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teatros de bagdad


[Joshua Partlow] Otra víctima de la guerra. Quedan pocos, y las reposiciones de películas antiguas no atraen más que a magras audiencias.
Bagdad, Iraq. Él era un libidinoso agente de modelaje, con miedo a comprometerse. Ella era una profesora de tango que buscaba amor. Pero todas sus penas se olvidan en la escena final, cuando él la coge de la mano y la pregunta: "¿Bailamos?", mientras la cámara se aleja paulatinamente de sus alegres bodas egipcias.
"No, no era muy buena", dice desdeñosamente Thiah Isan, cuando se encienden las luces del teatro más grande de Bagdad, al término de la reciente matiné de ‘The Ladder and the Snake' [La Escalera y la Culebra], una película egipcia. "Es una historia de amor -un chico conoce a una niña, ella quiere casarse, él no".
"Siempre me siento solo", agrega.
En la capital de este país en guerra, donde los días laten con la percusión de atentados con bomba y tiroteos y las noches se pasan encerradas debido al toque de queda válido en toda la ciudad. Los cinéfilos que quedan en Bagdad son almas solitarias. Las funciones en el cavernoso teatro Semiramis, con sus 1.800 butacas de terciopelo rojo y dos balcones, atrae apenas a once personas, todas sentadas aparte.
"La gente como yo empezamos a sentirnos avergonzados de venir aquí. Debido a la situación de violencia, piensan que eres una persona despreocupada si vienes al cine en estas condiciones", dijo Ali Hussein, 40, vendedor mayorista de cosméticos y desempleado desde que se incendiara su oficina hace seis meses. "Pero alguna gente se siente más segura aquí que en las cafeterías y restaurantes, que sufren atentados".
La mayoría de los teatros populares de la ciudad en el pasado, han cerrado sus puertas por la ausencia de público. Los que siguen abiertos ahorran dinero exhibiendo las mismas películas. Como con el arte y la música y el teatro en Bagdad, ir al cine es un lujo cultural que está perdiendo la batalla con los asesinatos que ocurren día a día.
"En Iraq hay más historias dignas de ser contadas en películas, que petróleo", dijo Ziad Turkey, el camarógrafo de ‘Underexposure', el primer largometraje iraquí de después de la invasión. "Pero no tenemos público. Todo lo que tenemos, los teatros, son apenas edificios. No son teatros".
En Semiramis, en el centro de Bagdad, los cinéfilos acostumbraban a hacer cola en la calle de Sadoun para entrar a ver una de las siete películas diarias, dijo un empleado que tuvo miedo de dar su nombre. Ahora, además de la película egipcia, hay otras tres opciones: ‘Operación Trueno' [Thunderbolt], con Jackie Chan, ‘Héroe', de Jet Li, y ‘Scream', de Wes Craven, que parece ahora tan apropiada para Bagdad. Todas fueron lanzadas antes de la invasión norteamericana de 2003. Los dueños ya no tienen el dinero para importar las últimas películas.
Así que Semiramis muestra una y otra vez unas sesenta películas. Antes abría hasta medianoche; hoy, cierra las dos y media de la tarde. Sólo tres de sus diez empleados conservan sus trabajos.
"Ahora, nadie tiene ganas de mirar una película, ni siquiera en la televisión, porque tienes la cabeza en otra parte y estás cansado", dijo un empleado. "De aquí a uno o dos meses, cerraremos definitivamente. ¿Qué otra cosa podemos hacer? A fin de año en Iraq no habría ningún teatro".
La industria cinematográfica iraquí ha estado languideciendo durante años, primero por la censura del presidente Saddam Hussein, luego bajo el embargo internacional de después de la Guerra del Golfo Pérsico, que prohibió las importaciones de equipos cinematográficos. La guerra de tres años y la creciente violencia religiosa han hecho el resto.
"No tenemos norte, somos impotentes. A nadie le preocupa la creatividad artística. La cosa más importantes es la absurda actividad religiosa, y la actividad de matar", dice Qasim Sabti, pintor y dueño de Galería Diálogo al norte de Bagdad, uno de los pocos lugares de encuentro de artistas, actores y escritores. "Ahora sólo existe el negro. No hay colores. Nadie cree en el futuro".
Cuando el actor Basher Al Majed, 44, firmó para el reparto de ‘Ahlamm', para el papel de un obsesionado ex soldado iraquí que recorre los pasillos de un manicomio bagdadí y las calles destruidas por la guerra, se dio cuenta de que podría estar poniendo en peligro su vida.
"No firmé tanto un contrato con el director para ser el actor de la película, como mi propio certificado de muerte", dice.
Mientras filmaban una escena, los helicópteros norteamericanos pululaban por encima de sus cabezas. Temiendo un ataque, el equipo se despojó de sus ropas blancas y escribieron en el suelo con grandes caracteres en inglés: "We are a film crew" [Somos un equipo de filmación], contó Majed. Cuando llevaban tres meses filmando, fueron secuestrados por hombres armados en Bagdad. Al sonidista le pegaron un balazo en la pierna, dijo Majed. El equipo pasó una semana en cautiverio antes de ser entregados a soldados norteamericanos en el Aeropuerto Internacional de Bagdad y fueran posteriormente dejados en libertad.
‘Ahlaam' fue desarrollada en Beirut, montada en Londres y ha sido exhibida en varios festivales de cine, aunque nunca en Iraq. En el Festival Internacional de Cine de Brooklyn este años, Majed ganó el premio al mejor actor, un galardón del que se enteró después de buscar en internet, porque no pudo salir de Iraq para asistir al festival.
Majed, que pasó doce años como preso político durante el régimen de Saddam Hussein, está estudiando ahora en la Facultad de Bellas Artes de Bagdad. Dijo que ha estado leyendo otro guión iraquí. pero no sabe si es posible filmar en Bagdad.
"La idea de llevar una cámara cinematográfica en las calles ardiendo de Bagdad es considerado un suicidio", dijo.
El desolado paisaje recreativo en que se encuentran los iraquíes afecta todos los proyectos artísticos. Para muchos vecinos, la violencia y el toque de queda nocturno significa que quedarse en casa mirando programas de televisión por satélite es la alternativa más segura. Mientras Hussein fomentaba un clima intelectualmente represivo, su gobierno pagaba a los artistas para ayudarles a producir, un beneficio que ha desaparecido.
El artista Qasim Sabti, 53, lleva más de un año sin abrir una exposición en su galería, y recurre a la venta de su trabajo en internet, a clientes de fuera de Iraq.
"Existe un proverbio árabe: ‘El agua estancada se pudre rápido'", dice. "Y nosotros hemos empezado a pudrirnos -los artistas han empezado a vivir en un espacio muy limitado".
Sabti habló en el arbolado patio de su galería, mientras otros artistas bebían té de limón en mesas de plástico blancas debajo de unos ventiladores que giraban lentamente. La proximidad de su galería a la embajada turca es su única protección, dijo.
"Necesitamos un diálogo especial, un mensaje especial, para contar lo que ha pasado aquí", dijo. "Por medio del arte, de la cultura, del deporte, no de los asesinatos. No somos beduinos del desierto, no somos guardas del petróleo, somos la gente de los dos ríos".
En otra mesa se encontraba Karim Wasfi, director de la Orquesta Sinfónica Nacional Iraquí e hijo de una de las estrellas de cine más famosas de Iraq. Su orquesta ha debido pasar por penurias semejantes: salas de concierto destruidas, funciones suspendidas, músicos que no llegan a los ensayos. Pero sigue teniendo esperanzas, e incluso planes para empezar una serie semanal de conciertos.
"Odio usar las artes y la cultura como herramientas, pero son herramientas, sabes, considerando la situación actual. Y quiero usar eso para dar algo de esperanza y participar de algún modo en el cultivo del refinamiento de la sociedad", dijo Wasfi, un violonchelista educado en la Escuela de Música de la Universidad de Indiana. "La gente está hambrienta de arte, lo necesitan, están ansiosos de incorporarse al proceso. Incluso si es sólo participando, asistiendo, siendo parte del público, viniendo y escuchando música".
"Sé que mi chelo probablemente no impedirá los coches bomba", dijo. "Pero todavía pienso que el sonido del chelo, y el sonido de la orquesta, y el civilizado sonido de la música, deberían ser más fuertes que el ruido de los coches bomba".

Saad al-Izzi contribuyó a este reportaje.

