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irak

país de muchas guerras


[Solomon Moore y Louise Roug] Las muertes de Iraq muestran que es un país de muchas guerras. Y Estados Unidos está en el medio.
Bagdad, Iraq. Tomemos un día reciente, unas 24 horas promedio en Iraq.
Aquí en la capital se encontraron los cuerpos de ocho jóvenes, encadenados unos a otros, desprovistos de sus documentos de identidad, matados a balazos y arrojados en un aparcadero, los primeros de los veinte cuerpos encontrados en la ciudad ese día.
En el norte de Iraq un hombre hizo detonar su chaleco relleno de bombas en medio de un grupo de mujeres, niños y hombres que hacían la cola para comprar aceite de cocina, matándose a sí mismo y a otras 21 personas. En el sur, la policía encontró el cuerpo acribillado de un oficial antiterrorista. Y en la provincia de Al Anbar, al oeste, un coche se estrelló contra una cola de reclutas de la policía, explotando y matando a 13 cuando estalló en una nube de fuego y metralla.
En total, murieron al menos 57 personas -17 heridos- en la violencia de ese día, el 18 de septiembre.
Murieron en el mismo país, no en la misma guerra. La guerra en Iraq no es un solo conflicto, sino una yuxtaposición de conflictos, librados en múltiples campos de batalla, con diferentes combatientes. Cada vez más, las tropas estadounidenses se quedan atrapadas entre fuerzas en conflicto.
En los desiertos del occidente de Iraq, grupos de insurgentes árabes sunníes, algunos del lugar y otros dominados por combatientes extranjeros, atacan a las fuerzas del gobierno iraquí y a los soldados norteamericanos que las respaldan. En Bagdad y en las provincias circundantes, combatientes chiíes y sunníes se atacan mutuamente y a sus rivales civiles en una creciente guerra civil que las tropas norteamericanas tratan de sofocar.
En el sur de Iraq, dominan los chiíes. Pero están divididos, y sus milicias rivales luchan por el petróleo y el comercio. Y en el norte del país, árabes y kurdos pelean por el control del territorio.
A menudo durante los últimos tres años, los militares nortamericanos han enviado tropas para tratar de apagar esos conflictos, sólo para presenciar el surgimiento de otros. Ahora, muchos oficiales norteamericanos se preocupan de que con la proliferación de participantes armados en los múltiples conflictos de Iraq, la misión contrainsurgente original de Estados Unidos se ha convertido en otra cosa: en una operación dirigida a sofocar la guerra civil, que es un objetivo mucho más ambiguo y políticamente peligroso.
Las tropas norteamericanas se encuentran crecientemente atrapadas entre militantes extranjeros, rebeldes nacionalistas musulmanes sunníes, milicianos musulmanes chiíes y otros grupos armados -todos ellos luchando unos contra otros.
"Es una situación muy compleja", dijo el general de división Thomas R. Turner, comandante de la División Aerotransportada 101 del Ejército. "A veces es difícil saber de dónde viene la violencia".

Rebeldes en el Desierto
La provincia de Al Anbar alberga el conflicto más familiar para los estadoundenses y más costoso para las tropas americanas:
marines e insurgentes iraquíes, peleando en el enorme desierto al occidente.
Los rebeldes, casi todos árabes sunníes, son una mezcla de grupos, algunos compuestos fundamentalmente por iraquíes, otros con un fuerte componente de combatientes extranjeros atraídos por la lucha contra la ocupación norteamericana. Además de las tropas estadounidenses, también atacan a las fuerzas iraquíes y a los sunníes de los que se sospecha que colaboran con el gobierno.
Apenas pasa una semana sin que los militares norteamericanos envíen lacónicas avisos de defunción desde Al Anbar.
En Al Anbar, los ataques contra las fuerzas norteamericanas han aumentado en un 27 por ciento el año pasado, de acuerdo al Cuerpo de Marines norteamericano. Los intentos norteamericanos de reducir el número de bajas traspasando las labores de seguridad a las fuerzas iraquíes no han tenido demasiado éxito.
Los marines dicen que en la provincia hay cinco mil agentes de policía iraquíes y trece mil soldados iraquíes, pero que las fuerzas iraquíes siguen siendo frágiles e incapaces de defenderse a sí mismas. Cualquiera sea el momento que se tome, la mitad de los soldados iraquíes están con permiso, y muchos de ellos no vuelven al servicio. En mayo, las tasas de deserción en algunas unidades iraquíes llegaban al cuarenta por ciento.
En agosto, las amenazas de los insurgentes provocó que la mitad de los policías de Faluya se quedaran en casa algunos días, dijo un general norteamericano. Y Faluya al menos tiene un cuerpo policial. Otras ciudades estratégicas, incluyendo Haditha, Hit y Ramadi, prácticamente son ciudades sin ley.
Entretanto, Al Qaeda en Iraq, el mejor conocido de los grupos insurgentes, continúa haciendo incursiones en la provincia, consolidando y expandiendo su influencia. Al Qaeda en Iraq era dirigido por Abu Musab Zarqawi hasta las que fuerzas norteamericanas lo mataran en junio. Los oficiales estadounidenses esperaban que la muerte de Zarqawi desmantelaría al grupo, pero no parece que eso haya ocurrido.
"Al Qaesa ha matado, intimidado, co-optado o pagado a todos los grupos insurgentes locales del país", dice el teniente coronel de los marines, Bryan Salas, un portavoz militar en Faluya. "Dirigen y organizan una empresa criminal que tiene sus tentáculos en todas partes, desde la ventas de combustible en el mercado negro hasta la extorsión de la policía y sueldos del gobierno. Al Qaeda proporciona liderazgo y organización para una floja organización de elementos criminales".
Además de las muertes de soldados norteamericanos, el conflicto ha causado bajas entre los vecinos de Al Anbar, muchos de los cuales han huido. Los que se quedaron viven bajos constante peligro.
Entre los reclutas de la policía matados en Ramadi hace poco, se encontraba Faiz Mohamad Ali. En una entrevista, su hermano Ali lo describió como un egresado de un instituto de arte, pintor y optimista.
Ali intentó unirse a la policía después de fracasar en su búsqueda de un mercado para sus pinturas, dijo su hermano, que pidió no ser identificado por miedo a que los rebeldes lo identifiquen.
"Estuvimos charlando sobre Iraq cuatro días antes de su muerte. Tenía optimismo y hablamos de que todo el mundo debía participar en la construcción del país", dijo el hermano de Ali. "Recuerdo que dijo que le gustaría contribuir a la reconstrucción como pintor: 'Mis pinturas hablan sobre Iraq a su manera', dijo. ‘El nuevo Iraq, esplendoroso'".

Capital Plagada de Milicianos
Aunque se acusa a la resistencia árabe sunní de gran parte de la violencia en la provincia de Al Anbar, de acuerdo a la mayoría de los oficiales norteamericanos en Bagdad las milicias chiíes
son responsables de la mayor parte de los asesinatos. Los sunníes son la mayoría de las víctimas.
La capital, con sus seis millones de habitantes, alberga a casi un cuarto de la población de Iraq. Es el centro administrativo del país y una de sus ciudades más diversas en términos religiosos y étnicos. Este año, también ha sido un campo de la muerte.
Naciones Unidas informó que en julio murieron asesinadas 2.884 personas en Bagdad, el número de bajas más alto desde la invasión norteamericana de 2003. En agosto murieron 2.222 personas y en septiembre, 1.980 -la disminución se debe probablemente al aumento de las patrullas en la capital.
Además de los miles de muertos, cientos de miles de residentes de Bagdad y de las provincias circundantes han huido de sus casas. Chiíes y sunníes han abandonado sus barrios mixtos para marcharse a otros con poblaciones más homogéneas.
En las últimas semanas, Diyala, una provincia con cerca de un millón de habitantes justo al norte de Bagdad, se ha tornado particularmente violenta.
El 18 de septiembre, la policía en Baqubah, la capital provincial, informó que hombres armados habían asesinado al alcalde sunní del pueblo cercano de Udayem, haciendo del funcionario uno de los cientos de personas asesinadas en la provincia en las últimas semanas. No está claro por qué fue asesinado ni quién lo mató.

