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crímenes sectarios en iraq


[Alissa J. Rubin] Una ola de asesinatos de musulmanes sunníes y chiíes hace surgir espectro de guerra civil.
Bagdad, Iraq. Hassan Lami estaba pastoreando sus ovejas en un terreno cubierto de basura en la ciudad cuando seis hombres enmascarados, utilizando armas con silenciadores, le dispararon 30 veces.
Según se pudo determinar, el recién casado de 20 años fue asesinado esa mañana de julio porque era un musulmán chií.

Una semana después, otro hombre de 20 fue asesinado, esta vez por hombres que no se dieron la molestia de llevar máscaras. En su vecindario, la única razón que pudieron pensar sus vecinos sobre su asesinato, fue que Ahmed Dhirgham era un sunní cuyo padre había trabajado para el servicio de inteligencia de Saddam Hussein.
En las últimas seis semanas en el barrio de Ghazaliya, en el borde occidental de Bagdad, donde vivían los dos hombres, más de 30 personas han sido asesinadas en lo que parecen ser ataques puramente sectarios. Aunque otras formas de violencia, como los atentados kamikaze, han desestabilizado a Iraq, muchos temen que los asesinatos chiíes-sunníes sectarios que han escalado en Bagdad y otros lugares estén empujando al país hacia la guerra civil.
La atención de la elite y los medios de comunicación iraquíes se ha concentrado en los intentos de redacción de la constitución, pero el fracaso en refrenar la ola de asesinatos sectarios podría representar una mayor amenaza a la estabilidad del país que el fracaso en alcanzar un consenso constitucional, dijeron varios funcionarios del gobierno iraquí que pidieron no ser nombrados porque no quieren ser vistos como apuntando con el dedo a miembros de otra secta.
"Ahora el gobierno es tan ineficiente en cuanto al control de la situación que la seguridad se ha deteriorado, y así la situación política también se ha deteriorado", dijo un funcionario de gobierno que participó en las negociaciones sobre la constitución.
"Tienen que controlar la seguridad, de otro modo no importará qué hagamos aquí", dijo, hablando desde una oficina en la fuertemente fortificada Zona Verde.
"La gente no quiere constitución: lo que quieren es seguridad", dijo un ex general del ejército iraquí, un sunní que vive en Ghazaliya, hogar de chiíes y sunníes por igual. El hombre, que es conocido en el vecindario como Abu Arabm pidió que no se mencionara su nombre completo, por temor a convertirse en un blanco de asesinos.
Los asesinatos ojo por ojo abruman a muchos vecindarios mixtos de Bagdad, donde sunníes y chiíes vivían en paz. A menudo, la gente asesinada, tal como los dos hombres en Ghazaliya, no tienen nada que ver con política.
Estadísticas del gobierno iraquí muestran que los asesinatos sectarios se han casi duplicado en los últimos 12 meses, a pesar del aumento en la cantidad de agentes de policía en las calles y de patrullas de la guardia nacional iraquí. En julio, casi 700 de los 1.100 cadáveres llevados a la morgue central de Bagdad, mostraban impactos fatales de bala. No se dispone de cifras sobre los que no llegan a la morgue.
"El número de casos de gente tiroteada es enorme", dijo el profesor Abed Razaq Ibaidi, director suplente del Instituto Central de la Medicina Forense en Bagdad, la morgue más grande del país.
Los doctores creen que la mayoría de las víctimas de bala son víctimas de asesinato, porque tienen múltiples heridas de bala, muchas de ellas en el pecho. "La mayor parte de las veces, usan ametralladoras y parece que su uso es intencionado porque... disparan más de una vez en el área del pecho", dijo Ibaidi.
A veces los asesinatos son masacres. En abril se encontraron docenas de cuerpos, muchos de ellos de campesinos sunníes, en el río Tigris al sur de Bagdad. En mayo se descubrieron en una zanja en Bagdad 14 cuerpos de miembros de un clan árabe sunní. En julio se encontraron en un terreno eriazo en un enclave sunní cerca del borde sur de Bagdad, los cuerpos de 12 chiíes.
Los muertos son dejados a la berma de los caminos, en terrenos baldíos, abandonados en coches o minibuses agujereados de bala. Son tantos que el Instituto Central ha casi triplicado su personal de patología de 9 a 25 doctores, y trabajan casi las 24 horas del día.
Familias de las minorías étnicas en vecindarios como Ghazaliya están vendiendo sus casas y mudándose a lugares donde son mayoría. Con sólo evidencias anecdóticas, no está claro si esto se convertirá en un éxodo. La familia de Hassan Lami es una de las quiere marcharse: Ha puesto en venta su casa.
Una vez que la gente empiece a mudarse, la marea de inestabilidad será difícil de detener, dijo Ed Joseph, investigador del Wilson Institute, que trabajó en Bosnia-Herzegovina durante la guerra en ese país en los Balcanes a mediados de los años noventa.
Dijo que la probabilidad de la guerra civil aumenta si después de los ataques contra una comunidad, otros miembros de la minoría empiezan a huir, como hicieron los musulmanes en Bosnia después de que las aldeas fueran atacadas por soldados serbios.
"Una vez que la gente se marcha en masa, deben encontrar un lugar dónde ir", dijo. "Se marchan hacia lugares más seguros... donde está a cargo ‘gente como ellos'. Y entonces, a su vez, las hostilidades atacan a las minorías en las áreas donde han encontrado refugio.
"La cuestión es: ¿Cómo reacciona una comunidad cuando matan a uno de los suyos? Si no huyen, si se quedan y luego encargan un asesinato en represalia... será posiblemente menos probable que haya una guerra civil.
"Pero si empiezan a marcharse, se cuidan", agregó. "Hay grandes peligros. La gente en los Balcanes se dio cuenta de eso demasiado tarde: Una vez que comienza el desplazamiento, no hay vuelta atrás".
De momento, el clero chií ha pedido moderación en medio de los atentados suicidas que han atacado a grandes muchedumbres de chiíes, como el ataque en Musayyib a mediados de julio, que mató a 90 personas. Pero parece que algunos chiíes están buscando vengarse.
Lo que también complica el asunto son las alianzas confesionales de los servicios de seguridad. El ministerio del Interior y la policía son predominantemente chiíes, mientras que el ejército iraquí y algunas otras unidades y oficiales del ministerio de Defensa son sunníes. Y los asesinos se disfrazan a veces de agentes de seguridad, haciéndose difícil determinar si se trata de unidades falsas.
El vecindario de Ghazaliya ofrece una inquietante imagen del espacio local del terrorismos sectario. Entrar en Ghazaliya es entrar en un mundo en el que hombres amrados pueden matar a familias a voluntad y familias que venden con pérdidas las casas donde han vivido siempre o las abandonan antes que correr el riesgo de convertirse en las próximas víctimas.
Ghazaliya fue construido como una comunidad dormitorio para miembros del ejército y de los servicios secretos iraquíes; tiene al menos un 85 por ciento de sunníes, la minoría dominante de Iraq bajo Hussein.
El telón de fondo de los recientes asesinatos es la pelea en el barrio sobre la construcción de una mezquita. La pelea empezó casi inmediatamente después de la invasión norteamericana, cuando imanes chiíes llegaron al barrio y repartieron permisos a los residentes chiíes para construir una hussainiya -el nombre chií para mezquitas de barrio. El sitio escogido por los chiíes ya había sido reservado por los sunníes, que tenían sus propios planes para construir una mezquita allá.
Pero los chiíes empezaron la construcción y un popular doctor sunní local protestó. Poco después, fue asesinado por pistoleros que irrumpieron en su clínica después de que saliera el último paciente.
En el otoño de 2004, chiíes del barrio invitaron a peregrinos que se dirigían a la ciudad santa de Karbala a que pararan a comer y tomar té. Más de 1.000 chiíes se reunieron en la mezquita recién construida -un acto que los sunníes del barrio consideraron como una provocativa demostración de fuerza destinada a recordarles que ahora eran los chiíes los que estaban en el poder.
Pocas semanas después, fue asesinado un carnicero chií. Había estado planeando construir una segunda hussainiya.
"Un día después mataron a otro chií, de nombre Amar, y luego empezamos a olvidar cuántos habían sido asesinados", dijo Ahmed Najim, un vecino hasta que se mudara con su familia a otro lugar, hace dos meses. Najim, que todavía trabaja en la hussainiya como empleado de la limpieza, acompañó a la familia Lami a una entrevista con el reportero.
Este verano el número de asesinatos aumentó fuertemente. A cualquiera que se le pregunte en las calles de Ghazaliya, responderá que conoce a alguien que fue matado.
Pintadas garabateadas hace poco en una muralla del barrio cerca del pequeño centro comercial donde la familia Lami tenía su carnicería, decían: "Mataremos a 99 chiíes de aquí; llevamos 16".
El día que los miembros de la familia hablaron con el periodista, la cifra había subido a 21. A principios de septiembre, el número de bajas se había elevado a 25, incluyendo a un visitante de la hussainiya, que fue asesinado a la mañana siguiente de haber regalado a la mezquita 24 ventiladores. En el mismo período dos sunníes más fueron asesinados en el vecindario.
Entre los asesinados en las últimas semanas se encontraba Sadek Khafaji, 36, empleado de la limpieza en la hussainiya. Fue matado poco después de la puesta de sol mientras trataba de reparar los cables que iban desde un generador del barrio hacia la mezquita, dijo Najim, 24, que era cercano del hombre asesinado.
En contraste, la mayoría de los sunníes atacados en Ghazaliya estaban asociados con el antiguo régimen, dijeron vecinos del barrio. Sunníes del barrio creen que los asesinados estaban en listas negras compiladas por la Brigada Báder, una milicia chií aliada con el partido chií más importante, el Consejo Supremo de la Revolución Islámica en Iraq, y que son adiestradas por la Guardia Revolucionaria Iraní.
"Báder llegó con listas de nombres de oficiales iraquíes, especialmente oficiales de la fuerza aérea iraquí que tripularon bombarderos durante la guerra Irán-Iraq; en sus listas también había baazistas de alto rango. El asesinato sistemático de esa gente ya empezó", dijo Abu Arab, el ex general que vive en Ghazaliya. Rara vez sale de casa y se encuentra habitualmente en la parte de atrás, en un cuarto sin ventanas.
"Un piloto que vivía a unos 150 metros de mí fue matado porque había hecho misiones durante la guerra Iraq-Irán", dijo.
A principios de agosto, hombres armados atacaron a feligreses en una mezquita sunní en el barrio poco después de las oraciones del mediodía, dijo Abu Mohammed, otro ex general del ejército iraquí que había pasado a charlar con Abu Arab y también pidió que no se mencionara su nombre completo.
"Todos sabemos que la gente no lleva sus armas a la mezquita, así que abrieron fuego cuando estaban saliendo de las oraciones", dijo. "Mataron al imán y a varios otros".
En Ghazaliya, los sunníes creen que son los chiíes los que los están matando y los chiíes creen que son los sunníes, aunque vecinos sunníes dicen que ellos todavía hablan con sus vecinos chiíes y viceversa. Pero la generosidad está menguando.
La madre de Dhirgham, aturdida en la puerta de su casa, acusó a los chiíes, maldiciendo a Abdelaziz Hakim, el líder del Consejo Supremo de la Revolución Islámica en Iraq, y a la Brigada Báder.
"Todo sale de la salvaje cabeza de Al Hakim y de las milicias Báder", dijo la entristecida madre, que no quiso decir su nombre. "No es justo".
La familia Lami hace acusaciones similares contra los sunníes, aunque sus comentarios son más velados.
"Las mezquitas sunníes del barrio no han condenado estos asesinatos", dijo Qassim Lami, 40, hermano del pastor asesinado.
"El presidente Bush dijo, refiriéndose al 11 de septiembre, que cualquiera que no simpatice con nosotros está contra nosotros", dijo. "Esos sunníes no los están condenando, así que están contra nosotros".
Su madre asintió. "La gente que nos hace esto, son todos de Ghazaliya, todos nuestros vecinos son sunníes", dijo Nooriya Mussawi Lami.
La familia Lami y dos amigos dejaron el hotel donde nos habíamos reunido para la entrevista sobre Ghazaliya. Los dos hombres pararon en recepción y recogieron las pistolas que habían entregado al entrar.
Ahmed Najim sonrió tenso mientras metía su arma en el pantalón.
"Sólo recuerda", dijo, "que mañana te pueden decir que estoy muerto".

