suecos contra la cia
[Craig Whitlock] Nuevos documentos suecos muestran acciones de la CIA. Pesquisa determina que la entrega' de sospechosos de terrorismo es ilegal.
Estocolmo, Suecia. El avión a reacción Gulfstream V, de la CIA, aterrizó en un pequeño aeropuerto al oeste de aquí justo antes de las nueve de la noche una gélida noche de diciembre de 2001. Una media docena de agentes, con sus caras cubiertas con capuchas, descendieron del avión y cruzaron a toda prisa la pista para tomar bajo su custodia a dos detenidos, sospechosos de ser musulmanes radicales de Egipto.
En la comisaría de policía del aeropuerto, agentes suecos observaron cómo los operativos de la CIA sacaban tijeras y rápidamente cortaban en pedazos las ropas de los prisioneros, incluyendo su ropa interior, de acuerdo a documentos oficiales suecos recientemente liberados y a declaraciones de testigos oculares. Examinaron las bocas y oídos de los hombres y su pelo antes de vestir al par con chandales y ponerles capuchas en la cabeza. Luego los sospechosos fueron llevados encadenados al avión, donde fueron amarrados a colchones en el piso en la parte de atrás de la cabina.
Así empezó una operación que la CIA llama de "entrega extraordinaria", el traslado forzoso y altamente secreto de sospechosos de terrorismo a sus países natales u otros donde puedan ser interrogados con menos garantías jurídicas.
La práctica ha generado crecientes críticas de grupos de defensa de las libertades cívicas; en Suecia, un investigador parlamentario que dirigió una pesquisa de 10 meses sobre el caso concluyó recientemente que los operativos de la CIA violaron las leyes suecas al someter a los prisioneros a "tratamientos degradantes e inhumanos" y por ejercer atribuciones policiales en suelo sueco.
"Si esas medidas hubieran sido tomadas por agentes suecos, yo los habría procesado sin ninguna duda por abuso de la autoridad pública y probablemente habría exigido una sentencia de prisión", dijo en una entrevista el investigador, Mats Melin. Dijo que no formularía cargos contra los operativos de la CIA porque sólo estaba autorizado a investigar a funcionarios de gobierno suecos, pero no excluyó la posibilidad de que otros fiscales suecos lo puedan hacer.
Los hechos básicos de la entrega de Estocolmo fueron conocidos el año pasado; este artículo se basa en documentos liberados recientemente de la investigación parlamentaria, que proporcionan elaborados detalles sobre una operación que normalmente se habría realizado completamente fuera de la vista de la opinión pública y sobre las deliberaciones oficiales que la precedieron.
La policía secreta sueca dijo que fueron tomados de sorpresa por la rapidez y precisión de los agentes de la CIA esa noche. Los investigadores concluyeron que en lo esencial los suecos se mantuvieron aparte y dejaron que los americanos controlaran la operación, movilizándose silenciosamente y comunicándose con ademanes, dicen los documentos.
"Puedo decir que fuimos sorprendidos cuando el equipo que descendió del avión nos pareció muy profesional, que obviamente lo habían hecho antes", dijo Arne Andersson, subdirector de la policía nacional de seguridad sueca, a investigadores del gobierno.
A las 9:47 de la noche, menos de una hora tras su llegada al Aeropuerto de Bromma, el avión despegó en un vuelo de cinco horas hacia El Cairo, donde los prisioneros, Ahmed Agiza y Muhammad Zery, fueron entregados a funcionarios de seguridad egipcios.
La CIA no ha reconocido que jugó un papel en la expulsión de los dos hombres. Un portavoz de la agencia en Washington se negó a hacer comentarios para este artículo, y funcionarios de la embajada norteamericana en Estocolmo se negaron a responder preguntas.
Funcionarios de la CIA han declarado que han usado la entrega durante años después de perseguir a sospechosos terroristas en todo el mundo. Dicen que el gobierno norteamericano recibe garantías de un trato humano de los países adonde son llevados los sospechosos. Grupos de derechos humanos dicen que esas promesas, hechas por gobiernos con largos historiales de tortura, no tienen valor alguno.
Los dos egipcios dijeron más tarde a abogados, parientes y diplomáticos suecos que fueron sometidos a descargas eléctricas y otras formas de tortura poco después de su retorno forzado a su país.
Agiza, médico, fue condenado por una corte militar egipcia y condenado a 15 años de prisión después de un juicio que duró seis horas. Fue acusado de ser el líder de la Yihad Islámica de Egipto, un grupo radical que el gobierno norteamericano ha clasificado como organización terrorista. Él y sus abogados han reconocido que él trabajó durante un tiempo con Ayman Zawahiri, un colega egipcio y líder ideológico de Al Qaeda, pero que cortó sus relaciones con el grupo hace muchos años.
Zery fue dejado en libertad en octubre de 2003. Funcionarios egipcios notificaron el año pasado al gobierno sueco que ya no era un sospechoso. Su abogado dijo que seguía siendo vigilado.
El gobierno sueco mantuvo en secreto el papel de la CIA en el caso durante más de tres años. En 2004, después de informes no oficiales sobre la entrega, hizo públicos documentos que muestran que un avión norteamericano fue usado para transportar a los egipcios al Cairo, pero dijo que los detalles eran clasificados. No fue sino hasta marzo, cuando la comisión parlamentaria entregó sus hallazgos, que la participación directa de la CIA fue confirmada públicamente.
Las revelaciones causaron revuelo en Suecia, que ha sido durante mucho tiempo un declarado defensor de los derechos humanos en la esfera internacional. Un comité parlamentario debe iniciar audiencias sobre el manejo oficial de la expulsión.
Aunque el investigador parlamentario concluyó que la policía de seguridad sueca merecía "críticas extremadamente graves" por perder el control de la operación y por mostrarse "extraordinariamente sumisa ante los funcionarios americanos", ningún funcionario sueco ha sido acusado ni reprendido.
"Está claro que se violó la ley. Esto va contra la ley sueca y contra las leyes internacionales", dijo Anna Wigenmark, abogado del Comité de Helsinki para los Derechos Humanos, que ha trabajado a nombre de los sospechosos egipcios. Ella y otros partidarios de los derechos humanos dijeron que el tratamiento dado a Agiza y Zery violaba también la Convención Europea de Derechos Humanos.
"Es inaceptable que algo así pudiera ocurrir en territorio sueco y que sin embargo todavía no se haga nada sobre el asunto", dijo Wigenmark.
Antes de la expulsión los dos hombres vivieron en Suecia por extensos períodos y habían pedido asilo político.
El gobierno sueco ha revelado poco sobre por qué decidió súbitamente expulsarlos, tres meses después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. Dijo solamente que la decisión fue tomada sobre la base de informaciones de inteligencia secretas, algunas provenientes de servicios extranjeros, indicando que los hombres constituían una amenaza para la seguridad. Funcionarios suecos se negaron a revelar las pruebas o a decir de dónde habían obtenido esa información.
Detalles frescos de la transferencia se encuentran en las más de 100 páginas de transcripciones de entrevistas con agentes de policía suecos que presenciaron la entrega en el aeropuerto de Estocolmo y con los comandantes de policía que supervisaron el caso, así como en otros documentos de la policía nacional de seguridad. Los documentos describen una héctica actividad para deportar a los acusados.
La policía de seguridad sueca quería detener a los hombres y los puso en un vuelo a El Cairo inmediatamente para evitar dar a sus abogados la posibilidad de presentar un recurso de amparo ante la corte.
Los ministros del gobierno sueco convocaron rápidamente a una reunión, el 18 de diciembre de 2001, para aprobar formalmente la expulsión. Pero la policía de seguridad fue incapaz de alquilar un avión para llevar a los egipcios al Cairo, lo que se hizo al día siguiente. Funcionarios policiales, preocupados de un posible retraso nocturno, pidieron ayuda a la CIA, de acuerdo a los documentos.
Los funcionarios de la CIA dijeron a los suecos que tenían un avión a reacción privado con autorización especial de seguridad que podía volar hacia El Cairo sin hacer escalas y sin previo aviso. Andersson, el comandante policial sueco a cargo del caso, caracterizó el ofrecimiento como "un favor de la CIA que nos permitió tener un avión con acceso directo en toda Europa y que podía ocuparse rápidamente de la operación".
A las 2:30 de la tarde del 18 de diciembre el avión de la CIA partió desde El Cairo a Estocolmo. Media hora más tarde, los ministros del gabinete sueco votaron la expulsión de Agiza y Zery.
A las 5 de la tarde la policía sueca había detenido a los hombres y los tenía esperando por el avión. Sin embargo, ya habían empezado a emerger los problemas.
Dos funcionarios no identificados de la embajada norteamericana informaron a los agentes suecos que en el avión no habría lugar para ellos para el vuelo de vuelta al Cairo. Los suecos se quejaron y finalmente les dieron dos asientos en el avión, pero los sentimientos de aspereza persistieron.
"Sentí que estaban metiéndose nuestro territorio", dijo a los investigadores una agente de seguridad sueca no identificada, de acuerdo a una transcripción de su entrevista.
Más conflictos surgieron después de que el avión hubiera aterrizado. Un agente sueco subió la escalinata del avión a saludar a la tripulación y se sorprendió al ver que los agentes -una media docena de americanos y egipcios- llevaban capuchas con una tela semi opaca en la cara, incluso aunque en el aeropuerto no había esencialmente nadie.
"Les dije que no era necesario que llevaran capuchas, porque allí no había nadie", recordó la agente en su declaración ante los investigadores. Los agentes extranjeros lo ignoraron.
La policía sueca dijo que también se quedaron perplejos ante una demanda de los agentes norteamericanos de que se les permitiera revisar a los prisioneros, aunque los dos ya habían sido revisados y estaban esposados. Los suecos cedieron después de que el capitán del avión dijo que se negaría a partir a menos que los americanos hicieran las cosas a su modo, muestran los documentos.
Los prisioneros fueron llevados a la comisaría de policía del aeropuerto, uno por uno, para ser chequeados. Un agente les cortó rápidamente la ropa con unas tijeras y examinó cada trozo de tela antes de echarlos en una bolsa de plástico. Otro agente examinó el pelo, boca y oídos de los detenidos, mientras un tercer agente tomaba fotografías desde atrás, de acuerdo a agentes suecos que presenciaron la operación.
Mientras los detenidos estaban ahí, desnudos e inmovilizados, fueron metidos en chandales grises, con las cabezas cubiertas por capuchas que, en palabras de un agente sueco, "cubrían todo, como grandes conos".
La policía sueca se asombró luego de que la operación de chequeo hubiera tomado menos de 10 minutos. "Eso me sorprendió", dijo un agente a los investigadores. "¿Cómo los vistieron tan rápido?"
Paul Forell, el agente de policía del aeropuerto que estaba de turno esa noche, agregó: "Todo fue muy rápido, profesional. Quiero decir, yo pensé que lo habían hecho antes".
Zery se quejó ante sus abogados más tarde que los agentes de la CIA lo calmaron inyectándole supositorios en su ano durante el chequeo y de que los dos detenidos fueran obligados a llevar pañales. Agentes de la policía sueca dijeron que no recordaban que los egipcios hubieran sido medicados a la fuerza.
Los investigadores encontraron un informe escrito por uno de los agentes suecos que decía que a Agiza y Zery "probablemente les suministraron un tranquilizante antes de despegar".
Aunque los investigadores dijeron que no podían probar que los prisioneros hubieran sido medicados forzosamente, esa técnica viola la ley sueca.
En una carta de enero a los investigadores parlamentarios, el nuevo director de la policía de seguridad, Klas Bergenstrand, dijo que la decisión de confiar en la CIA había sido un error.
"A mi juicio, está claro que algunas de las medidas adoptadas después de que los egipcios llegaran al aeropuerto de Bromma, fueron excesivas en relación con los peligros reales", escribió Bergenstrand. "Por mi parte, yo habría encontrado raro que se usara un avión extranjero con personal de seguridad extranjero".
21 de mayo de 2005
©washington post
©traducción mQh
En la comisaría de policía del aeropuerto, agentes suecos observaron cómo los operativos de la CIA sacaban tijeras y rápidamente cortaban en pedazos las ropas de los prisioneros, incluyendo su ropa interior, de acuerdo a documentos oficiales suecos recientemente liberados y a declaraciones de testigos oculares. Examinaron las bocas y oídos de los hombres y su pelo antes de vestir al par con chandales y ponerles capuchas en la cabeza. Luego los sospechosos fueron llevados encadenados al avión, donde fueron amarrados a colchones en el piso en la parte de atrás de la cabina.
Así empezó una operación que la CIA llama de "entrega extraordinaria", el traslado forzoso y altamente secreto de sospechosos de terrorismo a sus países natales u otros donde puedan ser interrogados con menos garantías jurídicas.
La práctica ha generado crecientes críticas de grupos de defensa de las libertades cívicas; en Suecia, un investigador parlamentario que dirigió una pesquisa de 10 meses sobre el caso concluyó recientemente que los operativos de la CIA violaron las leyes suecas al someter a los prisioneros a "tratamientos degradantes e inhumanos" y por ejercer atribuciones policiales en suelo sueco.
"Si esas medidas hubieran sido tomadas por agentes suecos, yo los habría procesado sin ninguna duda por abuso de la autoridad pública y probablemente habría exigido una sentencia de prisión", dijo en una entrevista el investigador, Mats Melin. Dijo que no formularía cargos contra los operativos de la CIA porque sólo estaba autorizado a investigar a funcionarios de gobierno suecos, pero no excluyó la posibilidad de que otros fiscales suecos lo puedan hacer.
Los hechos básicos de la entrega de Estocolmo fueron conocidos el año pasado; este artículo se basa en documentos liberados recientemente de la investigación parlamentaria, que proporcionan elaborados detalles sobre una operación que normalmente se habría realizado completamente fuera de la vista de la opinión pública y sobre las deliberaciones oficiales que la precedieron.
La policía secreta sueca dijo que fueron tomados de sorpresa por la rapidez y precisión de los agentes de la CIA esa noche. Los investigadores concluyeron que en lo esencial los suecos se mantuvieron aparte y dejaron que los americanos controlaran la operación, movilizándose silenciosamente y comunicándose con ademanes, dicen los documentos.
"Puedo decir que fuimos sorprendidos cuando el equipo que descendió del avión nos pareció muy profesional, que obviamente lo habían hecho antes", dijo Arne Andersson, subdirector de la policía nacional de seguridad sueca, a investigadores del gobierno.
A las 9:47 de la noche, menos de una hora tras su llegada al Aeropuerto de Bromma, el avión despegó en un vuelo de cinco horas hacia El Cairo, donde los prisioneros, Ahmed Agiza y Muhammad Zery, fueron entregados a funcionarios de seguridad egipcios.
La CIA no ha reconocido que jugó un papel en la expulsión de los dos hombres. Un portavoz de la agencia en Washington se negó a hacer comentarios para este artículo, y funcionarios de la embajada norteamericana en Estocolmo se negaron a responder preguntas.
Funcionarios de la CIA han declarado que han usado la entrega durante años después de perseguir a sospechosos terroristas en todo el mundo. Dicen que el gobierno norteamericano recibe garantías de un trato humano de los países adonde son llevados los sospechosos. Grupos de derechos humanos dicen que esas promesas, hechas por gobiernos con largos historiales de tortura, no tienen valor alguno.