Guerra Interna Chií
Hasta hace poco, el sur de Iraq parecía relativamente pacífico. Ahora los chiíes, que dominan la región, se han dividido en facciones que luchan por los recursos petroleros, las ganancias del contrabando, el poder político y la autoridad religiosa. La violencia sigue siendo menor que en la capital, pero está aumentando.
Prácticamente todas las instituciones políticas y religiosas del sur han sido repartidas entre cuatro grupos chiíes: el Consejo Supremo para la Revolución Islámica en Iraq, el partido chií más grande del país; los seguidores de Muqtada Sáder, el clérigo radical que ha llamado a Estados Unidos a retirar sus tropas; y dos partidos más pequeños, el Partido Islámico Dawa y Al Fadila al Islamiya. Debido a que los partidos en conflicto forman parte de la alianza chií gobernante de Iraq, las riñas locales a menudo se extienden hacia las posiciones más altas de la sociedad, amenazando la estabilidad nacional.
En la guerra lo que está en disputa son enormes cantidades de dinero. La sureña ciudad de Basra, la segunda de Iraq, controla las vastas reservas de petróleo y el único puerto marítimo del país, lo que la convierte en una ruta vital de billones de dólares en importaciones y exportaciones -muchos de ellos en el contrabando. Los partidos chiíes allá compiten por las ganancias ilícitas, dicen muchos analistas iraquíes.
En algunos casos, los conflictos se han convertido en guerra declarada. En agosto, en la ciudad de Diwaniya, los milicianos leales a Sáder se cuadraron contra las tropas del gobierno infiltradas por la organización Báder, la milicia leal al Consejo Supremo para la Revolución Islámica en Iraq. La batalla resultante dejó 40 muertos, incluyendo una docena de soldados que se quedaron sin municiones y fueron ejecutados por los partidarios de Sáder. Ese mismo mes en Karbala, los combatientes de Sáder se enfrentaron a los seguidores del clérigo chií Mahmoud Hassani.
Los partidos políticos chiíes también están recurriendo al asesinato para deshacerse de opositores en anticipación de las próximas elecciones provinciales.
"También hay enfrentamientos entre partidos y milicias a varios niveles. Para cuando se realicen las elecciones provinciales, habrá sangrientos choques en Basra", dijo un agente de la inteligencia iraquí.
Oficiales norteamericanos y británicos prosiguen con los planes de retirada de las tropas en el sur, diciendo que la zona está suficientemente estabilizada como para traspasarla a manos de las tropas iraquíes. No está claro que esa evaluación sea correcta. Después de que las tropas británicas entregaran una base de la provincia de Maysan, los milicianos la saquearon y vaciaron mientras los soldados iraquíes observaban sin intervenir. Las fuerzas americanas planean retirarse de Nayaf en noviembre, dijo el teniente coronel Michael Hilliard, comandante de la Base de Avanzada Duke, cerca de Nayaf.
Estas retiradas están pensadas para entregar la seguridad al gobierno iraquí, pero es probable que otorgue todavía más poder a las milicias.
"No tenemos autoridad en nuestras ciudades porque los clérigos y los poderes religiosos controlan el área", dijo el gobernador Aqeel Kharzali, de la provincia de Nayaf, el 18 de septiembre en una conferencia de la policía iraquí y políticos sureños.
"Esto es evidente cuando un policía trata de enfrentarse a una milicia sin una fatwa. Nuestra policía en Diwaniya y en Karbala son marginales, y no tenemos autoridad para despedir a los agentes renegados leales a las milicias".

Choques Entre Kurdos y Árabes
El mismo día que habló Kharzali, unos hombres armados que conducían un BMW atacaron a los guardias en un oleoducto
cerca de Kirkuk, en el norte de Iraq. En Mosul, cuatro agentes de policía fueron emboscados y matados a tiros.
Los principales actores, y las principales apuestas políticas en Kirkuk y Mosul, son similares. Las dos ciudades tienen poblaciones mixtas kurdo-árabe luchando por el control de la localidad.
Durante el gobierno del derrocado presidente Saddam Hussein, el gobierno puso en práctica una política de ‘arabización' en el norte. Solamente en la región de Kirkuk expulsó a más que cien mil kurdos.
La constitución iraquí ordena la realización de un censo que definirá los distritos electorales para realizar un referéndum sobre el destino de Kirkuk -si será axenado al Kurdistán o a la provincia de Tamim, que es dominada por los árabes. En Kirkuk y Mosul, los políticos kurdos han sido acusados de tratar de manipular las votaciones provinciales programadas. Árabes y kurdos se acusan unos a otros de cometer asesinatos motivados políticamente.
Kirkuk es el botín más grande, porque la ciudad y sus alrededores contienen cerca del 40 por ciento de las reservas de petróleo de Iraq.
Cerca de un 40 por ciento de los habitantes de la región son kurdos, entre ellos muchos que han retornado desde la invasión de 2003. Alrededor de un tercio de los residentes de Kirkuk son árabes, muchos de los cuales llegaron a la ciudad durante el régimen de Hussein. Los turcomanos constituyen cerca del 20 por ciento de la población regional. Los dos grupos más pequeños han a veces unido fuerzas para resistir ante el control kurdo, pero también han peleado entre sí.
Los atentados con coches bomba en Kirkuk se han triplicado este último año, y las bombas improvisadas se han duplicado, de acuerdo a oficiales norteamericanos que proporcionaron datos sobre tendencias pero no cifras actuales sobre esos atentados.
También se han acrecentado los asesinatos, concentrándose los atacantes en políticos y policías. Las explosiones en agosto tuvieron como blanco un tribunal y las oficinas políticas kurdas asociadas con el partido del presidente Jalal Talabani, la Unión Patriótica del Kurdistán.
Mosul no posee nada semejante a la riqueza de Kirkuk, pero sigue siendo una zona problemática debido a sus elementos sunníes extremistas. Tras el sitio norteamericano de Faluya en 2004, los rebeldes convirtieron Mosul en un refugio. Cuando las tropas estadounidenses retomaron Mosul, las fuerzas rebeldes huyeron hacia Tall Afar. Los soldados norteamericanos retomaron más tarde la ciudad, en un ataque a gran escala en septiembre de 2005, pero los insurgentes siguen estando profundamente enraizados en las tres ciudades.
Hasta marzo de este año la mayoría de los ataques en el área de Mosul se dirigían contra las fuerzas norteamericanas y aliadas, pero hacia abril había casi tantos ataques contra fuerzas de seguridad iraquíes como contra los norteamericanos. Según militares norteamericanos, también hubo un aumento de los ataques contra civiles.
A pesar de la violencia, el número de tropas norteamericanas en las seis provincias del norte de Iraq se han reducido de 31 mil a 21 mil soldados.
Alla Eid, 26, estudiante en la Universidad de Mosul, dijo que la ciudad había sido rehén en los choques entre rebeldes y fuerzas norteamericanas. "Estamos viviendo como en la época de las cavernas. Comemos y vamos al trabajo o a la escuela todas las mañanas, y luego la vida termina antes de la puesta de sol", dijo. Tras la puesta de sol, Mosul "se convierte en una ciudad de fantasmas".

solomon.moore@latimes.com

louise.roug@latimes.com

Ali Windawi en Kirkuk y Saad Fakhrildeen en Nayaf y corresponsales en Bagdad, Mosul, Ramadi, Fallouja, Diwaniya y Baqubah y en Kuwait contribuyeron a este reportaje.

7 de octubre de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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¿quién es rumsfeld?