Caesar Ahmed y Suhail Hussain contribuyeron a este reportaje.

12 de septiembre de 2005
©los angeles times
©traducción mQh

guerra civil a la puerta


[Robert H. Reid] Grupos rivales iraquíes se preparan para enfrentamiento.
Bagdad, Iraq. Grupos rivales iraquíes se encaminan hacia un enfrentamiento a medida que el país se prepara para la histórica votación sobre la nueva constitución y el dramático juicio televisado de Saddam Hussein.
Es prematuro hablar de una guerra civil a toda escala; miles de tropas americanas están aquí justamente para impedir que eso ocurra.
Pero las tensiones están aumentando claramente, alimentada por antiguas rivalidades, los asesinatos de los nuevos ‘escuadrones de la muerte' y visiones ampliamente diferentes sobre el nuevo Iraq.
Quizás lo más inquietante es que no ha emergido un líder con una visión que transcienda los intereses estrechos de su propia comunidad, y que tenga la estatura política para llevarla a cabo.
En lugar de eso, el resentimiento que brotó entre kurdos y chiíes durante los años de la tiranía de Saddam ha producido una atmósfera constreñida de venganza antes que de reconciliación.
El destino de Saddam no es más que un ejemplo. La decisión de enjuiciar al ex presidente el próximo mes ha sido recibida con júbilo por muchos chiíes y kurdos, que sufrieron terriblemente bajo el régimen sunní.
Pero el martes pasado el presidente Jalal Talabani, un kurdo, declaró que Saddam ya había "confesado" y "merece ser ejecutado 20 veces al día por sus crímenes contra la humanidad". Eso provocó temores entre los árabes sunníes de que sus rivales estén más interesados en la venganza que en la justicia.
La política y la vida pública en el nuevo Iraq gira sobre líneas confesionales y étnicas -el mismo fenómeno que contribuyó a desintegrar a Yugoslavia.
Las nuevas fuerzas de seguridad iraquíes adiestradas por Estados Unidos son otro ejemplo. Están dominadas por los kurdos y chiíes, mientras que la mayoría de los rebeldes son árabes sunníes, muchos de ellos veteranos de las unidades que formó Saddam para reprimir la oposición.
En sus conversaciones los árabes sunníes se refieren a menudo a las fuerzas de seguridad por sus viejos nombres de milicia -los peshmerga kurdos- o la Brigada Báder chií, que pelearon contra Iraq en la guerra Irán-Iraq.
En formulaciones oídas en Iraq con creciente frecuencia, una mujer sunní dijo a la Associated Press Television News la semana pasada que su primo fue detenido por "las milicias Báder, algunos con uniformes de policía... simplemente por ser sunní".
"Le dijeron que ser ‘sunní' era lo mismo que ser terrorista", dijo.
Asesores militares americanos que adiestran a los kurdos en el norte han cuestionado abiertamente la lealtad de los reclutas.
La semana pasada, en una ceremonia en Nayaf, soldados chiíes gritaron ‘Larga Vida a Sistani', refiriéndose al gran ayatollah Ali al-Sistani, el clérigo nacido en Irán venerado por los chiíes, y visto con desconfianza por muchos sunníes.
Todas esas divisiones sectarias tienen un efecto positivo: Impiden que la resistencia se extienda más allá de la comunidad sunní.
Pero también amenazan con agregar una nueva e inquietante dimensión, casi un lento paso hacia la guerra civil: Casi todos los días aparecen cadáveres en las calles de Bagdad y otras ciudades, despojados de su identificación y con un disparo en la cabeza.
Tanto líderes sunníes como chiíes responsabilizan al otro lado de los ‘escuadrones de la muerte'.
En un brutal ejemplo, el mes pasado la policía encontró a 36 hombres muertos en una remota área cerca de la frontera iraní. Líderes sunníes dijeron que eran árabes sunníes asesinados por el ministerio del Interior (controlado por los chiíes), una acusación que el ministro rechazó.
En otro caso, docenas de campesinos chiíes huyeron en julio de sus tierras al sur de Bagdad después de advertencias de sunníes de la localidad de abandonarla o morir. Hubo algunos asesinatos.
Naciones Unidas dijo en un informe la semana pasada que "las graves acusaciones de ejecuciones extrajudiciales" subrayan el deterioro de la ley y el orden en Iraq. El informe citaba "versiones de primera y segunda mano" de Bagdad y otras cuatro áreas sobre "el uso sistemático de la tortura" durante los interrogatorios policiales.
Las áreas mencionadas en el informe incluyen partes del país donde predominan los tres grupos principales.
Las muertes masivas que causan los atentados kamikaze llaman la atención fuera del país. Pero es en la diaria letanía de asesinatos a pequeña escala -una granada en una tienda, un empleado del gobierno emboscado, un tiroteo cerca de una mezquita- la que ha desgastado la moral pública.
Las tensiones étnicas son más volátiles en el norte, donde muchos grupos, incluyendo a árabes sunníes, chiíes y también cristianos y turcomanos, comparten el temor al dominio kurdo. Los kurdos, por otra parte, creen que tienen derecho a más de las tres provincias que controlan ahora y quieren incorporar áreas con numerosas comunidades kurdas, incluyendo la ciudad de Kirkuk, rica en petróleo.
En un ambiente de tanta desconfianza, eventos que los estrategas americanos habían esperado que fomentaran la reconciliación nacional a menudo provocaban el efecto contrario.
Las elecciones de enero, por ejemplo, otorgaron poderes a los oprimidos chiíes y dejaron a los sunníes, muchos de los cuales boicotearon la votación, débiles y a la defensiva.
La redacción de la constitución también empeoró las tensiones, antes que aliviarlas como habían esperado los americanos.
Los kurdos no-árabes han presentado demandas territoriales. Los chiíes quieren autonomía en el sur. Los sunníes se oponen a ambos.
Con las conversaciones estancadas y una retórica cada vez más encarnizada, chiíes y kurdos aprobaron el borrador de constitución a fines de agosto, sin la aprobación de los sunníes. Eso pone en peligro el futuro de la constitución a medida que se acerca el referéndum de mediados de octubre.
Inclusive si obtiene su aprobación, no está todavía claro si los militantes sunníes lo aceptarán. Mientras funcionarios americanos expresan esperanzas de curación, algunos iraquíes son mucho más sombríos -o militantes.
Un clérigo radical shií, Muqtada al-Sáder, propuso en un sermón reciente que la guerra entre las sectas ya había empezado.
"Condenamos la idea de que la ocupación es buena para el pueblo iraquí porque si terminara habría una guerra religiosa", dijo a sus seguidores. "Como si la guerra entre las sectas no hubiese comenzado ya".

11 de septiembre de 2005
©new york post
©traducción mQh

guardias ocupan aeropuerto


[Ellen Knickmeyer y Naseer Nouri] Por disputas por cuentas entre contratistas extranjeros e iraquíes.
Bagdad, Iraq. Una disputa sobre una factura de seguridad de varios millones de dólares, que debe el gobierno iraquí, condujo ayer al cierre del Aeropuerto Internacional de Bagdad y bloqueó la última ruta segura de Iraq hacia el mundo exterior, destacando el desorden en el gobierno del país y las fuerzas de seguridad y espoloneando a las tropas americanas a intervenir para mantener la seguridad.
Con el cierre, los vuelos se unieron a la electricidad, agua potable y seguridad como servicios vitales que escasean en Iraq, dos años y medio después de la invasión norteamericana. Muchos iraquíes y algunos contratistas extranjeros -vitales para la reconstrucción de Iraq- acusaron al gobierno de transición del cierre del aeropuerto.
La disputa gira sobre una factura, ahora de 36 millones de dólares, que debe el anterior gobierno iraquí al Global Strategies Group por la seguridad del aeropuerto. El contrato mensual de 4.5 millones de dólares fue firmado por el gobierno anterior de Iraq y está impago desde enero, mientras el gobierno actual trataba de renegociar la deuda, confirmaron funcionarios iraquíes. El grupo Global, basado en Gran Bretaña, cesó en junio, durante 48 horas, las operaciones en el aeropuerto, por la misma disputa.
Ayer, los contratistas de seguridad de Global mantuvieron sus puestos en torno al aeropuerto, pero devolvieron a los pasajeros -impidiendo los viajes sin dejar de custodiar ni el aeropuerto ni la carretera del aeropuerto, que fue una de las rutas más atacadas de Iraq hasta que los americanos intensificaron su presencia allá, y el aeropuerto, que los rebeldes no han logrado atacar.
"Devuélvase. Hoy no hay vuelos", dijo un guardia de Global, en un puesto de control protegido por sacos de arena y vallas de concreto, a un viajero, un agente de policía con maletas en el portaequipajes del coche y un billete de avión para asistir a un seminario de adiestramiento en Jordania.
"¿Por qué?", preguntó el viajero, exigiendo saber cuándo podría viajar. "No lo sabemos", dijo el guardia. "Sólo queremos que se devuelva".
La noticia cogió a más viajeros por sorpresa; importantes funcionarios iraquíes del ministerio del Transporte, cuando se les llamó pidiéndoles comentarios, dijeron que no sabían nada sobre el asunto.
Esa tarde, tropas americanas instalaron su propio puesto de control improvisado, aparcando sus todoterrenos al otro lado de la carretera del aeropuerto y parando a los vehículos para su identificación. El teniente coronel Steve Boylan, un portavoz americano, dijo que el gobierno iraquí había pedido a los americanos que interviniesen. El ministro suplente de Transporte, Esmat Amer, juró enviar tropas iraquíes para reabrir forzosamente el aeropuerto.
El ministerio envió a su policía, sólo para cancelar la operación cuando llegaron al puesto de control americano. "No queremos crear un conflicto", dijo Amer. Funcionarios del ministerio del Interior aparecieron también brevemente por el puesto de control, dijeron guardias.
Funcionarios de gobierno dijeron durante el día que el aeropuerto se reabriría inminentemente y que recomenzarían los vuelos. Sin embargo, hoy temprano no estaba claro cuándo ocurriría.
El cierre fue más que inconveniente. Los ataques de los rebeldes, el banditismo y los numerosos hombres armados de turbias afiliaciones en las carreteras de Iraq hacen que salir del país sean extremadamente peligroso para iraquíes y casi imposible para los extranjeros. Decepcionados viajeros -incluyendo a padres con hijos que volvían o salían hacia sus destinaciones veraniegas y un doctor que necesitaba enviar a un enfermo de 5 años a India para ser intervenido quirúrgicamente- abrumaron a los agentes de viaje.
"Estamos sufriendo la falta de experiencia de los ministros", dijo Fadhil Mahdi, un comerciante desesperado por internar artículos en el país, en la oficina de su agencia de viajes, adonde había llegado buscando ayuda. "Debieran pensar en la gente que se verá afectada por estas decisiones erróneas".
El cierre tiene el potencial de crear dolores de cabeza a las compañías que tienen negocios en Iraq, dijo Ron Cruse, presidente y director ejecutivo de Logenix International LLC, una firma de logística de Springfield, Virginia, que tiene contratos en Iraq.
Cruse también dijo que estaba preocupado sobre los precedentes que se establecen en los negocios entre ministerios iraquíes y compañías extranjeras en momentos en que los iraquíes están retomando un número creciente de contratos.
Los contratistas, especialmente las firmas de seguridad, juegan un importante papel en Iraq, y su presencia alivia la demanda de reconstrucción de las fuerzas de seguridad iraquíes y las 140.000 tropas estadounidenses en el país.
En Tal Afar, entretanto, la ciudad al nordeste de Iraq, las fuerzas americanas continuaron bombardeando un barrio que se ha convertido en un bastión insurgente. Ataques aéreos por helicópteros de guerra norteamericanos y aviones a chorro mataron a 18 insurgentes sospechosos, dijeron las fuerzas armadas americanas. Las fuerzas americanas e iraquíes han reunido 5.000 tropas en Tal Afar para lo que se espera será un ataque por tierra contra el vecindario. Ayer, las tropas impusieron un toque de queda de 24 horas en la ciudad.
Residentes y empleados de hospitales en Qaim, la ciudad fronteriza al oeste, dijeron que los aviones de guerra bombardearon una casa de seguridad del movimiento de al Qaeda de Abu Musab Zarqawi. Un médico dijo que habían muerto tres milicianos extranjeros y cinco iraquíes.

