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reconstrucción y corrupción en iraq


[James Glanz] Ex oficial confiesa tratos corruptos en proyectos de reconstrucción en Iraq.
Se espera que un ex oficial estadounidense durante la ocupación en Iraq se declare el jueves culpable de soborno, conspiración, lavado de dinero y otros cargos ante un tribunal federal por sus acciones en una trama que utilizó favores sexuales, joyas y millones de dólares en efectivo para asignar proyectos de reconstrucción a contratistas corruptos, de acuerdo a documentos presentados al tribunal.
El oficial, Robert J. Stein Jr., era controlador y agente de finanzas en 2003 y 2004 para la Autoridad Provisional de la Coalición, que gobernó Iras tras la invasión estadounidense. Cuatro americanos, incluyendo a Stein, y el contratista, Philip H. Bloom, han sido arrestados en el caso. La declaración de culpabilidad de Stein, aparentemente en el entendimiento de que cooperará con la acusación, es la primera que se hace pública.
Las actas judiciales describen un sórdido ejercicio en codicia y corrupción que estaba mucho más extendido de lo que se sabía. Además de las cuatro personas detenidas, los documentos indican que al menos otros tres cómplices, todavía no identificados, también jugaron un papel en la conspiración. Para asignar más de ocho millones de dólares en contratos y millones más en dinero robado a Bloom, dicen los documentos, los conspiradores aceptaron sobornos, mercaderías y otros favores.
Dos de los estadounidenses detenidos, la teniente coronel Debra Harrison y el teniente coronel Michael Wheeler, son antiguos oficiales de la reserva del ejército. Las actas indican que los cómplices todavía no mencionados son también oficiales de la reserva del ejército y que hay al menos cinco oficiales implicados. Pero las actas sugieren que otra persona, identificada con la opaca designación de "individuo H" puede haber estado involucrada de algún modo.
Las mercaderías incluían billetes de avión en primera clase, relojes y otras joyas, alcohol y cigarros, dicen las actas judiciales. Agregan que Bloom tenía una mansión en Bagdad donde las mujeres le dispensaban "favores sexuales" a cambio de acciones oficiales en su favor o para que no delatara la conspiración.
Stein está acusado de robar probadamente al menos 2 millones de dólares en dinero contante de fondos fiscales americanos y dinero iraquí apartado para la reconstrucción de Iraq durante la ocupación estadounidense. También aceptó más de un millón de dólares en sobornos y al menos 600 mil dólares en artículos adicionales y dinero en efectivo que era propiedad de la Autoridad Provisional de la Ocupación, según los documentos.
Los hechos tuvieron lugar en un vasto territorio en los alrededores de la ciudad iraquí de Hilla, al sur de Bagdad, donde Stein estaba a cargo de al menos 82 millones de dólares de fondos para la reconstrucción a pesar de una condena previa por desfalco, lo que aparentemente fue pasado por alto por el Pentágono cuando se controlaron sus antecedentes. Bloom y algunos de los otros giraron dinero a Estados Unidos para comprar armas como lanzagranadas y ametralladoras que Stein no podía poseer debido a su condena o porque eran ilegales en sí mismas.
Las actas judiciales indican que Steen acordó declararse culpable en el Tribunal de Distrito Federal de Washington de los cargos de conspiración, soborno, lavado de dinero, posesión de armas de fuego y posesión de una ametralladora.
La correspondencia por correo electrónico de Stein y Bloom, como se detalla en los documentos, es extraordinaria en su ilustración de los cotidianos manejos de la codicia y la extorsión. "Me encanta darte dinero", escribió Stein el 3 de enero de 2004, cuando empezaba a canalizar hacia Bloom los fondos para una academia de policía iraquí.
En otras ocasiones, Stein advierte a Bloom sobre otros tres que son peligrosos debido a que pueden delatar la trama o quieren participar ellos mismos. "Te diré paso a paso lo que tienes que decir en su entorno", escribe Stein el 27 de enero de 2004 sobre alguien identificado solamente como el individuo D. "Si llega a enterarse de lo que estamos haciendo, también querrá su parte".
Otros intercambios muestran la realidad del día a día de la manera de hacer negocios en Iraq con occidentales que están alejados de los placeres rutinarios del hogar. "Gracias por el trago’, escribió Stein el 27 de enero. "Eso me dará materiales para negociar por aquí".

1 de febrero de 2006

©new york times
©traducción mQh

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detienen a policías iraquíes


