que todo el modo de vida del Sur. Y John Whitten, como uno de los principales beneficiarios de ese modo de vida, había sido llamado a defenderlo, defendiéndolos a ellos.
A ese peso se debe haber agregado el conocimiento de que, en el proceso, se había transformado en algo así como el portavoz de la resistencia blanca: su súplica final al jurado fue la declaración más notoria de todo el proceso. "Estoy seguro", dijo Whitten a los jurados, de que "todos los anglosajones del jurado tendrán el coraje de dejar en libertad a estos hombres".
"¿Por qué anglosajones?", le pregunté.
Al principio dijo algo sobre que los anglosajones tenían la "reputación de ser más severos con la gente que se sale de la fila", pero lo dejó rápidamente de lado y explicó: "Si dice ‘anglosajón', el jurado entendería de lo que estabas hablando. Estás hablando sobre un hombre blanco". Y agregó, haciendo una referencia directa a otro juicio en ese mismo momento que también había polarizado al país: "Supongo que puedes decir que utilicé la carta de la raza".
Y pensé en ese momento, justo entonces, lo mucho que la defensa de O.J. Simpson debía a la defensa de Roy Bryant y J.W. Milam y lo poco que, en algunos modos, ha cambiado el país en los últimos 40 años. El tema de la raza era todavía tan poderoso que podía oscurecer las evidencias y secuestrar a un jurado, incluso si el caso entre manos no era más que un asesinato brutal y salvaje. Encontré interesante que Whitten hiciera esa relación; me pregunté si alguien en esa sala de tribunal de Los Angeles lo había hecho.

El Predicador
A veces, cuando te propones buscar respuestas a lo que crees que son preguntas simples, al final terminas con más preguntas, preguntas que no tienen nada de simples. Eso fue lo que me ocurrió durante esas cuatro conversaciones. Especialmente la última.
Howard Armstrong. En 1996 era, aparte de Ray Tribble, el único otro jurado vivo. En 1955, era un veterano de la Segunda Guerra Mundial de 36 años, como John Whitten, y estaba viviendo en Enid, en la parte norte del condado de Tallahatchie. Dijo que la mayoría de los otros jurados eran de otros lugares del país, y no los conocía. Lo conocían por su reputación: era un ministro laico, un líder de los diáconos de la Iglesia Bautista de Mount Pisgah. Sería ordenado pocos años después, y serviría como pastor en varias congregaciones durante los próximos 35 años, y finalmente se retiró a los 75, un año antes de nuestro encuentro.
Como con los demás, primero hablé con Armstrong por teléfono y me invitó a visitarlo y lo visité -aunque, como Ray Triblle, no estaba seguro de si quería hablar sobre el juicio. Nadie, me dijo, había tratado de entrevistarlo alguna vez sobre el asunto. "Y no mucha gente sabe que estuve en ese jurado", dijo.
Estaba viviendo con su esposa, Janie, 35, en una ordenada y pequeña casa en una elevación junto a un camino de tierra. En 1955, él era un granjero que llegaba a fin de mes trabajando en la noche en una fábrica de estufas y aire acondicionado en Grenada, Mississippi, a unos 50 kilómetros. La primera vez que se enteró del asesinato de Emmett Till, fue cuando recibió la citación a presentarse. "No tenía tiempo de escuchar las noticias", explicó, "porque trabajaba de noche en la fábrica y de día en el campo".
Le pregunté cómo se había sentido de ser citado. "Realmente, honestamente", me dijo, "no lo recuerdo. Supongo que me sentí como me habría sentido de todos modos al verme citado. No andaba loco por participar en uno... Necesitaba trabajar y preocuparme de la granja". Cuando le presioné que me contara lo que recordaba, respondió: "No quiero tratar este asunto. Quiero dejarlo aquí -es mejor dejar las cosas como están".
"Él nunca habló demasiado sobre eso", explicó su esposa, que estaba sentada junto a él.

Richard Rubin es autor de 'Confederacy of Silence: A True Tale of the New Old South'. Actualmente escribe un libro sobre la Primera Guerra Mundial.

20 de septiembre de 2005
31 de julio de 2005
©new york times
©traducción mQh


teoría del amor asistido


[Gina Bellafante] Ideas sobre la seducción con un toque americano en el sudeste asiático.
Un sábado de julio, a la diez de la mañana, pocas semanas después de terminar su residencia médica en la Universidad de Brown, Ronak Shah se casó con Kunal Patel, también doctora, en una unión que se realizó según el ritual nupcial hindú.
El doctor Shah llegó a Hanover Marriott en Whippanu, Nueva Jersey, a caballo y en carruaje. Llevaba un tradicional sherwani. Y saludó, ante todos los demás, a la madre de su novia con un gesto que realzaba la importancia de la ingeniería parental en el matrimonio indio.