[C.J. Chivers] Reacción de los marines: ¿quién es Rumsfeld?
Zagarit, Iraq. Hashim al-Menti sonrió tristemente al sargento de marines que estaba junto a él en su sillón. El sargento apareció en la oscuridad de la noche del miércoles, golpeando a la puerta de casa de Menti.
Cuando Menti abrió, un pelotón de soldados entró rápidamente, convirtiéndolo en un anfitrión involuntario.
Desde entonces los marines han estado en el tejado de su casa, vigilando rifle en mano los caminos donde los rebeldes han, a menudo, colocado bombas,
Menti había pasado el tiempo mirando televisión. Ahora había noticias. Hablaba un inglés chapurreado. "Rumsfeld se fue", le dijo al sargento, Michael A. McKinnon.
"Democracia", agregó, y levantó su pulgar. "Buena".
Los marines habían estado en patrulla de tejados durante varios días sin parar, persiguiendo a los rebeldes. Estaban absortos en los duros y aislados ritmos de la vida de la infantería.
No sabían nada de las noticias de la semana.
Ahora un iraquí cuya casa habían ocupado les contaba que Donald H. Rumsfeld, el ministro de Defensa y uno de los principales arquitectos de las políticas que los había llevado allá, había renunciado. "¿Se fue Rumsfeld?", preguntó el sargento. "¿En serio?"
Menti asintió. "Es mejor para Iraq", dijo. "Los iraquíes dicen que os agradecen".
El sargento subió a contárselo a los marines, del mismo modo que el día anterior les había contado que la Cámara de Representantes y el congreso estaban atravesando por un período de importantes cambios. Tambén había sido Menti el que se lo contó.
"Rumsfeld se marchó", dijo a los cinco marines repanchingados con sus rifles en el suelo gélido.
El soldado de primera clase James L. Davis Jr. levantó la vista, sin dejar de fumar. "¿Quién es Rumsfeld?", dijo.
Si la historia sirve de algo, muchos de los jóvenes que soportan las privaciones más duras y corren los riesgos más grandes de la guerra en Iraq se interesarán en la política y en los políticos más tarde, cuando sean mayores y recuerden sus períodos de combate.
Pero no todavía. Tradicionalmente las unidades de infantería de los marines han sido apolíticas, hasta el punto de adoptar un peculiar distanciamiento de la política actual en casa. Es un pilar de la cultura marcial del cuerpo: los que más tienen que perder, son los menos involucrados en la decisiciones que los envían donde van.
Rumsfeld puede haberse convertido en una de las figuras más polémicas en casa. Pero entre estos jóvenes marines arrastrándose en la guerra en la provincia de Anbar, eso no significa casi nada. Si hubiese sido otra baja, habría sido peor.
"Rumsfeld es el ministro de defensa", dijo el sargento McKinnon, respondiendo la pregunta del soldado Davis.
El soldado Davis simplemente lanzó un taco.
No sonó enrabiado o disgustado. En lugar de eso, pareció ser una exclamación sobre la irrelevancia de la noticia. El sargento podría haber contado al pelotón sobre el tiempo de ayer.
Otro marine, el soldado Patrick S. Maguire, dijo que las decisiones que importaban aquí, en la Compañía F, Segundo Batallón, eran mucho más importantes para ellos que las que tomaban el Pentágono en casa.
Hay preguntas peligrosas de todos los días: Cuándo salir de patrulla, cuándo volver, qué ruta tomar, qué armas llevar y, en este momento, cuánto duraría la guardia de cada uno, agachados en el tejado, aguantando el viento frío, expuestos al fuego de francotiradores.
Su abuelo peleó en Iwo Jima, dijo, y su padre fue marine en Vietnam. Este era su segundo período en Iraq. "Aquí", dijo, "alguien te apunta con el dedo, y te marchas".
"¿La cadena de mando?", agregó. "¿Sabes lo que yo sé? El jefe de mi batallón es el teniente coronel DeTreux. Eso es lo que sé".
Y así entre los marines y Menti y su familia, las dos reacciones a la noticia de la renuncia de Rumsfeld se convirtió en una escena surrealista.
Menti, 50, radiólogo de formación, pasó parte de la tarde tratando de transmitir la importancia de la noticia al joven sargento sentado junto a él en el sillón.
La guerra cambiaría pronto, dijo.
"Creo que en un año tú retornas a Estados Unidos", dijo.
El sargento estaba impertérrito.
"Esto es bueno para usted", dijo Menti. "¿No?"
Habló de los años de temor. Durante el régimen de Saddam Hussein, dijo, tenían miedo. Ahora, con las tropas estadounidenses y los insurgentes peleando en Anbar, todavía tenían miedo. Volvió a la noticia de la renuncia de Rumsfeld.
"La gente en Estados Unidos está muy feliz", dijo. "Lo vi en la televisión. Y yo estoy muy feliz. Gracias, pueblo norteamericano".
Apuntó a los marines frente a él, fumando, sentados en sus sillones, bebiendo su té dulde y fuerte. "Estos soldados en Iraq, ¿hacen la libertad?", preguntó.
"Sí", dijo el sargento McKinnon.
"¿Qué tipo de libertad?", preguntó.
Desde la noche anterior había estado hablando sobre las condiciones de vida en la provincia, cuando los marines golpearon a su puerta.
Casi no hay escuelas, dijo. Casi no hay medicinas. Hay pocas provisiones, y no hay electricidad, excepto la de los generadores. La lista seguía. No hay agua. No hay trabajo. Violencia. Secuestros. Decapitaciones. Explosiones.
Su cuñado fue secuestrado por rebeldes hace siete meses, dijo, y los insurgentes dejaron una nota diciendo que lo secuestraban por mostrar simpatía por las tropas estadounidenses. No lo han vuelto a ver.
En Bagdad, dijo, los escuadrones de la muerte financiados por Irán, estaban matando a ciudadanos sunníes. El país se estaba desmoronando.
"¿Le gusta la libertad?", le preguntó al sargento. "¿Este tipo de libertad? ¿De este modo?"
"No", dijo el sargento McKinnon.
"Creo que usted y yo mucha gente no queremos la libertad de esta manera", dijo. "Creo yo. Estoy seguro".
"Está mal que el ejército norteamericano haya venido aquí. Es algo malo".
Miró al sargento McKinnon, que es más joven que muchos de sus catorce hijos. Estaba tratando de soltarle la lengua.
"Si el ejército americano llegara aquí por tres meses, cuatro meses, estaría bien", dijo Menti. "Pero ya han pasado cuatro años".
Si no hubiera una presencia militar norteamericana en Iraq, dijo, no habría rebeldes. Los unos sirven como imán de los otros.
Menti habló al sargento como si este fuera un diplomático americano, como si él tuviera alguna influencia en las grandes expansiones de la política exterior norteamericana. El sargento siguió tranquilo y amable.
"No creo que se dé cuenta de que estamos tratando de que su país sea más seguro", le dijo al soldado Maguire.
"Creo que sí lo sabe, pero que mientras más tiempo nos quedemos aquí, más gente vendrá y será peor", replicó el soldado Maguire.
Subieron al tejado, a recoger sus pertrechos para la siguiente movida, para después del atardecer, para otra casa y otra noche de mirar hacia abajo los caminos, esperando ver aparecer a un rebelde con un bomba dentro del rango de un tiro de rifle.
El sargento McKinnons habló sobre el aislamiento del pelotón. "Sólo ayer me enteré de que el juicio de Saddam había terminado", dijo. "Otro iraquí me lo contó".
Se volcó a la tarea de organizar el apoyo de fuego de la noche.
En el tejado, el soldado Maguire meditó sobre la noticia. Lo que significara la renuncia de Rumsfeld, todavía no importaba aquí, y no los ayudaría a sobrevivir la noche.
Otro marine, el soldado Randall D. Webb, estaba escudriñando el tráfico con el vizor de su rifle, preocupado de que hubiesen sido detectados y que los insurgentes se enteraran pronto de que estaban allí.
"Creo que nos ven", dijo.
"Hombre, todos nos ven", dijo el soldado Maguire, encendiendo otro cigarrillo.

10 de noviembre de 2006
©new york times
©traducción mQh
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pentágono reconsidera iraq


[David Stout] Pentágono revisará estrategia en Iraq tras derrota electoral de los republicanos.
Washington, Estados Unidos. Un importante general del Pentágono dijo hoy que los jefes militares están estudiando seriamente sus logros y fracasos en Iraq. Pero la Casa Blanca dijo que su definición de éxito en Iraq no ha cambiado.
"Hemos revisado honestamente qué funciona y qué no en Iraq, cuáles son los obstáculos para que avancemos y qué deberíamos cambiar para asegurar que alcancemos los objetivos que nos hemos fijado", dijo en una entrevista para el ‘Early Show' de la CBS el general Peter Pace, jefe del Estado Mayor Conjunto.
Dijo que el general George Casey, el comandante de las tropas en Iraq, y el general John Abizaid, director del Comando Central norteamericano, estaban participando en esa revisión.
El general Pace dijo que la inminente partida del ministro de Defensa, Donald H. Rumsfeld, anunciada un día después de las elecciones parlamentarias que han sido vistas ampliamente como un repudio de la política en Iraq del gobierno de Bush, no tendría relación directa con los cambios.
Interrogado en otra entrevista, en la MSNBC, si Estados Unidos estaba ganando la guerra en Iraq, el general respondio: "Hay que definir qué es ganar. No quiero parecer superficial torno a eso. Para mí, ganar es simplemente lograr que los países que estamos tratando de ayudar tengan un ambiente seguro en el cual su gobierno y su pueblo puedan funcionar".
El general Pace comparó la lucha contra el terrorismo con la lucha contra la criminalidad. "Ejemplo: Aquí en Washington, D.C., hay criminalidad y una fuerza policial", dijo. "Y la fuerza policial mantiene los niveles de criminalidad por debajo de niveles que imposibilitarían el actuar del gobierno. Eso es ganar realmente la guerra contra el terrorismo".
Pero cuando se le preguntó sobre los comentarios del general, el portavoz jefe de la Casa Blanca, Tony Snow, dijo que el gobierno todavía persigue la victoria en Iraq y que su definición de victoria no ha cambiado. Snow definió victoria como el momento en que "Iraq pueda sostenerse, defenderse y gobernarse a sí mismo", palabras prácticamente idénticas a las utilizadas recientemente por el presidente Bush y sus representantes".
Mientras la Casa Blanca insistió en que el objetivo en Iraq es el mismo, las posibilidades de cambio de estrategia son obvias. No sólo están los más importantes jefes militares revisando la política en Iraq, sino que influyentes personeros civiles están también tocando el tema.
Bush debe reunirse hoy con el Grupo de Estudio de Iraq, que ha estado estudiando los posibles cambios en la estrategia general en el país. El presidente de esa comisión es James A. Baker III, ex ministro de Relaciones Exteriores y asesor del primer presidente Bush. Otros que se reunirán con el grupo de estudio son la ministro de Relaciones Exteriores, Condoleezza Rive; Rumsfeldl; el director de la Inteligencia Nacional, John D. Negroponte; el general Michael Hayden, director de la CIA; y Zalmay Khalilzad, el embajador norteamericano en Iraq.
"El presidente espera oír sus opiniones y discutir la situación en Iraq", dijo Snow.
En cierto sentido, los cambios en la estrategia en Iraq ya son obvios. Aunque este año debía ser un año de importantes reducciones de los niveles de tropas norteamericanas en Iraq, nos acercamos a fin de año sin que hayan habido reducciones de tropas, ahora cercanas a los 150 mil hombres, ni pausas en la violencia religiosa que amenaza con destruir el país.
La renuncia de Rumsfeld, que recibió un respaldo aparentemente incondicional del presidente Bush pocos días antes de las elecciones, ha sido considerada como un reflejo del creciente descontento entre la población estadounidense, y entre los líderes uniformados del Pentágono.
Insistiendo en que el remplazo de Rumsfeld por Robert Gates, asumiendo que Gates sea confirmado, no tendría un impacto directo en los cambios, el general Pace dijo en la CBS que el ministerio de Defensa pasaría de "manos muy firmes a manos todavía más firmes".