[Solomon Moore] Tensiones tras arresto británico en Basra. Varios de ellos han sido liberados, pero ocho agentes siguen bajo custodia. Funcionarios iraquíes locales exigen su liberación y amenazan con cortar lazos con las tropas.
Bagdad, Iraq. Las tensiones continuaron aumentando el miércoles entre oficiales iraquíes y tropas británicas en la sureña ciudad chií de Basra, donde esta semana las tropas británicas arrestaron a 14 agentes de policía, incluyendo a dos altos cargos del servicio de inteligencia, implicados aparentemente en casos de corrupción política y asesinatos.
El miércoles los británicos dejaron en libertad a varios de los detenidos, pero un portavoz del consejo provincial de Basra dijo que ocho de ellos seguían bajo custodia, incluyendo a tres que había sido transferidos a una prisión después de que las autoridades británicas dijeran que habían encontrado en su posesión materiales para hacer bombas.
Entre los oficiales que todavía están en manos británicas se encuentran el mayor Jasim Qasim Hassan Daraji, jefe del servicio secreto de Basra, y un agente de inteligencia, el capitán Abbas Munis Abdalai Hilfi.
La provincia respondió a las detenciones amenazando con poner fin a toda colaboración con las tropas británicas en la segunda ciudad de Iraq.
"Desde hace algún tiempo las fuerzas británicas han procedido a arrestos arbitrarios y de modo provocativo de ciudadanos de Basra, sin el conocimiento del gobierno local", dijeron en una declaración emitida por funcionarios provinciales. "Hemos exigido una y otra vez que estas fuerzas pongan fin a las detenciones y liberen a los detenidos, pero ha sido en vano".
Los funcionarios iraquíes también exigieron la liberación incondicional de los agentes de policía y amenazaron con "suspender toda relación con las fuerzas británicas" si los hombres no eran liberados el miércoles por la tarde.
El mayor Peter Cripps, portavoz militar británico en Basra, dijo que las detenciones formaban parte de una investigación en curso sobre la corrupción policial.
"Estos hombres formaban todos parte del antiguo departamento de asuntos internos que fue desbandado por el ministerio del Interior y forman ahora la unidad de inteligencia criminal y la unidad de delitos graves", dijo Crispp. "Pero están ocupados con su propio programa, que incluye sobornos, asesinatos y la persecución de ciudadanos".
Aunque Basra, una ciudad portuaria y centro petrolero predominantemente chií ha sufrido menos la violencia de los rebeldes que ha devastado a Bagdad, ha presenciado desde principios del año pasado una ola de crímenes sectarios y ataques políticos. Se cree que miembros de milicias chiíes tienen una fuerte presencia en la fuerza policial.
En octubre decenas de agentes de policía iraquí allanaron la sede del Partido That Allah, una pequeña organización política chií militante de Basra, y quemaron el edificio. Cuatro miembros de That Allah fueron asesinados en el incidente.
Los líderes del partido responsabilizaron a Al Fadila al Islamiya, o el Partido de la Virtud Islámica, que controla por estrecha mayoría el consejo provincial de Basra, y la milicia Al Mahdi. Ambos grupos están asociados con el clérigo radical chií Muqtada Sáder.
Y en septiembre milicianos chiíes se enfrentaron con tropas británicas después de que tanques británicos rescataran a cuatro soldados ingleses de una cárcel de Basra.
En los últimos meses, funcionarios británicos en Iraq y Londres se han quejado de que milicianos en Basra pueden estar implicados en atentados con bomba contra las tropas británicas, utilizando armas fabricadas en Irán. Se sospecha que Basra en un centro de agentes de la inteligencia iraní.
"Los iraníes tienen intereses en Basra y cuentan con organizaciones allá, en Amarah y Nasiriya", dijo Mansour Alkanaan, miembro de la Asamblea Nacional Iraquí de Basra.
Entretanto, en Bagdad miembros de la Alianza Unida Iraquí, el bloque chií que ganó la mayoría de los escaños en el parlamento elegido el 15 de diciembre, nombró a cuatro candidatos chiíes para el puesto de primer ministro, que debe ser elegido de entre sus miembros. Los candidatos incluyen al actual primer ministro Ibrahim Jafari, Abdel Abdul Mehdi del Consejo Supremo de la Revolución Islámica en Iraq, el vocero del parlamento Hussein Shahristani y el militante del Partido Fadila, Nadim Jabiri.
En las negociaciones iniciales con diputados kurdos y sunníes en el nuevo gobierno, el militante de la Alianza Unida Iraquí, Baha Araji dijo que el bloque chií no consultaría con otras coaliciones sobre la designación del primer ministro, pero que ofrecería la presidencia a algún candidato sunní.
Sin embargo, Saad Ilyan, miembro del Diálogo Nacional Iraquó, un grupo sunní, dijo que ellos se contentarían con que el presidente titular, Jalal Talabani, un kurdo, continuaba en la presidencia. La lista kurda obtuvo la segunda votación en las elecciones de diciembre.
"Ahora sólo queremos que mejore la situación de seguridad, sea que el gobiernos ea sunní, chií o kurdo", dijo Ilyan.
En otros desarrollos, el ministerio iraquí de Justicia anunció el miércoles que liberaría a cinco de ocho mujeres detenidas, como parte de un programa de excarcelaciones más amplio. Este mes, un grupo que reclama la autoría del secuestro del periodista free-lance americano Jill Carroll emitió una declaración exigiendo la libertad de todas las mujeres presas en Iraq.
Las cinco se encuentran bajo custodia estadounidense, pero funcionarios iraquíes y norteamericanos negaron toda conexión entre las excarcelaciones y las exigencias de los secuestradores.
No se conoce la situación de Carroll, como tampoco la de dos contratistas alemanes que fueron secuestrados en la refinería de Baiji, al norte del país, y dos ingenieros keniatas capturados la semana pasada. Más de 250 extranjeros y cientos de iraquíes han sido secuestrados desde la invasión norteamericana de marzo de 2003.

Suhail Ahmad, Shamil Aziz y Saif Rasheed, Asmaa Waguih y un corresponsal especial en Basra contribuyeron a este reportaje.

26 de enero de 2006

©los angeles times
©traducción mQh

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30 años por denunciar corrupción en iraq