11 de septiembre de 2005
©boston globe
©traducción mQh

el traductor de saddam


[Slobodan Lekic] Emerge de la oscuridad.
Bagdad, Iraq. Una cara familiar es una rareza en el recientemente instalado mando político de Iraq, pero al menos un participante de los debates constitucionales era reconocible para los telespectadores en todo el país.
Sadoun al-Zubaydi, ex traductor oficial de Saddam Hussein y un personaje habitual en las pantallas del televisor durante los frecuentes encuentros del caudillo con dignatarios extranjeros, ha emergido de una auto-impuesta oscuridad tras la caída del dictador, desmintiendo los rumores de que había sido ejecutado, huido del país o incorporado a la autoridad de la ocupación norteamericana.

Casi dos años después de la invasión norteamericana, el articulado y cosmopolita diplomático -considerado uno de los más importantes analistas de política exterior de Iraq- asesora ahora a los negociadores sunníes en las conversaciones sobre la nueva constitución iraquí.
Aunque su actual trabajo como diputado sunní lo pone en contacto con diplomáticos norteamericanos en Bagdad, sigue oponiéndose resueltamente a las políticas del gobierno de Bush en Iraq y Oriente Medio.
"Estamos ocupados por una gran potencia a la que Iraq le interesa un pepino: sólo se ocupa de sus propios intereses", dijo. "Nadie en Iraq cree en la pretensión ideológica de que Estados Unidos está haciendo algo bueno aquí".
Dice que no tiene planes concretos para el futuro, pero espera seguir en la diplomacia o en la universidad.
"Yo soy un hombre de estado, no puedo trabajar para el sector privado", dijo al-Zudbaydi, 57.
Al-Zubaydi volvió al primer plano como asesor de la delegación árabe sunní en las negociaciones constitucionales, que terminaron hace poco en que la constitución fuera adoptada por el bloque mayoritario compuesto por kurdos y árabes chiíes.
Aunque el laico al-Zubaydi se niega a definirse a sí mismo sea como sunní o chií, comparte la oposición sunní a las exigencias kurdas y chiíes de que Iraq -tradicionalmente un estado laico altamente centralizado- sea transformado en una floja, pero pesada federación religiosa.
"El federalismo podría significar la fragmentación y eventual desintegración de Iraq", dijo al-Zubaydi. "Terminamos en una guerra civil como en la antigua Yugoslavia".
Al-Zubaydi, que dice que era un miembro de baja jerarquía del Partido Baaz de Saddam, también se opone a la purga de los baazistas iniciada primero por la ocupación norteamericana y ahora implementada por los chiíes y kurdos, que son los que más sufrieron durante el régimen de Saddam.
Estados Unidos introdujo la política de ‘desbaazificación' poco después de la invasión de 2003 y ha continuado bajo el gobierno actual. Bajo esa política, se prohíbe que cualquiera que haya desempeñado posiciones de autoridad en el partido de Saddam pueda trabajar al servicio del gobierno. Los miembros de base son excluidos.
Al-Zubaydi sostiene que el partido pan-árabe era originalmente un partido socialista laico que se desvió con el gobierno de Saddam.
Sin embargo, al-Zubaydi no critica directamente a Saddam, diciendo solamente que era "espabilado e intelectualmente coherente", pero que sucumbió ante la influencia "de varios factores, principalmente de su familia y de los compinches que lo rodeadan".
"Cuando lo volví a ver a principios de 2002, era un hombre cambiado -mucho menos concentrado", dijo al-Zubaydi.
"Eso es todo lo que diré. Algún día podréis leer todos los detalles en mi libro -si realmente lo escribo".
Dice que no cree en las intenciones de Estados Unidos ahora porque estuvo presente en algunas de las sesiones más cruciales de las negociaciones entre Saddam y enviados de Estados Unidos durante la guerra Irán-Iraq poco antes de la invasión de Kuwait en 1990, la Guerra del Golfo Pérsico de 1991 y nuevamente durante los 18 meses que precedieron la invasión.
"Las reuniones fueron muy reveladoras de la política norteamericana", es su críptico comentario sobre lo que aprendió.
Al-Zubaydi estuvo presente en una crucial reunión entre Saddam y la embajadora estadounidense, April Glaspie, el 25 de julio de 1990, justo antes de la invasión iraquí de Kuwait.
Al-Zubaydi sostiene que durante la discusión Saddam nunca en realidad le habló a Glaspie de sus intenciones de invadir Kuwait. Y cuando el presidente egipcio, Hosni Mubarak, llamó desde el Cairo durante la discusión sobre la crisis, Saddam envió a la embajadora americana a la oficina de un secretario -estaba en el salón de conferencias- de modo que ella no pudiera oír los planes que comunicaba a Mubarak.
Más tarde esa reunión se convirtió en la fuente de una acalorada controversia sobre si Glaspie implicó intencionadamente que Estados Unidos no intervendría si el dictador ocupaba a su diminuto y rico vecino. La transcripción iraquí de ese encuentro dice que Glaspie dijo a Saddam que Washington no apoyaría a ninguna parte en "disputas entre árabes, como su conflicto fronterizo con Kuwait".
Pero de acuerdo a al-Zubaydi, Glaspie no sabía nada sobre los planes de invasión cuando hizo ese comentario. Una semana más tarde, unas 100.000 tropas iraquíes y 300 tanques cruzaron la frontera kuwaití.
Al-Zubaydi, profesor de literatura inglesa educado en Gran Bretaña en la Universidad de Bagdad, sirvió como embajador de Iraq ante Indonesia de 1995 a 2001.
Durante su mandato en Indonesia, Zubaydi estuvo implicado en dos choques diplomáticos con la entonces ministro de Asuntos Exteriores, Madeleine Albright, y Paul Wolfowitz, que más tarde se convertiría en el principal arquitecto de la invasión de Iraq.
Los episodios -durante los cuales Zubaydi atacó las sanciones respaldadas por Estados Unidos contra Iraq que, de acuerdo a informes de Naciones Unidas, resultaron en la muerte de miles de niños- le hizo ganar el apodo de ‘La Voz de los Árabes' en Yakarta. La Voz de los Árabes, o Saut el-Arab, del Cairo, era un programa de radio salvajemente popular que proclamaba la unidad árabe y la oposición al dominio extranjero durante los años cincuenta y sesenta.
Al-Zubaydi dijo que le había sorprendido recibir una llamada a mediados de 2003 de la entonces presidente de Indonesia, Megawati Sukarnoputri, que le dijo que le habían contado que lo habían ejecutado.
"Le dijo que no, que había estado en casa esperando que las cosas se calmaran después de la invasión".

11 de septiembre de 2005
©new york post
©traducción mQh


guardias violentos en iraq


[Jonathan Finer] Guardias de seguridad en Iraq son investigados después de tiroteos.
Irbil, Iraq. El disparo de un rifle quebró la relativa calma de la mañana de Ali Ismael, en una de las ciudades más seguras de Iraq.
Ismael, su hermano mayor Bayez, y su chofer habían parado detrás de un convoy de cuatro todoterrenos Chevrolet Suburbans, que la policía cree que pertenecía a una compañía de seguridad americana en las cercanías. Se abrió la puerta de atrás del último vehículo, dijeron los hermanos en entrevistas, y un hombre con gafas de sol y un chaleco antibalas marrón saltó fuera y apuntó con su rifle.

