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el agente y los terroristas 4


[Mark Arax] Durante 35 años, James Wedick fue una estrella del FBI. Cuando sus ex colegas procesaron a un sospechoso de terrorismo, tomó partido por la defensa y fue tildado de traidor. Última entrega.
En los meses anteriores al juicio, mientras el presidente Bush felicitaba al FBI por su trabajo en el caso de Lodi y el zar de los servicios de inteligencia, John Negroponte, mencionaba la red de "extremistas musulmanes" en la ciudad agrícola, quedó cada vez más claro que más allá de los Hayat, no había ningún caso. Se demostró que los dos imanes, los llamados peces gordos que presuntamente eran los cerebros de la campaña de reclutamiento de terroristas, habían expresado opiniones anti-norteamericanas años antes durante una tumultuosa época en Pakistán, pero nada más. Al final, justificándose en violaciones menores a las leyes de inmigración, el gobierno los deportó.
A mediados de febrero, Jim Wedick abrió la pesada puerta de la sala del tribunal del juez de distrito Garland E. Burrell Jr., el ex marine de Los Angeles Sur-Central que había presidido la sala en el caso del Terrorista Solitario [Unabomber]. Wedick eludió a los abogados de la defensa Johnny Griffin y Wazhman Mojaddidi y se sentó juntos a los dos acusados. Se había estado preparando para este momento durante ocho meses, trabajando gratuitamente, estudiando meticulosamente las confesiones de padre e hijo y analizando detenidamente todo pedazo de papel que el FBI le había pasado. Para el viejo agente, todo se resumía en unas preguntas básicas.
¿Si este caso era importante, por qué puso el FBI la investigación en manos de agentes novatos? ¿Por qué no usó el buró su abundante personal en Pakistán para seguir a Hamid y determinar si había participado en un campamento terrorista? ¿Por qué, si era una amenaza tan seria para la seguridad nacional, lo sacó el FBI de la lista negra y le dejó volver a entrar a Estados Unidos? ¿Por qué, si Hamid estaba realmente confesando, el FBI encontró necesario meterle las respuestas en la boca?
El trío de jóvenes fiscales -S. Robert Tice-Raskin, Laura L. Ferris y David Deitch- apenas miraron a Wedick. Trató de no establecer contacto visual con los agentes del FBI que se apiñaban en torno a la mesa del gobierno, pero cuando lo intentó, ellos pretendieron no haberlo visto. Sabía lo que estaban pensando. Su esposa había llegado a casa de vuelta de la oficina, hecha un mar de lágrimas y diciéndole que sus colegas agentes lo estaban llamando "traidor" y que no sería admitido en el banquete que estaban organizando para despedir a un viejo colega. Ahora fijó su mirada en los jurados. Provenían de las regiones más conservadoras del estado -en cuanto a eso, podría haber sido perfectamente un jurado de Oklahoma- y tenían que determinar el destino de Hamid.
Ferris se levantó para dirigirse a los jurados. Les dijo que Hamid llevaba un álbum de recortes ‘yihadista' y se había sumergido en la ideología musulmana extremista antes de viajar a Pakistán. Allá había asistido a un campo de adiestramiento de Al Qaeda y volvió a casa con el objetivo de atacar a Estados Unidos. "Hablaba sobre los campos de adiestramiento. Hablaba sobre actos de violencia", dijo. "Hablaba sobre la yihad, la yihad, la yihad".
Entonces le tocó el turno a Mojaddidi, el abogado de la defensa. Refugiado de Pakistán, ella y los Hayat eran de la misma tribu pashtún, sólo que ellos eran del campo y ella, de la ciudad. "El gobierno no puede probar que él haya realmente asistido a un campo de adiestramiento. Ese es un eslabón perdido que es crucial". En lugar de eso, en Pakistán Hamid pasó el tiempo jugando al cricket y casándose y siguiendo clases de religión en un seminario. En cuanto a la confesión, Hamid simplemente repitió "las palabras que quería oír el FBI". No eran nada más que tonterías.
Y entonces los testigos empezaron a subir al estrado.
Primero fue Lawrence Futa, un agente del FBI en Japón que declaró que el 30 de mayo de 2005, el vuelo de las Líneas Aéreas Coreanas a San Francisco fue desviado hacia Tokio porque llevaba un pasajero que aparecía en una lista negra. Futa entrevistó a Hamid Hayat y encontró que era un joven agradable que negaba toda vínculo con el terrorismo, de modo que lo dejaron viajar en un vuelo posterior.
También habló Pedro Tenoch Aguilar, el agente novato que dirigió el caso y que admitió que nunca pudo corroborar si Hamid había o no asistido a un campamento de terroristas. "Sólo tenemos su declaración", dijo Aguilar. Naseem ‘Wildcat' Khan declaró que Hayat había expresado su deseo de ir a un campo, pero nunca le dijo que ya hubiera asistido a alguno.
Un profesor de estudios islámicos declaró que el verso que Hamid llevaba en su cartera -"Oh, Alá, te colocamos en sus gargantas y en ti nos protegemos de su maldad"- podía haber sido una oración para los viajeros que buscaban protección divina. Más probablemente, sin embargo, era una súplica que llevaban "fanáticos y extremistas". Finalmente, un analista del ministerio de Defensa declaró que las fotografías satelitales tomadas en el nordeste de Pakistán mostraban un campamento cerca de Balakot que "probablemente" correspondía con uno de los campamentos descritos por Hamid.
Todo era más bien turbio, y padre e hijo no iban a aclarar las cosas. El juicio, parecía, se basaría en una confesión que no se convirtió en una confesión sino en las primeras horas del 5 de junio de 2005. Es cuando el agente Tim Harrison se convirtió en el principal inquisidor de Hamid.

"¿Así que la yihad significa que peleas y atacas algo?"
"Uh-huh".
"Dame un ejemplo de un blanco. ¿Un edificio?"
"Yo no diría edificio. Yo diría gente".
"Okay, gente. Sí. Es razonable. Gente en edificios... Estoy tratando de obtener detalles sobre los planes que tenías".
"Ellos no nos dieron ningún plan".
"¿Pero te dieron dinero?"
"No, no me dieron dinero".
"¿Te dieron armas".
"No".
"¿Te dieron objetivos en Estados Unidos?", preguntó nuevamente el agente.
"¿Quiere decir cosas como edificios?"
"Sí, edificios", asintió el agente. "¿En Sacramento o San Francisco?"
"Yo diría en Los Angeles y San Francisco".
"¿Financieros, comerciales?"
"Yo diría finanzas y cosas como esas".
"¿Hospitales?", sugirió el agente.
"Quizás, seguro".
"¿Quién dirigía el campamento?"
"Mi abuelo, quizás".
"¿Al Qaeda? ¿Al Qaeda?"
"Yo diría que ellos dirigían el campamento... Sí, eso es lo que voy a decir".

¿Qué estarían pensando los jurados?, se preguntaba Wedick. Si no podía decirles qué pensaba exactamente -que esta era la "investigación más necia e infantil" que había visto alguna vez con el nombre del FBI-, podría al menos subir al estrado y decir lo idiota que era el interrogatorio. Podría contarles al menos sobre las precauciones que tomó en el caso de la Estafa de las Gambas, cómo se había estado preparando durante todo un año para una sola entrevista y cómo logró que un informante cooperara después de que llenara meticulosamente las paredes del cuarto de interrogatorios con gigantescas fotos de vigilancia del tipo cuando recibía un considerable cheque para la campaña.
Estaba lejos de tener la certeza de que el tribunal accediera a llamar a Wedick como un testigo experto. Hasta el momento, el juez Burrell había mostrado una actitud cercana a la beligerancia cuando se trataba de los abogados de la defensa. Cuando resolvía contra ellos, lo hacía con un aire de impaciencia que bordeaba la intimidación. Y en cuanto a la posible declaración de Wedick, el fiscal Deitch había presentado casi cien páginas de mociones para impedir que el agente subiera al estrado. Argumentó que Wedick había "exagerado groseramente" su experiencia en el contraterrorismo y que sus reflexiones equivaldrían a evidencias acumulativas "inútiles", el equivalente legal de la exageración.
Johnny Griffin, en representación del padre, se levantó para ofrecer varias razones de por qué era necesario que Wedick explicara algunas deficiencias importantes. Pero Burrell no sorprendió a nadie cuando le dijo que volviera a sentarse. "Sé lo que declarará", gruñó a Griffin. "Puede pasar al siguiente tema".
Fuera de la sala del tribunal, Wedick se preguntó cómo el mismo gobierno que rechazaba sus credenciales podía fracasar a la hora de producir una sola pieza de evidencia corroborante en cuatro años de pesquisas que cuestan al contribuyente millones de dólares y que desenterraron a un envasador de cerezas y un vendedor de helados que recorría la ciudad tocando ‘Pop Goes the Weasel'. "Observar el poder del estado desde este lado de la verja es algo extraño para mí", admitió. "Lo que estamos haciendo a esos musulmanes es lo mismo que hicimos a los japoneses en los años cuarenta. Es el mismo temor y la misma reacción exagerada. En lugar de los campos de internamiento, los estamos mandando a la cárcel".
Con Wedick silenciado, las dos partes cerraron sus alegatos y los casos contra el padre y el hijo siguieron cursos y jurados separados que habían estado juntos durante dos meses.