[Richard A. Oppel Jr.] Sus escritos kurdos lo hicieron aterrizar en la cárcel por denunciar corrupción del partido.
Erbil, Iraq. Kamal Sayid Qadir había retornado de Austria a fines de octubre cuando dos antiguos alumnos en los que confiaba lo invitaron a un café en el Hotel Avista.
Para Qadir, la reunión guardaba la promesa de un encuentro entre almas afines de la Universidad de Salahaddin donde, años atrás como miembro de la facultad, había tenido conflictos con los administradores aliados con el líder kurdo Massoud Barzani. En Austria había escrito artículos acusando al todopoderoso Partido Democrático del Kurdistán PDK, de Barzani, de corrupción, al mismo tiempo que calificaba a los miembros de su servicio de inteligencia, Parastin, de criminales, y a su jefe -el hijo de Barzani-, de "chulo".
Pero, dijo Qadir, esa noche no llegó a su casa. Traicionado por sus antiguos alumnos, que sin que lo supiera él se habían incorporado a la policía secreta, dice que fue secuestrado tras salir del hotel. Ahora está en prisión aquí, sentenciado el mes pasado a 30 años por difamar al servicio secreto y a líderes políticos kurdos después de un juicio que duró 15 minutos.
Su caso, aunque extraordinario, no es de ninguna manera único. Dos periodistas de la provincia de Wasit al este de Iraq central corren el riesgo de ser condenados a diez años de prisión por sugerir que los jueces iraquíes se postran ante las autoridades estadounidenses del mismo modo que durante el régimen de Saddam Hussein los tribunales aprobaban automáticamente los edictos del Partido Baaz. Los periodistas, Ayad Mahmoud al-Tamimi y Ahmed Mutair Abbas, habían también acusado al entonces gobernador de Wasit, de corrupción, y lo habían llamado bastardo, que es aquí un grave insulto.
Considerados juntos, los procesos indican lo mucho que queda del viejo Iraq en el nuevo país democrático. La nación ha dado extraordinarios pasos alejándose de sus estructuras totalitarias: el derrocamiento y juicio de un dictador genocida, dos elecciones nacionales y la redacción de una Constitución. Pero todavía está por verse cuán lejos llegará Iraq en su trayecto hacia una verdadera democracia al estilo occidental.
En gran parte del sur de Iraq, por ejemplo, el verdadero poder está cada vez más en manos de milicias chiíes que obedecen a líderes religiosos e implementan un gobierno de estrictas costumbres islámicas y tratan a las mujeres como ciudadanos de segunda clase. Ahora, los procesos de periodistas sugieren que el nuevo gobierno iraquí se encuentra en una encrucijada. ¿Volverá a la intimidación de los medios de comunicación sancionada por el estado o permitirá el tipo de libre flujo en el intercambio de las ideas que florecen en diarios, bitácoras y otros medios de comunicación en el mundo occidental?
"Estos casos sientan un terrible precedente y estamos seguros de que harán que los periodistas lo piensen dos veces antes de escribir sobre personajes políticos con poder", dijo Joel Campagna, coordinador de programas para Oriente Medio y África del Norte del Comité por la Protección de los Periodistas, un grupo de observadores de Nueva York.
Como es el caso de otros países liberados recientemente del autoritarismo, Iraq está todavía probando los límites de una libertad de expresión razonable, y algo de los insultos y fabricación de rumores que son claramente transgresiones de los límites. Gran parte de las críticas de Qadir exceden lo que sería tolerado en otros países de Oriente Medio, especialmente sus afirmaciones sobre las proclividades sexuales del clan de Barzani.
Varios periodistas kurdos que han calificado el encarcelamiento de Qadir de escandaloso dicen que se sienten, sin embargo, incómodos con algunos de sus escritos, llamándolos ofensivos y despiadados. En realidad, Qadir dijo en una entrevista en la cárcel que había pedido disculpas por partes de esos artículos que ahora dice que contenían insultos personales impropios. Pero juró seguir criticando la corrupción oficial, incluyendo lo que dice que son secuestros secretos de la policía.
Pero las autoridades iraquíes van cada vez más, más allá de limitarse a responder a acusaciones injustas o falsas, dicen Campagna y otros observadores, utilizando los tribunales como instrumentos de intimidación para desalentar que se informe sobre la corrupción y abusos de poder. Iraq, agregó, "está siguiendo el mal ejemplo de sus vecinos, que detienen, procesan y encarcelan sobre bases rutinarias a periodistas por hacer su trabajo".
Por su parte, el Partido Democrático del Kurdistán PDK dice que casi todas las acusaciones de Qadir son falsas. Su detención se produjo con una orden de detención oficial, dijo un funcionario del PDK y la policía secreta, que pidió que no se mencionara su nombre porque no estaba autorizado a hablar públicamente sobre el caso. Dijo que Qadir había tenido un juicio justo y que, al contrario de lo que él afirma, no ha sido maltratado en la cárcel, ni obligado a dormir en sus propios excrementos, ni amenazado con torturas ni privado de agua y comida. Massoud Barzani "no tiene nada contra él", dijo el funcionario.
El partido kurdo tolera informes sobre la corrupción oficial y apoya reducir las leyes contra la difamación a una menor cantidad de artículos de tipificaciones que podrían iniciar procesos penales, dijo el funcionario. Pero también dijo que los escritos difamatorios con la intención de ser usados "como armas políticas" deberían todavía ser sometidos a jiicio. Los escritos de Qadir entran en esa categoría, dijo.
El caso de Qadir ha llamado la atención internacional y concentrado una enorme presión sobre los líderes kurdos. Un alto funcionario del PDK, que controla el oeste de Kurdistán, dijo que la sentencia de Qadir se reduciría a un año y que se permitiría que su familia lo sacara de la cárcel con una fianza. El funcionario dijo que un tribunal resolvería el caso en las próximas semanas.
Pero Qadir puede todavía estar en un serio peligro judicial debido a demandas todavía no vistas, dijo Ismael Khalil Shakeeb, presidente del tribunal en Erbil y uno de los jueces que lo sentenció el mes pasado. "Ha insultado a muchas personas", dijo.
Qadir, 48, dice que una declaración emitida por Estados Unidos en la Voz de América posiblemente le salvó la vida. Un funcionario estadounidense en Bagdad dijo que Washington había discutido el caso con funcionarios kurdos. Delegaciones que incluían a funcionarios austriacos han visitado la cárcel, dice, agregando presión que mejoraron enormemente sus condiciones de retención.
El Kurdistán, en muchos respectos, es la parte más occidental y próspera de Iraq, tras haber vivido una década o más de independencia virtual incluso antes de la invasión estadounidense. Pero los escritores aquí son amenazados y detenidos si se meten en líos con el PDK, dice Qadir.
"No tenemos libertad de expresión", dijo en una entrevista la tarde del viernes en la cárcel de Erbil. "Todo es arbitrario; ellos pueden detener a quien quieran. Yo nunca pensé que iba a ser víctima de los kurdos".
Las quejas de Qadir sobre las restricciones de la libertad de prensa son confirmadas por Rebin Ismael, antiguo editor de un importante diario kurdo y que ahora dirige una organización americana de ayuda en Erbil.
En Kurdistán, dice, no es raro que la policía secreta amenace o arreste a periodistas que no siguen la línea del partido PDK. En los últimos años han arrestado a más de una docena de periodistas, dice, pero los casos no son nunca reportados en Kurdistán porque los otros periodistas tienen miedo de criticar al partido.
"Generalmente los periodistas o escritores no conectados al partido viven bajo una permanente amenaza", dijo Ismael. "Si escribes algo que no les conviene, te arrestarán o te llamarán por teléfono y te amenazarán".
Dijo que él y su esposa, una periodista kurda cuyos artículos ridiculizaban al partido, no ha dormido en su casa desde hace ya un mes, porque huyo tras recibir amenazas.
Altos funcionarios del partido kurdo dijeron que Ismael era un periodista fiable y respetado, pero se molestaron con sus comentarios. Los cuatro periodistas que según Ismael habían sido detenidos, dijo el funcionario, no estaban detenidos sino que habían sido llamados por la policía para una "entrevista".
Dijo que no sabía cuántos otros periodistas han sido llamados a esas ‘entrevistas’. Dijo que sólo otro escritor, aparte de Qadir, han sido enviado a la cárcel en los últimos años.
Qadir, nacido y criado en el Kurdistán, es ahora un ciudadano austriaco donde estudió y vivió hasta 1991, cuando el Kurdistán se liberó efectivamente tras la Guerra del Golfo Pérsico. Volvió para enseñar derecho y ciencias políticas en la Universidad de Salahaddin, pero chocó con el gobierno cuando habló en clases sobre los abusos del PDK, dijo. El nepotismo y las extorsiones son todavía escandalosas hoy, dijo.
Dejó la universidad hace algunos años, dijo, y volvió a Austria, donde continuó escribiendo sobre el Kurdistán para publicaciones en internet, adoptando un tono estridente y despectivo que llevó sus críticas mucho más allá de lo que los que viven aquí contemplarían. Acusó a funcionarios del PDK de desviar fondos públicos y de espiar para la KGB y el Mossad israelí y escribió que un miembro del clan de los Barzani era homosexual y otro había tenido aventurillas con mujeres rusas.
Dice que lamenta haber llamado "chulo" al Massur Barzani, hijo del presidente kurdo. Pero dice que el servicio secreto utiliza a menudo a prostitutas para reunir información.
El funcionario del PDK dijo que las críticas contra la policía secreta y los ataques personales contra los Barzani eran todas falsas. Pero admitió que no sabía si la policía secreta utilizaba o no a prostitutas para reunir información.
Si le dejan en libertad y permiten que permanezca en el Kurdistán, Qadir dice que continuará criticando lo que caracteriza como un ambiente de estado policial en el Kurdistán. "No sabía lo que pasaba en el Kurdistán, donde la policía secreta secuestra a la gente", dijo.