Pero para Shah y la doctora Patel, ambos de 28, y miles de jóvenes indios criados en Estados Unidos, esa ingeniería está cambiando. La venerable tradición sudasiática de los matrimonios convenidos está sufriendo una reinvención americana. La madre y padre de Patel tuvieron algo que ver en la elección de su hija. Tomaron contacto con amigos, primos y primos de los primos para pedir sugerencias sobre con quién la podrían casar. Pero Patel era libre de rechazarlos a todos.
Durante la cena con Shah -su noveno pretendiente- ella finalmente empezó un cortejo que estaba alimentado tanto por atracción física como por intereses familiares. Su matrimonio, como lo llaman algunos jóvenes indios, era "convenido con amor".
Hace menos de una década, la decisión sobre con quién casarse de una mujer del sudeste asiático aquí era todavía a menudo dejada a discreción de los padres, a pesar de la preferencia de la novia prospectiva individual por los dentistas altos y los artistas contemplativos. Pero hace poco, los matrimonio convenidos han evolucionado hacia una nueva cultura de lo que podría llamarse matrimonio ‘asistido', en el que los padres tienen la libertad de preparar lo que quieran -permitiendo que sus hijos e hijas elijan entre nominados checados en cuanto a su castidad, linaje y geografía, entre otras medidas- y dan a los hijos poder de veto.
Esta gente joven puede haber crecido en el Estados Unidos de ‘Hechizo de Luna' [Moonstruck] y ‘Dawson Crece'‘ [Dawson's Creek], pero en muchos casos no han aceptado completamente el modelo occidental del vínculo romántico. En realidad, parte del ímpetu de los matrimonios asistidos proviene de los jóvenes mismos -hombres y mujeres que han atrasado su matrimonio hasta los treinta, dijo Ayesha Hakki, editor de Bibi, una revista de modas y nupcias sud-asiática con sede en Nueva Jersey.
"Ha habido un notable desarrollo", dijo Hakki, mencionando el ejemplo de un conocido que, después de salir con chicas por su cuenta, se volvió a sus padres en busca de asesoría.
Como dijo Madhulika Khandewel, un historiador que ha estudiado a los indios aquí, "los jóvenes no quieren tomar solos decisiones individuales".
La unión Patel-Shah fue instigada por un encuentro fortuito hace dos años entre la madre de Shah y la doctora Patel en el Famous Pizza, un restaurante en Queens preferido por inmigrantes indios. Amigos de la ciudad de Nadiad en India, no se habían visto en 30 años. Su conversación giró sobre el tema de sus hijos solteros.
En gran parte, dijo Khandelwal, la transición de los matrimonios convenidos formalmente refleja cambios sociales en India misma, donde el matrimonio asistido es ahora común entre la clase media urbana profesional. Eso es porque, dijo, hay menos estructuras de ayuda de la familia extendida y más mujeres se inscriben en la educación superior.
El propósito del matrimonio asistido es no simplemente conservar la identidad cultural india, sino más precisamente mantener las identidades de clase, religiosas y regionales en un lugar donde podrían desvanecerse fácilmente, dicen los que han estudiado la diáspora india. Cuando Mona Mahajan, un reciente graduado de la Harvard Business School de Nueva Jersey, se casó con un indio que conoció por su cuenta, fue la primera de cinco generaciones de su familia que no se casó con un punjabi.
El matrimonio asistido y convenido deja a los indios con la tasa más baja de matrimonios interétnicos de todos los principales grupos de inmigrantes de Estados Unidos. Entre hombres y mujeres entre los 20 y 30 del sudeste asiático, la inmensa mayoría de los cuales han nacido en el extranjero, menos del 10 por ciento se casa fuera de su grupo étnico, de acuerdo a un análisis del Censo de la Comunidad Americana de 2003 realizado para este artículo. "Al principio yo estaba contra todo esto", dijo Patel sobre este nuevo enfoque. "Cuando creces aquí, se supone que te tienes que enamorar, pero cuando te enteras de que todo el mundo hace citas a ciegas, no suena tan raro".
Entre los padres indios aquí inclinados más tradicionalmente, muchos empiezan a buscar maridos cuando sus hijas tienen 22 o 23, pero la búsqueda puede ser prevenida si la mujer quiere sacar un título universitario, dicen mujeres indias. Los hombres empiezan a buscar esposa con la ayuda de sus familias a los 26; en familias más liberales, los hijos a menudo se casan con personas que han conocido independientemente.
Antes de cualquier encuentro las familias intercambian todos los ‘datos biográficos' importantes, el término usado para una carpeta con la descripción del novio o novia potencial.
El acercamiento a hábitos más tradicionales se observa en otras cosas. Las bodas son a menudo complicadas y duran hasta tres o cuatro días. A menudo las familias de los prometidos consultan con un astrólogo que fija la ceremonia nupcial de acuerdo a las estrellas. Cuando Anamika Tavathia, 24, se comprometió con un joven indio al que había conocido en la universidad, su familia la visitó para pedir la mano a su nombre y el sacerdote determinó que se casarían el 26 de junio de este año entre las 10:30 y las 11 de la mañana.
Se espera que este otoño sea una temporada matrimonial especialmente ajetreada en las comunidades indias, porque muchas parejas pospusieron la boda el año pasado, cuando se consideró que muchos días eran pocos propicios.
La Royal Albert Palace, una firma de catering de cinco años de antigüedad de Woodbridge, Nueva Jersey, se ha convertido en el centro de las bodas indias, y fue ahí, en una boda el mes pasado, que las dos jóvenes platicaron sobre el matrimonio asistido.
"Los padres de mi papá no se vieron uno al otro sino el día que se casaron", dijo Kesha Patel, 25, que llegó niña a Estados Unidos y está buscando a alguien, con la ayuda de su familia. "Así que cuando pienso sobre eso, estoy agradecida del sistema que tenemos".
Kesha Patel ha hecho viajes a India para conocer a parejas prospectivas, y su familia ha preparado allá sus encuentros con los candidatos.
"A veces los datos biográficos se ven estupendos, pero cuando encuentras a la persona es una decepción", dijo. "Mis padres no lo entienden, dirán ‘pero sí es de una buena familia, es médico, es médico, es médico'. Y yo les diré: ‘Pero es chico'".
Alejarse de los padres es anatema en la cultura india, y la mayoría de la gente joven
lo quiere evitar a través del matrimonio. Hace cuatro años, Preet Singh, 28, profesor en Chicago, se enamoró de una mujer siete años mayor y no sikh. Esperaba casarse con ella y vivir con sus padres.
"Mi madre había aceptado el matrimonio, pero no viviría con nosotros", dijo. "Fue uno de los rompimientos más desagradables, porque esa persona me ayudó a convertirme en hombre". No hace mucho tiempo, las hermanas de Sing publicaron su retrato en un sitio matrimonial en internet, y se casará con él este otoño.
Parte del disgusto de sus padres con la relación previa era el hecho simplemente de que estaba saliendo a citas. Aunque una encuesta de la revista Bibi realizada hace tres años reveló que la mayoría de los hombres y mujeres casadas habían tenido sexo antes del matrimonio, salir a citas, como dijo Singh, "no existe en nuestra cultura". Esta visión incita a los padres a presionar a los hijos para solucionar la cuestión del matrimonio cuanto antes.
Los padres de Leena Singh esperaron hasta los 25 y después de sacado su licenciatura en matemáticas y una maestría, para buscarle un marido. Finalmente el padre de Singh encontró a alguien de su agrado, Sanjeev Tavathia, un joven estudiante de ingeniería en Iowa. Se reunieron en compañía de parientes, luego salieron solos. De vuelta en San Diego, donde ella vivía con sus padres, ella llamó a Tavathia y le dijo que estaba dispuesta a casarse. Él dijo que él estaba 90 por ciento seguro. Se casaron varios meses después.
"Desde el principio sentí que había atracción física", dijo Singh, "pero tomó años desarrollar un vínculo maduro, y creo que eso se puede llamar amor".
A pesar de sus orígenes pragmáticos, el matrimonio asistido es comentado entre jóvenes indios en términos altamente románticos -implícito en él está la idea cinematográfica de que la atracción espontánea puede resultar en una eternidad pasada juntos.
La hermana casada de Kesha Petal se casó con un hombre que le presentaron sus tías. Decidió casarse con él varios días después de conocerse. "Un montón de mis amigos", dijo Kesha Petal, los ojos brillantes, "dicen que lo sabes de inmediato".

