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deportaciones afectan a refugiados


[Rachel L. Swarns] Grupos de derechos humanos critican deportaciones rápidas que ponen en peligro el derecho de asilo.
Washingto, Estados Unidos. Mientras el gobierno de Bush desarrolla rápidamente sus intentos de detener y deportar a inmigrantes ilegales, grupos de defensa de los derechos humanos advierte que la gente que escapa de persecuciones corre cada vez mayores riesgos de ser deportados a sus países natales.
En 2005 una comisión federal bipartidista advirtió que algunos funcionarios de inmigración estaban procesando injustamente a solicitantes de asilo para deportarlos. La comisión hizo recomendaciones para asegurarse de que el sistema de las deportaciones rápidas, conocido como remoción expedita, cuente con garantías adecuadas para proteger a los que son perseguidos.
Pero un año más tarde, sólo una de las cinco recomendaciones ha sido implementada. Entretanto, funcionarios de seguridad nacional han ampliado el programa de remoción expedita, en el que los inmigrantes ilegales pueden ser deportados rápidamente sin que se les permita defender su caso ante un juez de inmigración.
Abogados de inmigración del Proyecto de Representación Gratuita de Refugiados Pro Bono [Pro Bono Asylum Representation Project] de Harlingen, Texas, dicen que los solicitantes de asilo están cayendo en sus grietas. Dicen que los agentes de la Patrulla Fronteriza han deportado injustamente a varios solicitantes de asilo sin informarles de su derecho a pedir refugio en Estados Unidos.
Las regulaciones de seguridad nacional exigen que los agentes de la Patrulla Fronteriza pregunten a todos los inmigrantes ilegales aprehendidos si temen ser devueltos a casa. Los inmigrantes que respondan afirmativamente deben ser dejados fuera del programa de remoción expedita, hasta que un juez pueda determinar su tienen motivos fundados para temer su persecución.
Pero en octubre, Meredith Linsky, que dirige el grupo voluntario en Texas, notificó a funcionarios de inmigración que agentes de la Patrulla Fronteriza habían colocado a una mujer hondureña de 22 años en el programa de deportación rápida sin preguntarle si tenía miedo de volver a su país. Funcionarios de inmigración intervinieron para parar la deportación y permitir que la mujer fuera entrevistada para determinar si se trataba de un "temor creíble".
Funcionarios de seguridad nacional dice que esos casos son extremadamente raros. "Si acaso existen, tengo la seguridad de que son pocos y muy aislados", dijo David V. Aguilar, jefe de la Patrulla Fronteriza. "El adiestramiento de nuestros agentes es muy completo, y hay garantías dentro del proceso que velan por que nadie caiga en sus grietas".
Pero Mark Hetfield, de la Comisión sobre Libertad Religiosa Internacional, de Estados Unidos, la comisión federal que ha publicado un estudio sobre las remociones expeditas en 2005, dijo que la decisión del gobierno de expandir la remoción expedita sin solucionar primero sus fallas pone en peligro a los refugiados.
En septiembre, funcionarios de seguridad nacional anunciaron que detendrían y deportarían sumariamente a los inmigrantes ilegales detenidos en la frontera con México. (Hasta entonces, la remoción expedita se usaba fundamentalmente para deportar a inmigrantes ilegales que llegaban por avión o por mar).
En enero esa medida se extendió para incluir también la frontera con Canadá. La medida, cuya intención es tratar las preocupaciones sobre la seguridad nacional que surgen del flujo de inmigrantes ilegales, está en la actualidad siendo aplicada a inmigrantes ilegales de otros países que Canadá o México.
"Hemos sido bastante explícitos en que la remoción expedita no debería extenderse hasta que las fallas identificadas no hayan sido superadas", dijo Hetfield, que dirigió el estudio. "Sin embargo, ninguno de los problemas que hemos identificado ha sido solucionado, excepto uno".
Este mes funcionarios de seguridad nacional pusieron en efecto una de las recomendaciones más importantes de la comisión, nombrando a un asesor para asuntos de asilo y refugio del departamento de Seguridad Nacional, para cerciorarse de que hay garantías adecuadas de protección de solicitantes de asilo y refugiados.
El nuevo asesor es Igor V. Timofeyev, que llegó de Rusia a Estados Unidos como refugiado. Se unió al departamento después de trabajar en el bufete de abogados de Sidley Austin en Washington, y trabajó previamente como asesor jurídico del presidente del Tribunal Criminal Internacional para la Antigua Yugoslavia, como funcionario de la Corte Suprema y como funcionario de la Corte de Apelaciones del Noveno Circuito.
Timofeyev dijo que el departamento tomaba en serio las recomendaciones de la comisión y las estaba estudiando para determinar qué hacer. La semana pasada, se reunió con personal de Human Rights First, un grupo de defensa de los derechos humanos, y con funcionarios de Naciones Unidas, dos grupos que han manifestado su preocupación sobre el proceso de remoción expedita.
"El mero hecho de que yo esté aquí es una ilustración de que el departamento y el secretario Chertoff toman seriamente las recomendaciones", dijo Timofeyev, refiriéndose al secretario de Seguridad Interior, Michael Chertoff. "Esos temas no caerán por las rendijas.
"Queremos cerrar las fronteras para la gente que nos quiere atacar, pero también mantenemos la puerta abierta para gente que viene legítimamente", dijo Timfeyev. "La gente que escapa con motivos valederos de su país debe poder entrar a este país".
Las regulaciones de seguridad interior requieren que los funcionarios de inmigración refieran a un inmigrante ilegal que quiera pedir asilo para una entrevista para determinar si sus temores son fundados si el inmigrante indica "la intención de pedir asilo, teme la tortura o volver a su país de origen".
Sin embargo, la comisión constató que incluso con expertos presentes para observar, en un 15 por ciento de los casos los funcionarios de inmigración no refirieron a inmigrantes ilegales a estas entrevistas, incluyendo casos en que los inmigrantes expresaron temor de persecuciones por motivos políticos, religiosos o étnicos.
El estudio también constató que los solicitantes de asilo a menudo eran tratados como delincuentes mientras se evaluaban sus dichos; eran obligados a desnudarse para ser cacheados, esposados y engrilletados, a menudo encerrados en celdas de aislamiento en cárceles locales y en centros federales de detención. E informó sobre disparidades en cuanto a quién se le otorga silo, dependiendo de dónde pidieron asilo los solicitantes, de qué país provenían o de si tenían un abogado.
Entre otras recomendaciones, la comisión dijo que los funcionarios de seguridad nacional deberían aclarar las instrucciones a menudo contradictorias dadas a la Patrulla Fronteriza y a inspectores de aeropuertos sobre cómo tratar a solicitantes de asilo, y deberían filmar en video a los agentes cuando entrevistan a los solicitantes.
El grupo también sugirió que los funcionarios de seguridad interior envíen controladores anónimos para chequear si los agentes se sujetan al protocolo; ampliar el acceso a la representación legal de los inmigrantes; mejorar las condiciones de detención; y liberar a los solicitantes de asilo de los centros de detención cuando no representen un riesgo de fuga o de seguridad.
"Los cambios se han hecho esperar", dijo Eleanor Acer, directora del proyecto de asilo de Human Rights First. "Y, sin embargo, a pesar del hecho de que la comisión constató problemas significativos, el proceso de deportaciones rápidas se ha intensificado".