Los dos egipcios dijeron más tarde a abogados, parientes y diplomáticos suecos que fueron sometidos a descargas eléctricas y otras formas de tortura poco después de su retorno forzado a su país.
Agiza, médico, fue condenado por una corte militar egipcia y condenado a 15 años de prisión después de un juicio que duró seis horas. Fue acusado de ser el líder de la Yihad Islámica de Egipto, un grupo radical que el gobierno norteamericano ha clasificado como organización terrorista. Él y sus abogados han reconocido que él trabajó durante un tiempo con Ayman Zawahiri, un colega egipcio y líder ideológico de Al Qaeda, pero que cortó sus relaciones con el grupo hace muchos años.
Zery fue dejado en libertad en octubre de 2003. Funcionarios egipcios notificaron el año pasado al gobierno sueco que ya no era un sospechoso. Su abogado dijo que seguía siendo vigilado.
El gobierno sueco mantuvo en secreto el papel de la CIA en el caso durante más de tres años. En 2004, después de informes no oficiales sobre la entrega, hizo públicos documentos que muestran que un avión norteamericano fue usado para transportar a los egipcios al Cairo, pero dijo que los detalles eran clasificados. No fue sino hasta marzo, cuando la comisión parlamentaria entregó sus hallazgos, que la participación directa de la CIA fue confirmada públicamente.
Las revelaciones causaron revuelo en Suecia, que ha sido durante mucho tiempo un declarado defensor de los derechos humanos en la esfera internacional. Un comité parlamentario debe iniciar audiencias sobre el manejo oficial de la expulsión.
Aunque el investigador parlamentario concluyó que la policía de seguridad sueca merecía "críticas extremadamente graves" por perder el control de la operación y por mostrarse "extraordinariamente sumisa ante los funcionarios americanos", ningún funcionario sueco ha sido acusado ni reprendido.
"Está claro que se violó la ley. Esto va contra la ley sueca y contra las leyes internacionales", dijo Anna Wigenmark, abogado del Comité de Helsinki para los Derechos Humanos, que ha trabajado a nombre de los sospechosos egipcios. Ella y otros partidarios de los derechos humanos dijeron que el tratamiento dado a Agiza y Zery violaba también la Convención Europea de Derechos Humanos.
"Es inaceptable que algo así pudiera ocurrir en territorio sueco y que sin embargo todavía no se haga nada sobre el asunto", dijo Wigenmark.
Antes de la expulsión los dos hombres vivieron en Suecia por extensos períodos y habían pedido asilo político.
El gobierno sueco ha revelado poco sobre por qué decidió súbitamente expulsarlos, tres meses después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. Dijo solamente que la decisión fue tomada sobre la base de informaciones de inteligencia secretas, algunas provenientes de servicios extranjeros, indicando que los hombres constituían una amenaza para la seguridad. Funcionarios suecos se negaron a revelar las pruebas o a decir de dónde habían obtenido esa información.
Detalles frescos de la transferencia se encuentran en las más de 100 páginas de transcripciones de entrevistas con agentes de policía suecos que presenciaron la entrega en el aeropuerto de Estocolmo y con los comandantes de policía que supervisaron el caso, así como en otros documentos de la policía nacional de seguridad. Los documentos describen una héctica actividad para deportar a los acusados.
La policía de seguridad sueca quería detener a los hombres y los puso en un vuelo a El Cairo inmediatamente para evitar dar a sus abogados la posibilidad de presentar un recurso de amparo ante la corte.
Los ministros del gobierno sueco convocaron rápidamente a una reunión, el 18 de diciembre de 2001, para aprobar formalmente la expulsión. Pero la policía de seguridad fue incapaz de alquilar un avión para llevar a los egipcios al Cairo, lo que se hizo al día siguiente. Funcionarios policiales, preocupados de un posible retraso nocturno, pidieron ayuda a la CIA, de acuerdo a los documentos.
Los funcionarios de la CIA dijeron a los suecos que tenían un avión a reacción privado con autorización especial de seguridad que podía volar hacia El Cairo sin hacer escalas y sin previo aviso. Andersson, el comandante policial sueco a cargo del caso, caracterizó el ofrecimiento como "un favor de la CIA que nos permitió tener un avión con acceso directo en toda Europa y que podía ocuparse rápidamente de la operación".
A las 2:30 de la tarde del 18 de diciembre el avión de la CIA partió desde El Cairo a Estocolmo. Media hora más tarde, los ministros del gabinete sueco votaron la expulsión de Agiza y Zery.
A las 5 de la tarde la policía sueca había detenido a los hombres y los tenía esperando por el avión. Sin embargo, ya habían empezado a emerger los problemas.
Dos funcionarios no identificados de la embajada norteamericana informaron a los agentes suecos que en el avión no habría lugar para ellos para el vuelo de vuelta al Cairo. Los suecos se quejaron y finalmente les dieron dos asientos en el avión, pero los sentimientos de aspereza persistieron.
"Sentí que estaban metiéndose nuestro territorio", dijo a los investigadores una agente de seguridad sueca no identificada, de acuerdo a una transcripción de su entrevista.
Más conflictos surgieron después de que el avión hubiera aterrizado. Un agente sueco subió la escalinata del avión a saludar a la tripulación y se sorprendió al ver que los agentes -una media docena de americanos y egipcios- llevaban capuchas con una tela semi opaca en la cara, incluso aunque en el aeropuerto no había esencialmente nadie.
"Les dije que no era necesario que llevaran capuchas, porque allí no había nadie", recordó la agente en su declaración ante los investigadores. Los agentes extranjeros lo ignoraron.
La policía sueca dijo que también se quedaron perplejos ante una demanda de los agentes norteamericanos de que se les permitiera revisar a los prisioneros, aunque los dos ya habían sido revisados y estaban esposados. Los suecos cedieron después de que el capitán del avión dijo que se negaría a partir a menos que los americanos hicieran las cosas a su modo, muestran los documentos.
Los prisioneros fueron llevados a la comisaría de policía del aeropuerto, uno por uno, para ser chequeados. Un agente les cortó rápidamente la ropa con unas tijeras y examinó cada trozo de tela antes de echarlos en una bolsa de plástico. Otro agente examinó el pelo, boca y oídos de los detenidos, mientras un tercer agente tomaba fotografías desde atrás, de acuerdo a agentes suecos que presenciaron la operación.
Mientras los detenidos estaban ahí, desnudos e inmovilizados, fueron metidos en chandales grises, con las cabezas cubiertas por capuchas que, en palabras de un agente sueco, "cubrían todo, como grandes conos".
La policía sueca se asombró luego de que la operación de chequeo hubiera tomado menos de 10 minutos. "Eso me sorprendió", dijo un agente a los investigadores. "¿Cómo los vistieron tan rápido?"
Paul Forell, el agente de policía del aeropuerto que estaba de turno esa noche, agregó: "Todo fue muy rápido, profesional. Quiero decir, yo pensé que lo habían hecho antes".
Zery se quejó ante sus abogados más tarde que los agentes de la CIA lo calmaron inyectándole supositorios en su ano durante el chequeo y de que los dos detenidos fueran obligados a llevar pañales. Agentes de la policía sueca dijeron que no recordaban que los egipcios hubieran sido medicados a la fuerza.
Los investigadores encontraron un informe escrito por uno de los agentes suecos que decía que a Agiza y Zery "probablemente les suministraron un tranquilizante antes de despegar".
Aunque los investigadores dijeron que no podían probar que los prisioneros hubieran sido medicados forzosamente, esa técnica viola la ley sueca.
En una carta de enero a los investigadores parlamentarios, el nuevo director de la policía de seguridad, Klas Bergenstrand, dijo que la decisión de confiar en la CIA había sido un error.
"A mi juicio, está claro que algunas de las medidas adoptadas después de que los egipcios llegaran al aeropuerto de Bromma, fueron excesivas en relación con los peligros reales", escribió Bergenstrand. "Por mi parte, yo habría encontrado raro que se usara un avión extranjero con personal de seguridad extranjero".
21 de mayo de 2005
©washington post
©traducción mQh
soldados perfectos
[Michiko Kakutani] Hombres corrientes, excepto en el mal que causaron.
En su absorbente nuevo libro sobre los secuestradores del 11 de septiembre de 2001, el periodista de Los Angeles Times, Terry McDermott, proporciona un detallado retrato de uno de esos secuestradores, Ziad al-Jarrah, y su atormentado matrimonio con la vivaz Aysel Sengün. Cuando se conocieron en una universidad alemana, escribe McDermott en Perfect Soldiers', parecía una buena elección: "un chico de la gran ciudad con la sonrisa a flor de labios, un musulmán moderado como ella al que le gustaba disfrutar de la vida" y, también como ella, estudiante de odontología.
Sin embargo, a medida que se involucra más y más en la política radical yihadista, Jarrah se vuelve cada vez más elusivo y secreto, y Sengün empieza a exigirle que pasen más tiempo juntos. Pero incluso cuando las ausencias de Jarrah se hacían más prolongadas -se había mudado a Estados Unidos para aprender a pilotar-, ella continúa soñando con la vida que compartirían: ella se hará dentista, y él obtendrá un trabajo en alguna compañía área. "Aysel creía en ello", escribe McDermott. "Él le había contado lo mucho que le gustaba volar cuando era niño; dibujaba aviones constantemente". En febrero de 2001, hablaron sobre tener un hijo.
Esas miradas en la vida de los secuestradores antes del 11 de septiembre no sólo subraya lo corriente que eran muchos de estos hombres, sino también sugiere, como escribe McDermott, que es "probable que haya muchos hombres como ellos" en el mundo. Sugiere ominosamente lo extendida que está la idea de la yihad entre ciudadanos de clase media en Oriente Medio, y sugiere que Al Qaeda encontró reclutas dispuestos entre musulmanes que provenían de "familias corrientes y apolíticas".
En realidad, Perfect Soldiers' remplaza la exagerada caricatura de los genios del mal' y fanáticos de ojos trastornados' con retratos de los secuestradores del 11 de septiembre de 2001 como gente increíblemente mundana, que podían fácilmente ser nuestros vecinos o compañeros de asiento en un avión. Nos da una imagen de Jarrah cantando para Sengün "con un largo, estirado adiós, seguido de múltiples puntos de exclamación"; de Mohamed el-Amir (o Mohamed Atta) como un joven delgado caminando silenciosamente en su apartamento en sus chancletas azules; de Ramzi bin al-Shibh saliendo con una estudiante de danza moderna y sobreviviendo a base de pizzas congeladas y bonito.
Gran parte del material sobre los secuestradores en este primer volumen nos será familiar por los artículos de prensa, y gran parte del material de fondo sobre el desarrollo de Al Qaeda y el rol que jugó Afganistán en los años ochenta como incubadora de los yihadistas se encuentra también en libros anteriores como el libro con el que Steve Coll ganó un Pulitzer, Ghost Wars', y el de Jonathan Randal, Osama'.
Sin embargo, Perfect Soldiers' reúne una gran cantidad de información personal sobre los participantes del 11 de septiembre, creando un relato de muchas texturas lleno de pequeños y significativos detalles que transformen a estos hombres, de figuras anónimas del mal en individuos con complejas historias emocionales y familiares. McDermott no siempre logra explicar -a diferencia de lo que sugiere el subtítulo del libro- por qué los secuestradores tomaron las opciones que tomaron, pero lleva a cabo un convincente trabajo trazando las trayectorias de sus vidas y ubicando sus historias personales en un contexto histórico.
Además de Jarrah, otros dos operativos del 11 de septiembre emergen como intrigantes casos de estudio. Mohamed Atta es descrito como el solemne y puritano hijo de un autoritario y ambicioso abogado de El Cairo -un chico educado que creció para transformarse en un adulto frío y meditativo, deliberadamente reservado y casi patológicamente obsesionado con el orden. Cuando un amigo lo llevó a un atiborrado teatro a ver los dibujos animados de Disney, El libro de la selva', escribe McDermott, Atta se revolvía en su butaca, "murmurando una y otra vez, enfadado: Caos, caos'".
Aunque hizo estudios de posgrado en arquitectura, se hizo cada vez más religioso mientras vivía en Alemania y empezó a dirigir grupos de discusión religiosa; cuando se mudó a Estados Unidos para aprender a pilotar, dijo a sus padres que estaba sacando su doctorado en planificación urbana. Poco antes de jurar lealtad a Osama bin Laden, Atta supuestamente preguntó a su madre si quería que se asentara en Egipto para cuidar de ella. "Fue como si", escribe McDermott, "le estuviera pidiendo a alguien que lo pararan, que le impidieran hacer algo que él mismo no podía detener".
Ramzi bin al-Shibh (conocido como Omar), que después de fracasar en la obtención de un visado para Estados Unidos terminó convirtiéndose en el coordinador de los atentados, es descrito como un hombre agradable y alegre: alguien, en las palabras de un amigo, que estaba "enamorado de la vida", una personalidad despreocupada en agudo contraste con el agrio Atta. De acuerdo a un joven converso musulmán de Sudáfrica del que se hizo amigo, Omar era "muy religioso, muy carismático", un proselitista que "entendía los motivos de la gente que conocía" y "sabía presentarse a sí mismo".
Los otros miembros de los equipos del 11 de septiembre -especialmente los saudíes que sirvieron como operativos'- son decididamente personajes más misteriosos en este libro. Se sabe menos de ellos, escribe McDermott, "en parte porque Arabia Saudí ha sido muy parsimoniosa con la información que posee, que es considerable, y ha dificultado el acceso a esta información a otros".
En cuanto a los líderes detrás de la conspiración -Osama bin Laden y Khalid Shaikh Mohammed-, los retratos trazados en este libro no agregan demasiado a lo que los lectores saben de diarios y revistas. Pero entonces, no constituyen el foco de este libro ni la razón por la que leerlo.
La razón para leer Perfect Soldiers' tiene que ver con los escalofriantes retratos en el libro de gente corriente que llevó a cabo los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, que resultaron en la muerte de casi 3.000 personas -un retrato que da nueva significación a la idea de que "el mal es banal".
20 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
En su absorbente nuevo libro sobre los secuestradores del 11 de septiembre de 2001, el periodista de Los Angeles Times, Terry McDermott, proporciona un detallado retrato de uno de esos secuestradores, Ziad al-Jarrah, y su atormentado matrimonio con la vivaz Aysel Sengün. Cuando se conocieron en una universidad alemana, escribe McDermott en Perfect Soldiers', parecía una buena elección: "un chico de la gran ciudad con la sonrisa a flor de labios, un musulmán moderado como ella al que le gustaba disfrutar de la vida" y, también como ella, estudiante de odontología.Sin embargo, a medida que se involucra más y más en la política radical yihadista, Jarrah se vuelve cada vez más elusivo y secreto, y Sengün empieza a exigirle que pasen más tiempo juntos. Pero incluso cuando las ausencias de Jarrah se hacían más prolongadas -se había mudado a Estados Unidos para aprender a pilotar-, ella continúa soñando con la vida que compartirían: ella se hará dentista, y él obtendrá un trabajo en alguna compañía área. "Aysel creía en ello", escribe McDermott. "Él le había contado lo mucho que le gustaba volar cuando era niño; dibujaba aviones constantemente". En febrero de 2001, hablaron sobre tener un hijo.
Esas miradas en la vida de los secuestradores antes del 11 de septiembre no sólo subraya lo corriente que eran muchos de estos hombres, sino también sugiere, como escribe McDermott, que es "probable que haya muchos hombres como ellos" en el mundo. Sugiere ominosamente lo extendida que está la idea de la yihad entre ciudadanos de clase media en Oriente Medio, y sugiere que Al Qaeda encontró reclutas dispuestos entre musulmanes que provenían de "familias corrientes y apolíticas".