15 de agosto de 2006
©washington post
©traducción mQh
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otro carnicero en bagdad


[Ellen Knickmeyer] Desautorizado por el Ejército Mahdi, ‘el Carnicero' sigue matando a enemigos del clérigo chií Sáder.
Bagdad, Iraq. En una guerra sucia donde los misteriosos escuadrones de la muerte causan víctimas todos los días y los dirigentes de las partes involucradas niegan tener responsabilidad en los asesinatos, hay un asesino sin cara al que los iraquíes pueden dar un nombre.
Abu Diri, o Padre del Escudo, es el nom de guerre de un musulmán chií. Los árabes sunníes de Bagdad también lo conocen como ‘el Carnicero'. Como otros innumerables asesinos en la capital de Iraq hoy en día, Abu Diri y sus seguidores arrojan a sus víctimas en las calles, y estas muestran heridas de balas y a veces de los agujeros más pequeños que causan los taladros eléctricos.
Pero oficiales norteamericanos, sunníes e incluso muchos chiíes dicen que creen que Abu Diri secuestra y mata a sunníes y a otros rivales con un celo que lo ha convertido en alguien notorio, incluso en la diaria carnicería de Bagdad.
"Es un criminal salvaje; ha asesinado a decenas de personas", dijo una actualización de Verdad, una página web sunní que apoya a los grupos insurgentes sunníes de Iraq. Mucho sunníes iraquíes consultan sus acusaciones con respecto a la intensa guerra religiosa en el país.
Al menos hasta julio, Abu Diri y decenas de hombres bajo su mando, operaron desde Ciudad Sáder y Shula, dos de los barrios bagdadíes que son el hogar de más de dos millones de chiíes. Los distritos son firmemente leales al clérigo chií Moqtada al-Sáder, cuya milicia Ejército Mahdi tiene allá una significativa presencia. Las víctimas de Abu Diri son encontradas normalmente con los ojos vendados y las manos amarradas en las calles que cercan Ciudad Sáder, dijeron oficiales norteamericanos.
Oficiales norteamericanos, que desconfían de Sáder después de combatir durante los dos primeros años de la guerra contra su Ejército Mahdi, creen que Abu Diri está asociado con la milicia.
"Es un ejecutor", dijo el teniente primero Lawson, el oficial de inteligencia asignado a una pequeña unidad del ejército norteamericano que trabaja en Ciudad Sáder y es responsable de ayudar al adiestramiento del ejército iraquí allá. "Ataca a blancos específicos" designados por Sáder y el Ejército Mahdi.
Lawson lo llamó el agente de Ciudad Sáder "para asuntos exteriores", ya que cruza todo Bagdad en persecución de sunníes o de otros que son considerados enemigos.
Sáder y sus principales ayudantes han desautorizado públicamente a Abu Diri.
"Él no es del Ejército Mahdi, es el jefe de los gángsteres", dijo en una entrevista en Nayaf, Riyadh al-Nouri, cuñado de Sáder y miembro importante del movimiento Sáder. "Él no es del Ejército Mahdo, y nunca lo fue. Todo lo que hace es luchar por su propia reputación y sus propios crímenes".
Se sabe poco de Abu Diri. Vecinos de Bagdad coinciden en algunos detalles: Su nombre de pila real es Ismail. Tiene algo más de treinta años, es padre de dos hijos y abandonó la secundaria, y durante el régimen de Saddam Hussein fue falsificador, según sunníes y chiíes de a pie y funcionarios del ministerio iraquí del Interior, que hablaron a condición de conservar el anonimato.
Incluso su aspecto es poco claro. Una fotografía supuestamente de él, publicada en sitios web frecuentados por árabes sunníes en Iraq, muestra a un hombre flaco como junco, de barba, en ropas de paisano y un turbante a cuadros rojos y blancos, entornando los ojos por el sol en una calle de la ciudad, con un rifle colgando de su hombro.
Sin embargo, tres hombres que dicen ser antiguos guardaespaldas de Abu Diri rechazan esa foto, y ofrecen una imagen diferente de él como un hombre rechoncho y chico, casi un mamarracho, que se ve en un video distribuido en celulares y DVDés en Bagdad. La imagen muestra a un hombre sonriendo mientras hacer beber de una botella de refresco a un camello con el hocico abierto.
Abu Diri quería que el video fuera un aviso para el vice-presidente de Iraq, Tariq al-Hashemi, de acuerdo a sus guardaespaldas, que hablaron a condición de preservar el anonimato. Aspira a capturar y decapitar al político sunní y sacrificará al camello para celebrar ese día, dijeron.
Entre los escondites de Abu Diri se incluía un remoto rincón en el nordeste de Ciudad Sáder conocido como ‘los Setenta Perdidos', una zona llamada así por su numeración y aislamiento, dijeron oficiales norteamericanos. Muchas mañanas, después del toque de queda nocturno de Bagdad, tropas norteamericanas suelen encontrar cuerpos arrojados en las calles de los Setenta Perdidos, un patio de esqueletos de coches oxidados y basura, con ratas que corren por las aceras a plena luz del día.
Fuerzas iraquíes y norteamericanas allanaron el 9 de julio una casa de Abu Diri en Ciudad Sáder, marcando el comienzo de operaciones conjuntas contra presuntos criminales en zonas bajo control de Sáder. Funcionarios iraquíes dijeron que en el allanamiento murieron nueve personas. Abu Diri escapó y se cree que ha huido de Ciudad Sáder.
En entrevistas en Bagdad, tres hombres que dicen haber sido guardaespaldas suyos dijeron que cometía los asesinatos como un agente libre, antes que por órdenes de la organización de Sáder. Abu Diri se aprovecha del hecho de que tiene un hermano en un alto cargo en el Ejército Mahdi para utilizar sus supuestas conexiones con la milicia y tiene vínculos en las fuerzas policiales del ministerio del Interior chií, incluyendo su servicio de inteligencia, dijeron los hombres.
Funcionarios del ministerio del Interior proporcionaron independientemente algunos de los mismos detalles con respecto a Abu Diri; otros detalles proporcionados por los supuestos guardaespaldas no pudieron ser confirmados.
Interrogado sobre por qué el Ejército Mahdi no pone fin a las actividades de Abu Diri, Nouri dijo: "Como todo el mundo, tiene sus propios gángsteres que lo protegen".
En Nayaf, otro importante funcionario de Sáder, Aus al-Kafaji, dijo: "Lo andamos buscando nosotros mismos".

25 de agosto de 2006
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retirada, saqueo y motín en amarah


[Amit R. Paley] Milicias chiíes celebran partida. Algunas tropas será reasignadas a la frontera iraní.
Bagdad, Iraq. El jueves tropas británicas abandonaron una importante base en el sur de Iraq y empezaron a prepararse para una guerra de guerrillas a lo largo de la frontera iraní para combatir el contrabando de armas, una medida que el clérigo antinorteamericano Moqtada al-Sáder calificó como la primera expulsión de fuerzas de la coalición estadounidense de un centro urbano iraquí.
"¡Esta es la primera ciudad iraquí que ha expulsado al invasor!", presumía un mensaje de la oficina de Sáder que resonaba en altavoces montados en coches en Amarah, capital de la provincia de Maysan en el sur de Iraq. "¡Tenemos que celebrar la ocasión!"
El mayor Charlie Burbridge, un portavoz militar británico, dijo que los últimos 1.200 soldados abandonaron el Campamento Abu Naji, justo en las afueras de Amarah, el mediodía del jueves, después de varios días de pesado fuego de morteros y proyectiles disparados por una milicia local, que los vecinos dijeron que era el Ejército Mahdi controlado por Sáder. Adoptando tácticas utilizadas por las fuerzas especiales británicas en África del Norte durante la Segunda Guerra Mundial, 600 de los soldados se deslizarán pronto en las tierras pantanosas y desiertos del este de Maysan en un intento de controlar la frontera iraní.
El reposicionamiento es el primer reconocimiento público de que fuerzas de la coalición militar norteamericana en Iraq han entrado en una guerra de guerrillas para combatir a los insurgentes y milicias contra los que han estado luchando durante más de tres años.
La medida también subraya tanto el creciente poder de la milicia musulmana chií de Sáder, que ha chocado con fuerzas estadounidenses en un intento de expulsarlas del país, y la creciente alarma sobre el papel del Irán chií en el exacerbamiento de la violencia religiosa que asola Iraq. Oficiales norteamericanos han acusado a Irán de proporcionar bombas y otras armas a las milicias chiíes de aquí.
La retirada provocó el saqueo a gran escala de la base y luego fuertes enfrentamientos el jueves tarde entre fuerzas del ejército iraquí que custodiaban la base y atacantes desconocidos, dijo un oficial de la inteligencia militar. La volátil situación empeoró cuando el Segundo Batallón de la Cuarta Brigada del ejército iraquí se amotinó y atacó una avanzada militar local, dijo el oficial, que habló a condición de que no se mencionara su nombre.
Los soldados británicos, miembros de los Húsares Reales de la Reina, se están preparando para cambiar sus pesados tanques Challenger 2 y vehículos de combate Warrior por los ligeros Land Rovers, dijo Burbridge. Esperan convertirse en una fuerza móvil flexible, sin base fija, y recibir provisiones desde el aire.
"Los norteamericanos creen que hay un aumento de bombas improvisadas y armas que vienen de Irán", dijo Burbridge en una conferencia telefónica desde Basra. "Nuestro primer objetivo es ir allá y chequear qué está pasando. Si es verdad, podremos interrumpir ese flujo". Dijo que el segundo objetivo era adiestrar a los guardias fronterizos iraquíes.
Burbridge reconoció que los constantes ataques contra la base por parte de las milicias en Amarah, incluyendo 17 rondas de morteros en los últimos días que hirieron a tres personas, eran parte de las razones por las que se cerró la base.
"Evitando ser un objetivo estático, reducimos la capacidad de golpearnos de las milicias", dijo. Pero rechazó la afirmación de Sáder de que los británicos habían sido derrotados y expulsados de Amarah. "Es muy difícil reclamarse victorioso sin causar bajas significativas".
El ánimo era muy diferente en Amarah, donde jubilosos vecinos corrieron en tropel hacia la oficina de Sáder para presentar sus felicitaciones. Los choferes en la calle hacían sonar sus bocinas. Algunos se preparaban salir a la calle a celebrar.
"Hoy es un día de fiesta para nuestra provincia", dijo Abu Mustaffa, un desempleado de 45 años del barrio de al-Hussein de la ciudad. "¡Loado sea Dios!"
Abu Mustaffa dijo que la indignación con los británicos había alcanzado un punto álgido en los últimos días después de que los soldados entraran a una mezquita y arrestaran a varios hombres de la localidad. El gobierno provincial es controlado por el movimiento Sáder", dijo.
En otras partes en Iraq, el jueves los atentados con bomba y tiroteos se cobraron la vida de al menos catorce iraquíes y dos soldados norteamericanos, informó la Associated Press.
En Bagdad, el más importante comandante americano en Oriente Medio, dijo que un nuevo plan de seguridad estaba ayudando a reducir la violencia en la capital. "Creo que existe el peligro de una guerra civil en Iraq, pero sólo el peligro. Creo que Iraq está lejos de ella", dijo a la AP el general John P. Abizaid. "Creo que en los últimos tiempos han habido enormes progresos en el frente de la seguridad en Bagdad".