10 de noviembre de 2006
©new york times
©traducción mQh
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odio y muerte en balad


[Borzou Daragahi] Vecinos chiíes cometen espantosas atrocidades en pequeña ciudad de Balad, Iraq.
Balad, Iraq. Aquí no hubo héroes. Cuando un grupo de pistoleros asesinó durante dos días a decenas de personas en esta apacible ciudad chií el mes pasado, nadie intentó detener la matanza. Ni las tropas norteamericanas, cuyo propósito explícito en Iraq incluye impedir que se desate la guerra civil. Ni las fuerzas de seguridad iraquíes que, en general, hicieron la vista gorda. Ni la gente de Balad, que permitieron que décadas de miedo y odio superarán sus mejores instintos.
Quizás no se podía hacer nada. Quizás los conflictos entre chiíes y sunníes se han inflamado tanto en Iraq que ni siquiera los 140 mil soldados norteamericanos pueden parar la guerra civil cada vez más violenta que azota al país.
"Se odian unos a otros", dijo un oficial norteamericano en la zona de Balad, hablando a condición de conservar el anonimato debido a que no está autorizado a comentar en público sobre asuntos que tengan que ver con la sociedad iraquí. "¿Cómo te vas a deshacer de eso? No vas a dar a esos tipos clases de sensibilidad".
Balad, una ciudad de 120 mil habitantes siguiendo el río Tigris desde Bagdad arriba, yace a menos de 24 kilómetros de la Logistics Support Area Anaconda, la base militar norteamericana más grande de Iraq. Una pequeña base operativa de avanzada, el Camp Paliwoda yace justo en las afueras de la ciudad. Pero las tropas estadounidenses se aferraron al mantra de dejar que los iraquíes tomaran la dirección y dieron a la fuerza de policía dominada por los chiíes un amplio margen de libertad mientras la gente de la ciudad participaba en la desenfrenada carnicería.
"No pensábamos que iba a ocurrir a esta escala", dijo el capitán Mark T. Jenner, oficial de inteligencia del 1er Batallón, Regimiento de Infantería Número 8 de la Cuarta División de Infantería, que estaba en el proceso de entregar la zona a otra unidad norteamericana cuando ocurrieron las matanzas.
Quizás lo más escalofriante acerca de la masacre de Balad fue que no fue el trabajo de escuadrones de la muerte de fuera de la ciudad. De acuerdo a oficiales de inteligencia iraquíes y norteamericanos, parece que fue el trabajo de vecinos chiíes que atacaron a sus vecinos.
"Era gente corriente. Algunos cogieron sus armas e hicieron eso", dice Amira Baldawi, miembro chií del parlamento que es de Balad. "La ciudad ha estado todo el tiempo bajo presión. Hay una reacción para cada acción".

Se Rompe la Calma Usual
Los asesinatos empezaron la tarde del viernes, normalmente un día de descanso en los países musulmanes. Ajeel Mujamaie, 30, profesor de inglés y árabe en la secundaria, corría hacia el hospital con su mujer embarazada,
Fadhilla, y se dio cuenta de que la habitual calma del día se había roto.
"Había un montón de tensión y de conmoción en el área", dice.
Mujamaie llevó a Fadhilla a la sala de partos, luego recorrió el hospital buscando a un médico. Topó con un guardia de seguridad al que conocía, un hombre llamado Abbas del que era pariente por matrimonio. Abbas le aconsejó que se marchara.
"Me dijo que me marchara", dijo Mujamaie. "Me dijo que querían matarme".
Pronto un grupo de hombres armados irrumpió en el hospital, ayudados por algunos de los empleados. "Eran de Balad", dijo Mujamaie sobre los hombres que guiaron a los pistoleros de sala en sala. "Les iban diciendo a quién coger".
Mientras Fadhilla se retorcía de dolor, Abbas, que llevaba un uniforme de policía, metió a la pareja en su coche y los llevó a una partera fuera del centro de la ciudad.
En todo Balad sunníes como Mujamaie y su esposa habían empezado a huir.

Tensiones Enraizadas
Durante décadas, esta región agrícola al norte de Bagdad ha sido una caldera de desconfianza entre las tribus musulmanas chiíes que viven en la ciudad
y las tribus árabes sunníes dispersas en las tierras agrícolas circurdantes.
En los años setenta, la ciudad se convirtió en un bastión de activistas chiíes del entonces prohibido Partido Islámico Dawa, que tenía fuertes vínculos con el vecino Irán. Después de que estallara la guerra Irán-Iraq en 1980, el presidente Saddam Hussein y sus seguidores del Partido Baaz iniciaron una campaña de represión, ejecutando a los miembros de Dawa, destruyendo sus huertos y expropiando las propiedades de chiíes ricos para entregárselas a sunníes.
La invasión norteamericana de 2003 inclinó la balanza de poder. Los chiíes empezaron a mostrar sus músculos, provocando la ira de los sunníes. En 2004 un grupo leal al clérigo radical Muqtada Sáder ocupó una mezquita sunní en el centro de Balad, declarándola de su propiedad.
En febrero, cuando una bomba dañó severamente el santuario chií de la Cúpula Dorada en la cercana Samarra, los soldados norteamericanos tuvieron que acordonar Balad para impedir que los chiíes entraran a vengarse.
Los secuestros a manos de escuadrones de la muerte y los enfrentamientos aumentaron. Soldados estadounidenses e iraquíes encontraban cuerpos en las granjas y flotando en el río Tigris.
La rivalidad económica subyace en algunos de los enfrentamientos. La tribu chií Bani Tamim en la ciudad y los Mashadani sunníes en el campo pelean por el control de las rutas comerciales y del transporte de materiales de construcción hacia Bagdad. Las vendettas tribales se agregaron a una complicada capa de derramamiento de sangre atribuibles a la violencia religiosa.
En los últimos meses los sunníes empezaron a quejarse de que matones chiíes, supuestamente con lazos con la organización de Sáder, montaran puestos de control. También los chiíes advirtieron sobre un inminente punto de ruptura. En septiembre, Baldawi envió un fajo de desesperadas cartas de sus electores al primer ministro, Nouri Maliki.
"La gente se quejaba de que la situación es completamente insegura", dijo. "Querían más fuerzas de seguridad para proteger el área".
Sin embargo, el 13 de septiembre las fuerzas norteamericanas finalmente entregaron el control de la zona a los iraquíes.
Los asesinatos episódicos continuaron. A principios de octubre, un sunní de visita en el hospital de Balad fue encontrado muerto en la ciudad. El 6 de octubre un grupo de sunníes atacó una unidad del ejército iraquí chií. Los soldados mataron a dos sunníes de la tribu Jabouri.
El gatillazo final se produjo en la mañana del 12 de octubre: una balacera en la que soldados del gobierno chií de Iraq mataron a un presunto insurgente sunní. La gente de la ciudad, los campesinos y las tropas norteamericanas esperaron ansiosamente la respuesta sunní. Se produjo tras algunas horas.

Llegaron los Pistoleros
La madre de Mohammed Adnan Obeidi le había advertido no aceptar trabajos de construcción en el pueblo sunní de Duluiya. Pero la familia del chií de 22 años es pobre y el comerciante sunní que le ofreció trabajo
parecía respetable. Así que de 12 de octubre, Obeidi, su mejor amigo Thamer Azzawi y otros 14 hombres aceptaron la oferta del comerciante de reconstruir su tejado y emprendieron camino hacia el pueblo, cruzando el Tigris en Balad.
Terminaron el trabajo hacia el mediodía y se disponían a volver cuando fueron rodeados por decenas de pistoleros enmascarados que bloquearon el camino y empezaron a gritar: "¡Dios es grande!"
Los pistoleros abordaron el bus de los trabajadores y les ordenaron poner sus manos sobre sus cabezas y sus cabezas entre las piernas. El bus anduvo durante casi una hora.
"Traté de ver qué estaba pasando, pero uno de los pistoleros me golpeó en la cabeza con la culata de su rifle", recordó Obeidi.
Una vez que el bus paró, les ordenaron descender, los maniataron y vendaron. Los pistoleros usaban walkie-talkies y ametralladoras pesadas. Azzawi suplicó que le dejaran vivir. Él era sunní, dijo. Mintió y dijo que Obeidi, miembro de una tribu que incluye a las dos sectas, era también sunní.
"Déjennos ir, sólo yo y mi amigo sunní", dijo Obeidi.
Los dos se congelaron de pavor cuando oyeron tiros detrás de ellos, y caminaron durante casi dos horas. Encontraron un camino para volver a Balad al caer la noche, donde contaron su historia a la policía.
A la mañana siguiente, encontraron los cuerpos de los catorce trabajadores en las afueras de Duluiya. Les habían disparado a quemarropa y tenían signos de tortura.
Oficiales norteamericanos e iraquíes reconocieron inmediatamente el peligro que representaba el incidente para las más o menos doscientas familias sunníes que vivían en la ciudad de Balad. "Estaban fuera de los límites tribales", dijo Jenner, el oficial de inteligencia norteamericano. "Eran los sunníes contra los chiíes".
El gobernador de la provincia, un sunní, se encaminó hacia la ciudad en un intento de imponer la calma. Pero los desconfiados chiíes en los puestos de control se negaron a dejarlo entrar. Durante las oraciones del viernes los clérigos llamaron, tanto en mezquitas chiíes como sunníes, a mantener la calma. Nadie les llevó de apunte.