Los musulmanes paquistaníes de Lodi miraron y esperaron, acurrucados a la sombra de la mezquita, las cabezas gachas mientras sacaban fuera cajas de dieciocho kilos de pollo fresco del supermercado Pak India
-la misma tienda que el informante del gobierno había colocado en el centro de una banda que estaba enviando fondos a Osama bin Laden. "Este lugar ni siquiera da lo suficiente para mantener a una maldita familia", dijo el tendero. "¿Cómo podría enviar dinero a Osama bin Laden?"
En la casa amarilla, los niños estaban jugando al baloncesto junto al camino de entrada bordeado de árboles de granadas, higos y nísperos, uno de ellos vestido a la manera tradicional corriendo hacia la cesta mientras su primo en vaqueros trataba de impedírselo. El camión de helados estaba parado a un lado y el gallinero donde padre y hijo acostumbraban a ocuparse de sus aves, estaba vacío. El tío de Hamid, Umer Khatab, daba vueltas afuera en sus sandalias de cuero.
Estaba parado debajo de unas telas de algodón doradas y moradas lavadas recientemente que colgaban de una cuerda tendida en el patio y suspiró. "Estamos esperando. Hace un año que estamos esperando". Entonces un joven, un doble de Hamid -sólo que llevaba una gorra Tupac Shakur echada hacia atrás, pantalones holgados por debajo de la cintura y Air Jordans- subió la escalinata hacia la casa. Era Arslan, el hermano adolescente de Hamid. "Es una mentira. El mundo entero es una mentira". Empujó una silla de ruedas con su agonizante abuelo por la puerta y lo colocó en un pequeño camión en dirección al doctor. Justo en ese momento, el nuevo vendedor de helados, tocando una canción diferente, aunque también paquistaní, dobló con su furgoneta hacia el bloque, ofreciendo a los niños paletas rojas, blancas y azules.
Los veredictos llegaron al día siguiente. Un jurado estaba en punto muerto y no podían llegar a una decisión sobre Umer Hayat. El juez lo declaró nulo, aunque el gobierno juró que lo volvería a intentar. En cuanto a su hijo, fue declarado culpable de dos cargos por declarar falsamente ante el FBI y por proveer de "materiales de apoyo" a los terroristas. Puede ser condenado hasta a 39 años de prisión. "Espero que el mensaje se difunda", explicó el jurado Starr Scaccia. "No te metas con Estados Unidos. No paga".
Wedick no pudo mirar a los ojos a Hamid Hayat. Meses antes le había jurado que haría todo lo posible para reparar la injusticia, incluso si eso significaba volver la espalda a 35 años de FBI. "Hamid es un personaje raro, pero, Dios mío, no es un terrorista. El gobierno contaba con que la histeria dominara la sala del tribunal. Y funcionó, maldita sea si funcionó".
Vio a un jurado retener las lágrimas y se dirigió directamente a su apartamento. De primeras no lo quería dejar entrar, hablándole a través de una ranura en la puerta. Dos horas, cuatro horas, hasta que finalmente abrió la puerta y le dijo lo que sospechaba. Ella no creía que Hamid fuera culpable. La presión de sus colegas jurados había sido tan intensa, que tuvo que internarse en un hospital. Durante el juicio, dijo, el presidente del jurado no dejó de hacer el gesto de una horca. "Colguemos al moro", pensaba ella que quería decir. Wedick la convenció de escribirlo todo y firmarlo. Luego presentó la declaración jurada al tribunal federal, con la esperanza de que se ordene un nuevo juicio.
Al día siguiente, Wedick condujo a un campo al borde de unas viñas junto a la Autopista 99 y miró hacia abajo hacia un largo camino de entrada en un terreno donde se habían reunido cuatrocientos hombres musulmanes con gorros y batas. Se acercó lo suficiente como para ver sus caras y manos gastadas y verlos acarrear el ataúd de pino hacia un hoyo en la tierra. El cuerpo del padre de Umer Hayat estaba envuelto en tres sábanas de lino, que debían separarlo de la tierra de este país extraño. Wedick retrocedió y vio a los hombres dividirse en veinte hileras, lado a lado, mirando al este, hacia la Meca. Empezaron a rezar. A la distancia, mientras el sol se hundía, pensó en un pueblo americano diferente, en una era diferente, enterrando a sus muertos en un desierto que no conocían.

28 de mayo de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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vida suspendida en la cárcel


[Jenifer Warren] Sara Jane Olson pasó de ser la fugitiva de la guerrilla SLA a madre reclusa suburbana quitada de bulla.
Chowchilla, California, Estados Unidos. Poco después de las ocho durante la semana, la reclusa W94197 se presenta a trabajar en el patio de la cárcel. Gana 24 centavos de dólar por hora, vaciando tachos de basura y ordenando. Está agradecida por el trabajo.
Capturada en 1999 después de vivir 23 años como fugitiva, fue condenada por homicidio y otros delitos que se derivaban de su asociación con el Ejército Simbionés de Liberación SLA, un violento grupo de extremistas que fueron mejor conocidos por el secuestro de la heredera de un magnate de la prensa, Patty Hearst.
Luego Sara Jane Olson entró a la cárcel y se hizo en invisible.
En la Cárcel de Mujeres de California Central, Olson -cuyo nombre, en los días de gloria del SLA, era Kathleen Soliah- es ahora una mujer de pelo blanco de 59 años, cumpliendo una condena de siete.
Su experiencia, narrada en cartas y una serie de conversaciones, revela mucho sobre el castigo y la supervivencia en el sistema del estado que retiene a 11.730 mujeres.
Tiene miedo a enfermarse y terminar en manos del sistema sanitario de la cárcel que, según los expertos, se cobra una vida a la semana por incompetencia médica o negligencia.
Lamenta la ausencia de actividades significativas. Añora su intimidad. Y camina de puntillas cada día, nerviosamente, mientras espera ese momento en 2009 cuando podrá volver a casa con su marido e hijas en Minnesota.
Ser famosa no es una ventaja. Las reclusas con más desparpajo tratan de pasar desapercibidas, de no llamar la atención. Olson no habla sobre su pasado, y pocas de las mujeres que viven con ella en esta ciudad del Valle de San Joaquín saben quién es. Existe, dicen las reclusas, una ley no escrita tras las rejas: No se le pregunta a una hermana encarcelada qué ha hecho.
Sin embargo, hay rumores, la médula de la vida en la cárcel. Las reclusas a menudo escudriñan la cara de Olson e insisten en que la conocen. Una de ellas oyó decir que Olson pertenecía a Al Qaeda.
Entre la multitud, la postura de Olson no llama la atención. Camina semi-encorvada. Su rostro es inexpresivo. Mostrar emociones es atraer una atención que no se desea -o, peor aún, se corre el riesgo de ofender a alguien.
Lo mejor es el anonimato.

Fugitiva Capturada
Olson entró al sistema de justicia criminal de California el 16 de junio de 1999, cuando la policía la obligó a parar en su furgón cerca de su casa en St. Paul, Minnesota. Después de más de dos décadas, había sido localizada, cuando abiertamente como la mujer de un médico y madre de tres hijas en una casa Tudor cubierta de hiedra.
"Realmente llevaba una buena vida", recuerda Olson. Participaba en el teatro de la comuna y daba clase de educación cívica. Era voluntaria de grupos de ayuda a refugiados africanos, los pobres y otras causas, y grababa libros para los ciegos.
Sus amistades se quedaron pasmadas al enterarse de que había pertenecido al SLA, un grupo de corta vida cuyo lema era ‘Muerte a los Parásitos Fascistas Que Se Alimentan de la Vida del Pueblo'. Sin embargo, sus amigos y amigas la apoyaron y, en diez días, reunieron un millón de dólares para pagar su fianza.
Olson había estado viviendo como prófuga de la justicia desde 1976, cuando fue acusada de conspiración para matar a agentes de policía de Los Angeles tras colocar bombas debajo de sus patrulleras el año anterior. Los bombas no explotaron y nadie resultó herido. Era la mayor de una familia de clase media de Palmdale de cinco hermanos. Fue acusada, y desapareció.
Aunque las versiones sobre su participación en el SLA varían, ella y otros dicen que se hizo militante después de que un amigo querido y otros cinco miembros del SLA murieran en una balacera con la policía de Los Angeles en 1974. En entrevistas anteriores, Olson dijo que entonces proporcionó refugio, comida y otro tipo de ayuda a miembros del SLA que escapaban de la policía, pero que nunca colocó ninguna bomba.
Después de que Olson volviera a Los Angeles para el juicio, los fiscales reunieron 23 mil páginas de documentos, huellas digitales y otras evidencias en su contra, y presentaron a 200 testigos potenciales. El juicio prometía ser un drama -la saga de una guapa chica de la secundaria que se hizo revolucionaria y se convirtió en fugitiva de la justicia- y una revisión de las guerras culturales de los años setenta.
Entonces llegaron los atentados del 11 de septiembre de 2001, y Olson decidió no correr riesgos en el tribunal.
"Por primera vez en mi vida", recuerda, "la gente empezó a hablar de mí como terrorista".
En lugar de eso, se declaró culpable de intentar hacer detonar un artefacto explosivo con la intención de cometer un homicidio. En otro acuerdo con la fiscalía en un caso diferente del SLA, ella y otros tres fueron condenados por homicidio en segundo grado por la muerte de Myrna Opsahl durante un atraco a un banco realizado por su grupo en la zona de Sacramento.
"Éramos jóvenes y locos", dijo Olson en ese momento en una carta al tribunal, y "al final, le robamos la vida a alguien".
Hoy, no quiere hablar sobre los acontecimientos que la hicieron terminar en la cárcel, pero ha expresado más remordimiento que en el pasado.
"Lo lamento terriblemente", dijo a la comisión que regula la libertad condicional en 2002. "Por supuesto, no puedo borrar lo que hice, así que asumo esa responsabilidad y eso es lo que estoy haciendo ahora".
Antes ese año, Olson -que se había cambiado formalmente su nombre después de su detención- había sido trasladada a Chowchilla, a 320 kilómetros al norte de Los Angeles. Su barrio ahora es una conejera achaparrada de edificios color arena rodeados por una valla electrificada. Más allá de esa barrera, los almendrales se extienden durante kilómetros, chocando en el horizonte con un cielo de deslumbrante azul.