20 de febrero de 2006

©new york times
©traducción mQh

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último deseo de un hijo


[Karin Brulliar] Padres vietnamitas tras la muerte de su hijo marine.
Una entristecida Kim-Hoam Thi Nguyen le dijo adiós a su hijo de 7 en el aeropuerto Ho Chi Minh y le dijo que pasaría mucho tiempo antes de que volvieran a verse. El pequeño Binh Le abordó el avión y voló a Estados Unidos, donde su madre esperaba que floreciera. Era 1991.
La próxima vez que vio a Le fue cuando él visitó Vietnam a los 12 años. Él cocinó patatas fritas. Volvió a visitarla cuando tenía 18 y había egresado recientemente de la Escuela Secundaria Edison, en el condado de Fairfax. Organizaron una fiesta.
La siguiente reunión fue en diciembre de 2004. En su funeral, en el Cementerio Nacional de Arlington.
Le, cabo de la marina y ciudadano vietnamita, murió a los 20 mientras defendía su base en el desierto de Iraq. Un mes después de su muerte fue recompensado con la ciudadanía estadounidense en una ceremonia en la que los oradores elogiaron su valor.
Nguyen, que desde el funeral ha vivido con una amiga en Springfield, quiere quedarse. Corroída por la culpa por haber enviado a su hijo único a una vida que fue cercenada demasiado pronto, sólo quiere dedicarse a llevar flores a su tumba los domingos. Sin embargo, aunque los padres de inmigrantes muertos en combate tienen derecho a un permiso de residencia permanente, la solicitud de Nguyen ha sido rechazada.
La razón: Ella y el padre de Le dieron a su hijo en adopción a una tía y tío de modo que pudiera emigrar con ellos.
"Yo perdí a mi hijo durante muchos años, y no quiero perderlo de nuevo", dijo ayer Nguyen, 48, a través de un intérprete. Dijo que su visado de turista expira en diciembre.
Nguyen dijo que la adopción consistió de un pedazo de papel manuscrito -firmado por las dos parejas y un vecino que hizo de testigo. Los abogados que han ayudado a Lien Van Tran, el padre de Le, a pedir la residencia permanente, dicen que la adopción no fue nunca oficial, una conclusión sostenida por la investigación de un abogado en Vietnam.
Pero para las autoridades de inmigración estadounidenses, Le se benefició de la adopción -legal o no- por el hecho de venir a Estados Unidos como el hijo de sus tíos. Los padres biológicos de Le no pueden por eso sacar ventaja de su relación con él, de acuerdo a una denegación que recibió Nguyen de la Comisión de Apelaciones de Inmigración [Board of Immigration Appeals].
Familiares dijeron que Le soñaba con convertirse en ciudadano estadounidense y ayudar a sus padres, que más tarde se divorciaron, a obtener la ciudadanía. Le fue criado por sus padres adoptivos, Hau Luu y Thnah Le, de Alexandria, y otro tío y tía en Woodbridge. "Esa era probablemente una de las cosas que más quería, que ellos vinieran a vivir con él aquí", dijo su primo David La, 15. "Ese era sueño".
El parlamentario James P. Moran Jr. (demócrata de Virginia) encontró que su caso era tan conmovedor que presentó en febrero último un proyecto de ley privado que otorgaría residencia permanente a Nguyen, Tran, sus nuevas parejas y las hijas de Tran. Pero se ha quedado estancado en un comité desde marzo.
"El cabo Le sirvió a nuestro país con distinción, pagando con el último sacrificio por su valentía. Tratar de ayudar a sus padres biológicos a ser parte de la nación que tanto amó no es más que un tributo apropiado", dijo Moran ayer en una declaración. Dijo que todavía está tratando de hacer aprobar el proyecto, pero agregó: "Cualquier proyecto que tenga siquiera un olorcillo a algo relacionado con la inmigración se enfrenta a dificultades aquí en la Cámara".
Le se crió en el área de Alexandria, en Fairfax. Creció como un típico adolescente americano, activo en su iglesia y miembro del Junior del Cuerpo de Adiestramiento para Oficiales de la Reserva ROTC.
Fue murió el 3 de diciembre de 2004 cuando un camión cisterna con 225 kilos de explosivos se echó encima del Campamento Terbil. Le y el cabo de los marines Mathew A. Wyatt, 21, de Millstadt, Illinois, dispararon contra el conductor, matándolo, antes que el camión chocara y explotara, matando a Le y a Wyatt e hiriendo a otros seis marines.
Que Le muriera defendiendo a sus compañeros marines no es una sorpresa, dijo Paul Stadig, un amigo. Le era muy leal, dijo.
"Siempre fue un tipo militar", dijo Stadig. "Amaba la idea de ser de los pocos y altivos y de ser lo mejor que podía ser".
Nguyen adora los recuerdos que tiene de su hijo cuando era niño. Una vez, recordó con una melancólica sonrisa, el pequeño Le trató de calmar a unos niños que jugaban en la calle porque su madre se estaba echando una siesta. Pero a pesar de su amor por Le, dijo Nguyen, ella y Tran pensaron que tendría un mejor futuro en Estados Unidos.
"Yo quería ir a ver a mi hijo, pero no sabía cuándo. No sé", dijo Nguyen, recordando cómo se sentía cuando le dijo adiós a Le. "Me sentí muy, muy mal de dejar a mi hijo, pero era por su futuro, su vida, pero yo... Estuve enferma durante varios meses".
Nguyen dijo que había tratado de seguir conectada a la vida de Le haciendo montones de preguntas en sus conversaciones telefónicas habituales. En su primera visita a Vietnam, ella rebosaba de alegría. "Se veía como un buen chico", dijo.
Le no le dijo a Nguyen que se alistaría con los marines. Fue sólo después de su primer período de servicio en Iraq -durante la invasión de 2003- que ella se enteró, por sus tíos, que se había alistado. Finalmente, él la llamó desde su base.
"Le dije a mi hijo: ‘Tienes que cuidarte. Yo quiero volver a verte’", dice Nguyen. Cuando se enteró de su muerte, Nguyen trató de suicidarse, dijo. Sus hermanas y su madre se lo impidieron.
Después de presionar por la ciudadanía póstuma de Le, el Cuerpo de Marines se ocupó del caso de sus padres, ayudándolos a rellenar los formularios de solicitud de un permiso de residencia permanente. Cuando les negaron los permisos, el Cuerpo de Marines buscó a abogados de inmigración que aceptaron representarlos por una tarifa.
"Fue importante para altos mandos del Cuerpo de Marines asegurarse de que mantuviéramos su fe en la familia de marines", dijo Christopher Rydelek, director de asistencia jurídica para el fiscal militar del Cuerpo de Marines.
Después de que se agotaran sus opciones, Tran volvió a Vietnam el 30 de enero, dijo Lynda Zengerle, una abogada de inmigración en el distrito que les ayudó con sus solicitudes.
"Él estaba claramente demolido", dijo Zengerle. "Creo que tiene la esperanza de poder volver al menos una vez al año a visitar la tumba de su hijo".
Nguyen dijo que un abogado de un bufete de abogados del distrito le ayudó con su petición ante la comisión de apelaciones en Falls Church, que es parte del ministerio de Justicia. Cuando la petición fue rechazada, dijo, le dijo que ya no había esperanzas.
"Por la ley, estoy de acuerdo con eso, porque yo di a mi hijo en adopción", dice Nguyen. "Pero me siento mal, porque mi hijo murió".
Nguyen dice que también teme que la muerte de su hijo por la causa de Estados Unidos -y la atención que ha recibido aquí y en Vietnam- pueda significar que la persiga el gobierno comunista de Vietnam.
En Estados Unidos, Nguyen no tiene familia y pocos amigos. Sería difícil empezar una nueva vida, pero vale la pena para estar cerca de Le, dijo. Si le permiten quedarse, Nguyen dijo que le gustaría trabajar como niñera, porque adora a los niños. Si su marido en Vietnam se unirá a ella es otro asunto, dijo.
"Los estadounidenses viven con planes", dijo. "Los vietnamitas vivimos con esperanzas".

9 de febrero de 2006

©washington post
©traducción mQh

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jueces de inmigración en el banquillo