En realidad, Perfect Soldiers' remplaza la exagerada caricatura de los genios del mal' y fanáticos de ojos trastornados' con retratos de los secuestradores del 11 de septiembre de 2001 como gente increíblemente mundana, que podían fácilmente ser nuestros vecinos o compañeros de asiento en un avión. Nos da una imagen de Jarrah cantando para Sengün "con un largo, estirado adiós, seguido de múltiples puntos de exclamación"; de Mohamed el-Amir (o Mohamed Atta) como un joven delgado caminando silenciosamente en su apartamento en sus chancletas azules; de Ramzi bin al-Shibh saliendo con una estudiante de danza moderna y sobreviviendo a base de pizzas congeladas y bonito.
Gran parte del material sobre los secuestradores en este primer volumen nos será familiar por los artículos de prensa, y gran parte del material de fondo sobre el desarrollo de Al Qaeda y el rol que jugó Afganistán en los años ochenta como incubadora de los yihadistas se encuentra también en libros anteriores como el libro con el que Steve Coll ganó un Pulitzer, Ghost Wars', y el de Jonathan Randal, Osama'.
Sin embargo, Perfect Soldiers' reúne una gran cantidad de información personal sobre los participantes del 11 de septiembre, creando un relato de muchas texturas lleno de pequeños y significativos detalles que transformen a estos hombres, de figuras anónimas del mal en individuos con complejas historias emocionales y familiares. McDermott no siempre logra explicar -a diferencia de lo que sugiere el subtítulo del libro- por qué los secuestradores tomaron las opciones que tomaron, pero lleva a cabo un convincente trabajo trazando las trayectorias de sus vidas y ubicando sus historias personales en un contexto histórico.
Además de Jarrah, otros dos operativos del 11 de septiembre emergen como intrigantes casos de estudio. Mohamed Atta es descrito como el solemne y puritano hijo de un autoritario y ambicioso abogado de El Cairo -un chico educado que creció para transformarse en un adulto frío y meditativo, deliberadamente reservado y casi patológicamente obsesionado con el orden. Cuando un amigo lo llevó a un atiborrado teatro a ver los dibujos animados de Disney, El libro de la selva', escribe McDermott, Atta se revolvía en su butaca, "murmurando una y otra vez, enfadado: Caos, caos'".
Aunque hizo estudios de posgrado en arquitectura, se hizo cada vez más religioso mientras vivía en Alemania y empezó a dirigir grupos de discusión religiosa; cuando se mudó a Estados Unidos para aprender a pilotar, dijo a sus padres que estaba sacando su doctorado en planificación urbana. Poco antes de jurar lealtad a Osama bin Laden, Atta supuestamente preguntó a su madre si quería que se asentara en Egipto para cuidar de ella. "Fue como si", escribe McDermott, "le estuviera pidiendo a alguien que lo pararan, que le impidieran hacer algo que él mismo no podía detener".
Ramzi bin al-Shibh (conocido como Omar), que después de fracasar en la obtención de un visado para Estados Unidos terminó convirtiéndose en el coordinador de los atentados, es descrito como un hombre agradable y alegre: alguien, en las palabras de un amigo, que estaba "enamorado de la vida", una personalidad despreocupada en agudo contraste con el agrio Atta. De acuerdo a un joven converso musulmán de Sudáfrica del que se hizo amigo, Omar era "muy religioso, muy carismático", un proselitista que "entendía los motivos de la gente que conocía" y "sabía presentarse a sí mismo".
Los otros miembros de los equipos del 11 de septiembre -especialmente los saudíes que sirvieron como operativos'- son decididamente personajes más misteriosos en este libro. Se sabe menos de ellos, escribe McDermott, "en parte porque Arabia Saudí ha sido muy parsimoniosa con la información que posee, que es considerable, y ha dificultado el acceso a esta información a otros".
En cuanto a los líderes detrás de la conspiración -Osama bin Laden y Khalid Shaikh Mohammed-, los retratos trazados en este libro no agregan demasiado a lo que los lectores saben de diarios y revistas. Pero entonces, no constituyen el foco de este libro ni la razón por la que leerlo.
La razón para leer Perfect Soldiers' tiene que ver con los escalofriantes retratos en el libro de gente corriente que llevó a cabo los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, que resultaron en la muerte de casi 3.000 personas -un retrato que da nueva significación a la idea de que "el mal es banal".
20 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
tirano anti-terrorista
Tirano de Uzbekistán se excusa en la lucha contra el terrorismo islámico.
El presidente Islam A. Karimov, de Uzbekistán, se ha envuelto a sí mismo en la bandera del anti-terrorismo y lo ha hecho bien: cientos de millones de dólares en ayuda norteamericana, una base militar estadounidense que demuestra los estrechos vínculos entre Tashkent y Washington, y blandas declaraciones de Estados Unidos sobre los espantosos antecedentes del régimen en derechos humanos.
Pero el asesinato de manifestantes civiles por fuerzas de gobierno en una ciudad al este de Uzbekistán la semana pasada exige el repudio público de Estados Unidos. Puede no estar entre los intereses de Karimov, ¿pero qué importaría? Una dictadura que no permite una oposición política significativa no sirve a los intereses más amplios del país o de sus amigos. Canaliza apoyo hacia los únicos grupos capaces de organizarse contra el gobierno: los fundamentalistas islámicos.
Uzbekistán es el país más grande de Asia Central, con sus 26 millones de habitantes. Es desesperadamente pobre, que fue un factor de las manifestaciones. Los manifestantes dijeron que querían más libertades y mejores condiciones de vida. Cuando asaltantes armados montaron un ataque contra una cárcel y liberaron a los reclusos, incluyendo a los 23 empresarios que supuestamente se aliaron a un grupo islámico prohibido, los manifestantes sacaron ventaja de la confusión para protestar en las calles.
Los testigos dijeron que las tropas abrieron el fuego contra los manifestantes, matando a varios cientos de personas e hiriendo a muchas otras. El jueves el gobierno negó haber disparado contra civiles, diciendo que los asesinados eran terroristas' armados que murieron por fuego rebelde'. Karimov también acusó a la prensa extranjera de calificar su régimen como una tiranía. Y eso es precisamente lo que es. Hay miles de presos políticos en la cárcel. La tortura es común. El gobierno controla la práctica del islam. Los raros estallidos de protesta terminan siempre con represiones de Karimov, que dice que lucha contra los terroristas.
Estados Unidos debería poner al menos algunas condiciones para su ayuda, exigiendo mayores libertades políticas y religiosas en Uzbekistán; de otro modo, las advertencias de Karimov sobre el terrorismo y la creciente violencia se pueden transformar en profecías que se cumplen.
20 de mayo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
El presidente Islam A. Karimov, de Uzbekistán, se ha envuelto a sí mismo en la bandera del anti-terrorismo y lo ha hecho bien: cientos de millones de dólares en ayuda norteamericana, una base militar estadounidense que demuestra los estrechos vínculos entre Tashkent y Washington, y blandas declaraciones de Estados Unidos sobre los espantosos antecedentes del régimen en derechos humanos.Pero el asesinato de manifestantes civiles por fuerzas de gobierno en una ciudad al este de Uzbekistán la semana pasada exige el repudio público de Estados Unidos. Puede no estar entre los intereses de Karimov, ¿pero qué importaría? Una dictadura que no permite una oposición política significativa no sirve a los intereses más amplios del país o de sus amigos. Canaliza apoyo hacia los únicos grupos capaces de organizarse contra el gobierno: los fundamentalistas islámicos.
Uzbekistán es el país más grande de Asia Central, con sus 26 millones de habitantes. Es desesperadamente pobre, que fue un factor de las manifestaciones. Los manifestantes dijeron que querían más libertades y mejores condiciones de vida. Cuando asaltantes armados montaron un ataque contra una cárcel y liberaron a los reclusos, incluyendo a los 23 empresarios que supuestamente se aliaron a un grupo islámico prohibido, los manifestantes sacaron ventaja de la confusión para protestar en las calles.
Los testigos dijeron que las tropas abrieron el fuego contra los manifestantes, matando a varios cientos de personas e hiriendo a muchas otras. El jueves el gobierno negó haber disparado contra civiles, diciendo que los asesinados eran terroristas' armados que murieron por fuego rebelde'. Karimov también acusó a la prensa extranjera de calificar su régimen como una tiranía. Y eso es precisamente lo que es. Hay miles de presos políticos en la cárcel. La tortura es común. El gobierno controla la práctica del islam. Los raros estallidos de protesta terminan siempre con represiones de Karimov, que dice que lucha contra los terroristas.
Estados Unidos debería poner al menos algunas condiciones para su ayuda, exigiendo mayores libertades políticas y religiosas en Uzbekistán; de otro modo, las advertencias de Karimov sobre el terrorismo y la creciente violencia se pueden transformar en profecías que se cumplen.
20 de mayo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
el talibán informante del fbi
[Stephen Braun] El ex número 2 del régimen afgano en Estados Unidos era un informante. Hoy, es como cientos de sospechosos: acusado, pero no de terrorismo.
Nueva York, Estados Unidos. Como el representante del régimen talibán en la televisión americana, Noorullah Zadran ejercía su oficio con credenciales impecables. Con una suelta barba negra, diploma de Ivy League y un sonoro dominio del inglés, proyectaba la imagen de un verdadero creyente.
Zadran sonrió serenamente ante una cámara de la PBS en agosto de 1998, horas después de que misiles Cruise llovieran sobre las bases de Osama bin Laden en Afganistán en venganza por los atentados contra embajadas norteamericanas en África.
"Nos gustaría ver pruebas", dijo, "para convencernos de que eran campamentos terroristas". Bin Laden, insistió, era "invitado del Emirato Islámico de Afganistán, en el entendido de que no se iniciaría ningún acto de terror desde nuestro suelo".
Hasta que los atentados del 11 de septiembre demostraran que sus declaraciones eran huecas, Zadran parecía hablar con autoridad. Nombrado hacía siete años primer secretario de la misión diplomática talibana ante Naciones Unidas, el ciudadano norteamericano naturalizado, nacido en Afganistán, había pasado de taxista a segundo funcionario en jerarquía del régimen en Estados Unidos.
Sin embargo, detrás de su pose diplomática había un objetivo oculto. Zadran, 53, había evitado la cárcel en un caso de contrabando convirtiéndose en un informante del FBI. Durante tres años entregó informaciones sobre la jerarquía de los talibanes y operaciones terroristas en Afganistán incluso cuando actuaba como representante del régimen en Estados Unidos.
Pero en octubre pasado la existencia clandestina de Zadran dio otro fuerte giro: Fue acusado de evasión de impuestos y fraude bancario que se fueron descubiertos durante la masiva investigación sobre el 11 de septiembre.
El embrollado curso de la vida secreta de Zadran proporciona una mirada en el tenebroso mundo de los informantes sobre terrorismo, cuyos motivos y lealtades son a menudo borrosas. El aliado encubierto que juró en una petición de clemencia sellada de 1996 que "proporcionaría al FBI toda información relacionada con posibles actividades terroristas" es ahora el primer funcionario talibán que será procesado por un tribunal norteamericano.
Como cientos de sospechosos capturados desde la guerra contra el terrorismo de 2001, Zadran no está acusado directamente de terrorismo. Los cargos en su contra reflejan el agresivo enfoque el ministerio de Justicia de incluso los más pequeños peces de los casos de terror -atacándoles con cargos fiscales, de inmigración y técnicos cuando se cuenta con pocas evidencias de su participación en delitos terroristas.
El extraño pasaje de Zadran -según entrevistas con funcionarios federales, diplomáticos y émigrés afganos y de documentos judiciales sellados- arroja nuevas luces sobre los esfuerzos del gobierno para determinar si funcionarios talibanes jugaron un papel en las actividades terroristas dentro del país. La ahora cerrada misión talibán donde trabajaba Zadran era uno de los centros nerviosos bajo sospecha.
"El objetivo principal de la misión talibán era reunir dinero para su gobierno", dijo Mary Jo White, ex fiscal del distrito del Nueva York Sur, que supervisó el proceso de operativos de Al Qaeda por los atentados contra las embajadas. "Creemos que estaban trabajando en concierto con el grupo de Bin Laden".
Cuatro meses después de los atentados del 11 de septiembre, Zadran fue mencionado en una lista de vigilancia de terroristas y nombrado en documentos judiciales como un sospechoso de la pesquisa nacional sobre los orígenes de la conspiración. Un fiscal federal reveló en una moción confidencial de la corte en 2002 que agentes del FBI estaban investigando a Zadran por "varios delitos, incluyendo proveer asistencia financiera a los talibanes" en violación de las sanciones de la Ley Internacional de Emergencia de Poderes Económicos [International Emergency Economic Powers Act] contra naciones parias.
Pero en su acusación del año pasado Zadran fue en realidad acusado de ocultar su salario talibán en su declaración de impuestos y de colocar falsamente a su esposa como empleada talibán para un préstamo hipotecario."Los únicos resultados de esta extensa investigación del gobierno", dijeron los abogados de Zadran en documentos judiciales, fueron tediosas demandas de que no había "declarado ingresos".
La moción de Zadran de desestimar el caso sobre bases constitucionales fue rechazada en marzo por un juez federal. Poco después, sus abogados renunciaron abruptamente. Fueron remplazados por el tercer abogado que Zadran había contratado desde su acusación, Jared J. Scharf, un abogado fiscal especializado en acuerdos de clemencia.
Cuando Zadran llegó a los tribunales en Manhattan a principios de abril, los atavíos de sus días como talibán habían desaparecido. Se había afeitado su ascética barba y remplazado el tradicional kamiz afgano que usaba con los talibanes, por un traje gris pardo.
Se había vuelto a vestir como un sólido ciudadano americano. En Huntington Station, la ciudad de cuello azul de Long Island donde trabaja ahora como corredor de bienes raíces y vive en una ordenada casa con su esposa y cuatro hijos, Zadran pide a sus vecinos y clientes que lo llamen Ron.
Parado solo frente al tribunal, sacándose las pelusas de su traje, sonrió cansado cuando se le preguntó sobre su doble vida como funcionario talibán e informante norteamericano. "Ahora no es el momento", dijo.
Zadran era un orador apasionado cuando empezó a aparecer a mediados de los años ochenta en la escena política émigré afgana. Cuando los activistas se reunían en mitines en Queens y Manhattan contra la ocupación soviética de su país natal, Zadran se abría camino hacia la primera línea. Fanfarrón, gritón, incontenible, agitaba pancartas anti rusas, cantaba el himno afgano y pedía a gritos que lo dejaran hablar, dijeron algunos de sus amigos.
"Siempre hablaba de política. Nunca le parecía suficiente", dijo Zaka Carvan, que gestiona una tienda de alimentación en Main Street en Flushing, Queens, una ajetreada arteria de puestos de kabob y tiendas de artículos importados cerca de un centro médico donde los talibanes instalaron su misión ante Naciones Unidas.
La familia de Zadran había llegado con las primeras olas de clanes afganos que vivían hacinados en conventillos y casas en hilera en Queens y Long Island a fines de los setenta. Zadran obtuvo la ciudadanía en 1980; en 1984 recibió un diploma de maestría en estudios generales en la Universidad de Columbia después de varios años de clases vespertinas.