Dieta Firme de Televisión
Olson pasa los días encerrada en una celda-dormitorio de cinco por cinco metros, que comparte con otras siete mujeres. Mata las horas en su litera de metal, escribiendo en hojas de oficio amarillas a sus treinta familiares y amigos. Ha mirado más televisión que nunca antes.
El cuarto de concreto es estéril, con una ducha y puertas del retrete recortadas a la altura de la cintura, de modo que las reclusas son siempre visibles. Las normas de la cárcel prohíben los detalles hogareños, excepto fotografías de familiares pegadas con cinta adhesiva por todas partes.
Aunque puede hablar durante horas sobre acontecimientos actuales, historia y otra miríada de tópicos, Olson prefiere no decir nada sobre sí misma. Tiene amigas entre las reclusas, pero dice que, aparte las muchas mujeres que tienen relaciones lésbicas, la cárcel no es un lugar para compartir confidencias.
"Existe una especie de hermandad aquí, supongo", dice. "Pero las reclusas realmente no confían unas en otras... Sólo puedes confiar un poco, porque ellas están batiéndose con su propio aislamiento".
Su pelo liso cae hasta su mandíbula. Gruesos flequillos coronan una cara angosta, mostrando un montón de arrugas y brillantes ojos azules detrás de grandes gafas ovales.
Una atleta toda la vida, sigue siendo delgada, con sus brazos bronceados -el resultado de trabajar al aire libre en un lugar dond el sol golpea duro desde el alba hasta el atardecer. Tiene 22 años más que la mujer promedio tras las rejas en California.
Al principio, Olson pasó por un período que también describen muchas reclusas: preguntándose si sobrevivirán. Algunas gritan y chillan; otras miran fijamente la ventana, día tras día.
"Yo cogí una pala y me puse a excavar y a limpiar y barrer el patio durante meses", recuerda Olson. "Algunas pensaban que estaba loca, pero las veteranas lo entendieron".
Sobrevivir en la prisión significaba aceptar lo que ella llama "inactividad obligatoria", donde monótonos días se deslizan unos en otros. El ruido es incesante, la prisión tiene dos veces más reclusas que su capacidad.
"Vivimos unas encimas de las otras", dice. Cualquier cosa privada "la tienes que hacer en tu cabeza".
Para escapar del ruido y matar el tiempo, camina obsesivamente -hora tras hora, círculo tras círculo en el patio de la cárcel.
En la cárcel ha sido clasificada como ‘Close A', que quiere decir que es una de las reclusas vigiladas más intensamente. Rechaza la etiqueta porque limita sus privilegios, la impide participar en algunos programas de la prisión, la obliga a que la cuenten varias veces al día y anula cualquier posibilidad de que la trasladen más cerca de casa.
De momento, sus apelaciones han sido rechazadas. Su abogado, David Nickerson, dijo que los funcionarios de gendarmería la ven como una reclusa que podría fugarse y que fuera de la cárcel sería un peligro para la sociedad. Un portavoz de la cárcel la describió como una reclusa tranquila que no causa problemas, pero no quiso hacer más comentarios.
Unas diez veces al año, el doctor Fred Peterson viaja de St. Paul a Chowchilla para ver a la que ha sido su mujer durante 26 años. Médico de salas de urgencia, Peterson trata de visitarla al menos con una de las tres hijas de la pareja, aunque las economías de la familia, agotadas por los costes de su defensa, están muy estiradas.
Las reglas permiten un beso y un abrazo al principio de cada visita, y una segunda vuelta de afecto al terminar.
"Tratamos de aprovechar al máximo las visitas", dice Peterson. "Las visitas son las que mantienen todo en pie, así que nos consideramos afortunados de poder ir a verla".
El futuro, dice Peterson, es uno de los tópicos favoritos de esos encuentros, aunque los planes son vagos. Mordisqueando alimentos del vendedor de la sala de visitas, Olson recibe un informe sobre el trabajo de su marido en el Consejo de Familias de Reclusas -un grupo que se reúne regularmente con el alcaide para discutir temas de las reclusas- y disfruta de los detallados informes de sus hijas, incluyendo sus últimos novios, trabajos, proyectos y desilusiones.
Su hija mayor, 25, se graduó este año y está pensando en ingresar a la facultad de leyes. La menor tiene 19 y es una actriz en ciernes, y la hija del medio, de 24, es estudiante y cantante, y actúa regularmente en un club de jazz.
"Fue muy difícil para todas ellas", dice sobre sus hijas. "Para cada una de manera diferente y por diferentes razones. Estar separadas ha sido lo peor. Todo lo demás lo puedes sobrellevar, excepto eso".

Políticamente Vigorizante
Aunque no habla sobre su pasado en la cárcel, Olson dice que el encarcelamiento ha "reforzado" sus opiniones políticas y la ha convertido en una aficionada de programas de radio. En una conversación de varias horas, sus tópicos incluyeron, entre otras cosas, el escándalo Irán-Contra, el teatro, la pobreza, la política africana, el futuro de internet, las leyes sobre la bancarrota, la industria de la música, la guerra contra las drogas, y el movimiento por los derechos civiles.
En la intimidad de una entrevista, lejos de los gendarmes y otras reclusas, la pausada voz de la reclusa vuelve a animarse. Está casi alegre. Agita sus manos de un lado para otro, enfatizando su charla de un modo que refleja a una lectora ávida con un amplio vocabulario. Después de un monólogo de varios minutos, se detiene y suelta una sonora, cristalina risa y pide disculpas por "subirse a la tribuna".
Estuvo durante un año en consejo asesor de las reclusas, organizando eventos sociales y llevando quejas al alcaide. Dijo que la experiencia era "en gran parte darse de cabezazos contra una pared".
Un intento de tres años de las reclusas y sus familias para conseguir permiso para empezar un huerto de verduras es uno de los ejemplos. El proyecto daría a las reclusas algo que hacer, dijo Olson, que también fomentaba la idea, y la cosecha podría ser donada a los bancos de alimentos de la localidad.
Un portavoz de la cárcel dijo que el alcaide estaba todavía evaluando el proyecto pero que si lo aprobaba, se limitaría a las flores. Las frutas o verduras podrían ser sacadas a hurtadillas del huerto para preparar pájaro verde, una burda bebida alcohólica que se produce clandestinamente en las cárceles.
Olson dice que los conflictos entre reclusas es mejor llevarlos en silencio. Deja que las molestias te resbalen por la espalda, porque responder podría provocar una discusión, seguida de medidas disciplinarias que estropean tus antecedentes.
La carta comodín es la presencia de tantas reclusas que son enfermas mentales. "No tienen ni idea de cómo comportarse, no saben cómo relacionarse", dice. "Eso provoca más ansiedades".
Algunas gendarmes son amables, otras no. "Algunos quieren ser razonables, lo puedes ver en sus ojos", dijo Olson. Pero dentro del cuerpo de oficiales, no paga ser amable con las reclusas. "La amabilidad es vista como una debilidad. Sin embargo, todas sabemos quiénes son amables y quiénes no".
Antes de llegar a la cárcel, Olson pensaba que la experiencia sería "educativa". Recuerda que el Padre Philip Berrigan, un sacerdote activista de Baltimore que fue detenido más de cien veces antes de su muerte en 1993, sugirió una vez que la gente de clase media debía pasar un tiempo en la cárcel "para que sepan lo que es".
Hoy, dice Olson, "todavía puedo ver su intención, pero no le deseo a nadie esta experiencia".
El sistema correccional de California, dice, trata a todas las reclusas como si fueran "predadoras violentas" y las encierran en cárceles de alta seguridad. Sin embargo, la mayoría -el 66 por ciento, de acuerdo a estadísticas del estado- están cumpliendo condenas cortas por delitos no violentos.
En sus frecuentes escritos para boletines de noticias y otras publicaciones, se explaya: "Elaborad programas que coloquen a las mujeres que han delinquido en comunidades donde podamos forjar lazos fuertes con nuestras familias y nuestros hogares. Ayudadnos a aprender a convertirnos en recursos de nuestra sociedad, no en lastres".
En enero, el gobierno de Schwarzenegger ofreció un modelo anclado en ese tipo de filosofía, proponiendo que las 4.500 mujeres no violentas fueran sacadas de la prisión y trasladadas a recintos cerrados en sus propias comunidades.
El plan no encontró una cogida muy entusiasta en la Legislatura, pero será debatido este mes como parte de una sesión especial sobre las cárceles.
Olson se preocupa sobre todo sobre el creciente número de mujeres mayores en la cárcel. Las más jóvenes acosan a las mayores, robándoles sus pertenencias y quitándoles los alimentos y otros favores.
El cuidado médico en la cárcel, evaluado recientemente por un juez federal y colocado en manos de un síndico, es otra preocupación.
En 2003, dijo Olson, una mamografía mostraba una lesión sospechosa, y se ordenó un biopsia. Meses más tarde, la prueba aún estaba por hacer. No le dieron ninguna explicación por el retraso y eso no es considerado inusual, dadas las prolongadas esperas que soportan las reclusas con diagnósticos más serios.
Pero en Minnesota, su marido envió un e-mail al entonces gobernador Gray Davis. Eso allanó el camino; le hicieron la biopsia y todo estuvo bien. Los funcionarios de la cárcel no quisieron comentar el caso, mencionando la confidencialidad de los antecedentes de las reclusas.

Antigua Vida
Olson dice que ella no está en contacto con los otros acusados, sólo uno de los cuales -su cuñado, Michael Bortin- ha sido dejado en libertad. Otros dos -Bill Harris y Emily Montague, su ex esposa- terminarán de cumplir sus condenas en otras cárceles californianas dentro de un año.
En cuanto a sus días en el SLA, Olson dice: "Para mí, dar una charla sobre lo que hice en esa época y sobre qué estaba pasando de una perspectiva política, no es algo para el consumo público en estos momentos. Eso es parte de mi antigua vida".
¿Ha cambiado Sara Jane Olson en la cárcel? La pregunta provoca una pausa. Difícil decirlo, responde finalmente, "porque no me veo reflejada fuera.
"Estoy más vieja -eh, a quién vamos a engañar, estoy vieja- y me he puesto realmente paranoica", dice. "También soy muy buena a la hora de ocultar mis emociones. Eso asusta a mis hijas, cuando me ven, pero aquí, es lo que hay que hacer para sobrevivir".

13 de agosto de 2006
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el agente y los terroristas 3


[Mark Arax] Durante 35 años, James Wedick fue una estrella del FBI. Cuando sus ex colegas procesaron a un sospechoso de terrorismo, tomó partido por la defensa y fue tildado de traidor.
El FBI había llamado a la puerta de Khan en las semanas posteriores al 11 de septiembre. Estaba viviendo en Oregón, y tenía dos trabajos, en el MacDOnald's y en una tienda de alimentación, para llevar a casa siete dólares la hora a una chica americana que se estaba enamorando de él. Hizo lo imposible para impresionar a los dos agentes. Sí, conocía a la comunidad paquistaní de Lodi. De hecho, unos años antes había visto al número dos de Al Qaeda, el doctor Ayman Zawahiri entrar y salir de la mezquita en la Calle Poplar. Y no solamente a él. Entre los hombres agachados, rezando, estaban los principales sospechosos de los atentados contra la embajada estadounidense y un recinto militar en Arabia Saudí.
Más tarde el FBI concedería que lo que Khan dijo que había visto era casi ciertamente falso. Sin embargo, el buró abrió el caso Lodi, dio a Khan el nombre clave de Wildcat y lo envió de vuelta al cordón agrícola en un nuevo Dodge Durango. Los dos imanes de Lodi, finalmente, se desasosegarían con sus chácharas sobre la guerra santa y advirtieron a los estudiantes que se mantuvieran alejados de él. Dentro de la casa amarilla, sin embargo, no tenía problemas en lograr que Hamid Hayat le abriera su corazón.
El niño tenía un lado militante, sin duda, que encontraba consuelo en Khan. Durante una visita, Hamid se preguntó si su amigo había leído las noticias sobre el asesinato de Daniel Pearl, el periodista del Wall Street Journal en Pakistán.
"Lo mataron. Eso me alegró mucho. Lo cortaron en pedazos y lo mandaron de vuelta. Fue un buen trabajo. Ahora no podrán enviar a ese judío de vuelta a Pakistán".
Si Hamid tenía esas opiniones tan declaradas, se preguntó Khan, ¿por qué dudaba sobre si volver o no a Pakistán para continuar su formación religiosa y quizás ir a un campamento? "Me dijiste que te meterías a la yihad", le recordó Khan. "¿Qué pasó?"
"Estoy listo, lo juro. Mi padre me dice: ‘Man, no hay nada mejor que eso'‘. Pero, ¿lo permite mi madre? ¿Dónde está el corazón de una madre? Me dijo: ‘Estuvimos separados durante diez años. No dejaré que nos separen de nuevo'".
En el verano de 2003, Hamid viajó a Pakistán a conocer a la chica que sus padres habían elegido para su matrimonio y por unas hierbas medicinales para curar la afección al hígado de su madre. Pero la novia comprometida lo rechazó, y su madre se vio obligada a volar hasta allá y recorrer la aldea puerta a puerta hasta que encontró a un padre dispuesto a casar a su hija con Hamid. Dos meses más tarde cogió el teléfono y oyó la voz enfadada de su mejor amigo llamándolo desde Estados Unidos.
"Así que estás sentado sin hacer nada", dijo Khan.
"Hay una cosa que hago y es rezar. Eso es lo que hago".
"Duermes la mitad del maldito día. Te despiertas. Enciendes un maldito cigarrillo. Comes. Vuelves a dormir. Eso es todo lo que haces. Eres un gandul".
"¿Qué quieres que haga?"
"Suenas como puta vieja. Vamos, haz algo".
"Voy a hacer cualquier cosa, tengo que hacer algo, man".
"Cuando vaya a Pakistán y te vea, te voy a obligar a hacer algo, maldita sea, te voy a meter al seminario".
"Sí, si Dios quiere. Después de Ramadán, si Dios quiere, me pondré a estudiar y me meteré a clérigo".