[Ann M. Simmons] Dudosos desempeños, ignorancia y racismo de jueces de inmigración. Quejas sobre conducta insensible e inclusive ofensiva de algunos jueces de inmigración en Estados Unidos provocan una amplia revisión federal.
Las quejas sobre los jueces de inmigración eran alarmantes.
En San Francisco un ciudadano estadounidense fue deportado injustamente a México después de que un juez se desdeñara a verificar la autenticidad de su certificado de nacimiento
y declaración de la renta -acciones que le provocaron una severa crítica de una corte de apelaciones federal.
En Chicago, una comisión de apelaciones constató que un caso de asilo político que involucraba a un ciudadano albano fue mal llevado debido a que el juez dependió del testimonio sobre un documento de un experto que no hablaba ni leía albano.
Y en Boston un juez fue suspendido por más de un año después de que se refiriera a sí mismo como ‘Tarzán’ en una sesión del tribunal ante una mujer de Uganda llamada Jane.
Al describir la conducta de algunos jueces como "intemperada e incluso ofensiva", el fiscal general de Estados Unidos, Alberto R. Gonzales anunció hace poco que el ministerio de Justicia iniciaría una revisión comprehensiva de los tribunales de inmigración del país.
"Para los extranjeros que están ante usted, usted es la cara de la justicia estadounidense", escribió Gonzales en un memorándum del 9 de enero a los jueces de inmigración. "Insisto en que cada uno de ellos debe ser tratado cortésmente y con respeto".
La revisión se concentrará en el desempeño de los 224 jueces de inmigración del país, incluyendo 55 de California. El año pasado, los juristas, que son nombrados por el fiscal general, vieron unos 270 mil casos, de acuerdo al departamento de estadísticas.
La revisión, que está en camino, está siendo realizada por el fiscal general y el abogado asociado. Evaluará la naturaleza y alcance de los problemas del sistema y hará recomendaciones en cuanto a su mejoramiento, dijo un funcionario del ministerio de Justicia.
La Asociación Nacional de Jueces de Inmigración respalda la revisión, pero cree que los incidentes de mala conducta son raros, dijo Dana Leigh Marks, vice-presidente de la organización.
"No creemos que se trate de incompetencia e intemperancia generalizada de los jueces", dijo Marks, que trabaja en los tribunales de San Francisco. "La inmensa mayoría de los jueces hacen un excelente trabajo".
Funcionarios del ministerio de Justicia dijeron que el departamento no lleva registro del número de quejas contra los jueces. Pero un sondeo interno realizado por la Dirección Ejecutiva de Revisión de Casos de Inmigración [Executive Office for Immigration Review] calculó que en los últimos cinco años había recibido quejas contra 20 jueces. No se entregaron detalles.
Dependiendo de la gravedad del caso, la mala conducta judicial es generalmente tratada con una admonición oral o escrita, la suspensión temporal o el despido, dijeron los funcionarios.
Pero fiscales de inmigración y detractores dijeron que los jueces aberrantes se sentían envalentonados por los nombramientos de por vida y la ausencia de control. Dijeron que no se llevaban registros de los jueces problemáticos porque las medidas disciplinarias no eran una prioridad.
"Las reprimendas no significan nada para un juez de inmigración que tiene el puesto asegurado, dijo Khaled Abou El Fadi, profesor de derecho islámico en la UCLA y antiguo fiscal de inmigración. "El proceso de quejas, para decirlo francamente, es una mofa de la justicia".
Algunas de las críticas más agudas provienen de las cortes de apelaciones; incluyen desde la manera poco sensible con que algunos jueces se dirigen a nacionales extranjeros hasta el modo en que dictan justicia.
Unos pocos jueces, como la juez Anna Ho, de Los Angeles, han sido advertidos repetidas veces sobre su desempeño.
En 2001, Ho -entonces en Seattle- ordenó injustamente que Salvador Rivera, un ciudadano estadounidense, fuera deportado a México, de acuerdo a las actas judiciales. Rivera, un ex convicto por drogas detenido por funcionarios de inmigración, había afirmado ser ciudadano mexicano para evitar ser detenido, y fue incluso deportado voluntariamente.
Pero Ho desdeñó por dudoso los documentos presentados durante el juicio por la madre de Rivera, incluyendo su certificado de nacimiento, un informe escolar, la declaración de la renta, y una página de su anuario de la escuela secundaria. Rivera, entonces de 25, nació en Portland, Oregon.
La Corte de Apelaciones del Noveno Circuito de San Francisco resolvió que las acciones de Rivera no justificaban "la renuncia involuntaria a la ciudadanía" y concluyó que Ho había fallado a la hora de comportarse "como un juez imparcial y [se había comportado] más bien como un fiscal ansioso de agrandar las lagunas en las historias de los solicitantes".
Rivera sigue en México, y su caso está nuevamente pendiente ante la comisión de apelaciones, dijo su abogada, Karen L. Gilbert.
"No tiene un centavo", dijo Gilbert. "Es terrible que un ciudadano estadounidense sea mantenido fuera del país durante tanto tiempo".
En otros casos los jueces de apelaciones han criticado a Ho por usar "hallazgos de credibilidad dudosos" al rechazar las peticiones de asilo político y por mostrar una "predisposición a desacreditar" los testimonios.
Ho no estuvo disponible para hacer comentarios. En general a los jueces federales no se les permite hablar con periodistas.
En uno de los casos más publicitados, un juez de inmigración de Boston, Thomas M. Ragno, fue despachado en 2003 con permiso administrativo después de que bromeara definiéndose como "Yo, Tarzán" ante una solicitante de asilo ugandesa llamada Janes, que había sido víctima de violación. Ragno, que trabajó en tribunales durante más de 30 años, se ha retirado.
No fue la primera vez que el juez tuvo problemas.
En 2001, Ragno fue severamente reprochado por su manejo de un caso que involucraba a un refugiado sudanés que había huido de su país después de su mujer e hijo fueran asesinados en la guerra civil. Dijo al tribunal que eran perseguido por los rebeldes musulmanes porque que era cristiano.
El juez pidió a Moisés Cirrilo que recitara los Diez Mandamientos para probar que era católico y luego verbalmente al sacerdote que testificó a su favor.
Ragno expresó también sorpresa de que el hombre no estuviera familiarizado con las escuelas parroquiales, que de hecho no existen en Sudán.
La comisión de apelaciones que finalmente otorgó asilo a Cirrilo emitió una dura opinión del desempeño de Ragno, criticando su "actitud agresiva" y llamándolo "una vergüenza para la corte".
En otro incidente, recordó la abogada Susan M. Akram, profesora de la Facultad de Leyes de la Universidad de Boston, Ragno ridiculizó en 1997 a un cliente suyo, un solicitante de asilo haitiano, cuando este describió cómo había sido golpeado y torturado.
When Akram le dijo que se sacara la camisa para que le mostrara sus cicatrices, dijo Akram, "el juez empezó a gritar: ‘No voy a convertir este tribunal en una casa de monos’".
La abogada dijo que ella presentó al menos media docena de mociones en el curso de los años para recusar a Ragno, y se unió a un grupo de abogados que presentaron una queja oficial a mediados de los años noventa. Pero no se hizo nada.
Entre algunos jueces "existe la idea", dijo Akram, "de que su tribunal es básicamente su feudo".
Las barreras lingüísticas presentan sus propios problemas en un tribunal.
Cuando un un juez de Los Angeles le preguntó si necesitaba un intérprete, la inmigrante Cynthia Soh de Camerún explicó que su inglés era su primera lengua, pero observó que la hablaba con un acento diferente, como los australianos.
"Obviamente todos sabemos que los australianos, neozelandeses, etcétera, tienen diferentes acentos, pero vamos a darle una oportunidad al inglés estadounidense", dijo la juez Ingrid K. Hrycenko, de acuerdo a transcripciones del caso en 2002. "Usted parece tener la impresión de que su inglés es mejor y que todo el mundo debería pronunciarlo como usted".
"Lo lamento, su señoría", dijo Soh.
"Así que trate de refrenarse a usted misma, porque usted suena snob", dijo Hrycenko.
La juez, ahora jubilada, finalmente otorgó asilo a Soh. Pero el gobierno ha impugnado la decisión, que está ahora pendiente de resolución ante la Comisión de Apelaciones de Inmigración.
Soh, 26, dijo que se sentía humillada por la experiencia.
"Me sentí realmente mal", dijo el mes pasado. "Me sentí como si hubiese hecho algo mal".
El abogado de Beverly Hills, Edward W. Pilot, que representa a Soh, dijo que la conducta de la juez "no es un incidente aislado".
"Fue un ataque sin fundamentos... personal contra mi defendida", dijo.
Pilot reconoció que los abogados a menudo se mostraban reluctantes a quejarse por temor a las represalias. "Podría terminar con tu carrera", dijo.
Marks, de la Asociación Nacional de Jueces de Inmigración, dijo que algunas de las críticas dirigidas contra los fiscales provenían de jueces disgustados por los veredictos en sus casos.
También dijo que había que considerar los complejos y pesados casos que tenían que tratar los jueces día a día, a menudo sin los recursos adecuados.
"Los jueces son seres humanos", dijo. "En una ocasión puede tratarse de una observación intemperada, y en ocasiones en conductas que son cuestionales y quizás ofensivas". Un incidente desafortunado, dijo, puede dañar una carrera que de otro modo puede haber sido ejemplar.
Pero abogados y otros juristas atribuyen algunas de las conductas reprobables a los prejuicios raciales de los jueces y a su falta de sensibilidad cultural. De los 224 jueces de inmigración del país, 166 son blancos, 26 afro-americanos, 22 latinos, 9 asiáticos y 1 un nativo americano, de acuerdo a documentos del gobierno.
El Fadl, de UCLA, dijo que los jueces estaban obligados a respetar normas profesionales en los tribunales y que si no estaban a la altura debían ser llamados a rendir cuentas.
"Un montón de jueces se han formado la idea de que... todo el mundo está dispuesto a hacer cualquier cosa para vivir en Estados Unidos, y que todos los extranjeros son probablemente mentirosos, hasta que se demuestre lo contrario", dijo. "El hecho de que una persona esté tratando de vivir en Estados Unidos, no quiere decir que dejaron su dignidad en la puerta".