Fue Gente de la Zona
Aunque desconfían unos de otros, sunníes y chíies en el área de Balad llevan vidas entrelazadas. Los sunníes en el campo cultivan productos agrícolas, y la ciudad es un centro comercial.
Los sunníes van a la cudad para usar el hospital, las tiendas, para sus citas con abogados y para comprar y vender coches en las subastas.
Cuando las represalias contra los sunníes empezaron el viernes tarde, el asesino y su víctima probablemente se conocían.
Obeid Nawaf, 51, un agente inmobiliario sunní, dejó su pequeña casa en el campo tan pronto como se enteró del asesinato de los trabajadores. En la tarde envió a su hermano e hijo a por suministros. Fue la última vez que los vio con vida.
Los asesinatos continuaron el sábado. Durante horas turbas de chíies mataron a todo hombre sunní que encontraron en su camino. Una mujer de Duluiya que se identificó a sí misma solamente como Umm Mohammed dijo que su hijo Hamid, de 22, entró desprevenidamente a Balad a hacer las compras del sábado y fue matado a balazos por pistoleros chiíes.
Los pistoleros visitaron subastas de coche y aprehendieron a sunníes, matándolos y quemando sus vehículos.
Hussein Azzawi, 39, vendedor de coches usados de Duluiya, había enviado a dos de sus empleados a vender coches a Balad. "Los quemaron dentro de sus coches", contó. "No habían cometido ningún delito. Sólo que eran sunníes".
Nawaf, el agente inmobiliario, oyó que algunos de los muertos estaban siendo llevados a la morgue de una ciudad cercana. Allá encontró los cuerpos de su hijo y hermano. "No lo puedo describir", dijo. "Fueron cortados y mutilados. Les habían arrojado ácido en la cara".
Líderes políticos y religiosos sunníes acusaron a los combatientes vinculados a las milicias Al Mahdi, de Sáder, de invadir la ciudad y dirigir los asesinatos a instancias de vecinos de Balad. Pero los residentes chiíes de Balad y las fuerzas norteamericanas rechazan esa teoría.
"No creemos que fuera el Ejército Madi", dijo el capitán Matthew Thomas, el nuevo oficial de la inteligencia del Ballatón Número 3, Regimiento de Caballería Número 8.
El capitán Keith L. Carter, un comandante de compañía cuya área de responsabilidad incluía a la ciudad, probablemente conoce al Balad de hoy mejor que cualquier otro oficial norteamericano. "No creo que esta violencia venga de fuera", dijo.
En realidad, en los días previos a los ataques, el servicio de teléfonos de la ciudad se había descolgado debido a un ataque insurgente, cortando a Balad la comunicación con el exterior.
El odio de ese día era local.
"No hay un ejército de Sáder en Balad y nunca pedimos su intervención", dice Tahseen Rasheed, un vecino. "Fueron las familias de las víctimas las que decidieron vengarse. Se armaron a sí mismas y se echaron a la calle y empezaron a matar a los que encontraban sospechosos".

Rechazan Ofrecimiento de Ayuda
Los militares norteamericanos observaron los acontecimientos desde su base justo en las afueras de Balad, donde su papel en el control de los conflictos es cada vez más marginal.
"Podíamos sentir que la violencia sectaria estaba aumentando", dijo Thomas. "Recibimos informes sobre venganzas chiíes contra sunníes".
Para el viernes tarde, las fuerzas norteamericanas desplegaron una unidad del tamaño de un pelotón en la ciudad. Los soldados ofrecieron ayuda a las fuerzas iraquíes para mantener el orden. Los oficiales iraquíes rechazaron el ofrecimiento y los norteamericanos se marcharon.
En algún momento del sábado, las fuerzas estadounidenses entraron en contacto con los iraquíes y les dijeron que montaran puestos de control en la ciudad y empezaran a recoger los cadáveres. A las cinco de la tarde, funcionarios de la ciudad declararon un toque de queda de 48 horas en Balad y Duluiya, sacando a los coches de la calle y prohibiendo el tráfico vehicular hacia y desde las ciudades.
Casi 30 horas después del hallazgo de los cuerpos de los trabajadores chiíes, los asesinatos en venganza empezaron a disminuir.
Para entonces, habían sido asesinados entre 36 y 70 sunníes en una ciudad del tamaño de Thousand Oaks. Hassanian Baldawi, un empleado del hospital de Balad, dijo que dos días después de la masacre el hospital había recibido ochenta cadáveres de los cuatro días previos, incluyendo a mujeres.
La actitud de no intervención de los estadounidenses asombró a muchos. "Todo el mundo se preguntaba por qué no intervenían los norteamericanos", dijo Ismail Amili, 45, un empleado del hospital. "¿Acaso la carnicería conviene a sus intereses?"
Las fuerzas norteamericanas aquí adoptaron una posición firme, obligando a los iraquíes a tomar la iniciativa. "Aunque probablemente teníamos la capacidad de mandar a todas nuestras tropas y proteger la ciudad, es bueno que los iraquíes se encarguen del asunto", dijo Thomas.
Pero quizás los soldados norteamericanos -consciente o inconscientemente- hacen un macabro cálculo que les conviene. Los rebeldes sunníes en el campo atacan tanto a los chiíes como a las tropas norteamericanas. En contraste, los milicianos chiíes a menudo acogen a los americanos en sus pueblos y atacan fundamentalmente a jóvenes sunníes acusados de ser rebeldes.
Mientras que en los pueblos sunníes los soldados estadounidenses son mirados con desconfianza, en el centro de Balad pueden pasearse sin temor.
"Honestamente, eso hace que nuestro trabajo sea más fácil", dice el sargento Dominie Price, 25, de Wheaton, Illinois, sobre los chiíes que atacan a los sunníes. "Ahora hay menos insurgentes atacándonos".
Sin embargo, incluso con la actitud reticente de los estadounidenses, Balad está mejor con ellos en el vecindario, dijo Carter.
Si los norteamericanos se marcharan mañana, no tiene ninguna duda sobre lo que ocurriría: "Los milicianos chiíes entrarían en Balad y formarían una barrera defensiva", dijo. "Luego los insurgentes sunníes sitiarían la ciudad".
Poco después de la masacre se realizó una reunión para la reconciliación en la capital provincial de Tikrit. Oficiales norteamericanos la saludaron como "un signo claro de solidaridad entre los dirigentes cívicos, militares y religiosos de Balad". Pero no logró sacar ninguna resolución política o aliviar las fricciones entre chiíes y sunníes o las tribus.
Pese a los rumores de una tregua, los sunníes atacan Balad todas las noches con fuego de mortero y han matado y herido a decenas de residentes. La policía y soldados chiíes luchan contra los pistoleros sunníes todas las noches por el control de un puesto de control en los bordes de la ciudad que sirve como puerta de entrada de alimentos, combustible y personas. El puesto de control ha sido impactado tantas veces por las bombas que su torre de vigilancia de concreto se derrumbó.
Y más de la mitad de las doscientas familias sunníes que vivían en Balad antes de la masacre, han huido al campo, aterrorizadas ante la perspectiva de convertirse en víctimas de sus vecinos.
Hace poco un oficial norteamericano de visita elogió a un grupo de andrajosos soldados y agentes de policía iraquíes que controlaban el puesto de control, llamado Delta 49. Los hombres habían capturado a dos combatientes sunníes y matado a uno. Los combatientes estaban tratando supuestamente de entrar al pueblo con un alijo de dinamita y otras municiones.
Los veinte jóvenes explicaron que eran voluntarios que estaban protegiendo las puertas de la ciudad contra los intrusos sunníes.
"Los terroristas vienen de esta área", dijo el agente de policía Saad Fakhreen Hassan, apuntando hacia el verde campo. "Vinimos a retar a los terroristas".
Interrogado sobre los acontecimientos del 13 y 14 de octubre, negó que hubiesen habido represalias contra los sunníes en Balad. Las familias sunníes se marcharon porque querían, dijo.
"Ahora mismo Balad está rodeada de terroristas, y los pueblos están llenos de terroristas", dijo. "Balad es una ciudad que ama la paz".
Mujamaie ve las cosas de otro modo. Él y su esposa llegaron a casa de la partera ese viernes tarde, y ahora tienen una bebita llamada Noor.
"La gente de Balad está dividida", dijo. "Hay los que están contra los asesinatos y los que los apoyan. Pero yo no volveré nunca a Balad. Vimos qué clase de gente son esos asesinos".

daragahi@latimes.com

Raheem Salman, Suhail Ahmad, Zeena Hamid, Saif Rasheed, Saif Hameed y Said Rifai y corresponsales en Balad, Duluiya, Samarra y Tikrit contribuueron a este reportaje.