28 de mayo de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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el agente y los terroristas 2


[Mark Arax] Durante 35 años, James Wedick fue una estrella del FBI. Cuando sus ex colegas procesaron a un sospechoso de terrorismo, tomó partido por la defensa y fue tildado de traidor.
En un pequeño cuarto en el décimo piso del tribunal federal en el centro de Sacramento, se reunieron la mañana del 8 de junio de 2005 tres funcionarios federales para informar al público sobre el nido de terroristas que habían descubierto al otro lado del río y en los campos de Lodi. "Queremos enfatizar que esta investigación está literalmente en curso en este momento", dijo McGregor W. Scott, el fiscal jefe del Distrito Oriental de California. "Todos los pasos que hemos dado -y que daremos- han sido examinados, reexaminados y aprobados por los más altos niveles del ministerio de Justicia".
El Destacamento Conjunto Antiterrorista [Joint Terrorism Task Force] -más de una decena de agencias federales, del estado y locales- estaba trabajando día y noche para desbaratar una célula durmiente que tenía por objetivo "matar a estadounidenses". Los agentes habían allanado las residencias de los Hayat y de dos clérigos musulmanes locales, Mohammed Adil Khan y Shabbir Ahmed. Los imanes fueron entregados a Inmigración y Aduanas.
Algunos periodistas tomaron nota de que el gobierno ya se había retractado de algunos detalles de la investigación que se habían filtrado el día anterior. En una declaración jurada revisada, el fiscal federal había retirado toda mención de hospitales y supermercados como los blancos potenciales de los terroristas. También había borrado la afirmación de que el abuelo de Hamid Hayat en Pakistán, un prominente clérigo musulmán, estaba relacionado con un hombre que dirigía un campamento terrorista en Afganistán. Se descubrió que su amigo en realidad era otro hombre que sólo compartía con el terrorista el apellido Rehman. Es el equivalente paquistaní de Jones o Johnson.
"Errores burocráticos", según los calificó el ministerio de Justicia, aunque esto apenas si importó a los equipos de los telediarios que llegaron en tropel a Lodi buscando cualquier cosa que oliera a islam: el taller mecánico de S. Khan, el supermercado The Park India. El templo de los Testigos de Jehová convertido a medias en mezquita. Y en la diminuta guarida junto al bosque donde Hamid Hayat había alimentado su odio contra Estados Unidos.
¿Cómo fue que el FBI se había fijado en Lodi? ¿Cómo fue que unos miles de paquistaníes llegaron a vivir en medio del ‘Sueño Americano de la Uva', una ciudad construida por granjeros alemanes que cultivaban trigo, cuyos descendientes todavía vivían en pulcras casas de ladrillo y estuco bordeadas de robles y azaleas y que, los martes, todavía disfrutaban de un cuenco de cremosa sopa de remolacha por 2.89 dólares en Richmaid?
Realmente, era una historia conocida. Como los chinos y los japoneses y los mexicanos antes que ellos, los campesinos del gran Valle del Indo habían emigrado a California a principios del siglo 20 para trabajar en la tierra. Habían cultivado algodón, trigo y caña de azúcar y aunque la tierra en casa era fértil y el agua abundante, estaba atrapados en el último escalón del estricto sistema de castas. Viajaron miles de kilómetros sólo para aterrizar de golpe en la misma antigua línea de latitud -el sol de Punjab era el valle del sol- y encontrarse con un nuevo sistema de castas, donde los grupos eran azuzados unos contra otros para mantener bajos los salarios.
Umer Hayat tenía 18 años y era un niño de campo con pocas perspectivas cuando dejó Pakistán en 1976. No tenía nada que mostrarle a una futura esposa. No tenía una granja familiar. No tenía educación más allá del octavo. Como su padre y abuelo, podía casarse con una niña de la aldea, pero tenía otros planes. Vendría a Lodi, se convertiría en ciudadano estadounidense y usaría sus papeles para seducir a una chica urbana de Pakistán. Todo resultó mejor de lo que hubiera imaginado nunca: Ella era la hija de Qari Saeed-ur-Rehman, un venerado clérigo musulmán que dirigía una escuela religiosa, madrassa, en Rawalpindi. Los papeles de su naturalización que el joven pretendiente apretaba en su mano -la posibilidad de que su hija y sus futuros nietos prosperaran en Estados Unidos- era todo lo que necesitaba el viejo.
Que Umer Hayat terminara despilfarrando esta oportunidad debe haber sido su verdadero delito. No era tanto lo que hubiera decidido hacer con su propia vida. Después de todo, había encontrado un trabajo fuera del campo y de las envasadoras, y conducía una camioneta beige en la que vendía helados, que llevaba las palabras Homer Simpson pintadas atrás, estaba aprendiendo a hablar español y se había rebautizado como ‘Mike' para atender mejor a los niños de los barrios. Y tampoco era que tuviera lazos tan estrechos con Pakistán. Era como muchos otros inmigrantes que se hicieron camino hacia Estados Unidos ya de adultos, que nunca aceptarían realmente al país como si fuese el propio, todavía miraban hacia atrás y vivían con la idea de volver a casa algún día. Más bien, el problema era su insistencia en que sus cuatro hijos, todos nacidos en Estados Unidos, hicieran lo mismo.
Mantener a Estados Unidos al otro lado de la puerta de la pequeña casa de madera amarilla fue una tarea monumental. Debido a que las escuelas públicas no segregan a niños de niñas, y no había aulas en la mezquita donde enviar a sus hijas, insistió en que abandonaran los estudios a los trece años. Estaba sobre todo preocupado por su primogénito, Hamid, y quería desesperadamente que se convirtiera en un clérigo musulmán, como su suegro. Con ese fin en mente, lo sacó de la escuela en el sexto y lo envió a Pakistán a vivir con sus abuelos. El niño estuvo allá durante más de una década y se memorizó el Corán entero. Pero una vez que volvió a casa, fue demasiado holgazán como para conseguir la posición de clérigo en formación en la mezquita de Lodi. Así que vivía con su padre y achacosa madre y otros once parientes, durmiendo todo el día y despertando para engullir seis hamburguesas de pescado de McDonald's y mirar lucha libre y al equipo nacional paquistaní de cricket en la televisión por satélite. Tarde por la noche, solo, se metía a la autopista 99 en dirección a ninguna parte. "Me gusta la velocidad", se fanfarroneaba. "Ciento diez kilómetros por hora, man".
Aprisionado entre los dos países, guardaba en su cuarto un álbum de recortes con artículos que sacaba de un diario paquistaní que denostaba contra Estados Unidos y ‘Bush, el Gusano'. No tenía amigos que pudiera mencionar y ninguna chica paquistaní en Estados Unidos lo miraría dos veces. Se ponía a sangrar de la nariz en los momentos más inoportunos y estaba convencido de que un hechizo de magia negra, que le había hecho un enemigo, había gafado su vida amorosa. Quizás las cosas cambiaran si dejara de fumar y bebiera menos té y ahorrara dinero de su trabajo en la envasadora de cerezas.
Entonces, en el verano de 2002, un amigo de verdad entró en su mundo, un hombre que era diez años su mayor, un tipo pulcro con pantalones bien planchados y camisas que llevaba siempre dentro del pantalón y el pelo negro ondulado echado hacia atrás. Tenía un chollo de trabajo en una compañía informática y conducía un brillante todoterrenos y hablaba perfecto inglés y era fluido en pashto y urdu, dos de los principales idiomas de Pakistán. Se llamaba Naseem Khan, y había llegado a Estados Unidos con su madre a fines de los años ochenta, y estaba viviendo por un tiempo en Lodi.
Umer Hayat no estaba muy seguro sobre el extranjero que comía bife al curry en su casa, pero Hamid le dijo que no se preocupara. Khan había trabado amistad con los imanes y pasaba la noche en sus casas, trabajando en la página web del futuro Centro Islámico Farooqia. Era, sobre todo, un musulmán apasionado que creía que "venimos de Dios y a Dios volvemos".
Para Hamid, por supuesto, era mucho más que eso. Khan era el primer amigo que realmente quería ver su álbum de recortes y oír sus historias sobre los combatientes muyahedines que asistían a la escuela religiosa de su abuelo antes de marcharse a Afganistán a combatir a los soviéticos.
"¿Has oído las noticias?", le preguntó Khan una tarde en marzo de 2003.
"No. ¿Sobre qué? ¿Lo de Al Qaeda?... Al Qaeda es un grupo chévere, man. Son más listos que el FBI, amigo".
Khan se echó a reír. "Ya, mejores que el FBI, ¿ah?"
Hablaban en su lengua nativa y en inglés, pero Khan no era muy hablador. Que se sentía considerablemente más cómodo haciendo preguntas debió haber sido la primera clave de Hamid. Sin embargo, el chico estaba tan ansioso de que alguien lo tomara en serio que no se dio cuenta de que Khan siempre llevaba la conversación hacia el mismo lugar.
"Me voy a meter en la yihad", declaró Khan. "¿Tú no crees en eso, eh?"
"No, man, en estos días eso no tiene sentido. Escucha, ahora no podemos ir a Afganistán... Está la CIA allá".
En cuanto a los campos de adiestramiento, Hamid dijo que había visto uno en un video, y que exigían mucho de sus alumnos. Cuarenta días de adiestramiento. Guardias toda la noche. Flexiones en el frío de la mañana. Prácticas de bazuca. "Man, si tuviera un arma, amigo, no sería capaz de disparar con ella", dijo.
Durante los siguientes seis meses, Khan grabaría más de cuarenta horas de conversaciones con Hamid y su padre, la mayor parte de las veces en la intimidad de su hogar. Como trabajo, ser testigo secreto en la guerra del FBI contra el terrorismo está bien pagado -más de 225 mil dólares- y Khan se arrojó a él con tanto entusiasmo que parecía más FBI que los agentes mismos. Sin embargo, no era fácil hacerlo con tu propia gente, especialmente con un niño que te llama siempre "mi hermano mayor" y un padre que ahora llamaba a Khan su "otro hijo". Khan replicó con la misma moneda: "Usted me trata como su hijo y usted es como un padre para mí".