12 de febrero de 2006

©los angeles times
©traducción mQh

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coyotes condenados por muerte de ilegales


[Ralph Blumenthal] Algunos de los coyotes podrían ser condenados 20 años o más y a la pena capital por la muerte por asfixia de 19 inmigrantes que fueron abandonados en un remolque.
Houston, Texas, Estados Unidos. Superando un punto muerto inicial, un jurado federal condenó aquí el miércoles a tres ciudadanos de Texas del Sur en un fracasado proyecto de transporte de ilegales que terminó con la vida de 19 de ellos encerrados en un remolque que se dirigía hacia el norte desde la frontera mexicana en 2003.
Hasta el momento 11 personas han sido condenadas en el desastre más mortífero del país en casos de tráfico de seres humanos. Catorce personas habían sido acusadas después de que un remolque, atiborrado con al menos 74 personas de México y América Central, fuera encontrado abandonado en una parada de autobuses en Victoria, Texas, el 14 de mayo de 2003, con 17 cadáveres dentro. Dos inmigrantes más murieron posteriormente.
El último juicio incluyó impresionantes relatos de los sobrevivientes, uno de los cuales, José Juan Roldán Castro, declaró de las tres horas y media que pasó en el remolque le parecieron "siglos". Describió haber perforado agujeros en el remolque en un desesperado intento por respirar.
Los tres acusados, Víctor Sánchez Rodríguez, 58, y su esposa, Emma Sapata Rodríguez, 59, de Brownsville, Texas, y su hermanastra Rosa María Serrata, 51, de San Benito, Texas, fueron declaradas culpanles de 35 de los 43 cargos, que iban de la alimentación, cobijo y transporte de las víctimas y sobrevivientes, y pueden ser condenados cada uno a hasta 20 años de cárcel. La juez Vanessa D. Gilmore dictará sentencia el 1 de mayo.
Los abogados de la defensa los retrataron como gente que ayudaba a los inmigrantes en su búsqueda "del sueño americano". Pero el gobierno dijo que al cobijar a los inmigrantes, los acusados compartían responsabilidad con los que dirigieron la operación de transporte ilegal y con el conductor del camión.
Tras la lectura de los veredictos, la jueza Gilmore envió al jurado de nueve hombres y tres mujeres a determinar si las casas de los acusados, que fueron usadas en el contrabando, debían o no ser confiscadas por el gobierno. Los jurados aplazaron la sesión en la tarde, sin haber alcanzado una decisión y deben continuar el jueves.
El martes parecía que el juicio que se prolongaba tres semanas se había estropeado. Los jurados dijeron que estaban en un punto muerto. La juez Gilmore les leyó una exhortación regular a seguir deliberando, y su siguiente nota, el miércoles en la mañana, anunció su acuerdo sobre los veredictos.
Debido a que el jurado halló que ninguno de los inmigrantes "murió como resultado de la conducta" de los tres acusados, la pena máxima era 20 años de cárcel en lugar de cadena perpetua.

La juez ha prohibido los comentarios fuera del tribunal debido a que el litigio continua, de modo que ninguno de los fiscales, abogados defensores o jurados hicieron declaraciones.
Pero basándose en el reglamento criminal federal y las instrucciones federales de sentencia, Douglas McNabb, director de McNabb Associates, un importante bufete de abogados de Houston, estimó probable que se dicten sentencias de ocho a diez años.
Los Rodríguez, y Serrata, todos ciudadanos estadounidenses, huyeron a México tras el incidente, pero fueron arrestados y retornados para el juicio.
Sus condenas se producen casi un año después de que el conductor del camión, Tyrone M. Williams, 35, de Schenectady, Nueva York, fuera encontrado culpable de cargos de contrabando en el mismo tribunal. Pero los jurados empataron por dudas en cuanto a su culpabilidad, y el gobierno está tratando de volver a juzgarlo por todos los cargos, incluyendo el de conspiración, que puede significar una sentencia de muerte.
El abogado de Williams ha hecho acusaciones de discriminación racial, alegando que él es el único acusado negro y el único que hace frente a la posibilidad de ser condenado a muerte. El gobierno alega que él era él único que pudo haber liberado a los desafortunados pasajeros.
Además de Williams, dos otros acusados fueron juzgados y condenados en el caso, incluyendo un hijo de Rodríguez, y cinco otros que se declararon culpables. Dos otros han sido absueltos, y un tercero se encuentra fugitivo.
Evidencias del caso muestran que el camión llevó su carga humana desde Harlingen, Texas, al otro lado del puesto de control de la Patrulla Fronteriza en Sarita, Texas, hacia Robstwon, al oeste de Corpus Christi. Pero los vehículos enviados para recogerlos fueron detenidos en el puesto de control y le dijeron a Williams que continuara un par de horas más hacia Houston.
Con los pasajeros gritando y haciendo agujeros en el remolque a medida que se acababa el aire dentro, Williams y Fatima Holloway, una mujer que iba con ellos, detuvieron el camión casi dos horas y media más tarde en Victoria, donde abrieron las puertas. Williams y Holloway, que se convirtieron en testigos de la acusación en un acuerdo de súplica, llevaron agua a los sobrevivientes y huyeron en un taxi.
Los Rodríguez y Serrata han sido acusados cada uno de 58 cargos, pero el 31 de enero, con el fin de los testimonios, la juez Gilmore desechó 38 de los cargos contra cada uno de los Rodríguez y 55 contra Serrata, por carecer de evidencias infundadas. De los restantes 20 cargos contra los Rodríguez, el señor Rodríguez fue condenado por 18, y su esposa, por 15. Serrata fue condenada por dos de los tres cargos restantes.
El fiscal que condujo aquí la acusación, Daniel C. Rodríguez, en el alegato final el viernes dijo que los Rodríguez no estaban "unidos como matrimonio" sino también "unidos para cometer crímenes" y, utilizando una palabra del coa para contrabandistas, llamó a los miembros del jurado "a enviar un mensaje a esos tres coyotes".
David Adler, abogado de Sánchez Rodríguez, calificó las muertes de "horrible, horrible tragedia", pero dijo que no hubo conspiración para llevar el camión más allá de Robstown, donde viven los inmigrantes que todavía viven.
Otros abogados de la defensa alegaron que sus clientes sólo alimentaron y dieron cobijo a los inmigrantes y que sus superiores debían ser responsabilizados de enviar el camión más allá de lo que se suponía. Gerald E. Bourque, abogado de la señora Rodríguez, describió a los acusados como "gente humilde" que hace frente a lo que llamó la torcida política de inmigración del gobierno.
Pero el fiscal, Rodríguez, mostró fotografías de las víctimas y dijo: "En este caso estos son la gente humilde".

Maureen Balleza y Wendy Grossman contribuyeron a este reportaje.

9 de febrero de 2006

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traducción mQh

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relato de un sobreviviente
Yo estaba trabajando en una maquila en El Salvador que se llama Consul Tex. En esta maquila de ropa hicimos las camisas para los equipos de fútbol americano y básketbol del NFL y NBA.
No nos pagaron lo suficiente para vivir. Tengo dos hijas gemelas de cuatro años y otra hija más pequeña y no me alcanzaba con el salario que nos dieron para pagar casa y comida. Por ejemplo, un par de zapatos para mis hijas cuesta $20.00 en El Salvador y no duran más de uno o dos meses. Ahora tenemos que pagar la escuela, no solamente para la matriculación sino también para la luz y el agua de la escuela, más los útiles, los uniformes y todo. Muchos niños quedan sin escuela porque los padres no tienen lo suficiente para mandarlos. La compañía nos pagó $35 o $40 por semana-y supimos que las camisas se venden a $200 hasta $500 cada uno. Si nos habían pagado $60 por semana, hubiéramos podido vivir y mandar mis hijas a la escuela.