K.I. Ibrahim, Naseer Nouri y Saad al-Izzi contribuyeron a este reportaje.

25 de agosto de 2006
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milicias y justicia chií


[Ellen Knickmeyer] Y la matanza en las calles. "No necesitamos sentencias", dice un comandante de una milicia chií.
Bagdad, Iraq. En un sucio restaurante con mesas de plástico en el centro de Bagdad, el joven comandante del Ejército Mahdi miraba con gran seriedad. Llevaba una barba muy corta bordeando su barbilla, en una cara de otro modo lampiña. Las mangas de su camisa amarilla se estiraban hasta las muñecas, a pesar del intenso calor de la tarde. Hablaba flemáticamente: los combatientes sunníes que atacaran a los chiíes no debían esperar piedad, ni necesitaban juicios en tribunales.
"Estos casos no tienen por qué ser tratados en los tribunales religiosos", dijo el comandante, que estaba sentado codo a codo con otro combatiente que llevaba una camisa a rayas de manga corta. Ninguno de los dos mostraba sus armas. "Nuestra constitución, el Corán, ordena que matemos a los que matan".
Sus comentarios ofrecieron un poco habitual reconocimiento de la responsabilidad del Ejército Mahdi en el derramamiento de sangre que ha terminado con la vida de más de 10.400 iraquíes en los últimos meses. El Ejército Mahdi es la milicia del clérigo chií Moqtada al Sáder, que es ahora una de las figuras políticas más poderosas del país.
Los escuadrones de la muerte que llevan a cabo las ejecuciones extrajudiciales son temidos por todos, pero misteriosos. A menudo, la única evidencia son los cuerpos hallados en las calles. Varios comandantes del Ejército Mahdi dijeron en entrevistas que ellos actúan independientemente de los tribunales religiosos chiíes que han echado raíz aquí, aplicando una justicia callejera propia con lo que creen que es la autorización de la organización de Sáder y bajo el manto del islam.
"El derecho a la defensa propia se encuentra en todas las religiones", dijo otro comandante, suficientemente mayor como para ser llamado Jeque, que fue entrevistado aparte, por teléfono. Como los demás, vive y trabaja en Ciudad Sáder, un sucio barrio de veinte kilómetros cuadrados al este de Bagdad que es el hogar de más de dos millones de chiíes. Hablaron a condición de que no se revelasen sus nombres ni los de las áreas específicas de Ciudad Sáder que están bajo su control.
"Los takfiris, los que matan, deben ser matados", dijo el Jeque, utilizando un término común entre los chiíes para designar a los
extremistas sunníes. "También los partidarios de Saddam. Aquellos cuyas manos están manchadas de sangre, a esos los sentenciamos a muerte".
"Es lo que hay que hacer para defendernos", dijo el comandante."Este es una sentencia ya dictada: no necesitamos más veredictos".
Antes del 22 de febrero, cuando el atentado en un santuario chií en Samarra desencadenara una ola de asesinatos y venganzas religiosas, las autoridades estadounidenses y otras creían que la principal fuerza detrás de los escuadrones de la muerte chiíes estaba la Brigada Báder, la milicia de otra importante organización chií, el Consejo Supremo para la Revolución Islámica en Iraq. Pero desde el atentado, es el Ejército Mahdi el que ha tomado la delantera en los juicios y ejecuciones extrajudiciales, de acuerdo a Joost Hiltermann, director de proyectos en Jordania para el Grupo Internacional de Crisis, de Bruselas.
Para los sospechosos de ser enemigos secuestrados por el Ejército Mahdi, el destino es rápido, ya que la culpabilidad y el castigo están determinados de antemano, dijeron los comandantes.
"Si agarramos a alguno de ellos, a los takfiris, a los leales a Saddam, a los terroristas, no los entregamos a la policía. Así podrían estar libres al día siguiente", dijo el jeque.
Los hombres capturados son interrogados rápidamente, agregó. Se les pregunta: "¿Cómo llegó usted aquí? ¿Quién trabaja con usted? ¿Qué organización lo está manteniendo?"
"Queremos una confesión completa", dijo. "Una vez que la tenemos, sabemos qué hacer con ellos".

Versión de una Viuda
En la oscura salita de una casa en un barrio predominantemente sunní de Bagdad, la viuda de un oficial en retiro del ejército -un sunní presuntamente secuestrado por el Ejército Mahdi después del atentado de Samarra- contó las últimas horas en la vida de su marido, deteniéndose en su relato sólo para pedir a Dios que la vengara.
Hombres armados de fuera del vecindario rodearon la mezquita donde su marido y otros hombres asistían a las oraciones vespertinas, dijo. Era el 23 de febrero, el día después del atentado contra el santuario chií. Los desconocidos armados llevaban ropas negras del tipo que utiliza el Ejército Mahdi. Sáder ordenó más tarde a sus combatientes descartar el uniforme, diciendo que bandas rivales lo estaban utilizando para cometer asesinatos que se atribuían luego al Ejército Mahdi.
Los pistoleros llevaron a su marido y a los otros hombres a una comisaría de policía en el barrio de Habibiya, en Ciudad Sáder, dijo la viuda vestida de negro, rodeada de sus hijas y nietas. Las mujeres del barrio se reunían en otro cuarto para pagar sus respetos a la afligida familia. Algunos de los hombres fueron dejados en libertad, y pudieron contar lo que les había ocurrido. Recordaron que su marido y otros oficiales en retiro de las fuerzas armadas de Saddam Hussein fueron sometidos a juicios de una hora.
"El juicio fue público, a las seis de la mañana del viernes", dijo. "A las diez, nos llamaron para decirnos que recogiéramos el cadáver en la morgue".
Los hombres de la familia recogieron el cuerpo del marido en la morgue de Bagdad. El cuerpo tenía agujeros de bala en la cara y en el pecho, y las manos todavía esposadas por detrás.
Con miedo a pesar de su rabia, se negó a decir quiénes pensaba que habían asesinado a su marido. Una nieta de ocho años le susurró la respuesta en el oído: "El Ejército Mahdi".
"Cariño", la regaño la viuda, frunciendo su ceño para decirle que se callara.
Interrogada sobre el papel del Ejército Mahdi en el aumento de los asesinatos inmediatamente después del atentado contra la mezquita de Samarra, el comandante del Ejército Mahdi en mangas cortas en el restaurante frunció el ceño, y respondió cautelosamente. Entonces estaban operando los ‘terroristas', dijo, usando el término empleado por los chiíes para referirse a los rebeldes sunníes."Era necesario moverse inmediatamente y contener a esos grupos", dijo.