Pero su educación y entusiasmo no consiguieron darle la posición política que ansiaba. "Los líderes de esos movimientos no le dieron nunca una oportunidad", dijo Carvan.
El incansable Zadran volcó sus energías a los negocios. Traducía para tribunales y conducía un taxi de noche. Vendía monedas, alfombras y piedras preciosas e invirtió 50.000 dólares en un programa por cable sobre temas afganos, en el que leía las noticias y recibía a grupos de baile.
Hacía dinero rápidamente, y lo perdía igual de rápido. Una inversión de 115.000 dólares en una fábrica de alfombras se había evaporado. Un choque en el taxi terminó en una demanda judicial por lesiones. Zadran admitió en una declaración haber descuidado los negocios para luchar en las guerras civiles de Afganistán tras la retirada soviética en 1989.
"Me iba bien", dijo, "pero entonces te envuelve la fiebre del país y lo dejas todo para volver y pelear".
Las visitas a su casa en Paktia, una provincia en las montañas junto a la frontera paquistaní tenía otro lado. Zadran volvió a Estados Unidos con pieles animales que pensaba entrar de contrabando en las maletas. Se fanfarroneó ante un cliente que podía entregar "todas las que quisiera".
Regatearon durante 15 meses hasta que el cliente se comprometió a comprar dos pieles de pantera onza, una especie amenazada. A 15.000 dólares por piel, Zadran prometió muchas más, "doscientas, trescientas piezas".
Los dos hombres cerraron el trato en julio de 1995 en un restaurante de carretera cerca de Darien, Connecticut. Días después, Zadran fue detenido. Su cliente era un agente federal de la protección de la fauna.
A cambio de la prisión, Zadrán se convirtió en informante. En mayo de 1996 se había reunido 15 veces con agentes federales, entregando informaciones que oía durante sus viajes a su país natal. "Ha colaborado con el gobierno de todos los modos posibles", escribieron los abogados de Zadran en una petición de clemencia sellada por orden judicial y obtenida por Times.
De acuerdo a los abogados Zadran dio al agente del FBI de New Haven, Kenneth Grey, "información de fondo sobre terrorismo y rutas de transporte de narcóticos". Identificó a grupos basados en Afganistán que "obtenían ilegalmente equipos militares, incluyendo misiles antiaéreos Stinger". Y entregó "informaciones valiosas sobre la composición del nuevo gobierno talibán en Afganistán y la situación de las fuerzas de oposición".
Zadran tenía sentido de oportunidad. La situación política en Afganistán era caótica y peligrosa. Las tropas militantes islámicas de los talibanes estaban a punto de hacerse con el poder del endeble gobierno de Berhanuddin Rabbani. Y dos años después de su expulsión de Sudán, Osama bin Laden había justamente encontrado con sus leales de Al Qaeda refugio en el bastión talibán de Kandahar.
Grey y Richard Ware Levitt, entonces abogados de Zadran, no confirmaron si las revelaciones de Zadran había ayudado a Estados Unidos. Pero la cooperación dio sus frutos. Se le permitió declararse culpable de un solo delito en el caso del contrabando de pieles y evitar la prisión. A cambio, según el acuerdo de clemencia secreto de Zadran con el gobierno, él accedió a informar al FBI sobre "actividades terroristas" cada dos meses hasta 2001 -el fin de la libertad condicional de cinco años.
Expertos anti-terroristas dijeron que Zadran fue probablemente presionado por agentes federales para entregar información y documentos sobre los planes internos de los talibanes, sus relaciones con Al Qaeda y financiando fuentes.
"El objetivo era infiltrar sus cables", dijo Jack Cloonan, un experto en Al Qaeda del FBI, jubilado, que dirigió operaciones de recabamiento de inteligencia contra la misión de Queens a fines de los noventa. "El objetivo era obtener lo que pudiéramos sobre lo que estaban transmitiendo a su país, y viceversa".
El despacho del FBI en Nueva York también pinchó los teléfonos de la misión de Queens para seguir sus pasos y "había agentes asignados para saber quién era quién entre los funcionarios talibanes y dónde estaban las 24 horas del día", dijo Cloonan.
Zadran mantuvo su papel de informante bien escondido. Todavía asistía a las manifestaciones en Queens, pero parecía más sombrío, dijeron sus amigos. Dejó de beber en las fiestas y empezó a aparecerse a orar en la mezquita de Sayed Jamaluddin, una estructura de crujiente madera que era el centro espiritual de los pashtún afganos de Nueva York -y un caldo de cultivo de simpatizantes de los talibanes, según las autoridades.
"Lo acogimos", dijo el doctor Esmat Nawabi, un hematólogo retirado que dirige la directiva de la mezquita. Sayed Jamaluddin, insistió Nawabi, "no tiene lazos con ninguna organización ni fuentes de ingreso".
Como los viejos que se acuclillan junto a él todos los viernes, Zadran se dejó crecer la barba. En su programa por cable cambió la música por los serios edictos del líder talibán el ulema Mohammed Omar.
"Fue un despertar espiritual, fue bueno para él", dijo Carvan.
La nueva imagen de devoto de Zadran impresionó a los diplomáticos talibanes de visita. De acuerdo a Sharif Ghalib, ex funcionario de Rabbani, Zadran conquistó en 1996 a los miembros de una delegación talibán visitante ayudando en la logística cuando llegaron a la ciudad para entrevistarse con el Comité de Relaciones Exteriores del Senado.
"Le dio legitimidad", dijo Ghalib, ahora encargado de asuntos en la embajada afgana en Toronto. "Se codeaba con sus líderes y los conectaba con afganos influyentes en Estados Unidos".
El gobierno de Clinton se negó a reconocer a los talibanes. Pero al régimen se le permitió enviar a Nueva York a un funcionario importante, Abdul Hakim Mujahid. En junio de 1998 Zadran fue nombrado "primer secretario" de Mujahid, cuando él continuaba informando al FBI.
El arreglo diplomático de Zadran era raro, pero legal en Estados Unidos, donde los norteamericanos trabajan habitualmente para otros países como funcionarios consulares. Tanto Mujahid como Zadran estaban "limitado a una función de enlace" -podían interactuar con diplomáticos de Naciones Unidas y Estados Unidos, pero no se permitía todo el rango de actividades diplomáticas y consulares normales de los funcionarios de embajadas, dijo Karl Indefurth, entonces subsecretario de estado para asuntos del Sudeste Asiático.
Sin embargo, dentro de poco Zadran actuaba como diplomático. Hablaba a nombre de los talibanes en los programas de noticias de la televisión. Y a pesar de su condena federal, Zadran empezó a viajar para los talibanes después de que el juez encargado de su caso le devolviera su pasaporte confiscado, sin que los fiscales lo objetaran.
Viajó al menos dos veces a Afganistán durante el período talibán, según informes de inteligencia afganos mencionados por Ghalib. Zadran viajó a Kabul a fines de los noventa, dijo Ghalib. Y en un viaje de un mes a Kandahar en 2000, "se suponía que Zadran tenía que reunirse" con el ulema Omar, que ha estado fugitivo desde la invasión norteamericana de octubre de 2001, de acuerdo a Ghalib.
Hay informes no corroborados de esa reunión y los funcionarios federales no confirmaron ni negaron esos contactos. Pero Ghalib dijo que Zadran "no ocultaba esas reuniones" y dijo que incluso habló sobre ellos en su programa de televisión por cable.
Hablando inglés perfectamente, tranquilo, Zadran era solicitado como un portavoz de prensa, y apareció en CNN, PBS y la Voz de América. Acompañaba a Muhajid a las mezquitas y universidades y asistía a las reuniones con funcionarios del ministerio de Asuntos Exteriores. Una delegación talibán se quedó empantanada cuando el testarudo sedán de Zadran se quedó en pana en la autopista de peaje de Nueva Jersey.
"Era el manitas de los talibanes", dijo un funcionario del ministerio. "Si un pariente tuyo se estaba muriendo o necesitabas dinero de Kandahar, no tenías más que hablar con él".
Funcionarios del gobierno de Rabbani en el exilio, que también tenía en la época una misión diplomática acreditada ante Naciones Unidas, se quejaron de que la misión talibán operaba ilegalmente como un completo despacho consular, emitiendo pasaportes y visados. El ministerio de Asuntos Exteriores reaccionó rápidamente y advirtió a Muhajid y Zadran que "ninguna misión puede emitir documentos de viaje", dijo un funcionario del ministerio.
Ravan Farhadi, el actual embajador de Afganistán ante Naciones Unidas, contiende que cientos de "árabes y yihadistas" obtuvieron documentos falsos. "Zadran es responsable de eso", dijo Farhadi.
En febrero de 2001, Estados Unidos ordenó el cierre de la misión de Flushing, mencionando que las sanciones de Naciones Unidas se habían agudizado con respecto al régimen afgano dos meses antes por dar refugio a Bin Laden y Al Qaeda. En su última declaración oficial como primer secretario, Zadran dijo a la CNN que estaba apagando las luces de la oficina de Flushing. "Lo estamos terminando".
Estuvo menos alerta en una reunión final con diplomáticos norteamericanos. De acuerdo a un cable del departamento de estado obtenido por el Archivo Nacional de Seguridad en la Universidad de George Washington, refunfuñó que Bin Laden había agotado la solidaridad de los talibanes.
"Me hubiera gustado que vuestros misiles le hubiesen dado", dijo Zadran.
Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Zadran estuvo callado. Para enero de 2002 era un acusado. Su repentina transición de informante a acusado sigue siendo un misterio.
Pero hay indicios de que Zadran fue denunciado por otro informante.
En documentos judiciales, Stephen Miller, el fiscal federal que lleva el caso de Zadran, revelaron que Zadran "reclutó a un cómplice conspirador" que "verificó falsamente el empleo de la esposa de Zadran en la misión talibana". El co-conspirador no ha sido acusado en el caso de Zadran, un signo de que ha colaborado con el gobierno.
Agentes del FBI han analizado los informes de su período en libertad condicional, examinando los pagos mensuales del gobierno talibán que declaró y peticiones de viaje que había presentado a su supervisor. Estudiaron detenidamente sus cuentas bancarias. Entrevistaron a Zadran varias veces en su casa de Long Island. En su cobertizo en el patio encontraron una pila de correspondencia con funcionarios talibanes.
Las autoridades federales continúan investigando los canales de recaudación de fondos de los talibanes en Estados Unidos. Los funcionarios sospechan que los fondos fueron recaudados en mezquitas y en reuniones afganas en el país.
En estos días nadie en la comunidad afgana de Queens admite haber estado afiliado a los talibanes. Pocos han visto a Noorullah Zadran en los últimos cuatro años, y menos aun le recuerdan. En la mezquita de Sayed Jamaluddin, los viejos que llegan a las oraciones del viernes sacuden la cabeza cuando escuchan su nombre. Los parroquianos de Main Street suspiraron y levantaron los brazos.
Zaka Carvan hizo una pausa para recordar a su amigo antes de volver a moler carne de hamburguesas detrás de su mostrador en el mercado. Como los otros, oyó las noticias de los problemas legales de Zadran en silencio, cuidadoso de aventurar una opinión. Pero cuando Carvan se enteró de que Zadran se había quitado su barba de ulema, tuvo que ahogar una amarga sonrisa.
"Como si fuera el peor de los castigos", dijo Carvan.
John Beckham contribuyó a este reportaje.
8 de mayo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
Nueva York, Estados Unidos. Como el representante del régimen talibán en la televisión americana, Noorullah Zadran ejercía su oficio con credenciales impecables. Con una suelta barba negra, diploma de Ivy League y un sonoro dominio del inglés, proyectaba la imagen de un verdadero creyente.Zadran sonrió serenamente ante una cámara de la PBS en agosto de 1998, horas después de que misiles Cruise llovieran sobre las bases de Osama bin Laden en Afganistán en venganza por los atentados contra embajadas norteamericanas en África.
"Nos gustaría ver pruebas", dijo, "para convencernos de que eran campamentos terroristas". Bin Laden, insistió, era "invitado del Emirato Islámico de Afganistán, en el entendido de que no se iniciaría ningún acto de terror desde nuestro suelo".
Hasta que los atentados del 11 de septiembre demostraran que sus declaraciones eran huecas, Zadran parecía hablar con autoridad. Nombrado hacía siete años primer secretario de la misión diplomática talibana ante Naciones Unidas, el ciudadano norteamericano naturalizado, nacido en Afganistán, había pasado de taxista a segundo funcionario en jerarquía del régimen en Estados Unidos.
Sin embargo, detrás de su pose diplomática había un objetivo oculto. Zadran, 53, había evitado la cárcel en un caso de contrabando convirtiéndose en un informante del FBI. Durante tres años entregó informaciones sobre la jerarquía de los talibanes y operaciones terroristas en Afganistán incluso cuando actuaba como representante del régimen en Estados Unidos.
Pero en octubre pasado la existencia clandestina de Zadran dio otro fuerte giro: Fue acusado de evasión de impuestos y fraude bancario que se fueron descubiertos durante la masiva investigación sobre el 11 de septiembre.
El embrollado curso de la vida secreta de Zadran proporciona una mirada en el tenebroso mundo de los informantes sobre terrorismo, cuyos motivos y lealtades son a menudo borrosas. El aliado encubierto que juró en una petición de clemencia sellada de 1996 que "proporcionaría al FBI toda información relacionada con posibles actividades terroristas" es ahora el primer funcionario talibán que será procesado por un tribunal norteamericano.
Como cientos de sospechosos capturados desde la guerra contra el terrorismo de 2001, Zadran no está acusado directamente de terrorismo. Los cargos en su contra reflejan el agresivo enfoque el ministerio de Justicia de incluso los más pequeños peces de los casos de terror -atacándoles con cargos fiscales, de inmigración y técnicos cuando se cuenta con pocas evidencias de su participación en delitos terroristas.
El extraño pasaje de Zadran -según entrevistas con funcionarios federales, diplomáticos y émigrés afganos y de documentos judiciales sellados- arroja nuevas luces sobre los esfuerzos del gobierno para determinar si funcionarios talibanes jugaron un papel en las actividades terroristas dentro del país. La ahora cerrada misión talibán donde trabajaba Zadran era uno de los centros nerviosos bajo sospecha.
"El objetivo principal de la misión talibán era reunir dinero para su gobierno", dijo Mary Jo White, ex fiscal del distrito del Nueva York Sur, que supervisó el proceso de operativos de Al Qaeda por los atentados contra las embajadas. "Creemos que estaban trabajando en concierto con el grupo de Bin Laden".
Cuatro meses después de los atentados del 11 de septiembre, Zadran fue mencionado en una lista de vigilancia de terroristas y nombrado en documentos judiciales como un sospechoso de la pesquisa nacional sobre los orígenes de la conspiración. Un fiscal federal reveló en una moción confidencial de la corte en 2002 que agentes del FBI estaban investigando a Zadran por "varios delitos, incluyendo proveer asistencia financiera a los talibanes" en violación de las sanciones de la Ley Internacional de Emergencia de Poderes Económicos [International Emergency Economic Powers Act] contra naciones parias.
Pero en su acusación del año pasado Zadran fue en realidad acusado de ocultar su salario talibán en su declaración de impuestos y de colocar falsamente a su esposa como empleada talibán para un préstamo hipotecario."Los únicos resultados de esta extensa investigación del gobierno", dijeron los abogados de Zadran en documentos judiciales, fueron tediosas demandas de que no había "declarado ingresos".