Los Mañosos
Cuando salimos de El Salvador los tres, mi hermano, mi hermana y yo, éramos alegres que veníamos hacia los Estados Unidos, y salimos en el autobús hacia la frontera de El Salvador y Guatemala. Trasbordamos el autobús hacia Esquintla y hacia Tecún Umán. Llegamos a las 2:30 de la mañana y cuando estábamos en Tecún Umán salimos hacia el Río Suchiate, la frontera de México y Guatemala. Cuando estábamos en el otro lado del río, salieron siete mañosos. Nos amarraron a los dos y violaron a nuestra hermana en frente de nuestros ojos. Reían cuando estaban haciendo el hecho y nos pegaban. Cuando se aburrieron se fueron y entonces nosotros no queríamos seguir hacia el destino que traíamos, pero hablamos los tres y decidimos seguir.
Empezamos a caminar y llegamos hacia Hidalgo y cuando llegamos, el tren venía saliendo. Nos trepamos y nos fuimos hacia Tapachula donde pasamos el resto del día. En la tarde estábamos en el puente esperando el tren. En eso estábamos cuando llegaron los mañosos otra vez y entonces mi hermano se corrió y yo agarré de la mano a mi hermana. Empezamos a correr y otro compañero se quedó. Lo agarraron y le pegaron y no se podía parar. Nos ajuntamos otra vez los tres hermanos y como a la una de la mañana venía el tren y corrimos y nos montamos al tren. No habíamos corrido ni cinco kilómetros cuando lo habían parado los mañosos al tren. Nos corrimos y se nos perdió a mi hermano. Venía un muchacho detrás de nosotros y no se había cruzado el cerco cuando le pegaron un balazo y nos gritaba que le ayudábamos. No podía ayudarlo porque traía a mi hermana.
Entonces empezamos a caminar hacia Huistla, y estando ahí caminamos por toda la línea del tren. Llegando al retén la Arrozera estaban los mañosos. Cuando los vi empecé a caminar para atrás. Llegamos a Huistla. Le pregunté a un señor cómo podríamos seguir y me dijo que rodeara. Empezamos a caminar por los cañales. Cuando llegamos a otro pueblo, fuimos a una casa donde estaba una señora y nos dijo que no cuando le pedimos agua, y dijo que suficiente ya con lo que le habían hecho. Dijo que nos fuéramos, si no, iba a llamar a la Migración.
Veníamos caminando y agarramos el tren y ahí estaba la Migra. En el tren íbamos como 300 personas y agarraron más de la mitad y entonces ya iba el tren y como pudimos nos montamos. Cuando bajamos, ahí estaba el retén y lo rodeamos. Caminamos cinco horas, lo agarramos otra vez y seguimos hasta Tonelá y ahí estuvimos dos días.
Nos montamos al otro tren y ahí nos salieron los mañosos y me robaron y nos dejaron desnudos. En solo mi ropa interior dejé a mi hermana en unos árboles y como pude fui a una casa a pedir ayuda y la señora no me creía y fue por mi hermana y la trajo a su casa y nos ayudaron. Luego agarramos el tren hasta Tierra Blanca. En Tierra Blanca nos siguieron los mañosos. Mi hermana se metió en una casa y a mí me pegaron y le decían que saliera, si no, me iban a matar. Pero yo le decía que no saliera y entonces se fueron. No me podía parar porque me habían pegado duro. Pero salió la señora y me ayudó y me llevó a la casa y me dio comida. Ahí estuvimos cuatro días hasta que pude caminar. Después salimos a agarrar el tren que iba hasta Orisaba y ahí me persiguieron por quitarme a mi hermana y corrimos hasta que llegamos a un albergue y nos abrieron. Ahí estuvimos ocho días.
Después salimos a agarrar el tren y cuando bajamos llegamos donde una señora y nos dio comida, pero llamó a la Migración. Cuando vimos la patrulla nos corrimos y en eso venía el tren y nos montamos. Seguimos nuestro camino hasta Monterrey y luego nos fuimos hasta Nuevo Laredo y ahí nos ayudaron. Le busqué trabajo a mi hermana allá en Nuevo Laredo y arranqué camino a este lado, nadando el Río Bravo.

Entramos en el Trailer Fatal
Encontré a otro salvadoreño en Laredo, Texas, e íbamos caminando. Un señor nos preguntó sí teníamos alguien quien nos pudiera ayudar en Houston y le dijimos que si. El se puso de acuerdo que a los dos días nos llevaba en una van. No supimos la manera en que nos iban a traer para Houston.
Cuando nos montó en la van nos dijo que nos tiráramos al suelo y caminamos y cuando llegamos donde un trailer nos dijo que nos subiéramos y nos subimos corriendo. Al rato empezó a subir más gentes y se llenó el furgón y después cerraron el contenedor. Empezó el trailer a caminar. Al principio estaba fresco pero al rato de ir en camino empezó a calentar el trailer. Pronto ya no había aire, nos fuimos debilitando, con un sudor inmenso. Las mujeres empezaron a agitar, a correr, a gritar y a intentar abrir el trailer. Un niño empezó a llorar mucho. Nadie podría abrir la puerta. Trataron de llamar por un celular, pero no podían comunicar con nadie. Entonces dos hombres agarraron y dijeron que si no se callaban iban a matar al niño.
La gente empezó un solo desorden y empezaron a caer al suelo, desesperados todos por salir y se agruparon en la puerta uno arriba del otro y así fue que murieron más personas porque los que ya estaban en el suelo los pateaban. Por eso fue más grande el número de muertos. Unos murieron de un paro cardiaco y otros asfixiados.
Nosotros quedamos atrás en el trailer. Me desmayé después de este calor, sin tomar agua, sin comer, sin aire pura. No nos dimos cuenta cuando paró el trailer. Cuando me desperté, ya estaba abriendo el trailer. Cuando abrió, cayeron varios al suelo, ya muertos. Entonces el motorista despegó el cabezal y se fue. Después empezó la gente a tirarse y caían acostados, todos mareados.
El otro salvadoreño y yo nos despertamos un poco en el aire fresco. No éramos los primeros en salir, porque algunos no desmayaron. Empezamos a caminar, y al momento de ir caminando, volvimos en sí y nos tiramos al monte porque andaban helicópteros de la Migra y patrullas. Después de eso pasó un señor y nos dio un ride. Le explicamos por señas lo que había pasado. Él había visto al trailer, con los cadáveres cayendo al suelo. Nos llevó a su casa y nos dio comida y donde bañarnos. Así nos pudimos salvar. El señor no hablaba español, pero había otro amigo en su casa que si hablaba español y él nos dijo de tanto que estaba saliendo en las noticias sobre el trailer y los migrantes que habían muerto. Vimos las noticias. Ahí pasamos dos días en su casa y después nos mostraron más o menos con croquis como llegar a Houston.
Agarramos camino en el lado de la carretera de noche, entrando más adentro en el monte cuando llegó un vehículo. Caminamos seis horas. Pasó primero un camión y no nos quiso parar, luego un trailer que no nos quisieron traer. Luego otro trailer con camarotes adentro nos dio ride hasta la entrada de Houston. Ahí nos quedamos y pasamos el día escondidos en algunos árboles. Vimos la policia y tuvimos miedo.
Cuando oscureció, empezamos a caminar otra vez. Veníamos caminando adentro de Houston, donde dormimos en una construcción de una casa. En la madrugada llegaron los trabajadores que incluyeron bastantes mexicanos. Les preguntamos si no nos podrían conseguir trabajo. Dijeron, "Somos migrantes también, solo esperar al patrón a preguntar. No podemos decir". Les preguntamos donde podríamos hablar por teléfono (para hacer una llamada a los parientes de mi compañero en Houston). Nos mandaron a una tienda a varias cuadras para comprar una tarjeta.
Compramos la tarjeta, pero no pudimos hablar. No supimos las claves. Regresamos y vimos a un muchacho esperando el autobús. Le pedimos ayuda si él nos podría marcar el teléfono. Se veía desconfiado, pero marcó el número y tampoco le salió y nos prestó su celular. Desgraciadamente, el tío del otro salvadoreño dijo que no nos podía ayudar, porque en su familia en El Salvador había pasado otra tragedia y él tuvo que mandar todo su dinero hasta allá para un funeral. Preguntamos al señor del teléfono si él nos podía ayudar. "Permíteme pensar y preguntar a mi compañera de vida," dijo. El llamó a su esposa y ella dijo que sí. Luego llegó su suegra por nosotros y nos llevó a su casa y nos dieron comida, donde bañarnos y ropa limpia porque estábamos bien sucios. Les preguntamos si no sabían de una iglesia que nos podía ayudar. Sí, dijeron, y nos llevaron a Casa Juan Diego y nos recibieron. Pasamos algunos dos días en Casa Juan Diego hasta ir con mi familia en otra ciudad. Esta era la quinta casa de hospitalidad manejada por católicos en donde nos quedamos en nuestro viaje en momentos de desesperación.
Casi no puedo creer que estoy vivo. No quiero que pasara nada a otros de lo que nos pasó a nosotros. Vine para trabajar, para sacar adelante a mi familia. Todavía no se nada de mi hermano que se perdió, aunque he hablado con mi familia en El Salvador. Ya sabía antes de venir que la pasada a los Estados Unidos era muy dura, pero nunca había visto cosas así. Si yo hubiera sabido, en ningún momento hubiera permitido que viniera mi hermana. Ahora voy adelante para tratar de trabajar y ayudar a mi familia en El Salvador.

©Trabajador Católico de Houston, Vol. XXIII, No. 4, julio-agosto 2003.

©casa juan diego

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cubanos sobrevivieron en isla desierta


[Óscar Corral] Inmigrantes cubanos encontrados en una isla de Bahamas tuvieron que nadar a través de un afilado arrecife y comer moluscos durante 13 días.
Los ocho inmigrantes cubanos encontrados el jueves con vida en Elbow Key habían estado en el mar durante siete días en el Estrecho de Florida, sin alimentos ni agua.
Luego el mar se volvió contra ellos, empujando su embarcación improvisada contra un afilado arrecife, y lanzándolos a todos al agua, dijo Manuel Felipe Prieto, que vive en Miami y es tío de una de las víctimas, Yuley Parra, 22.
Fue ahí que murieron seis de los cubanos, dijo Prieto.
"Todo el mundo saltó al mar", dijo Prieto. "Empezaron a nadar, pero el mar estaba picado. Yuley, la muchacha, era muy delgada, y fue entonces que desapareció".
El relato de Prieto proviene de su conversación el jueves noche con Raidel Martínez Chávez, el inmigrante que fue llevado a un hospital en Marathon para ser tratado por un dedo infectado y un brazo lesionado. Prieto dijo que Martínez perdió parte de su dedo mientras nadaba hacia la costa a través del afilado arrecife y que muchos de los otros inmigrantes tenían heridas.
Marines en el hospital dijeron que Martínez no recibía llamadas telefónicas.
Los sobrevivientes contaron a agentes de la Guardia Costera que otros seis habían muerto mientras intentaban llegar a la playa después de que se rompiera su embarcación casera.
Este grupo de cubanos no era el grupo de 15 que la Guardia Costera ha estado buscando durante la última semana. "No están relacionados", dijo la portavoz de la Guardia Costera, Gretchen Eddy. "Ese otro grupo todavía está desaparecido".
 