20 de septiembre de 2005
23 de agosto de 2005
©new york times
©traducción mQh

espía sale de escondite


[Robin Wright] El mes pasado, Henry ‘Hank' Crumpton, el venerado jefe de operaciones encubiertas de la CIA salió formalmente del anonimato.
Crumpton adquirió una fama casi mítica después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 -siempre anónimamente. Él es el misterioso ‘Henry' en el informe de la comisión 11 de Septiembre, que observa que él presionó persistentemente a la CIA a que hiciera algo más en Afganistán antes de los sensacionales ataques de Osama bin Laden. Dos de sus propuestas claves para localizar a los jefes de al Qaeda fueron rechazadas.
Instalado como jefe de la campaña afgana de la CIA después de los atentados, Crumpton es ‘Hank' en los libros de Gary C. Schroen, ‘First In: An Insider's Account of How the CIA Spearheaded the War on Terror in Afghanistan' y de Bob Woodward, ‘Bush at War'. Ambos libros narran cómo Crumpton diseñó una estrategia en la que trabajaron juntos equipos de elite de la inteligencia y oficiales militares con la oposición afgana para expulsar a los talibanes. El novedoso e inicialmente controvertido método enfatizaba costes humanos y materiales mínimos - evitaba el tipo de prolongada guerra terrestre que perdió la Unión Soviética.
También cambió el modo en que Estados Unidos lucha contra el terrorismo.
"Hank fue un operativo severo, centrado y valiente, y un excelente organizador. Su trabajo era invalorable", dijo el general Tommy Franks, ahora retirado, que estaba a cargo del Comando Central durante la guerra afgana y la invasión inicial de Iraq.
John E. McLaughlin, ex director suplente de la CIA ahora en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad de John Hopkins, agregó: "Es un verdadero héroe americano".
Ahora, después de casi un cuarto de siglo como espía o jefe de estación en al menos cuatro continentes, Crumpton ha emergido de sus trabajos encubiertos para encargarse del trabajo de Coordinador de Antiterrorismo del ministerio de Asuntos Exteriores -con el rango muy público de embajador.
La decisión sorprendió a sus colegas. Crumpton dice que quiso ser espía desde que era niño, cuando escribió por primera vez a la CIA. "Y ellos respondieron -en papel con membrete. En una pequeña comunidad rural en Georgia, recibir una carta de la CIA era algo fenomenal", reflexionó en su primera entrevista desde que asumiera el cargo.
Después de incorporarse a la agencia en 1981, Crumpton hincó sus dientes en Liberia durante su desintegración en guerras tribales. "Fue un buen lugar para empezar, moviéndome en el caos y tratando de entender las diferentes tensiones políticas y tribales", dijo, observando que aprendió más de los insurgentes africanos que de su adiestramiento inicial en casa. "Esa gente trabajaba con nada", dijo.
Desde entonces la mayor parte de su trabajo es todavía secreto, aunque Crumpton estuvo profundamente involucrado en la investigación de los atentados de al Qaeda en 1998 contra las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania, así como en el atentado en 2000 contra el buque de guerra USS Cole en aguas de Yemen, dicen sus colegas.
Se ha especializado en zonas álgidas -y buscaba operativos con aptitudes similares. Cuando se encargó de la operación afgana, Crumpton colgó un letrero en la puerta de su oficina una frase prestada del desaventurado explorador de la Antártica, Ernest Shackleton: "Buscábamos agentes para misiones peligrosas. Con salarios bajos. En climas gélidos. Con largos meses de completa oscuridad. El retorno a salvo siempre incierto".
Crumpton, nacido en Georgia y de voz suave, puede engañar con sus maneras, dicen sus amigos y colegas. "Hay un centelleo en sus ojos, y es un... diablos, es un tipo duro, pero es un buen agente de inteligencia", dijo James Pavitt, ex subdirector de operaciones, el brazo encubierto de la CIA. "No tenía miedo de mirar a la gente en los ojos y decirles que estaban equivocados. Esa era su punto fuerte. Y ese es el tipo de cosas que empezaron a lograr resultados" después de los atentados del 11 de septiembre.
Sus colegas recuerdan cómo Crumpton se agachaba como un jefe de grupo entre el presidente Bush y el vice-presidente Cheney, a examinar mapas, para explicar lo que la CIA estaba haciendo en Afganistán. "No se sentía atemorizado", dijo McLaughlin.
Después de Afganistán, Crumpton se enfocó cada vez más en cómo redefinir y hacer más eficiente el modo en que se coordinan unas con otras las agencias estadounidenses y cómo se integra la seguridad de Estados Unidos con el resto del mundo. Sus colegas dicen que Crumpton es implacable -a veces inflexible- cuando tiene una idea.
El nuevo libro de Jennifer E. Sims fue publicado después de un encuentro con Crumpton -en la Casa Internacional de Pancakes. "Es increíblemente directo", dijo Sims. "Me llamó diciéndome que me quería ver en la Casa Internacional de Pancakes de Arlington a las 7 de la mañana... Pensé que era raro, pero yo estaba en el norte de Arlington... Probablemente llegó 10 minutos antes que yo. Entré al restaurante y tuvimos una cháchara sobre esto y lo otro y le dije: ‘Así, ¿qué pasa?'"
"Me dijo: ‘Necesitamos hacer profundos cambios en la inteligencia, y lo que necesitamos es una nueva asociación con el pueblo americano...' Me dijo: ‘Necesito un vehículo', y me miró. Yo pensé: ‘Me está reclutando'", recordó Sims, que fue profesora de Crumpton en la Universidad John Hopkins cuando tomó un permiso para sacar su licenciatura. Ella le había puesto un diez. Crumpton, agregó, ha sido el único estudiante que la ha intimidado.
Ese encuentro inicial prosiguió en más sesiones, en varias casas internacionales de panqueques, cuando Crumpton era todavía un espía encubierto, mientras hacían una lista de personas para que contribuyeran a un libro. El resultado, publicado este mes, es ‘Transforming U.S. Intelligence', editado por Sims y el ex agente de operaciones de la CIA, el agente de operaciones de la CIA, Burton Gerber. Crumpton escribió dos capítulos: uno sobre el contraespionaje y la seguridad nacional, el otro con increíbles detalles históricos de la operación afgana.
Crumpton enfatiza cómo la exitosa estrategia en Afganistán incluía componentes económicos y sociales porque los afganos luchaban tanto por honor tribal como por objetivos geopolíticos. El jefe tribal que se alió con Estados Unidos fue recompensado con premios que cayeron del cielo dentro de 72 horas -en la forma de entregas por paracaídas de tiendas, medicina, ropas, Coranes, alimentos y juguetes.
"Normalmente el poder estadounidense se mide en términos de poder cinético, pero el poder de la empatía, honor, prestigio, esperanza e interés material puede complementar el poder crudo y producir una victoria más efectiva y más duradera", escribió.
Crumpton también ha llamado a descansar en fuerzas locales, citando el consejo que dio a sus jefes T.E. Lawrence -Lawrence de Arabia: "No trates de hacer demasiado con tus propias manos. Es mejor que lo hagan tolerablemente los árabes, a que lo hagas tú a la perfección... En realidad, en las extrañísimas condiciones de Arabia, tú trabajo práctico no será tan bueno como creas".
Crumpton, que ha recibido cuatro de las principales medallas de la CIA, fue originalmente llamado Henry Smith en el libro. Después de que aceptara la posición en el ministerio de Asuntos Exteriores aceptó el uso de su nombre verdadero -llevando al editor a insertar rápidamente pedacitos de papel con su verdadera identidad en las pruebas de impresión.
Sus colegas bromean que las casas de panqueques son una buena cobertura para Crumpton, que es un fan de la comida sana y los ejercicios -y prefiere el té al café. Las influencias más importantes en su modo de pensar, dijo, son Sun Tzu, el estrategia militar chino nacido en 500 antes de Cristo, que escribió ‘El arte de la guerra', y el historiador griego Tucídides, que escribió la crónica de la guerra entre Atenas y Esparta en el siglo 5 antes de Cristo.
El método de Crumpton de usar la inteligencia como una herramienta del antiterrorismo es una premisa del consejo de Sun Tzu: "El que es experto en el uso de la fuerza militar reduce a las fuerzas enemigas sin librar batalla", escribió.
A pesar del éxito de su plan en Afganistán, Estados Unidos no capturó a bin Laden durante el término de Crumpton. No le preocupa. Alejandro Magno nunca logró capturar al rey Darío de Persia. Sus propios hombres lo entregaron. Pershing nunca capturó a Pancho Villa", meditó. "Nosotros venceremos. No tengo ninguna duda".