Yerevan Adham, en Erbil y Salahaddin, y Mona Mahmoud y Ali Adeeb en Baghdad contribuyeron a este reportaje.

26 de enero de 2006

©new york times
©traducción mQh

condiciones sunníes


[Richard Boudreaux] Políticos iraquíes dicen que su bloque no participará en el nuevo gobierno si incluye a funcionarios responsables de la brutalidad policial contra su grupo.
Bagdad, Iraq. Un líder del bloque político sunní más grande del país dijo el domingo que rechazaría todo gobierno que incluyera a funcionarios responsables de la brutalidad policial contra su minoría, una posición destinada a remover al poderoso ministro chií del Interior.
Tariq Hashimi del Partido Islámico de Iraq explicitó sus condiciones para formar parte de un gobierno de "unidad nacional" después de que la mayoría de los dirigentes iraquíes pidieran esa solución para apaciguar la insurgencia sunní.
La participación sunní en el primer gobierno a término pleno de Iraq desde el derrocamiento de Saddam Hussein en 2003 es aquí una prioridad diplomática estadounidense. La exclusión de los sunníes echaría por tierra los intentos de poner fin al conflicto y solucionarlo por medios políticos, para reducir el número de tropas estadounidenses en Iraq.
Durante el fin de semana murieron al menos 17 iraquíes, y el domingo las autoridades encontraron los cuerpos de 29 hombres, capturados aparentemente la semana pasada después de que solicitaran voluntariamente trabajo en la policía.
En Bagdad murieron dos miembros de la fuerza aérea y un tercero quedó herido el domingo tras la explosión de un bomba improvisada, anunciaron hoy los militares.
Los nombres de los militares, asignados al Grupo de Apoyo de la Misión Expedicionaria 586, no han sido revelados aún. Sus muertes deben ser comunicadas a sus familias.
Las negociaciones para la formación de un gobierno se han intensificado desde el viernes, cuando se dieron a conocer los resultados, completos aunque no oficiales de momento, de las elecciones parlamentarias del 15 de diciembre. Los resultados definitivos serán entregados en unas seis semanas.
Se espera que los bloques chií y kurdo que dirigen el gobierno de transición unan fuerzas para formar una nueva alianza gobernante. Obtuvieron 181 escaños en el parlamento, tres menos de la mayoría de dos tercios necesaria para formar un nuevo gobierno, pero podrían conseguir los escaños que necesitan llegando a acuerdos con grupos chiíes y kurdos más pequeños.
La mayoría de los dirigentes chiíes y kurdos han apoyado el objetivo norteamericana de ampliar el gobierno para incluir a los sunníes, cuyos dos principales bloques obtuvieron 55 escaños en el parlamento. Sin embargo, su consecución exigirá fuertes compromisos entre chiíes, kurdos y sunníes.
"No hay un resultado predeterminado de que vayamos a lograr un acuerdo entre estos tres grupo", dijo un diplomático occidental que supervisa las negociaciones. "Todos dicen que están dispuestos a considerarlo, pero no significa que el éxito esté asegurado".
En una rueda de prensa el domingo, Hashimi dijo que la primera condición de su bloque sunní para integrar el nuevo gobierno es la garantía de la seguridad personal de los sunníes, que han sido víctimas de maltratos a manos de la policía del ministerio del Interior durante el régimen de transición.
"Tenemos objeciones contra algunos personajes que han atacado a nuestra gente", dijo, sin mencionar nombres. "No permitiremos que nadie que haya participado en la violación de derechos humanos tenga puestos ministeriales".
Las observaciones estaban claramente dirigidas contra Bayan Jabr, cuya reputación como ministro del Interior se ha visto enturbiada por acusaciones de torturas y asesinatos de presos sunníes, realizados por la policía predominantemente chií. Jabr, una influyente figura en la alianza gobernante chií, ha negado su participación en esos abusos.
Hashimi no dijo quién debería ocupar el cargo de ministro del Interior, ni insistió en que debiese ser un sunní. Eso deja abierta la posibilidad de que la alianza chií, que ha insistido en controlar ese ministerio, encuentre a algún candidato aceptable para los sunníes.
El líder sunní fijó otras condiciones: Exigió el fin de la corrupción oficial, un "compromiso de honor" para poner fin a la lucha confesional y étnica, un acuerdo para fijar un calendario de retirada de las tropas estadounidenses, y la promesa de "no impedir" los cambios constitucionales que exigen los sunníes a fin de impedir que las regiones chiíes y kurdas dominen el petróleo de Iraq.
La última exigencia podría ser la más difícil de resolver. Abdelaziz Hakim, un influyente político chií, se opone a cambios significativos de la constitución, así como la mayoría de los chiíes elegidos para el parlamento.
Se espera que Hashimi sea un actor clave de las negociaciones de las próximas semanas, junto con el presidente Jalal Talabani, y Massoud Barzani, ambos kurdos, y el primer ministro Ibrahim Jafari o el vice-presidente Abel Abdul Mehdi -el que es el candidato elegido por la alianza chií para dirigir al nuevo gobierno.
Para que las negociaciones puedan proseguir, los funcionarios deben resolver cuestionamientos de los partidos chiíes, kurdos y sunníes en cuanto a la distribución exacta de los escaños anunciada el viernes, un proceso que tomará al menos diez días.
La policía dijo que los 29 cadáveres encontrados el domingo eran aparentemente de los hombres que habían viajado en un grupo más numeroso desde la ciudad de Samarra a Bagdad para unirse al cuerpo de policía. Decenas de ellos fueron rechazados y muchos de ellos fueron secuestrados en puestos de control de los insurgentes cuando volvían a casa el fin de semana. Otros diez cuerpos fueron encontrados el sábado en el mismo área, a unos 65 kilómetros al norte de Bagdad.
En el incidente más mortífero el domingo, desconocidos lanzaron granadas contra la casa de un agente de policía chií en Balad Ruz, a 70 kilómetros al nordeste de Bagdad, matando a su hermano y a cuatro de sus hijos, de edades de 6 a 13 años.
Entretanto, los dos partidos del bloque kurdo han firmado un acuerdo para crear un solo gobierno kurdo en las tres provincias del norte, terminado así formalmente años de división y hostilidades que estallaron violentamente a mediados de los años noventa. La unificación busca reforzar la relativa autonomía de la región con respecto al gobierno central iraquí.
El acuerdo pondrá al Partido Democrático del Kurdistán, de Barzani, que controla las provincias de Irbil y Dahuk, también a cargo de la provincia de Sulaumaniya. Un representante de la Unión Patriótica del Kurdistán será nombrado jefe de la milicia regional y se repartirán los puestos del gabinete.

Raheem Salman y Asmaa Waguih contribuyeron a este reportaje.