Viviendo de la Recolección
Durante 13 días los sobrevivientes comieron caracoles y otros moluscos, algas y otras cosas comestibles que arrojaban las olas, dijo Prieto.
La Guardia Costera dijo que los sobreviviente dijeron que había dejado Cuba el 13 de enero, y que nadaron desesperadamente hacia la isla después de naufragar el 20 de enero.
El viernes por la tarde siete de los sobrevivientes estaban esperando su destino a bordo de una embarcación de la Guardia Costera, dijo el contramaestre James Judge. Judge dijo que no se había recuperado ningún cuerpo y que la Guardia Costera piensa entregar a los inmigrantes a las autoridades de Bahamas debido a que habían sido encontrados en territorio de Bahamas.
La Guardia Costera rescató a los sobrevivientes después de recibir un informe de una lanza pesquera de Bahamas, Sea Explorer, dijo la Guardia Costera.
William MacDonald, director suplente del departamento de inmigración de Bahamas, dijo a la Associated Press que los inmigrantes tendrían que demostrar que eran perseguidos por Cuba comunista para ser reconocidos como refugiados políticos en su país. De otro modo, serán deportados.
A Martínez probablemente le será permitido quedarse en Estados Unidos, porque fue llevado para ser tratado médicamente a Florida Keys.
 
Llamado a Revisión
Entretanto, la Fundación Nacional Cubano-Americana envió una carta al fiscal general Alberto Gonzales pidiéndole que realice de inmediato una revisión de la controvertida medida de ‘pies mojados, pies secos’, que permite quedarse en Estados Unidos a los cubanos que llegan a las playas norteamericanas, pero exige repatriar a los que son recogidos en el mar, a menos que puedan demostrar que reúnen los requisitos para ser reconocidos como refugiados políticos.
Han pasado dos semanas desde que la Casa Blanca prometiera a líderes cubanos en el exilio que funcionarios federales se reunirán con ellos para tratar sus preocupación sobre esta política.
De momento, no se ha fijado una fecha para la reunión.

ocorral@MiamiHerald.com

4 de febrero de 2006

©miami herald
©traducción mQh

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reprimen a conductores de ilegales


[Richard Marosi] Choferes estadounidense arriesgan una multa inicial de cinco mil dólares por transportar a inmigrantes ilegales. Algunos dicen que no es suficiente.
San Diego, Estados Unidos. Las autoridades federales han lanzado una campaña nacional para reducir el tráfico humano, multando a choferes estadounidenses capturados transportando a inmigrantes ilegales en vehículos, pero la campaña ha sido criticada por no ir demasiado lejos.
El año fiscal pasado fueron detenidos 4078 ciudadanos estadounidenses en los dos principales puertos de entrada a California desde México, pero debido a que los fiscales dicen que no tienen los recursos suficientes para procesarlos, sólo 279 de ellos se enfrentan a cargos por el transporte ilegal de inmigrantes.
Como un potencial método de disuasión, las autoridades estadounidenses empezaron la semana pasada a multar a los transportistas, cinco mil dólares la primera vez, y diez mil las subsecuentes.
"Ya que los contrabandistas ganan dinero, si podemos atacarles en el bolsillo puede ser que las multas sirvan como método disuasivo", dijo Adele Fasano, directora en California del Sur del operaciones de terreno del Buró de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos [U.S. Customs and Border Protection].
Pero algunos observadores dicen que las multas no son suficientes para solucionar un problema que ha confundido a las autoridades cuando empezaron a aumentar los casos de transportes ilegales en vehículos hace seis años. La supervisora del condado de San Diego, Dianne Jacob, cuyo distrito colinda con la frontera, dijo que la ausencia de juicios, sobre lo que se informó el miércoles en Times, es "sorprendente".
Probablemente imponer multas no convencerá a la gente de no cruzar ilegalmente la frontera, dijo.
"La cantidad de dinero que ganan los transportistas es alta. No creo una multa de cinco mil dólares sea suficiente para disuadirlos. Deberían ser encerrados", dijo Jacob.
Los contrabandistas de Tijuana han estado colaborando con choferes estadounidenses en respuesta a diez años de reforzamiento de la protección fronteriza a lo largo de la frontera de 22 kilómetros con San Diego, donde focos de estadio y vallas dobles protegen la frontera.
Como los cruces a través de los puertos de entrada se han hecho más difíciles, los inmigrantes son introducidos crecientemente en coches, a menudo en los maleteros o en compartimentos especiales sujetos a la parte de abajo de los vehículos.
El número de inmigrantes ilegales capturados dentro de vehículos en el Puerto de Entrada de San Ysidro, el más utilizado del país, se ha cuadruplicado desde 2000, de 10.600 a 40.033 en 2005. Casi la mitad de los conductores son ciudadanos norteamericanos.
"Las cantidades están en un nivel inaceptable", dijo Fasano.
Los fiscales federales dicen que la falta de agentes de libertad vigilada, jueces, tribunales y plantas de detención limitan el número de casos que pueden iniciar. Casi un tercio de los recursos de la fiscalía de San Diego se destinan a casos relacionados con la inmigración.
"Todo termina siendo un problema de números -qué es lo que podemos hacer sin abrumarnos en los tribunales", dijo en una declaración el fiscal Steven Peak, en San Diego.
Los fiscales se concentran en perseguir casos en los que los choferes han puesto en peligro la vida de los inmigrantes, dijo Peak.
En un caso el año pasado en San Ysidro, Máximo Orosco, un veterano de la Primera Guerra Mundial de 80 años, fue capturado transportando a un hombre en un compartimento casero que había pegado debajo de su furgoneta.
"Lo que hice está mal, y no volverá a ocurrir. Me siento realmente muy mal sobre este asunto", dijo Orosco a un juez federal en una vista en San Diego el año pasado.
Fue sentenciado a seis meses de arresto domiciliario en su casa.
El próximo mes los legisladores estadounidenses deberán empezar a debatir sobre un proyecto de ley que reforzaría los intentos de controlar las fronteras, incluyendo una medida que agregaría 250 fiscales federales y jueces de inmigración.
"Este es un problema legítimo que debe ser solucionado", dijo el diputado Duncan Hunter (republicano, El Cajón) en una declaración. Hunter apoya el reforzamiento de los controles fronterizos.
"Sabemos que transportar a ilegales es un negocio beneficioso", dijo Hunter, "y mientras exista el incentivo y la probabilidad de castigo sea pequeña o no existente, esta actividad continuará".
El reforzamiento de las fronteras propuesto, sin embargo, no trata las fuerzas más profundas detrás de la inmigración ilegal, y penas más severas para los conductores podrían, dicen algunos, no ser un método adecuado o justo de solucionar el problema.
Mucha gente capturada transportando a ilegales son parientes tratando de reunirse con sus familiares.
En un caso en otoño pasado un hombre capturado con una chica mexicana en su coche, dijo que la estaba ayudando a cruzar la frontera para que pudiese reunirse con su madre, de acuerdo a una orden de detención federal. Lo hizo como un favor, y se negó a aceptar que le pagara.
Roberto Martínez, el antiguo director del programa fronterizo del Comité de Servicio de Amigos americano [American Friends Service Committee] dijo que su grupo conoce numerosos casos semejantes.
"No es lo mismo que transportar drogas, heroína, cocaína y algo parecido. Es gente", dijo. Vince Bond, portavoz del Buró de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos, dijo que no todos serán multados dentro del programa de multas.
Alguna gente, dijo, podría pagar menos de cinco mil dólares si demuestran que no pueden pagar la multa. La gente a la que se le confisca el coche no serán probablemente multados, dijo Bond.
Bond dijo que desde que se implementara el programa el viernes pasado se ha multado a seis personas.
Algunos críticos dudan que la campaña surta efecto.
"Buena suerte con la recolección de las multas", dijo Ira Mehlman, portavoz de la Federación para la Reforma de la Inmigración Americana [Federation for American Immigration Reform]]. "Es un comienzo, pero la perspectiva de pasar un tiempo en la cárcel sería más efectivo".