La moción de Zadran de desestimar el caso sobre bases constitucionales fue rechazada en marzo por un juez federal. Poco después, sus abogados renunciaron abruptamente. Fueron remplazados por el tercer abogado que Zadran había contratado desde su acusación, Jared J. Scharf, un abogado fiscal especializado en acuerdos de clemencia.
Cuando Zadran llegó a los tribunales en Manhattan a principios de abril, los atavíos de sus días como talibán habían desaparecido. Se había afeitado su ascética barba y remplazado el tradicional kamiz afgano que usaba con los talibanes, por un traje gris pardo.
Se había vuelto a vestir como un sólido ciudadano americano. En Huntington Station, la ciudad de cuello azul de Long Island donde trabaja ahora como corredor de bienes raíces y vive en una ordenada casa con su esposa y cuatro hijos, Zadran pide a sus vecinos y clientes que lo llamen Ron.
Parado solo frente al tribunal, sacándose las pelusas de su traje, sonrió cansado cuando se le preguntó sobre su doble vida como funcionario talibán e informante norteamericano. "Ahora no es el momento", dijo.
Zadran era un orador apasionado cuando empezó a aparecer a mediados de los años ochenta en la escena política émigré afgana. Cuando los activistas se reunían en mitines en Queens y Manhattan contra la ocupación soviética de su país natal, Zadran se abría camino hacia la primera línea. Fanfarrón, gritón, incontenible, agitaba pancartas anti rusas, cantaba el himno afgano y pedía a gritos que lo dejaran hablar, dijeron algunos de sus amigos.
"Siempre hablaba de política. Nunca le parecía suficiente", dijo Zaka Carvan, que gestiona una tienda de alimentación en Main Street en Flushing, Queens, una ajetreada arteria de puestos de kabob y tiendas de artículos importados cerca de un centro médico donde los talibanes instalaron su misión ante Naciones Unidas.
La familia de Zadran había llegado con las primeras olas de clanes afganos que vivían hacinados en conventillos y casas en hilera en Queens y Long Island a fines de los setenta. Zadran obtuvo la ciudadanía en 1980; en 1984 recibió un diploma de maestría en estudios generales en la Universidad de Columbia después de varios años de clases vespertinas.
Pero su educación y entusiasmo no consiguieron darle la posición política que ansiaba. "Los líderes de esos movimientos no le dieron nunca una oportunidad", dijo Carvan.
El incansable Zadran volcó sus energías a los negocios. Traducía para tribunales y conducía un taxi de noche. Vendía monedas, alfombras y piedras preciosas e invirtió 50.000 dólares en un programa por cable sobre temas afganos, en el que leía las noticias y recibía a grupos de baile.
Hacía dinero rápidamente, y lo perdía igual de rápido. Una inversión de 115.000 dólares en una fábrica de alfombras se había evaporado. Un choque en el taxi terminó en una demanda judicial por lesiones. Zadran admitió en una declaración haber descuidado los negocios para luchar en las guerras civiles de Afganistán tras la retirada soviética en 1989.
"Me iba bien", dijo, "pero entonces te envuelve la fiebre del país y lo dejas todo para volver y pelear".
Las visitas a su casa en Paktia, una provincia en las montañas junto a la frontera paquistaní tenía otro lado. Zadran volvió a Estados Unidos con pieles animales que pensaba entrar de contrabando en las maletas. Se fanfarroneó ante un cliente que podía entregar "todas las que quisiera".
Regatearon durante 15 meses hasta que el cliente se comprometió a comprar dos pieles de pantera onza, una especie amenazada. A 15.000 dólares por piel, Zadran prometió muchas más, "doscientas, trescientas piezas".
Los dos hombres cerraron el trato en julio de 1995 en un restaurante de carretera cerca de Darien, Connecticut. Días después, Zadran fue detenido. Su cliente era un agente federal de la protección de la fauna.
A cambio de la prisión, Zadrán se convirtió en informante. En mayo de 1996 se había reunido 15 veces con agentes federales, entregando informaciones que oía durante sus viajes a su país natal. "Ha colaborado con el gobierno de todos los modos posibles", escribieron los abogados de Zadran en una petición de clemencia sellada por orden judicial y obtenida por Times.
De acuerdo a los abogados Zadran dio al agente del FBI de New Haven, Kenneth Grey, "información de fondo sobre terrorismo y rutas de transporte de narcóticos". Identificó a grupos basados en Afganistán que "obtenían ilegalmente equipos militares, incluyendo misiles antiaéreos Stinger". Y entregó "informaciones valiosas sobre la composición del nuevo gobierno talibán en Afganistán y la situación de las fuerzas de oposición".
Zadran tenía sentido de oportunidad. La situación política en Afganistán era caótica y peligrosa. Las tropas militantes islámicas de los talibanes estaban a punto de hacerse con el poder del endeble gobierno de Berhanuddin Rabbani. Y dos años después de su expulsión de Sudán, Osama bin Laden había justamente encontrado con sus leales de Al Qaeda refugio en el bastión talibán de Kandahar.
Grey y Richard Ware Levitt, entonces abogados de Zadran, no confirmaron si las revelaciones de Zadran había ayudado a Estados Unidos. Pero la cooperación dio sus frutos. Se le permitió declararse culpable de un solo delito en el caso del contrabando de pieles y evitar la prisión. A cambio, según el acuerdo de clemencia secreto de Zadran con el gobierno, él accedió a informar al FBI sobre "actividades terroristas" cada dos meses hasta 2001 -el fin de la libertad condicional de cinco años.
Expertos anti-terroristas dijeron que Zadran fue probablemente presionado por agentes federales para entregar información y documentos sobre los planes internos de los talibanes, sus relaciones con Al Qaeda y financiando fuentes.
"El objetivo era infiltrar sus cables", dijo Jack Cloonan, un experto en Al Qaeda del FBI, jubilado, que dirigió operaciones de recabamiento de inteligencia contra la misión de Queens a fines de los noventa. "El objetivo era obtener lo que pudiéramos sobre lo que estaban transmitiendo a su país, y viceversa".
El despacho del FBI en Nueva York también pinchó los teléfonos de la misión de Queens para seguir sus pasos y "había agentes asignados para saber quién era quién entre los funcionarios talibanes y dónde estaban las 24 horas del día", dijo Cloonan.
Zadran mantuvo su papel de informante bien escondido. Todavía asistía a las manifestaciones en Queens, pero parecía más sombrío, dijeron sus amigos. Dejó de beber en las fiestas y empezó a aparecerse a orar en la mezquita de Sayed Jamaluddin, una estructura de crujiente madera que era el centro espiritual de los pashtún afganos de Nueva York -y un caldo de cultivo de simpatizantes de los talibanes, según las autoridades.
"Lo acogimos", dijo el doctor Esmat Nawabi, un hematólogo retirado que dirige la directiva de la mezquita. Sayed Jamaluddin, insistió Nawabi, "no tiene lazos con ninguna organización ni fuentes de ingreso".
Como los viejos que se acuclillan junto a él todos los viernes, Zadran se dejó crecer la barba. En su programa por cable cambió la música por los serios edictos del líder talibán el ulema Mohammed Omar.
"Fue un despertar espiritual, fue bueno para él", dijo Carvan.
La nueva imagen de devoto de Zadran impresionó a los diplomáticos talibanes de visita. De acuerdo a Sharif Ghalib, ex funcionario de Rabbani, Zadran conquistó en 1996 a los miembros de una delegación talibán visitante ayudando en la logística cuando llegaron a la ciudad para entrevistarse con el Comité de Relaciones Exteriores del Senado.
"Le dio legitimidad", dijo Ghalib, ahora encargado de asuntos en la embajada afgana en Toronto. "Se codeaba con sus líderes y los conectaba con afganos influyentes en Estados Unidos".
El gobierno de Clinton se negó a reconocer a los talibanes. Pero al régimen se le permitió enviar a Nueva York a un funcionario importante, Abdul Hakim Mujahid. En junio de 1998 Zadran fue nombrado "primer secretario" de Mujahid, cuando él continuaba informando al FBI.
El arreglo diplomático de Zadran era raro, pero legal en Estados Unidos, donde los norteamericanos trabajan habitualmente para otros países como funcionarios consulares. Tanto Mujahid como Zadran estaban "limitado a una función de enlace" -podían interactuar con diplomáticos de Naciones Unidas y Estados Unidos, pero no se permitía todo el rango de actividades diplomáticas y consulares normales de los funcionarios de embajadas, dijo Karl Indefurth, entonces subsecretario de estado para asuntos del Sudeste Asiático.
Sin embargo, dentro de poco Zadran actuaba como diplomático. Hablaba a nombre de los talibanes en los programas de noticias de la televisión. Y a pesar de su condena federal, Zadran empezó a viajar para los talibanes después de que el juez encargado de su caso le devolviera su pasaporte confiscado, sin que los fiscales lo objetaran.
Viajó al menos dos veces a Afganistán durante el período talibán, según informes de inteligencia afganos mencionados por Ghalib. Zadran viajó a Kabul a fines de los noventa, dijo Ghalib. Y en un viaje de un mes a Kandahar en 2000, "se suponía que Zadran tenía que reunirse" con el ulema Omar, que ha estado fugitivo desde la invasión norteamericana de octubre de 2001, de acuerdo a Ghalib.
Hay informes no corroborados de esa reunión y los funcionarios federales no confirmaron ni negaron esos contactos. Pero Ghalib dijo que Zadran "no ocultaba esas reuniones" y dijo que incluso habló sobre ellos en su programa de televisión por cable.
Hablando inglés perfectamente, tranquilo, Zadran era solicitado como un portavoz de prensa, y apareció en CNN, PBS y la Voz de América. Acompañaba a Muhajid a las mezquitas y universidades y asistía a las reuniones con funcionarios del ministerio de Asuntos Exteriores. Una delegación talibán se quedó empantanada cuando el testarudo sedán de Zadran se quedó en pana en la autopista de peaje de Nueva Jersey.
"Era el manitas de los talibanes", dijo un funcionario del ministerio. "Si un pariente tuyo se estaba muriendo o necesitabas dinero de Kandahar, no tenías más que hablar con él".
Funcionarios del gobierno de Rabbani en el exilio, que también tenía en la época una misión diplomática acreditada ante Naciones Unidas, se quejaron de que la misión talibán operaba ilegalmente como un completo despacho consular, emitiendo pasaportes y visados. El ministerio de Asuntos Exteriores reaccionó rápidamente y advirtió a Muhajid y Zadran que "ninguna misión puede emitir documentos de viaje", dijo un funcionario del ministerio.
Ravan Farhadi, el actual embajador de Afganistán ante Naciones Unidas, contiende que cientos de "árabes y yihadistas" obtuvieron documentos falsos. "Zadran es responsable de eso", dijo Farhadi.
En febrero de 2001, Estados Unidos ordenó el cierre de la misión de Flushing, mencionando que las sanciones de Naciones Unidas se habían agudizado con respecto al régimen afgano dos meses antes por dar refugio a Bin Laden y Al Qaeda. En su última declaración oficial como primer secretario, Zadran dijo a la CNN que estaba apagando las luces de la oficina de Flushing. "Lo estamos terminando".
Estuvo menos alerta en una reunión final con diplomáticos norteamericanos. De acuerdo a un cable del departamento de estado obtenido por el Archivo Nacional de Seguridad en la Universidad de George Washington, refunfuñó que Bin Laden había agotado la solidaridad de los talibanes.
"Me hubiera gustado que vuestros misiles le hubiesen dado", dijo Zadran.
Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Zadran estuvo callado. Para enero de 2002 era un acusado. Su repentina transición de informante a acusado sigue siendo un misterio.
Pero hay indicios de que Zadran fue denunciado por otro informante.
En documentos judiciales, Stephen Miller, el fiscal federal que lleva el caso de Zadran, revelaron que Zadran "reclutó a un cómplice conspirador" que "verificó falsamente el empleo de la esposa de Zadran en la misión talibana". El co-conspirador no ha sido acusado en el caso de Zadran, un signo de que ha colaborado con el gobierno.
Agentes del FBI han analizado los informes de su período en libertad condicional, examinando los pagos mensuales del gobierno talibán que declaró y peticiones de viaje que había presentado a su supervisor. Estudiaron detenidamente sus cuentas bancarias. Entrevistaron a Zadran varias veces en su casa de Long Island. En su cobertizo en el patio encontraron una pila de correspondencia con funcionarios talibanes.
Las autoridades federales continúan investigando los canales de recaudación de fondos de los talibanes en Estados Unidos. Los funcionarios sospechan que los fondos fueron recaudados en mezquitas y en reuniones afganas en el país.
En estos días nadie en la comunidad afgana de Queens admite haber estado afiliado a los talibanes. Pocos han visto a Noorullah Zadran en los últimos cuatro años, y menos aun le recuerdan. En la mezquita de Sayed Jamaluddin, los viejos que llegan a las oraciones del viernes sacuden la cabeza cuando escuchan su nombre. Los parroquianos de Main Street suspiraron y levantaron los brazos.
Zaka Carvan hizo una pausa para recordar a su amigo antes de volver a moler carne de hamburguesas detrás de su mostrador en el mercado. Como los otros, oyó las noticias de los problemas legales de Zadran en silencio, cuidadoso de aventurar una opinión. Pero cuando Carvan se enteró de que Zadran se había quitado su barba de ulema, tuvo que ahogar una amarga sonrisa.
"Como si fuera el peor de los castigos", dijo Carvan.
John Beckham contribuyó a este reportaje.
8 de mayo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
milicias vigilantes en la red
[Ariana Eunjung Cha] Vigilantes husmean en el lado malo de la red. Algunos grupos se especializan en sitios pro-terroristas.
Carbondale, Illinois, Estados Unidos. A las cinco de la mañana A. Aaron Weisburd subió trabajosamente a su ático para empezar otro día de trabajo, revisando unos datos que había recibido sobre posibles actividades terroristas en internet.
No pasó mucho tiempo para que un e-mail le llamara la atención: Ekhlaas.com ofrecía instrucciones sobre cómo hacerse con información personal desde los ordenadores de la gente. Era un nuevo desarrollo para un foro de discusión musulmán acostumbrado a anunciar operaciones de martirio' o atentados suicidas contra tropas norteamericanas y otros en Iraq.
Weisburd apuntó su hallazgo rápidamente en su bitácora de sitios peligrosos y ofensivos, alertando a sus seguidores. Pocos días después Ekhlaas sufrió un inusual aumento de actividad, el sello de un ataque de hackers, obligando al servidor a cerrar la página.
Fue otra pequeña victoria para Weisburd, que pertenece a una nueva camada de activistas de internet. Parte vigilantes, parte informantes y parte vecinos fisgones, recorren internet a la búsqueda de sitios que dicen que giran sobre robo, fraude y violencia.
Weisburd dijo que él y sus partidarios son responsables del desmantelamiento de al menos 650 y quizás hasta 1.000 sitios que considera que son una amenaza, especialmente de sitios islámicos radicales. "Soy una especie de investigador free-lance", dijo Weisburd.
Como los enemigos que persiguen, los cruzados online como Weisburd son expertos en el uso de las peculiares características de internet -su anonimato, velocidad y capacidad de cruzar las fronteras nacionales. Algunos trabajan solos, otros en secreto; otros como Weisburd han logrado montar operaciones bien organizadas que funcionan casi como empresas. Sus causas varían ampliamente, sea terminar con la publicidad no solicitada o exigiendo responsabilidades a compañías que entregan productos o servicios deficientes. Hay grupos que investigan asesinatos y otros que combaten el terrorismo y otros delitos.
