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simulacros de ejecuciones


[Mark Mazzetti y John Hendren] De detenidos iraquíes. Archivos exigidos por ACLU describen un asesinato cometido por un soldado y varias formas de tortura. Un capitán obligó a un hombre a cavar su propia tumba.
Washington, Estados Unidos. Un capitán del ejército norteamericano obligó a un detenido iraquí a cavar su propia tumba y luego ordenó a las tropas simular que le disparaban -en una de las varias ejecuciones simuladas descritas en informes de investigación dados a conocer el martes por el ejército.
El capitán Shawn L. Martin del Tercer Regimiento de Caballería Blindada fue condenado de agresión grave y asalto por una corte marcial por el episodio de la ejecución simulada, dijo un portavoz del ejército. Fue sentenciado a 45 días de confinamiento y una multa de 12.000 dólares.
El 13 de julio de 2003 Martin llevó a un iraquí con la vista vendada, un detenido sospechoso de haber cometido un atentado con bomba improvisada contra tropas americanas dos días antes, hacia el desierto de Ramadi, de acuerdo a documentos militares y oficiales del ejército.
Martin le pasó una pala y le dijo que cavara su tumba, declararon soldados bajo su mando durante la investigación.
Un sargento dijo que había disparado un balazo sobre la cabeza del iraquí obedeciendo órdenes del capitán. Luego, el prisionero fue dejado en libertad.
Oficiales del ejército dijeron que el incidente violaba las reglas del manual de campo del ejército, que prohíbe explícitamente, como una forma de tortura, los simulacros de ejecuciones.
El caso fue descrito en 50 páginas de testimonios jurados y antecedentes disciplinarios de entre 2.600 páginas de documentos de la investigación, informes de incidentes, formularios médicos y otros documentos relacionados con maltratos a prisioneros, que el ejército dio a conocer después de que la Unión Americana por las Libertades Cívicas pidiera su publicación de acuerdo a la Ley de Libertad de Información.
Entre los documentos se encuentran informes sobre otros simulacros de ejecuciones, un homicidio y la descripción de un incidente en el que supuestamente un soldado aguijoneó a un prisionero con una estrella de David mientras amenazaba a los otros árabes en la habitación.
El teniente coronel Jeremy Martin, portavoz del ejército, dijo que los documentos mostraban que el ejército investigaba concienzudamente y procesaba las acusaciones de maltratos independientemente del rango de los soldados implicados.
"Las investigaciones llegan hasta la verdad, cualquiera sea", dijo.
Los documentos incluyen escasos detalles, en una sola página, sobre el asesinato de un iraquí. Un soldado raso de la Primera División de Infantería fue condenado por el homicidio de un detenido iraquí el 28 de febrero de 2004, cuando las tropas rastrillaban el área de Taal Al Jal, al norte de Bagdad.
El soldado, que no fue identificado por el ejército, fue sentenciado a tres años de prisión. Fue degradado de rango de soldado raso de primera clase a soldado raso, y dado de baja deshonrosamente.
En el caso del capitán Martin, los soldados dijeron que inmediatamente después de que explotara la bomba improvisada en la calle cerca de sus tropas, Martin pateó a los detenidos que llevaban esposas de plástico y apuntó una pistola contra uno de ellos. "Te voy a matar... ¿Qué sabes?", dijo Martin, según los soldados, a un iraquí.
El capitán también capturó a ocho personas en una vehículo y apartó al conductor de los otros, dijeron los soldados. Luego oyeron un disparo "como si lo hubiera matado para asustar al resto de los detenidos", escribió un soldado.
Más tarde, otro soldado escribió en una declaración jurada, los soldados dijeron que el capitán les había dicho que "no hablaran sobre el asunto" y que "coordinaran sus historias".
Los documentos del ejército también detallaron dos simulacros de ejecución de detenidos iraquíes capturados saqueando una fábrica de municiones en junio de 2003.
Tras completarse la investigación, el jefe de un pelotón de tanques del ejército de la Primera División Blindada aceptó ser dado de baja para evitar la corte marcial. Los documentos no indican si un sargento, que supuestamente trabajó con el líder del pelotón, será procesado.
De acuerdo a los documentos liberados el martes, el apodo del líder del pelotón -un teniente segundo- era Yancey; su apellido fue censurado. Todo el nombre del sargento fue tachado.Los documentos dicen que en el primer incidente, Yancey disparó su arma justo a la derecha de la cabeza del detenido.
El oficial dijo más tarde a los investigadores militares que lo habían atacado perros salvajes y que disparó para asustar a los perros. Sin embargo, varios testigos militares dijeron que los perros en torno a la fábrica de municiones no estaban amenazando a los soldados.
La investigación militar del incidente descubrió evidencias de que Yancey a menudo aplicaba "justicia callejera" y disfrutaba asustando a los detenidos.
Dos días después, el pelotón descubrió en la fábrica de municiones a un padre y sus hijos cargando metales en un camión. Después de detener a los iraquíes, contó un soldado, el sargento preguntó al padre: "¿Cuál quieres que muera?" -refiriéndose a los hijos del hombre.
Varios soldados dijeron que recordaban que el sargento se había alejado con uno de los hijos detrás de un edificio y habían oído un disparo.
"Yo le grité, pero me ignoró o no me oyó y siguió llevándose al niño. Oímos un solo balazo", se lee en una declaración jurada.
Interrogado sobre por qué no había preguntado nada después de oír el balazo, un soldado dijo: "Mientras menos sepa, más pronto me iré a casa".
El oficial al mando de Yancey, un coronel cuyo nombre también fue tachado, escribió: "No veo motivo para manchar de por vida el historial de Yancey con una condena federal y licenciamiento en una corte marcial".
La "desgracia" de su despido fue suficiente castigo, escribió el coronel.