Espeluznantes Hallazgos
Miles de cadáveres han aparecido en las calles y sitios baldíos en Bagdad en los meses que siguieron al atentado de Samarra, encontrados por patrullas del ejército norteamericano, fuerzas iraquíes, transeúntes y familiares de los muertos. En contraste con los primeros días del conflicto, cuando la cuota más grande de víctimas era causada por los atentados con bomba de los insurgentes sunníes, estos cuerpos son encontrados con signos de ejecuciones, a menudo con marcas de haber sido torturados y con las manos todavía esposadas. Las milicias chiíes fueron responsabilizadas de muchas de estas muertes.
Los comandantes del Ejército Mahdi que fueron entrevistados se negaron a decir a cuántas personas habían matado y cómo. Las fuerzas americanas, en contraste, sólo veían el resultado final.
Una sola unidad, compuesta por unas dos docenas de estadounidenses que colaboran en el adiestramiento del ejército iraquí en Ciudad Sáder, han hallado más de doscientos cuerpos este año a lo largo de los lindes de Ciudad Sáder, dijo el teniente primero Zeroy Lawson, el oficial de inteligencia de la unidad.
Testigos y residentes de Ciudad Sáder dijeron a los estadounidenses que las víctimas habían sido llevadas allí de todas partes de Bagdad, dijeron Lawson y el capitán Troy Wayman, un oficial de la misma unidad. Normalmente las víctimas aparecen sin sus zapatos y con las manos atadas, dijo Lawson, y eran ejecutadas en público. Los norteamericanos sospechan que las mujeres que han sido halladas muertas, así como los hombres hallados con sus órganos genitales mutilados, fueron encontrados culpables de adulterio.
Lawson y Wayman ofrecieron varios ejemplos. Uno era una trabajadora de una clínica de Ciudad Sáder, que los miembros del Ejército Mahdi creían que era un burdel. Los milicianos advirtieron a las mujeres que cerraran el lugar, las golpearon en público con sus pistolas y luego mataron a balazos en la calle a una de las trabajadoras, dijeron los dos estadounidenses.
En otro caso, Lawson divisó una forma inerte de un hombre barrigudo con una camisa a cuadros a un lado de la calle. Los vecinos dijeron a Lawson que el hombre, un sunní, había sido secuestrado en su casa en Mansour, un afluente barrio de sunníes, chiíes y cristianos en el centro de Bagdad. Acusado de conspirar para expulsar de sus hogares a los chiíes, el sunní fue llevado a Ciudad Sáder y matado donde yacía ahora, dijeron testigos a los estadounidenses.
A fines de la primavera, dijo Wayman, los estadounidenses en Ciudad Sáder toparon con fuerzas uniformadas iraquíes reunidas en torno al cuerpo de un iraquí. Un grupo de hombres armados lo habían matado segundos antes, luego se alejaron rápidamente del lugar cuando se acercaban fuerzas iraquíes y norteamericanas, dijo Wayman.
Los americanos localizaron el vehículo de los asesinos en una comisaría de policía cercana, en cuyo interior encontraron a dos agradecidos secuestrados. Los hombres eran cristianos que dijeron a Wayman que trabajaban en una tienda en otro lugar de Bagdad que vendía alcohol. Los hombres armados habían visitado la tienda para decir a los hombres que el Corán prohibía el alcohol y que debían cerrar la tienda. Cuando se negaron, dijeron a Wayman, fueron metidos en el coche a punta de pistola y llevados a una casa en Ciudad Sáder.
Un clérigo chií visitó a los dos cristianos en la casa, dijeron a Wayman. El clérigo exigió que los secuestrados se convirtieran al islam y cuando se negaron, les informó que el islam prohibía el alcohol.
Dijeron que debían ser castigados, dijo el clérigo, pero no especificó cómo. Los secuestrados dijeron que estaban en segundo y tercer lugar para ser ejecutados, después del hombre encontrado muerto en la calle.
Los comandantes del Ejército Mahdi entrevistados negaron firmemente que mataran a gente por vender alcohol. El Ejército Mahdi solamente advierte a los vendedores de licor , cada vez más vehementemente, dijeron. Si los vendedores todavía se niegan a dejar de hacerlo, el Ejército Mahdi "los golpea ligeramente, de acuerdo con el Corán", dijo el comandante conocido como el Jeque.
Lawson, el oficial de inteligencia, reconoce que el Ejército Mahdi tiene una operación de inteligencia que se ha perfeccionado en entregar desinformación a los americanos sobre las actividades de la milicia. Pero oficiales norteamericanos dicen que saben lo suficiente como para condenar gran parte de lo que hace el Ejército Mahdi.
"No tengo ninguna duda... realizan juicios y ejecutan a la gente", dijo el teniente coronel Mark Meadows, comandante de un regimiento de caballería de la División de Montaña Nº10 del ejército norteamericano. Los hombres de Meadows patrullaban en Shula, un barrio al norte de Bagdad bajo control de Sáder, en la época del atentado de Samarra. El Ejército Mahdi "probablemente es la milicia más grande y agresiva del país", dijo Meadows. "Son una organización terrorista. Aterrorizan a la población".
Pero fuerzas de seguridad iraquíes y norteamericanas son a menudo los sorprendidos espectadores en zonas bajo la jurisdicción del Ejército Mahdi.
Durante una patrulla en la mañana hace poco, Wayman y su convoy pararon ante la reveladora seña de un grupo de policías iraquíes reunidos a un lado del camino al norte de Ciudad Sáder, mirando el suelo.
Los agentes de policía hicieron hueco a Wayman, que miró a una niña iraquí tumbada en el suelo. No parecía ser mayor de quince. La luz de la mañana bañaba su rostro, y sus manos cubrían su boca. Envuelta en una manta, parecía estar durmiendo, excepto por las dos heridas que mostraban su carne rosada que le causaron las balas incrustadas en su espalda.
Ni las fuerzas americanas ni las iraquíes tenían ganas de investigar qué le había ocurrido a la adolescente.
"¿Quién sabe?", dijo uno de los policías iraquíes, preparándose para recoger el cuerpo. Wayman volvió a su Humvee, y los norteamericanos siguieron con su ronda.

26 de agosto de 2006
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contrabando en umm qasr