7 de noviembre de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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no confíes en tipos uniformados


[Damián Cave] Una nueva regla vital de los iraquíes: No confiar en uniformados.
Bagdad, Irak. Los comandos iraquíes camuflados que secuestraron a veinte personas de dos oficinas en el centro de Bagdad esta semana, usaban vehículos del ministerio del Interior y no dejaron ninguna pista sobre su verdadera identidad.
¿Eran agentes genuinos? ¿O eran miembros de un escuadrón de la muerte chií o sunní? ¿O eran delincuentes en uniformes falsos comprados en el mercado?
Majid Hamid, 41, un funcionario sunní de derechos humanos cuyo hermano fue secuestrado y asesinado por hombres uniformados hace cuatro meses, dijo que dudaba que se conociera la respuesta alguna vez. Ahora, dijo, las autoridades a las que normalmente se confía la investigación de estos crímenes, pueden ser las responsables de ellos.
"Cada vez que veo uniformes, pienso que son milicianos", dijo Hamid en una entrevista hace poco. "Trato de evitarlos inmediatamente. Si tengo mi arma, sé que tengo que estar preparado para usarla".
Es la actitud de los iraquíes en esta capital traumatizada por la guerra y atemorizada por la violencia cometida casi a diario por hombres vestidos como aquellos que se supone que deben protegerla y servirla. Los audaces secuestros del lunes fue apenas el último caso de hombres que utilizan los símbolos de la autoridad y la seguridad -uniforme, un vehículo con focos azules, un parche en la manga- para atacar y secuestrar.
Ahora, toda vez que entran a algún lugar, sea heladerías o puestos de control, hombres uniformados, la gente huye. La jaspeada mezcla de camuflajes azules, verdes y caki, junto con las camisas azules de la policía local, se ha emborronado toda para convertirse en un signo de alarma. "En eles", dicen ahora los bagdadíes cuando se ha secuestrado a un amigo; en árabe tradicional, significa chupado, pero en las calles significa ser secuestrado sin explicación por hombres misteriosos.
Funcionarios norteamericanos e iraquíes han estado prometiendo durante semanas ocuparse del problema. Esta semana, el ministro del Interior, Jalad Bolani, reconoció que hay parias entre sus filas. Dijo al Parlamento que nuevos uniformes y tarjetas de identificación serían entregados pronto para obstaculizar a los que "realizan actividades ilícitas bajo el manto de esta institución".
Los primeros dos mil de los 25 mil uniformes nuevos serán entregados más tarde este mes, dijeron los funcionarios. Hechos con tela de camuflaje importada y complicados parches e insignias, han sido diseñados especialmente para dificultar que sean copiados. Su fuente, así como otros detalles sobre su manufactura, son secretos, en parte para reducir el riesgo de que sean falsificados. Pero sólo serán entregados a un pequeño porcentaje de los 145 mil agentes del ministerio del Interior -desde la policía nacional, las brigadas de orden público y otros cuerpos.
Incluso si todos ellos tuvieran uniformes nuevos, será difícil resucitar la confianza en ellos en Bagdad, donde docenas de personas son asesinadas diariamente o encontradas muertas. Con más fuerzas que están siendo asignadas para patrullar las calles como parte de un plan de seguridad que empezó a ser implementado hace dos meses, las combinaciones de la oficialidad han subido vertiginosamente.
Una tarde reciente en la sede del ministerio del Interior en Bagdad, tres camiones blancos con luces genéricas de la policía pasaron frente al edificio con hombres vestidos con al menos media docena de versiones de uniformes oficiales. También pasó una caravana de todoterrenos con hombres luciendo diferentes uniformes.
"Supongo que ni siquiera el ministerio del Interior puede decir quiénes van en los camiones y quién pertenece a qué brigada", dijo Hamid, que ha estado trabajando con los militares norteamericanos para encontrar a los asesinos de su hermano.
Durante el régimen de Saddam Hussein era más simple. A principios de los años noventa, tanto la policía nacional como el ejército iraquí llevaban uniformes de faena color oliva; una estrella plateada en la gorra y hombrera denotaba a un agente de policía; un águila dorada indicaba el ejército. De acuerdo a varios modistos de Bagdad, en la capital sólo dos mercados tenían permiso para vender uniformes y nadie se atrevía a imitarlos. Sin embargo, más tarde, cuando las sanciones impidieron que el gobierno pudiera suministrar a todas las fuerzas armadas de uniformes oficiales, empezaron a aparecer uniformes confeccionados privadamente.
La invasión norteamericana de 2003 y la estampida para rellenar las fuerzas de seguridad iraquíes abrieron la puerta a toda una avalancha de manufacturas privadas, algunas más legítimas que otras.
Ali Muhammad, 22, modisto en el pobre barrio de Ciudad Sáder, dijo que a los seis meses después de la invasión, los pedidos de uniformes de camuflaje empezaron a llover. Al principio, se negó. Pero necesitaba el dinero -casi dos veces lo que ganaba remendando trajes- y como la violencia religiosa asustaba a los otros clientes, dijo que tuvo que hacerlo.
Hace alrededor de un año, empezó a comprar materiales en un mercado al por mayor y a hacer uniformes por 50 mil dinares iraquíes, unos 33 dólares. Enfatizó que los 20 o 30 uniformes que había hecho, los había vendido a clientes fiables. Pero dijo que todavía tenía miedo.
"Si descubriera que alguien usa mis uniformes para hacer todo esto", dijo. Sacudió su mano refiriéndose a la violencia. "Si eso ocurriera, sería como si yo hubiese participado en ello".
Interrogado sobre cuánto tiempo pensaba que demorarían los modistos en copiar los nuevos uniformes del ministerio, dijo: "Un día".
El brigadier Adnan Abdul-Rahman, portavoz jefe del ministerio del Interior, tiene más esperanzas. Dijo que el ministerio esperaba burlar a los falsificadores durante seis meses. Se negó a decir de qué color serían los uniformes o de dónde serían importados.
Dijo que también habría una campaña publicitaria para informar a la gente sobre los nuevos uniformes, nuevos carnés de identidad para los agentes y que los camiones blancos del ministerio serían pintados de manera que fuese difícil de copiar, aunque no entregó cifras ni fechas de las propuestas.
Bolani, ministro del Interior, también prometió expulsar a los agentes acusados de corrupción y tortura y dijo que habría resultados este mes.
En particular los sunníes, ahora fuera del poder, cuestionan que el ministerio sea serio. Omar al-Jabouri, que dirige la oficina de derechos humanos del Partido Islámico, dijo que el gobierno chií no pondría nunca fin a la corrupción ni a los asesinatos cometidos por agentes o imitadores sino que rompía con las milicias chiíes.
Como muchos sunníes, dice que estas milicias son la columna vertebral del ministerio del Interior. Los nuevos uniformes, carnés de identidad y otros planes, dijo, "son falsos certificados de reforma. Es un modo de decir que ellos son inocentes".
Durante más de un año ha estado recopilando historias sobre las atrocidades cometidas por iraquíes uniformados. En una entrevista hace poco, mostró un libro con estudios de caso con fotografías en color y espeluznantes evidencias de torturas y asesinatos cometidos por hombres en uniforme: un jeque al que metieron en su cabeza un taladro eléctrico; catorce jornaleros secuestrados en un puesto de control en Bagdad y asesinados; decenas de hombres golpeados, quemados con ácido y matados a balazos.
"Hoy hay un montón de barrios donde no dejan entrar a los comandos sin escoltas norteamericanos", dijo.
El jeque Akrim al‑Dulaimi, un imán sunní de la mezquita de la Meca Sagrada en Dawra, una de las zonas más violentas de Bagdad, dijo que muchos de sus vecinos zuñes han sido sacados a medianoche de sus casas.
"Se aparecen después del toque de queda con uniformes de camuflaje e insignias de comandos del ministerio del Interior", dijo. "Pero cuando vas al día siguiente al gobierno o a la sede de la brigada, lo niegan".
La necesidad de decidir si confiar en ellos o huir se ha convertido en un elemento fijo de la vida de muchos iraquíes.
Bashar Hassan, 41, un comerciante sunní de Bagdad, dijo que después de que un grupo de hombres en coches policiales lo secuestraran el verano pasado, recién se dio cuenta de que estaba siendo secuestrado cuando le pidieron 30 mil dólares de rescate. Su familia pagó.
"Llegaron a mi tienda y me dijeron que yo estaba apoyando a los insurgentes, y luego me subieron a un coche de la policía", dijo. Dijo que dudaba que volviera a confiar en iraquíes uniformados. Dijo que esperaba que los soldados norteamericanos adicionales que estaban siendo destinados a la capital, "esta vez nos ayuden honestamente, y no nos matemos unos a otros mientras ellos miran y esperan".
Entretanto, él y otros iraquíes dijeron que viven en constante temor. Si agentes de policía entran a la tienda, los clientes se marchan de inmediato. Los conductores dan vueltas para evitar los puestos de control. Para denunciar un delito, si tienen el coraje suficiente, muchos iraquíes se dirigirán hacia los comandantes norteamericanos o a las milicias de barrio que están surgiendo a pesar de la reciente prohibición del ministerio de Defensa.
Incluso el brigadier Abdul-Rahman, el portavoz del ministerio del Interior, admite que cuando ve a uniformados en Bagdad, se asegura de mantener la distancia. "Sé", dijo, "que están autorizados para disparar".

Edward Wong, Sahar Najeeb y Hosham Hussein contribuyeron a este reportaje.