12 de septiembre de 2005
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©traducción mQh


guardaespaldas de maneras


[Mireya Navarro] Clases de etiqueta no sólo para niños: Demasiadas horas ante el ordenador hacen olvidar las buenas maneras.
Los Angeles, Estados Unidos. J. R. Gowan, 36, dijo que nunca pensó en seguir clases de etiqueta. Fue idea de su hermana.
Se le ocurrió a Cameron Gowan después de haber salido con demasiados hombres que olvidadan abrir las puertas para ella, eran groseros con los camareros o -y esta fue la gota que colmó el vaso para ella- no se preocupaban lo suficiente de sí mismos como para ahorrarle el espectáculo de "dos pelos demasiado largos" brotando entre las cejas.

"Si tú mismo no te presentas bien -hablas correctamente, no tienes pelos locos-, no saldré una segunda vez contigo", dijo la señora Gowan, 33, una bibliotecaria de Washington. "Quería recordar a mi hermano cómo tratar a una mujer".
Gowan aceptó seguir clases con una especie de preparador de etiqueta personal, no porque fuera "un palurdo absoluto", sino porque era tímido. Pensó que mejores maneras le ayudarían con las mujeres y a vender sus guiones de ciencia ficción. ¿Y?
Es demasiado pronto para saberlo. "La gente no está diciendo: ‘¡Súper! Tus maneras han mejorado", dijo Gowan. "Pero ya no me quedo mirando mis pies. Y ciertamente inspiro más confianza".
Aunque no hay cifras fiables sobre el tema, la industria de la etiqueta (si este es el término apropiado) está gozando de una especie de renacimiento, si no un era neo-victoriana. Los instructores, muchos de ellos trabajando individualmente con clientes como "consultores de etiqueta", dicen todos que hay una creciente demanda de sus servicios.
El remonte, dicen, está siendo empujado no solamente por padres que quieren que sus hijos coman sin repeler a los invitados a cenar. También hay más adultos inscribiéndose en cursos de etiqueta. Es inclusive una asignatura en la educación superior; las universidades están ofreciendo cada vez más seminarios sobre maneras.
Las motivaciones son variadas. Algunos clientes creen que el refinamiento de sus habilidades sociales -cómo sostener un tenedor, entrar a una habitación, entablar conversación- les hará sentirse más seguros. Otros esperan que un poco de gracia social les de una ventaja en la competencia por trabajos y chicas, les ayude a sobresalir de entre los bárbaros.
Luego están los que ven el dominio de la etiqueta como otro paso en el infatigable esfuerzo por la superación de sí mismos. Una asistente de producción de cine de 35 años, que siguió cursos privados de buenas maneras en marzo para poder apuntalar su carrera, dijo que la decisión ya había demostrado ser buena. Antes que sentarse en el coche mientras su patrón almorzaba en el Beverly Hills Hotel, dice que ahora participa en los almuerzos de negocios con la confianza de un Donald Trump.
La productora, que habló a condición de conservar el anonimato -¿Qué dirían si se enteraran de que he pagado por mis maneras?"-, dijo que aspiraba a ser tan elegante como la actriz Grace Kelly y tan preparada como para hacerle compañía a la Reina de Inglaterra. Dijo que ahora su patrón la trata más como a un igual.
"Si piensas en todo el dinero que gastas en ropa y maquillaje, ¿por qué no seguir un curso de buenas maneras?", se preguntó.
En dos sesiones de dos horas, dijo la productora, aprendió a sentarse decentemente, cerrando los ángulos, de modo que tus rodillas no se abran" y a colocar las manos en su regazo.
"Estas técnicas producen confianza, esa confianza que dice que eres tan buena como cualquier otra", dijo. "Caminas con más plante. Inspiras respeto. Puedo beber mi té y sentirme cómoda y no tener esa persistente sensación de que no tienes nada que hacer aquí".
A juzgar por lo que dicen las decanas de las maneras, más gente quiere aprender maneras simplemente porque en muchos casos nadie les enseñó en casa. Peggy Post, biznieta política de Emily Post y portavoz del Emily Post Institute en Burlington, Vermont, dice que las vidas apresuradas impiden que muchos padres enseñen a sus hijos cómo comportarse. Y Dorothea Johnson, fundadora de la Escuela de Protocolo de Washington, en Maine, que ha formado a instructores de etiqueta desde 1988, menciona los ordenadores.
"Un montón de gente joven pasa demasiado tiempo ante el ordenador, y no tiene habilidad de interacción personal", dijo Johnson. "Las charlas triviales son verdaderos retos para ellos".
A juzgar por la investigación, los americanos ciertamente pueden usar el adiestramiento curativo. Sondeos nacionales concluyen normalmente que la mayoría de los encuestados ven a los estadounidenses cada vez más rudos y groseros. Conversaciones por móvil a todo pulmón, gramática deficiente en los e-mails y vendedores asombrosamente indiferentes son algunas de las cosas que más quejas provocan.
"Te sorprendería saber cuánta gente en un banquete bebe de tu vaso", dijo Kimberly Anderson, profesora de etiqueta en el condado de Orange, California.
Pero la creciente torpeza de la población ha inspirado otro tipo de contragolpe, creando un auge de los que reclaman que son capaces de curar el problema. Como los palurdos de ‘I Want to Be a Hilton', parece que gente de toda condición está tratando de ser, sino fabulosamente rica, al menos fabulosamente presentable. Programas como la Network-Etiquette de Illinpos y Etiquette Survival de California, que proporcionan elementos educativos a los interesados en empezar clases de maneras, informan sobre un aumento de las inscripciones en los últimos cinco años.
Muchos institutos y universidades están ofreciendo seminarios y talleres sobre el arte de cenar y otras amenidades de etiqueta de modo que los estudiantes puedan estar más presentables, y ser más competitivos, en el mercado laboral. El Colegio de Charleston en Carolina del Sur ofrece seminarios como ‘Primera Impresión' y ‘Power Etiquette'.
Y vendedores como Borders y Barnes & Noble informan de un aumento de las ventas de libros de etiqueta. Beth Bingham, portavoz de Borders, dijo que estaban "aumentando las ventas de dos dígitos en esa categoría" en los últimos dos años. Sharon Bosley, comprador en Barnes & Noble, dijo que los libros de etiqueta estaban reclamando más espacio.
"Ahora hay más libros de etiqueta porque hay nuevas áreas de etiqueta que deben ser tratadas", como el correo electrónico y las conversaciones por móvil, dijo Bosley en una reacción por correo electrónico.
"Es un fenómeno maravilloso", dijo Nancy Mitchell, que ha enseñado desde 2002 etiqueta social en la Universidad de George Washington y otras universidades en el área de Washington y ha trabajado como directora de eventos especiales y protocolo para la Biblioteca del Congreso durante más de 20 años. "Estamos cerrando el círculo de los años sesenta, cuando la gente ignoraba las reglas y disparaba al azar contra ellas y rechazaba la autoridad".
Mientras el interés adulto en clases de etiqueta parece estar creciendo, gran parte de la industria todavía gira en torno a los niños y adolescentes, y los padres que quieran tomarlas las pueden encontrar en escuelas, museos, hoteles y campamentos de verano.
Un balneario y bien administrado campamento de Pali Overnight Adventures cerca de Lake Arrowhead en California del Sur promete "maneras impecables" para niños de 12 a 16. Cuatro veces al años el programa "pequeño protocolo de etiqueta infantil" en el Hotel Bel-Air de Los Angeles enseña "el arte de las introducciones" y muestra cómo recibir mensajes y servir bebidas.
Muchos profesores de etiqueta dicen que su rol ha evolucionado para satisfacer las necesidades de los clientes socialmente inseguros que necesitan tanto asesoría como educación. Pero la mayoría de los profesores se apresuran a decir que no están capacitados para tratar problemas de conducta o padres de alquiler para niños y adolescentes revoltosos.
"Los padres están buscando a una especie de nana", dijo Anderson, la profesora del condado de Orange. "Yo publico una renuncia de responsabilidades: No estoy aquí para enseñarles a no escupir en un restaurante. Eso se empieza a aprender en casa".
Algunos padres recurren a profesores de etiqueta para educar a sus hijos durante períodos importantes de sus vidas. Donnu Gray, 36, dijo que se acercó a una profesora de etiqueta de Los Angeles, Amanda Wycoff, hace un año y medio cuando su hija tenía 11 y había cambiado de escuela. Ella estaba en la "fase mugrosa" y no le importaba demasiado su apariencia, dijo Gray, pero de algún modo Wycoff logró que empezara a peinarse, a construir un círculo de amigos y a ofrecerse voluntariamente para ayudar a los profesores.
"A veces se necesita otra persona que de el impulso", dijo Gray.
Ahora que su hija tiene 13, dijo Gray, planea consultar con Wycoff para acicalarse y mejorar sus habilidades sociales.
Wycoff, 27, que estudió con Etiquette-Networl, dijo que recibe unos ocho alumnos cada mes, la mitad de ellos adultos. Su negocio se ha cuadruplicado desde 2000, sin publicidad, dijo.
Un reciente jueves noche Wycoff estaba asesorando a Ariel Stromberg, 25 que trabaja como cuidador de niños con problemas de conducta. Stromberg dijo que él había invitado a Wycoff a su casa a insistencia de su hermano mayor, que pagó las lecciones. Inicialmente a la defensiva sobre la idea, dijo que preguntó a su hermano si había algún problema específico.
"Me dijo que me sonaba muy fuerte, y que parecía nervioso cuando entraba en una habitación", dijo Stromberg.
Wycoff, que también trabajó con Gowan, el guionista, empezó con un cuestionario que identificaba tipos de conducta fastidiosa, como estirarse las articulaciones o cambiar abruptamente de tema cuando no estás interesado en la conversación.
Stromberg quería saber cómo evitar vacíos en la conversación durante una cita y cómo decir no a los amigos que piden ayuda para las mudanzas.
Dos horas más tarde, después de que Wycoff le hubiera enseñado cómo estar de pie, sentarse y caminar de una manera conveniente según "las cinco reglas" de conducta -tranquilidad, calma, sosegado, confiado y controlado-, Stromberg dijo que esperaba ansioso la segunda lección.
"Si hubiera ocurrido en un período diferente de mi vida y alguien me hubiera dicho cómo sentarme, le habría dicho: ‘No me preocupa'", dijo. "Pero a los 25 te dices: ‘Ya no tengo 20. Quiero estar tranquilo y controlado. Quiero sobresalir".