[James Glanz] La marina iraquí: 25 embarcaciones para hacer frente al contrabando y al terrorismo.
Umm Qasr, Iraq. En este puerto del Golfo Pérsico, de lejos el más grande e importante de Iraq, las deformes realidades de la vida y el comercio en Iraq se mezclan con las realidades refrescantemente ordinarias que gobiernan al resto del mundo.
El comodoro Thamir Nasser y las fuerzas navales iraquíes que dirige, por ejemplo, se encargan de la tarea policial de interceptar a contrabandistas que tratan de escapar con cargas de diesel, petróleo crudo, televisiones, corderos e incluso manadas de camellos iraquíes, que cree que son altamente valorados debido a que no solamente son especialmente pacientes sino además extraordinariamente baratos. Persigue a piratas de poca monta y ha matado a montones de ellos en enfrentamientos.
Pero cuando el Comodoro Thamir, como se le conoce, recorre el puerto en uno de las pequeñas lanchas de aluminio que constituyen gran parte de la marina de este hombre, dice que una de sus tareas más duras es tratar con la Guardia Costera Iraquí. Como la policía iraquí, la guardia costera es controlada por el ministerio del Interior y se cree ampliamente que está infiltrado por milicias locales con poco interés en frenar el contrabando.
"Son una operación aparte", dijo el Comodoro Thamir, apuntando impotente hacia las aguas continentales donde termina su autoridad y empieza la de la guardia costera.
Tan separadas, dijo el capitán de corbeta Bryan White, un oficial americano que asesora a la marina iraquí, que ha encontrado más fácil coordinar operaciones conjuntas con las fuerzas marítimas de Kuwait, justo al sur de aquí, que con la guardia costera iraquí. "Me desconcierta", dijo el comodoro White.
Así son las cosas en este puerto que se suponía que debía caer en las primeras horas de la invasión de 2003, pero que fue defendido durante días antes de sucumbir y convertirse en el puerto de entrada más importante del país para provisiones de ayuda humanitaria como arroz y trigo. El puerto, a unos 50 kilómetros por una sinuosa cala desde el golfo, sigue siendo crucial para el aprovisionamiento tanto de los mercados iraquíes como de los proyectos de reconstrucción estadounidenses.
La ambigua imagen de Umm Qasr se consolidó temprano en el conflicto cuando el ministro de Defensa británico, Geoff Hoon, comparó la ciudad con el exclusivo puerto británico de Southampton. A lo que un soldado británico no identificado replicó: "No hay cerveza, no hay prostitutas y la gente nos dispara. Se parece más Portsmouth".
Ahora, tras meses de relativa calma, han aumentado en todo el sur las sofisticadas bombas improvisadas y los asesinatos de iraquíes que trabajan con occidentales, mientras que el puerto mismo se ha convertido en un lugar de peligro, corrupción, ajetreo comercial e intriga.
De muchos modos, Umm Qasr se ve como cualquier puerto de mar del mundo. Una larga hilera de grúas gigantes descargan cargueros pintados con nombres poco llamativos, como Tatyana, Marblue y Explorer I.
Tramos desiguales de asfalto, enormes elevadores de granos y largas hileras de almacenes flanquean los muelles, que están salpicados de pilas de sacos de arpillera rellenos con cemento importado, neveras empaquetadas, hornos microondas, reproductores de DVDés y televisores. Choferes de camión árabes dormitan o están agachados a la sombra de remolques mientras esperan su turno para recoger la carga y marcharse hacia el norte.
Pero en Umm Qasr gran parte del cargo no se puede mover ni un milímetro sin sobornar a los operadores de grúas y otros trabajadores portuarios, dice Najm Sager, el enlace entre la Autoridad Portuaria Iraquí y la embajada de Estados Unidos que piensa que, de momento, lo único que está garantizado en el puerto es la corrupción.
Debido a los bajos salarios que se paga al trabajador portuario promedio, dijo Sager, "les estás diciendo: ‘Roben'".
"Es por eso que piden ‘propina'", dijo Sager, un poco eufemísticamente. Agregó que los salarios normalmente van de 150 a 250 dólares al mes, pero que un operador de grúa espera una ‘propina' normal de unos cincuenta dólares por trabajo.
La delincuencia en los muelles va más allá de la corrupción. Informes de la policía iraquí para 2006 muestran al menos media docena de asesinatos de trabajadores en los puertos del sur de Iraq.
Como el Comodoro Thamir, Sager se encontraba en la lancha de la excursión que fue organizada por el Cuerpo de Ingenieros del Ejército norteamericano para mostrar proyectos de reconstrucción por un valor de 45 millones de dólares, los que incluyen una nueva zona de carga y trabajos en dos de las grúas más grandes.
El ajetreo a lo largo del muelle no se compara con los puertos de Nueva York o San Francisco en sus días de auge, y a pesar de la actividad comercial parece un poco somnoliento para ser el salvavidas de un país en guerra. El Marblue, que transporta cemento, se ve tan oxidado que parece estar abandonado. Las vías de ferrocarril que cruzan de un lado a otro el asfalto están abandonadas debido a los saboteadores en el norte que cortan constantemente las vías que conectan con Bagdad, haciendo imposible el uso de los trenes para el transporte de carga.
Sin embargo, para cualquier que busque signos de normalidad en Iraq, las cifras impresionarán. Cada semana entran al puerto entre 16 y 18 cargueros, que descargan unas 45 mil toneladas métricas de trigo, 11 mil toneladas de arroz, 55 mil toneladas de cemento y 30 mil toneladas de carga general.
Se necesitan entre cuatro mil y cinco mil camiones a la semana para transportar todos estos artículos fuera del puerto y distribuirlas en Iraq. Como consecuencia de todo ese tráfico, las tarifas del puerto que se recaudan en Umm Qasr han subido fuertemente de unos 600 mil dólares al mes a fines de 2004 a más de 2.5 millones de dólares ahora.
Pero esas tarifas son en su mayoría absorbidas en salarios, por magros que sean. En una costumbre que puede sonar familiar a oídos norteamericanos, la Autoridad Portuaria Iraquí cuenta con miles de trabajadores innecesarios, dice Sager, de modo que el dragado y la reconstrucción del puerto todavía depende del dinero americano. Un funcionario en el puerto que pidió permanecer anónimo, negó que hubiera trabajadores redundantes en la planilla de pago.
Y luego también hay piratas y contrabandistas. El Comodoro Thamir, 44, cuyo título iraquí oficial es comandante de operaciones, no tiene mucho trabajo, considerando que su marina operativa entera consiste de diez lanchas de aluminio, cada una de cinco metros; cinco lanchas patrulleras chinas, de doce metros de largo; y diez botes.
Pero el Comodoro Thamir, nativo de Basra al sur del país, que estudió en la Academia Naval Real de Gran Bretaña en Dartmouth, Inglaterra, y sirvió en la armada de Saddam Hussein, dice que con las lanchas rápidas tiene todo lo que necesita para cuando se recibe un dato o un llamado de emergencia.
"Cincuenta nudos", dice, hablando de la velocidad de las lanchas rápidas, que fueron un obsequio de los Emiratos Árabes Unidos. "Son suficientemente rápidas como para capturar a cualquiera".
Y los ha capturado. Tres veces sus marinos y marines han dado caza y matado a piratas que toman los barcos por abordaje aquí y a menudo golpean a los miembros de la tripulación para que revelen dónde guardan el dinero y los objetos valiosos. Sus marines han capturado a sospechosos de terrorismo en el ferry local.
Ha sorprendido pequeñas lanchas en el mar mientras transferían diesel robado a embarcaciones más grandes con destino a diversos puntos en el sur a lo largo de la costa del Golfo Pérsico. En una serie de comunicaciones por e-mail, el comandante White, que es agente ejecutivo del programa de supervisión y reconstrucción británico-estadounidense llamado el Equipo de Transición Naval, confirmó la versión del comodoro.
El comandante White dijo que las fuerzas de seguridad naval, que son parte del ministerio de Defensa, hacen frente a los mitos retos de adiestramiento y equipos que el ejército iraquí. "Pero si nos fuéramos hoy, la marina iraquí podría controlar este lugar".
Se ponga esta predicción a prueba o no, el Comodoro Thamir y su amigo Sager parecían muy interesados en bromear sobre el transporte de camellos de contrabando que había interceptado la marina.
"A los árabes les gustan los camellos", dijo el comodoro tratando de mantenerse serio cuando se le preguntó por qué un contrabandista intentaría un transporte de ese tipo de carga.
"Los camellos y borregos iraquíes son muy solicitados", dijo Sager, y los dos se echaron a reír. "Y son baratos".

Sabrina Tavernise contribuyó al reportaje desde Bagdad.

1 de julio de 2006
©new york times
©traducción mQh
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verano de descontento