"Pensé que estaba tratando de asustarnos, como hacen siempre, para mantenernos alejados. Pero entonces disparó", dijo Ismael, 20. Su cuero cabelludo todavía está marcado por un pedazo calvo y cuatro cicatrices de color púrpura que le dejó la bala que rozó su cabeza y lo dejó sangrando en el asiento de atrás de su todoterrenos Toyota.
"Después de eso, no recuerdo nada", dijo.
Una investigación norteamericana del incidente del 14 de julio concluyó que ningún guardia americano era responsable, una conclusión puesta en duda por Ismael, otros testigos, políticos locales y el más importante funcionario de seguridad de la ciudad, que lo calificó de encubrimiento. Nadie ha sido responsabilizado hasta el momento.
Los tiroteos recientes de civiles iraquíes, que se dice que implican a la legión de guardias de seguridad norteamericanos, británicos y otros extranjeros que operan en el país, están causando cada vez más preocupación a funcionarios iraquíes y comandantes americanos que dicen que socavan las relaciones entre las fuerzas militares extranjeras y los civiles iraquíes.
Las compañías de seguridad privadas ocupan las polvorientas carreteras iraquíes, con sus característicos coches deportivos utilitarios atiborrados de hombres que enarbolan sus rifles para hacerse camino entre el tráfico. Su trabajo es uno de los más peligrosos del país: escoltar convoyes, proteger a dignatarios y custodiar la infraestructura para impedir ataques de los rebeldes. Pero sus actividades están ahora en entredicho, aquí y en Washington, después de que acusaciones de tiroteos indiscriminados y otros actos de violencia han terminado en acusaciones de control insuficiente.
"Estos tipos recorren el país y hacen cosas estúpidas. Nadie tiene autoridad sobre ellos, de modo que no los puedes reprimir cuando ellos usan la violencia", dijo el general de brigada Karl R. Horst, subcomandante de la Tercera División de Infantería, que es responsable de la seguridad en Bagdad y alrededores. "Disparan contra la gente y alguien tiene que ocuparse de las secuelas. Ocurre en todas partes".
No se ha hecho pública ninguna estadística de esos incidentes, y Aegis, la compañía de seguridad británica que ayuda a controlar a los guardias en Bagdad y realiza operaciones en la Zona Verde en el centro de la capital, se negó a responder preguntas. En los raros casos en que se presentan demandas, a menudo se acusa a militares norteamericanos por las acciones de las compañías privadas, de acuerdo a Adnan Asadi, el vice-ministro del Interior responsable de la supervisión de las compañías de seguridad.
"La gente siempre dice que lo hizo el ejército, e incluso nuestra policía no conoce la diferencia", dijo.
Los tiroteos se han hecho tan frecuentes en Bagdad este verano que Horst empezó a llevar su propia cuenta en un cuaderno de notas con espiral que usa para apuntar el día a día. Entre mayo y julio, dijo, apuntó al menos una docena de disparos hechos contra civiles por guardias privados, que terminaron con la vida de seis iraquíes, dejando a tres heridos. El caso más espantoso ocurrió el 12 de mayo en el barrio de Nueva Bagdad. Un guardia abrió el fuego contra un coche que se acercaba, que entonces se incrustó en una multitud. Dos días después del incidente, soldados americanos que patrullaban la misma calle pisaron una bomba improvisada.
El 14 de mayo, en otra parte de la ciudad, guardias de seguridad privados que trabajaban para la embajada norteamericana dispararon y mataron al menos a un civil iraquí mientras trasladaban a diplomáticos desde la Zona Verde, de acuerdo a un funcionario de la embajada que habló a condición de no ser nombrado. Después del incidente, la compañía despidió a dos de sus guardias.
Los empleados de las firmas privadas de seguridad no pueden ser procesados en Iraq, según una orden adoptada el año pasado por el gobierno interino iraquí. El castigo más severo que se les puede aplicar es la revocación de su permiso y el despido de sus trabajos, dijeron funcionarios estadounidenses. Su pesada presencia se deriva en parte de los intentos del Pentágono de mantener bajos niveles de tropas encargando trabajos a compañías privadas -trabajos que antes realizaban las tropas americanas.
De momento hay al menos 36 compañías de seguridad extranjeras -la mayoría norteamericanas y británicas- y 16 iraquíes inscritas para operar aquí, de acuerdo al ministerio del Interior, y al menos 50 más funcionan ilegalmente. Su fuerza de trabajo total se calcula en 25.000; muchos son militares veteranos, aunque sus niveles de experiencia varían. Hacia diciembre, los contratos para proporcionar seguridad a las agencias oficiales norteamericanas y firmas de reconstrucción en Iraq superaron los 766 millones de dólares, de acuerdo a un reciente informe de la Contraloría del gobierno.
"A medida que se extendía el mundo de la seguridad, creo que algunas empresas tuvieron que incorporar a sus equipos a gentes con mucho menos experiencia", dijo Harry Schute, que desde marzo de 2003 a principios de 2004 comandó un batallón de asuntos civiles del ejército en el norte de Iraq y ahora se desempeña como asesor del gobierno regional de Kurdistán, que tiene su capital en Irbil.
Johann R. Jones, director de la Asociación de Compañías Privadas de Seguridad, una organización profesional que representa a esas empresas, conocidas como PSC, rechazó la descripción de Horst de su trabajo, en una respuesta por e-mail a preguntas escritas.
"Mientras que la conducta de algunas PSCs no ayuda mucho, no debemos olvidar que hay ‘manzanas podridas' en todas las organizaciones, incluyendo las MNF-1", escribió Jones, usando la abreviatura de las Fuerzas Multinacionales Iraq, la coalición militar americana aquí.
"El gobierno iraquí ha hecho enorme progresos en la regulación y control de las PSCs. También ha habido esfuerzos en la comunidad de las compañías de seguridad misma para identificar a los que se comportan de manera inaceptable".
El funcionario de la embajada norteamericana dijo que estaba "extremadamente preocupado" sobre los incidentes que implican a compañía de seguridad privadas, pero la inmensa mayoría de los guardias de seguridad eran altamente profesionales. De los 122 tiroteos protagonizados por guardias que protegían a funcionarios de la embajada desde julio de 2004, sólo tres han resultado en medidas disciplinarias, de acuerdo a funcionarios norteamericanos que supervisan a las compañías de seguridad privadas.
"Mira, estamos en una zona de guerra", dijo el funcionario. "Ellos son objetivos. Los rebeldes saben que lo que ven cuando ven pasar por la calle un todoterrenos. Hay gente tratando de matarlos todo el rato, y a veces tienen que responder".
Contratistas de seguridad y otros que trabajan en Iraq han sido con frecuencia víctimas de la violencia. De acuerdo a un informe al congreso el mes pasado, del ministerio de Defensa, entre el 1 de mayo de 2003 y el 28 de octubre de 2004, murieron 166 contratistas y 1.005 quedaron heridos. El incidente más publicitado ocurrió el 31 de marzo de 2004, cuando cuatro empleados de la Blackwater Security Consulting, una compañía de Carolina del Norte, fueron asesinados y sus cuerpos arrastrados por la volátil ciudad de Faluya, al oeste del país.
A pesar de que muchas compañías de seguridad realizan tareas militares, a menudo a nombre del gobierno norteamericano, no caen bajo el mando de las fuerzas armadas. En respuesta a una petición del congreso de más informaciones sobre el control de los guardias privados, el Pentágono dijo que la relación de los militares con ellos era "de coordinación, no de control".
Horst se negó a proporcionar los nombres de los contratistas cuyos empleados estuvieron implicados en los 12 tiroteos que documentó en el área de Bagdad. Pero dejó claro que creía que el incidente del 12 de mayo, en el que murieron tres personas, provocó directamente el ataque contra sus soldados en la misma calle días después.
"¿Crees que eso es una acción insurgente? No lo es", dijo Horst. "Eso lo hizo alguien vengando la muerte de sus familiares. Y nosotros no teníamos absolutamente nada que ver con eso".
Asadi, el funcionario del ministerio del Interior, dijo que los civiles iraquíes de todos modos pensaban en privado que los guardias de seguridad eran soldados estadounidenses. "Tienen el mismo aspecto, la misma pinta", dijo. "La única diferencia son los todoterrenos", los vehículos utilizados por los militares, pero no por las compañías privadas.
En mayo, Asesi envió una breve carta a las compañías de seguridad inscritas instándoles a respetar las leyes locales o de otro modo correr el riesgo de que se les retiren los permisos. "La anulación será distribuida en todas las agencias del estado, con el objetivo que impedir que alguna de ellas trabaje con ustedes", escribió. El 27 de mayo, después del tiroteo de Bagdad, Horst convocó a una reunión con representantes de firmas de seguridad y funcionarios policiales en la embajada norteamericana.
"Tuvimos un diálogo sobre las maneras y la conducta y el control de las consecuencias", dijo Horst. "Nuestra filosofía es no hacer nuevos enemigos y eso es lo que he tratado de transmitirles. Ellos no piensan en las consecuencias de lo que hacen; nosotros sí tenemos que pensar en ellas".
Al día siguiente, la relación a veces contenciosa entre las compañías de seguridad y los militares americanos estalló abiertamente. Los marines en la provincia de Anbar, al oeste del país, detuvieron a 19 guardias privados de otra compañía de Carolina del Norte, Zapata Engineering, que se dice dispararon contra las tropas americanas cerca de Faluya.
Horst dijo que ese día temprano sus soldados habían tenido una riña con esos 19 empleados. Los guardias -16 americanos y 3 iraquíes- viajaban hacia el oeste desde Bagdad en un convoy de todoterrenos blancos. Cuando pasaban frente a la cárcel de Abu Ghraib, cuyo perímetro es custodiado por los soldados de Horst, empezaron a disparar indiscriminadamente a los lados de la carretera, dijo el general.
"Estaban haciendo lo que llamanos ‘limpiando con fuego'", dijo Horst. "Disparaban contra todo lo que veían. Pasaron a toda velocidad, y dispararon contra nuestras tropas y no se detuvieron. Nadie les estaba disparando a ellos".
El tiroteo de Ismael en Irbil ocurrió seis semanas después. La policía dijo que el convoy de Suburbans procedió rápidamente desde el lugar de los hechos a una base gestionada por la Agencia de Desarrollo Internacional norteamericana, que es custodiada por la DynCorp International, una firma americana.
Una investigación de oficiales norteamericanos concluyó que "la evidencia indica claramente que el vehículo fue disparado desde atrás por desconocidos y no desde frente" por empleados de la compañía de seguridad, de acuerdo a un informe del 15 de julio presentado a funcionarios de seguridad kurdos.
El informe presentaba algunas "teorías provisionales" para explicar el tiroteo, incluyendo la posibilidad de que hubiera sido una emboscada de los insurgentes en la que el todoterrenos de Ismael estuvo simplemente "en el lugar equivocado, en el momento equivocado", o un intento de asesinato de Bayez Ismael, un funcionario del Partido Democrático del Kurdistán.
Abdullah Ali, director de la policía secreta de Irbil, calificó el informe norteamericano de "tres páginas de mentiras para tratar de encubrir la participación de la compañía".
"Hemos revisado todas las evidencia", continuó. "Los testigos sólo oyeron un balazo desde el frente. Y encontramos su pelo y sangre en la ventana de atrás, lo que lo confirma. Estamos un millón por ciento seguros".
En una respuesta por e-mail a preguntas, el portavoz de DynCorp, Gregory Lagaña, se refirió a la investigación de la embajada. "Hemos confirmado que nuestra gente en el área de Irbil no salió del recinto ese día", escribió.