18 de mayo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh

los rebeldes, los marines


[Solomon Moore] Primero unos, luego los otros. Aldeanos al oeste de Iraq dicen que están contentos de que las tropas erradicaran a los rebeldes. Pero también están cansados de Estados Unidos.
Ribat, Iraq. Después de servir té a los marines y de invitarles a su jardín, el antiguo funcionario iraquí levantó su camisa y mostró sus cicatrices.
Había verdugones marrones en su espalda, donde había sido azotado. Había pequeñas quemaduras circulares en sus piernas. Levantó su labio superior para mostrar sus dientes quebrados. Mostró sus manos y las líneas rojas donde habían estado las esposas incrustadas en su piel durante los ocho días de cautiverio.
"Los terroristas asustan y atacan a la gente de aquí. Levantan puestos de control y patrullan. Al que pillan tratando de pasar a Al Qaim lo matan de inmediato con un cuchillo y lo arrojan a la vera del camino", dijo el antiguo funcionario, que pidió al periodista de Los Angeles Times que viaja con los marines, no publicar su nombre por miedo a que los insurgentes lo maten a él y su familia.
"Francamente, no me gusta la ocupación norteamericana", dijo. "Pero prefiero la ocupación americana a la ocupación de Al Qaeda".
Una misión de más de 1.000 marines, uno de los despliegues más grandes desde la batalla de Faluya de noviembre pasado, ha pasado esta semana a través de pueblos a lo largo del río Eúfrates cerca de la frontera con Siria buscando bastiones insurgentes.
Los marines lanzaron la campaña el domingo y participaron de inmediato en un furioso tiroteo. Desde entonces se han topado con pocos insurgentes, pero han encontrado mucha gente que se queja de las guerrillas.
Los marines proyectan una temible presencia cuando llegan a una ciudad: convoyes encabezado por retumbantes tanques, seguidos por vehículos blindados anfibios cargados de armas. Los marines atacan en abanico, sacan a la gente a empujones de sus casas con órdenes imperiosas e inician "explosiones controladas" -detonaciones de coches sospechosos, posibles minas antipersonales y bombas improvisadas.
Casi todos los días iraquíes proporcionan a los marines información sobre rebeldes extranjeros, que parecen jugar un importante papel en esta parte del occidente de Iraq. Los combatientes han estado llegando a las ciudades en números cada vez mayores desde que las tropas aliadas ocuparan Faluya, que era la capital de la resistencia.
Los vecinos que los insurgentes amenazan, golpean y a veces asesinan a los que no cooperan con ellos. Dicen que los rebeldes se apropian de sus casas y coches, les impiden pedir trabajo en las fuerzas de seguridad iraquíes y ponen en peligro sus ciudades lanzando ataques desde sus patios contra tropas americanas.
Los vecinos dicen que no les gusta la ocupación norteamericana, y se preocupan de que hablar con los marines les pueda ganar la venganza de los insurgentes una vez que la tropas se hayan vuelto a marchar.
"Tenemos que entrar", dijo un hombre a los marines que lo estaban interrogando en la calle. "No es seguro hablar aquí".
Otros luchan por comunicarse con las tropas, que a menudo carecen de intérpretes. El viernes un viejo se dirigió animadamente a un frustrado marine durante 15 minutos, bosquejando en un momento lo que parecía ser una imagen de la frontera siria en la polvorienta calle junto a su casa.
"Imagino que está tratando de decir que se marcharon todos a Siria", dijo el marine.
Mientras los marines barrían las aldea del área de Ramana al oeste de la provincia de Al Anbar, una región de contrabandistas, tribus criminales y casas de seguridad de Al Qaeda, han dependido de residentes locales para localizar minas antipersonales y escondites de los rebeldes. Los vecinos han incluso identificado a insurgentes y sus colaboradores.
"No hemos matado a tantos insurgentes como queríamos", dijo el mayor Kei Braun, oficial al mando de la Compañía Lima, Tercer Batallón, 25 Regimiento, una de las unidades que dirige la campaña. "Pero tampoco hemos matado a civiles. No ha habido demasiado daño colateral. Así que creo que tenemos amigos aquí. Probablemente nos estamos ganando a algunos".
Pero los marines pueden ser una pesada intrusión durante una batida, y era evidente viajando con la Compañía Lima que algunos vecinos resentían que las tropas hubieran entrado a patadas en sus casas.El viernes, los marines allanaron sistemáticamente casas, volcaron pilas de mantas y almohadas y se metieron a jardines a interrogar a los vecinos. Con sus cascos, gafas de sol, chalecos antibalas y pistolas, eran una presencia imponente.
El miércoles el teniente Joseph Clemmey, 26, de Worcester, Massachusetts, comandante del Tercer Pelotón, Compañía Kilo, ordenó a un grupo de 20 mujeres detenidas que se sacaran el velo de sus caras para asegurarse de que no eran insurgentes tratando de ocultarse entre ellas. Las mujeres refunfuñaron, y algunas se negaron.
"Decídles que no tienen alternativa", dijo Clemmey a su intérprete. "Si no lo hacen ellas mismas, las obligaremos".
Cuando los marines de la Compañía Lima entraron el viernes a una casa en Ribat, el padre de familia se puso a caminar detrás para ser su guía.
El sargento Guy Zierk se volvió y empujó al hombre fuera de la casa violentamente. El iraquí sonrió nerviosamente cuando se retiraba. Otro marine le dio una bofetada con el empeine de la mano cuando pasó junto a él.
"Podría llevar un chaleco antibalas", dijo un marine.
Cuando las tropas se marchaban, el hombre les miraba desde el otro lado de la calle, fumando. Los marines también ocupan sus casas, expulsando temporalmente a las familias si piensan que una casa es un lugar seguro para planear su próxima movida.
"¿Son esos niños de tu hermano?", le preguntó Zierk a un hombre parado en el jardín. Una mujer y tres niños estaban sentados en las escaleras de la casa. Un cachorro encadenado a un poste ladró a los marines. El hombre dijo que era tío de los niños.
"Tú, el de los niños del hermano, marchaos. ¡Ahora!", gritó el sargento.
La familia también se llevó el perro.
A pesar de las inconveniencias que causan los marines, el antiguo funcionario de gobierno iraquí parecía feliz de verlos. Los invitó a su casa, temeroso de que ojos maliciosos pudieran observarlo y les dijo que los combatientes extranjeros habían mantenido a su pueblo secuestrado durante un año. Los insurgentes escaparon hacia Siria hace cuatro días.
"Trataron de dañarme porque yo trabajaba para el gobierno", dijo el hombre. "Me retuvieron durante ocho días hasta que mi tribu les obligó a dejarme en libertad. Dijeron que si me mataban, ellos matarían a cuatro hombres de Al Qaeda".
El hombre dijo a los marines que la orden norteamericana que limita la posesión de armas de fuego a una por familia y una pequeña cantidad de municiones han obstaculizado la capacidad del pueblo de defenderse a sí mismo. También dijo que las porosas fronteras de Iraq ponían en peligro a sus residentes.
"Si los norteamericanos o los iraquíes cierran la frontera, los terroristas no podrán volver", dijo. "Pero si vosotros os marcháis mañana, volverán, y matarán a todos los que han colaborado con los americanos".
¿Cuándo decidió hablar con los marines sobre los insurgentes que habían controlado su ciudad?
"Porque son tipos malos", dijo el hombre. "Preguntádle a cualquiera. Los últimos cuatro días desde que llegaron los soldados han sido aquí muy diferentes, porque se marcharon los terroristas".