2 de agosto de 2006
©new york times
©traducción mQh
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hussein será ahorcado


[John Ward Anderson y Ellen Knickmeyer] Por crímenes contra iraquíes. Miles de manifestantes se toman las calles en Tikrit, pese a toque de queda.
Bagdad, Iraq. El domingo, el ex presidente iraquí Saddam Hussein fue declarado culpable por un tribunal especial de crímenes contra la humanidad por la tortura y ejecución de más cien personas en un pequeño pueblo al norte de Bagdad hace 24 años. Fue sentenciado a morir en la horca.
Hussein, 69, fue llevado a la sala del tribunal por siete guardias y se sentó inmediatamente en su silla, negándose a levantarse para oír el fallo hasta que el juez Raouf Rasheed Abdel-Rahman ordenó a los guardias que lo pusieran de pie a la fuerza.
"¡Larga vida para el pueblo!", gritó Hussein cuando el juez empezó a leer el fallo. "¡Abajo los payasos! ¡Abajo los invasores! ¡Dios es grande!"
Justo antes de su comparencia ante el tribunal, uno de los otros acusados, Awad Hamed al-Bander, el ex jefe del Tribunal Revolucionario de Iraq, rugió repetidas veces: "¡Dios es grande!" cuando fue, él también, sentenciado a muerte. "¡Dios es grande contra los tiranos!", gritó. "¡Dios es grande contra los colonizadores! ¡Dios es grande contra los agentes!"
El fallo y la sentencia serán enviados automáticamente a una comisión de apelación formada por nueve jueces. Esa comisión tiene amplias atribuciones para revisar el caso y pedir testimonios adicionales, y tiene tiempo ilimitado para resolver. Pero una vez que lo haga, toda sentencia deberá ser ejecutada en un plazo no mayor a treinta días.
Tiros al aire se oyeron en todo Bagdad cuando extasiados iraquíes expresaron su felicidad por el fallo corriendo hacia los tejados, jardines y ventanas para disparar. La televisión nacional mostró a iraquíes riendo y bailando en las calles de ciudades en todo el país, incluyendo el barrio de Ciudad Sáder de Bagdad, que está técnicamente bajo toque de queda.
En Tikrit, la ciudad natal de Hussein, miles de personas se echaron a la calle ignorando el toque de queda, muchos de ellos llorando y gritando y disparando al aire, indignados. "¡Sacrificaremos nuestras almas y sangre por ti, Saddam!", gritaban algunos manifestantes. Los manifestantes en Tikrit atacaron la base local del ejército iraquí con armas livianas. No se informó de bajas.
Oficiales iraquíes impusieron un toque de queda total en la capital y en cuatro provincias, confinando a la gente a sus casas, temiendo que el fallo de hoy pudiera provocar un nuevo estallido de violencia religiosa entre musulmanes sunníes y árabes chiíes. Hubo esporádicos informes de violencias.
La Associated Press informó que tan pronto como el fallo y la sentencia de muerte fueron pronunciados, los seguidores de Hussen en un barrio predominantemente sunní de Bagdad se enfrentaron con la policía con fuego de ametralladoras. Al menos siete proyectiles de mortero estallaron cerca de un santuario sunní, informó una agencia de prensa.
Hussein fue condenado por ordenar el asesinato de 148 hombres y niños del pueblo de Dujail, a unos 56 kilómetros al norte de Bagdad, después de un intento de asesinato frustrado contra él en 1982. El convoy presidencial de Hussein estaba cruzando el pueblo cuando fue atacado. En respuesta, él y otros altos personeros iraquíes de la época ordenaron la detención de cientos de personas, y los edificios del pueblo fueron demolidos y sus huertos arrasados.
Diez de las personas ejecutadas eran niños de entre 11 y 17 años en la época del incidente. El gobierno los mantuvo en prisión hasta que cumplieron los 18 años, para entonces colgarlos.
El fallo puso fin a un juicio de doce meses, realizado por el Tribunal Superior Iraquí y respaldado por el gobierno norteamericano, que se realizó por las numerosas atrocidades de las que se acusa a Hussein durante su violento gobierno de 24 años.
No está claro si el juicio y fallo actuarán finalmente como una catarsis que pueda ayudar a la reconciliación y a la paz en este asediado país, o si será el catalizador de mayores violencias y choques religiosos entre musulmanes chiíes, que conforman el 60 por ciento de la población iraquí, y árabes sunníes, un 20 por ciento de la población.
El embajador norteamericano Zalmay Khalilzad emitió una declaración el domingo calificando el fallo como "una importante fecha para Iraq... en la construcción de la sociedad libre basada en el imperio de la ley".
"Un ex dictador temido por millones de personas, que mataba a sus propios ciudadanos sin piedad o justicia, que libró guerras contra países vecinos, ha sido enjuiciado en su propio país y tuvo que rendir cuentas en un tribunal ante el que ciudadanos de a pie prestaron sus declaraciones", dijo Khalilzaid. "Aunque los iraquíes deban enfrentarse a difíciles días en las próximas semanas, cerrar el capítulo de Saddam y su régimen es una oportunidad para la unidad y la construcción de un futuro mejor".
Nouri al-Maliki, primer ministro iraquí, dijo: "El fallo dictado sobre los jefes del antiguo régimen no representa el fallo sobre ninguna persona. Es un veredicto sobre una época siniestra que no tiene paralelos en la historia de Iraq".
Sajjad Abdul Hussein Ali, turcomano chiíe de la norteña ciudad de Kirkuk, con tres hermanos ejecutados por Hussein a principios de los años ochenta, calificó el veredicto de "espectáculo final y un triunfo para las familias de los que fueron víctimas del régimen de Saddam".
"La reconciliación no será posible si no se le ejecuta y se pone fin a un período sucio y tenebroso de nuestra historia moderna, de modo que esta será una lección para todos los dictadores y tiranos", dijo. "Que sean que los asesinos serán matados, y que los tiranos serán severamente castigados por Dios".
En Tikrit, un bastión sunní a unos 145 kilómetros al norte de Bagdad en las riberas del río Tigris, el ingeniero-arquitecto Younis Mahmoud, 37, acusó al gobierno de montar una farsa de juicio contra Hussein, al mismo tiempo que hace la vista gorda con los escuadrones de la muerte chiíes que están "matando a 150 o 200 personas al día, y algunos de sus jefes están trabajando como jefes de bloques políticos en el gobierno".
El juicio -a menudo interrumpido por arrebatos y otras payasadas de Hussein y los otros siete acusados- fue desechado por algunos como un espectáculo político y como venganza de los vencedores y saludado por otros como un símbolo histórico de la naciente democracia iraquí. El primer juez presidente renunció, quejándose de interferencias políticas en el caso, y pistoleros mataron a tres abogados de la defensa durante el juicio. Muchos juristas cuestionaron la equidad del juicio, diciendo que el sistema judicial iraquí no estaba preparado para manejar un caso tan significativo, y que debería haber sido realizado en otro país.
La sesión de hoy empezó con la expulsión del ex fiscal general norteamericano Ramsey Clark por insultar al tribunal al llamarlo "una farsa de justicia" en un memorándum que envió al juez presidente Abdel-Rahman, un jurista realista con el ceño eternamente fruncido que dirigió el tribunal. "Esta declaración presentada por el abogado norteamericano Ramsey Clark, ¿cómo describirla? Presentó una declaración ridiculizándose a sí mismo, no al país. Es un hazmerreíer. Sáquenlo de la sala".
"¡Fuera! ¡Fuera!", aulló Abdel-Rahman cuando le pareció que su salida tomaba demasiado tiempo.
Los abogados de la defensa de Hussein advirtieron que un fallo de culpabilidad y una sentencia de muerte provocarían renovados ataques contra Estados Unidos y otras fuerzas de la coalición en Iraq y conduciría a una guerra civil declarada. También acusaron al gobierno de Bush y al gobierno chií de Nouri al-Maliki de coludirse para que el fallo fuera dictado dos días antes de las cruciales elecciones parlamentarias norteamericanas, con el propósito de dar un empujón electoral al Partido Republicano de Bush. Funcionarios iraquíes y norteamericanos han rechazado las acusaciones.
Hussein y sus abogados argumentaron que las medidas que se tomaron después del atentado contra su vida en Dujail eran medidas legítimas tomadas por un gobierno para investigar el asesinato frustrado de un jefe de estado y castigar a los responsables.
"¿Cuál es el crimen?", preguntó Saddam durante una de las más de cuarenta sesiones del tribunal sobre el caso, reconociendo que ordenó los procesamientos de 148 personas, las que fueron ejecutadas. "¿Condenar a un acusado que abrió fuego contra el jefe de estado, no importa cómo se llame, es un delito?"
Hussein se mostró a menudo belicoso e histriónico durante el juicio, que fue transmitido por la televisión nacional iraquí. Frecuentemente se robó el show, exigiendo que se refirieran a él como el presidente de Iraq, moviendo su dedo al aire mientras sermoneaba a fiscales y jueces, declarando huelgas de hambre y de vez en vez abandonando la sala del tribunal en protesta o siendo expulsado por impertinente.
Vestido normalmene con una camisa blanca y un traje oscuro, luciendo una barba salpimentada que le creció durante su fuga y antes de su captura en un hoyo en la tierra en una granja cerca de Tikrit en diciembre de 2003, Hussein todavía es una figura carismática.
De los siete acusados en el caso, seis fueron declarados culpables: Awad Hamed al-Bander, el ex jefe de los Revolucionarios de Hussein, y Barzan Ibrahim, el hermanastro más joven de Hussein y ex jefe de seguridad, fueron sentenciados a muerte. El ex vice-presidente iraquí Taha Yassin Ramadan fue sentenciado a cadena perpetua.
Otros tres acusados, que eran miembros menos importantes del Partido Baaz de Hussein fueron sentenciados a penas de prisión de quince años. Un acusado, Muhammad al-Azzawi, fue absuelto, a petición del fiscal, por falta de pruebas.
Hussein está siendo procesado en un segundo caso, acusado del genocidio y crímenes contra la humanidad por el asesinato de cien mil kurdos, muchos de ellos con gas venenoso, en la llamada campaña de Anfal en 1987 y 1988. Si la comisión de apelación resuelve contra él y mantiene su sentencia de muerte en el caso de Dujail, Hussein podría ser ejecutado antes del fin del segundo juicio.