12 de septiembre de 2005
14 de agosto de 2005
©new york times
©traducción mQh


dónde nació equiano


[Teresa Wiltz] En la biografía de un esclavo, la verdad contiene fragmentos de ficción.
Es un misterio literario. Es decir, un misterio que involucra a un hombre de letras que causó sensación en el año 89 -el año 89 del siglo 18. Los lectores británicos quedaron cautivados con su relato en primera persona sobre su secuestro y esclavitud a los 11 y su traslado forzoso desde Nigeria al Nuevo Mundo en un espantoso barco de esclavos.
La historia de Olaudah Equiano ha sido vista durante largo tiempo como el infame Middle Passage [el cruce de esclavos de África a las Américas], una de las primeras narrativas de esclavos, una versión que dio al naciente movimiento abolicionista una resonante autoridad moral.
Excepto que puede ser mentira.
Ahí yace el misterio: Debido si el hombre que escribió ‘The Interesting Narrative of the Life of Olaudah Equiano, or Gustavus Vassa, the African, Written by Himself'‘ [Narración de la vida de Olaudah Equiano, El Africano. Escrita por él mismo] no era africano, sino más bien un africano-americano nacido en Carolina del Sur -como sugiere Vincent Carretta, un investigador de la Universidad de Maryland-, entonces ¿quién era? ¿Dónde aprendió a hablar igbo con tanta fluidez? ¿Y cómo obtuvo esos dolorosos detalles sobre la vida a bordo de un barco de esclavos del siglo 18?
"Pronto el aire se hizo irrespirable, por una variedad de repugnantes olores, y causó una enfermedad entre los esclavos, de la que muchos murieron, cayendo así víctimas de la imprevisora avaricia, como se puede llamar, de sus compradores. Esta desgraciada situación se agravó pronto por el roce de las cadenas... Los chillidos de las mujeres, y los gemidos de los agonizantes, hacían del todo una escena de horror casi inconcebible".
También sobre esto hay controversias: Los hallazgos de Carretta, detallados en su biografía de Equiano, que llegará a librerías este próximo mes, ha provocado una tormenta de fuego en círculos académicos, especialmente entre los que han considerado a Equiano durante largo tiempo, sobre la autoridad de su autobiografía, el "Benjamín Franklin negro". (En realidad, desde que se publicara a Equiano por primera vez, Carretta alega que Franklin debería ser llamado el "Equiano blanco").
Nadie pone en discusión que Equiano fue un hombre hecho a sí mismo, erudita, intelectual, un esclavo que compró su libertad, se convirtió en marino, administró una plantación en América Central donde compró y vendió esclavos, cambió de opinión y se transformó en un abolicionista y, más tarde, cuando vivía en Inglaterra, hizo una casa de moneda con sus memorias, publicadas privadamente, dejando una fortuna a su hija británica mestiza.
Sin embargo, existe una importante disputa sobre el significado de dos documentos británicos descubiertos por Carretta: un acta bautismal de 1759 y una bitácora de un barco negrero en 1773, que mencionan ambos que el lugar de nacimiento de Equiano era Carolina del Sur.
"No pongo en duda la investigación de Carreta", dice Paul E. Lovejoy, catedrático de la historia de la diáspora africana en la Universidad de York, en Toronto, que está escribiendo un artículo sobre Equiano.
"Lo que discuto es la conclusión a la que llegó. Creo que hay una interpretación alternativa", una que no descarta un nacimiento africano, dice Lovejoy. El profesor observa que en los archivos a menudo se comenten errores: Durante la vida de Equiano, después de que sus enemigos pusieran en duda su autenticidad, uno de los testigos que respondió por su nacimiento en África fue su madrina -la misma persona que aparece en su acta bautismal afirmando sus orígenes en Carolina del Sur.
Dice Carretta: "Estos no son más que hechos".
Todo empezó hace unos 15 años, cuando Carretta, profesor de inglés en Maryland que había estado enamorado de Equiano durante largos años, desde que comenzara a enseñar su autobiografía a estudiantes universitarios, se subió a un avión con destino a Inglaterra y empezó la cacería. En la Abadía de Westminster, dio con documentos que arrojan sobre los inicios de Equiano una luz completamente inesperada.
"Nadie miró nunca los archivos navales", dice Carretta, sonando todavía algo sorprendido. "Nos dice el mes y año y lugar de su bautizo.
"Yo estaba en realidad conmocionado. Me dije: ‘No tiene sentido, no puede ser. ¿Qué voy a hacer con esto?"
Carretta decidió hacerse al agua. Editó una nueva versión de ‘The Interesting Narrative...' para Penguin en 1995 -y apuntó su hallazgo en una nota al pie de página. Nadie se dio cuenta.
Así que en 1999, sintiéndose algo más osado, publicó sus hallazgos en una revista de historia, Slavery and Abolition. Los lectores sí se dieron cuenta.
Algunos académicos de estudios afro-americanos vieron en los hallazgos de Carretta un intento de desacreditar a Equiano, de describirlo como un peón de los abolicionistas blancos.
En un congreso académico de 2003, los estudiosos debatieron sobre si las alegatos de Equiano sobre sus orígenes fueron "muy probablemente ejercicios retóricos", de acuerdo a la Chronicle of Higher Education, que fue la primera en reportar sobre la biografía de Carretta.
Carretta ve sus hallazgos como un desvío de su narrativa, un desvío intrigante, dice, pero no disminuye de ninguna manera la autoridad de Equiano.
"Nadie plantea dudas sobre Ben Franklin", dice Carretta, cuyo libro se titula ‘Equiano, the African: Biography of a Self-Made Man'.
"Nadie cree que la biografía de Franklin sea absolutamente la pura verdad. Todo el mundo selecciona, elabora, realza, borda. Esperamos que lo hagan. No hacerlo es asumir que una persona es un auto-dictáfono transparente, y que no puede moldear nada, que es todavía más humillante.
"Mi Equiano es un genio literario. El Equiano de otros es mucho más como un tipo de grabadora: Dice lo que dice".