[Julian E. Barnes] Los ataques contra el centro de gobierno de Ramadi han disminuido. Pero, junto con el calor, han aumentado el aburrimiento y las quejas entre los marines estacionados allá.
Ramadi, Iraq. En el Puesto 3, cuando las horas de guardia parecen estirarse fin sin y el calor se hace agobiante, el soldado de primera clase David Hill coge su walkie-talkie y empieza a hablar con su mejor voz de anunciador de radio.
"Buenas tardes, a todos los centros de gobiernos y puestos militares. Esta es WKIL que les llega desde los tejados de Ramadi", entona Hill a su pequeña audiencia de colegas marines.
"Espero que la estén pasando bien. Tenemos 49 grados y el calor ha pasado de la categoría de suicidio a la de demencial".
A medida que se estira el verano en Iraq, disminuyen los ataques contra el centro de gobierno de Ramadi. Pero en su lugar aumentan el calor, el aburrimiento y las quejas -sobre los sacos de arena que deben acarrear los marines, sobre la misión en Ramadi, sobre la guerra.
Los marines ha menudo se fanfarronean de que su misión es matar gente y romper sus juguetes. Pero para los marines de la Compañía Kilo, pegados al tejado del centro de gobierno de Ramadi y de la sede de la policía iraquí, simplemente matar rebeldes no se siente como progreso.
Y así, junto con el mercurio, aumenta la frustración para estas tropas, la mayoría de las cuales cumplen su segundo período de despliegue en Iraq y su segundo verano en el abrasador desierto de la provincia de Al Anbar.
En otras partes en Ramadi, las tropas estadounidenses hablan con los vecinos en un intento de ganar su confianza y mejorar su sensación de seguridad. Pero en torno al centro de gobierno, no han habido charlas y sí montones de tiroteos durante muchos meses.
Los rebeldes han atacado repetidas veces el centro de gobierno, tratando de impedir el funcionamiento del gobierno provincial. La Compañía Kilo ha fortificado los puestos de vigilancia en el tejado, manejados día y noche por marines encargados de responder el fuego y matar a los atacantes que disparan cohetes y colocan bombas improvisadas.
El comandante de Kilo, Andrew Del Gaudio, 30, del Bronx, dice que los marines están haciendo la diferencia.
"Estamos matando gente", dice, refiriéndose a los rebeldes.
Los ataques contra el centro de gobierno han disminuido debido a que los rebeldes eliminados no han sido remplazados, dice.
"Ahora no hay tantos combatientes como antes", dice Del Gaudio. "¿Es eso una forma de progreso? No lo sé. ¿Permite que el gobernador se reúna con su gente? ¿Le da más tiempo al ejército iraquí para que se desarrolle? Sí. Por eso vale la pena".
Sería simpático, dice, si Kilo fuera capaz de ganarse la confianza de los iraquíes, pero eso es imposible en los barrios en los alrededores del centro de gobierno, donde los enfrentamientos siguen siendo feroces y la mayoría de los vecinos han huido.
"Todavía es una zona roja, y tiene que ser tratada correspondientemente", dice Del Gaudio. "No le puedes dar un balón de fútbol a un tipo con un rifle AK-47 que quiere matarte".
Los marines en el tejado dicen que esperan que Del Gaudio tenga razón en cuanto al progreso. Pero su frustración es clara. Pocos dicen que volverán a enlistarse.
"Espero haberme marchado para cuando empiece la próxima guerra", dice el soldado de primera clase Brodey Vann, 20, de Pinellas Park, Florida.
"Hagamos lo que hagamos, hay rebeldes en todas partes", dice Vann. "No creo que estemos avanzando".
Durante horas cada día, las tropas miran los edificios abandonados que rodean al centro de gobierno. Todas las estructuras están salpicadas de impactos de bala. Unas pocas empiezan a desmoronarse. Los marines han dado nombres a muchos de los derruidos edificios: el Hotel Fantasma, el Queso Suizo.
Algunos marines cuentan las horas que han estado mirando ese deprimente paisaje: más de 720. Algunos tratan de calcular las horas que quedan para volver a casa.
Para otros, todos los días son como los de ‘Atrapado en el tiempo' [Groundhog Day]. Como Bill Murray en la película, los días se repiten infinitamente.
"Sabes que no es el mismo día", dice el soldado de primera clase Brian Terry, 21, de High Point, Carolina del Norte, asignado a la Segunda Sección de Kilo. "Pero se siente como si fuera el mismo día".
El año pasado los marines aquí, parte del Tercer Batallón, Regimiento Nº8, estaban estacionados en Faluya, y encargados de ayudar a reconstruir la zona después del asalto de noviembre de 2004.
El colega de Terry en el puesto, el soldado de primera clase Jerod Zimmerman, 21, de Charlotte, Carolina del Norte, echa de menos el trabajo de reconstrucción y las relaciones amistosas con los vecinos. Aquí en Ramadi está apostado en el tejado esperando disparar a los tipos que le disparen.
"Allá era más fácil ver que estabas ayudando a la gente", dice. "Y eso se echa de menos. Bueno, yo lo echo de menos. Yo no hablo a nombre de todo el Cuerpo de Marines. Es mucho más fácil entender por qué estás aquí si puedes ver los resultados inmediatamente. Allá es diferente. Es más difícil ver el efecto que causas".
Los sentimientos son similares en la Cuarta Sección, de guardia en el segundo turno. En el Puesto 4, el calor es agobiante. No hay ni la más leve brisa. El único alivio lo proporciona un ventilador. El soldado de primera clase Jay Reed, 21, de Syracuse, Nueva York, escudriña los edificios, sus ojos nunca se apartan de ese paisaje.
"El año pasado teníamos una misión diferente, dirigida a construir la ciudad y ayudar a la gente", dice Reed. "Así podías ver el progreso, supongo. Este año, nuestra misión es este edificio, asegurarnos de que en este edificio no pase nada... Estoy seguro de que alguien en esta ciudad ha visto progresos, pero no desde este edificio".
Reed lleva parte de su frustración garabateada en su casco Kevlar: "Suicidio = Solución".
"El caso lo dice todo", declara.
Para los marines, el trabajo en el centro de gobierno no termina nunca. Hay turnos múltiples, prolongados, en los puestos de vigilancia. Y cuando no están en el tejado, están haciendo patrullas nocturnas a pie, trabajo de construcción, limpieza y desmantelando puestos en desuso y levantando puestos nuevos.
Lo peor de todo son los sacos de arena. Los soldados rezongan cada vez que ven llegar al camión que trae los sacos de arena, que son descargados para ser acarreados hasta el tejado.
Luchan por encontrar algún escape mental. Para Reed y su colega, el soldado de primera clase Ryan Gianoulis, 23, de Beechwood, Nueva Jersey, el turno en el tejado empieza con quejas. Luego hablan sobre cuánto les queda para volver a casa. Luego habla sobre mujeres y sobre casarse.
"Luego, en las últimas dos horas, cantamos", dice Reed. "Pequeños duetos".
Reed y Gianoulis tienen versiones de ‘Jingle Bells'‘, ‘Take It Easy' de The Eagles, y ‘Livin' on a Prayer', de Bon Jovi. Pero su tema favorito es ‘Jackson'. Gianoulis canta la parte de Johnny Cash. Reed la de June Carter Cash.
"Nos casamos por un impulso, más calientes que un brote de pimienta", canturrea Reed. "Hemos estado hablando sobre Jackson desde que se apagó el fuego".
En la última parte del turno, la música en el Puesto 3 es a menudo interrumpida por la ‘transmisión' de WKIL de Hill.
La mayoría de los días, después de que Hill, 23, de Tampa, termina su comentario sobre el nivel de peligro en los varios puestos en el centro de Ramadi, lee algunos ‘patrocinios', todos coloreados por la frustración con los rebeldes que atacan a los marines o la interminable jornada de trabajo.
Una tarde hace poco, terminó así su transmisión:
"Este mensaje ha sido patrocinado por la Muerte -que os visitará muy pronto en algún puesto cercano".

12 de agosto de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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dándose por aludidos


[Ann Scott Tyson] En una ciudad iraquí, las tropas estadounidenses sienten la presión. Vecinos achacan los atentados a la presencia de tropas.
Hit, Iraq. El teniente coronel Thomas Graves no esperaba tener problemas cuando su convoy se arrastraba por esta asediada ciudad junto al río Eúfrates un mediodía hace poco, hacia la misión de vigilar las mezquitas durante las oraciones de los viernes.
Funcionarios locales habían asegurado a Graves, el oficial americano de más alto rango en la zona, que Hit atravesaba "por un período de paz y tranquilidad", dijo, poco antes de salir del campamento.
Pero justo cuando Graves llegaba al límite de la ciudad, la carretera junto al primer vehículo blindado del convoy estalló en una nube de polvo y escombros. Un rebelde oculto en un palmar cercano había hecho detonar dos proyectiles de artillería enterrados en el lugar. El coronel se salvó por poco.
"¡Bienvenido a Hit! Es una pequeña y pacífica ciudad", le dijo Graves a la periodista que viajaba con él.
Así son las cosas en la provincia de Anbar, al occidente de Iraq, un centro de la resistencia sunní. En Hit, las fuerzas estadounidenses y sus contrapartes iraquíes son el blanco de la mayoría de las dos docenas de ataques -bombas improvisadas, disparos y fuego de morteros- que hay a la semana. Los vecinos discurren rápidamente que la presencia americana provoca esos ataques y culpan a los militares estadounidenses, antes que a los rebeldes, de convertir su ciudad en una zona de combate. Los estadounidenses deberían marcharse, dicen, y dejarlos resolver sus propios problemas.
Cada vez más los militares estadounidenses parecen ansiosos de hacerles el favor.
Aunque los jefes militares estadounidenses han indicado que las tropas deberán seguir en Anbar por un período más largo que en otras partes de Iraq, ya han empezado a reducir los niveles de fuerzas en ciudades más pequeñas de menor valor estratégico a lo largo del Eúfrates. En Hit, el batallón de ejército de Graves remplazó al contingente mucho más grande de marines; las tropas estadounidenses han empezado hace poco a dejar otras regiones al oeste de Anbar para reforzar Bagdad.
"Queremos hacer lo mismo. Quiero volver a mi casa y estar con mi mujer", dijo Graves, de Killeen, Tejas, a los oficiales en Hit cuando su unidad, el Primer Batallón del Regimiento de Infantería 36, de la Primera División de Blindados, llegó aquí en febrero. El objetivo, dijo Graves, es que las fuerzas estadounidenses dejen Hit en buen orden y patrullen solamente la principal autopista que atraviesa la ciudad.
Otro oficial estadounidense lo dijo más francamente: "Aquí no nos quiere nadie, así que ¿para qué estamos? Esa es la gran pregunta", dijo el mayor Brent E. Lilly. Lilly dirige el equipo de asuntos civiles de los marines que ha desembolsado muchos miles de dólares para pagar reclamos por perjuicios y proyectos en Hit, pero todavía es atacado casi todos los días. "Si nos vamos, los ataques pararían".