28 de mayo de 2006
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el agente y los terroristas 1


[Mark Arax] Durante 35 años, James Wedick fue una estrella del FBI. Cuando sus ex colegas procesaron a un sospechoso de terrorismo, tomó partido por la defensa y fue tildado de traidor.
Antes de que se saquen las cuentas de las victorias y derrotas y la guerra contra el terrorismo entre en los libros como demencia, o tal vez prudencia, habrá de recordarse lo que pasó esta primavera en el decimotercer piso del tribunal federal de Sacramento. Allá, en una sala muy solemne, frente a fiscales, abogados defensores y juez, un hombre alto y demacrado llamado James Wedick Jr., estaba exigiendo que lo llamasen a declarar, para contar a los miembros del jurado sobre los 35 años que había pasado en el FBI y cómo ocurrió que estaba frente a ellos no del lado del gobierno de Estados Unidos, sino junto a dos musulmanes paquistaníes, padre e hijo, cuyos libros y oraciones y sueños de inmigrantes estaban siendo escudriñados en el primer juicio por terrorismo en California.
Wedick miró levantarse al fiscal de Washington y decir que era un asesino a sueldo de la defensa y que las críticas que tenía sobre la investigación no tenían otro propósito que confundir al jurado y hacer perder el tiempo al tribunal. Él quería replicar diciendo que había sido el agente del FBI más condecorado en la historia de la capital del estado y que durante años, fiscales, jueces y jurados no tenían para él más que elogios por el modo en que había arremetido contra senadores del estado pervertidos y contra mafiosos y por haber descubierto y desbaratado la más grande estafa en la historia de California. Sin embargo, sólo podía seguir sentado y escuchar cuando el juez resolvió que tenía que ser amordazado. En las ocho semanas del juicio, quince testigos de la fiscalía y siete de la defensa subieron al estrado, pero un testigo, cuyo testimonio podría haber cambiado todo, nunca pudo contar su versión. Nunca pudo contar su metamorfosis un domingo en la mañana, en junio pasado, cuando despertó pensando que había visto todo lo que podía haber de absurdo en una vida dedicada a luchar contra el crimen sólo para encontrar el video del FBI -la confesión se convertiría en el centro de la acusación de terrorismo- a la puerta de su casa.
Había llegado con bastante escándalo: Más abajo en la Autopista 99, los federales habían descubierto un célula durmiente de Al Qaeda en Lodi, un pequeño pueblo agrícola en el lado norte del Valle de San Joaquín, que había pasado de ser ‘la capital mundial de la sandía' en los años de 1880, a la ‘capital mundial de las uvas Tokay' en los años veinte y a la ‘capital mundial de las uvas Zinfandel' hoy. El pueblo se jactaba de sus sesenta vinerías, 36 salones de cata, un festival de la vendimia en mayo y su propia denominación: la Lodi-Woodbridge. De algún modo sumergido entre las 37 mil hectáreas de viñedos que se plegaban sobre la llana y rica marga de la cuenca del río Mokelumne, un joven musulmán radical llevaba su libro de oraciones en su cartera.
Acababa de volver a casa en Lodi desde un campamento terrorista en las colinas de su Pakistán ancestral. Había sido adiestrado allá en el uso de rifles Kalashnikov y en espadas curvas, utilizando como blancos muñecos de Bush y Rumsfeld. Estaba esperando instrucciones, que le llegarían a su correo electrónico, para colocar bombas en hospitales y supermercados en el corazón de California. Entretanto, estaba envasando cerezas Bing en las afueras de la ciudad. Los dos imanes de la pequeña mezquita dorada al otro lado de la calle del Club de Chicos y Chicas de Lodi, dirigían la célula durmiente por encargo de Osama bin Laden. Estaban construyendo un edificio de varios millones de dólares para difundir las semillas de la guerra santa islámica entre los hijos de inmigrantes paquistaníes arriba y abajo del cordón agrícola. Aunque la historia sonaba demasiado insólita como para ser verdad, el yihadista de 22 años, y su padre de 47, que vendía helados en los barrios, habían confesado todo ante las cámaras.
En casa en los suburbios de Gold River en Sacramento, Jim Wedick accedió a estudiar el video del FBI como un favor para uno de los abogados de la defensa. Pensaba que tendría que llamar al abogado y decirle que padre e hijo, culpables sin duda alguna, debían tratar de llegar a un acuerdo con la fiscalía. Es difícil obtener una confesión, pero en este caso los federales tenían no una, sino dos. Incluso así, Wedick había sido siempre el tipo de detective que necesitaba controlar él mismo todas las evidencias. Así que metió el video en su reproductor y se sentó a mirarlo en su sofá. Las imágenes eran borrosas, pero reconoció de inmediato el escenario. Era el viejo cuarto del detector de mentiras en la sede regional del FBI en el lado norte de la capital. También reconoció a varios de los agentes. En el año que había pasado desde su jubilación, se habían convertido en expertos de contraterrorismo. Ahora, dos a la vez, empezaban un interrogatorio de cinco horas que dejaría al descubierto a un terrorista suicida en ciernes.
Wedick pudo ver que Hamid Hayat tenía frío y estaba asustado. Para dejar de temblar, había metido las manos entre sus piernas, como un niño que no se quiere mear. Era muy flaco, con los ojos hundidos y las cejas tan prodigiosamente arqueadas que tenía una expresión de perpetuo asombro. Incluso con su larga barba negra, parecía más adolescente que hombre. Los agentes le pasaron una manta y acercaron sus sillas. Estamos aquí para escuchar, no para juzgar. Nada de lo que nos digas sobre el campamento nos sorprenderá. Tenemos aviones espías en todo Pakistán. Si te has propuesto mentirnos, piénsalo otra vez. Wedick conocía el juego que estaban jugando, el ir y venir entre la confianza y el temor. Podría tomar horas, pero si la confianza y el miedo eran maniobrados correctamente, terminaría confesando repentinamente. En un momento el sospechoso veía el mundo desde su perspectiva. Al siguiente, lo veía desde la tuya. Wedick lo llamaba la caída libre. La liberación que se producía rompía las mentiras más espesas. Ocurría incluso con los delincuentes más astutos.
Hayat se movía en su silla, y su voz adquirió un tono sumiso. Una hora, dos horas, bostezos, pausa para fumar, bostezos, pausa de caramelos, cansancio. La caída libre no llegó nunca. En lugar de eso, toda nueva revelación, todo giro dramático en su historia, venía en primer lugar de la boca de los agentes. Más que pedir a Hayat que describiera lo que había ocurrido, ellos describían para él lo que debía haber ocurrido y luego apuntaban sus "uh-huhs" y "um-hmms" como declaraciones solemnes. Estaba tan abierto a las sugerencias que el campamento mismo pasó de ser un villorrio de chozas de adobe a una ciudad con edificios del tamaño del Estadio Arco de Sacramento. Sus compañeros en el adiestramiento eran 35, 40, 50 y hasta 200. El campamento era dirigido por un grupo político, por un seminario teológico, por su tío, su abuelo, sí, por Al Qaeda. La ubicación del campamento era todo el mapa -se extendía desde Afganistán hasta Cachemira y hasta un pueblo en Pakistán llamado Balakot. En cuanto a las armas del campamento, había una pistola, dos rifles y un cuchillo para cortar verduras.
Wedick estaba inquieto por la incapacidad de los agentes de definir los contornos de una historia verosímil. Parecían no conocer el terreno en Pakistán ni el mes de Ramadán. No parecían darse cuenta completamente que estaban tratando con un hijo de inmigrantes de una modesta tribu pashtún cuya educación llegaba a sexto y tenía un pobre dominio del inglés -"¿Martirizado? ¿Qué significa eso, señor?"-, exigía un enfoque más escéptico. Y luego estaba el asunto de la confesión del padre. Umer Hayat dijo que había visitado a su hijo en el campamento y había visto a mil hombres con las máscaras negras de los Torturas Ninja y había hecho ejercicios de ‘salto con pértiga' en enormes cuartos subterráneos -a 160 kilómetros de Balakot. Los agentes que iban y venían entre los dos interrogatorios esa noche no intentaron nunca reconciliar las enormes diferencias entre las confesiones.
El video terminó y Wedick cogió el teléfono y llamó al abogado de la defensa Johnny L. Griffin. Cualquiera duda que hubiera tenido sobre si denunciar o no al FBI, donde su esposa todavía trabajaba como agente, había desaparecido. "Johnny, es el interrogatorio más malo, la confesión más mala que he visto en mi vida".
Especularon que el gobierno podía tener las mejores pruebas en la manga. "Tienen que tener una bala de plata, Johnny. Porque sin esa bala, no veo cómo el FBI o la fiscalía van a poder montar un caso".
Lo que no entendía completamente era que este era un ministerio de Justicia diferente, encargado de una tarea diferente a la que él conocía.