10 de septiembre de 2005
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la guerra de amal 3


[Anthony Shadid] Incierto futuro en una calle cicatrizada. Última parte.
Bagdad, Iraq. El 23 de junio de 2005, la guerra de más de dos años llegó al ajetreado barrio comercial de Karrada, donde Amal Salman, ahora de 16, vivía con su familia.
Durante meses no pasó casi ningún día sin que estallara un coche-bomba en algún lugar de Iraq; las escenas desencadenadas en Karrada por la explosión, a las 7 de la mañana, eran tan familiares que se habían convertido en rutina. Había escombros retorcidos, fundiéndose, mezclando su acre humo con el hedor de la carne chamuscada.
El agua caía en cascadas sobre las llamas, ennegreciéndolo todo, mezclándolo todo con pozas de sangre. Fragmentos de vidrio danzaban en el aire junto con retorcido asfalto, como en una granizada.
Tras las bombas, quedaban sólo las ruinas de la mezquita de Abdel-Rasul Ali, un lugar de culto de barrio al que se entraba por unas puertas de madera agraciadas con un pórtico azul de azulejos florales y decorados con leyendas invocando a Dios, Mahoma y el Imán Ali. En los meses más tranquilos, entre ventiladores inútiles y la lámpara de araña, Amal, su madre y hermanas se reunían ahí para celebrar los festivos religiosos de los chiíes musulmanes.
"La explosión me despertó aterrada, con el corazón latiéndome a toda velocidad, y miedo de que hubiera muerto o quedado herido alguien", escribió ese día Amal en su diario.
Con sus hermanas y madre, subió al balcón de su apartamento de tres habitaciones. La policía había llegado con sorprendente rapidez, tratando en vano de dirigir a los aturdidos transeúntes, algunos de ellos con sus caras inexpresivas y las miradas perdidas por la conmoción. Desde el tercer piso, Amal oía los gritos de los otros -gritos de ira y, más frecuentemente, de impotencia.
Minutos después, en una táctica que se hace cada vez más común en estos días, estalló otro coche-bomba, luego otro, los dos en su calle mientras Amal miraba. Antes de que terminara el espasmo, explotaron cuatro, matando a 17 personas e hiriendo a muchas más.
"Por un momento pensé que había muerto", escribió Amal ese largo día. "Cuando me di cuenta de que no estaba muerta, me dio mucho miedo. En un segundo el patrullero estalló en llamas y los que estaban dentro habían muerto, quemados. Murió un joven que había anunciado hace poco su compromiso, junto con un viejito que vive en el barrio, llamado Abu Karrar, y Khalil el Kurdo, que tiene una tienda en uno de los pequeños centros comerciales de aquí".
Desde que comenzara en 2003 a llevar su diario, Amal había presenciado acontecimientos que marcaban toda una época: la invasión y el derrocamiento del único gobierno que conocía en cuestión de semanas; la ocupación; las promesas de prosperidad y la decepción que siguieron; la resistencia y el fantasma de la guerra civil. Ese jueves por la mañana sería la primera vez que vería la muerte.
"Fue un verdadero desastre, que recordaré toda mi vida. Destrucción total, no solamente en el barrio de Karrada, sino dentro de mí, mi familia y nuestros vecinos", escribió. "Me atormentaba el dolor de la escena que vi, que espero nadie tenga que ver nunca".
A veces los residentes observan que Bagdad está condenada a las cosas extraordinarias. Es una ciudad que Karima, la madre de Amal, llama abandonada, matizada apenas por su flexibilidad -la mejor característica, y en estos la más valiosa característica de la ciudad. Un caluroso día de verano, cuando una tormenta de arena arrojaba un enfermizo brillo sobre la ciudad, Amal se recuperaba del último desastre. Ayudaba a cuidar de su hermana Hibba, cuyo brazo derecho fue destrozado por escombros de la explosión. Intercambiaba rumores con sus vecinos sobre quiénes morían y quiénes sobrevivían. Vio a la policía vaciar las calles, luego la llegada de americanos. Un camión militar llevó botellas de agua; la gente hizo la cola para recibirlas.
"Fue una escena difícil de describir, como si los iraquíes fueron mendigos parados en una cola, humillados", escribió. "Durante el reparto de botellas de agua, una mujer soldado americana le pasó la cámara al intérprete para que tomara fotos".
Al anochecer, los muertos estaban enterrados, llevados a sus tumbas en procesiones fúnebres.
"Las mujeres estaban llorando", escribió Amal, "mucha gente con dolor en sus caras parecían transtornados e incapaz de entender por qué tenía que morir tanta gente".

Superando las Dificultades
El 23 de marzo Amal cumplió 16, su pelo todavía amarrado atrás en una cola de caballo. Pero se ve mayor, tras pasar abruptamente de una breve adolescencia, a la adultez. También sus hermanas sufrieron años de penuria. Las gemelas, Hibba y Duaa, tenían 14 ahora. Hibba llevaba una hijab sobre el pelo, Duaa trenzaba el suyo. Durante la invasión habían estado dispuestas, inclusive ansiosas de lucir sus recitaciones coránicas, los cánticos con loas a Saddam Hussein y fragmentos de su elemental inglés. Sus caras y cuerpos ya no eran infantiles y la tradición dictaba que se mantuvieran a distancia de los hombres.
Fátima, 18, la mayor, había dejado la escuela hace tiempo para ayudar a Karima, viuda, a criar los niños. Desde entonces, su alfabetización se había esfumado, así como parte de su confianza.
Zainab, la más tranquila y guapa de las chicas, se había casado en la primavera, a los 17. Su marido, Ali, había sido agente de policía, y ganaba 300 dólares al mes. Sin embargo, en julio recibió una octavilla que muchos de sus colegas temían: una amenaza de muerte de los misteriosos insurgentes. "Le dijeron o dejas de trabajar o matamos a tu esposa", recordó Amal. Él renunció.
Un año antes, Karima finalmente encontró trabajo como camarera en el Palm Hotel, luego rebautizado como Rawabi, para asear cuartos de 8 de la mañana a las 1 y media de la tarde. Con un chanchullo, la agencia de empleo local se quedaba con un tercio de su salario. Eso la dejaba con 33 dólares al mes.
Ali, 22, ex soldado y el hijo mayor de Karima, también había conseguido trabajo. Ahora estaba sirviendo té en un despacho inmobiliario cercano, de 9 de la mañana a 6 de la tarde. Ganaba más o menos un dólar al día, "dependiendo de las propinas baksheesh". Su hermano menor, Mohammed, 20, llevaba mucho tiempo sin trabajo. Un bueno para nada, pasaba la mayor parte del tiempo en la calle; su familia sospechaba que no estaba haciendo nada bueno. Mahmoud, 11, el más joven, vendía refrescos en la calle, en los veranos. En los mejores días, ganaba casi 2 dólares. El tiempo lo había convertido en un precoz niño de la calle.
A excepción de Mohammed, sus penurias los habían acercado; mientras colapsaba su ciudad, se volvieron hacia dentro, haciendo virtud de su aislamiento.
"Mi país es mi familia", dijo Amal.
Las palabras que bailaban ese verano por todo el paisaje bagdadí, un panorama desteñido por sol y el tiempo, eran casi siempre confusas.
Las vallas publicitarias en las carreteras, con pilas de basura, publicitaban los móviles de Asia Cell. "Ahora tu voz se oye", declaraban. Otra mostraba una huella digital, el símbolo de la esperanza de las elecciones de enero, cuando los votantes untaban sus dedos índice en tinta para demostrar que habían votado. "Iraq", decía. Esos desteñidos carteles estaban ahora polvorientos, algunos rajados. Una pintada en una sucia muralla en la barriada de Ciudad Sáder, hablaba en presente: "Vosotros, traidores, no queremos elecciones, queremos electricidad". En el barrio de Amal, otro cartel, de significado más ambiguo, se refería al pasado: "Hoy es lo mismo que ayer".
"Hoy estuvo tranquilo y nadie habló de nada, excepto sobre la electricidad, que llega por cortos períodos", escribió Amal en su diario el 4 de julio. "No hay agua porque los terroristas atacan las plantas extractoras. Los ricos pueden vivir cómodamente fuera de Iraq, pero los pobres no tienen más que quedarse a sufrir".
Como durante la guerra, Amal y sus hermanas todavía cargaban todos los días cubos de agua desde un goteante grifo en el patio, hasta el segundo piso. El verano anterior, su familia tuvo hasta 12 horas de electricidad al día -ciclos de dos días con electricidad, y dos días sin. Una semana de junio de este año tuvieron apenas 2 horas. En julio han tenido varios días con una hora de electricidad. En agosto, tuvieron dos.
Sentadas en la oscuridad un abrasador día, una vez las luces parpadearon. "Que Dios bendiga a Mahoma y su familia!", gritaron, con fatigadas sonrisas. A los 10 minutos, las luces se apagaron nuevamente. "¿Es posible?", se preguntó Karima, sacudiendo su cabeza.
En uno de los dormitorios, Zainab, de visita, recogía las mantas del suelo, donde habían dormido las cinco hijas de Karima. Desde la cocina, Amal vino con el té y un solo huevo frito. Los otros lo compartieron, junto con un pan iraquí llamado samoun.
Su conversación esa mañana giró sobre el dinero, y luego sobre sus carencias. Los vecinos habían comprado un pequeño generador, pero utilizar su poder era caro: 10 dólares al mes, más 1 dólar 50 al día por el combustible. El atentado en Karrima había destrozado los nervios del antebrazo derecho de Hibba; ya no podía coger un boli. Una consulta con el doctor cuesta 5 dólares, y la fisioterapia, 2 dólares al día. Dado el presupuesto de la familia, la dejarían curar sola. El dinero lo usarían para pagar la escuela de la más joven.