26 de enero de 2006

©los angeles times
©traducción mQh

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cruzando la frontera ilegalmente


[Richard Marosi] Trent sueña con jubilarse, y dice que vive bien. ¿Su trabajo? Traslada a inmigrantes ilegales al otro lado de la frontera.
Tijuana, México. La banda mexicana de transportistas de ilegales, oculta detrás de la endeble valla de una poco llamativa casa de la ciudad, prepara el coche para un nuevo cruce de la frontera.
Dos jóvenes limpian el polvoriento parabrisas y controlan las luces de freno mientras tres inmigrantes esperan silenciosos en la casa.
Finalmente llega el chofer, un estadounidense que da nerviosas pitadas a un cigarrillo barato y se llama a sí mismo Trent. Lo acompaña Félix, el robusto jefe de la banda.
"¡Vénganse!", grita uno de los pandilleros. Uno por uno, los inmigrantes se meten en el maletero, doblándose para caber. La mujer titubea. Se persigna. Se mete en él.
Acurrucados uno junto al otro, los inmigrantes miran hacia arriba al transportista.
"No tomará más de 20 minutos", promete. "No se muevan", agrega, cerrando la portezuela del maletero. Minutos después, Trent conduce el coche por un mar de tráfico, avanzando poco a poco hacia la fila de cabinas de inspección estadounidenses en la frontera.
Las operaciones de contrabando como esta -bandas mexicanas trabajando con choferes estadounidenses- son una ocurrencia diaria en las dos principales entradas de vehículos a California, un fenómeno que tiene frustradas a las autoridades estadounidenses.
En el último año fiscal se capturó 4078 veces a choferes americanos por sospechas de transportar a inmigrantes a través de los puertos de entrada San Ysidro y Otay Mesa en San Diego. La cifra se ha quedado floteando en unas cuatro mil capturas desde que el número de coches de contrabandistas empezara a aumentar hace seis años. Los agentes estadounidenses sólo pueden revisar una fracción de los estimados 64 mil vehículos que cruzan diariamente. Incluso si los choferes son sorprendidos, son normalmente dejados en libertad. Sólo 279 choferes han sido acusados de transportar de extranjeros ilegales.
Las autoridades federales dicen que se encuentran sobrepasadas.
El ministro de Seguridad Interior, Michael Chertoff, en una visita reciente a San Ysidro, dijo que comprendía la situación de los fiscales federales.
"Hay un montón de delincuencia", dijo. "Simplemente no hay suficientes fiscales y jueces para ocuparse de todo". Chertoff prometió más procesos por el transporte de extranjeros en el futuro. Las autoridades de los puertos anunciaron la semana pasada que los choferes que sean capturados transportando ilegales serán multados con cinco mil dólares por la primera vez, y diez mil por las veces subsiguientes.
Los contrabandistas provienen de todos los sectores de la sociedad -veteranos sin casa, madres solteras, ancianos y estudiantes universitarios. Algunos conductores son drogadictos o jugadores que pasan por períodos de mala racha.
Félix dice que emplea a muchos estadounidenses como Trent, que a su vez alquila a otras organizaciones de transporte de ilegales. Dando órdenes constantemente a través de sus celulares, Félix tiene una palabra en código para los choferes norteamericanos: monos.
"Siempre llegan los monos", dice Félix con un destello pícaro en sus ojos.
Félix, como muchos contrabandistas, proporciona a los choferes estadías gratuitas en moteles en Tijuana, incluyendo comidas y drogas. Un chofer que haga tres cruces a la semana puede ganar más de cien mil dólares al año, dijo Trent.
No hay nada como el sentimiento de euforia que siente, dice Trent, cuando pasa sin problemas por la aduana, un sentimiento de alivio mezclado con satisfacción. Después de ayudar a los inmigrantes a descender del coche, algunos le dan la mano y se lo agradecen.
Entre cruces, Trent sueña con jubilar temprano y gasta sus ganancias en su "debilidad por las chicas latinas", normalmente prostitutas. "A fin de cuentas se resume en esto: Es una vida tan fácil, que te seduce", dice.

Yo conocí a Félix cuando hacía un reportaje en el que aparecía un productor mexicano de películas de bajo presupuesto. El productor dijo que conocía a un contrabandista de seres humanos -Félix, su financista y un actor ocasional- e invitó a Félix a cenar con nosotros en un restaurante del centro de Tijuana.
Durante la entrevista, Félix me invitó a que lo acompañara en una operación de transporte, pero en varias ocasiones durante un período de cinco meses no llegó a las citas fijadas.
Un día el otoño pasado, Félix me invitó a pasar por su casa. Un taxista, guiado por Félix por teléfono, me condujo por las serpenteantes calles llenas de boches hacia su casa en una colina.
Félix me dio la mano a la entrada de acero de su propiedad amurallada y me introdujo a Trent. Los dos accedieron a ser entrevistados a condición de que no se revelaran sus identidades.
Félix no dijo por qué había accedido a que lo acompañara. Dijo que confiaba en mí y que no creía que un artículo dañara sus intereses.
Durante la visita de ocho horas, me di cuenta de que probablemente presenciaría actividades delictivas y que el acuerdo limitaría mi capacidad para revelar detalles.
Pero la compensación era que obtendría acceso al mundo del transporte ilegal que sigue siendo un problema serio para Estados Unidos.
Aquí la frontera -una extensión de 23 kilómetros cercada por vallas dobles, focos de estadio y cientos de agentes de la Patrulla Fronteriza- es una de las fronteras más fuertemente vigiladas del país.
Ahora que los cruces por los puertos de entrada se hace cada vez más difícil, Tijuana se ha convertido en un importante campo de operaciones para viajes en coche ilegales en la frontera del sudoeste.
El número de inmigrantes ilegales capturados dentro de vehículos en el puerto de entrada de San Ysidro se ha cuadruplicado desde 2000, de 10.600 a 40.055 en 2005.
Los jefes, como Félix, son normalmente mexicanos y cobran a los inmigrantes hasta 2.500 dólares. Prefieren trabajar con choferes americanos para que crucen la frontera con sus clientes.
Los inmigrantes son escondidos en salpicaderos ahuecados, radiadores y en "atáudes" soldados en la parte de abajo de los vehículos. Los inspectores han hallado a inmigrantes en piñatas, en alfombras enrolladas y en tanques de gasolina. Algunos ni siquiera se ocultan, con la esperanza de pasar como pasajeros.
Las autoridades federales se concentran en iniciar procesos contra choferes que ponen en peligro la vida de los inmigrantes. De acuerdo a actas judiciales, por ejemplo, Norma Martínez-Warnett fue condenada en 2004 tras haber tratado de introducir a tres niños en un Honda Acura a una temperatura de 49 grados Celsius. Un niño estaba metido en un compartimento especial en el asiento trasero y los agentes lo localizaron después de oír sus gritos.