2
Jim Wedick te puede contar todo sobre el FBI. Cuando crecía en el Bronx en los años cincuenta, no fantaseaba que era un DiMaggio dominando el medio campo, sino a Melvin Purvis, el G-man, pasándole por encima a John Dillinger y Baby Face Nelson.
Allá estaba el Enemigo Público Nº1, y escribió al FBI diciendo que quería trabajar en el buró. Un mes después un agente de Nueva York lo llamó por teléfono. Le preguntó si podría viajar para una entrevista. Wedick hizo una pausa y tartamudeó. Debía de haber olvidado mencionar que tenía 14 años.
Nueve años después, con un diploma de contabilidad de la Universidad de Fordham en su bolsillo trasero, estaba parado en la Academia del FBI donde recibió su primer destino: Indiana. "¿Cómo pasó eso?", quisieron saber sus colegas. Durante su formación, mientras los otros novatos ponían sus ojos en San Diego o Miami Beach, Wedick les contaba que su trabajo ideal sería Gary, Indiana, donde trabajaba Purvis. Ese es el territorio donde Dillinger sacó un arma de un pan de jabón para escapar de la cárcel. Es ahí donde la Dama de Rojo delató a Dillinger.
A una semana de llegar a Gary, Wedick estaba tras la pista de una banda de ladrones que estaban robando grandes camiones cargados de acero. Puso tanta presión sobre uno de los delicuentes, que la mafia local asumió que el tipo se estaba confesando con el nuevo agente de ojos azules. Para librar al tipo de problemas, Wedick fingió un enfrentamiento en un bar de los barrios bajos para demostrar que él y el tipo eran enemigos. El delincuente estaba tan agradecido de que su lealtad hacia la mafia se hubiese restaurado, que accedió a convertirse en informante. Al día siguiente, llevó a Wedick a un silo gigante en las afueras de la ciudad donde los camiones robados y sus cargas estaban siendo cortadas como ganado para el mercado.
Su trasiego llamó la atención de la estrella de la oficina, y viajaron por el país como agentes encubiertos. Cualquiera fuera el caso -la Operación Estilográfica que metió en la cárcel a decenas de criminales de cuello blanco y mafiosos o la Estafa de las Gambas, que resultó en 17 condenas por corrupción política en California y terminó las carreras de cuatro senadores del estado y un presidente de la Asamblea-, Wedick mostraba la misma loca devoción por los detalles. Se saltaba comidas y noches y el día que volvió a casa por un tiempo más largo, fue sólo para ver como su primera mujer lo abandonaba. "Estaba tan inmerso en el trabajo que no lo vi venir. Estaba empacando y no me di cuenta. Se fue con otro y eso casi me destruyó. Mantuve la casa exactamente como ella la había dejado durante casi dos años. Las mismas fotografías, los mismos calendarios, las mismas notas pegadas en la puerta de la nevera".
Durante los años noventa, mientras dirigía la brigada anti-corrupción en la oficina regional de Sacramento, Wedick y sus agentes continuaron destapando grandes casos y llegando a las primeras planas. En Fresno, sorprendieron a agentes inmobiliarios comprando votos de los concejales de la ciudad, para proyectos de urbanización, por una miseria: un juego de llantas, una reparación de los frenos, un traje azul nuevo. Pillaron a proveedores médicos desfalcando al estado en 228 millones de dólares en pagos de salud. Tan extraordinario fue su éxito que el director del FBI entonces, Louis Freeh, lo citó en Washington para recibir la Medalla del Director como el investigador criminal del año.
Su carrera, como otras muchas cosas, llegó a un abrupto fin el 11 de septiembre de 2001. Wedick estaba pasando las vacaciones con su esposa, Nancy, paseando en bicicleta en las tierras altas escocesas, cuando los aviones secuestrados impactaron contra el World Trade Center. Lo primero que se le vino a la cabeza fue su difunto padre, James, jefe de una compañía de bomberos que había librado su propia guerra personal para impedir la construcción de las torres gemelas. Si las chocaba un avión advertía, se convertirían en una trampa mortal para los bomberos. "¿Qué pensaría papá ahora?", murmuraba.
Volvió a casa con un imperativo diferente. La guerra contra la delincuencia de cuello banco, su trabajo principal, se convirtió de repente en un pasatiempo. En las oficinas del FBI en todo el país, el cambio hacia el contraterrorismo fue rápido e inequívoco. Solamente en Sacramento, decenas de agentes de las brigadas anti-corrupción y otras estaban trabajando ahora en contraespionaje, terrorismo doméstico y terrorismo internacional. "Ahora que todos andan buscado a bin Laden", dijo Wedick a sus amigos fuera del FBI, "los delincuentes están en el mejor de los mundos". Había votado dos veces por George W. Bush, pero se preguntaba si acaso la guerra contra el terrorismo no había sido exagerada, basada en la falsa premisa de una amenaza permanente. Vio cómo el país lanzaba las libertades civiles al viento y pensaba sobre los japoneses que, hacía más de medio siglo, habían sido internados en campamentos en el desierto.
Y luego, un día de primavera de 2004, agentes federales, fiscales y jueces se reunieron en un restaurante de la localidad para rendirle tributo. Le leyeron una carta del ministro de Justicia John Ashcroft, elogiando su destacada carrera y calificando sus casos de "modelos que los otros agentes deben emular". Le dieron la mano y le desearon lo mejor en su nueva vida como detective privado. Se dieran cuenta o no, estaban despidiendo no sólo a su agente más celebrado, sino también el viejo FBI.

28 de mayo de 2006
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la guerra desde el hospital


[Greg Myre] Heridos de Israel hablan de un enemigo implacable, bien organizado y elusivo.
Haifa, Israel. Para el artillero israelí, el sargento Or Bar-On, la guerra en el Líbano duró en total noventa minutos. Las heridas las llevará de por vida.
El tanque del sargento Bar-On fue enviado a un kilómetro y medio al otro lado de la frontera a rescatar a unos soldados que se encontraban en una excavadora militar que había sido impactada por fuego de Hezbolá en la ciudad libanesa de Marun al Ras el 20 de julio. Pero antes de que su equipo llegara a la excavadora atacada, un proyectil penetró el blindaje de su tanque, triturando sus dos piernas. Más tarde se las amputaron justo por debajo de las rodillas.
"Estaba perdiendo sangre a montones, y sentía un dolor que nunca había sentido antes", dijo el sargento Bar-On. Gritó pidiendo ayuda y se arrastró hacia afuera por la parte de atrás del tanque.
Arrastrado hacia la seguridad por otros soldados, el sargento fue llevado en helicóptero al Centro de Salud Rambam, en Haifa, a unos 32 kilómetros al sur de la frontera. Cuando llegó había perdido mucha sangre. "Quería olvidarme de todo, pero sabía que si lo hacía, moriría", dijo.
Hay decenas de soldados israelíes heridos aquí en el principal hospital del norte de Israel, y todos parecen tener historias sobre batallas terrestres inesperadamente terribles con Hezbolá. Describen a Hezbolá como fuertemente armada, bien organizada y exasperantemente elusiva. Los combatientes, ocultos en búnkers y túneles, salen a superficie para disparar con sus rifles automáticos y lanzagranadas y lanzar cohetes antitanques, dicen, y vuelven a desaparecer rápidamente.
Durante la invasión israelí del Líbano en 1982 -que condujo al nacimiento de Hezbolá-, las tropas israelíes irrumpieron por el norte y alcanzaron las afueras de la capital Beirut en dos semanas. El objetivo esta vez se limita a expulsar a Hezbolá más allá del alcance de los misiles, pero ha resultado ser mucho más difícil.
Después de un mes de lucha, unos diez mil soldados israelíes todavía están peleando diariamente en ciudades y aldeas que están a ocho kilómetros, o menos, de la frontera. De hecho, la lucha ha sido a veces visible desde el lado israelí de la frontera.
De los más de ochenta soldados israelíes que han muerto en combate, 45 murieron la semana pasada cuando se intensificó la campaña terrestre.
Ahora que el gobierno israelí ha aprobado una expansión de la ofensiva, los soldados que se recuperan dicen que tienen confianza en que Israel puede alejar a Hezbolá de la frontera, pero reconocen que implicará severos combates que podrían durar semanas, en contraste con la rápida y decisiva victoria que muchos de ellos esperaban cuando iniciaron las hostilidades.
El capitán Hanoch Daub, 26, explicó las dificultades de luchar contra un enemigo que vive entre civiles y se viste como ellos.
El martes, el capitán Daub, comandante de una compañía en el cuerpo de tanques, debió realizar una misión de pesadilla. Dos soldados israelíes estaban gravemente heridos y se habían refugiado en una casa en un valle en el centro de Bint Jbail, un bastión de Hezbolá que había sido el escenario de violentos enfrentamientos durante más de dos semanas.
Los heridos necesitaban ser trasladados urgentemente. El capitán Daub dirigió su tanque a plena luz del día hacia el centro de la ciudad, sabiendo de antemano que su tanque se expondría a un furioso ataque de Hezbolá.
"Estábamos bajo un fuego constante", dijo el capitán Daub. "Nunca dejaron de dispararnos". El tanque llegó a la casa donde se encontraban los dos soldados y los llevaron a un lugar seguro. Pero cuando el capitán Daub trató de volver a unirse a su compañía en las afueras de la ciudad, su tanque recibió nuevamente un impacto y su cara, cuello y pierna quedaron salpicados de metralla.
"Hezbolá está en todas partes, pero son muy difíciles de encontrar", dijo. "Trabajan en pequeñas unidades de dos o tres hombres. Llevan ropas civiles. No los ves. Sólo ves su fuego".
El miércoles, sus ojos estaban todavía rojos del cauterizante calor del ataque. Dos de los otros tres soldados en el tanque fueron también heridos, incluyendo al artillero, Vladimir Noboychiko, que dormitaba en la cama contigua.
Hezbolá ha apodado Bint Jbail la ‘capital de la resistencia', un título que data de las guerras de los años ochenta y noventa. Cuando las tropas terrestres israelíes entraron al sur del Líbano en la campaña actual, la ciudad fue uno de los primeros blancos, y los primeros enfrentamientos ocurrieron el 23 de julio. El capitán Daub dijo que para el martes, Hezbolá estaba todavía atacando los vehículos blindados israelíes desde los cerros en los dos extremos de la ciudad, y el valle era cada vez más peligroso.
"Ningún lugar es seguro", dijo.
En los últimos años el capitán Daub ha peleado contra los palestinos en Cisjordania y en la Franja de Gaza y, como otros soldados israelíes, dijo que no había ninguna comparación con la guerra en el Líbano.
"Se nota que Hezbolá ha sido adiestrada en la guerra de guerrillas por un ejército de verdad", dijo.
En los seis años que han pasado desde que Israel se retirara del sur del Líbano, los militares israelíes han advertido que Hezbolá estaba construyendo fortificaciones y almacenando armas. Sin embargo, los soldados israelíes dijeron que no habían anticipado los combates a gran escala que habían estallado.
Hace apenas unos días, el sargento de segunda clase Nir Yousef, 21, se estaba preparando para completar sus tres años de servicio militar obligatorio. Ya había entregado su rifle y su chaleco antibalas en antelación de su baja, que estaba fijada para el último lunes.
Pero cuando su unidad de ingeniería de combate fue enviada al Líbano, se ofreció voluntariamente para quedarse. La unidad entró el sábado en el Líbano para despejar una carretera hacia el pueblo de Debel.
Los soldados entraron a las casas del pueblo, encontraron cientos de explosivos y armas. El lunes en la mañana, el sargento Yousef disparó con el lanzagranadas contra la puerta de una casa fuertemente protegida a la que los soldados querían entrar.
Dio en la puerta, pero estaba tan bien reforzada que no se abrió y en lugar de eso hizo rebotar pedazos de ardiente metal hacia él, que penetraron su abdomen en seis lugares.
"Hezbolá ha gastado seis años preparándose para esto", dijo el sargento Yousef. "Tomamos precauciones. Llegamos por la noche, pero nos esperaban dispuestos a pelear".
Mientras los soldados se recuperan en sus camas, se podía oír fuera el sordo ruido de los helicópteros que llegaban con más heridos desde los campos de batalla del Líbano.
Con heridas todavía abiertas, los soldados en el hospital ya están pensando en su futuro.
El capitán Daub dijo que esperaba que los médicos le permitieran volver al comando de su compañía tan pronto como la próxima semana.
El sargento Yousef, al que esperan seis meses de convalecencia, de acuerdo a sus doctores, expresó pesar de no poder volver a su unidad.
Y el sargento Bar-On rasgueó su guitarra en la cama, diciendo que la pérdida de sus piernas no le impediría tocar en su banda de heavy metal, Vendetta.