Todo Lo Que Se Oye, Suena a Muerte
Como muchos iraquíes durante casi tres años, la familia de Amal pasó por un ciclo de momentos de optimismo, seguidos por largos meses de violencia y depresión. Hubo momentos decisivos -la caída de Hussein, el fin formal de la ocupación norteamericana en 2004- y los iraquíes a menudo los saludaron con anticipación y esperanza. Luego se producía la desilusión. Uno de esos momentos decisivos fueron las elecciones de enero, cuando Karima, Ali, Mohammed y Fátima ignoraron las amenazas de los rebeldes y caminaron alegremente hacia el colegio electoral.
"Lamento haber ido a votar", dijo Karima, siete mese después, mientras desayunaba con Amal y sus hermanas. "¿Qué elegimos? Nada".
"Votemos o no, es lo mismo", dijo Fátima, la hija mayor y la más pesimista. "Si los americanos quieren hacer algo, nadie se los impedirá".
Karima asintió, su cabeza cubierta inclinada hacia el suelo. Era un gesto que parecía decir: ¿Qué más se puede decir? Su ciudad estaba mahjura -abandonada, olvidada.
"Siento pena por Bagdad", dijo quedamente.
En los peores días de la invasión, Karima dijo una vez algo, mientras Amal y sus hermanas la escuchaban. "Es como si fuéramos parte de una pieza de teatro", dijo, con la voz pensativa. "La vida no es buena ni mala. Es simplemente un teatro".
Cuando Iraq entraba en su tercer año de guerra, esas palabras que reconocían su impotencia adquirieron un nuevo significado. El guión ya había sido escrito. La gente como Karima eran los espectadores, esperando una nueva función.
La violencia, ahora mundana, estaba remodelando sus vidas. Su omnipresencia estaba criando una desconfianza y miedo tan amorfos como omnipresente la represión de Hussein.
"Cuando estaba abajo, se acercó mi hermano Mahmoud y dijo que la calle estaba bloqueada. Todo el mundo se preguntaba por qué y algunos dijeron que habían detenido a unos terroristas", escribió Amal el 5 de julio. "La verdad sin embargo es que la policía encontró una bolsa y pensaron al principio que era una bomba, pero en realidad lo que había era una chica de 16 años, decapitada y desnuda. Fue arrojada a la calle, en un saco, violada por desconocidos".
"La muertes es todo lo que oímos en las noticias todos los días", escribió en otro día, unas páginas después. "Muerte, masacres, asesinatos, secuestros y asaltos. Nadie sabe por qué".
A veces en el verano, la calle de Amal asume una apariencia de normalidad. Las colas de coches todavía se estiraban durante kilómetros desde las gasolineras. Pero los mercados en la acera inundada por el sol rebosaban de artículos apilados en endebles puestos: calcetines importados de China y camisetas de manga corta de Siria. Más abajo en la calle vendían juguetes. Había una figurita de un ‘Super Mega Heavy Metal Fighter' y una muñeca que, cuando se la apretaba, cantaba ‘It's a Small World'.
Sin embargo en el apartamento de la familia, el caos diario arrojaba una larga sombra. Semanas después del atentado de Karrada, Amal y sus hermanas todavía recordaban con vívidos detalles algunas de sus escenas.
"Los muertos son baratos", dijo Mahmoud, 11, fríamente.
Recordó que un trozo de ardiente metralla había cortado a cinco personas. Abu Karrar, recordaba, cruzó la calle dando tropezones, con la camisa ensangrentada. Luego murió. Un hueso de la pierna de Abbas Rubaie emergía de sus pantalones. Otro vecino había perdido la carne de su brazo. El motor de un coche cayó encima de un cuerpo.
"Sólo mueren los mejores", dijo Mahmoud. "Siempre eligen a los mejores".
En su diario, Amal cuenta sobre los allanamientos policiales que siguieron, cuando los agentes irrumpieron en sus apartamentos buscando a sospechosos. Ella y sus hermanas observaron pasivamente, en silencio. Arrestaron a dos personas; los vecinos dijeron que eran inocentes, "obreros pobres de una fábrica de jabón". Ese verano hubo muchos allanamientos, a veces a los pocos días.
"Dios sabe quién dice la verdad y quién no en estos días", escribió Amal en julio. "Nadie confía en nadie, se trate de la policía, de la Guardia Nacional o incluso de nuestra propia gente".

Liberación y Contradicción
En 2004, después de la invasión, Amal estaba, como su madre, confundida sobre la ocupación y liberación, insegura sobre las fortunas de su país. Algunos acusaban a los americanos de sus penurias, dijo entonces; otros acusaban a Hussein, o incluso a los iraquíes mismos.
En esa época, Amal había sacudido su cabeza. "No sé qué decir", confesó.
Sin embargo, pasó otro año y Amal ya no era la niña que repetía como loro los huecos lemas del régimen de Hussein y, mientras se derrumbaba, dirigía sus oraciones a Dios. Ya no cedía ante sus hermanas, expresando tentativamente sus opiniones pero a menudo demasiado tímida para formularlas. El conflicto en torno a ella se había convertido más en una simple lucha por la supervivencia. Karima, su mamá, ahora la escuchaba, como sus hermanas. Podían no estar de acuerdo con ella, pero en Amal veían la liberación medida en los términos más personales posibles: La veía por sí misma.
"Todos los funcionarios del gobierno dicen: ‘Lo que yo quiero'", dijo su hermana Fátima una tarde de agosto. "No les interesa la gente. No les interesa el país".
Amal la interrumpió. "Creo que va a cambiar", dijo.
Las niñas estaban en el apartamento, donde durante meses habían proliferado las iconografías. Ahora había más carteles de santos chiíes, plácidos retratos. Todavía colgaba un plato de porcelana azul. "Dios", decía simplemente. Había electricidad y la húmeda escalera estaba iluminada. Dentro, el sol se filtraba por una ventana, y las niñas apagaron la luz.
"La intervención de los americanos en Iraq ha provocado la revolución más grande del mundo", insistía Amal.
"Es una ocupación", respondió su hermana mayor.
"¿Cambiaron los americanos el régimen o no?", dijo Amal.
No hablaba ni a favor ni en contra; simplemente estaba reflexionando sobre los hechos. No trataba de conciliar las contradicciones; entendía que había ambigüedades.
"Es una ocupación", dijo Fátima, otra vez. "Cuando los americanos se mueven, tenemos que pararnos en la calle. Tenemos que aparcar a un lado. Si no paramos, nos disparan. Es nuestro país. ¿Por qué tenemos que cederles el paso? Nosotros deberíamos estar dando órdenes".
"Se pondrá cada día mejor y mejor", dijo Amal, confiada. "Esta es mi opinión", dijo, "y yo la digo libremente".
"La gente que murió, ¿también fue mejor para ellos?", preguntó Fátima, algo frustrada.
Amal levantó las palmas de sus manos y sonrió.
Habló sobre la resistencia. Los guerrilleros peleando contra las tropas americanas en el oeste, en la provincia de Anbar, eran honorables, dijo. "Los respeto, pero no es resistencia matar a alguien porque trabaja con los americanos. Eso no es lo que llamamos resistencia".
"La presencia americana tiene lados positivos y negativos, porque fue una revolución", dijo. Amal apuntó con el dedo a su hermana mayor. "Cambió el régimen. Ahora no decimos que todo está bien. No decimos que toda marcha bien. Pero tenemos esperanzas".
De vez en vez en su diario y más a menudo en sus conversaciones, Amal habla de lo que llama la contradicción -pesimismo y esperanza, sentimientos aparentemente irreconciliables.
En esa contradicción se encuentra quizás una de las verdades de su ciudad: Bagdad, dicen sus habitantes a menudo merece mejor, y lamentan la eterna pérdida de la más legendaria capital árabe. La flexibilidad, un cualidad verdaderamente iraquí en su desafío, de algún modo la empuja adelante.
"No hay respuesta a nuestros problemas. No hay ninguna respuesta", dijo Amal. Su familia estaba tranquila, escuchando. "La situación es mala. Es verdaderamente mala. Es verdad que cada día se pone peor. Pero no vamos a estar así toda la vida.
"Quiero dejar algo para mañana", prosiguió. "El sol se pondrá hoy, pero mañana volverá a salir. Siempre vuelve a salir. Incluso sin vida hay esperanza".
Paró por un momento y sonrió por la atención que le estaban prestando.
"No sé cómo decirlo", dijo suavemente, "pero lo entiendo".

10 de septiembre de 2005
6 de septiembre de 2005
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la guerra de amal 2


[Anthony Shadid] La ocupación: Una capital colapsada. Amal abandona sus ilusiones.
Bagdad, Iraq. El 10 de abril de 2003, el día después de la caída del presidente Saddam Hussein, el velo había sido descorrido, pero nadie sabía qué revelaba.
Conquistada no menos de 15 veces en su historia, Bagdad fue proclamada libre, pero en la ciudad estaba a punto de estallar una furiosa tormenta. Las emociones -la euforia, la venganza, la desesperación, la confusión- irrumpieron sin freno después de años de silencio y restricciones.
La ciudad era como un recluso aturdido que sale de su celda a tropezones y parpadea con la cruda luz del día. Algunos hablaban de anarquía: Civiles armados habían empezado a romper el monopolio de la violencia que ejercía el gobierno de Hussein unas semanas antes y las fuerzas militares americanas estaban ahora ocupando Iraq. Miles de residentes se apresuraron a saquear todo lo que pudieron, desde camiones y carretas de madera hasta los urinales, tuberías de cobre y cables eléctricos de los edificios públicos. Hospitales y embajadas cayeron en manos de los saqueadores, junto con ministerios, oficinas de gobierno, locales del Partido Baaz y mansiones de piedra, recubiertas de ónice, de los lugartenientes de Hussein.
"¡Los hospitales están siendo saqueados y nadie protesta! ¿Por qué hay un tanque norteamericano defendiendo el Hospital de San Rafael? ¿Es porque es un hospital cristiano? ¿Y qué pasa con el Hospital de Maternidad Alwiya?", escribió Amal Salman en su diario del 11 de abril. "¿Qué ha pasado con los iraquíes? ¿No era suficiente con saquear los edificios del gobierno? ¿Por qué saquean hospitales e incluso casas?"
Se hizo una pregunta oída a menudo en Bagdad en esos días: "¿Qué van a hacer los americanos con nosotros?" Ese día terminaba sucintamente: "Que Dios se apiade de nosotros".
Como los demás, Amal, sus hermanas y su madre asistían al espectáculo de una ciudad que se estaba derrumbando a medidas que empeoraban las condiciones de vida. Pocos padres dejan que sus hijas anden solas por la calle, y los miembros de la familia de Amal pasaban la mayor parte del tiempo en su apartamento, acurrucados en un mal ventilado recibidor, sudando. A veces volvía la electricidad, pero era intermitente, profundamente inadecuada a medida que subía la temperatura. Todavía no funcionaban los teléfonos; las redes habían sido destruidas por los bombardeos. El dinero, los billetes que llevaban el retrato de Hussein, era escaso. Los precios se elevaron a las nubes y la escasez era general. De un día para otro, decenas de miles de personas perdieron sus trabajos a medida que se desintegraba la burocracia y ardían algunas oficinas.
En esos meses en Iraq la opinión pública, y Amal y su familia, condenaron la ocupación desde el principio. Muchos en Bagdad se habían asombrado de la tecnología americana durante la guerra. Especialmente durante los primeros días del conflicto, cuando los ataques americanos eran tan devastadores como precisos. Hussein había gobernado durante 35 años; los norteamericanos lo derrocaron en menos de tres semanas, y relativamente pocos de sus soldados murieron en la tarea. ¿Cómo era que los americanos se mostraban tan débiles después?
"¿Dónde está la ayuda de la que habló Bush?", escribió Amal. "Nadie lo sabe".
En esos días se mantuvo lejos de los cargados soldados americanos que ahora andaban por las calles, espiándolos desde su balcón e incluso devolviendo los saludos, pero reluctante a hablar. Sus efervescentes hermanas gemelas, Duaa y Hibba, mostraban más curiosidad. Un sábado del primer mes de ocupación un tanque paró en la calle y las niñas salieron a saludar a los soldados, que les dieron chocolates. Pocos minutos después se oyó el crepitar de tiroteos.
"Hibba trató de preguntarle al soldado qué estaba pasando. Él le dijo: ‘¡Vete, vete!' Pero Hibba no entendía inglés. Por miedo a que le pasara algo, el soldado llevó a Hibba al edificio. Son simpáticos, pero están engañados por Bush, el peligroso", escribió.
Dos días después, las gemelas divisaron a otro grupo de soldados americanos en la calle, cuyos uniformes de desierto se fundían con la paleta de marrones de la ciudad. "Escribieron sus nombres en las palmas de las manos de las niñas. La mano de Hibba tenía nombres de soldados americanos escritos en ella. Hibba y Duaa estaban muy felices. Dijeron que los soldados habían sido muy amistosos con ellas y estaban encantadas con ellos. ¿Es verdad que son buenos?", se preguntó.
Poco a poco, los escritos de Amal empezaron a cambiar en esos meses turbulentos. Durante la guerra, influida por la propaganda del gobierno, había hablado con la convicción de una realista. Precoz, la más lista de las hijas de Karima Salman y una entusiasta pionera del grupo del Partido Baaz de su escuela, había competido con sus hermanas en cuanto a promesas de lealtad a Hussein, aunque en su diario era más reflexiva. En abril, una semana después de su caída, mientras los chiíes musulmanes celebraban su desaparición, Amal seguía aferrada tenazmente a las ideas recibidas. Hussein era todo lo que ella conocía. "Hasta ahora", dijo mientras charlaba con la familia, "todavía decimos su excelencia el presidente".
Pero en privado Amal parecía desconcertada, y expresó su confusión en el diario. La guerra que temía había terminado y estaba empezando una revolución que no entendía; trató de reconciliar su experiencia con la realidad, tan agitada, imprevisible y amenazadora como era.
"Teníamos confianza en el presidente Saddam Hussein", escribió el 11 de abril, dos días después de su derrocamiento, "pero ahora no sabemos en quién confiar".
Hussein todavía arroja muchas sombras sobre Iraq; lo seguiría haciendo durante los meses y años que seguirían. Casi inmediatamente se empezaron a desenterrar las fosas comunes de los que había perseguido, con decenas de miles de víctimas, quizás cientos de miles. Con su hallazgo se empezó a contar a los muertos. Días después de la caída de Hussein, fotografías fotocopiadas de los desaparecidos o ejecutados y ahora aclamados como mártires empezaron a atiborrar el espacio en supermercados, oficinas y mezquitas. Sus ojos oscuros y tristes miraban el vacío.
El proceso de desmitificación de Hussein fue más lento. Su nombre todavía era susurrado; ¿quién sabía si el peligro persistía, si de alguna manera estaba todavía escuchando, esperando? "Nadie sabe dónde está el presidente Saddam Hussein, o cuándo aparecerá con su ejército", escribió Amal el 16 de abril en su diario. "Dicen que Saddam Hussein está en Bagdad con un gran ejército, levantado para la batalla final entre Iraq y Estados Unidos. Nadie sabe si es verdad o no. Sin simplemente rumores, verdaderos o falsos".
Los secretos empezaron a manar y Amal digirió los horrores del gobierno que había pensado que era indestructible. Semanas después de la caída de Hussein, ella y su familia miraron algunos de los videos a 50 centavos que inundaban los mercados. Mostraban en detalle los ornamentados y horteras palacios arabescos que hizo construir Hussein -"todos de plata y oro", escribió-, el asesinato con gases de 5.000 kurdos en 1988 en el norte de Iraq, en la ciudad de Halabja, y los infames secuestros de Uday Hussein de las mujeres que le agradaban.
"El hijo mayor de Saddam, Uday, es la persona más corrupta de la Tierra", escribió después de mirar los videos durante dos días, la función interrumpida por los apagones. "Cogía a cualquier niña que le atraía. Nadie decía nada porque es el presidente Saddam Hussein. Su otro hijo, Qusay, también es cruel, como su padre y hermano".
Lo mismo es válido, escribió, de los otros parientes de Hussein.
"Nadie se da cuenta de que se han ido para siempre", escribió.