18 de mayo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh

vida como agente secreto


[Alan Furst] De la CIA.
A principios de los años setenta se corrió el rumor en la comunidad de expatriados en París de que Harry Mathews "era de la CIA". ¿Por qué? Bueno, porque, según escribe en su nueva novela autobiográfica, se pensaba que era muy rico, y homosexual; había estudiado en la Ivy League, que le daba un trasfondo WASP; había estado en Laos y tenía tiempo para hacer lo que se le antojara, incluyendo escribir novelas bien recibidas. Caso cerrado. El libro que ha escrito sobre ese período de su vida, ‘My Life in CIA' -un conocido en el libro señala que en la agencia no se usa nunca el artículo ‘la'; no se dice "la CIA", sino simplemente "CIA"- empieza como una memoria; evocativa, argumentativa y divertida. El personaje "Harry Mathews" deja claro que no es homosexual, aunque cena a menudo con un amigo gay, y no es muy rico, aunque una pequeña herencia, combinada con su inocencia de novelista, le permite vivir bien. Y no es CIA.
Pero el rumor persiste y empieza a irritarlo. Así, un amigo propone una idea espléndidamente mala: si decir que uno no es la CIA significa que sí se es, cruza al otro lado del espejo y di que sí eres -ahora aumenta la desconfianza a tu favor, ¿no es así? Su narrador procede entonces a actuar como cree que actuaría alguien de la CIA; entrega una misteriosa caja de cigarros a un jefe de camareros, marca huellas de tiza en las paredes, aunque no pasa nada, y empieza algo que cree que parece una agencia de patentes -una compañía poseída por un servicio de inteligencia, designada para actuar como cobertura del trabajo clandestino. Con eso sí lo logra. Elementos del mundo del espionaje -el servicio de inteligencia francés, la Mossad y, claro, la CIA misma- empiezan a emerger de las sombras.
En este momento, el libro empieza a leerse más como una novela, aunque los hilos de memoria siguen entrelazados en ella: sus referencias a amigos extranjeros, expatriados de todas partes, lanzando sus nombres seductores y extranjeros como si los conociera todo el mundo; perfectos pequeños restaurantes y qué pedir; un vida amorosa vacilante; visitas al ballet, a la ópera y a la casa de campo; pluviosas epifanías y discusiones sobre política cultural. Esas discusiones se centran en la pertenencia en la vida real de Mathews, como el único estadounidense, a Oulipo, el Taller de Literatura Potencial, un movimiento intelectual galo que ha producido, más notablemente, la novela de Georges Perec, ‘La desaparición' (traducida al inglés como ‘A Void'), escrita sin la letra E.
Pero ‘My Life in CIA' no es una novela oulipiana; de hecho, se esfuerza en re-acomodar el mobiliario convencional del género de historias de espionaje -el secuestrado enrollado en una alfombra, las espeluznantes entrevista con maleantes o tipos que te hacen recordar a la KGB, los programas asesinos de lunáticos de extrema derecha. Sin embargo, de vez en cuando salen a flote algunos elementos de de espionaje que se acercan a la verdad. Por ejemplo, las tácticas de un hombre llamado "Patrick", que se aparece de la nada y mete astutamente a Mathews en una conversación. Esas autenticidades parecen sacadas de la mitología de los expatriados, que tratan de identificar a los espías de verdad que de vez en vez recorren sus comunidades.
Sin embargo, a pesar de los burdos bordes de la mecánica de la novela de espionaje, ‘My Life in CIA' es extremadamente atractiva. Para la gente que vive en el extranjero, la vida es comúnmente otro país -Expatria- poblado por ciudadanos del mundo. Y los expatriados norteamericanos en el París de principios de los años setenta vivieron vidas de algún modo similares: viviendo a su país nativo a través de las páginas del International Herald Tribune, tratando de responder las preguntas que más intrigaron a los parisinos -¿qué es Watergate? ¿Por qué es tan importante? Eso pasa a cada rato, ¿por qué andan todos tan excitados?- y comprando salsa de arándano antes del Día de Acción de Gracias. Esta vida es tan fundamental para Mathews que su punto de vista -remoto, distante, al otro lado del Atlántico- revive en cada párrafo, y el resultado es que parece ser el novelista más profundamente despreocupado que hayamos leído. "Y a veces las noticias eran buenas. Los últimos marines salieron de Vietnam; y si creías las noticias, en París se volvería a producir una ópera decente". O: "Un día en octubre, Jean Tinguely y yo nos presentamos a la sede de la Cruz Roja en París para ofrecernos como voluntarios en Budapest. Era sábado; las oficinas estaban cerradas".
Sin embargo, despreocupado o no, una novela se escribe a riesgo propio. Al principio uno cree que es el dueño, hasta que se vuelca contra uno. Hay algo de placer en mirar el desarrollo de ‘My Life in CIA', porque no se puede negar la bioquímica que sostiene dos tercios de la novela. Mathews pone en movimiento todas esas tramas y subtramas, y crea a todos esos personajes. Es así que el libro se transforma en una verdadera novela de espionaje, con artimañas elaboradas y refinadas estrategias diseñadas para extraer al narrador de las engorrosas dificultades apiladas sobre él en las primeras páginas de la novela.
Mathews lo hace bien, muy concienzudamente y bastante convincente. Debe escapar y viajar en secreto, y sus aliados de la novela espionaje le ayudan. Así que después de todo es un libro del que es fácil prendarse, un placer inusual: la fantasía de espionaje de un expatriado americano, y una novela muy entretenida. Por supuesto, es una novela.

Alan Furst es autor de ocho novelas históricas de espionaje. Su más reciente ha sido 'Dark Voyage'.

16 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh

fin de un pelotón


[Ellen Knickmeyer] Los marines que sobrevivieron una emboscada, mueren y son heridos en explosión.
Haban, Iraq. La explosión envolvió en llamas al vehículo blindado, lanzando bolas de fuero naranja que burbujearon sobre los árboles a lo largo del río Eúfrates cerca de la frontera siria.
Los marines en los vehículos alrededor abrieron sus escotillas y echaron a correr a través de los campos arados, hacia los restos de metal ennegrecido del destruido vehículo. Gritando pusieron en seguridad a los que pudieron, mientras las llamas hacían explotar balas, proyectiles de morteros, bengalas y granadas en los vehículos, lanzándolas por el aire y en los pastizales.
El sargento de artillería Chuck Hurley emergió del humo y confusión en torno al vehículo, acercándose en círculos hacia el lugar donde más tarde aterrizarían los helicópteros para recoger a las bajas. Al pasar un grupo de marines, dijo: "Eran del mismo pelotón".
Entre los cuatro marines que murieron y 10 heridos cuando explotó un artefacto explosivo debajo de su Amtrac el miércoles, donde los últimos miembros en estado de luchar del pelotón que había cuatro días antes combatido contra combatientes extranjeros escondidos en una casa en el centro de Ubaydi. En ese enfrentamiento murieron dos miembros de la unidad, y cinco quedaron heridos.
En 96 horas de combate y emboscadas en el lejano oeste de Iraq, la brigada dejó de existir. Todos los miembros del pelotón -uno de los tres que forman el Primer Pelotón de la Compañía Lima, Tercer Batallón, Regimiento 25- habían sido muertos o heridos, dijeron marines aquí. En total, el Primer Pelotón -al mando de Hurley- ha soportado el 60 por ciento de las bajas, destruyéndola como fuerza de combate.
"La llamaban la Lima con Suerte", dijo el mayor Steve Lawson, comandante de la compañía. "Eso se dio vuelta, y nos mordió".
El miércoles fue el cuarto día de combate en el oeste de Iraq, cuando los militares norteamericanos continuaron con un asalto que ha implicado el envío de más de 1.000 marines hacia la indómita ribera norte del Eúfrates en persecución de los combatientes extranjeros que cruzan la frontera desde Siria. De los siete marines muertos hasta el momento, seis eran del Primer Pelotón de la Compañía Lima.
La Compañía Lima reclutó reservistas de la marina en Ohio para el conflicto de Iraq. Algunos eran todavía demasiado jóvenes como para tener que afeitarse.
Iban a la guerra en un Amtrac de la Marina, un vehículo blindado que, como los tanques, se desliza sobre orugas. En Iraq los marines normalmente van apretados en el Amtrac, con un hombre o dos sentados en cajas de cartón de las raciones. Sólo los artilleros que tripulan las escotillas de los Amtracs tienen alguna visión de lo que pasa. Los que van dentro descubren lo que es su campo de combate cuando desciende la rampa y salen corriendo con las armas en ristre.
Los marines normalmente pasan el tiempo en el Amtrac picoteando sus raciones favoritas, burlándose despiadadamente de alguien por comer o dormir demasiado, o durmiendo.
El lunes, cuando el asalto de los marines contra los combatientes extranjeros empezó formalmente, los jóvenes marines del Primer Pelotón ya estaban exhaustos. El enfrentamiento en la casa de Ubaydi esa mañana y la noche previa habían sido los inesperados primeros choque de la operación, enfrentándoles a los insurgentes que disparaban balas que penetraban los chalecos antibalas a través del piso. Les tomó 12 horas y cinco asaltos del pelotón -más granadas, bombardeos un avión de guerra F/A-18, ataques con tanques y proyectiles a 20 metros- para matar a los insurgentes y recuperar los cuerpos de los marines muertos.
Después durmieron en los Amtrac en movimiento, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta. Uno se levantó a estirar las piernas. Se durmió de nuevo de pie, apoyado contra las paredes de metal.
Los miembros de la brigada hablaron para comparar lo que sabían sobre el estado de los heridos. Al enterarse de las últimas noticias, se quedaban silenciosos. Después de una media hora de silencio, un marine ofreció un terso elogio de uno de los miembros del pelotón heridos en Ubaydi: "Bunker es un buen tío".
Con la operación en curso, los comandantes marines mantuvieron atrás al Primer Batallón, dejando descansar a los hombres.
Los comandantes habían esperado que la operación terminaría con la captura rápida o muerte de grandes contingentes de combatientes extranjeros. Pero los extranjeros, y todos los demás aquí, tuvieron amplias noticias sobre la llegada de los marines -incluyendo a los que iban a pelear a Ubaydi.
Para cuando el pelotón de la Compañía Lima cruzó al norte del Eúfrates, aldeas enteras no consistían más que de casas abandonadas con huellas frescas de vehículos que llevaban a los pastizales o casas ocupadas solamente por niños y viejos. Los hombres en edad de luchar son pocos. Los rifles de asalto AK-47 que se guardan típicamente en las casas iraquíes habían desaparecido.
Muchos marines se quejaron amargamente de que los comandantes los sacaron de la batalla en Ubaydi cuando los insurgentes todavía estaban peleando, para empezar la ofensiva planeada. "Nos sacan de matar a la gente que quieren que matemos y nos llevan a esos pueblos fantasmas", se quejó el miércoles en el porche de una casa confiscada como base temporal.
Los allanamientos de casas se estiraron hasta tarde, el tedio quebrado solamente por fuego de armas pequeñas y rondas de mortero lanzadas por los insurgentes ocultos en el otro lado del río.
Este corresponsal se había bajado del Amtrac justo en ese momento y la unidad reconstruida del Primer Pelotón rodaba hacia el Eúfrates en una fila de vehículos blindados, encaminados hacia más allanamientos de casas, cuando el vehículo pisó uno de los explosivos.
Los marines pensaron inicialmente que la explosión la habían causado dos minas puestas una encima de la otra. Pero los informes de marines de que habían visto un proyectil de artillería y dos radios de mano cerca del sitio de la explosión despertó sospechas de que la explosión fue causada por una bomba activada por control remoto, dijo Lawson.
Hurley y otros sacaron del Amtrac a sus compañeros mientras las llamas hacían explotar las municiones. Mientras los marines acarreaban camillas hacia el Amtrac, las balas detonaban en el armatoste y volaban a decenas de metros. Los marines corrían a través de la balacera, llevando a los heridos. "Vamos, vamos, vamos", gritó alguien, desesperado por sacar a los heridos.
Los cuatro muertos estaban atrapados en el interior del vehículo, dijo Lawson.
"Pasamos por encima. Le pasamos por encima", dijo sobre el explosivo uno de los muchos marines en el convoy que iba delante del Amtrac en llamas, sorprendido de que estuviera aún en vida.
"Eso fue lo último del pelotón", dijo otro, el capellán Craig Miller, cuya traslado el mes pasado lo había sacado de la unidad. "Hace tres semanas, habría sido yo".
El miércoles por la noche los helicópteros dieron a Hurley y al resto de los miembros del Primer Pelotón un permiso de descanso. Volverán cuando el pelotón sea recompuesto, dijeron los marines.
Otro comandante del pelotón de la Compañía Lima ordenó a sus hombres acostarse temprano, para prepararse para las operaciones del día siguiente. La mañana podía esperar.
"No tenemos tiempo", dijo el comandante.