Los activistas opera a menudo en los límites de lo que es legal e ilegal. Por su parte, Weisburd insiste en que sólo utiliza medios legales para lograr sus objetivos. Una publicación en su sitio explica que en la lucha contra la delincuencia no es adecuado cometer un delito más, pero admite que no siempre controla las acciones de la gente que lo ayuda.
Agencias de gobierno y otros no saben qué hacer con él. Algunos funcionarios policiales elogian sus esfuerzos. Kenneth Nix, un detective privado de Missouri que forma parte de Internet Crimes Task Force, dijo que Weisburd a menudo proporciona información "que no teníamos antes".
Pero otros dicen que está haciendo más mal que bien. Algunos funcionarios estadounidenses piensan que se puede saber más sobre los grupos terroristas vigilando los sitios sospechosos que operan. Weisburd dijo que un analista de una agencia federal le escribió hace poco una severa carta llamándolo una "grave amenaza para la seguridad interior" porque su trabajo interfería con sus investigaciones.
Marshall Stone, portavoz del FBI, dijo que mientras la agencia estimula a los ciudadanos a informar sobre posibles hechos delictivos, cree que todo intento de parar a los criminales debe estar en manos del gobierno.
Sin un proceso debido, la evidencia podría estropearse y ser inútil en tribunales o, peor, algunos podrían ser condenados como culpables cuando son en realidad inocentes, dijo Paul Kurtz, presidente de Cyber Security Industry Alliance, una coalición de presidentes de compañías tecnológicas. "Cuando todos nos transformamos en agentes policiales', la justicia se vuelve muy borrosa", dijo.
Armado con tres viejos ordenadores, Weisburd da caza desde su casa a los que describe como terroristas.
Weisburd, 41, mitad irlandés, mitad judío de Nueva York, dijo que como otros estadounidenses, se sintió profundamente afectado por los atentados del 11 de septiembre de 2001. Quería alistarse en las fuerzas armadas, pero su edad y problemas de salud lo hicieron imposible.
Entonces, casi un año después, vio un reportaje en televisión sobre un sitio en la red que mostraba lo que parecía ser una clase de kindergarten en la Franja de Gaza representando un atentado terrorista. Estaba indignado y se metió a la red a investigar, y descubrió finalmente el hombre del servidor. Envió un e-mail al propietario del servidor a las 6 de la mañana. Dos horas más tarde, el sitio fue cerrado.
Desde ese éxito, el antiguo estudiante de filosofía de la Universidad George Washington montó Internet Haganah' -la última palabra significa defensa' en hebreo y era el nombre de una milicia judía clandestina en la Palestina controlada por los británicos desde 1920 hasta 1948. El sitio, dedicado a luchar contra los sitios terroristas islámicos, tiene más de 30.000 visitantes al mes.
Otra mañana de esa misma semana a principios de abril, Weisburd abrió un e-mail en el que alguien en el tablón de anuncios de Yahoo estaba pidiendo donaciones para ir a hacer la guerra santa a algún lugar. Weisburd demoró unos minutos en encontrar tres de los mensajes y trazar su origen -de un modem de cable desde la casa de alguien en un área escolar de New England. Apretó el botón de avanzado y envió la información a un contacto en la policía.
Otro mensaje urgía a Weisburd a chequear un sitio en árabe en la red llamando a los lectores a rezar para que Alá provocara una erupción volcánica en las Islas Canarias. El sitio pensaba que, si eran suficientes, las vibraciones provocarían un maremoto que arrasaría la costa este de Estados Unidos. El sitio contenía incluso un mapa de destrucciones potenciales. Absurdo, pensó Weisburd. Resumió la información, la publicó en su página y siguió con el siguiente e-mail.
El sitio consume tanto del tiempo de Weisburd que renunció a su trabajo firme como programador informático. Ahora trabaja media jornada como consultor en alta tecnología y dijo que él y su esposa, que es diseñadora gráfica, sobreviven justo.
Dijo que ha recibido miles de dólares en donaciones, así como algunas ominosas amenazas de muerte. Un aviso llegó por carta manuscrita a la casa de Weisburd. Otra carta en un sitio en la red declaraba que debería ser decapitado y su dirección debería ser publicada. Para su propia protección, Wiesburd guarda una pistola calibre 38 en su casa.
Weisburd es ayudado por un grupo de voluntarios flojamente organizados. Entre ellos hay geekes de Silicon Valley, expertos en Oriente Medio, y algunas mujeres que describió como "jóvenes abuelas con internet por banda ancha en áreas rurales".
En un caso, Weisburd identificó un a proveedor basado en Atlanta que parecía estar alojando a un sitio que predicaba ataques contra Estados Unidos y sus aliados occidentales. El proveedor, sin embargo, ignoró las peticiones de que lo retirara. Así algunos partidarios de Weisburd averiguaron qué iglesia visitaba el propietario y consiguieron su número de celular y empezaron a llamarlo sin parar hasta que decidió sacar ese sitio.
"A veces creo que estoy en una escena de la película El jovencito Frankenstein': yo soy el agente y hay una multitud enfurecida detrás de mí", dijo Weisburd.
Algunos proveedores en la red que han tenido que ver con Weisburd y sus seguidores dijeron que esos grupos los colocan en una situación difícil. Si mantienen los sitios, corren el peligro de que se les diga que apoyan el terrorismo. Si los cierran, se pueden transformar en blanco de los defensores de la libertad de expresión, y perder a clientes de pago.
T. Griffin Conrad, vice-presidente de márketing de iPowerWeb Inc., la compañía de Santa Monica, California, que alojaba a Ekhlaas, dijo que la compañía cerró el sitio porque temía que un aumento de actividades provocara un efecto ondulante que podría cerrar también a otros clientes. Conrad no especuló sobre qué causaba el tráfico excesivo y dijo que no sabía nada sobre el contenido del sitio sino hasta que fue contactado por un periodista.
Quizás la cuestión más difícil a la que hace frente Weisburd es determinar qué sitios pueden ser clasificados como promotores de la yihad'. Incluso algunos de sus partidarios tienen dudas.
Brian Marcus, director de la Liga contra la Difamación, dijo que Weisburd merece "muchos elogios". Marcus agregó que la línea que separa a un sitio de apoyo a terroristas y un foro es a menudo nebulosa. "Somos un grupo de derechos civiles y la libertad de expresión significa un montón para nosotros', dijo.
Weisburd no lee árabe, pero usa el traductor del ordenador y descansa en otros voluntarios que hablan fluidamente otros idiomas que lo ayudan con los textos más difíciles. Pero dijo que a menudo queda claro por las imágenes y unas cuantas palabras qué sitios merecen seguir y cuáles deberían desaparecer del ciberespacio.
"Entiendo lo suficiente qué dicen para saber que son mis enemigos, y eso es todo lo que necesito saber", dijo Weisburd.
25 de abril de 2005
©washington post
©traducción mQh
"
Carbondale, Illinois, Estados Unidos. A las cinco de la mañana A. Aaron Weisburd subió trabajosamente a su ático para empezar otro día de trabajo, revisando unos datos que había recibido sobre posibles actividades terroristas en internet.No pasó mucho tiempo para que un e-mail le llamara la atención: Ekhlaas.com ofrecía instrucciones sobre cómo hacerse con información personal desde los ordenadores de la gente. Era un nuevo desarrollo para un foro de discusión musulmán acostumbrado a anunciar operaciones de martirio' o atentados suicidas contra tropas norteamericanas y otros en Iraq.
Weisburd apuntó su hallazgo rápidamente en su bitácora de sitios peligrosos y ofensivos, alertando a sus seguidores. Pocos días después Ekhlaas sufrió un inusual aumento de actividad, el sello de un ataque de hackers, obligando al servidor a cerrar la página.
Fue otra pequeña victoria para Weisburd, que pertenece a una nueva camada de activistas de internet. Parte vigilantes, parte informantes y parte vecinos fisgones, recorren internet a la búsqueda de sitios que dicen que giran sobre robo, fraude y violencia.
Weisburd dijo que él y sus partidarios son responsables del desmantelamiento de al menos 650 y quizás hasta 1.000 sitios que considera que son una amenaza, especialmente de sitios islámicos radicales. "Soy una especie de investigador free-lance", dijo Weisburd.
Como los enemigos que persiguen, los cruzados online como Weisburd son expertos en el uso de las peculiares características de internet -su anonimato, velocidad y capacidad de cruzar las fronteras nacionales. Algunos trabajan solos, otros en secreto; otros como Weisburd han logrado montar operaciones bien organizadas que funcionan casi como empresas. Sus causas varían ampliamente, sea terminar con la publicidad no solicitada o exigiendo responsabilidades a compañías que entregan productos o servicios deficientes. Hay grupos que investigan asesinatos y otros que combaten el terrorismo y otros delitos.
Los activistas opera a menudo en los límites de lo que es legal e ilegal. Por su parte, Weisburd insiste en que sólo utiliza medios legales para lograr sus objetivos. Una publicación en su sitio explica que en la lucha contra la delincuencia no es adecuado cometer un delito más, pero admite que no siempre controla las acciones de la gente que lo ayuda.
Agencias de gobierno y otros no saben qué hacer con él. Algunos funcionarios policiales elogian sus esfuerzos. Kenneth Nix, un detective privado de Missouri que forma parte de Internet Crimes Task Force, dijo que Weisburd a menudo proporciona información "que no teníamos antes".
Pero otros dicen que está haciendo más mal que bien. Algunos funcionarios estadounidenses piensan que se puede saber más sobre los grupos terroristas vigilando los sitios sospechosos que operan. Weisburd dijo que un analista de una agencia federal le escribió hace poco una severa carta llamándolo una "grave amenaza para la seguridad interior" porque su trabajo interfería con sus investigaciones.
Marshall Stone, portavoz del FBI, dijo que mientras la agencia estimula a los ciudadanos a informar sobre posibles hechos delictivos, cree que todo intento de parar a los criminales debe estar en manos del gobierno.
Sin un proceso debido, la evidencia podría estropearse y ser inútil en tribunales o, peor, algunos podrían ser condenados como culpables cuando son en realidad inocentes, dijo Paul Kurtz, presidente de Cyber Security Industry Alliance, una coalición de presidentes de compañías tecnológicas. "Cuando todos nos transformamos en agentes policiales', la justicia se vuelve muy borrosa", dijo.
Armado con tres viejos ordenadores, Weisburd da caza desde su casa a los que describe como terroristas.
Weisburd, 41, mitad irlandés, mitad judío de Nueva York, dijo que como otros estadounidenses, se sintió profundamente afectado por los atentados del 11 de septiembre de 2001. Quería alistarse en las fuerzas armadas, pero su edad y problemas de salud lo hicieron imposible.
Entonces, casi un año después, vio un reportaje en televisión sobre un sitio en la red que mostraba lo que parecía ser una clase de kindergarten en la Franja de Gaza representando un atentado terrorista. Estaba indignado y se metió a la red a investigar, y descubrió finalmente el hombre del servidor. Envió un e-mail al propietario del servidor a las 6 de la mañana. Dos horas más tarde, el sitio fue cerrado.
Desde ese éxito, el antiguo estudiante de filosofía de la Universidad George Washington montó Internet Haganah' -la última palabra significa defensa' en hebreo y era el nombre de una milicia judía clandestina en la Palestina controlada por los británicos desde 1920 hasta 1948. El sitio, dedicado a luchar contra los sitios terroristas islámicos, tiene más de 30.000 visitantes al mes.
Otra mañana de esa misma semana a principios de abril, Weisburd abrió un e-mail en el que alguien en el tablón de anuncios de Yahoo estaba pidiendo donaciones para ir a hacer la guerra santa a algún lugar. Weisburd demoró unos minutos en encontrar tres de los mensajes y trazar su origen -de un modem de cable desde la casa de alguien en un área escolar de New England. Apretó el botón de avanzado y envió la información a un contacto en la policía.
Otro mensaje urgía a Weisburd a chequear un sitio en árabe en la red llamando a los lectores a rezar para que Alá provocara una erupción volcánica en las Islas Canarias. El sitio pensaba que, si eran suficientes, las vibraciones provocarían un maremoto que arrasaría la costa este de Estados Unidos. El sitio contenía incluso un mapa de destrucciones potenciales. Absurdo, pensó Weisburd. Resumió la información, la publicó en su página y siguió con el siguiente e-mail.
El sitio consume tanto del tiempo de Weisburd que renunció a su trabajo firme como programador informático. Ahora trabaja media jornada como consultor en alta tecnología y dijo que él y su esposa, que es diseñadora gráfica, sobreviven justo.
Dijo que ha recibido miles de dólares en donaciones, así como algunas ominosas amenazas de muerte. Un aviso llegó por carta manuscrita a la casa de Weisburd. Otra carta en un sitio en la red declaraba que debería ser decapitado y su dirección debería ser publicada. Para su propia protección, Wiesburd guarda una pistola calibre 38 en su casa.
Weisburd es ayudado por un grupo de voluntarios flojamente organizados. Entre ellos hay geekes de Silicon Valley, expertos en Oriente Medio, y algunas mujeres que describió como "jóvenes abuelas con internet por banda ancha en áreas rurales".
En un caso, Weisburd identificó un a proveedor basado en Atlanta que parecía estar alojando a un sitio que predicaba ataques contra Estados Unidos y sus aliados occidentales. El proveedor, sin embargo, ignoró las peticiones de que lo retirara. Así algunos partidarios de Weisburd averiguaron qué iglesia visitaba el propietario y consiguieron su número de celular y empezaron a llamarlo sin parar hasta que decidió sacar ese sitio.
"A veces creo que estoy en una escena de la película El jovencito Frankenstein': yo soy el agente y hay una multitud enfurecida detrás de mí", dijo Weisburd.
Algunos proveedores en la red que han tenido que ver con Weisburd y sus seguidores dijeron que esos grupos los colocan en una situación difícil. Si mantienen los sitios, corren el peligro de que se les diga que apoyan el terrorismo. Si los cierran, se pueden transformar en blanco de los defensores de la libertad de expresión, y perder a clientes de pago.
T. Griffin Conrad, vice-presidente de márketing de iPowerWeb Inc., la compañía de Santa Monica, California, que alojaba a Ekhlaas, dijo que la compañía cerró el sitio porque temía que un aumento de actividades provocara un efecto ondulante que podría cerrar también a otros clientes. Conrad no especuló sobre qué causaba el tráfico excesivo y dijo que no sabía nada sobre el contenido del sitio sino hasta que fue contactado por un periodista.
Quizás la cuestión más difícil a la que hace frente Weisburd es determinar qué sitios pueden ser clasificados como promotores de la yihad'. Incluso algunos de sus partidarios tienen dudas.
Brian Marcus, director de la Liga contra la Difamación, dijo que Weisburd merece "muchos elogios". Marcus agregó que la línea que separa a un sitio de apoyo a terroristas y un foro es a menudo nebulosa. "Somos un grupo de derechos civiles y la libertad de expresión significa un montón para nosotros', dijo.
Weisburd no lee árabe, pero usa el traductor del ordenador y descansa en otros voluntarios que hablan fluidamente otros idiomas que lo ayudan con los textos más difíciles. Pero dijo que a menudo queda claro por las imágenes y unas cuantas palabras qué sitios merecen seguir y cuáles deberían desaparecer del ciberespacio.