5 de noviembre de 2006
©washington post
©traducción mQh
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toque de queda en cuatro provincias


[John Ward Anderson] Se refuerzan medidas de seguridad en anticipación del fallo sobre Hussein.
Bagdad, Iraq. Funcionarios iraquíes anunciaron el sábado un toque de queda de 24 horas para el domingo en Bagdad y cuatro provincias, en anticipación del anuncio del fallo en el juicio del ex presidente Saddam Hussein, que podría inflamar los sentimientos nacionalistas y religiosos y contribuir a una escalada del diario diluvio de violencia.
"Esperamos que el fallo de a este hombre lo que se merece por los crímenes que cometió contra el pueblo iraquí", dijo el primer ministro iraquí Nouri al-Maliki en observaciones transmitidas por la televisión estatal. Diciendo que el fallo en el juicio de doce meses sería anunciado el domingo, Maliki llamó a los iraquíes "a conservar la calma y expresar su felicidad de modo apropiado para la situación actual, de modo que sus vidas no corran peligro".
La declaración del toque de queda la anunció el ministerio del Interior de Iraq cuando daba a conocer la muerte de 53 sospechosos de ser miembros de al-Qaeda en una encarnizada batalla de cuatro horas el sábado tarde con la policía en Tuwaitha, justo al sur de Bagdad.
Un portavoz del ministerio del Interior, el brigadier Abdul Kareem Khalef al-Kinani, dijo que cuatro policías murieron en esa operación, sobre la que dijo que fue lanzada para liberar a tres personas que habían sido supuestamente secuestradas por los rebeldes. Nueve policías resultaron heridos y 16 rebeldes fueron capturados en el ataque, pero no se encontró a ningún rehén, dijo.
Independientemente del fallo en el juicio de Hussein, funcionarios de seguridad y analistas políticos dicen que podría ser un catalizador de renovados enfrentamientos entre musulmanes chiíes, que conforman el 60 por ciento de la población de Iraq, y árabes sunníes, que constituyen el 20 por ciento. Hussein es un árabe sunní, y durante su gobierno de 24 horas, el Partido Baaz, dominado por los sunníes, oprimió a la mayoría chií.
Otros expresaron la esperanza de que el resultado conduzca al cierre y reconciliación.
"Cualquiera sea el fallo del tribunal, será aceptado por algunos y rechazado por otros, pero esta es la democracia con la que habíamos soñado", dijo Sheik Ismael al-Hadeedy, jefe de una tribu árabe sunní del norte de Iraq.
"Pero la pregunta persiste: ¿coincidirá con la tendencia hacia la reconciliación y el logro de la seguridad y estabilidad en Iraq?", preguntó. "En este contexto, el juicio y el fallo son una prueba para todos nosotros".
En los últimos meses, tras la caída de Hussein en 2003 y los subsecuentes esfuerzos de forjar una democracia multiétnica y multireligiosa, el odio y la desconfianza entre chiíes y sunníes han alcanzado un punto álgido. Los atentados suicidas, los secuestros y otros enfrentamientos entre grupos religiosos se han convertido en cosa de todos los días, dejando miles de muertos y empujando a Iraq al borde de una guerra civil abierta.
El sábado Bagdad ofrecía un conteo típicamente espeluznante. Al menos 26 muertos y 57 heridos en un atentado con cuatro coches bomba, dos explosiones de bombas improvisadas, dos ataques con morteros, una balacera y otros incidentes violentos, de acuerdo a un funcionario del ministerio del Interior e informes de prensa. Al menos 12 personas fueron matadas y 52 resultaron heridas en ataques en otros lugares en el país, además de la batalla al sur de Bagdad.
El derramamiento de sangre se produjo tras el descubrimiento de al menos 63 cuerpos en la capital en un lapso de 24 horas que terminó el viernes, de acuerdo a un funcionario del ministerio del Interior, que no estaba autorizado para entregar información y habló a condición de conservar el anonimato. Dijo que todas las víctimas, que fueron encontradas en 12 diferentes partes de la ciudad, habían sido torturadas, una había sido decapitada, y una tenía las dos manos cercenadas.
Con el fin de impedir las venganzas y una carnicería celebratoria el domingo, el primer ministro anunció que no se permitirán ni vehículos ni personas fuera de sus casas en la capital y en las provincias cercanas de Salahuddin y Diyala desde las seis de la mañana del domingo hasta nuevo aviso, de acuerdo a Kinani, el portavoz del ministerio del Interior. Bagdad ha tenido toque de queda nocturno durante más de un año, así que el anuncio del gobierno en realidad impone el toque de queda en la capital a partir de las nueve de la noche del sábado. El Aeropuerto Internacional de Bagdad también será cerrado.
Colectivamente, las áreas con toque de queda son bastiones de los insurgentes sunníes, especialmente de al-Qaeda en Iraq y antiguos partidarios de Hussein, cuya región natal es la provincia de Salahuddin. Por separado, los gobernadores de la provincia de Babil, al sur de Bagdad, y de la provincia de Ninevah, en el norte, que incluye a la ciudad de Mosul, también anunciaron toques de queda de todo el día.
El ministerio de Defensa iraquí canceló el viernes todos los permisos de personal militar y llamó a los soldados de vacaciones a reintegrarse al servicio activo en anticipación del fallo.
Hussein y otros siete co-acusados, incluyendo a su hermanastro y ex jefe de seguridad, Barzan Ibrahim, fueron procesados por el asesinato de 148 hombres y niños en el pueblo de Dujail, a unos 56 kilómetros al norte de Bagdad, después de un intento frustrado de asesinato de Hussein allá en 1982.
Si lo encuentran culpable, Hussein, de 69 años, podría ser sentenciado a muerte en la horca. Las apelaciones podrían tomar meses o incluso años.
El abogado de Hussein, Khalil al-Dulaimi, dijo en una entrevista con la Associated Press la semana pasada que había enviado una carta al presidente Bush advirtiéndole que un veredicto de culpabilidad y la pena de muerte "inflamarían la guerra civil en Iraq y envolverían en llamas a toda la región".
Otros abogados en el caso han acusado a los gobiernos de Estados Unidos e Iraq de programar el fallo dos días antes de las elecciones parlamentarias en Estados Unidos para dar un empujón electoral a los republicanos. Funcionarios iraquíes han negado la acusación, afirmando que el poder judicial es independiente.

4 de noviembre de 2006
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cegando a los contribuyentes


La suspensión de las labores del inspector general en Iraq es una sospechosa mala idea.
Hablemos de fechas límites arbitrarias. Iraq es todavía una tragedia abierta, y hay crecientes evidencias de que sin un control independiente y ágil, los contratos de reconstrucción despilfarrarán los dólares de los contribuyentes norteamericanos sin entregar los resultados que se ha prometido a los iraquíes. Sin embargo, el congreso bajo control de los republicanos, ha votado por el cierre, el 1 de octubre próximo, de una agencia de control efectiva que ha mostrado que podía producir resultados.
La fecha límite para terminar el trabajo del Inspector General Especial para la Reconstrucción en Iraq fue incluida en el informe de la conferencia sobre un abultado proyecto de ley de autorización militar -insertado a último minuto en el cuarto trasero por el personal de Duncan Hunter, el presidente republicano del Comité de las Fuerzas Armadas del congreso. Debería ser revocada prontamente por el nuevo congreso que será elegido la próxima semana.
Eso debería ser posible, incluso si los republianos siguen a cargo, ya que ni la Cámara ni el Senado incluyeron esa fecha cierre en su proyecto original. Pero si los republicanos pierden su mayoría en la Cámara, Hunter ya no podrá cometer esa maldad.
La oficina del inspector general especial, dirigida por Stuart Bowen, un abogado republicano que ha trabajado para George W. Bush tanto en Texas como en Washington, es ampliamente respetada por republicanos y demócratas por la calidad de sus investigaciones e informes.
Como resultado de sus labores, los fracasos en la contratación y control en el Pentágono fueron puestos bajo la atención del congreso y del público, fueron denunciados los rendimientos insatisfactorios de contratistas como Halliburton y Parsons y funcionarios corruptos de la ocupación norteamericana fueron enviados a la cárcel.
Ese es exactamente el modo en que se supone que una democracia exige que la gente que trabaja para ella rinda cuentas. El inspector general especial goza de una amplia autoridad e independencia institucional que las ramas investigativas de los ministerios de Defensa y Relaciones Exteriores no poseen. Sin embargo, son esos investigadores internos los que se ocuparán del trabajo este otoño próximo.
Hunter, que está cavilando sobre su candidatura presidencial en 2008, insiste en que ni el gobierno de Bush ni los contratistas de Defensa que han criticado los informes del inspector general han jugado algún papel en su decisión de terminar con el trabajo del inspector general. Pero si se trata solamente de una mala idea de un legislador ambicioso, debería ser fácil revertirla.

4 de noviembre de 2006
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