12 de mayo de 2005
©washington post
©traducción mQh

desfalco militar en iraq


[Christian Miller] Han desaparecido casi 100 millones de dólares.
Washington, Estados Unidos. El gobierno de Estados Unidos ha iniciado una pesquisa criminal de un supuesto desfalco cometido por oficiales que no pudieron justificar casi 100 millones de dólares desembolsados en proyectos de reconstrucción iraquí, dijeron el miércoles investigadores federales.
Los auditores no han podido documentar completamente cómo un pequeño grupo de oficiales que trabajan en un puesto de avanzada norteamericano en Hillah destinó el dinero a trabajadores iraquíes, según una auditoría dado a conocer ayer por Stuart W. Bowen Jr., el inspector general para la reconstrucción de Iraq.
Los auditores encontraron problemas "importantes" en la oficina de Hillah, incluyendo un caso en el que a un oficial despedido por el mal manejo de fondos le fue permitido continuar desembolsando dinero casi un mes después de su despido.
Es la primera vez que funcionarios del gobierno norteamericano han sido investigados por una supuesta trama de corrupción en la reconstrucción de Iraq. Los intentos de reconstrucción han sido estropeados por acusaciones contra iraquíes y contratistas de Estados Unidos y otros lugares.
Los fondos de reconstrucción que fueron estudiados provienen de capitales requisados del antiguo régimen de Saddam Hussein y de los ingresos por el petróleo iraquí, no del dinero de los contribuyentes norteamericanos.
Otros funcionarios norteamericanos en Iraq han sido investigados por incidentes de menor cuantía, aunque no ha habido acusaciones. En los casos que están siendo investigados ahora, el informe observa prácticas de contabilidad cuestionables de varios oficiales por millones de dólares durante un período de 16 meses que terminó en octubre.
Los investigadores están escudriñando un "puñado" de sospechosos, dijo Jim Mitchell, portavoz del despacho del inspector general especial. Observó que la pesquisa se encontraba recién iniciada, diciendo solamente que las discrepancias descubiertas por los auditores justificaban su transferencia a investigadores criminales.
También dijo que no estaba claro si los funcionarios norteamericanos actuaron de concierto, ya que sirvieron en diferentes momentos.
"No estamos diciendo que el dinero se ha perdido. Estamos diciendo que no podemos justificarlo", dijo Mitchell.
Un funcionario norteamericano dijo a los auditores que le dieron 6.75 millones de dólares el 21 de junio y le dijeron que para el 28 de junio tenía que haber gastado el dinero, el día en que el gobierno respaldado por Estados Unidos en Iraq traspasara la soberanía a un gobierno interino iraquí.
Funcionarios norteamericanos "estaban impresionados de que era más importante distribuir el dinero rápidamente en la región antes que obtener toda la documentación necesaria", dice el informe.
Los auditores se asombraron de una serie de aparentes errores de contabilidad en el Programa Regional de Respuesta Rápida, un oscuro proyecto de reconstrucción que operaba desde su despacho en Hillah. El proyecto debía impulsar la reconstrucción en el sur y centro de Iraq permitiendo a los funcionarios norteamericanos aprobar rápidamente contratos de hasta 200.000 dólares cada uno.
Para pagar a los trabajadores en la economía de dinero contante de Iraq, el personal militar designado y los civiles entregan literalmente el dinero a los iraquíes. Los funcionarios norteamericanos debían justificar esos pagos con recibos. Pero los auditores no los encontraron o eran incompletos por un 96.6 millones de dólares en pagos de un total de 119.9 millones de dólares.
En un caso dos funcionarios volvieron de Iraq después de completar sus turnos de servicio sin justificar 1.5 millones de dólares en desembolsos. El encargado de los fondos en contante puso a cero el balance en una hoja de cálculo -un aparente intento de "remover balances pendientes simplemente lavando las cuentas", dice la auditoría. Los funcionarios, como los otros en la auditoría, no fueron identificados.
En otro caso el 30 de mayo Estados Unidos ordenó el retiro del funcionario a cargo del programa general en contante, pero siguió en el puesto hasta el 20 de junio. Cuando se le pidió que justificara 1.878.870 dólares, el funcionario devolvió exactamente esa cantidad tres días más tarde -despertando sospechas de que tenía "una reserva de contante y entregó lo que faltaba" para completar el proceso de control, dice el informe.
En otro caso un funcionario cometió tres errores en los libros de contabilidad. En un ejemplo, dijo a sus superiores que había dado 311.100 dólares a otro funcionario cuando en realidad le había entregado 1.210.000 dólares, quedando poco claro donde habían quedado los restantes 898.900 dóalres, dice el informe.
Dos otras auditorías fueron dadas a conocer el miércoles criticando el manejo general de Estados Unidos de fondos iraquíes y estadounidenses.
Para contratos financiados con dinero iraquí, los agentes de contratos no pudieron demostrar servicios prestados en más de la mitad de los 300 contratos cerrados por valor de 332.9 millones de dólares.
Para contratos financiados con los 18.4 billones de dólares de fondos de los contribuyentes, los oficiales no pudieron encontrar ni siquiera un cuarto de los 48 contratos que habían sido escogidos para revisión. Otros contratos fueron encontrados en gavetas o mal archivados.
Funcionarios estadounidenses que reaccionaron antes las auditorías reconocieron los problemas y prometieron resolverlos. Atribuyeron las discrepancias en la dificultad de operar en un ambiente de tiempos de guerra.
Los funcionarios mencionados riesgos tales como un alto cambio de personal, problemas de seguridad y falta de suministros de oficina básicos, entre ellos archivadores.
"El ambiente aquí en Iraq durante la guerra tuvo un efecto debilitador sobre la calidad de los contratos", escribió el mayor de ejército general John Urias, director de contrataciones en Iraq, en una respuesta sorprendentemente ingenua. "El manejo de las crisis era la orden del día".
El coronel del ejército Thomas Stefanko, que ahora supervisa la oficina de Hillah, dijo que estaba formando un "equipo de acción especial" para investigar las discrepancias y recolectar el dinero faltante.