23 de enero de 2006

©los angeles times
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condenado por homicidio de iraquíes


[Josh White] Oficial del ejército estadounidense convicto en casos de muerte de iraquíes durante torturas.
Un interrogador del ejército que asfixió en un saco de dormir a un general iraquí que se negaba a colaborar durante interrogatorios en el norte de Iraq en 2003, fue condenado el sábado por homicidio por negligencia y abandono de deberes con resultado de muerte después de que un jurado en Colorado decidiera que la muerte del general no era asesinato.
El contramaestre Lewis E. Welshofer Jr., 43, fue llevado a juicio por la muerte del general de división iraquí Abed Hamed Mowhoush, un partidario de alto rango de Saddam Hussein del que se creía que dirigía la resistencia iraquí en el área de Qaim cerca de la frontera siria. Mowhoush murió mientras estaba metido atado en un saco de dormir americano, durante una parte particularmente agresiva de un interrogatorio con que se pretendía hacerlo hablar.
Durante su juicio en Colorado Springs en una corte marcial que duró una semana, Welshofer declaró que había usado el saco de dormir después de que fracasaran otros intentos de obtener información de Mowhoush y que creía que la técnica "claustrofóbica" había sido aprobada por sus superiores como una "posición incómoda", de acuerdo a informes de la Associated Press y a observadores de Human Rights First en el juicio.
El supervisor de Welshofer, la mayor de ejército Jessica Vos, declaró que había aprobado el uso del saco de dormir, pero que no sabía que Welshofer también ataba con una cuerda al general ni que se sentaba sobre él mientras lo interrogaba.
Mowhoush, del que el ejército creía que se había reunido con Hussein tras la invasión estadounidense de Iraq y que habría supuestamente financiado ataques rebeldes, era una importante captura para las tropas estadounidenses en noviembre de 2003. Pero resultó ser muy testarudo y durante dos semanas varios intentos de hacerle hablar en un recinto conocido como el "Hotel del Herrero" lograron poca información.
De acuerdo a un acta judicial y a informes clasificados sobre su tratamiento obtenidos por el Washington Post, Mowhoush fue sometido a una severa paliza por un grupo secreto de paramilitares iraquíes, llamados los Escorpiones, que trabajaban para la CIA. Un testigo que declaró detrás de una cortina durante el juicio de We;shofer fue identificado accidentalmente como un colaborador de la CIA y otros testigos también dijeron que Mowhoush había sido golpeado tan brutalmente por iraquíes que tenía dificultades para respirar y no podía caminar sin ayuda.
El caso no sólo expuso al grupo secreto de la CIA sino también reveló que los oficiales norteamericanos no estaban dando directivas claras en cuanto a métodos de interrogatorio durante una frustrante parte de la guerra, incluyendo al menos un mensaje de Bagdad diciendo a los interrogadores que había que "sacarse los guantes" y pidiendo una lista de deseos de técnicas de interrogación. La técnica del saco de dormir era una de las que Welshofer quería utilizar y para la que pidió permiso.
"Lo que estaba haciendo, lo hacía abiertamente, y lo estaba haciendo porque creía que la información, de hecho, salvaría vidas" dijo el abogado civil de Welshofer, Frank Spinner, de acuerdo a la AP. Spinner agregó que estaba decepcionado con el veredicto. "El veredicto reconoce el contexto en que tomaron lugar los hechos. Era una época muy difícil en Iraq. Había confusión, y no estaban recibiendo órdenes claras de los mandos".
David Danzig, manager de la campaña de Human Rights First, ‘End Torture Now’, y un observador del juicio, escribieron en una bitácora diaria sobre el juicio, que Welshofer trataba de interpretar las directivas de sus superiores en Bagdad al mismo tiempo que proponía tácticas de interrogatorio anticuadas, que iban más allá de la Guerra Fría.
"Reconocieron que lo que habíamos practicado en la escuela no funcionaba", citó Danzig la declaración de Welshofer. "Estaban buscando ideas fuera de lo común".
Que no se lo haya condenado por asesinato -y potencial a cadena perpetua-, indica que el jurado creyó que Welshofer no trató de matar a Mowhoush, pero que debería haber sabido que la táctica que usaba podía causar la muerte. Mowhoush dejó de respirar durante el interrogatorio, y los intentos de revivirlo no tuvieron éxito. La condena por homicidio negligente puede resultar en una condena máxima de tres años de prisión, y la condena por abandono de deberes con resultado de muerte en una condena adicional de tres meses. Las vistas para la sentencia comenzarán hoy.
El mayor Tiernan Dolan, encargado de la acusación, dijo que el tratamiento a que sometió Welshofer a Mowhoush "puede ser razonablemente descrito como tortura" y que "trató al general peor de lo que tratas a un perro", sabiendo que tenía la obligación de tratar humanamente al detenido, informó la AP.
El contramaestre Jefferson L. Williams, analista de inteligencia, y el especialista Jerry L. Loper, guardia, fueron liberados de la acusación y recibieron inmunidad para declarar contra Welshofer. Un cuarto soldado, el sargento primero William Sommer, también fue absuelto de la acusación de homicidio y recibirá probablemente un castigo administrativo. Los tres estuvieron presentes durante el interrogatorio en el que murió Mowhoush.

23 de enero de 2006

©washington post
©traducción mQh

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el iraq del procónsul bremer