11 de septiembre de 2005
©washington post
©traducción mQh

ligue con diploma


[Deborah Netburn] Peligro: artistas del ligue a 15 metros. Quizás no sepas nada de Neil Strauss, ni de su nuevo libro ‘The Game', pero es un héroe de los corazones solitarios.
A este le llamaremos Cupido, porque, con sus dorados rizos y cara de querubín de grandes ojos, parece decentemente manejable. Tiene 26, viene de licenciarse de las fuerzas armadas y a pesar de su aire de Abercrombie, tiende a apanicarse cuando habla con chicas. "Soy completamente introvertido", dice un viernes noche temprano.
Pero ahora es la madrugada del sábado y él está en el Saddle Ranch en el Sunset Strip. Vio a un hombre llamado Mystery hacer contacto con una guapa castaña con lápiz labial pálido y otro tipo hizo un "rebote", llevándose a la mujer menos vestida del bar de una parte del patio a otra.
Pero Cupido no se ha acercado a nadie en toda la noche, y ahora que los camareros están gritando a todo el mundo que es la hora del cierre, está preocupado de que quizás ya es demasiado tarde. Se vuelve hacia Neil Strass para pedirle consejos.
En el pasado Strauss era uno de los que se apanican con las mujeres. Luego se extra-compensó. Después de asistir a un seminario sobre el arte de la seducción en 2002, el ex columnista del New York Times y actual escritor de Rolling Stone, se ha obsesionado, incluso convertido en un adicto a una poco conocida comunidad de hombres, que se consideran a sí mismos artistas del ligue. Publican mensajes en los foros, ayuda en cursos de seducción, incluso fraguó el desaventurado plan de poner a vivir juntos a los mejores del ramo en la antigua mansión de Dean Martin encima del Hollywood Strip.
Hace la crónica de su ascenso (¿o descenso?) en este mundo en su nuevo libro ‘The Game: Penetrating the Secret Society of Pickup Artists' [El Juego: Infiltrando la Sociedad Secreta de Artistas del Ligue], que llegó este martes a librerías, encuadernado como una biblia. En él, Strauss describe con gráficos detalles su viaje personal que empieza con su terror de las mujeres y termina con su convicción de que puede seducir a cualquier mujer en un club, bar, cafetería o incluso ascensor. Es un hombre diminuto con la cabeza rapada y una angular barba de chivo, y aunque en persona parece cortés y agradable -nervioso y simpático y quizás un poquitín afectado (¿es la afectación que aprendió en el curso de seducción?)-, en el libro se ve perverso y depredador.
Pero es un héroe para los 11 hombres que se han inscrito, por 2.250 dólares, en el Mystery Method Bootcamp: un seminario intensivo de 40 horas en tres días, diseñado para ayudar a "hombres de toda condición conocer, atraer y construir relaciones con mujeres excepcionales de extraordinaria belleza y cualidades", de acuerdo al sitio en la red del seminario.
"Se supone que es uno de los mejores", dice Chongo, 30, diseñador de efectos especiales que asiste a su tercer seminario este fin de semana.
"¿Ves a esa chica con la blusa rosada?", pregunta Cupido a Strauss, que es conocido como Style en la rápidamente creciente comunidad de artistas del ligue y que apareció una vez en una película pornográfica mientras escribía por encargo las memorias de Jenna Jameson. "Creo que es, bueno, la chica más solicitada del lugar".
"Puedes haber perdido la oportunidad, porque ahora está con un tipo. Pero acércate y abórdala de todos modos. Es un objetivo doble", dice Strauss, en la jerga del ligue, refiriéndose a la cantidad de gente.
"¿Puede hacerlo... con las luces encendidas?", pregunta Cupido.
"Ni lo pienses siquiera; simplemente hazlo", dice Strauss. "Si no lo haces, lo lamentarás durante todo el fin de semana".
Strauss no tiene las mismas altas expectativas que Cupido. Después de todo, esta es la primera noche. El punto de la velada es que los estudiantes observen a los profesionales auto-proclamados en el campo y empiecen a dar sus primeros pasos en el mundo de la seducción, empezando conversaciones con mujeres.
"La primera noche que salimos, los estudiantes arremeterán y se quemarán porque todavía no saben cómo hacerlo. El segundo día nos concentramos en los estudiantes mismos y tomarán la iniciativa como el resto del mundo. El tercer día es divertido. En realidad, al tercer día empezarán a tener algo de éxito", dice Strauss. "La gente se olvida del terror de los hombres a la hora de hablar con mujeres que no conocen". Pero Cupido se desenvuelve bien en su primer intento -la pareja ya está conversando con él.Strauss no está enseñando este fin de semana en el seminario. Está ayudando a su amigo Erik von Markovik, supuestamente el mejor artista del ligue de la comunidad, que usa el nombre de Mystery -y que enseñó el curso por primera vez hace tres años, el curso al que asistió Strauss. Ahora Mistery está dirigiendo seminarios de seducción en ciudades en todo el mundo. No es el único: Strauss calcula que hay unos 100 más.
Mystery es un larguirucho mago de 1.98 metros de Toronto que "se pavonea" intencionadamente (se viste escandalosamente para atraer a las mujeres) -hoy tiene las uñas negras, un sombrero de cowboy, pantalones de campana de pana marrón con pequeños trazos de naranja y botas de piel de serpiente. Virgen hasta los 21, dice, desarrolló el "Mystery Method" a fuerza de equivocarse y con el tipo de determinación y resuelta voluntad para la práctica de que todo lo que necesita un mago para tener éxito es el engaño.