11 de mayo de 2005
6 de mayo de 2005
©http://www.latimes.com/news/nationworld/world/la-fg-fraud5may05,0,4547625.story?coll=la-home-world
©traducción mQh

posibles peleas entre rebeldes


[Solomon Moore] A medida que cambia la dinámica en la frontera, los marines cerca de la ciudad de Husayabah ya no son los únicos objetivos.
Husaybah, Iraq. Los marines asignados al Camp Gannon, en las afueras de esta indómita ciudad donde los insurgentes están bien plantados en la tierra, están acostumbrados a que se les dispare. Así cuando hace poco oyeron balazos de AK-47 y docenas de morteros estallaron en la ciudad, no se sorprendieron.
Esta vez, sin embargo, ellos no eran el blanco.

"Se estaban disparando entre ellos", dijo el capitán Frank Diorio, el comandante del campo.
Desde puestos de observación en el perímetro del campo, los marines han mirado a los insurgentes lanzarse docenas de rondas de mortero unos a otros y balaceras de horas. Y los vecinos de la ciudad, creen aquí las tropas, se han ocasionalmente unido a los combates.
Algunos marines especulan que un grupo de insurgentes puede haber atacado a otra facción. Creen que grupos locales están luchando contra los grupos con militantes extranjeros.
Ubicada en la intersección de la frontera siria y el río Eúfrates, esta antigua ciudad de 30.000 habitantes ha sido durante siglos un cruce de viajeros, comerciantes y contrabandistas, y vive prácticamente independiente de cualquier autoridad nacional.
Tampoco Saddam Hussein logró dominar gran parte de la enorme provincia occidental de Al Anbar, con sus océanos de arena y aisladas tribus árabes sunníes.
En los últimos dos años, dicen los militares norteamericanos, Husaybah se ha transformado en una ruta de pasaje y campos de adiestramiento de los combatientes que llegan desde Siria.
"Los insurgentes obtiene adiestramiento y dinero aquí y luego se trasladan hacia el este", dijo Diorio. "Ahora parece que muchos se quedan aquí. Quieren transformar este área en otra Faluya, pero muchos de los vecinos no quieren saber nada".
El teniente Ronnie Choe, el agente de inteligencia en el campo, dijo que muchos vecinos del área que al principio lucharon junto a los insurgentes ayudándoles a cruzar la frontera se han desilusionado desde entonces de los militantes. Si son ideas de los marines o parte de la realidad no puede ser determinado ahora; y no es aconsejable aventurarse en la ciudad para hacer entrevistas.
"Las tensiones en Husaybah las provocan los combatientes extranjeros que vienen aquí y se quedan aquí. Los muyahedines han incluso amenazado a los imanes", dijo Choe, usando el término local para rebeldes.
Dijo que el mes pasado los insurgentes secuestraron a un clérigo que había leído un sermón el viernes pidiendo a los combatientes extranjeros que dejaran de atacar a los americanos desde Husaybah porque ponían en peligro a los vecinos cuando los marines retornaban el fuego. Choe también describió cómo los combatientes extranjeros habían secuestrado los sermones semanales.
"Oyes una voz leyendo el sermón, y luego continúa otra persona", dijo.
Choe observó que los llamados al teléfono de delaciones estaban aumentando y dijo que esos contactos eran su mejor fuente de inteligencia.
Hace dos semanas, las tropas allanaron una casa en Husaybah y encontraron un alijo de armas. La familia reconoció rápidamente que los insurgentes habían ocultado contrabando en su casa, dijo Diorio.
"Dijeron: ‘Sí, llegaron y metieron las armas aquí. Y antes de partir le dispararon a mi hijo".
La transformación de Husaybah de una ruta insurgente a punto de destino de combatientes extranjeros fue evidente durante al ataque a gran escala contra el Camp Gannon el mes pasado. En ese ataque 30 a 40 insurgentes dispararon sus rifles Kalashnikov y lanzagranadas para desviar la atención de tres vehículos-bomba -una furgoneta, un enorme camión de basura y un camión de bomberos. Los conductores de los dos vehículos más grandes trataron de romper la barrera de seguridad interna del campo.
El ataque fracasó y sólo dos marines quedaron levemente heridos. Pero el alto nivel de planificación y coordinación indicaron la participación de extranjeros y tiempo y recursos, dijeron oficiales norteamericanos. Más tarde Al Qaeda reivindicó su responsabilidad en el ataque.
"Ese ataque nos mostró que ellos tienen la capacidad de organizar ataques de alto nivel", dijo el teniente coronel Timothy S. Mundy, el comandante del batallón en Camp Gannon y la ciudad vecina de Qaim. "Tomó un montón de tiempo y esfuerzo planificar ese ataque, pero no es algo que no pueden hacer".
Esos ataques han provocado pocas bajas norteamericanas, un hecho que no ha pasado desapercibido a los insurgentes detenidos, dijo el capitán Tom Sibley, el agente de inteligencia del batallón.
"Muchos de estos tipos están desilusionados", dijo Sibley. "Nuestros detenidos en el áreas nos lo han dicho". Dijo que muchos de los insurgentes detenidos en la provincia de Al Anbar dicen a los interrogadores que están cansados de pelear.
"Un montón de ellos provienen de familias donde uno o dos o tres hermanos han sido detenidos o matados", dijo Sibley. "Muchos de ellos tienen trabajos normales; están tratando de seguir adelante con sus vidas normales y al mismo tiempo participar en la resistencia. Tienen esposas... y niños que los extrañan".
Pero por otro lado insurgentes recalcitrantes les están presionando para que sigan peleando, dijo Sibley.
"Los tipos de Al Qaeda matan a esa gente si no colaboran", dijo Sibley. "No los tratan bien".
Los marines de Camp Gannon reconocen que muchos vecinos de Husaybah están atrapados en el medio, observando a los dos lados para ver quién conquista el poder. Diorio dijo que los marines piensan quedarse hasta que las fuerzas de seguridad de Iraq se establecieran más tarde en la región.
Entretanto los marines realizan ocasionalmente operaciones de "puestos de observación" en las que un pequeño grupo ocupan una residencia en la ciudad y se queda en la noche para recoger inteligencia. Estas operaciones son raras debido a los riesgos involucrados, tanto para los marines como para la gente con la que entran en contacto.
El capellán de lanceros Karl Smithson, 22, participó hace poco en una de esas operaciones. Viajando antes del amanecer, los miembros del equipo llegaron furtivamente a la casa de una familia iraquí y se encerraron ahí durante 24 horas.
"Supongo que tenían miedo", dijo Smithson.
Después de unos tensos momentos, una de las mujeres que vivía ahí reconoció que hablaba algo de inglés. Sirvió a los hombres comida y té, y Smithson dijo que los marines la convencieron de la idea de que las tropas de Estados Unidos se iniciaban matando a sus parientes era falsa.
Smithson dijo que tiene la sensación de que los vecinos tampoco quieren a los insurgentes, aunque tienen miedo de hablar sobre ellos.
"Me habría gustado comunicarme con ellos más tiempo", dijo. "Pero aquí estamos en el salvaje oeste. Y sé que cuando nos marchemos, todo volverá a ser como antes".