[Michiko Kakutani] En la pesadilla iraquí.
Cuando el embajador L. Paul Bremer III llegó a Bagdad en mayo de 2003 como el procónsul estadounidense en Iraq, asumió el cargo en el extranjero más importante ocupado por algún estadounidense desde el general Douglas MacArthur en Japón. Aunque cuando fue nombrado por el presidente Bush sabía poco sobre Iraq, Bremer se convirtió, como escribe en su nueva y reveladora memoria, "la única figura de autoridad absoluta -aparte del dictador Saddan Hussein- que la mayoría de los iraquíes conocían". Su mandato era tan amplio como sus poderes: supervisar la reconstrucción de todo un país, desde sus instituciones políticas hasta su maquinaria económica y su infraestructura de seguridad.
Cuando Bremer partió 14 meses más tarde, tras traspasar su autoridad a un gobierno interino, muchos críticos -en Washington, en las fuerzas armadas y en la prensa- fueron mordaces en su evaluación de su actuación. La resistencia había florecido, la violencia y las bajas estaban aumentando, y las esperanzas de un Iraq democrático rápidamente estabilizado se estaban desvaneciendo. Bremer fue acusado de permitir que la situación de violencia se deteriorase. En particular, se lo acusaba de desbandar el viejo ejército iraquí, una medida que muchos detractores dijeron que había contribuido al vacío de seguridad y puso a varios cientos de miles de iraquíes armados en las calles, sin trabajo y sin salario, como ha argumentado George Packer, escritor del New Yorker. Bremer fue también acusado de emitir una orden que excluía a miles de funcionarios del Partido Baaz de sus puestos en la administración, privándose con ello de administradores iraquíes con experiencia.
‘My Year in Iraq’, una amalgama de cuentos y sinceridad, es parcialmente una explicación (o racionalización) de las medidas que tomó Bremer como el hombre de Estados Unidos en Bagdad, parcialmente un intento de entregar una advertencia ("Se los dije") a sus colegas en el gobierno, y parcialmente un intento de dispersar (o reasignar) la responsabilidad (o culpa), identificando a quiénes en la Casa Blanca, el Pentágono o el Departamento de Estado autorizaron o tomaron decisiones críticas hechas durante su mandato.
Bremer trata algunos temas, como el de las torturas a los prisioneros en Abu Ghraib, de una manera extremadamente superficial, mientras explica otras, como el debate sobre el calendario para la devolución de la soberanía, en considerable detalle, y desecha arrogantemente el Proyecto Futuro de Iraq del Departamento de Estado, el que según muchos críticos, fue dejado de lado debido a las tensiones con el Pentágono, por no ofrecer un plan práctico para el Iraq de posguerra.
Mientras el libro rebosa de argumentos conocidos del gobierno sobre la importancia de deponer a Hussein, hace un retrato inquietante de la conducción de la ocupación por el gobierno. Es un retrato que en muchos respectos ratifica lo que los críticos de la guerra y de la posguerra han dicho todo el rato: que no habían suficientes tropas norteamericanas para proporcionar seguridad y contener la creciente resistencia; que, como dijo Bremer al vice-presidente Dick Cheney en el otoño de 2003, Estados Unidos no tenía una "estrategia para la victoria" viable en la posguerra; y que, como dijo a Condoleezza Rice en mayo de 2004, Estados Unidos se había convertido "en lo peor de todo: un ocupante ineficaz".
Al mismo tiempo, ‘My Year in Iraq’ sugiere que el proceso de toma de decisiones dentro del gobierno fue frecuentemente caótico y contraproducente, llevando, por ejemplo, a la dilación en cuanto al agitador y clérigo chií Moqtada al-Sáder, en lugar de tomar medidas decisivas contra él (como Bremer había pedido) antes de que su militante movimiento se descontrolara.
El libro subraya el grado en que ciertas ideas fijas de miembros del gobierno entorpecieron la planificación de posguerra, tales como la noción de que Estados Unidos podía "entregar rápidamente toda la autoridad a un grupo de selectos exiliados iraquíes", como Ahmad Chalabi, aunque, señala Bremer, esos exiliados carecían de credibilidad para amplios sectores de la población.
Y finalmente el libro destaca la gran brecha entre la realidad en el terreno en Iraq y las ilusiones y la mala inteligencia que conformaba el pensamiento conservador del gobierno. Afirmaciones, por ejemplo, de que las exportaciones de petróleo pagarían la reconstrucción del país, cuando, de hecho, el sabotaje de los oleoductos y la decrépita infraestructura industrial significaban enormes gastos simplemente para mantener funcionando la industria del petróleo iraquí. Y subestimación de los rebeldes como meros "bolsones de perdedores", cuando, de hecho, Bremer dice que leyó en el verano de 2003 un documento de los servicios de inteligencia antes de la invasión que mencionaba la estrategia de una resistencia organizada para que sería iniciada cuando y si colapsaba el régimen de Saddam.
La escasez estadounidense de inteligencia práctica sobre "la naturaleza del enemigo" se derivaba en parte, dice Bremer, de las prioridades de Washington fijadas por la estación de Bagdad de la CIA -"localizar las armas de destrucción masiva y capturar a los fugitivos baazistas de alto nivel dados a conocer notoriamente por la baraja de cartas de la lista de Buscados del Comando Central", en lugar de concentrarse en "los tipos que están volando Humvees y matando a nuestros soldados". La situación fue exacerbada por el hecho de que la Autoridad Provisional de la Coalición estaba crónicamente con falta de personal: en julio de 2003, observa Bremer, no había llegado ninguna de las 250 personas que había solicitado semanas antes, y "el papeleo en Washington retrasaría los fondos de construcción y el personal por casi un año".
Aunque Bremer no pidió públicamente más tropas americanas mientras estuvo en Iraq, dijo en el otoño de 2004, antes de la elección presidencial, que los niveles de las tropas inadecuados habían obstaculizado la ocupación al permitir antes el saqueo general para crear "una atmósfera de caos". En este libro, Bremer enfatiza mucho más convincentemente su creencia, durante su mandato en Iraq, de que se necesitaban más tropas para proporcionar seguridad al país y su temor a que el Pentágono -adhiriendo a la teoría del ministro de Defensa, Donald H. Rumsfeld de modernizar las fuerzas armadas- estuviera ansioso de "remplazar a las tropas estadounidenses con una policía iraquí no preparada", con agentes que habían sido sometidos a toda prisa "a cursos de adiestramiento truncados".
Bremer menciona un memorándum de septiembre de 2003 en el que Rumsfeld declaraba que "nuestro objetivo será incrementar las cifras iraquíes, tratar de obtener fuerzas internacionales adicionales" y "reducir el papel de Estados Unidos". Y escribe que Colin L. Powell dijo que esta visión estaba relacionada con preocupaciones de que el presidente tuviera que movilizar más unidades de la Guardia Nacional, incluyendo algunas de estados cruciales en un año de elecciones.
Rumsfeld parece haber ignorado las súplicas de Bremer. Antes de partir hacia Iraq en mayo de 2003, Bremer envió al ministro de Defensa una copia de un informe de la RAND que calculaba que se necesitarían 500 mil hombres para estabilizar el Iraq de posguerra -más de tres veces más que las cifras mostradas entonces. "Creo que deberías considerar esto", escribió Bremer en la cubierta del memorándum. Dice que Rumsfeld nunca se comunicó con él sobre el asunto.
Lo mismo pasó un año después, cuenta Bremer, cuando envió a Rumsfeld un mensaje observando "que el deterioro de la situación de seguridad desde abril deja en claro, al menos para mí, que estamos tratando de cubrir demasiados frentes con muy pocos recursos". Recomendó que el Pentágono "considere si la coalición debe desplegar uno o dos divisiones adicionales durante el año". Nuevamente, dice, nunca volvió a oír de Rumsfeld.
En cuanto al presidente Bush, Bremer dice que habló con él sobre el informe de la RAND en mayo de 2003 y tocó el problema de los niveles de tropas nuevamente al mes siguiente en una video-conferencia con el Consejo de Seguridad Nacional, presidido por Bush.
Sobre el polémico asunto de desbandar al ejército iraquí, Bremer argumenta, como lo hace en entrevistas, que "el antiguo ejército había desaparecido hace tiempo" para cuando él llegó a Iraq: "cuando los reclutas iraquíes vieron el curso que tomaba la guerra en 2003, simplemente desertaron y volvieron a sus casas y granjas". La decisión de disolver formalmente el ejército de Hussein, contiende Bremer, tenía por objetivo "demostrar al pueblo iraquí" que Estados Unidos había destruido "las bases del régimen de Saddam". Esa decisión, agrega Bremer, no fue solamente suya, sino que tomada en consultas con el vice-ministro de Defensa, Paul Wolfowitz y el subsecretario de Defensa, Douglas Feith, y fue autorizada por Rumsfeld.
La exclusión de los antiguos baazistas de funciones de la administración fue más complicada. Bremer escribe que incluso antes de que él llegara a Bagdad, Feith le mostró el borrador de un decreto sobre la "debaazificación de la sociedad iraquí" y dijo que estaba pensando en hacer que el predecesor de Bremer en Bagdad, Jay Garner, emitiera la orden antes de su nombramiento.
Pero convencieron a Feith de que dejara que la orden la decretara Bremer mismo, cuando llegara a Bagdad. Su implementación, escribe Bremer, fue dejada en gran parte en manos de iraquíes del Consejo de Gobierno, como Chalabi, que era cercano a Feith y otros neo-conservadores en el Pentágono. "Nuestra política de debaazificación se atacaba solamente al uno por ciento superior de los miembros del partido", escribe, "pero bajo la dirección de Chalabi, el Consejo para la Debaazificación iraquí amplió la medida, por ejemplo, privando a miles de maestros de sus trabajos". Retrospectivamente, agrega Bremer, se había "equivocado en dejar en manos de un organismo político como el Consejo de Gobierno la responsabilidad de supervisar la política de debaazificación".
En un punto, hablando sobre el Consejo de Gobierno iraquí, Bremer dijo a Wolfowitz: "Esa gente ni siquiera puede organizar una parada; muchos menos podrán dirigir un país".
Como este libro deja en claro, las agendas secretas y no tan secretas de funcionarios de Washington y exiliados como Chalabi, junto con los conflictivos intereses de varios representantes chiíes, sunníes y kurdos, convirtieron muchas de las 18 horas diarias de Bremer en maratones de frustrantes resoluciones de conflictos. Junto con las exigencias diarias de supervisar un país que amenazaba con deslizarse en el caos y los exasperantes problemas burocráticos a la hora de poner en marcha los planes más sencillos, le dan un significado enteramente nuevo al concepto "manejo de crisis" y dan al lector una razonable impresión de las asombrosas dificultades de la situación en Iraq.