Colapso Abierto
La invasión norteamericana que derrocó a Hussein y empezó la ocupación no tuvo nunca un nombre verdadero. El gobierno de Bush la llamó Operación Libertad Iraquí. Previsiblemente, el propio nombre que dio Hussein a la invasión, Marakt al-Hawasim, la Batalla Decisiva, era igualmente grandilocuente.
Como muchos en Iraq, Amal y su familia llamaban a la guerra simplemente suqut -"el colapso" o "la caída", un nombre quizás más apropiado que todos los demás. Designaba el fin de 35 años de despiadado gobierno del Partido Baaz. De cierto modo sugería que debía inaugurarse un nuevo principio. Durante 2003 y 2004, la Batalla Decisiva se quedó atrás entre los escombros del gobierno. Seguía abierta, su turbia secuela tan inconclusa como dramática la caída de Hussein. Para los iraquíes, suqut significaba un fin sin marcha atrás, un interinato aparentemente interminable. Era una vida impuesta, no elegida.
"Todos se preguntan sobre el futuro de Iraq", escribió Amal en el verano de 2003. "Algunos preguntan dónde está el futuro. Otros dicen que Iraq ya no tiene futuro. Son todas opiniones, pero nadie sabe la verdad".
El diario de Amal se hacía más y más deshilachado. La caligrafía misma estaba llena de trazos altos, los rayos de esperanza que habían pasado, y los bajos más perdurables que parecían volver siempre.
"¡Dios es grande! ¡Alabado sea Dios!", escribió Amal un día cuando la ocasional electricidad parpadeaba en el apartamento. "Había alegría en todo el edificio, y la gente se decían unos a otros: ‘Volvió la luz, gracias a Dios'. Dormimos felices de que hubiera vuelto la electricidad".
Y entonces, unas páginas más adelante: "Estamos esperando que vuelva la electricidad. ¿Qué pasó con las promesas?"
En el edificio de Amal no hubo agua durante meses, así que los niños hacían turnos para acarrear cubos con agua desde un grifo que todavía funcionaba en la entrada abajo, cerca de una negra poza de agua salobres. Pasaban días sin que la familia pudiera conseguir keroseno para cocinar. Cuando había, costaba 20 veces más que antes de la guerra. Los precios de los alimentos subieron fuertemente: Karima se quejó de que, desde el comienzo de la guerra, los pepinos habían triplicado su precio y el de los tomates era el doble. La familia evitó el hambre gracias a los cupones de alimentos que todavía se distribuían mensualmente a las familias. Debían dos meses de alquiler, y el casero pasaba por el apartamento de tanto en tanto, exigiendo airadamente que se le pagara.
La presión se estaba dejando sentir en Karima, una viuda de 36 años. Su hijo mayor, Ali, había sobrevivido la guerra, desertando del ejército antes de que terminara el conflicto para volver a Bagdad. Pero no tenía trabajo. Ella buscó trabajo en los principales hoteles de la ciudad -el Meridien y el Sheraton-, pero no pudo avanzar más alla de la seguridad. No hablaba inglés; a menudo los soldados americanos que custodiaban la entrada no hablaban árabe. Sus intérpretes la rechazaron como chusma callejera.
Mientras las circunstancias de la familia caían en espiral, Karima, desesperada, visitó a la familia de la hermana de su difunto marido, en la calle de Abu Nawas. Karima necesitaba ayuda -dinero para el alquiler y para comer. Después de discutir con ella y humillarla, los parientes trataron que los soldados apostados más abajo en la calle la arrestaran, pero el intérprete que estaba con las tropas era un vecino y se puso de su lado. Karima volvió a casa.
"¿Por qué hizo mi tía una cosa así?", se preguntó Amal. "Es nuestra tría y nosotros somos como sus hijos. Pero los tiempos han cambiado. La vida no tiene piedad de nadie en este mundo. Ni siquiera en una misma familia hay compasión. ¿Por qué? ¿Por qué?¿Por qué hizo todo eso? ¿Por el dinero? Ella es maestra y no pasa necesidades, nosotros sí. ¿Si mi tía no se apiada de nosotros, quién lo hará?"

¿Qué Otra Cosa Podemos Hacer?
En los escritos de Amal, el significado de la liberación fue personal. Su mente estaba en flor, su inteligencia todavía por cultivar dominada por sus pensamientos sobre las experiencias de su país. La duramente ganada sabiduría de Asmal fue la más sosegada victoria en los largos meses después de la caída de Hussein.
En una sociedad que hace equivaler la sabiduría con la edad, la niña antes impresionable había empezado a pensar críticamente, primero sobre Hussein y luego sobre la invasión, la ocupación y las ambiciones que empujaban a los americanos. En su despertar había sólo una ironía: Era libre de hablar, pero fue a los libertadores a los que reprochó con su nueva franqueza.
"La gente está agotada y las condiciones son difíciles. Ahora estamos viviendo de sueños falsos y en una democracia fracasada", escribió. "Antes se prohibían las parabólicas, y ahora se las permite, pero ¿quién puede comprarlas? Compran los que tienen dinero, pero los que no, no pueden comprar nada. Esto es democracia".
Funcionarios americanos bien intencionados observarían a menudo que ellos estaban ahí para abrir la puerta hacia un futuro democrático y pluralista, pero enfatizando que los iraquíes mismos debían hacerlo, por propia voluntad. Una y otra vez -a menudo ciegos ante la historia e indiferentes ante las consecuencias de una ocupación inspirada- los americanos se decepcionaron cuando los iraquíes, apaleados y debilitados por guerras y la dictadura, no cruzaron ese umbral.
Pero los estadounidenses debían, en primer lugar, al menos compartir la responsabilidad de elevar las expectativas de la gente. Los iraquíes podían olvidar la fecha, quizás incluso a la persona que pronunció esas palabras, pero siempre recordarían el juramento hecho por el presidente Bush el 6 de marzo de 2003 de que "la vida de los ciudadanos iraquíes mejorará espectacularmente".
Uno de los que la recordaba era la joven Amal:
"Por favor, díganos, cuando vamos a llevar una vida con seguridad y estabilidad? Escuchen, ustedes gente de fuera, hemos llorado y gritado. ¿Qué más podemos hacer?"
Aunque sus escritos se hicieron después menos frecuentes, el estilo de Amal se hizo más claro, las frases más largas y complejas, su vocabulario más sofisticado. Tenía más confianza en sus ideas sobre la vida que observaba a su alrededor. "Hablan de democracia. ¿Dónde hay democracia? ¿Se trata de que la gente muera de hambre y privaciones y temor? ¿Eso es democracia?"
Cuando llegó el lluvioso, a veces ventoso frío del invierno, la familia de Amal estaba sentada en colchones y viejas sábanas marrones en torno a una tetera, preparado por Fátima, la hermana mayor, y un plato de queso llamado abu thufira servido en una bandeja de metal abollada. En las paredes colgaban fotografías de estrellas pop árabes, además de los habituales retratos e invocaciones religiosas.
Las gemelas pegaron pegatinas de jugadores de fútbol en sus cuadernos de la escuela. Los otros niños cambiaban copias de panfletos que se repartían entonces en la calle. "Un soldado americano llora en Bagdad", declaraba uno de ellos con una foto de una soldado estadounidense con las manos secándose los ojos. El panfleto era de uno de los numerosos grupos rebeldes, y mencionaba las últimas victorias, imaginaria, de la oposición: tres aviones y 14 tanques norteamericanos destruidos en un día. Otro, repartido por los militares norteamericanos, mostraba a un soldado vestido de negro y con un pasamontañas cargando un lanzagranadas. Imploraba a los iraquíes "no permitir que los terroristas o los partidarios del antiguo régimen os roben vuestra nueva libertad".
La familia de Amal creyó en el primero, no en el otro. Hablaron sobre el miedo que habían visto en los ojos de los soldados americanos cerca de su casas. Se contaron rumores de deserciones de soldados norteamericanos. Abundaban las intrigas.
"Todas las explosiones son su culpa", dijo Karima sobre los funcionarios norteamericanos escondidos en la Zona Verde. "Ellos son el motivo de los atentados".
"Es evidente", dijo Ali, mientras en la televisión, a todo volumen, pasaban la serie egipcia ‘Alexandria'. "Sólo los iraquíes mueren en las explosiones. Nunca mueren americanos".
Karima sacudió su cabeza. "Saddam no hizo cosas buenas", dijo. "La gente sufrió. Pero había miedo. Y con el miedo, había seguridad. Él era fuerte".
Ali dijo que era posible que estallara una guerra civil. "Es posible", dijo. "Puede ocurrir".
Amal interrumpió, elevando su voz por primera vez ese día.
"Yo no creo que ocurra eso", dijo.
Cada vez más confiada, Amal, cerca de cumplir los 15, ofreció su propia visión de la confusión del país. "Si digo que los americanos son mejores, alguien preguntará qué han hecho. ¿Qué han hecho por nosotros? Todo lo que han hecho es traer tanques", dijo. "Si digo que en tiempos de Saddam se estaba mejor, me dice ¿qué? Si no le gustabas, te cortaba la cabeza. Era un tirano.
"No sé qué decir", admitió.
Pocos días después, sentada junto a un calefactor que arrojaba un brillo amarillo sobre la habitación, Amal pensaba sobre la conversación anterior.
"La gente debe ser optimista", dijo. A veces, sus ojos castaño oscuro se fijaban en el suelo. A veces, sin embargo, levantaba la vista, con la voz más clara, sus ideas más insistentes. "Debe haber esperanza. Incluso el Corán dice que debemos ser optimistas".
Volvió a bajar la vista. Había un dejo de desafío en sus palabras. "Si no por mi generación, entonces por la que viene".
Karima estaba sentada junto a ella. Habló suavemente, aunque Amal parecía oírla. "Todavía son jóvenes", dijo, sacudiendo la cabeza. "No saben lo que viene".