Retroceso
A 56 kilómetros río arriba de Ramadi, la capital de Anbar, Hit es una antigua ciudad conocida por sus depósitos de alquitrán y su población relativamente educada. Pero más de dos años de guerra han empujado a la ciudad de 40 mil habitantes de vuelta a la era pre-industrial.
Todos los sistemas telefónicos de Hit han sido destruidos. La guerra ha cerrado las industrias, así que al menos el 50 por ciento de la gente está sin trabajo y un cuarto de la población vive en la miseria. Los bancos de la ciudad no tienen dinero. El combustible es escaso, y la mayor parte del que está disponible es vendido por los rebeldes a precios de mercado negro, de acuerdo a oficiales estadounidenses e iraquíes. La policía se desbandó hace más de un año y Hit todavía no tiene agentes que hagan el trabajo, aunque hay una nueva fuerza en adiestramiento.
Las condiciones en la ciudad son tan malas que hace poco el alcalde de Hit pidió a los militares estadounidenses que lo enviaran a la cárcel de Abu Ghraib -"sólo por el verano", le dijo a un oficial norteamericano, que habló a condición de preservar el anonimato debido a lo delicado del tema. "Allá tienes aire acondicionado, tres comidas al día, partidas de fútbol. Abu Ghraib es un lugar bonito", dijo el alcalde, de acuerdo al oficial estadounidense.
Los vecinos se quejan amargamente de los controles policiales y toques de queda, incluso aunque su propósito sea prevenir atentados. Desde 2003, siete unidades militares norteamericanas diferentes han entrado a Hit en misiones de asalto. Calles importantes son interrumpidas durante meses, dejando algunas zonas deshabitadas, excepto por jaurías de perros callejeros. El puente de Hit sobre el río Eúfrates está cerrado para vehículos no militares, obligando a los habitantes a cruzarlo a pie o en carretas de madera.
Una tarde reciente, el teniente primero Joshua Buchanan salió de un puesto de avanzada norteamericano entre las ruinas de barro que dan al puente de Hit. La ribera del río abajo -en el pasado llena de restaurantes marítimos, tiendas y casas- está ahora prácticamente abandonada, y muchos de sus edificios han sido destruidos. El terreno está cubierto por una gruesa capa de polvo creada por los tanques y vehículos de combate norteamericanos.
Los transeúntes pasaban a cuentagotas por el puente cuando Buchanan dirigía a su patrulla hacia la zona del mercado de Hit. Los residentes miraban inexpresivos, respondiendo sólo cuando se los saludaba en árabe. "Tratas de construir una relación silenciosa", dijo Buchanan, 27, antiguo profesor de historia en Great Falls, Virginia. "Sabes que nunca vamos a ser buenos amigos".
Interrogados sobre Hit, los vendedores del mercado dieron libre curso a su frustración con los militares norteamericanos. "El problema son los americanos. Sólo traen problemas", dijo el vendedor de melones Sefuab Ganiydum, 35. "El cierre del puente, el toque de queda, el hospital. Sería mejor que las tropas estadounidenses se marcharan de la ciudad", dijo. Mujeres embarazadas y otros pacientes deben cruzar el puente en carretas de madera para ir al hospital, se quejó. Por la noche, muchos tienen miedo de que se les disparen si cruzan el puente.
"Hasta a los muertos hay que llevarlos en carretilla", agregó Mohammed Hussein, 30, en su puesto de pepinos.
Akram Mushaan, 45, dijo que la guerra había perjudicado los negocios, ya que había menos clientes y muchos no podían pagar. Antes que dejar que sus melones se pudran, los regala, dijo, hojeando un libro lleno de pagarés.
"¿Qué hicimos para merecer todas estas penurias?", preguntó Ramsey Abdullah Hindi, 60, sentado frente a su salón de té. Haciendo caso omiso de los soldados norteamericanos junto a él, dijo que los iraquíes tenían razón de atacarlos. "Tienen el derecho a pelear contra los norteamericanos debido a su religión y malos tratos. Pelearemos hasta el último hombre", dijo, sombrío.
Buchanan siguió avanzando, demasiado familiarizado con los refunfuños. "Todo es culpa nuestra. Lo entiendo", dijo.

Corrupción Descarada
Los funcionarios del ayuntamiento también se muestran implacables sobre la retirada de las tropas estadounidenses. Pero muchos -corruptos y protegidos por sospechosos lazos con los rebeldes- están usando sus posiciones para hacerse con dinero americano tanto como puedan, dicen oficiales estadounidenses.
"El ayuntamiento sobrevive porque trabajan en problemas que afectan a todo el mundo, como el agua. Los rebeldes también necesitan agua", explicó Lilly, un reservista de la marina y analista financiero en Detroit. "Si quiero decir algo a los rebeldes, simplemente se lo digo al ayuntamiento. Sé que recibirán el recado".
En una sala de clases abandonada bordeada de polvorientos libros y maniquíes de yeso de órganos del cuerpo, Lilly se sienta a la cabecera de una mesa y revisa una pila de proyectos de reconstrucción mientras es observado por los funcionarios de Hit.
"No vamos a comprar ambulancias porque no hay un sistema telefónico. Nadie puede llamar", dijo. "No vamos a reparar la gasolinera, porque tenía un alijo de armas". Luego regañó al director de aguas de Hit, Usama Abdul Rahman Jameel, por tratar de conseguir cuatro mil dólares para un proyecto de dos mil.
"Es mi día con suerte", replicó Jameel, sarcástico.
"Es corrupto, pero al menos lo dice abiertamente", dijo Lilly más tarde sobre Jameel. "Es de los que te dice derechamente que te va a sacar todo el dinero que pueda'".
Poco después de que se marcharan los funcionarios del ayuntamiento, un proyectil de mortero impactó el recinto de Lilly. Se puso su chaleco antibalas, cogió su rifle y corrió al tejado. Lilly, que habla árabe y es musulmán, y es conocido en Hit como ‘Abdul Rahman', se desconcierta por la frecuencia con que es atacado. "¡Yo soy el tipo que está haciendo las cosas buenas y me disparan todo el tiempo!", dijo más tarde en su oficina, ignorando los estallidos de morteros. "En esta ciudad no hay nadie pro-americano. O nos toleran o nos odian".
En un intento por ganarse la cooperación de la población, Graves ha recurrido a tácticas más suaves. Los allanamientos son todavía frecuentes -Graves ha enviado a 130 hombres de Hit a la cárcel-, pero sus soldados evitan el uso de granadas aturdidoras después de que un funcionario del ayuntamiento se quejara de que así no podía hacer el amor con su mujer en las noches.
Lilly y otros oficiales estadounidenses dijeron que estaban cada vez más convencidos de que las fuerzas norteamericanas podrían retirarse a las afueras de la ciudad con pocas consecuencias militares, incluso dejando en Hit un gobierno local rudimentario y una fuerza de seguridad iraquí. Aunque el contingente del ejército iraquí en Hit se ha reducido a unos 400 hombres, el 60 por ciento de su fuerza, agentes de policía reclutados en tribus periféricas están siendo adiestrados.
"Si nos marchamos, la ciudad estará mucho mejor y la reconstruirán mejor", dijo Lilly.
Retirar las fuerzas estadounidenses también significaría reabrir el puente de Ht al tráfico civil. Las tropas americanas han ocupado el puente por más de un año desde que los rebeldes lo atacaran con un coche bomba. "Realmente no ganamos nada con él", dijo el mayor Michael Fadden, de Dayton, Ohio, el oficial de operaciones del batallón.
Otro oficial norteamericano agregó: "¡Si los insurgentes quieren volar el puente, que lo hagan, maldita sea!"

4 de agosto de 2006
©washington post
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caos en los bancos