Libro reseñado:
My Year In Iraq. The Struggle to Build a Future of Hope
L. Paul Bremer III with Malcolm McConnell
Ilustrado
417 páginas
Simon & Schuster
$27

12 de enero de 2006

©new york times
©traducción mQh

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italia retira tropas de iraq


[Ian Fisher] Para fines de año se anuncia retiro de tropas italianas.
Roma, Italia. Para fines de año, Italia retirará de Iraq sus casi tres mil tropas, declaró ayer jueves el ministro de Defensa.
El anuncio se produce durante una duramente disputada campaña de elecciones en un país donde la presencia de tropas italianas en Iraq no es popular.
"No es una retirada, que es una palabra que no existe en nuestro vocabulario", dijo el ministro, Antonio Martino, a una comisión parlamentaria. Se trata, dijo, de un "retorno correcto y digno".
Es el primer anuncio formal de los planes de Italia de retiro de sus tropas en Iraq, aunque el gobierno de centro-derecha del primer ministro Silvio Berlusconi mencionó la decisión, a los votantes italianos y al gobierno de Bush en Washington, hace meses. Berlusconi se está quedando atrás en los sondeos de opinión y la decisión busca aliviar la presión sobre este tema particularmente sensible.
Italia redujo en 300 hombres sus tropas en Iraq el año pasado, y Martino dijo que otros 300 dejarían pronto el área que patrullan en los alrededores de la sureña ciudad de Nasiriya hacia fines de enero.
Dijo que mil soldados más dejarán Iraq hacia junio, ante de la retirada final de las tropas italianas a fines de año. Para entonces, dijo, "la misión estará considerad terminada y cumplida".
Los sondeos indican que la mayoría de los italianos se opone a la presencia de sus tropas en Iraq, debido a la oposición general a la guerra y al temor de que coloca a Iraq en una posición vulnerable ante un atentado terrorista. La oposición de centro-izquierda, dirigida por el ex primer ministro Romano Prodi, se opone vigorosamente a la participación de Italia en Iraq, aunque sus dirigentes han dicho que no quieren poner en peligro la estabilidad de la región retirando las tropas inmediatamente.
Italia tiene el cuarto contingente en tropas en Iraq. Aunque no es una presencia numerosa, el gobierno de Bush, ansioso de demostrar que la campaña en Iraq es una carga compartida por aliados, reaccionó con indignación el año pasado cuando Berlusconi mencionó por primera vez la posibilidad de una retirada de sus tropas.
Sin embargo, el jueves la Casa Blanca calificó el anuncio de Italia "una indicación del progreso" de que las tropas iraquíes estaban tomando poco a poco el control del país.
"Italia está haciendo todo en estrechas consultas con las fuerzas de la coalición", dijo Scott McClellan, vocero de la Casa Blanca, en Washington.
En discusiones públicas previas sobre una retirada de tropas, Berluscono y otros funcionarios italianos se mostraron cautelosos al comentar sus opciones, diciendo que no ocurriría nada sin la aprobación de Estados Unidos, Iraq y otros aliados. En su anuncio del jueves, Martino dijo que la retirada se ajustaba a los planes de Estados Unidos, la OTAN e Iraq.
Martino dijo que era posible que personal italiano, incluyendo a soldados, se quedaran en Iraq después de fin de año, aunque sólo como parte de un equipo civil para la reconstrucción.

20 de enero de 2006

©new york times
©traducción mQh

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general iraquí murió torturado