Mystery tiene un término para todos las fases del juego del ligue -"negar" es un insulto casual a una chica en la que estás interesado, demostrándole que no piensas que ella sea tan estupenda ("Qué bonitas uñas... ¿son tuyas?" "Mira, se le mueve la nariz cuando se ríe"). Caminar hacia un grupo de gente y empezar a hablar con ellos se llama "abordar un objetivo". Una "falsa falta de tiempo" es una mentira piadosa que implica que no te vas a quedar a molestar a nadie ("Sólo tengo un minuto", "Tengo que volver con mi amiga"). Mystery estimula a sus estudiantes a contar historias que muestran su "DHV" (demostraciones de alto valor) y observen "IQI" (indicadores de interés) en sus "objetivos escogidos". (Sí, a las mujeres se las llama "objetivos").
En el campo, hablará sobre el hombro de los estudiantes mientras hablan con una chica y le dirá: "insiste, tócala, insiste, tócala", que quiere decir que la cojas de la mano, y la sueltes cómo si no te dieras cuenta, y volver a cogerla de la mano otra vez. Les dirá cuándo empezar el "kino", o el roce de hombros, coger de la mano o acariciar el brazo, que indica que la relación está empezando a ser más que amistad. Es como un coreógrafo del baile de la seducción y el campamento es para gente con dos pies izquierdos.
En el campamento el día se divide en dos: un componente en el aula y otro en el campo. Las clases este fin de semana se realizaron en una pequeña habitación del Holiday Inn en Highland Avenue y dictado exclusivamente por Mystery. En el campo (el Saddle Ranch, el Standard y el World) reúne a "supervisores de aproximación", tipos de como Strauss que ya han seguido sus cursos y se han establecido en la comunidad para asesorar a estudiantes que trabajan en un objetivo.
Vestido con su traje de pana, Mystery se pasea por el salón de conferencias del Holiday Inn hablando sobre las respuestas preprogramadas en la interacción entre los sexos, se refiere a los folletos fotocopiados con sugerencias de aperturas (la mayoría empieza con "¿Qué opinas sobre...?") y escribe en una pizarra blanca los pasos que van desde el "Encuentro" hasta el "Sexo" -primero 3, luego 13 sub-momentos.
Los estudiantes toman apuntes esmeradamente; Chongo incluso lo hace en su ordenador portátil. Sus edades van de 20 a 40 años y parece tipos tranquilos y agradables -quizás un poco tristes, o un poco solitarios. Excepto el desgarbado tipo que llegó tarde con una apretada camiseta roja con un estampado de malla. ("Me encanta esa camiseta", dice Mystery. "También la tengo").
"Hay tres tipos de hombres que siguen el seminario", dice Strauss. "Tipos que han sufrido una fea separación después de varios años y han perdido la costumbre del ligue, tipos que no tienen suerte con las mujeres -se trate de tipos de 25 que nunca han cogido la mano de una chica o de tipos de 40 que todavía son vírgenes- y los tipos que son atractivos y socialmente adaptados, pero creen que las chicas los eligen y ellos no se acercan a las chicas que les atraen".
Strauss admite que se dejó llevar como "MPUA" (artista maestro del ligue) pero dice que para él no se trataba del poder sino de su miedo a fracasar. "Creo que pasé por un período oscuro en el que se sedujo la seducción", dice. "Quería saber lo lejos que podía llegar, cuánto podía insistir... Finalmente soy capaz, por primera vez, de salir sin pensar en la gente como objetivos a los que necesito acercarme".
El año pasado empezó a distanciarse de los artistas del ligue. Tiene una novia; está escribiendo un libro y ahora lo tendrá que promover. Pero dice que todavía no ha terminado con la comunidad.
"Me gusta ayudar a los otros", dice. "Si puede hacer remontar la auto-estima de alguien, si le puedo ayudar a hacerse con una novia por primera vez en su vida o impido que prenda fuego a un supermercado debido a sus frustraciones, entonces creo que estoy haciendo algo bueno en el mundo".
Y Cupido, bueno, tiene algunas vagas ideas sobre la importancia de las relaciones sanas, que podrían terminar las guerras. Entretanto, dice que el curso realmente lo ayuda a hacerse de valor para hablar con desconocidos.
El domingo se realiza en el World la última noche de trabajo de campo: una ruidosa fiesta bailable en el Hollywood Boulevard. Cupido se acerca a un objetivo en el salón principal, pero las chicas no pueden oírle, de modo que se retira después de unos intentos. Strauss propone que salga al patio, donde está más tranquilo. Mystery ya está allá con otros estudiantes, sobresaliendo por encima de todos los demás con una camiseta roja con estampado de leopardo y un sombrero de copa.
Cupido ve a tres chicas apoyadas contra la pared y decide abordarlas, pero Strauss no se lo aconseja. "Jon dice que ese objetivo ya ha sido hecho dos veces", dice. "Van a creer que estás a la cola".
"No me importa, me voy a acercar de todos modos", dice Cupido, que se aleja hacia las chicas.
"Ah, Dios mío", dice Strauss. "Va a ser uno de los buenos".