11 de mayo de 2005
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las cámaras vuelven a rodar


[Edmund Sanders] Libres de Hussein, la televisión y la industria cinematográfica está floreciendo y probando sus límites.
Bagdad, Iraq. El director iraquí Akram Kamel está corriendo contra el sol para terminar la filmación de una escena callejera en Bagdad para sus miniseries de televisión.
La luz diurna es la única luz que tiene. Cuando cae la noche, los actores y el equipo se apresuran a llegar a casa antes del toque de queda y eludir a los criminales, secuestradores y a la espantadiza policía que recorren las calles de la capital.
"¡Quieto todo el mundo! ¡Stand by!", grita Kamel, los ojos fijos en un monitor de video que enmarca a dos actores sentados en el patio de un restaurante. Los personajes empiezan a mostrarse amor, susurrando, cuando dos helicópteros militares norteamericanos volando bajo retumban arriba, apagando el diálogo. "¡Corten!", ladra el director. La actriz da vuelta los ojos.
La escena vuelve a empezar, pero esta vez el altavoz de una mezquita empieza a transmitir las oraciones de la tarde, amortiguando el diálogo. Minutos más tarde, Bagdad se ha hundido en otro corte de luz. Los generadores del vecindario empiezan a retumbar. Kamel se rinde ante la cacofonía.
"Este país no tiene arreglo", dice echando chispas, pasándose las manos por sus ralos cabellos canos.
Filmar en las calles de Bagdad produce sin querer una especie de cinema vérité y directores como Kamel hacen frente a dificultades cuando tratan de revivir la maltratada industria de la diversión.
Después de décadas de censura gubernamental y dos años de ocupación norteamericana, actores, cineastas y productores de televisión están disfrutando de las nuevas libertades artísticas para contar historias sobre los iraquíes -antes y después del derrocamiento de Saddam Hussein- para una audiencia cada vez más hogareña.
Una docena de nuevos canales de televisión privados están produciendo telenovelas, comedias, reality shows y dramas con un sabor distintamente iraquí. Por primera vez la televisión iraquí está abordando problemas de justicia social, corrupción oficial y a veces la vida durante el régimen de Hussein.
El primer largometraje de posguerra del país es ‘Underexposure', que se concentra en la generación perdida de jóvenes artistas que debieron sobrevivir la ocupación norteamericana. Ahora hace su debut en festivales de cine internacionales.
‘Departure', una innovadora serie de televisión que estrenó en abril, hace la crónica de una familia de gángsteres que prospera después de la caída de Bagdad vendiendo antigüedades robadas. Piénsese en ‘Sopranos' con un toque iraquí. Un personaje del programa aterriza en la cárcel días antes de la invasión norteamericana después de emborracharse e insultar a Hussein. Es la primera vez que un programa de diversión iraquí describe negativamente la vida durante el gobierno del dictador.
"El programa muestra lo que llevamos dentro", dijo Mothana Ahmed, 40, dueño de una tienda de alimentación de Bagdad que ha estado observando día tras días el desarrollo del drama. "Todos conocemos los crímenes de Saddam Hussein, pero ver nuestras vidas retratadas en un programa de entretención es excitante y horroroso".
Quizás el éxito de televisión más grande es ‘Caricature', una irreverente comedia del tipo de ‘Saturday Night Alive' que aborda temas que van desde los cortes de electricidad hasta los secuestros y los funcionarios holgazanes. En un sketch un empleado oficial desempleado que perdió su trabajo después de la guerra maldice al antiguo administrador norteamericano L. Paul Bremer III, porque ahora su vida ha sido reducida a llevar al baño a su suegro enfermo.
Otro sketch hace la crónica de la eterna espera de una familia en la cola de una gasolinera; sus hijos crecen y se transforman en adultos y la barba del padre le llega al pecho. En otro, una poca agraciada maestra de una escuela primaria se ve inundada por propuestas de matrimonio después de que su salario en el gobierno subiera de 3 a 200 dólares al mes.
El renacimiento de la diversión es un fenómeno cultural clave para el país, dicen expertos. "El cine documenta las experiencias de una sociedad. Documenta la vida de la gente, de nuestras aspiraciones y nuestros sufrimientos", dijo Sabah Mehdi Musawi, decano de la escuela de cine de la Universidad de Bagdad.
La nueva cosecha de películas y programas de televisión hechos en casa no sólo proporciona un necesario escape para los iraquíes sino también puede ayudarles a entender mejor su realidad."Ver algo en la televisión acerca más al espectador", dijo Alaa Dahan, director de Al Sharqiyah, el canal de televisión por satélite que emite ‘Departure' y ‘Caricature'.
Los telespectadores dicen que están contentos de tener una razón para reír de nuevo.
Adnan Dabagh, 60, es un recalcitrante fan de ‘Caricature' que advierte a los amigos y familia no interrumpirlo durante el programa diario de las siete de la tarde.
"Ese es un tiempo sagrado para mí", dijo un oficial jubilado del ejército iraquí. "Nuestra vida real es tan mala que necesitamos un programa así para reírnos del asunto de una manera que todos podamos entender".
Los nuevos programas están probando las normas religiosas y sociales de Iraq. Las comedias en la red oficial Al Iraqiya han mostrado a jeques borrachos y agentes de policía imbéciles, personajes que no hubieran sido permitidos nunca durante el antiguo régimen.
Los líderes, desde el presidente Bush hasta el antiguo primer ministro iraquí Iyad Allawi, son rutinariamente objetos de burla. Las miniseries de gángsteres de Al Iraqiyah muestran una escena en hombres y mujeres beben y bailan juntos, un conducta escandalosa para la televisión iraquí, que todavía no ha mostrado un beso en la pantalla.
Algunos iraquíes creen que los programas de noticias van demasiado lejos. Hace poco un grupo religioso protestó que ‘Tata Academy' en Al Sumeriya rebajaba la cultura iraquí. El programa, llamado así por los tatas, los deteriorados autobuses públicos hechos en India, programas paródicos de caza de talentos en los que se ridiculizan los estilos de canto y acentos iraquíes. El programa fue brevemente descolgado, pero continuó a petición de los anunciadores.
El ex ministro de electricidad de Iraq, Ayham Samarrai, que es frecuentemente el blanco de chistes de un equipo de comediante en el canal Al Iraqiya, se quejó ante la estación, dijo uno de los actores.
"Nos aconsejó que lo dejáramos tranquilo", dijo Nahe Mahdu, un conocido comediante iraquí. "Por supuesto, eso nos hizo querer hacer más programas sobre él. Así que después de eso subimos la presión".
Antes de la invasión la industria del cine y la televisión iraquí había estado estancada. La producción había llegado a un tope en los años setenta y principios de los ochenta, cuando la Babel Film Co., produjo en profusión sagas patrióticas sobre las supuestas proezas militares de Iraq y dramas históricos sobre los reyes hashemitas que admiraba Hussein. El hijo del dictador, Uday, controlaba el principal canal de televisión, que tenía que someter los guiones y películas a monitores del gobierno antes de salir al aire.
Después de la Guerra del Golfo de 1991 la producción se paralizó durante el embargo de Naciones Unidas. Las importaciones de equipos de cámaras y químicos para los revelados de las películas fueron prohibidas porque los inspectores temían que pudieran ser usados en el espionaje o para hacer armas químicas. La televisión iraquí se transformó en un páramo de reposiciones de Egipto y otros países árabes.
La invasión norteamericana de 2003 le dio el golpe final. La escuela de cine de la Universidad de Bagdad perdió su escuela de cine en un incendio después de que aviones norteamericanos atacaran la emisora de radio de la ciudad universitaria. Los saqueadores se llevaron lo que libró del incendio, dejando atrás sólo una par de máquinas de edición polvorientas y a manivela demasiado grandes como para ser robadas.
"La mayoría de nuestros archivos, la historia del cine iraquí, se perdieron en las llamas", dijo Musawi, el decano, parado ante varias pilas de rollos de películas oxidados que es lo que queda de la colección. La escuela posee una sola cámara de video Sony, que permanece guardada con candado en un armario la mayor parte del tiempo porque nadie sabe cómo compartirla entre 200 estudiantes.
Después de la guerra la venta de antenas parabólicas -que antes eran ilegales- subió en picado y los iraquíes por primera vez tuvieron acceso a programas de todo el mundo, desde taquilleras películas de Hollywood hasta pornografía italiana.
"Al principio la gente estaba ansiosa de ver el mundo exterior", dijo Dahan, de Al Sharqiyah, el canal de televisión que ahora sólo emite programas producidos en Iraq. "Al año después estaban hartas, y ahora quieren ver algo local".
Tras la caída de Bagdad, el cineasta Oday Rasheed corrió al ministerio del Cine a recoger una película que los censores habían considerado demasiado radical. Encontró edificios en llamas y unos saqueadores robando películas Kodak de 35 milímetros vencidas.
Compró 80 latas y empezó a filmar una película sobre un cineasta y otros artistas recorriendo las calles de Bagdad, buscando significación en medio de la ocupación americana.
Convenció a la Eastman Kodak Co. a revelar gratis el metraje. La Babel Film Co., que seguía cerrada y sin presupuesto, prestó al joven director cámaras y otros equipos.
Tituló su película ‘Underexposure' para ajustarse a las películas vencidas y mostrar las confusiones y aislamiento de su generación antes y después de la guerra.
"Estamos viviendo vidas subexpuestas", dijo Rasheed.
"Estamos atrapados en el medio. Es fácil entrar y salir. Pero no lo construir algo nuevo".
La película se ha mostrado en festivales en Dinamarca, China y Alemania, pero de momento ha sido incapaz de mostrarla a los iraquíes porque la mayoría de los teatros siguen cerrados debido a problemas de seguridad.
Además, los cineastas iraquíes comparten una preocupación con los productores menos conocidos de Hollywood: La falta de dinero para hacer y distribuir sus propias películas. El nuevo gobierno iraquí carga con otros desafíos y es improbable que haya inversión privada dadas las sombrías expectativas de que los iraquíes vuelvan pronto al cine.
"Dinero. Todo gira sobre el dinero", dijo Heider Minathar, un actor convertido en director que está tratando de reunir 150.000 dólares para una saga sobre un dictador parecido a Hussein.
Algunos canales de televisión están comenzando a hacer beneficios, dicen los gerentes, aunque la venta de publicidad en Iraq ha sido irregular. ‘Tata Academy' es uno de los programas que hace dinero. El controvertido programa fue comprado por 18.000 dólares por un canal de televisión, que a su vez gana 5 millones de dólares en publicidad, dijo Kamel, que producía el programa.
Kamel dice que exigirá más en su próximo programa, una miniserie sobre dos mellizos que se reúnen después de haber sido separados cuando uno de los padres escapara del régimen de Hussein, dejando al otro atrás.
De momento, Kamel y otros están descubriendo que hay límites a su libertad. Mencionar el nombre de Hussei todavía es tabú en la televisión. La mayoría de los programas se sitúan en el Iraq de posguerra y hacen sólo breves referencias al antiguo régimen.
La reciente serie ‘Departure' fue la primera en describir la vida antes de la invasión norteamericana, pero comienza sólo 10 días antes de la guerra y se refiere a Hussein como "el presidente".
"Mucha gente no está todavía dispuesta a mirar el pasado", dijo Dahan. "Todavía no llegamos a eso".
Kamel dijo que sacó una referencia directa a Hussein de un guión que había accedido recientemente a filmar.
"Olvida a Saddam", dijo. "Está muerto".