"Entiendo lo suficiente qué dicen para saber que son mis enemigos, y eso es todo lo que necesito saber", dijo Weisburd.
25 de abril de 2005
©washington post
©traducción mQh
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cómo cayó rudolph
[Ellen Barry y Jenny Jarvie] Las acciones de dos testigos obligaron al terrorista a ocultarse y terminar su campaña de asesinatos.
Opelika, Alabama, Estados Unidos. Jeffrey Tickal estaba bebiendo café en un McDonald's cuando vio pasar dando grandes pasos al terrorista, así que fue en el vaso de café de McDonald's que apuntó la matrícula del coche del hombre: KND1117.
Tickal no había hecho nunca nada parecido, y no lo ha vuelto a hacer. Salir del McDonald's y seguir al hombre esa mañana fue una reacción instintiva, dijo -"lo que haría cualquiera".
A pesar del extraordinario despliegue policial en la investigación de los mortíferos atentados con bomba en 1996, 1997 y 1998, fueron dos transeúntes -Tickal y su colega estudiante, Jermaine Hughes- los que proporcionaron la única pista de información que condujo a la detención de Eric Rudolph.
El miércoles, momentos después de que Rudolph se declarara culpable de los atentados, la fiscal Alice Martin finalmente reveló los nombres de los hombres que eran conocidos como WN-1 y WN-2. Se habían visto, pero nunca conocido. Tickal, 41, es ahora un abogado de Opelika, y Hughes, 29, dejó el sur para estudiar derecho en Harvard.
El jueves Martin dijo que le gustaría que los dos hombres recibieran la recompensa de 1 millón de dólares que se ofreció por identificar al terrorista.
"Estos atentados no se habrían resuelto sin estos testigos", dijo el teniente de policía Donald Toole, que la mañana del atentado era comandante de la sección de radio de la policía. "Fueron muy importantes. Sin estos testigos, Rudolph no se habría ocultado nunca. Sabía que había sido visto".
El jueves, en la elegante casa con columnas que aloja su despacho de abogado, Tickal estaba pensando qué hacer con el constante ring del teléfono. Se quejó de no poder terminar trabajos, se negó a ser fotografiado y pidió cortésmente a un periodista de televisión que no se fuera a vivir junto a su ventana. Interrogado sobre la recompensa, Tickal se encogió de hombros. "¿Héroe?", dijo Tickal. "Yo seguí al tipo. No sé cómo llamar esto".
Tickal mostró una absoluta falta de interés.
A través de su abogado, Hughes se negó a hacer comentarios para este reportaje, diciendo que la publicidad lo ponía en peligro.
En la rueda de prensa del miércoles, los fiscales hicieron un dramático relato de lo que pasó la mañana del 28 de enero de 1998, cuando Tickal y Hughes siguieron a Rudolph desde el lugar de su cuarto atentado.
Este golpe ocurrió en Birmingham, Alabama, frente a la clínica New Woman All Women.
Después de tres atentados altamente publicitados -contra las Olimpiadas, en otra clínica de mujeres y en un club nocturno-, la policía todavía no tenía ni la mínima idea de quién podía ser el autor.
Las crípticas cartas en las que el escritor se responsabiliza de los atentados habían sido estudiadas por un psicólogo. Una borrosa fotografía de un hombre sentado en un banco en el Centennial Olympic Park había sido ampliada tantas veces que los detectives lo llamaban "el Hombre-Mancha", escribe el investigador Charles Stone en su libro Hunting Eric Rudolph'.
Cuando estalló la bomba en Birmingham a las 7:33 de la mañana, Hughes estaba en la lavandería de un dormitorio en el campus de la Universidad de Alabama, a una cuadra de la clínica, dijeron los fiscales. Miró por la ventana y vio a un montón de gente corriendo hacia el lugar. Entonces vio a un hombre solo alejándose tranquilamente.
Hughes salió y se subió a su coche, pasando a Rudolph, que iba a pie, y acercándose para mirar bien la cara del hombre. Luego se metió a un McDonald's para llamar al 911.
Tickal estaba en el restaurante tomando desayuno, a punto de salir hacia su trabajo. Oyó a Hughes hablar por teléfono con la policía, gritando: "¡Es él!" -y se dio cuenta de que Hughes había visto pasar a un hombre a unos 40 o 50 metros de distancia. Tickal salió del restaurante y empezó a seguir a Rudolph, que se salió de la acera y desapareció en el bosque por un sendero.
Tickal dijo que se subió a su coche y condujo en esa dirección durante unos 700 metros, luego dobló por una calle secundaria que terminaba en un estacionamiento. Por suerte o estrategia -él todavía no lo sabe-, Tickal llegó al camino donde Rudolph había escondido su caminó. Desde su coche, Tickal vio a Rudolph emerger del bosque y colocar unas cosas en la parte de atrás del camión.
Cuando Rudolph salió a la Valley Avenue, Tickal dio una vuelta en U y lo siguió. El Nissan de Rudolph paró en un semáforo y Tickal paró detrás de él, garrapateando el número de la matrícula en su vaso de café. En el semáforo siguiente, Tickal se acercó al camión de Rudolph para verle la cara.
"Vio que yo lo estaba mirando", dijo Tickal.
Ese fue el breve lapso de tiempo en que Tickal vio a Eric Rudolph. Tickal dobló en el semáforo -para dirigirse a una comisaría de policía cercana- y Rudolph se escurrió. Para entonces, Hughes también había localizado al camión, y llamó a la policía para dar el número de su matrícula.
"Lo que hizo el otro testigo fue fantástico", dijo Tickal. De sí mismo, dijo: "Estoy feliz de haber estado ahí".
Con esas llamadas telefónicas, Eric Rudolph se transformó en un sospechoso y entró en la clandestinidad durante cinco años. Rudolph, en una declaración de 11 páginas proporcionada el miércoles, menciona varios veces a los testigos.
"Washington tuvo suerte ese día en Birmingham, tuvieron un testigo que estaba en una situación fortuita, e identificó mi camión", dijo. "Yo sabía que algo marchaba mal por los primeros informes de Birmingham, de modo que me preparé para actuar mientras me debatía entre huir o no o enfrentarme a ellos en los tribunales. Escogí el bosque".
Después de eso no hubo más atentados, aunque Rudolph había almacenado 113 kilos de dinamita.
Jeff Lyons ha pasado los últimos siete años ayudando a su esposa, Emily, a recuperarse de las lesiones que sufrió con la explosión en Birmingham. Lyons dijo que ansiaba reunirse algún día con los dos testigos para agradecerles.
"Si quieres tener héroes en este caso, son ellos. La policía y el FBI y los demás agentes, son héroes pagados. Estos tíos lo hicieron porque era lo que había hacer", dijo Lyons. "Eso es raro en este mundo".
16 de abril de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
Opelika, Alabama, Estados Unidos. Jeffrey Tickal estaba bebiendo café en un McDonald's cuando vio pasar dando grandes pasos al terrorista, así que fue en el vaso de café de McDonald's que apuntó la matrícula del coche del hombre: KND1117.Tickal no había hecho nunca nada parecido, y no lo ha vuelto a hacer. Salir del McDonald's y seguir al hombre esa mañana fue una reacción instintiva, dijo -"lo que haría cualquiera".
A pesar del extraordinario despliegue policial en la investigación de los mortíferos atentados con bomba en 1996, 1997 y 1998, fueron dos transeúntes -Tickal y su colega estudiante, Jermaine Hughes- los que proporcionaron la única pista de información que condujo a la detención de Eric Rudolph.
El miércoles, momentos después de que Rudolph se declarara culpable de los atentados, la fiscal Alice Martin finalmente reveló los nombres de los hombres que eran conocidos como WN-1 y WN-2. Se habían visto, pero nunca conocido. Tickal, 41, es ahora un abogado de Opelika, y Hughes, 29, dejó el sur para estudiar derecho en Harvard.
El jueves Martin dijo que le gustaría que los dos hombres recibieran la recompensa de 1 millón de dólares que se ofreció por identificar al terrorista.
"Estos atentados no se habrían resuelto sin estos testigos", dijo el teniente de policía Donald Toole, que la mañana del atentado era comandante de la sección de radio de la policía. "Fueron muy importantes. Sin estos testigos, Rudolph no se habría ocultado nunca. Sabía que había sido visto".
El jueves, en la elegante casa con columnas que aloja su despacho de abogado, Tickal estaba pensando qué hacer con el constante ring del teléfono. Se quejó de no poder terminar trabajos, se negó a ser fotografiado y pidió cortésmente a un periodista de televisión que no se fuera a vivir junto a su ventana. Interrogado sobre la recompensa, Tickal se encogió de hombros. "¿Héroe?", dijo Tickal. "Yo seguí al tipo. No sé cómo llamar esto".
Tickal mostró una absoluta falta de interés.
A través de su abogado, Hughes se negó a hacer comentarios para este reportaje, diciendo que la publicidad lo ponía en peligro.
En la rueda de prensa del miércoles, los fiscales hicieron un dramático relato de lo que pasó la mañana del 28 de enero de 1998, cuando Tickal y Hughes siguieron a Rudolph desde el lugar de su cuarto atentado.
Este golpe ocurrió en Birmingham, Alabama, frente a la clínica New Woman All Women.
Después de tres atentados altamente publicitados -contra las Olimpiadas, en otra clínica de mujeres y en un club nocturno-, la policía todavía no tenía ni la mínima idea de quién podía ser el autor.
Las crípticas cartas en las que el escritor se responsabiliza de los atentados habían sido estudiadas por un psicólogo. Una borrosa fotografía de un hombre sentado en un banco en el Centennial Olympic Park había sido ampliada tantas veces que los detectives lo llamaban "el Hombre-Mancha", escribe el investigador Charles Stone en su libro Hunting Eric Rudolph'.
Cuando estalló la bomba en Birmingham a las 7:33 de la mañana, Hughes estaba en la lavandería de un dormitorio en el campus de la Universidad de Alabama, a una cuadra de la clínica, dijeron los fiscales. Miró por la ventana y vio a un montón de gente corriendo hacia el lugar. Entonces vio a un hombre solo alejándose tranquilamente.
Hughes salió y se subió a su coche, pasando a Rudolph, que iba a pie, y acercándose para mirar bien la cara del hombre. Luego se metió a un McDonald's para llamar al 911.
Tickal estaba en el restaurante tomando desayuno, a punto de salir hacia su trabajo. Oyó a Hughes hablar por teléfono con la policía, gritando: "¡Es él!" -y se dio cuenta de que Hughes había visto pasar a un hombre a unos 40 o 50 metros de distancia. Tickal salió del restaurante y empezó a seguir a Rudolph, que se salió de la acera y desapareció en el bosque por un sendero.
Tickal dijo que se subió a su coche y condujo en esa dirección durante unos 700 metros, luego dobló por una calle secundaria que terminaba en un estacionamiento. Por suerte o estrategia -él todavía no lo sabe-, Tickal llegó al camino donde Rudolph había escondido su caminó. Desde su coche, Tickal vio a Rudolph emerger del bosque y colocar unas cosas en la parte de atrás del camión.
Cuando Rudolph salió a la Valley Avenue, Tickal dio una vuelta en U y lo siguió. El Nissan de Rudolph paró en un semáforo y Tickal paró detrás de él, garrapateando el número de la matrícula en su vaso de café. En el semáforo siguiente, Tickal se acercó al camión de Rudolph para verle la cara.
"Vio que yo lo estaba mirando", dijo Tickal.
Ese fue el breve lapso de tiempo en que Tickal vio a Eric Rudolph. Tickal dobló en el semáforo -para dirigirse a una comisaría de policía cercana- y Rudolph se escurrió. Para entonces, Hughes también había localizado al camión, y llamó a la policía para dar el número de su matrícula.
"Lo que hizo el otro testigo fue fantástico", dijo Tickal. De sí mismo, dijo: "Estoy feliz de haber estado ahí".
Con esas llamadas telefónicas, Eric Rudolph se transformó en un sospechoso y entró en la clandestinidad durante cinco años. Rudolph, en una declaración de 11 páginas proporcionada el miércoles, menciona varios veces a los testigos.
"Washington tuvo suerte ese día en Birmingham, tuvieron un testigo que estaba en una situación fortuita, e identificó mi camión", dijo. "Yo sabía que algo marchaba mal por los primeros informes de Birmingham, de modo que me preparé para actuar mientras me debatía entre huir o no o enfrentarme a ellos en los tribunales. Escogí el bosque".
Después de eso no hubo más atentados, aunque Rudolph había almacenado 113 kilos de dinamita.
Jeff Lyons ha pasado los últimos siete años ayudando a su esposa, Emily, a recuperarse de las lesiones que sufrió con la explosión en Birmingham. Lyons dijo que ansiaba reunirse algún día con los dos testigos para agradecerles.
"Si quieres tener héroes en este caso, son ellos. La policía y el FBI y los demás agentes, son héroes pagados. Estos tíos lo hicieron porque era lo que había hacer", dijo Lyons. "Eso es raro en este mundo".
16 de abril de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
cubano vinculado a terrorismo
[Michael A. Fletcher] Cubano que pidió asilo en Estados Unidos está vinculado a casos de terrorismo.
Luis Posada Carriles, un exiliado cubano adiestrado por la CIA e implicado en una serie de atentados terroristas, pidió ayer asilo político en Estados Unidos, llevando a un parlamentario a decir que concederle asilo socavaría la credibilidad del país en su guerra contra el terrorismo.
Posada entró en la clandestinidad después de entrar recientemente en Estados Unidos, dijo Eduardo Soto, el abogado del área de Miami que se ocupa de la petición de asilo de Posada. Ahora de 77, Posada es un héroe para algunos exiliados cubanos por sus fervientes intentos durante cuatro décadas de derrocar y asesinar al presidente cubano, Fidel Castro.
Adiestrado por la CIA en el uso de explosivos como parte de la desgraciada invasión de Bahía Cochinos, Posada ha estado vinculado en años posteriores con el atentado con bomba contra un avión de pasajeros cubano, que mató a 73 personas; en los atentados contra hoteles para turistas en Cuba que dejaron muerto a un turista italiano y heridas a 11 personas; y en una conspiración para asesinar a Castro en Panamá.
"Si está en Estados Unidos, debería ser detenido y deportado de acuerdo a las normas de las leyes internacionales", dijo el diputado republicano William D. Delahunt (demócrata, Massachusetts), que escribió una carta el lunes a los presidentes del Comité de Relaciones Internacionales de la Cámara, pidiendo una investigación sobre cómo entró Posada al país.
"Dada la enemistad entre los gobiernos cubano y estadounidense, es posible que funcionarios norteamericanos hayan hecho la vista gorda con la entrada de Posada en nuestro país -o peor incluso, haberla facilitado", escribió Delahunt. "Si eso fuera verdad -e incluso si no lo fuera y se permitiera a Posada quedarse aquí- desmentiría la credibilidad de Estados Unidos en la guerra contra el terrorismo, porque sugeriría que compartimos las opiniones de los que apoyan a Al Qaeda y a los insurgentes en Iraq en que el terrorista de unos, es el combatiente por la libertad de otros'".