13 de agosto de 2006
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el jeque nasrallah


[Neil MacFarquhar] Mundo árabe encuentra nuevo símbolo en líder de Hezbolah.
Damasco, Siria. El éxito o fracaso de cualquier tregua en el Líbano dependerá en gran parte de la opinión de un solo personaje: el jeque Hasán Nasrallah, secretario general de Hezbolah, que ha visto su propio aura, y el de su partido, realzados inconmensurablemente tras batirse con el ejército israelí durante casi cuatro semanas.
Ahora que las tropas israelíes operan en el sur del Líbano, el jeque Nasrallah puede continuar peleando en los territorios de donde quiere expulsar a los invasores, en gran parte como ya lo hizo en los años previos a la retirada de Israel en 2000.
O puede aceptar una tregua -quizás para tratar de rearmarse- y ganarse la gratitud del Líbano y de gran parte del mundo.
Los analistas esperan algún tipo de resultado de medio camino, que pare los ataques a gran escala pero con los guerrilleros de Hezbolah todavía atacando a los soldados, de modo que Israel siga sintiendo dolor.
De cualquier modo, el mundo árabe tiene un nuevo símbolo.
Ya no existen las huecas amenazas hechas por la radio oficial del presidente Gamal Abdel Nasser durante la guerra árabe-israelí de 1967 de expulsar a los judíos al mar, incluso cuando Israel ocupaba Jerusalén, las Alturas del Golán y la Península de Sinaí.
Tampoco existe la vana promesa de Saddam Hussein de "quemar la mitad de Israel" sólo para lanzar limitadas descargas de chisporroteantes Scuds. Tampoco existen las promesa incumplidas de Yasir Arafat de dirigir a los palestinos en su regreso a Jerusalén.
Ahora está el jeque Nasrallah, 46, el jefe de la milicia libanesa, ocultándose en un bunker, combinando la rígida lógica de un clérigo con la resuelta determinación de un general, rescribiendo de punta a cabo las reglas del conflicto territorial árabe-israelí.
"Es el hombre más poderoso de Oriente Medio", suspira el vice-primer ministro de un estado árabe, mirando uno de los cuatro discursos televisados del jeque Nasrallah desde que empezara la guerra, durante una reunión informal. "Es el único líder árabe que hace lo que dice que va a hacer".
Días después de que empezara la guerra actual, terminó un discurso observando tranquilamente que Hezbolah acababa de atacar un buque de guerra israelí en las costas del Líbano, una proeza considerada inconcebible para su grupo. Los que corrieron hacia fuera vieron un resplandor en el buque impactado, hecho que provocó que se celebrara en todo Beirut.
El desvío que representa el jeque Nasrallah -su turbante negro marcándolo como un sayyid, un clérigo que desciende del Profeta Mahoma-, ha sido particularmente evidente en esos discursos. No promete destruir a un Israel militarmente superior, sino hacerlo sangrar y ofrecer concesiones.
"Cuando le dice a la gente: yo soy vuestra voz, yo soy vuestra voluntad, yo soy vuestra conciencia, yo soy vuestra resistencia, él combina al mismo tiempo un sentido de humildad y de haber sido ungido para la tarea", dice Waddagh Sharara, profesor de sociología libanés y descendiente de clérigos chiíes. "Es como el mago del circo que saca un conejo de su sombrero y siempre sabe exactamente quiénes están en la audiencia".
Algunos llaman a esto su "toque Disney".
De muchos modos, esta guerra es el momento que el jeque Nasrallah ha estado preparando desde siempre desde que fuera elegido en 1992 para dirigir Hezbolah, a los 32 años, después de que un proyectil israelí incinerara a su predecesor.
En sus transmisiones se ve un hombre tranquilo, seguro de sí mismo, sincero y bien informado, dominando al mismo tiempo los hechos y la situación, dedicado por entero a su causa y a sus hombres. Es distante, aunque presta a su organización, secreta y fuertemente armada, un aire de transparencia, compartiendo detalles del campo de batalla.
El jueves ofreció dejar de disparar misiles si Israel paraba sus ataques, diciendo que Hezbolah prefería el combate terrestre. La posición de Hezbolah en cuanto a una tregua, de la que se ha hecho eco el gobierno libanés, es que nada es posible mientras haya soldados israelíes en territorio libanés.
"Él detenta todo el poder; el gobierno no tiene cartas en este asunto", dice Jad al-Akhaoui, el asesor de prensa de un ministro del gabinete libanés. "Él siempre dice que apoya al primer ministro, pero eso no se ha traducido en el terreno, no ha pasado nada. La decisión sigue siendo una decisión de Hezbolah".
Ni siquiera está claro cómo se formulan esas decisiones. Aunque Hezbolah tiene dos ministros en el gabinete, las propuestas son transmitidas por Nabih Berru, el presidente del Partido Amal y el antiguo rival de Hezbolah, como la voz de la clase trabajadora musulmana chií.
Funcionarios libaneses dijeron que una vez que Berri pasaba las propuestas, nadie estaba seguro de lo que pasaba. Los funcionarios de Hezbolah son o imposibles de localizar o mudos.
Pero el jeque Nasrallah mantiene los contactos. Se relame con la evidente confusión que se refleja en la prensa israelí sobre su ofensiva militar. Se sabe que ha leído las autobiografías de los primeros ministros israelíes. Llama siempre a Israel "la entidad sionista", manteniendo que los inmigrantes judíos deberían volver a sus países de origen y que debería haber una Palestina con igualdad para musulmanes, judíos y cristianos.
En el pasado, cuando Israel invadió el Líbano en su persecución de combatientes palestinos, los palestinos defendían posiciones fijas, luego se retiraban hacia Beirut a medida que iban cayendo las líneas.

Los analistas dicen que la genialidad del jeque Nasrallah consistió en adiestrar a cientos de combatientes de base -maestros de escuela y carniceros y camioneros-, y luego utilizar la religión para inspirarlos a luchar hasta la muerte, con un sitio garantizado en el cielo.
El jeque Nasrallah diseñó algunas tácticas en el discurso del jueves.
"No es nuestra política aferrarnos a un territorio; no queremos que nuestros muyahedines y jóvenes mueran defendiendo un puesto, un cerro o un pueblo", dijo en el estudio, con banderas del Líbano y de Hezbolah detrás de él. La idea es hacer caer en la trampa a los soldados israelíes de elite, haciéndolos entrar a los pueblos antes de que sus guerrilleros abran el fuego.

En un mundo donde los padres son conocidos por el nombre del hijo mayor, el jeque Nasrallah es conocido como Abu Hadi o padre de Hadi, por su hijo mayor, que murió en septiembre en 1997, a los 18, en un enfrentamiento con los israelíes. El nombre hace recordar inmediatamente a todo el mundo su credibilidad y compromiso personal con la causa.
Ese día de septiembre, el jeque Nasrallah debía leer un discurso en Haret Hreik, un deteriorado barrio en los suburbios de Beirut, lleno de edificios de apartamentos que Israel acababa de convertir en escombros. Pero no dijo nada sobre su pérdida hasta que la multitud empezó a gritarle que hablara sobre los ‘mártires'. Elogió a Hadi como parte de una gran victoria.
En entrevistas ha dicho que no dará a sus enemigos la satisfacción de verlo llorar públicamente, pero que sí lo había hecho en privado.
Tiene una hija y dos hijos. Del mayor, Jawad, de 26, se cree que está luchando en el sur del Líbano.
El jeque Nasrallah se enorgullece de hacer frente a Israel en el campo de batalla. Todos sus discursos de tiempos de guerra han estado entrelazados de referencias a la recuperación de una perdida virilidad árabe, un convincente argumento en una región que ha vivido durante largo tiempo con un sentimiento de impotencia. Calificó a los tres pueblos del sur donde estallaron los enfrentamientos más violentos, "el triángulo del heroísmo, la virilidad, el coraje y la caballerosidad".
Puede ser intermitentemente comprensivo y amenazador.
Walid Jumblat, jefe de la secta drusa y uno de los críticos más declarados del jeque Nasrallah, dijo que encontraba irritante esa combinación. "A veces sus ojos le traicionan", dijo Jumblat en una entrevista en su castillo en la montaña. "Cuando está calmado, ríe. Es muy simpático. Pero cuando está un poco irritado, te mira a los ojos con una mirada intensa y feroz".
En el escalafón jerárquico de la clerecía musulmana chií, el jeque Nasrallah es más bien un clérigo ordinario, un hojatolislam, un escalón por debajo de un ayatollah, y mucho más abajo que un mujtahid, o "ejemplo" a ser seguido como guía.
Sin embargo, los fieles chiíes del Líbano lo veneran, tanto como figura religiosa como líder que les ha ganado un mínimo de respeto en el sistema político religioso del país que ha sido dominado durante largo tiempo por barones cristianos y musulmanes sunníes. Las familias que han abandonado sus casas en los barrios del sur de Beirut dejan atrás invariablemente un Corán abierto con la fotografía del jeque Nasrallah a un lado, con la esperanza de que los versos sagrados protejan sus casas y a su líder.
Se cree que vive modestamente y que rara vez sale fuera de los círculos dominantes de Hezbolah. Evita el teléfono por razones de seguridad, pero se ha reunido con miles de partidarios y envía mensajeros personales a felicitarlos con ocasión de sus bodas y bautizos.
Aparte las operaciones militares secretas de Hezbolah, el estado dentro del estado que ha ayudado a construir con dineros iraníes y de los expatriados incluye hospitales, escuelas y otros servicios sociales.
El jeque Nasrallah es un convincente orador con un potente dominio del árabe clásico, aunque se hace entender ampliamente usando el dialecto libanés en sus discursos. Ha acuñado numerosas frases populares, como llamar a Israel "más endeble que una telaraña".
Resulta mucho menos severo que la mayoría de los clérigos chiíes, en parte debido a su aspecto regordete y ligero ceceo. Pero también cuenta chistes, aunque muy rara vez.
El profesor Nizar Hamzeh, que enseña relaciones internacionales en la Universidad Americana de Kuwait y ha escrito un libro sobre Hezbolah, recuerda un discurso de Nasrallah el año pasado, dictado cuando la ministro de Relaciones Exteriores Condoleezza Rice estaba en la región. Un helicóptero sobrevolaba causando estrépito justo en momentos en que el jeque criticaba la intervención norteamericana, y el jeque bromeó: "Ahora mismo podréis verla allá arriba; espero que ella nos vea también". La multitud bramó.
En los barrios controlados por Hezbolah no ha apoyado nunca normas islámicas conservadoras, como el velo para las mujeres, lo que los analistas atribuyen a su exposición a las diecisiete sectas del Líbano.
Nacido en Beirut en 1960, el jeque Nasrallah creció en la comuna de Karantina, al este de Beirut, un barrio mixto de armenios cristianos, drusas, palestinos y chiíes pobres.
Su padre tenía un pequeño puesto de verduras, pero el estallido de la guerra civil en 1975 obligó a la familia a huir hacia su pueblo natal al sur.
El mayor de los nueve hijos, y ya miembro de la mezquita, se había marchado al seminario hawzachií más famoso de Nayaf, en Iraq. Huyo en 1978, justo a tiempo para escapar de la policía secreta de Saddam Hussein, y volvió al Líbano para incorporarse a Amal, entonces una nueva milicia chií. A los 20 se convirtió en el comandante del Valle de Bekaa.
Pero consideraba que la Revolución Islámica de Irán, dirigida por el ayatollah Ruhollah Khomeini en 1979 era el verdadero modelo para que los chiíes pusieran fin a su tradicional condición de ciudadanos de segunda y se mudó a Hezbolah cuando este cristalizó a principio de los años ochenta. En 1989, estudió brevemente en un seminario en Qum, Irán.
Cómo puede una figura religiosa apelar a la población generalmente cosmopolita del Líbano no ha estado nunca claro y es particularmente tenebroso ahora que ha provocado una guerra. Algunos libaneses dicen que ha vendido su alma a Damasco y Teherán.
"Pensaba que Nasrallah era el político más listo del Líbano, pero esta última operación me ha hecho cambiar de opinión", dijo Roula Haddad, 33, secretario administrativo, mientras hacía compras en el elegante centro comercial ABC en el barrio predominantemente cristiano de Ashrafiyeh. "Fue un tremendo error y él es el único responsable de toda esta destrucción. Ha demostrado que no le importan los intereses del Líbano; ha mostrado su verdadera identidad iraní".
Los analistas políticos dicen que el Líbano debería haberlo visto venir, pero el jeque Nasrallah ha sido un hipnotizador bastante hábil. "La política libanesa, especialmente desde que Nasrallah definiera su rol, se ha convertido en su propio circo", dice el profesor Sharara, el sociólogo libanés. "Construyó este circo sobre una base de pompa, mentiras, miedo, esperanzas locas y sueños absurdos.
"Ha convencido a los libaneses de que no los abandonará, que no hará nada que pueda perjudicarlos ni destruirlos, y al mismo tiempo les inspira temor, temor de sí mismo", dice el profesor Sharara. "En los últimos quince años él sabía que esto iba a pasar. ¿Cómo puedes creer en alguien que dice: ‘No se preocupen, no haré nada', justo mientras está levantando esta máquina infernal? Él sabía que la gente le creería, que se dejarían seducir".