El día de mi visita a Félix en su casa de la colina, Trent llega desgreñado y soñoliento después de una larga noche en el barrio rojo. Félix llama por teléfono mientras mira un partido de fútbol mexicano en la televisión.
Dando vueltas en los alrededores están los subalternos de Félix: tres delincuentes convictos aparatosamente tatuados. Los hombres fueron deportados de Estados Unidos y trabajan ahora para Félix reclutando y trasladando a los conductores.
Durante un almuerzo de carnitas cocinadas por la madre de Félix, Trent y Félix discuten los trucos del oficio, la ética del transporte de personas y su colaboración.
Félix y Trent dicen que se conocieron hace algunos años, poco después de que Trent apareciera en Tijuana con 12 centavos en los bolsillos. Trent dice que vivía en una casa bonita en un suburbio de California del Sur cuando su matrimonio tocó fondo. Su esposa le pidió el divorcio, se marchó con sus cuatro hijos y, dijo Trent, él se quedó en la ruina.
En el barrio rojo de Tijuana, uno de los reclutadores de Félix le hizo una oferta irresistible: 500 dólares por persona.
Trent demostró rápidamente ser un chofer fiable, dice Félix, a diferencia de los muchos otros que ha empleado. Los choferes potenciales son a menudo drogadictos que deben ser "curados", dice Félix, antes de que les den trabajos.
¿El remedio de Félix? Les da un presente de una última dosis antes de someterlos a una terapia intensiva: Un régimen de desintoxicación en seco que consiste en una afeitada, un corte de pelo y montones de duchas frías, dice Félix.
Trent, dice Félix, no es un drogadicto y gracias a su aspecto serio y su actitud decidida, se ha convertido en uno de sus mejores conductores.
Trent, que habla algo de español, considera que el transporte de ilegales es "ilegal, pero no inmoral". Dice que él no transporta drogas, y dijo que los inmigrantes que introducía en el país era gente trabajadora que contribuía a la sociedad americana y apoyaba a sus familias en México.
Trent dice que el trabajo del transporte le permite vivir bastante bien, gracias a Félix, del que Trent dijo que es más generoso que otros transportistas con los que había trabajado.
"Lo que me impresionó sobre él es que cuando terminas una misión, te pregunta: ‘¿Necesitas algo... comida, drogas, chicas?’ Se ocupa de ti", dice Trent.
Trent dice que lleva una buena vida, a pesar de todo lo que gasta en mujeres. "Desgraciadamente se comen una parte importante de mis ingresos", dice. "Me han robado, engañado, sedado y me he enamorado de algunas".
Una razón de la largueza de Félix con los conductores es la larga espera entre cruces mientras los contrabandistas organizan a los pasajeros. Trent puede pasar días sin trabajo, dice. Cuando finalmente lo llaman, la espera para lanzar el cruce puede tomar horas, justo como hoy.
Después de comer, Félix riega las plantas, juega con sus jóvenes hijas y se reúne con sus compinches.
Miran una película mexicana de bajo presupuesto sobre una guerra entre carteles de la droga. Félix financió parcialmente la película, y tuvo un papel como pistolero. Cuando el personaje de Félix es agujereado por las balas, se tambalea hacia su muerte con dramáticos gestos, haciendo reír a carcajadas a todos los presentes en la habitación, incluyendo a Félix.
"Deberías haber sido actor", le dice su hermana.
Los mundos de las películas y del transporte de pasajeros comparten algunas similitudes, dice Félix. Piensa "convertir" a un estadounidense recién llegado que se ve como un tipo rudo, que lleva pantalones bombachos, en un majo y apacible surfer con pantalones cortos hasta la rodilla y una camiseta de colores. Un aire playero es mejor que una pinta de granuja urbano a la hora de cruzar a ilegales por la aduana. "Es como en las películas", dice Félix. "Hay que prepararlos propiamente".
Poco después, Félix recibe otra llamada en su celular, cuelga y le dice a Trent: ‘Hazme un favor. Date una ducha y aféitate. Vístete bien. Tenemos trabajo, en una hora".
La actitud relajada de los hombres se vuelve seria. Trent se apura hacia arriba, y Félix trata de responder las constantes llamadas a su celular.
Trent vuelve con pantalones de tela y un jersey beige, con la barbilla ensangrentada por un corte al afeitarse. Se suben al coche y Félix nos lleva a un viaje de media hora a través de la ciudad ahogada por el tráfico, hacia una casa en la ciudad donde nos esperan los inmigrantes. Del espejo retrovisor cuelgan las cuentas azules de un rosario. Nadie dice nada.
Cuando paran y Trent entra a un supermercado a comprar cigarrillos, Félix dice que Trent está inusualmente nervioso. Un chofer nervioso frente a inspectores norteamericanos -¿Qué haces en Tijuana? ¿Qué compraste?- no es nada bueno, dice.
Unas cejas sudorosas, ojos inquietos, hombros nerviosos pueden delatar a un transportista.
Antes, Trent se había jactado de ser capaz de engañar a cualquier inspector. "Todo tiene que ver con cómo te presentes", dijo. "Yo soy un profesional".
Pero justo antes de subir al coche, Trent confesó que tenía miedo. Trent ha sido sorprendido antes -no quiere decir cuántas veces- y si las autoridades presentan cargos, puede ser condenado a tres años de cárcel.
"La tensión me está matando. La puedes enmascarar, ocultar, aparentar que estás relajado. Pero la realidad es que tienes siempre una sensación que te corroe y se hace más fuerte a medida que te acercas a las cabinas", dijo.
Cuando llegan a la casa, el ambiente es tenso. La banda trabaja rápidamente, sabiendo que si llega la policía, sería fácil probar una acusación de transporte de ilegales. En México, eso significaría unos seis años de cárcel o, de acuerdo a Félix, una mordida de 15 mil dólares para que el caso sea desechado.
Trent recibe sus instrucciones: Tras pasar la aduana, debe dirigirse a un estacionamiento en un suburbio de San Diego, donde los inmigrantes serán recogidos por otro conductor.
Después de que los inmigrantes se apretujan en el maletero, los miembros de la banda miran debajo del coche para asegurarse de que la suspensión modificada no llame la atención de los inspectores.
Al volante, Trent estudia el salpicadero y enciende el desempañador, de modo que la respiración de los pasajeros no empañe las ventanillas.
Está enfadado con Félix porque le pagará menos dinero de los habituales 500 dólares por pasajero. "No soy un campista", dice. "Pero ya tocaremos ese tema más tarde".
Cuando Trent sale, Félix se agacha por la ventanilla. "Todo va a salir bien... No olvides el cinturín". Trent se abrocha el cinturón.
El trayecto hacia la frontera toma unos minutos.
Félix, que me lleva en su coche, lo sigue para asegurarse de que la policía no lo está siguiendo a Trent. Cuando Trent entra en las vías que llevan a los puestos de control fronterizos, Félix se para ante una pequeña casa y toca el claxon.
Ahora se trata de esperar. Félix recibe llamadas cada tantos minutos desde un puesto de observación cerca de la frontera. La fila de coches es más larga de lo habitual, una espera de al menos 40 minutos. Félix sabe que algunos inmigrantes, abrumados por la oscuridad y el calor en el maletero empiezan a gritar. La operación podría estropearse si algún inspector norteamericano pasara con un perro adiestrado para detectar drogas o seres humanos.
Como me contó Félix en un encuentro anterior: "Esos perros huelen el miedo".
Una mujer de edad mediana sale de la casa y se sube al coche de Félix. Ella aloja a los inmigrantes para él y Félix le debe dinero. Charlan sobre algunos de los buenos choferes de Félix. Un equipo formado por un padre y su hijo, de Texas, usaban las ganancias del transporte para pagar el tratamiento de cáncer del hijo.
Entonces el vigía de Félix llamó: Detuvieron a Trent.
Félix corta. "De algún modo metió la pata al responder las preguntas", dice.
Félix predice que las autoridades lo dejarán libre dentro de poco. "No le hacen nada a los choferes".
Como muestra una orden de detención federal más tarde, Trent será en realidad dejado en libertad, junto con otros 36 choferes estadounidenses capturados tratando de pasar a 61 inmigrantes en un período de cuatro días.
"Volverá mañana", dice Félix. "Y volveremos a intentarlo".

25 de enero de 2006

©los angeles times
©traducción mQh

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ángel en burdel


[Stephen Franklin] Antes que volver a su pueblo con las manos vacías, decidió quedarse en Guatemala a trabajar de puta.
Tecún Umán, Guatemala. Acurrucada sobre la mesa de un bar una mañana cada vez más calurosa, Erika espera.
Espera clientes, para tener dinero que enviar a casa, espera algo, cualquier cosa que la pueda liberar del vicioso burdel.
Cuando espera a los clientes del día, un borracho de edad mediana sentado a una mesa en un rincón empieza a gritar. El burdel es un poco más sucio y barato que los otros cincuenta que hay en el pueblo y que atienden a inmigrantes, pandilleros, contrabandistas y otros viajeros.
Mientras más grita, más tratan las dos mujeres junto a él de calmarlo. Están determinadas a convencerlo a que vaya a uno de sus pequeños cuartos sin ventilación a unos metros, detrás de la cortina.
Ellas también son inmigrantes centroamericanas que se desligaron de la infinita corriente de gente que corre hacia el norte en busca de su sueño americano. Las dos están en los veinte, pero el burdel también tiene trabajadoras que son menores de edad, dice Erika.
Erika pide una cerveza, que paga un cliente, y se sienta. Es una mujer fornida en apretados shorts y ceñido top. Tiene 31 años, y se ve como si le costara llevar cada uno de esos años.
Devuelta hace algunos años cerca de la frontera estadounidense por funcionarios de inmigración mexicanos, decidió quedarse en Tecún Umán y trabajar en un burdel antes que volver a casa en El Salvador y admitir ante sus cuatro hijos que no podía mantenerlos.
"Creen que soy un ángel", dice, sonriendo, y explica que hijos piensan que el dinero que envía a casa se lo gana trabajando en un restaurante.
El dinero entra desde las nueve de la mañana hasta medianoche, siete días a la semana, en un pequeño cuarto de cemento, de color gris, sin ventilación, en la parte de atrás del burdel, donde recibe seis dólares por cliente. Por cada cliente tiene que pagar un dólar al dueño del burdel.
En los días buenos, dice, atiende a ocho hombres. Uno de sus clientes fijos le ha prometido llevarla con él a Estados Unidos, pero ella no le cree. Fue golpeada por tres hombres en el cuarto del burdel. Uno le pegó con un machete.
Es el mismo cuarto y cama donde duerme con dos ositos de peluche blancos, un álbum de fotos de sus hijos y una mesa, y todas sus ropas amontonadas unas sobre otras. Del techo cuelga una barra fluorescente desnuda.
No tiene más opción que vivir aquí. Son las reglas del burdel.
Tiene miedo de que si se va, los dueños del burdel la atraparan y traerán de vuelta. O pero, podrían ir a su pueblo en El Salvador y tratar de chantajearla, dice.
"Todos los días son lo mismo", dice, elevando la voz por sobre el amplificador del burdel. "Mi cuerpo se estremece. Es una sensación terrible. No te abandona nunca. Ruego a Dios todos los días que me saque de aquí".

28 de diciembre de 2005

©chicago tribune
©traducción mQh