Caesar Ahmed contribuyó a este reportaje.

9 de mayo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh

la ley contra las tribus


[Anthony Shadid] Predicando el imperio de la ley en un país tribal. El reto de un gobernador iraquí: Hacer funcionar la democracia.
Basra, Iraq. Mohammed Musabah llega a su trabajo a una hora diferente cada día. Son precauciones de seguridad, explicó el nuevo gobernador de Basra. Los partidos políticos de la ciudad que se oponen a él, algunos apenas más que bandas armadas, están determinadas a verlo fracasar. Hasta cuatro de cada cinco de sus agentes son leales a sus enemigos. Y en un país corroído por la corrupción, él quiere ser un político honesto.
"Seguro, al principio era demasiada presión", admitió.
Musabah sonrió, como de costumbre. Después de un mes en el trabajo, dijo, está aprendiendo a hacerle frente.
Mientras Iraq negocia el elevado drama de la política a un nivel nacional, con un parlamento preparándose para abordar las cuestiones fundamentales del futuro estado -el papel de la religión, el federalismo y los derechos de las mujeres-, Musabah es el hombre punta de la tarea más mundana de lograr que el gobierno funcione realmente. Su éxito en la segunda ciudad más grande de Iraq, cicatrizada por tres de guerra en 25 años y olvidada durante un lapso similar, puede ir lejos a la hora de asegurar que la democracia institucional sea algo más que una promesa en Iraq. Su fracaso podría sugerir que los problemas de Iraq son simplemente más grandes que sus buenas intenciones.
Después de un día en la oficina, una ordenada habitación con una fuente en una esquina, lujosos muebles de cuero y máquinas de aire acondicionado permanente en todas las paredes, Musabah explicó los principios que pensaba que serían su legado: transparencia, credibilidad a los ojos de su electorado y el imperio de la ley en el sur de Iraq donde el mundo de los jeques tribales y clérigos religiosos dominan la ley.
Con una ocasional mueca, se volcaría al trabajo entre manos. Había problemas menores: las demandas de compensación por una clínica requisada hace una década. Lo intratable: una furiosa disputa tribal sobre una muerte en una fiesta de bodas, y trabajadores municipales desencantados que predicen que este verano habrá menos electricidad que en el último. Y lo ominoso: los rivales que siempre están conspirando.
"Hay muchas dificultades, y no las ocultaremos a nuestro pueblo", dijo Musabah, desde detrás de su escritorio.
Pero, se preocupaba, sus opositores "están esperando que cometa algún error".

Elección de Compromiso
A los 43, Musabah, un hombre rechoncho con una cara jovial, es un novicio en la política. Antes de asumir el cargo, era un hombre de negocios y portavoz de un importante grupo islámico conocido como el Partido de la Virtud, que obtuvo buenos resultados en las elecciones locales de enero en el sur de Iraq. Su partido obtuvo 12 de los 41 escaños del consejo provincial de Basra, en segundo lugar tras la coalición de partidos islámicos rivales que obtuvo 20 escaños. Cuando esa coalición no pudo ponerse de acuerdo en un candidato a gobernador, Musabah se transformó en la opción de compromiso.
Se ajusta a la imagen de un tecnócrata. Dos pilas de folletos de un metro y medio se erigen a un lado de un escritorio. Su oficina está desprovista de símbolos religiosos, excepto una placa de oro en su mesa de trabajo que dice: ‘En nombre de Dios, el piadoso y misericordioso'. Con un presupuesto de apenas 23.000 dólares para una ciudad de 1 millón y medio de habitantes, tiene un personal reducido. Dos de sus seis hermanos son ayudantes voluntarios.
En un país donde el poder a menudo se traduce en grandilocuencia, Musabah es tranquilo, serio, casi tímido. No tiene tarjeta de visita, ni correo electrónico. Escucha más que habla durante jornadas de trabajo de 12 horas, y salpica su lenguaje de formalidades receptivas. "Dios le pagará", es su favorita. A menudo dice: "A su servicio" -son las palabras con que recibió a sus primeros invitados, una delegación de periodistas locales.
"Nos gustaría ser la lengua con la que habla el pueblo", declarí Hatim Bajari, el presidente de la Unión de Periodistas de Basra. "No deberíamos ocultar nada. Nosotros seremos los ojos controlando el bien y el mal".
Musahab asintió, sonriendo. "Prometimos a la gente que no les ocultaríamos nada", respondió.
Llevaron té. (Hacia el final del día, se habían servido más de 100 tazas de té). Y a su tiempo los periodistas hicieron sus peticiones: dinero para una nueva sede y una oficina para un reportero en la sede provincial.
"Llevo apenas 25 días", dijo Musabah. "Dadme una oportunidad".