7 de septiembre de 2005
5 de septiembre de 2005
©washington post
©traducción mQh


gobierna al-qaeda en qaim


[Ellen Knickmeyer y Jonathan Finer] Insurgentes fundamentalistas controlan pueblo cerca de la frontera siria e imponen estrictas leyes.
Bagdad, Iraq. Combatientes leales al líder militante Abu Musab Zarqawi se hicieron el lunes con el control de Qaim, una ciudad iraquí fronteriza clave, matando a los que acusan de colaborar con los americanos y aplicando estrictamente la ley islámica, de acuerdo a miembros de tribus, funcionarios, vecinos y otros en la ciudad y pueblos vecinos.
Residentes dijeron que combatientes extranjeros dirigidos por Zarqawi, un jordano, han estado aparentemente ejerciendo autoridad en la ciudad, a tres kilómetros de la frontera siria, al menos desde el fin de semana pasado. Un cartel colgado a la entrada de la ciudad decía: "Bienvenido a la República Islámica de Qaim".
En otros desarrollos, el lunes el ejército norteamericano conminó a los no-combatientes a abandonar una sección al nordeste de la ciudad de Tall Afar antes del esperado asalto de un bastión insurgente allá. Coches-bomba y otra violencia política en Iraq han costado la vida al menos a 33 civiles iraquíes y miembros de las fuerzas de seguridad. Un soldado americano y dos británicos murieron en otros incidentes, dijeron oficiales.
El informe de Qaim, a unos 320 kilómetros al oeste de Bagdad, marcó una de los movimientos más osados de los insurgentes en sus duelos del gato y el ratón con marines norteamericanos a lo largo del río Eúfrates. Fuerzas norteamericanas han descrito a los pueblos fronterizos en el área como un embudo de combatientes extranjeros, armas y dinero enviado a Iraq desde Siria.
Los insurgentes han hecho ocasionalmente demostraciones de fuerza similares, como la toma, durante unas horas a fines del mes pasado, de un barrio bagdadí por docenas de hombres armados. Luego se retiraron, tras demostrar que pueden tanto reducir a hombres como colocar bombas. La toma del fin de semana de Qaim profundizaron la fuerte presión insurgente sobre la gente aquí y se produce después de que los militares norteamericanos dijeran haber infligido fuertes bajas entre los combatientes extranjeros.
La semana pasada, los marines lanzaron fuertes ataques aéreos contra supuestas casas de seguridad de los rebeldes en el área. También se reportaron enfrentamientos terrestres entre el grupo de Zarqawi y tribus árabes sunníes más abiertas hacia el gobierno iraquí y los militares norteamericanos.
El capitán Jeffrey Pool, portavoz de la Marina en Ramadi, capital de la provincia occidental que incluye Qaim, dijo que no sabía nada de actividades inusuales en Qaim. Los marines están apostados justamente en las afueras de la ciudad, y no hay en ella fuerzas del gobierno iraquí, dijo Pool.
Testigos en Qaim dijeron que los combatientes de Zarqawi estaban matando a funcionarios y civiles a los que consideran aliados de los gobiernos iraquí y norteamericano o anti-islámicos. El domingo se encontró en una calle de Qaim el cadáver agujereado de balas de una joven mujer en camisón. Había una nota junto a su cuerpo: "Prostituta castigada".
Desde el inicio del fin de semana, los milicianos de Zarqawi han atacado y matado a nueve hombres en ejecuciones públicas en el centro de la ciudad, acusándolos de ser colaboradores de las fuerzas americanas, dijo el jeque Nawaf Mahallawi, líder de Albu Mahal, una tribu árabe sunní que ha tenido antes conflictos con los combatientes extranjeros.
Docenas de familias huyen de Qaim todos los días, dijo Mahallawi.
Para los milicianos locales sería ahora "una locura atacar a la gente de Zarqawi, aunque fuera sólo un balazo", dijo el líder tribal. "Esperamos que las tropas americanas pongan fin a esto en los próximos días. Queremos que la ciudad vuelva a la normalidad".
Desde mayo, muchos de los pueblos a lo largo del río han sido controlados por los milicianos extranjeros, a pesar de repetidas ofensivas de los marines en el área. Residentes y marines han dicho que los rebeldes escapan antes de esas ofensivas, y vuelven cuando las tropas se han marchado.
Se supone que los ataques norteamericanos han ayudado a interrumpir las redes insurgentes y reducido el número de atentados con coches-bomba y atentados suicidas en el resto de Iraq.
La tribu de Albu Mahak seguía controlando su pueblo en las afueras de Qaim, dijeron vecinos de la localidad. Sin embargo, un coche-bomba colocado por los milicianos de Zarqawi mató el domingo a un líder tribal, Dhyad Ahmed, y a su hijo Mijbil Saied, dijo un residente.
Milicianos leales a Zarqawi patrullaron abiertamente las calles de Qaim con rifles de asalto AK-47 y lanzagranadas. Los combatientes incluían a iraquíes y extranjeros, incluyendo afganos. Envolvieron los tejados con las banderas iraquíes de Zarqawi, de al Qaeda -un sol amarillo contra un fondo negro.
Los residentes dijeron que en las últimas semanas los rebeldes han empezado a aplicar la estricta ley islámica, quemando tiendas que venden CDs y un salón de belleza, y azotando a hombres acusados de beber alcohol. Dijeron que los combatientes de Zarqawi estaban matando a funcionarios de gobierno, pero habían excluido a médicos y profesores.
Karim Hammad Karbouli, 46, dijo que estaba en un grupo de inquietos residentes mirando a los rebeldes, mientras esperaba el domingo que su hermano pasara a recogerlo para cargar sus enseres y partir. Karbouli dijo que tenía miedo tanto de los milicianos de Zarqawi como de las bombas norteamericanas.
El director del hospital de la ciudad ordenó que los pacientes dejaran el recinto, dijo Muhammed Ismail, médico en el hospital. Los combatientes de Zarqawi habían tomado el control del hospital y el médico temía que fuera bombardeado por los americanos, dijo Ismail.
En Tall Afar, soldados americanos e iraquíes entraron en el cuarto día de la ofensiva contra los rebeldes que han controlado grandes secciones de la ciudad durante casi un año. El lunes noche en el barrio de Sarai al este de la ciudad, donde los comandantes suponen que se han atrincherado los rebeldes, soldados dejaron caer octavillas desde helicópteros, avisando a los no-combatientes que evacuen el área.
Unos 5.000 soldados del Regimiento Blindado de Reconocimiento Nº3 del ejército y la Tercera División del ejército iraquí, continuaron avanzando hacia Saria desde todas direcciones, allanando casas, requisando armas e interrogando a los vecinos.
El lunes temprano, seis miembros de una unidad americana de elite de operaciones especiales fueron heridos durante el allanamiento de la casa de un rebelde, de acuerdo a comandantes americanos. Miembros de la unidad, encargada de la captura de cuadros insurgentes, y el ejército en Tall Afar, se negaron a proporcionar detalles.
Tall Afar, una ciudad de más de 200.000 habitantes, a unos 65 kilómetros de la frontera siria, es considerada un centro logístico de los insurgentes en todo el país.
Una bomba improvisada de carretera mató en Tall Afar a un soldado del Tercer Regimiento de Caballería Blindada, y dos soldados ingleses murieron en el estallido de otra bomba improvisada en el sur de Iraq.
En Bagdad, los insurgentes lanzaron un ataque al amanecer contra el ministerio del Interior, matando a dos agentes de policía, dijeron funcionarios. En otros incidentes de violencia política el lunes en Bagdad murieron al menos 13 civiles, informó la Associated Press AP.
Una bomba de carretera y otros ataques causaron la muerte de cuatro trabajadores de una compañía refinadora de petróleo en Kirkuk. Los insurgentes han lanzado frecuentes ataques contra las interrumpidas exportaciones de petróleo iraquí.
Fuego de morteros impactaron en un barrio residencial en la ciudad de Baquba, en el centro del país, matando a seis civiles, dijo Ahmed Fouad, médico de hospital. Otros ocho civiles murieron al estallar un coche-bomba en Hit, una ciudad al oeste del país, informó la AP.
En las continuadas negociaciones políticas, el presidente Jalal Talabani dijo en una declaración que él y el otro líder kurdo, Massoud Barzani, había accedido a cambios en el borrador de constitución. Los cambios deben aliviar las preocupaciones de algunos países árabes de que la redacción de la constitución aflojaba los vínculos con el mundo árabe.
La redacción describe a Iraq como un país islámico -no árabe-, una concesión a los kurdos no-árabes, que constituyen un 15 por ciento de la población iraquí.

Finer informó desde Tall Afar. Hassan Shammari en Baqubah y Omar Fekeiki en Bagdad contribuyeron a este reportaje.

7 de septiembre de 2005
©washington post
©traducción mQh