[Nicholas Riccardi] Métodos siniestros son ilustrados por juicio por homicidio de general iraquí.
Ft. Carson, Colorado, Estados Unidos. La llamaban la "técnica del saco de dormir".
Los interrogadores de una cárcel improvisada al poniente de Iraq, desesperados por quebrar a acusados de ser rebeldes, los metían de cabeza en un saco de dormir
al que habían perforado un pequeño agujero en el fondo, para impedir que el secuestrado se asfixiara.
El jefe oficial técnico Lewis E. Welshofer Jr., utilizó el método con un general iraquí como un intento de último recurso por obtener información cuando la unidad de Welfshofer se encontraba en medio de una ofensiva contra los insurgentes y necesitaba desesperadamente datos de inteligencia.
La técnica no aparece en el Manual de Campaña del Ejército, pero Welfshofer declaró el jueves que creía que estaba permitida después de que sus comandantes dijeran a los interrogadores que "se sacaran los guantes".
Pero Welshofer no obtuvo información.
Los fiscales militares afirman que el general de división Abed Hamed Mowhoush, 57, se asfixió en el saco de dormir cuando Welshofer se sentó sobre él. El juicio de Welshofer por homicidio, que empezó esta semana en la base de Tercer Regimiento de Caballería Blindada que estaba asignado en Iraq, abre una ventana al turbio mundo de los interrogatorios militares.
Problemas planteados por los fiscales y la defensa sobre cómo calibrar los interrogatorios durante la guerra contra el terrorismo se hacen eco de aquellos planteados durante el escándalo de la prisión de Abu Ghraib y el reciente debate en Washington sobre la prohibición de la tortura.
Welshofer dice que pasó meses en Iraq sin tener directivas claras sobre cómo hacer los interrogatorios. Cuando llegaron las instrucciones, dijo, eran vagas y pronto descubrió que su adiestramiento no le servía.
"En la escuela no había ninguna preparación para lo que encontraríamos en Iraq", dijo. "La doctrina se basaba en un enemigo de hace sesenta años".
Pero el fiscal, el teniente Tiernan Dolan, dijo que Welshofer sacó partido, o rechazó descaradamente, décadas de normas militares sobre cómo hacer interrogatorios. "Usted usa estratagemas psicológicas para dejar en claro al detenido que usted lo tiene todo bajo control", le dijo a Welshofer. "Pero usted cruzó la línea que separa el control psicológico del físico".
Cuando Welshofer y Mowhoush se conocieron en el otoño de 2003, la resistencia estaba ganando fuerza y los interrogadores estaban bajo presión para obtener pistas sobre los partidarios de Saddam Hussein, tales como el general capturado.
Los comandantes estadounidenses de la época pidieron a Welshofer una "lista de deseos" de nuevas técnicas de interrogatorios. A principios de septiembre, generales norteamericanos en Iraq emitieron una serie de directivas sobre los límites aceptables de los interrogatorios, que cambiaban a veces de semana en semana.
El miércoles declaró un testigo protegido por una pantalla -al que el fiscal se refirió involuntariamente como alguien que trabajaba para la CIA- dijo que Welshofer le contó el día antes de la muerte de Mowhoush que conocía las normas más recientes, pero que "las quebraba todos los días".
Welshofer dijo que no recordaba esa conversación, pero su abogado, Frank Spinner, alegó que su cliente se encontraba en una zona gris. Spinner citó desacuerdos al interior del gobierno de Bush sobre qué técnicas de interrogatorio constituían tortura. "En esto no hay normas claras", dijo Spinner a la comisión de seis oficiales, que determinarán si Welshofer es culpable o no. Si es hallado culpable, puede ser condenado a cadena perpetua.
Los interrogatorios tomaron lugar en una estación de trenes remodelada en las afueras de la occidental ciudad iraquí de Qaim. Se creía que Mowhoush estaba dirigiendo los ataques en la región y se había entregado él mismo a las autoridades con la esperanza de ayudar a sus hijos, que también se encontraban en manos norteamericanas.
En la prisión, Welshofer supervisaba a un puñado de interrogadores y a 40 oficiales de la inteligencia militar. Otro interrogador había inventado la técnica del saco de dormir, que según Welshofer estaba destinada a crear un efecto de claustrofobia. Welshofer dijo que un supervisor había aprobado la técnica, pero estaba preocupado de que los prisioneros pudieran respirar y sólo permitió que fuera aplicada por Welshofer y su inventor.
Welshofer reconoció el jueves que cuando se reunía con sus superiores, omitía que la técnica implicaba sentarse en el pecho del detenido.
Welshofer dijo que había empezado suavemente con Mowhoush. Dijo que empezó simplemente interrogando al general. Cuando Mowhoush negó su participación en la resistencia, los interrogatorios devinieron más acalorados. En dos semanas Welshofer pasó de conversar a abofetear al general frente a otros detenidos, colgarlo cabeza abajo y arrojando agua en su cara.
En ese tiempo, Welshofer estaba en un cuarto de interrogatorios cuando Mowhoush fue severamente golpeado por un grupo de iraquíes que, de acuerdo a informes publicados, eran pagados por la CIA. Un testigo dijo que Welshofer parecía estar dirigiendo ese interrogatorio, pero el acusado dijo que "no tenía el mando ni el control" en ese momento.
Dos días después, Welshofer tomó su decisión final. "Había agotado todas mis técnicas y toda mi experiencia, excepto ese método", dijo.
El especialista del ejército, Jerry L.Loper, un guardia de la prisión que está colaborando con la acusación, declaró que después de ser golpeado por los iraquíes (esos supuestamente pagados por la CIA), Mowhoush no podía caminar y que incluso el 26 de noviembre tenía dificultades para moverse y respiraba con dificultad. A las ocho de la mañana Loper llevó al general al cuarto de interrogatorios y las preguntas volvieron a empezar.
El general negaba todo tajantemente y, después de una respuesta negativa final, dijo Loper, Welshofer le dijo: "Si no responde, no le va a gustar lo que viene".
Welshofer dijo que a veces el general parecía cansado, pero que creía que estaba simulando su fatiga. Ordenó que le metieran el saco de dormir verde oliva por la cabeza y que lo amarraran con un cable de electricidad como "enrollando un yo-yo" para sujetar el saco a su cuerpo. El general pesaba 135 kilos. El general fue depositado en el suelo, boca arriba, y Welshofer se sentó a horcajadas en su pecho y continuó haciéndole preguntas, colocando de vez en vez la mano sobre la boca del detenido, dijo el interrogador. Dijo que estaba impidiendo que el detenido invocara la ayuda de Alá.
Loper y otro testigo declararon que después de algunos minutos, el general dejó de responder y Welshofer se levantó. Entonces, dijeron, el general emitió un pesado suspiro y Welshofer se sintió aliviado de que no estuviera muerto. Welshofer dice que no recuerda ese momento.
Fue después de que el general fuera volteado sobre su estómago y Welshofer se sentara sobre su espalda, que volvió a guardar silencio. Welshofer le sacó el saco y observó una rara sonrisa en la cara del general, así que le arrojó agua para que respondiera. Entonces, dijo, se dio cuenta de que el general estaba muerto o muriendo, y llamó a los médicos, que empezaron una resucitación cardio-pulmonar.
Los militares dicen que el general fue sofocado durante el interrogatorio, pero la defensa llamó a un patólogo que declaró que la causa de la muerte de Mowhoush fue probablemente un paro cardíaco. Mowhoush tenía un corazón agrandado y otros signos de una afección cardíaca.
Welshofer, que pasó 17 años en el ejército, también está acusado de abofetear a otro detenido, meterlo en un saco de dormir, y golpearlo con el cuerpo. Dijo que no estaba seguro a qué detenido interrogó de esa manera, pero dijo que en un caso había usado su cuerpo para impedir que el prisionero se pusiera violento.

20 de enero de 2006

©los angeles times
©traducción mQh

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