9 de septiembre de 2005
©los angeles times
©traducción mQh

sol en casa de hemingway


[Indira A.R. Lakshmanan] Cubanos y estadounidenses tratan de mantener el legado.
San Francisco de Paula, Cuba. Desde que muriera Ernest Hemingway hace 44 años, la venerada quinta cubana donde escribió los clásicos que le ganaron el Premio Nobel, ha sufrido los caprichos de la edad, las imperfecciones estructurales, el calor tropical, los huracanes y un amargo altercado entre el país natal de Hemingway y su patria por adopción.
El embargo comercial norteamericano impuesto en 1962, después de que Hemingway se quitara la vida en julio de 1961, dejó a las empobrecidas autoridades la tarea de conservar por sus propios medios la finca, en un pueblo con vistas a La Habana, donde pasó un tercio de su vida, y donde escribió sus obras maestras.
Pero en un proyecto sin precedentes, se espera que un equipo de arquitectos de Cambridge y conservacionistas norteamericanos de la Fundación de Preservación Hemingway, de Concord, llegue hoy aquí para asesorar a los cubanos sobre cómo restaurar mejor el tesoro cultural compartido.
El proyecto estuvo a punto de ser rechazado por el gobierno estadounidense bajo presión de políticos y activistas cubano-americanos conservadores, que afirman que Estados Unidos no debe cooperar con el gobierno represivo de Fidel Castro, sin que importe lo valioso de la causa.
Proponentes de la misión, encabezada por el parlamentario estadounidense James P. McGovern, demócrata de Massachusetts y partidario de la normalización de las relaciones con Cuba, rebatieron que un monumento al gigante literario es un legado que no debe ser víctima de la impasse ideológica.
Con una decisión que ayudó a superar el atasco, el senador John McCain, republicano de Arizona y fan de Hemingway, y otros prominentes republicanos, pusieron toda su autoridad detrás del proyecto.
Agregando su voz al coro, el Fondo Nacional para la Preservación Histórica, de Washington, calificó este verano la ‘Finca Vigía' como uno de los 11 sitios históricos americanos en peligro. Fue la primera vez que se incorpora en la lista a un sitio fuera de Estados Unidos.
En la exuberante y apacible propiedad donde Hemingway halló la soledad para escribir, y donde recibió a personalidades como Gregory Peck y Spencer Tracy, la ex curadora de Finca Vigía, Gladys Rodríguez, también dijo que la propiedad no debe ser usada como cancha de fútbol de la política.
"Hemingway es un puente cultural entre las dos culturas, los dos pueblos", dijo Rodríguez, que ahora es directora de la Cátedra Hemingway del Instituto Internacional de Periodismo de La Habana. "No estamos trabajando con ningún fin político, sino simplemente para preservar la memoria histórica de un escritor norteamericano que vivió aquí durante muchos años".
Las autoridades cubanas consideran como uno de los suyos al hombre que donó su medalla Nobel 1954 a su patria adoptiva.
Y han luchado durante años para mantener en vida el espíritu de Hemingway.
Han dejado la casa tal como estaba -las ventanas abiertas a la húmeda brisa, botellas de ron y Cinzano semi vacías a la mano en el bar, la mesa puesta para invitados, 900 discos de música clásica, jazz y música latina listos para ser usados y su máquina de escribir Royal encima de la edición de ‘Who's Who' de 1955 en el dormitorio, donde escribía descalzo.
La sensación de la casa de estar inmovilizada en el tiempo convence a los visitantes de que el gran hombre puede entrar en cualquier momento. Trofeos de caza, escopetas y carteles de corridas de toros cubren las paredes, y el registro diario de su peso está meticulosamente escrito a mano en la pared de los lavabos. Sus gafas y su tintero están al alcance de la mano en un estudio, en una terraza con vistas al mar.
La autenticidad tiene un precio. La invalorable biblioteca de 9.000 libros de Hemingway, de primeras ediciones, traducciones de sus libros al ruso, húngaro y al Braille, y libros sobre la guerra y la caza, para no mencionar las 3.500 fotografías, 2.000 recortes de periódicos, incluyendo su prematuro obituario y numerosas obras de arte, han pasado décadas expuestas a la humedad tropical.
Los tesoros han sido retirados de la casa y almacenados en contenedores de metal en la enmarañada y frondosa propiedad.
Una piscina, donde algunos dicen que nadó Ava Gardner desnuda, yace vacía. Varias hectáreas de árboles frutales en la propiedad deben ser podados. La casa debe ser impermeabilizada. Y todo esto hay que hacerlo sin pisotear el espíritu de su famoso ocupante.
La visita de un equipo norteamericano esta semana se produce en un momento crucial, después de que los cubanos removieran las tejas podridas del tejado y descubrieran daños en los fundamentos, vigas del suelo y grietas en las paredes.
Funcionarios cubanos admiten que su presupuesto de 270.000 dólares al año es insuficiente para una remodelación importante, y podría utilizar la experiencia extranjera para hacer reparaciones que soporten el tiempo y el clima, permaneciendo fieles a la casa original. La casa fue construida en 1887 y ocupada por Hemingway, sus tercera y cuarta esposas, y más de 50 gatos, de 1939 a 1961. La primera casa que compró, por 18.500 dólares, fue supuestamente su más apreciada.
Los cubanos han limitado el desgaste humano en la casa de Hemingway en el curso de los años, permitiendo que los turistas pueden sólo dar vueltas a la casa y mirar por las ventanas.
Pero el arquitecto Leland D. Cott, de Bruner/Cott & Associates, en Cambridge, co-líder del equipo visitante, se pregunta: "¿Podrán controlar a la multitud cuando la casa sea más popular? Estos son los mismos temas que estamos tratando en Estados Unidos sobre los parques nacionales -el reto es cómo mantener la propiedad de manera digna".
Enrique Hernández Castillo, un arquitecto cubano que trabaja en la restauración, dice que el tiempo y los elementos han sido poco amables.
"Desde la última restauración hace 10 años la casa ha sufrido descuidos... humedad, el tiempo, la altura desigual, las raíces de árboles que lo invaden todo, las termitas, la erosión".
La idea de ayudar en la restauración provino de Jenny Phillips, nieta de un editor y amigo de Hemingway, Maxwell Perkins. Phillips visitó la finca en 2001 y le mostraron cajas con valiosos manuscritos, incluyendo el principio de un epílogo desechado de ‘Por quién doblan las campanas', la copia de Hemingway de la pieza de teatro de ‘El viejo y el mar', y fragmentos de un cuento previamente desconocido para investigadores estadounidenses.
Ese hallazgo provocó el proyecto de preservación de los archivos del Consejo de Investigaciones en Ciencias Sociales de Estados Unidos y la Biblioteca John F. Kennedy, que mantendrá microfichas de los manuscritos.
Pero Phillips, esposa de Frank Phillips, el jefe de la redacción parlamentaria, del Boston Globe, dijo que se había dado cuenta de que los manuscritos, los cuadernos de notas, y las fotografías no eran las únicas cosas en peligro.
"Parte de la belleza y maldición del lugar... es el clima tropical, con las ventanas abiertas a todas las pertenencias de Hemingway, tal como las dejó", dijo Phillips, que fundó la Fundación de Preservación Hemingway hace dos años para ayudar al museo cubano en sus esfuerzos de restauración.
"Si el museo estuviera en Estados Unidos, sospecho que había sido precintado, y habría perdido su dimensión espiritual", dijo. "Hemingway está en esa casa... Lo podía oler en su uniforme de corresponsal de guerra que todavía cuelga en el armario"
El año pasado el gobierno de Bush rechazó la iniciativa de Phillips de ayudar al museo, diciendo que apuntalaría al régimen de Castro al fomentar el turismo. Sólo esta primavera, después de que la fundación de Concord uniera fuerzas con el Fondo Nacional para la Preservación Histórica, aprobó el ministerio de Asuntos Exteriores un permiso para ofrecer asesoría a los cubanos.
La restauración de la casa principal estará a cargo de trabajadores cubanos y se espera que dure hasta fin de este año o principios del próximo, con otro año o más para remodelar los terrenos y restaurar la casa de invitados, la piscina, y el bote de madera de Hemingway, Pilar.
El permiso para ofrecer asesoría a ingenieros y arquitectos cubanos sólo es válido hasta el 30 de noviembre. Y el próximo proyecto de Phillips es buscar apoyo para llevar materiales de construcción, asesores, y financiar la restauración, que costaría algunos millones de dólares, y reunir fondos para una dotación que proteja el sitio a largo plazo.
Los que la critican por colaborar con un régimen comunista, Phillips replica: "Este proyecto no está apoyando al castrismo. Lo que estamos haciendo hace parte de los valores americanos... Hemingway se oponía al totalitarismo y era partidario de la democracia en el mundo, y este es un santuario importante para que la gente se entere de sus ideas".

8 de septiembre de 2005
©boston globe
©traducción mQh