Los defensores de Posada niegan que sea un terrorista. Señalan que los tribunales venezolanos absolvieron dos veces a Posada antes de que este escapara de prisión mientras aguardaba un tercer juicio por el atentado con bomba contra el avión de pasajeros cubano. La presidente saliente de Panamá, Mireya Moscoso, indultó a Posada el año pasado, después de que pasara un tiempo en la cárcel en conexión con la conspiración para asesinar a Castro.
"Posada no ha sido condenado nunca por un acto de terrorismo", dijo Santiago Álvarez, un urbanista de Miami que es amigo íntimo de Posada, al que llama héroe. "Ha estado luchando contra Castro toda la vida. Es partidario de la violencia, pero eso no significa que terrorismo y violencia sean lo mismo".
En su petición de asilo, Soto dijo que Posada menciona su oposición de toda la vida a Castro, diciendo que quedaría en peligro si no se le otorga la protección de Estados Unidos. Soto dijo que Posada también quiere residir permanentemente en Estados Unidos bajo la Ley de Ajuste Cubano, que permite a los refugiados cubanos solicitar el estatuto después de residir durante un año en Estados Unidos.
Bill Strassberger, portavoz de los Servicios de Ciudadanía e Inmigración de Estados Unidos, dijo que las solicitudes de asilo son revisadas cada vez, un proceso que incluye un control de antecedentes. Después, el solicitante es llamado para una entrevista con un funcionario de inmigración que puede otorgar el asilo o referir el caso a un juez de inmigración.
La agencia "no proporciona refugio a terroristas o asesinos", dijo Strassberger. Pero incluso si se le niega el asilo a un solicitante, dijo, Estados Unidos no entregaría a una persona a un país donde es probable que sea perseguida y buscaría transferirla a otro país.
Posada ha sido considerado una figura frecuentemente siniestra en los casi 50 años que ha estado exiliado de Cuba. Álvarez dijo que había servido en el ejército estadounidense a mediados de los años sesenta. Algunos años después, Posada trabajó con la policía secreta venezolano, persiguiendo a guerrilleros de izquierda. En 1976 fue detenido en Caracas por el atentado con bomba de un avión de pasajeros cubano. Aunque fue juzgado en ausencia, es todavía buscado por las autoridades venezolanas en conexión con su fuga.
Más tarde, Posada viajó a América Central, donde supervisó las operaciones de aprovisionamiento de las guerrillas contrarrevolucionarias que lucharon contra el gobierno marxista sandinista de Nicaragua. En 1990, fue herido gravemente en Ciudad de Guatemala por pistoleros de los que se sospecha que eran agentes cubanos. Después de eso, fue implicado en los atentados con bomba contra hoteles cubanos y la conspiración para matar a Castro en Panamá.
Delahunt, co-presidente de un grupo de trabajo bi-partidario del Congreso que busca reparar las relaciones largo tiempo crispadas entre los gobiernos cubano y estadounidense, dijo que dado el pasado de Posada, debería ser detenido antes que considerado como alguien que necesita protección jurídica.
"No puedo imaginar cómo alguien puede defender a un terrorista cuando hay abrumadoras evidencias de que fue responsable o uno de los conspiradores para hacer estallar un avión de pasajeros. Para mí, eso es inconcebible", dijo Delahunt. "Si este individuo está en realidad en Estados Unidos, creo que debemos determinar cómo llegó aquí y en qué circunstancias'.
13 de abril de 2005
©washington post
©traducción mQh
Posada entró en la clandestinidad después de entrar recientemente en Estados Unidos, dijo Eduardo Soto, el abogado del área de Miami que se ocupa de la petición de asilo de Posada. Ahora de 77, Posada es un héroe para algunos exiliados cubanos por sus fervientes intentos durante cuatro décadas de derrocar y asesinar al presidente cubano, Fidel Castro.
Adiestrado por la CIA en el uso de explosivos como parte de la desgraciada invasión de Bahía Cochinos, Posada ha estado vinculado en años posteriores con el atentado con bomba contra un avión de pasajeros cubano, que mató a 73 personas; en los atentados contra hoteles para turistas en Cuba que dejaron muerto a un turista italiano y heridas a 11 personas; y en una conspiración para asesinar a Castro en Panamá.
"Si está en Estados Unidos, debería ser detenido y deportado de acuerdo a las normas de las leyes internacionales", dijo el diputado republicano William D. Delahunt (demócrata, Massachusetts), que escribió una carta el lunes a los presidentes del Comité de Relaciones Internacionales de la Cámara, pidiendo una investigación sobre cómo entró Posada al país.
"Dada la enemistad entre los gobiernos cubano y estadounidense, es posible que funcionarios norteamericanos hayan hecho la vista gorda con la entrada de Posada en nuestro país -o peor incluso, haberla facilitado", escribió Delahunt. "Si eso fuera verdad -e incluso si no lo fuera y se permitiera a Posada quedarse aquí- desmentiría la credibilidad de Estados Unidos en la guerra contra el terrorismo, porque sugeriría que compartimos las opiniones de los que apoyan a Al Qaeda y a los insurgentes en Iraq en que el terrorista de unos, es el combatiente por la libertad de otros'".
Los defensores de Posada niegan que sea un terrorista. Señalan que los tribunales venezolanos absolvieron dos veces a Posada antes de que este escapara de prisión mientras aguardaba un tercer juicio por el atentado con bomba contra el avión de pasajeros cubano. La presidente saliente de Panamá, Mireya Moscoso, indultó a Posada el año pasado, después de que pasara un tiempo en la cárcel en conexión con la conspiración para asesinar a Castro.
"Posada no ha sido condenado nunca por un acto de terrorismo", dijo Santiago Álvarez, un urbanista de Miami que es amigo íntimo de Posada, al que llama héroe. "Ha estado luchando contra Castro toda la vida. Es partidario de la violencia, pero eso no significa que terrorismo y violencia sean lo mismo".
En su petición de asilo, Soto dijo que Posada menciona su oposición de toda la vida a Castro, diciendo que quedaría en peligro si no se le otorga la protección de Estados Unidos. Soto dijo que Posada también quiere residir permanentemente en Estados Unidos bajo la Ley de Ajuste Cubano, que permite a los refugiados cubanos solicitar el estatuto después de residir durante un año en Estados Unidos.
Bill Strassberger, portavoz de los Servicios de Ciudadanía e Inmigración de Estados Unidos, dijo que las solicitudes de asilo son revisadas cada vez, un proceso que incluye un control de antecedentes. Después, el solicitante es llamado para una entrevista con un funcionario de inmigración que puede otorgar el asilo o referir el caso a un juez de inmigración.
La agencia "no proporciona refugio a terroristas o asesinos", dijo Strassberger. Pero incluso si se le niega el asilo a un solicitante, dijo, Estados Unidos no entregaría a una persona a un país donde es probable que sea perseguida y buscaría transferirla a otro país.
Posada ha sido considerado una figura frecuentemente siniestra en los casi 50 años que ha estado exiliado de Cuba. Álvarez dijo que había servido en el ejército estadounidense a mediados de los años sesenta. Algunos años después, Posada trabajó con la policía secreta venezolano, persiguiendo a guerrilleros de izquierda. En 1976 fue detenido en Caracas por el atentado con bomba de un avión de pasajeros cubano. Aunque fue juzgado en ausencia, es todavía buscado por las autoridades venezolanas en conexión con su fuga.
Más tarde, Posada viajó a América Central, donde supervisó las operaciones de aprovisionamiento de las guerrillas contrarrevolucionarias que lucharon contra el gobierno marxista sandinista de Nicaragua. En 1990, fue herido gravemente en Ciudad de Guatemala por pistoleros de los que se sospecha que eran agentes cubanos. Después de eso, fue implicado en los atentados con bomba contra hoteles cubanos y la conspiración para matar a Castro en Panamá.
Delahunt, co-presidente de un grupo de trabajo bi-partidario del Congreso que busca reparar las relaciones largo tiempo crispadas entre los gobiernos cubano y estadounidense, dijo que dado el pasado de Posada, debería ser detenido antes que considerado como alguien que necesita protección jurídica.
"No puedo imaginar cómo alguien puede defender a un terrorista cuando hay abrumadoras evidencias de que fue responsable o uno de los conspiradores para hacer estallar un avión de pasajeros. Para mí, eso es inconcebible", dijo Delahunt. "Si este individuo está en realidad en Estados Unidos, creo que debemos determinar cómo llegó aquí y en qué circunstancias'.
13 de abril de 2005
©washington post
©traducción mQh
40 años para racista blanco
[Mike Robinson] Líder de la supremacía blanca condenado a 40 años por encargar asesinato. En caótica intervención, niega haber mandado a matar a juez federal.
Chicago, Estados Unidos. El declarado racista blanco Matthew Hale fue sentenciado ayer a 40 años de prisión por intentar matar a un juez federal -la misma cuyos marido y madre fueron asesinados hace cinco semanas por un hombre trastornado sin conexión con Hale.
Hale, 33, líder de un grupo que predica una guerra santa racial, fue sentenciado después de una caótica intervención de dos horas en la que reclamó ser él la víctima e incluso recitó parte del himno La bandera de estrellas centelleantes'. No mostró ninguna emoción y se quedó mirando la mesa de la defensa mientras se leía la sentencia.
Los fiscales pidieron la sentencia máxima, diciendo que el crimen de Hale era un acto de terrorismo, y el juez estuvo de acuerdo.
"A Hale no le preocupa quitar la vida a una persona, sino más bien en cómo hacerlo sin ser atrapado", dijo el juez de distrito James Moody en una imponente sentencia. ""Creo que Hale es extremadamente peligroso y el delito por el que fue condenado es atroz".
Hale fue condenado en abril de 2004 por pedir a un informante encubierto del FBI que matara a la juez federal Joan Humphrey Lefkow en Chicago en venganza por una sentencia contra él en un pleito por una marca comercial.
Los fiscales dijeron que Hale estaba furioso de que Lefkow le hubiera ordenado dejar de usar el nombre de su grupo Iglesia Mundial del Creador. Lefkow dijo que el nombre había sido inscrito por un grupo religioso de Oregon.
El caso obtuvo mayor publicidad después de que el marido de Lefkow y su anciana y frágil madre fueran baleados y matados en la casa de Lefkow a fines de febrero.
Las primeras sospechas recayeron en los seguidores de Hale, pero días después un hombre Chicago, trastornado por un veredicto sobre su pleito por un tratamiento médico erróneo, se hirió fatalmente a sí mismo y confesó los asesinatos en una nota.
Hale actuó como su propio abogado durante la sentencia, como durante la mayor parte del juicio. Se comparó a sí mismo con Lefkow, diciendo que los dos eran víctimas.
El fiscal Patrick Fitzgerald dijo posteriormente que Hale estaba equivocado en pensar que tenía alguna justificación moral y que podía hacerlo enviando a otro a usar violencia.
"No creo en sus afirmaciones, en sus lágrimas de cocodrilo, de que no hizo nada malo", dijo Fitzgerald.
En su caótica y gesticulada intervención ante el tribunal, Hale se refirió a los asesinatos, a pesar de los esfuerzos de Moody por pararlo. Comparó el FBI con la Gestapo, acusó a la prensa de haberlo desprestigiado, dijo que había sido mal defendido por su anterior abogado y terminó recitando los últimos versos del himno nacional.
También dijo que consideraba que Lefkow y él mismo estaban "del mismo lado contra esos mentirosos".
"Antes ustedes hay un hombre que no sólo es inocente, no sólo es demostrablemente inocente, sino además alguien que se negó a participar en una conspiración contra la vida de la juez Lefkow", dijo Hale.
En un momento, se volvió hacia los fiscales y el público presente en la sala y les suplicó: "Alguien debe decirle a ella que es una mentira, alguien debe decírselo a esa pobre mujer".
Un funcionario del tribunal dijo que Lefkow no entró ayer al edificio para evitar el juicio.
Los padres y hermano de Hale estuvieron en la sala durante el juicio.
"Creo que es terrible", dijo la madre de Hale, Evelyn Hutcheson. "Matt es el único que dice la verdad".
7 de abril de 2005
©boston globe
©traducción mQh
Chicago, Estados Unidos. El declarado racista blanco Matthew Hale fue sentenciado ayer a 40 años de prisión por intentar matar a un juez federal -la misma cuyos marido y madre fueron asesinados hace cinco semanas por un hombre trastornado sin conexión con Hale.Hale, 33, líder de un grupo que predica una guerra santa racial, fue sentenciado después de una caótica intervención de dos horas en la que reclamó ser él la víctima e incluso recitó parte del himno La bandera de estrellas centelleantes'. No mostró ninguna emoción y se quedó mirando la mesa de la defensa mientras se leía la sentencia.
Los fiscales pidieron la sentencia máxima, diciendo que el crimen de Hale era un acto de terrorismo, y el juez estuvo de acuerdo.
"A Hale no le preocupa quitar la vida a una persona, sino más bien en cómo hacerlo sin ser atrapado", dijo el juez de distrito James Moody en una imponente sentencia. ""Creo que Hale es extremadamente peligroso y el delito por el que fue condenado es atroz".
Hale fue condenado en abril de 2004 por pedir a un informante encubierto del FBI que matara a la juez federal Joan Humphrey Lefkow en Chicago en venganza por una sentencia contra él en un pleito por una marca comercial.
Los fiscales dijeron que Hale estaba furioso de que Lefkow le hubiera ordenado dejar de usar el nombre de su grupo Iglesia Mundial del Creador. Lefkow dijo que el nombre había sido inscrito por un grupo religioso de Oregon.
El caso obtuvo mayor publicidad después de que el marido de Lefkow y su anciana y frágil madre fueran baleados y matados en la casa de Lefkow a fines de febrero.
Las primeras sospechas recayeron en los seguidores de Hale, pero días después un hombre Chicago, trastornado por un veredicto sobre su pleito por un tratamiento médico erróneo, se hirió fatalmente a sí mismo y confesó los asesinatos en una nota.
Hale actuó como su propio abogado durante la sentencia, como durante la mayor parte del juicio. Se comparó a sí mismo con Lefkow, diciendo que los dos eran víctimas.
El fiscal Patrick Fitzgerald dijo posteriormente que Hale estaba equivocado en pensar que tenía alguna justificación moral y que podía hacerlo enviando a otro a usar violencia.
"No creo en sus afirmaciones, en sus lágrimas de cocodrilo, de que no hizo nada malo", dijo Fitzgerald.
En su caótica y gesticulada intervención ante el tribunal, Hale se refirió a los asesinatos, a pesar de los esfuerzos de Moody por pararlo. Comparó el FBI con la Gestapo, acusó a la prensa de haberlo desprestigiado, dijo que había sido mal defendido por su anterior abogado y terminó recitando los últimos versos del himno nacional.
También dijo que consideraba que Lefkow y él mismo estaban "del mismo lado contra esos mentirosos".
"Antes ustedes hay un hombre que no sólo es inocente, no sólo es demostrablemente inocente, sino además alguien que se negó a participar en una conspiración contra la vida de la juez Lefkow", dijo Hale.
En un momento, se volvió hacia los fiscales y el público presente en la sala y les suplicó: "Alguien debe decirle a ella que es una mentira, alguien debe decírselo a esa pobre mujer".
Un funcionario del tribunal dijo que Lefkow no entró ayer al edificio para evitar el juicio.
Los padres y hermano de Hale estuvieron en la sala durante el juicio.
"Creo que es terrible", dijo la madre de Hale, Evelyn Hutcheson. "Matt es el único que dice la verdad".
7 de abril de 2005
©boston globe
©traducción mQh