[James Glanz] El deterioro de la situación de seguridad en Iraq provoca el renacimiento de prácticas antiguas y entorpece las actividades bancarias.
Bagdad, Iraq. Los furgonetas blindadas se alejaron de una filial del Banco Warka el jueves a eso del mediodía, cargados con 1.191 millones de dinares, unos 800 mil dólares. Casi inmediatamente los conductores divisaron una caravana del ejército iraquí que se acercaba, encabezada por un brillante y nuevo vehículo blindado Humvee. Hicieron lo que debían hacer, según las normas, y pararon.
Pero la caravana también paró, y un oficial pidió a los sorprendidos conductores y guardias que entregaran sus armas mientras sus hombres revisaban las furgonetas. Estaban buscando bombas.
En cuestión de minutos, los ocho conductores y guardias había sido esposados y encerrados en una de las furgonetas bajo los sofocantes 49 grados Celsius de ese día, el dinero había sido robado por los hombres del convoy -quiénes quiera que fuesen- y el sistema bancario iraquí había pasado otro día de su lento deslizamiento hacia el olvido.
Lo único atípico sobre el robo del jueves, que fue descrito por empleados del banco y funcionarios del ministerio del Interior, es que la mayoría de los bancos privados tratan de evitar el uso de furgonetas blindadas, porque llaman demasiado la atención, y prefieren meter los sacos de dinero en coches corrientes para furtivos trayectos a través de las calles de Bagdad.
Pero como quiera que salga el dinero, se corre el riesgo de que se pierda en la maraña que conforman los robos, los secuestros y las intrigas que ahora asolan el sistema.
Elogiado por Estados Unidos como la historia de un éxito apenas hace unos meses, ese sistema se ha convertido rápidamente en un desenfrenado paisaje de transacciones monetarias clandestinas, enormes botines de ladrones disfrazados de agentes de policía y soldados, secuestros de ejecutivos bancarios con rescates de hasta seis millones de dólares, acusaciones estadounidenses de connivencia con financistas rebeldes, y clientes honestos rechazados en las cajas cuando tratan de retirar sus ahorros para marcharse del país.
"Es una crisis", dice Wisam K.Jamil, director general del banco privado más antiguo de Iraq, el Banco de Bagdad, que perdió 1.5 millones de dólares en un asalto en la autopista cometido por hombres con uniformes de agentes de policía en diciembre pasado.
Debido a ese robo, el banco perdió gran parte de su seguro. Todavía más mortificante para Jamil, la póliza tenía una renuncia corriente de responsabilidad que decía que no se cubrían las pérdidas debidas a actos de terrorismo, y como ilustró el robo del Warka el jueves pasado, nadie en Iraq puede decir si el robo fue cometido por rebeldes, bandidos o miembros de las fuerzas de seguridad. Así que la compañía de seguros no pagó el reclamo de Jamil.
Las dificultades para el traslado de dinero ha llevado a los bancos iraquíes a prácticas comerciales que sólo se ven en algunos lugares.
Hace poco en un sótano del Banco Iraquí de Inversiones en Oriente Medio, Rahim al-Abadie, un hombre doblado parecido a un gnomo que ha trabajado durante 54 años en el banco, revolvió en una caja fuerte junto a su escritorio y entregó sacos de 45 kilos de dinero, que fueron cargados cada uno en coches sin matrícula que salieron a toda velocidad hacia su destino, que se negó a revelar. Uno de los sacos más grandes contenía mil millones de dinares (unos 650 mil dólares) en billetes, explicó Abadie, sonriendo sombríamente.
Hussein al-Uzri, presidente y director general del Banco del Comercio de Iraq, un banco de propiedad estatal, dijo que los riesgos de esas entregas debían ser medidos en términos relativos. "En cualquier parte del mundo, colocar unos millones de dólares en la parte de atrás de un Mazda y llevarlos hasta el Banco Central sería una locura", dijo. "Pero mucha gente dice que vivir en Bagdad es una locura".
Hasta principios de los años noventa, cuando Saddam Hussein permitió que abrieran bancos privados bajo estrictas restricciones, todas las finanzas del país eran manejadas por bancos estatales.
La popularidad de los bancos privados se disparó después de la invasión de 2003, cuando los depositantes abandonaron el engorroso y a menudo dudoso sistema estatal en una "especie de éxodo", según Nafie Alais Aboo, director general del North Bank privado. Pero los dos han sufrido importantes asaltos, escasez de líquido y otros problemas, dicen empleados bancarios y funcionarios de gobierno.
Esos problemas han contribuido a incentivar una gestión anticuada en algunos bancos y varios han tenido que despedir a los depositantes, al menos provisoriamente, diciéndoles que vuelvan otro día por su dinero.
"La gente está retirando o transfiriendo enormes simas de dinero del banco", dijo Ahmed Younis Zeki, subdirector del Banco Privado Iraquí, el que, según dijo, perdió mil millones de dinares en un atrevido asalto en lo que parecía ser un puesto de control policial en el centro de Bagad el 25 de abril pasado.
Algunos ejecutivos de bancos dicen que sus problemas se han complicado debido a que iraquíes con dinero y la compañías que controlan abandonan el caos que está engullendo al resto del país. Esa fuga se ha acelerado desde que aumentaran las tensiones confesionales tras el atentado en febrero contra la mezquita de cúpula dorada en Samarra, uno de los santuarios más venerados de los chiíes.
"Desde el atentado en Samarra, ha sido cada día peor", dijo Mohammed F. al-Alossi, director general del Banco Iraquí de Inversiones en Oriente Medio, agregando que de los 50 mil millones de dinares de su banco, solamente en los últimos dos meses se han retirado tres mil millones.
Los problemas del banco han tenido un efecto multiplicador. Las compañías iraquíes, que ya estaban luchando por sobrevivir en una economía devastada, no pueden reunir suficiente dinero para pagar sus nóminas salariales, dijo Hashim T. Atrikchi, director suplente de la Federación Iraquí de Industrias y presidente de la Federación Árabe de Fabricantes de Plásticos.
"A menudo los bancos no cuentan con moneda sonante", dijo. "Pueden tardar dos, tres y hasta cinco días en reunir el dinero".
La racha de mala suerte para los bancos privados se remonta al menos a mayo de 2005, cuando tropas estadounidenses e iraquíes allanaron la casa de Saad al-Bunnia, presidente de la Asociación de Bancos Iraquíes y presidente del banco que fue robado el jueves. Durante el allanamiento, los americanos requisaron seis millones de dólares en moneda sonante, aparentemente por sospechas de que el dinero estaba siendo utilizado para financiar la resistencia.
El banco certificó que había pedido a Bunnia que guardara el dinero en su caja fuerte para protegerse de asaltos, dijo el jeque Hathal Yonis Y. Aga, vice-presidente del banco. Pero ha pasado más de un año, y el dinero sigue estando congelado, dijo.
"El problema es que esos fondos pertenecen a nuestros clientes", dijo Aga. "Y esto ha afectado algunas de nuestras transacciones comerciales".
Unos meses después, un grupo de asaltantes se hizo con 600 mil dólares que estaban siendo transportados desde la central del Banco Warka a una de sus filiales, dijo Aga. Y en diciembre, hombres con uniformes de agentes de policía pararon y robaron un coche que transportaba 1.5 millones de dólares, más o menos 2.3 billones de dinares, que pertenecían al Banco de Bagdad, en la autopista que une a la ciudad con la sureña ciudad de Hilla.
Extraordinariamente en esta fase de deterioro de la seguridad en Iraq, gran parte del transporte estaba cubierto por la Compañía de Seguros Al Ameen, dijo su director general Munem al-Khafaji. Todavía más sorprendente, la póliza estaba re-asegurada por firmas aseguradoras europeas, saudíes y kuwaitíes, dijo Khafaji.
Pero la intervención extranjera tenía su precio. Como otras pólizas similares en el resto del mundo, esta cubría robos y daños, pero no actos de guerra ni terrorismo. Khafaji dijo que cualquier pago quedaba en el limbo mientras la investigación rebotaba de un lado a otro entre las agencias policiales y el notoriamente lento ministerio de Justicia.
"Se arrojan la pelota unos a otros", dijo Khafaji, incapaz de reprimir una sonrisa de impotencia. "Durante mucho tiempo", agregó.
Después del robo al Banco de Bagdad, los re-aseguradores extranjeros se negaron a seguir cubriendo los asaltos en Iraq, dijo Khafaji. El director general del banco, Jamil, dijo que el impacto en los negocios había sido devastador: aunque el año pasado él transportó un promedio de cien mil millones de dinares en la ciudad al mes, para esta primavera esa cifra había caído a quince mil millones de dinares debido a que el riesgo de asalto era muy alto.
Eso significa que más y más gente que viene a recoger su dinero, tiene que esperar, dijo Jamil. "Usamos la diplomacia para manejar esta situación", dijo, afable, durante una entrevista en su despacho.
Empleados del banco estiman que este año ha habido un promedio de un asalto importante al mes. Algunos bancos son particularmente desafortunados: apenas una semana antes del asalto del jueves, un grupo de asaltantes trataron de robar el transporte de 500 mil dólares desde el Banco Warka, aunque en ese caso la policía desbarató el intento, dijeron empleados del banco.
Pero los asaltos no son los únicos delitos a los que deben enfrentarse los bancos. En febrero, hombres armados con el uniforme del ejército iraquí secuestraron a Ghalib Kubba, presidente del Banco Internacional Basra, y su hijo Hasán, el gerente ejecutivo del banco.
El rescate: seis millones de dólares, una suma colosal aquí pero que fue determinada, indudablemente, porque los secuestradores sabían que los Kubba eran banqueros. La familia, no el banco, pagó el rescate, dijo Hasán Kubba, pero después su padre y toda la junta directiva del banco huyeron a Siria, desde donde dirigen ahora el banco in absentia.
A pesar de todos estos problemas, nadie sabe de un banco que haya abandonado los negocios y cerrado para siempre, y todavía hay unos pocos que se muestran optimistas de que esta importante institución de una democracia efectiva sobrevivirá y, algún día, florecerá. Los banqueros, después de todo, suben y bajan dependiendo de su capacidad para proyectar confianza en la peor de las condiciones.
Pero no es fácil. Mientras Abadie controla los blancos sacos de dinero que entran y salen del sótano del Banco de Inversiones en Oriente Medio, el director general, Alossi, mira una y otra vez hacia el lado derecho de su escritorio, donde una televisión pasa secuencias de imágenes captadas por las cámaras de seguridad del banco.
Nada hará cerrar las puertas a este banco, excepto la hora habitual de cierre, juró Alossi.
"Si pasara lo peor y vinieran todos a retirar al mismo tiempo el dinero", dijo, "estamos preparados para pagar hasta al último depositante".

Contribuyeron a este reportaje Khalid W. Hassan, Sahar Nageeb, Wisam A. Habeeb y Jane Scott-Long desde Bagdad.

28 de julio de 2006
©new york times
©traducción mQh
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