Puerta Abierta
De los sísmicos cambios en Iraq desde la caída de Saddam Hussein en el otoño de 2003, uno de los más notables es quizás la relación de la gente con el poder. Ya no es remoto, fortificado detrás de capas de temor e intimidación, y ha sido desmitificado. Durante la reunión de 20 minutos el lenguaje fue informal, sin las oberturas serviles antes obligatorias incluso en reuniones de bajo nivel durante el gobierno de Hussein.
"Tenemos la puerta abierta todo el tiempo", dijo Musabah a los periodistas. "Necesitamos que los medios de comunicación se impliquen en todos los problemas, grandes y pequeños".
Llegó otra delegación del ministerio de Irrigación. Sus miembros se quejaron sobre los funcionarios del Partido Baaz de Hussein que todavía trabajaban como colegas. Le mostraron al gobernador una petición que habían enviado también a las oficinas de partidos musulmanes en Basra, muchos de los cuales operan misteriosas milicias armadas clandestinas que intimidan, secuestran y a veces ejecutan a los que creen enemigos.
"No lo hagan", les dijo el gobernador en un raro ataque de ira. "Es un error actuar fuera de la ley".
Los hombres miraron avergonzados. "Que sea la voluntad de Dios", respondió uno.
En las calles de Basra y Bagdad, a veces se hacen bromas sobre palabras que suenan como si hubieran sido importadas con la invasión norteamericana -"pluralismo" y "transparencia", por ejemplo. Musabah parece tomarlas en serio.
"Se impondrá el respeto de la ley", dijo a la delegación, "no el gobierno de las tribus".
En la oficina de Musabah, como en gran parte de Iraq, la autoridad sigue siendo un concepto ambiguo. ¿En qué se basa, dice la pregunta: en Dios, en las armas, en el dinero o en las tradiciones? Musabah tiene su respuesta, aunque dice que comprende el legado de su país de un poder caprichoso y se da cuenta de que su administración carece de la fuerza institucional que necesita para respaldar su autoridad.
"Tendremos éxito si implementamos la ley", dijo después de una reunión con la delegación. "Somos un gobierno que respeta la ley y eso es lo que he prometido a todo el mundo. Nadie está por encima de la ley, ni yo".
Repitió las palabras, como para convencerse: "Somos un gobierno que respeta la ley".
Sólo unos minutos separaron las reuniones de Musabah hoy. En los intervalos, garabateaba rápidamente en la larga pila de memos ante él. Cuando entraba otro grupo, se levantaba de su silla y saludaba cálidamente a los visitantes.
"¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos!", dijo a la delegación de sabeanos, una antigua secta religiosa que se encuentra en el sur de Iraq y que es considerada protegida por la ley islámica. "¿Cómo es su situación? Será buena, si Dios lo quiere".
Los sabeanos le trajeron un ramo de flores del tamaño de un tronco y una copia de su libro santo, el Tesoro, que uno de ellos besó antes de entregar a Musabah. "Yo debería visitaros", les dijo Musabah, "no vosotros a mí". Sonrieron, intercambiaron más saludos y luego fueron al grano: Tenían miedo de quedar marginados bajo la nueva orientación islámica de Iraq.
"Nuestra tierra es la tierra de Iraq", dijo Haithem Rissen, el jefe de la delegación.
Debido a que usualmente comparten los mismos conservadores objetivos sociales, los partidos islámicos que controlan Basra están a menudo agrupados de un modo que oculta las divisiones originadas en la historia y en lealtades. El Partido de la Virtud de Musabah, por ejemplo, es un retoño del movimiento dirigido por el padre de Moqtada Sáder, un joven y estridente clérigo anti-norteamericano cuya milicia combatió dos veces contras tropas norteamericanas el año pasado. Mientras Sáder sirve a la calle, el Partido de la Virtud apela a los profesionales e intelectuales.
La disputa entre los partidos religiosos es feroz, mucho más intensa que su lucha contra los grupos laicos. Musabah opina que los otros partidos islámicos con la mayor amenaza para su éxito, incluso si se refrena de atacarlos, como hizo durante la campaña.
"Hay muchos otros partidos y movimientos tratando de inflamar la situación", dijo.
Como en otras ciudades del sur de Iraq, la disputa es usualmente resuelta dentro de las fuerzas de seguridad formadas en los últimos dos años. Musabah estima que 75 a 80 por ciento de los policías de Basra no son leales a él sino a partidos islámicos rivales. En su primer mes, despidió a dos de los más poderosos oficiales de policía, ambos discípulos del Consejo Supremo de la Revolución Islámica en Iraq, un importante partido chií.
"Nosotros representamos la ley", dijo a una delegación de tres agentes de policía que eran los siguientes en su sarta de reuniones. "Somos legales. Somos elegidos".
Se quejaron de que otros agentes eran leales a partidos: se preocupaban de que las tribus ignoraran su autoridad.
"Dile que el gobernador es tu tribu", dijo Musabah.
Luego entró una delegación de miembros de una tribu, con el pañuelo de cabeza a cuadros negros y túnicas de jefes tribales. A un lado estaba el apenado hermano de un hombre matado en una fiesta de bodas hace cuatro meses por una bala perdida. Al otro estaban dos jeques tribales tratando de que desistiera de su demanda de que 17 personas de la familia del novio se mudaran a otra ciudad, como castigo.
Hicieron crujir con los puños los brazos de las sillas. Apuntaron con el dedo. Los gritos eran interrumpidos por ocasionales: "¡Dejadme hablar!" El jeque Alí Almerian, el hermano chico y enjuto hermano del hombre asesinado, se volvió hacia el gobernador. "Si no resolvéis el problema", dijo en un árabe tosco y rural, "¡correrá más sangre!" Se hicieron más llamados al hombre a desistir. "¡Nunca! ¡No habrá negociaciones!"
Musabah seguía tras su escritorio, sereno. La riña continuó durante media hora hasta que él hizo una sugerencia: Invitó a todas las partes a la oficina del gobernador la próxima semana, y encontrarían un compromiso.

Hijo de Basra
Para muchos en Basra, Musabah sigue siendo una cantidad desconocida. De momento, los que se han encontrado con él dicen que sabe escuchar y que es honesto y amable. Las quejas que se oyen a menudo son sobre la nueva generación de líderes orientados religiosamente en Basra: Tiene poca experiencia y no demasiada educación. (Trabajó durante dos años como agrimensor). Los ruidosos elementos laicos en la ciudad se preocupan de que su apariencia de moderado oculte un conservadurismo más draconiano.
"La elección fue excelente, pero resultado malo", dijo Saleh Najim, decano de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Basra.
Musabah habla poco de religión. Dijo que no se consideraba ya miembro del Partido de la Virtud, sino más bien "hijo de Basra". En cuanto a la fe, dijo, era mejor dejarlo en manos de otros. "Trataremos a todos de la misma manera", dijo. "Los problemas religiosos no tienen nada que ver con los asuntos de gobierno. Esa es la perspectiva de los clérigos".
Su día estaba por terminar, y las bandejas de té seguían llegando. Entregó un permiso de portar armas a un sacerdote católico y se reunió con contratistas que estaban luchando por impedir el colapso del alcantarillado de Basra. Los capataces de una fundición del estado suplicaron por dinero para hacer andar su fábrica. Un clérigo local preguntó si había fondos disponibles para reconstruir una mezquita de un barrio. El secretario de Musabah, Furat Salih, le trajo un trozo de papel manuscrito que reportaba los cortes de electricidad en Basra, un informe que recibe diariamente.
Pronto llegó una delegación de obreros de obras públicas. Estaban nerviosos y algo cínicos. Las horas de apagón provocan quizás las quejas más grandes de los habitantes de Basra, y los obreros dijeron que no sabían qué hacer. Sus equipos tenían 25 años. Las soluciones, dijeron se quedaban en el papel.
"Estamos sufriendo y sufriremos más este verano. No tenemos repuestos ni generadores", dijo Maytham Wasfi, subdirector general de los servicios de electricidad en el sur de Iraq. "La electricidad se agota, especialmente en el sur".
Musabah dio un respingo, luego trató de tranquilizarlos.
"Vamos a ser muy francos con las masas", dijo.

21 de abril de 2005
©washington post
©traducción mQh