Hassan M. Fattah contribuyó a este artículo desde Beirut, Líbano.

6 de agosto de 2006
©new york times
©traducción mQh
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manicomio abandonado en líbano


[Megan K. Stack] Un hospital en el sur del Líbano ha sido abandonado por la mayoría de sus empleados, y los pacientes no pueden ser visitados por sus familiares.
Zefta, Líbano. La guerra llegó. Los médicos huyeron del manicomio. Los pacientes se hicieron cargo.
En el Hospital para Desórdenes Psiquiátricos Fanar, 250 pacientes languidecen en este alucinate verano de guerra. Las líneas telefónicas han sido destruidas por las bombas. Los familiares no pueden llegar al lugar. Los alimentos empiezan a escasear. Sólo se han quedado algunos enfermeros.
Y para cuando este diario entre a las prensas, se habrán terminado las medicinas que mantienen unidas las destrozadas mentes de los pacientes.
En las noches, los aviones de guerra israelíes resuenan entre las estrellas y los misiles retumban en las colinas cercanas de este pueblo al noroeste de Nabatiyeh. Entonces los pacientes empiezan a aullar y gritar. Se acurrucan debajo de sus catres, corren frenéticamente por los pasillos. Se agolpan en los rincones.
"Es muy pesado y la presión, sabes. Podemos sentir la presión", dice Mounir Jamal Eddin, un paciente de 60 años de holgadas y oscuras ropas, nervioso, mientras da vueltas frente a la puerta principal. "Todo el edificio empieza a temblar y no podemos hacer nada".
Al otro lado de las puertas del hospital, el paisaje se ve cicatrizado y vacío. Las tiendas se protegen con sus postigos cerrados. Sólo algunos hombres afiliados al grupo militante Hezbolah merodean en las fantasmagóricas calles. Cuando la tarde avanza hacia la noche, las explosiones empiezan a retumbar en los valles.
Laila Hashem no se da cuenta. Está sentada con las piernas cruzadas en el suelo de linóleo. Lleva su bata y está cantando una canción romántica, en árabe. Joven y gordinflona, sus ojos escudriñan impacientes la habitación.
"Quiero una fiesta esta noche", le suplica a nadie en particular. Luego vuelve a cantar. "Me voy a enamorar de ti", canta.
Una mujer ancha de pelo negro y una cara gorda se deja caer boca abajo en su cama y da patadas en el aire como una colegiala. "Elvis Presley, Elvis Presley", grita. La habitación está llena de mujeres, acurrucadas en sus colchones. Se jalan del pelo, miran fijamente las paredes y se ríen tontamente con nadie. Alguien está gimiendo. "Bailemos otra vez...", canta una de las mujeres.
Con un cuarto de la población expulsada de sus casas y el número de muertes acercándose a las mil personas, el Líbano se ha hundido en la desesperación. En Fanar, la desesperación es más directa. Pintaron una enorme cruz roja en el tejado con la esperanza de protegerse a sí mismos de los aviones de guerra. Pero debajo de ese crudo escudo, los pacientes necesitan medicinas.
Tres fatigados enfermeros asustados revisan sus medicinas psiquiátricas. Tratando de que las medicinas duren algo más, el viernes las cortaron cuidadosamente en dos.
Todo el mundo ha estado recibiendo algo menos de lo que necesita. Ya han empezado a estallar peleas entre los pacientes.
"Estas son todas las medicinas que tenemos", dice Hossam Moustapha, un enfermero de 26 años, mostrando una bandeja con una raquítica colección de píldoras cortadas por la mitad, colocadas en vasos de papel. "Sin la medicación, perderán el control".
Él mismo medio loco por el despiadado bombardeo y su guerra para mantener a flote el hospital, Moustapha reconoce que ha empezado a meter mano en las reservas de estupefacientes -antidepresivos y pastillas para dormir.
Los enfermeros hablan por teléfono con la Cruz Roja, explicando sus necesidades y pidiendo ayuda. La Cruz Roja prometió enviar medicamentos, dicen. Pero no ha llegado nada. Los enfermeros advirtieron que dentro de poco los pacientes empezarán a hacerse daño a sí mismos y a otros.
"Será un desastre", dice el enfermero jefe Youssef Zarora. "No sé qué va a pasar de aquí a 48 horas".
En una sala de color beige, con mesas de madera para comer y un solitario televisor, los hombres dan vueltas en círculos, inquietos. Barrotes de metal protegen el ventanal que da hacia el corredor, como si los hombres estuviesen enjaulados; se apretujan curiosos contra la ventana para mirar a los visitantes desconocidos. Los humores corren por la habitación, tan contagiosos como los bostezos. A veces los hombres gritan; a veces se quedan en silencio.
"¿Por qué estáis aquí?", pregunta, ansioso, un hombre llamado Mohammed Ali Hamoud.
Junto a Hamoud, un hombre de gruesas gafas y una torcida gorra de béisbol dice que no ha visto a su doctor hace un año. Es decir, explica seriamente, desde antes de que estallara la guerra con Israel -hace tres semanas. No parece tener ninguna noción del tiempo. La mayor parte del tiempo, lo único que quiere es que la gente que hay a su lado aquí empiece a llamarlo por su nombre correcto. Se queja de que siempre se equivocan.
"De vez en cuando me cambio de nombre y cambio mi personalidad", dice Faisal Younis Rashid, mostrando una boca llena de dientes manchados de nicotina. "Me siguen llamando Faisal. Quiero que me llamen Younis. No tenemos suficientes medicinas".
Cerca, un paciente llamado Mouaim Berro se aferra con sus dedos regordetes a los barrotes de la ventana. De sus 44 años, ha vivido 27 en el hospital psiquiátrico, dice.
"Estoy tranquilo debido a la medicación, pero ahora no tengo medicinas", dice. "Tengo miedo de ponerme agresivo". Se queda quieto, sus ojos encapotados mirando fijamente en el vacío, mientras los otros farfullan a su alrededor.
"Estoy cansado", dice. "Siento algo en mi cabeza".
Desde que empezara a desaparecer el personal, los pacientes se han visto obligados a hacerse cargo. Aturdidos, sirven la comida, limpian los cuartos y dan baños de esponja a sus compañeros menos lúcidos. Se han hecho cargo de la seguridad en la puerta principal.
Osama Sabra está sentado en una silla de jardín de plástico junto a la puerta. Tiene una cuerda en la mano, con la que puede subir y bajar la puerta valla para que los coches puedan pasar. La ciudad abajo está vacía y Sabra mira con pasivo desconcierto al coche que se acerca. Un himno de guerra retumba desde una radio portátil a sus pies.
Sabra es esquizofrénico, pero como la mayoría de los pacientes en el asilo, insiste en que está aquí por "problemas de familia". Ha sido paciente del hospital Fanar desde antes de 1982, dice. Mira las moscas que se arrastran por sus pies.
"Estoy a cargo de la puerta", dice.
"Pero nadie viene, por la guerra".
Las mariposas revolotean debajo de los pinos, y la luz del sol rebota en los campos. Una caliente brisa montañesa atraviesa los barrotes del enorme ventanal del manicomio.
Pero los pacientes dicen que se sienten atrapados. Están preocupados de que puedan morir de hambre. Uno tras otro, recitan extravagantemente números de teléfono a los visitantes, rogándoles que ubiquen a familiares perdidos para que los saquen de aquí.
"Por favor, llama a mi madre. Apunte su número", dice un hombre de 53 años, que dice que se llama Fawaz. "Dile que me saque de aquí". Vuelve unos minutos después, se apoya en el marco de la ventana y habla con tranquila urgencia.
"¿Puedes enviar a la Cruz Roja para que me saquen de aquí?", pregunta.
En la vieja casa de piedra junto a la puerta, una viuda palestina que heredó el hospital de su marido, está sentada sola mirando una estruendosa televisión. Adela Dajani Labban insiste en que no tiene miedo de Israel. Ha visto antes pasar a soldados israelíes por el hospital, durante la invasión de 1982, dice.
"Si vienen", dice, "liberaré a los pacientes".

5 de agosto de 2006
©los angeles times
©traducción
mQh
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